massobreloslunes: diciembre 2016

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El hijo de J.

Hace algún tiempo escribí esto.

Para quien no tenga ganas de hacer arqueología bloguera, hablo de mi ruptura con J., de cómo él "ganó" porque empezó antes con otra chica, y de una fantasía recurrente que tuve durante mucho tiempo en la que me encontraba con él, acompañada de un chulazo yanqui llamado Alan o Adam, y no solo iba a publicar mi segunda novela, sino que estaba embarazada de mi primer hijo.

Avancemos algo mas de cinco años desde ese post.

¿Listos? Ya.

Estoy sentada frente al mar en el Mandala, uno más de los bares modernitos que han conquistado el paseo marítimo de Pedregalejo. He quedado con J. casi por casualidad: esta mañana paseaba por aquí, me he acordado de él, le he escrito un whatsapp y de repente estamos el uno frente al otro, después de casi tres años de comunicarnos por medio del chat de Facebook y de llamadas de cumpleaños.

J. está igual. No se ha quedado calvo, como soñaba yo en mis fantasías de venganza; quizá está más delgado, pero siempre ha sido flaco y nunca me importó. Me cuenta de su vida en Leipzig, sus proyectos, su nuevo blog. Yo hablo un poco de mi ruptura con Pablo, de mi nuevo piso en el centro de Granada y de mi catastrófica cena familiar en Nochebuena.

- ¿Qué tal tú con K.? Me habías dicho que tenías novedades -. K. es su novia alemana; la conocí hace tres años en Cádiz y me pareció una chica interesante y lo bastante buena persona como para aguantar que su novio se lleve bien con su ex.

- Pues verás - me dice -, te tengo que enseñar una foto un poco diferente.

Hay algo que aprendes rápido en la franja de edad que hay entre, digamos, los veintimuchos y los treintaypocos, y es a predecir rápidamente los anuncios de embarazo. Las posibilidades son limitadas, y mientras más tratan de sorprenderte, más los ves venir. Aun así, me sorprendo durante los dos segundos anteriores a que J. me enseñe una foto de un predictor. Ha dibujado un gato detrás, de forma que las dos rayas del positivo parecen los ojos.

- ¿Te gusta el gato? - me pregunta, sonriendo.

Me entusiasmo, le abrazo, le doy la enhorabuena. J. siempre había querido tener hijos. "Yo a la mujer de mi vida me la tengo que imaginar empujando un carrito", me decía. Va a ser un buen padre, entusiasta y un poco excéntrico; quizá acapare demasiado los juguetes de navidad de su hijo, pero será buen padre, seguro.

Seguimos hablando, del hijo (das Kind, me explica, con el artículo neutro delante, porque K. sabe el sexo, pero él no ha querido enterarse aún) y del resto de la vida. Para él, claro está, los dos conceptos están ya entremezclados: no hay vida sin das Kind, ni viceversa.

Después me voy a casa y reflexiono sobre el tema. Y ahora me vais a permitir que me cite a mí misma, porque de qué sirve tener un blog si una no puede hacer cosas como esa, y voy a pegar aquí un párrafo de la novela que no sobrevivió a una de las últimas revisiones.

Para que os pongáis en situación: al Joan, el protagonista, su ex (Irene) le acaba de decir que va a casarse:

Cuando vivían juntos e Irene compraba alguno de aquellos artículos de decoración que tanto le gustaban, como el enorme florero art decó o la mesita de centro de color fúcsia, siempre le decía a Joan que le diera una oportunidad. “Tu mente necesita adaptarse. En un tiempo ni la verás”. Imaginó que ahora su mente tenía que adaptarse a la idea de Irene casada con otro; por otra parte, la mesita fúcsia nunca había llegado a gustarle.

Mi mente trata de adaptarse a la mesita fucsia de das Kind, mientras me pregunto si esto me molesta o si debería molestarme.

No me molesta que J. vaya a tener un hijo con otra. No quiero tener los hijos de J., de verdad que no. No estoy celosa, ni arrepentida, ni quiero entrar en la iglesia el día de su boda mientras grito "¡deja a esa furcia teutona y vente conmigo!".

No me molesta que K. esté embarazada y yo no. Si empiezo a sufrir por todas las mujeres de mi edad que se quedan embarazadas, me espera una década fabulosa.

Bueno, seamos honestos: sí que hay una sombra molesta de "por qué ella sí y yo no". El problema es que tengo demasiado entrenada a la parte pragmática de mi cerebro, que me dice enseguida: pues porque ella tomó decisiones distintas. Eligió otros cruces en el camino que la han llevado a este lugar. Y la voz pragmática tiene razón, y me convence bastante pronto.

Además, cada vez percibo de una forma más clara que esto de la vida no es cuestión de "unos sí y otros no", sino que estamos todos en planos completamente distintos, con retos y aprendizajes individualizados, como el interior del despacho 101 o los peligros de Hunger Games. Así que compararme con J. o con K. no es como comparar peras con manzanas. Es como comparar peras con sonetos de Quevedo, o con el índice Nasdaq.

Así que quizá la noticia no me molesta en absoluto. Quizá la Marina de hace cinco años, que fantaseaba con restregarle a J. a su maromo de los USA por delante, no es la misma que la de ahora. Quizá me he dado cuenta de que todo esto no va de ganar y de perder, sino de hacerlo lo mejor que uno puede con la información de que dispone en cada momento.

Puede que das Kind sea simplemente raro.

Pero está bien, eso. Puedo lidiar con lo raro.