massobreloslunes: junio 2014

jueves, 12 de junio de 2014

Granada contigo

"Lo increíble de Europa es que ustedes viven aquí", dice Pablo, mientras observa el Albayzín con cierto asombro.

Llevamos dos días en Granada, en lo que yo he dado en llamar un Finde de Amor y Lujo o FAL (y sí, sé que es un acrónimo poco elegante). Hemos pasado la mañana huyendo del calor en los bosques de la Alhambra y, después de vaguear unas horas en la piscina del hotel, hemos visto la puesta de sol desde la muralla de la ciudad. Ahora bajamos por la Cuesta Alhacaba en dirección al Arco de Elvira, que él rastreó ayer en la Wikipedia. "Es increíble - insiste -, porque ustedes se levantan por la mañana y ven monumentos con siglos de antigüedad. Es una locura".

Sin él saberlo, me recuerda a Krista, la canadiense meditadora que vino a visitarme en quinto de carrera y que repetía lo mismo, anonadada: "This is YOUR city... you LIVE here". Ahora, sin embargo, no siento el orgullo de propietaria de entonces. No me siento exactamente turista, pero no poseo a la ciudad. En los dos días del FAL, intento darle a Pablo una panorámica exacta. Es una visita más sentimental que cultural: le enseño los balcones de los pisos donde viví, los cafés donde desayunaba y los bancos donde me sentaba a leer. Sé que me imagina en todos esos lugares, y también sé que la imagen que pueda formarse de mí, la ilustración unidimensional de la chica rubia y mona que pasea o lee, no tiene nada que ver con mi experiencia. Para mí era inmenso. Era toda la textura de la vida contenida en un instante.

Incluso aquí, ahora, me cuesta explicar lo que sentía yo esos años. Nunca he hecho surf, pero imagino que un surfista, después de dejar pasar un montón de olas, ser arrollado por unas y quedarse atrás en otras, da en ocasiones con el momento en que se coloca en la ola y la posee. La doma. Está justo en su cresta. Yo poseía Granada. Era mía. Aquel momento era cien por cien mío, eran los adoquines de mis calles y las tazas de mis cafeterías, su gente era mi gente, sus libros, sus películas, la fritanga de sus bares: todo eso era mío y yo no podía ni quería estar en otro lugar.

Me sigo explicando fatal y espero que lo disculpéis. En estos días, mientras observaba a los estudiantes en la calle y me preguntaba si se me ve mucho más vieja que ellos, sentía algo parecido a la lástima. Por ese sucedáneo de vida que te construyes cuando eres estudiante. O bueno, no es un sucedáneo: es tu vida, en ese momento, no tienes otra y, sin embargo, te crees tan grande. Tan sabio. Tan al otro lado. Tampoco mereces lástima. Juegas a adulto con pocos riesgos, y está bien. El mundo es eso: un patio de juegos gigante en el que tú mueves ficha sin ser del todo consciente de las consecuencias.

Ya os conté una vez que hace mucho tiempo, justo antes de que mi amigo José Luis se marchara a estudiar a Madrid, nuestro profesor de teatro contemporáneo, un tipo huesudo de nariz larga y voz grave, le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica". La entrada continuaba conmigo diciendo que quería elegir cómo vivir, con frases así de rimbombantes:

Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define.

Ahí es nada.

Me acordaba de esta entrada porque, a lo tonto, fue hace ya casi dos años, y de alguna forma me da la impresión de que ya he decidido. Al menos en esta jugada, este movimiento. Mi amigo Anxo siempre dice que en la terapia (como en la vida, como en el ajedrez) hay que hacer cada movimiento con intención. Ahora, después de decidir sobre unas cuantas cosas importantes, coloco de nuevo mis fichas y espero asombrada a ver qué pasa.

Pienso que a lo mejor esa distancia líquida que me separa ahora de Granada no es más que esa capacidad de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda atrás. Estoy muy en ese modo últimamente. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de trabajar como psicóloga ahora mismo, más allá de escribir sobre el tema, y esto suena muy chalado si pensamos que me he pasado los últimos diez años preparándome para eso. Pero me siento absurdamente desapegada al respecto, como si la yo psicóloga no hubiera sido realmente yo. Con la intuición de que la yo-yo siempre fue escritora.

Hemos pasado un bonito FAL en Granada, mi Pablo y yo. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan en otra parte, si es que encajan en alguna. Recorriendo la luz dorada y quieta de sus calles, parándonos en los rincones, con ampollas en los talones de tanto caminar. Engullendo comida vegana y comprando chocolate. José Luis, el amigo del que os hablaba antes, me dijo una vez que Granada es una bonita ciudad para entristecerse. Pablo me dijo el sábado que era una bonita ciudad para enamorarse. Yo, que durante años he pensado que era una bonita ciudad para amar, decepcionarse, pasear, leer, escribir, aprender, desesperarse, bloguear, llorar, oír música, cantar en la calle, congelarse de frío y sudar desesperado de calor, me quedo con que es, sin duda, una bonita ciudad.