Está la escritura, sí. Está que el arte, o su sucedáneo, no se censura. Está la sinceridad, los exorcismos vía literaria; está que mi verdad es mi verdad, y es mi decisión contarla o no hacerlo, y que los castillos de arena de los demás son, pues eso, sus castillos, y no es mi responsabilidad mantenerlos en pie.
Pero también está la gente que te importa, y cosas menos tangibles que las letras pero más reales que ese ente informe al que llamamos literatura. Están la tristeza, el dolor y el miedo, la culpa y la angustia, el perdón y la reconciliación.
Cada uno los ordena de una manera. Para mí, sin duda, la escritura, o su sucedáneo, va después.