massobreloslunes: abril 2016

lunes, 11 de abril de 2016

Werther's Original de avellana y almendra

Estoy sentada en el Pont, que es como le llamamos al bar del camping que abrieron en verano frente a nuestra casa. Tiene mesas de madera y estufa de leña, y me gusta tanto la música que ponen (pop-rock español de los últimos 30 años, AKA la duración de mi vida) que paro cada dos por tres para tararear y me cunde poquísimo. Paula, la dueña, se parte de risa conmigo porque dice que me las sé todas. "En serio - le contesto yo - es que esta podría ser mi lista de reproducción".

El Pont es probablemente lo tercero que más voy a echar de menos de aquí. Un lugar donde trabajar a gusto es un lujo cuando eres freelance. Me gusta venir y sentarme un rato en la barra con Paula o con Jose, su marido. Paula es catalana y Jose es sevillano. Son como un chiste con patas: él se ríe de la sardana y ella me cuenta, preocupada, que este verano va a ir a un festival de cante jondo y no sabe si va a gustarle.

Después vengo a una de las mesas y me pongo a trabajar con mi infusión, o mi colacao, y mordisqueo el caramelo que ponen siempre con las bebidas: los Werther's Original de avellana y almendra. A Pablo le encantan, así que para su cumpleaños le compré a Paula y a Jose la mitad de una de sus bolsas industriales. Esparcí doscientos cincuenta caramelos por toda la casa; cuando los vio, Pablo me dijo: "gracias, ¡me has regalado diabetes!".

¿Qué pasó con los doscientos cincuenta caramelos del cumpleaños de Pablo?

Nos comimos gran parte de ellos. Estaban demasiado accesibles.

También le regalamos un puñado a Ana, la que lleva la tienda del pueblo. Ana es rumana (rum-Ana!) y creo que está tan hasta el gorro del pueblo como yo. Ahora se está sacando el carnet de conducir, y temo que cuando lo consiga huya de aquí sin mirar atrás. Habla una mezcla muy curiosa de catalán y español, y a veces, cuando voy a comprar, me secuestra la compra detrás del mostrador para que me quede hablando un rato con ella.

Otros pocos se los llevó la hermana de Pablo, que vive en Madrid y nos cuida a Kalimera cuando estamos de viaje. Kalimera es la cosa número 1 que me llevo del pueblo, pero no es lo que más voy a echar de menos porque se viene con nosotros. Cuando paso por delante de la tubería donde la encontramos me acuerdo de cómo maullaba, pobrecita, como un pájaro histérico, y no me puedo creer que el culo gordo que tiene ahora le cupiera alguna vez en ese hueco.

Un gran porcentaje de los caramelos se los comieron Vane y Simón. Vane y Simón son lo segundo que más voy a echar de menos, aunque no viven aquí, sino en el pueblo de al lado. Si no fuera por ellos, nos habríamos muerto de pena. Aunque tardamos meses, a nuestro estilo, en quedar con ellos por primera vez, ahora somos asiduos a su casa a medio restaurar y a las cenas de verduras al horno que prepara Vane en honor de Pablo.

La última persona que comió caramelos de cumpleaños fue Oli, el hijo de Simón y Vane. Oli va a ser lo que más voy a echar de menos de aquí. Tiene trece años y es un librepensador. Le gustan los robots, las películas postapocalípticas y, más recientemente, una chica de Barcelona a la que conoció en un campamento. A veces se viene a cenar a casa, hacemos palomitas y las comemos en el sofá mientras vemos una peli en el proyector. Dice siempre lo que piensa, y cuando sonríe entrecerrando los ojos me derrito un poco.

El problema con Oli es que cuando volvamos a Margalef, de aquí a unos meses, o a un año, todo estará más o menos igual. Paula y Jose seguirán con sus bromas bilingües, Ana seguirá mezclando idiomas detrás de la barra y el perro loco de mi vecino seguirá ladrando como un chalado cada vez que nos lo encontramos al salir de casa. Vane seguirá teniendo su humor andaluz y su genio nórdico, y Simón seguirá haciendo juegos de palabras como "si el que cura los huesos es el osteópata, el que cura la psique qué es, ¿el psicópata?".

Pero Oli no. Oli estará más alto, quizá con la voz ronca, o con cuatro pelos tiesos en el bigote. Ya no querrá ver pelis postapocalípticas ni hablar de robots inventados. Y en unos años más se afeitará, y no dirá tres palabras seguidas, y nosotros, Pablo y yo, ya no seremos parte de su vida cotidiana, sino una gente que viene de vez en cuando y le dice "qué grande estás".

