massobreloslunes

domingo, 1 de marzo de 2020

All Joy And No Fun

Hay un libro sobre crianza que se llama All Joy And No Fun: The Paradoxes Of Modern Parenthood.

Habla de cómo tener un hijo no te hace feliz, en el sentido de darte un montón de momentos felices, porque a menudo es cansado, y nunca estás en flow. Sin embargo, te da mucha alegría. Una alegría explosiva, existencial, difícil de describir.

Por ejemplo: este viernes pasado. Pablo y yo habíamos pasado la mañana trabajando mientras Alana estaba con Lua, la canguro. Después de comer, quedamos con ellas en el parque para relevar a Lua y llevarnos a la nena para casa.

Íbamos andando por las calles del centro, con Pablo casi corriendo mientras me tiraba de la mano como un niño que va a ver a los Reyes. «¡Alana, Alana —exclamaba—, ¡vamos con Alana!».

Yo andaba a velocidad normal, porque quiero a mi hija con el alma, pero un viernes de sobremesa no estaba para muchos trotes.

Cuando llegamos al parque, Pablo empezó a mirar para todas partes, buscando el carrito rosa fucsia que la hortera de una servidora le compró a la nena. Por fin, la localizó y empezó a llamarla mientras corría hacia ella.

Yo seguí caminando, cegada por el sol de media tarde, hasta que la vi. Llevaba dos coletas, que yo casi nunca le hago porque se las quita enseguida y me desespera, e iba vestida con una sudadera roja con capucha y unos vaqueritos caídos, como un rapero diminuto.

Caminaba hacia mí con el sol de espaldas, que hacía brillar sus dos coletas con un halo dorado. Era de una belleza dolorosa. ¿Sabes cuando estás con un chico guapo, y camina hacia ti, y no puedes creerte que sea tuyo y que seas tú la destinataria de esos pasos? Así me sentía yo. Sin poder creerme que esa fuera mi hija.

Después jugamos a perseguirnos, y Alana golpeó con un palo una escultura metálica durante HORAS, y se tiró en el suelo revolcándose en el polvo como una croqueta.

All Joy And Quite A Lot Of Fun, diría yo.

domingo, 16 de febrero de 2020

Nostalgia de Cádiz



Estas navidades fui con mi amiga Elsa a un bar gaditano que hay en Málaga, Er Pichi de Cai.

Nos sentamos en una mesa baja del local, diminuto y tapizado con pósters del Cádiz y de los carnavales. Me acordé de cuando llegué allí por primera vez y Erika me dijo «en otras ciudades, los niños son del Madrid o del Barça, pero aquí son todos del Cádiz».

Pedimos chicharrones, atún encebollado, papas aliñás y no recuerdo qué más, y a mí me empezó a entrar una nostalgia mala de Cádiz que todavía me dura.

Ayer me apretó aún más. Mi madre me preguntó por un psiquiatra para un amigo de allí y le escribí un whatsapp al MIR para preguntarle si tiene consulta propia. Llevamos casi cinco años sin vernos, si no lo he contado mal. Cádiz está lejos de todo en general, de Granada en particular y más aún si tienes en cuenta que con un bebé tienes que multiplicar los kilómetros por siete, como los años de perro.

No extraño solo la ciudad, sino todo el área. La geografía dispersa y confusa de la capital, Puerto Real, San Fernando, Chiclana, con todas las masas de agua y las marismas y los puentes que te desorientan hasta volverte tan loco como el viento.

No creo que pudiera volver a vivir allí ahora, y eso es lo que hace que me duela la tripa de nostalgia si lo pienso demasiado. Eso y el hecho de que mi vida allí fue algo muy concreto: la residencia, unos años limitados siguiendo el recorrido del plan de estudios, donde estaba previsto con quién trabajaría y a dónde iría cada mes de los siguientes cuatro años.

Mientras estás dentro del sistema PIR, esa es tu vida. Son tus compañeros, tus amigos, tus rutinas, y te parece mentira que vayan a cambiar algún día. Pero lo hacen, y ese mismo sistema te expulsa con la violencia de la piel echando fuera un cuerpo extraño.

La última vez que volví fue para la despedida de María, una compañera que entró durante mi tercer año de residencia. No conocía a los nuevos MIRes y PIRes; no solo eso, sino que había olvidado el nombre de algunos con los que había coincidido poquísimo tiempo allí. Ahora aquella gente desconocida ocupaba mi despacho en el Equipo de Salud Mental de la calle Escalzo; se reía con los chistes de Sebastián en las reuniones matutinas de la URA del Puerto de Santa María; aspiraba el olor reconcentrado a café y a sudor que hay en la unidad de agudos de Puerto Real.

Me pareció casi de mala educación. Hay otra gente en mi piso pequeño y precioso de Portería de Capuchinos, y otros nadan en mi calle favorita de la piscina municipal o escalan en el roco que yo ayudé a construir. De mí allí ya no queda nada.

Así que es una nostalgia multidimensional y rotunda. De lo que fue y no va a volver nunca. De no poder volver. De que mi presencia en sus calles luminosas se haya evaporado como la humedad en los calurosos días de levante.

