domingo, 31 de marzo de 2013

Atascos y desatascos

Estoy atascada en un túnel en mitad de Despeñaperros. Llevo siete horas metida en el autobús y, con suerte, me quedan otras tres. No me importaría demasiado si tuviera un enchufe, pero un capítulo de Anatomía de Grey y un artículo de 3200 palabras sobre la asertividad se han comido casi entera la batería de mi Mac. Apuro los restos con la pantalla al mínimo y escribo en gris clarito para que nadie pueda leerlo.


Antes de ayer quedé con Elsa y con Ro para tomar un té. Eso ya lo conté en elpost que escribí esa noche, de hecho. Lo que pasa es que me dispersé hablando de tronos y de cristos y no me centré en lo importante. Lo importante es que al acabar el té, Elsa y yo caminamos juntas hasta su casa a través de las calles abarrotadas del centro. Yo me terminaba las pipas que había comprado con mi madre por la mañana. Las pipas me saben a yo misma hace diez años, cuando las comía sentada en un banco a la salida del colegio. Málaga me sabe a pipas y al olor de la sal del mar en el aire.

Hablamos del alcohol. Poco después de empezar a meditar, dejé de beber, pero hace un par de años que volví poquito a poco a las andadas. “Has pasado de no beber nada a beber... normal, ¿no?” me pregunta Elsa con prudencia. Puedo escribir sobre Elsa durante todo el tiempo que me queda dentro de este autobús y será difícil que os hagáis una idea de cómo es. Está como cincuenta reencarnaciones por delante de cualquier persona que conozca. Es un ser de luz. Ayer tomábamos café en el balneario a la caída del sol. Yo observaba su cara tranquila recortada contra el mar. “Qué guapa eres, Elsita – le decía – y cuánto te quiero”. Ella se reía. “Tú también eres muy guapa, Mopi, y también te quiero mucho”.

Elsa no bebe alcohol. Ni come carne. Ni se enfada nunca; se ha enfadado hace dos semanas por primera vez en su vida y ha decidido que es muy desagradable y que no lo va a hacer más. “Yo acepto que la gente a mi alrededor beba – me explica -, pero no me gusta nada”.

Yo intento justificarme. Le digo que beber es el menor de mis problemas. Que tomarme un par de cañas los martes y los jueves a la salida del roco, y una copa de vino si salgo a tapear algo con los del curro, o quizá un gin tonic si piso de puntillas la noche madrileña es, de verdad, el menor de mis problemas. Porque no tiene que ver con beber, sino con estar como no quiero estar, donde no quiero estar, con quien no quiero estar. Le explico toda la historia de mi disociación, y de esta sensación que tengo desde hace unas cuantas semanas de que debería sacudir mi vida desde los cimientos y no puedo hacerlo.
Subo a casa de Elsa a mear el batido de yogur que he pedido en la tetería. Nos espera Tahira, preciosa en su vestido de lana marrón, toda sonrisas y rizos rubios en mitad de la cocina. A sus casi veinte meses, Tahira me cae bien. Tiene las ideas claras y no llora cuando se cae. “Es una tía dura -le digo a Elsa -. Acabará como aventurera, o como reportera de guerra”.

Mientras vuelvo caminando a casa de mi abuela, un pensamiento me golpea en la frente. Mi vida es un desastre, pienso, un desastre total y verdadero, y yo no voy a beber más. Lo decido sobre la marcha, aunque me dé miedo volverme marciana y sepa que van a apetecerme las cañitas madrileñas durante toda la primavera. Pero lo decido porque no tiene tanta importancia y, al mismo tiempo, tiene un montón de importancia. Quizá no sea el último de mis problemas, ni tampoco el primero: quizá sea la oportunidad de poner en marcha todo lo demás. Al mismo tiempo, no puedo hacer algo que a mi amiga Elsa le parece mal, y sé que esto no lo va a entender nadie que no la conozca, pero yo lo entiendo.

Como si escribir hubiera liberado algún tipo de energía, el atasco se ha deshecho, y el autobús recorre tranquilo la autovía en dirección a Madrid mientras yo visualizo un futuro de tónicas, mostos y cervezas sin alcohol. Es mucho más difícil cambiar la vida sin sacudirla, permanecer comprometida con lo que te importa y construir tu autenticidad poco a poco y en mitad del mundo. Sé que estoy muy mística últimamente, y escribir en gris clarito sin revisar lo anterior tampoco ayuda, pero tengo que mantener la confianza. Nunca la he perdido, en realidad: no lo olvidéis nunca. En mitad de la desesperación y de la felicidad; entre tormentas y calmas; aburrida, entusiasmada y con el corazón roto... nunca he perdido la esperanza de que si continúo aquí sentada, poniendo una palabra detrás de otra y un post detrás de otro, algo sucederá. Irán encajando las piezas. Colocaré el número suficiente como para verle un sentido al conjunto. Así que aquí sigo, paso tras paso, post tras post.