miércoles, 25 de enero de 2012
Por eso me quedé soltera, VI: la risa
lunes, 28 de noviembre de 2011
Por eso me quedé soltera, V: La pasión
domingo, 16 de octubre de 2011
Por eso me quedé soltera, IV: Mi relación ideal
martes, 3 de mayo de 2011
I will love again, que decía Tina Turner

De un tiempo a esta parte sólo me interesan hombres inconvenientes. Son muy mayores o muy menores, tienen pareja, son amigos de mis exes o los conozco en un contexto meditador y antisexual. Me pregunto qué me pasa. A mi alrededor a la gente parece resultarle más o menos fácil encontrar pareja. A mí me parece que tienen que darse unas casualidades cósmicas tan raras en el espacio-tiempo para que me eche otro novio que ahora mismo me resulta ciencia ficción.
Mi teoría es que cuando las cosas no van es por algo; que hay algo en mí que está rechazando la posibilidad de tener pareja. Sé que podría pedir algo más light, un rollete, pero hay que tener en cuenta que yo establezco vínculos emocionales con un apio. Soy el tipo de persona que le da besitos a las paredes de su casa porque la quiere mucho. Si meto a un tío en mi cama con cierta frecuencia es más que probable que en tres días empiece a planear la boda en mi cabeza.
Así que si me enredo con alguien será porque piense que hay posibilidades de morir de amor para siempre. Y claro, siempre es mucho tiempo, especialmente cuando te pasa como a mí ahora y tienes el corazón escarmentado.
Por otra parte, yo soy una kamikaze del amor. Si un tío me mola me convierto en el caballo de Atila: por donde piso no crece la hierba. No tengo orgullo ni sentido común, ni pienso en el futuro ni en las consecuencias a corto-medio plazo. Así que opino que si conociera a un chico que me gustara de verdad y que estuviera mínimamente disponible, no habría historias de miedo al compromiso o a que me hagan daño. Me tiraría a la piscina y ya me arrepentiría después.
Así que no sé. Me gustaría tener pareja en algún momento. Creo que soy una buena novia, aunque J. me dejara por borde. Cocino demasiado bien como para quedarme sola. Tengo mucho que dar. Y a pesar de eso, sigo sintiéndome como si hubiera puesto una barrera invisible entre mí y la posiblidad de sentir, y el universo se estuviera dando cuenta de eso y estuviera alejando de mi camino a los hombres convenientes.
(O a lo mejor sólo necesito salir un poquito más).
lunes, 31 de enero de 2011
Grandes cuestiones sobre la vida y el amor, II
miércoles, 13 de octubre de 2010
Por eso me quedé soltera, III: De la media naranja a la ensalada de acompañamiento
Ya dije en la primera entrega de esta magna saga que me parecía que, a menudo, lo que actualmente llamamos amor no es más que una lista de características que básicamente son las nuestras. De repente descubres a alguien a quien también le gustan David Lynch, Murakami y los bocadillos de sardinas con tomate y piensas: "¡Fabuloso! ¡Una casualidad astral! ¡Somos dos almas gemelas destinadas a amarse en la eternidad!". Comenté también que creo que un amor basado en ese tipo de coincidencias está destinado a agotarse una vez que te das cuenta de que el otro no es un calco de ti, sino un ente individual con ¡sorpresa! cerebro propio.
Sin embargo, hay parejas que funcionan justo al contrario, que parecen basar la relación en el desequilibrio. Uno de los miembros es muy creativo, o muy inteligente, o un intelectual, o muy carismático, y el otro es más soso/lento/sin inquietudes o, como dijo alguien, "tonto como una piedra". Yo antes era un poco escéptica respecto a este tipo de parejas. Me daba la sensación, sobre todo cuando era el tío el más listo/interesante, de que buscaban una tía guapa, dócil y calentita que no les hiciera sombra. Ahora, además de que intento no criticar, me planteo que, como dice un personaje de Woody Allen en una de las últimas pelis, si la cosa funciona, ya va bien. El que la lleva la entiende.
Ahora bien: yo no paso por ese aro.
¿Por qué? Pues porque ya lo he vivido. He vivido la experiencia de estar con alguien a quien consideraba bastante menos estupléndido que yo en muchos sentidos. Y, si os digo la verdad, no es agradable. No es agradable para una misma y, sobre todo, no es agradable para el otro, porque se acaba dando cuenta. La línea que separa la aceptación de la condescendencia es lamentablemente fina.
Porque le acabas cortando el pelo al amor y decidiendo que te basta con esto, mientras el otro sea buena persona, friegue los platos cuando a ti no te apetece y esté calentito por la noche. Pero la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, y si para ti es importante meditar, reírte con los Monty Phyton o hablar de Kafka, y no lo haces porque a tu pareja se la pela a tope o porque, en tu opinión, no es lo suficientemente inteligente como para pillar los chistes, pues vas acumulando un caudal de frustración que tiene que escapar por otro sitio. O por otra persona.
Sobre todo, porque creo que está bien ofrecer lo que pides.. Y yo quiero que mi pareja piense que soy la hostia. Con mis taras, claro, y mis errores; borde, impulsiva, con cicatrices de acné y la circulación defectuosa, pero la hostia. Quiero que me quiera, pero también quiero gustarle. Así que actualmente creo que no puedo estar con alguien si no pienso que es la hostia. Sobre todo, porque si quieres a alguien aunque no te guste mucho, debes darle la oportunidad la oportunidad de buscar a otra persona que sí lo piense.
Y bueno, ya sé que últimamente están los comentarios poco animados, pero me gustaría saber vuestra opinión. ¿Creéis que existe el concepto ensalada de acompañamiento, o me lo estoy inventando? ¿Qué habéis encontrado, qué andáis buscando, qué creéis que busca la gente? ¿Habéis hallado el término medio en un nutritivo kiwi?
Venga, va, subidle la moral a esta bloguera o tendré que comentar yo bajo pseudónimo, y sería muy triste.