Qué triste es vivir si uno lo piensa demasiado.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Alana baila

Hoy Alana se ha puesto a bailar.

Estamos escuchando música en el portátil porque a Pablo se le ha antojado oír una canción que estaba cantando en la ducha, y de repente, al oír los golpes de batería de la canción que empieza, Alana,  de pie con las manos apoyadas en la cama, empieza a bailar como bailan los bebés: moviendo el culo arriba y abajo sin separar los pies del suelo, mirándome encantada con una gran sonrisa, como quien sabe que has pillado el chiste que te acaba de contar.

Sonríe y baila, y yo llamo a Pablo, que está terminando de vestirse en el baño. Él la ve y se va a por su teléfono. Alana para de bailar porque la canción se ha puesto lenta, así que buscamos otra más animada: Matador, de Los Fabulosos Cadillac.

Allá va de nuevo: mueve su cuerpecillo de once meses, se ríe, le fallan las piernas y se cae al suelo. Se vuelve a levantar, apoya los brazos y mueve el culo otra vez. A mí me inunda una emoción absurda. Está bailando.

Cuando vas a tener un bebé nadie te advierte de que tu hijo se va a pasar muchos meses pareciéndose a un brócoli. Tú lees estudios que dicen que los recién nacidos ya reconocen patrones, distinguen tu voz, tienen emociones y otro montón de habilidades cuasi-adultas, pero en el exterior tienes a un ser sin masa muscular que te mira con los ojos desenfocados.

Así que el proceso de un bebé que crece es el de ir haciéndose menos brócoli y más persona, y yo me emociono a cada paso porque me siento más cerca de que Alana y yo por fin nos entendamos.

La gente habla del instinto maternal, de que intuyes lo que le pasa a tu bebé y te vinculas a él con una corriente hormonal e inexplicable. Yo a Alana la he visto siempre un poco extraterrestre. Es una caja opaca de relaciones causa-efecto que nosotros tratamos de descifrar.

«Parece que tiene sueño». «Igual son gases». «Yo creo que le están saliendo los dientes».

Pero más que nada estás adivinando, y cada vez que se acaba el día y ella está dormida en su cama, todavía viva y entera y creciendo, yo suspiro con alivio y pienso que no ha estado mal, pero que sin duda no ha sido óptimo.

Así que a medida que pasan los meses y ella empieza a reírse conmigo, a echarme los brazos, a mirar hacia donde señalo, yo lo que pienso es que cada vez nos vamos pareciendo más. No en nuestra personalidad, sino en nuestra cualidad humana.

Y hoy se ha puesto a bailar.

A partir de hoy, ya podemos bailar juntas.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Septiembre

Y el fresco por las mañanas. Y taparse otra vez por las noches. Y buscarse entre las sábanas en vez de apartarse porque el calor de un abrazo ya es excesivo. Y poder vestir a Alana con algo en vez de tenerla siempre en pañal y sudando como un pollo a la hora de la siesta. Y la noche llega antes. Y la mañana después. Y a mí me ayuda porque demasiada luz me satura el cerebro. Y el olor a proyectos que se parece al del café aunque yo ya no tome. Y volver al gimnasio y a reírme de Muslitos, el tipo que siempre lleva los muslos al aire aunque no los tenga particularmente sexys. Y a las clases de piano en la casa cutre y desaliñada de mi profesor. Y a la de música de bebés para Alana. Y usar de nuevo el Bullet Journal, que lo tengo abandonado. Y los boniatos a la vuelta de la esquina. Y el Pumpkin Spice Latte, que Dios lo bendiga.

Me encanta septiembre. Feliz septiembre.

jueves, 29 de agosto de 2019

La cuarta idea

Me he terminado de leer un libro que no me ha gustado demasiado: La desaparición de Annie Thorne. El final decepciona aunque la trama enganche.

Además, no me gustan los libros en los que el protagonista ya sabe lo que pasó, pero se lo calla. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no lo cuenta y punto? Bueno, claro, porque es el protagonista de una novela y tienen que darte ganas de leer más. Me parece falso.

La cosa es que además del final deficiente, La desaparición de Annie Thorne tiene un problema: la autora nunca llega a la cuarta idea.

Por ejemplo, dice: «el hospital olía a desinfectante, café y sudor» (no es un ejemplo textual porque estoy acopladísima en el sofá y no tengo ganas de levantarme a buscar el Kindle). Si te preguntan «¿a qué huele un hospital?», esas son las tres primeras ideas que se te vienen a la cabeza. Las sueltas, pasas a lo siguiente y ya está: ahí tienes un tópico.

Lo dice Robert McKee en Story:
More often than not, inspiration is the first idea picked of the top of your head, and sitting on the top of your head is every film you’ve ever seen, every novel you’ve ever reed, offering clichés to pluck.

Si quieres ser buen escritor, sugiere McKee, haz una lista. Piensa en diez o doce escenas. Después selecciona.

Es una buena forma de escribir mejor. Haz listas y no te quedes en la tercera idea. Empieza, como mínimo, por la cuarta.