Así que quizá Oli no sea lo que más voy a echar de menos del pueblo. Quizá Oli, este Oli, sea lo único que de verdad va a quedarse aquí y a no volver nunca.

viernes, 8 de abril de 2016

El diario de Ana Frank

Hace un par de días estaba charlando por whatsapp con Kaperucito mientras releía entradas de este blog. Las entradas antiguas me producen una mezcla curiosa de sentimientos: algunas las leo por encima porque me dan vergüenza ajena, otras me encantan, otras me aburren. En general, me asombra la distancia que percibo entre yo y la Marina de entonces, porque nunca pensé que llegaría a sentirme tan distinta.

El caso es que Kaperucito y yo nos desafiamos mutuamente a escribir una entrada en nuestros respectivos blogs personales antes de que terminara la semana. Y aquí estoy.

Hace un par de semanas leí un libro llamado "Become an Idea Machine" y decidí empezar a pensar diez ideas todos los días. La teoría del libro es que la capacidad de tener ideas es como un músculo que se atrofia si no lo utilizas lo suficiente, y que las ideas son la mayor riqueza de la que puedes disponer en el mundo actual.

Me gusta mucho el ejercicio. Es mágico. De repente, existen diez nuevas ideas que antes no estaban, y no importa si son buenas o malas: lo importante es que están ahí. Es acostumbrarse a crear todos los días. No me resulta extremadamente difícil. Lo curioso es que lo he propuesto a unas cuantas personas de mi alrededor y a nadie le ha entusiasmado ni un poco. ¿Es poco interesante tener ideas? ¿No resulta lo bastante concreto, lo bastante productivo?

Dentro de dos semanas Pablo y yo nos mudamos a Granada. ¿No es increíble? Nunca pensé que volvería a vivir allí. No sé cuánto tiempo estaremos y hasta qué punto se parecerá a la última vez. Sospecho que va a parecerse poco. En cualquier caso, tengo ganas de marcharme del pueblo. Sobre todo porque en estos dos últimos años siento que hay partes de mi vida que se han empobrecido y que quiero volver a repoblar.

Tener ideas es parte del proceso de volver a traer cosas a mi vida. No creo que el empobrecimiento haya sido del todo malo; un buen blogger lo llamaría minimalismo y escribiría un artículo en Medium. Aquí he tenido la oportunidad de reflexionar sobre algunos temas a mi ritmo y creo que eso ha estado bien. Y ha habido buenos momentos y mucho oxígeno. Ni tan mal. Pero ahora quiero volver a tener estímulos, ideas y hasta objetos innecesarios. Creo que es lo que me hace falta en esta etapa.

¿Qué tiene que ver Ana Frank con todo esto? La propuesta de hoy para el ejercicio de las ideas era: piensa en 10 preguntas que le harías a un personaje histórico al que admiras. La primera persona que se me ha venido a la cabeza ha sido Ana Frank. Cuando era adolescente, me leí su diario varias veces mientras luchaba con mi inconstancia para escribir uno. Las tapas estaban manchadas de algún líquido oscuro y mordisqueadas por Sindy, la perrita de mi amiga Caro, a quien se lo había dejado para que compartiera mi entusiasmo. Quería inventarme una amiga imaginaria como Kitty y quería que en mi vida pasaran cosas dramáticas para poder escribirlas.

¿Por qué el personaje histórico al que más admiro o, al menos, el primero que se me viene a la cabeza, es Ana Frank? No fue una benefactora de la humanidad al nivel de, pongamos, la Madre Teresa. Supongo que Ana Frank demostró que la intimidad es una poderosa forma de conexión. La mayor parte del diario no se centra en reflexionar sobre la guerra ni sobre el antisemitismo. Lo que más encuentras son pinceladas de vida normal en medio del terror, y muchas pequeñas molestias cotidianas: las peleas con su madre, la comida repetitiva y los turnos para usar el baño. Con Ana uno aprende que incluso escondiéndote de la muerte te preocupa el estado de tu pelo.

Y es probable que nadie hubiera leído un ensayo sesudo sobre el horror de la guerra escrito por una chica de catorce años. El mérito de Ana fue mostrarse al mundo como una persona completa, tridimensional. Permitir que la gente conectara con la tragedia a partir de su pequeña gran historia, al precio de ser completamente vulnerable, 100% sincera.

Se me acaba de ocurrir una pregunta que no he incluido en mi lista de 10. A saber: "si hubieras sobrevivido a los campos, ¿habrías dejado que publicaran tu diario?". No sé qué respondería Ana. Ya dije alguna vez que habría sido una buena bloguera. Quizá estando viva no habría querido destapar las intimidades de su adolescencia, o habría creído que no interesaban a nadie. Quizá habría preferido esperar a la web 2.0 y disolver sus secretos en este frenesí de exhibicionismo.

En cualquier caso: la entrada de hoy va por Ana, y por Kaperucito. Por todos los que algún día han creído que la intimidad tiene algún valor más allá del autobombo. Un poco, también, por la Marina del Pasado. Y por ti, lector, por supuesto.