Estoy en el mostrador de una de las
plantas del hospital. No tengo muy claro en cuál, porque llevo todo
el día dando vueltas atendiendo interconsultas y ya hace un par de
horas que me desorienté. Apoyado en la mesa, mi jefe escribe una
historia mientras yo charlo con la MIR de psiquiatría, que
curiosamente es de Gijón.
El hospital es como 13 Rue del
Percebe, pero en triste. Un montón de habitaciones, un montón de
historias y el drama mezclándose con la risa. A mí se me graban en
la retina las caras de la gente como fotografías de colores vivos.
La chica con sospecha de anorexia que pesa treinta y cuatro kilos,
sentada en la cama como los niños cuando los llevan a las
operaciones, manoseando distraída un peluche de Hello Kitty. El
señor al que tuvieron que quitarle la laringe y que ahora escribe en
letras desiguales en un cuadernillo azul como los que tenía yo para
el vocabulario de inglés. “Yo tengo mucha paciencia, porque he
estado 34 años embarcado”, explica con su bolígrafo. Del
estómago le sale un tubo por el que circula un líquido amarillento,
y la piel surcada de hematomas se hincha alrededor como un globo de
cumpleaños.
Ahora estoy un poco aburrida, pasando
el peso de un pie al otro mientras la MIR teclea en su iPhone. Me
pregunto qué hora es. Tengo hambre y me toca pasar la tarde aquí.
He traído un tupper para poder comer en la calle y no pasar todo el
día encerrada.
Entonces giro la cabeza hacia la
habitación que tengo justo detrás y veo a una señora mayor de piel
muy blanca y a una adolescente alta de piel oscura y largo pelo
negro. No sé qué le pasa a la chica, pero a pesar de que está de
pie frente al asiento del acompañante y viste ropa de calle, no
parece estar bien. Hay algo extraño en sus gestos: cierta lentitud,
cierto aplanamiento. Quizá un retraso mental o un trastorno del
comportamiento, o quizá yo me estoy apresurando y sobreestimando mi
ojo clínico.
El caso es que la mujer mayor está
mirando muy fijamente a la chica, sonriendo un poco, y le pasa la
mano abierta por delante de la cara. Arriba, y la chica abre los
ojos. Abajo, y los cierra despacio. Lo hace varias veces con un
murmullo que parece una canción de cuna. En un momento dado, empuja
con suavidad la frente de la chica, con un toque apenas perceptible,
y ella sonríe y se deja caer en la silla, inclina la cabeza y se
duerme. Entonces la señora la besa en la nariz y la frente, y justo
en ese momento se vuelve hacia mí y yo retiro la mirada,
avergonzada, como si me hubieran pillado espiando.
Me quedo pensando en la vida como
códigos secretos, intercambios de ternura o mudas corrientes de
hipnosis como las que siempre menciona Anxo. Preguntándome qué se oculta debajo del iceberg de esta pequeña
escena. Me llegan la calidez y la ternura, pero no lo entiendo del
todo, y recuerdo que en el fondo no sabemos nada de lo que esconde la
gente. Cuando logro aprehender algo de ese tesoro escondido, aunque sea un poco, es como meter la mano en un cofre y sacar una brillante moneda de plata. Y una vez más, mientras mi jefe mete la hoja de interconsulta
en la historia del paciente, y la MIR cierra la tapa del móvil, y la
señora de la habitación entorna la puerta, me asombro de una forma
tonta de poder venir aquí todos los días y que me paguen por ello.
No sé si lo dije alguna vez, pero me gusta mucho cuando escribes sobre tu trabajo!
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