El hospital olía a desinfectante, café, sudor, a sopa, a los champús afrutados que llevan las residentes jóvenes, a la tela limpia de las sábanas, a lágrimas, a las patatas fritas con sabor a cebolla que eran lo último que quedaba en la máquina y que todo el mundo masticaba a mi alrededor.

El parque estaba abarrotado de niños, madres, jubilados sin nada que hacer, palomas que mendigaban las migas de los sandwiches, niñeras aburridas que les hacían ojitos a los padres divorciados.

Recordé nuestra adolescencia llena de acné, canciones melosas, donuts de chocolate, excursiones a una tienda de brujería cercana al Corte Inglés donde comprábamos material para hechizos caseros, fortuna mentolados, cartas larguísimas que escribíamos en clase y nos intercambiábamos en los recreos, unos cócteles azules dulzones que hacíamos mezclando champán y Blue Tropic.

Lo interesante siempre llega después de la cuarta idea.

martes, 27 de agosto de 2019

Mi niña y la lluvia

Hoy Alana y yo hemos ido a hacer la compra. Al volver a casa nos ha pillado un chaparrón terrible y hemos tenido que refugiarnos en una cafetería. Ya era casi la hora de darle de cenar y acostarla, así que me preocupaba que se pusiera nerviosa. Sin embargo, estaba tranquila y entretenida entre mis brazos, alternando entre chuperretear un trozo de cartón y comerse una galleta de chocolate.

Creo que estaba tranquila por la lluvia. Se la quedaba mirando muy atenta y a ratos giraba la cabeza y me sonreía con la boca llena de galleta. A Alana no le gusta estar en brazos; siempre quiere escaparse y salir a explorar el mundo. Hoy no parecía importarle. Estaba ahí quieta sobre mí, absorbiendo el chaparrón con sus ojazos azules, tocándome con sus manitas regordetas para asegurarse de que no me había ido.

Después, cuando ha escampado un poco, hemos subido a casa por el camino que atraviesa el bosque. El agua de lluvia serpenteaba entre las piedras. «Mira, bebé —le he dicho—, esas son las piscinas donde se bañan los duendes», e inmediatamente me ha dado vergüenza contarle algo tan cutre porque ni siquiera sé de qué tamaño es un duende. Alana sacudía el manojo de llaves que yo le había dado para que se entretuviera. A ella no le importa que no sepa demasiado del tallaje fantástico.

A ella no le importan mis inexactitudes y mis errores. Imagino que de eso va crecer: lo que dicen tus padres te va importando cada vez más, hasta que, como te descuides, te pueden sacar de quicio con dos palabras. Lo pienso mucho eso cuando miro a mi hija. Veo esta etapa como un precioso y breve oasis de amor filial y me pregunto si me aguantará cuando tenga mi edad.

De momento, caminamos por el bosque. Comemos galletas. Se deja mecer por la noche antes de que la meta en la cuna mientras le canto una nana de los Beatles. Aguanta mis chaparrones de besos aunque se revuelva entre mis brazos pidiendo que la deje en el suelo. 

De momento, mi niña y yo miramos juntas la lluvia.


domingo, 25 de agosto de 2019

Finding a friend for the end of the world




Ayer me fui a la cama preguntándome por qué me había pasando una hora escribiendo sobre la vida actual de gente que en realidad solo me importa a mí. Mientras me tumbaba al lado de un Pablo casi inconsciente, se me ocurrió: la entrada de ayer iba sobre relaciones. Escribí porque necesito saber qué le ha pasado a mi vida social estos últimos años.

Igual por eso he entrado en esta nueva etapa Emo: porque hace mucho que no conecto con nadie como lo hacía antes.

He estado hablando de eso con Pablo durante la cena. Él dice que la culpa es de Facebook: que la gente cree que ya tiene lleno el cupo de la amistad y por eso no se esfuerza. Yo no sé de quién es la culpa. Quizá de la madurez, de que tengamos pareja e hijos, del trabajo. Lo que sé es que echo de menos tener un amigo como quien se enamora un poco.

¿Cómo haces un amigo especial cuando tienes una hija de diez meses, un negocio propio y tendencia a aislarte? ¿Dónde se encuentra a un amigo para el fin del mundo?

Porque es el fin del mundo. No importa si nos morimos de apocalipsis todos a la vez o nos marchamos en momentos distintos, como colegas que se bajan cada uno en una parada del metro. Tarde o temprano, esto se acaba. Y Facebook no es suficiente.

Yo creo que veo a la gente, o al menos les veía. Tengo un blog entero que lo atestigua. Sin embargo, ya hace tiempo que no siento que nadie me vea. Solo Pablo, y él es estupendo, pero no puede serlo todo.

No sé qué me reserva la vida en los próximos años, espero que décadas. A veces pienso que lo que antes me hacía un montón de ilusión (publicar una novela, por ejemplo) me va a dejar fría cuando suceda, y es lo que me tiene en general un poco triste. Así que espero que la vida me tenga guardados amigos. Es lo único que apostaría a que no va a decepcionarme.