Querido niño:
Los dos años dan comienzo, se supone, a la peor época. Los terrible two, la adoslescencia. A mí, de momento, todo lo que signifique que sigas creciendo y tengas más palabras, más personalidad, que seas más tú, ya me vale, aunque venga acompañado de rabietas.
A veces pienso en ti como en un regalo que todavía no hemos abierto del todo. Como tu hermana te saca más de cuatro años, ya sabemos, hasta cierto punto, lo que se avecina: que con el tiempo, vas a ir desarrollando tus gustos, tus intereses, y vamos a dejar de ser nosotros lo que te abramos el mundo para que seas tú quien nos lo traigas a la puerta. Aunque ese mundo sea K-Pop Demon Hunters. Así que me da por pensar en qué habrá dentro de ti, qué escondes detrás de tus frases de dos palabras.
De momento, eres un niño ultracariñoso. Te encantan los besos, los abrazos, el api (que te cojamos en brazos), dormir pegado a tu padre como un monito bebé. Eres gracioso a reventar, y cuando sabes que has hecho algo gracioso, vas por ahí enseñándonoslo a todos con orgullo de comediante. El otro día, por ejemplo, te empezó a sangrar la nariz y fuiste al baño a ponerte una tirita, y cuando viste la risa que nos daba, te pasaste todo el día cambiándola cada vez que se te caía.
Eres muy sensible. Todo te impresiona. Papá tuvo que cambiar una rueda hace un par de semanas y te pasaste dos días repitiendo «wheel, change, daddy, brum-brum!». Salías al jardín y señalabas la rueda con la mano. Le contabas la historia a quien quisiera oírte. Ellen, tu niñera de Madeira, decía que habías tenido una mala experiencia con aviones o helicópteros en otra vida, y es verdad que te fascinan y te aterran a la vez. Dices airplane con claridad y entusiasmo, pero te lanzas a nuestros brazos hasta que pasan.
Te entretienes solo que da gusto. Pobrecito; no estás, como estaba tu hermana, acostumbrado a que te prestemos atención las veinticuatro horas, así que te sientas en el salón con tus coches y las Barbies de Alana y juegas a que todo choca con todo en medio de mucho ruido.
Si hace un año estabas obsesionado conmigo, ahora no quieres más que a tu padre. «Api, Daddy», repites una y otra vez, y cuando te ofrezco hacerte api yo, niegas con la cabeza y te enfadas. Te tengo que pillar cansado, asustado de algo o con papá fuera de casa, y entonces sí: te me abrazas como un desesperado y apoyas tu cabecita en mi hombro. Aprovecho que eres niño y te llevo siempre casi rapado, como un recluta, porque es comodísimo y bastante tengo con peinar a tu hermana, pero también porque acaricio la alfombra suave de tu pelo rubio como el mejor antiestrés del mundo.
Hablando de tu hermana: la adoras. Quieres jugar a lo que ella juega, hacer lo que ella hacer, estar donde ella está. Te despiertas por la mañana e ignoras a todo el mundo para lanzarte encima de Alana y abrazarla. A veces te pones tan nervioso que la arañas o le haces daño, y enseguida vas muy compungido a decir «sorry, Anana» con la cabeza gacha.
Y hablando de sorry, no quieres hablar español ni para atrás. La única palabra que usas consistentemente es pito cuando te cambiamos el pañal y te agarras tus partes con la mano porque sabes que nos hace reír. También contestas bem cuando te pregunto cómo estás, o dices más cuando me pides chocolate y sabes que con el español ganas puntos. También respondes apo, ¡apo! (guapo) cuando te pregunto ¿cómo es Ati? Por lo demás, parece que hasta el griego está cogiendo ventaja: ya cuentras hasta tres (ena, dío, tía) y cuando te impacientas, nos apremias con un clarísimo pame.
Creía que saldrías clavado a tu padre, pero te pareces a mí cuando tenía tu edad, salvo que con tus ojos azules y tu pelo claro, eres mucho más guapo, (guapo, ¡guapo!). Tienes la mejor sonrisa del mundo, con tus dientecillos puntiagudos, un hoyuelo en la mejilla derecha y otro en la barbilla. Te hemos descubierto un mechón de pelo blanco en la cabeza, aunque eres tan rubio que apenas se te ve.
Pateas la pelota mejor que yo y eres habilidoso con los patinetes y coches de juguete. Te encanta trepar, revolcarte, correr con tus piernecitas por toda la casa. Nos tienes destruidos, no te voy a enganañar, pero también felices. Porque eras el que faltaba, bebé, el cuarto elemento de esta familia que no siempre es perfecta, pero es la nuestra.
Por las noches, cuando te vas a dormir, me acerco a ti y te digo al oído: te quiero. Y tú, que a esa hora ya estás tan cansado que se te olvida la papitis y que odias el español, me echas los brazos al cuello y me respondes: tero. Y luego te digo: te amo y tú contestas tamo.
Pues eso, Ati. Que tero y tamo siempre.







