No meditéis nunca.
No vayáis nunca a un curso de Vipassana.
Porque meditar es una putada. Cualquier parecido con la imagen idílica de una persona tranquila y en paz llegando al Nirvana sobre un cojín redondo es pura coincidencia.
La verdad es que te sientas a meditar y no sabes con lo que te vas a encontrar. Y que, salvo excepciones, te encuentras con sorpresas muy desagradables. Puedes darte cuenta de que eres un inmenso pozo de rabia y miedo escondido bajo una apariencia inofensiva y feliz. Puedes descubrir que llevas años arrastrando tristezas a las que ni te atrevías a poner nombre.
Y lo peor de la Vipassana, lo peor peor de todo, es que es como cuando Neo, el de Matrix, elige la pastilla roja en vez de quedarse con la azul y volver a su anterior estado ignorante. Una vez que has elegido vivir de esa forma, no hay vuelta atrás. Esto no quiere decir que no te desvíes. Claro que te desvías, cada día de tu vida es una constante desviación, pero has llegado a atisbar la dirección de la verdad y no deja de parpadear delante de ti como una señal luminosa enorme.
Además, como camino es un coñazo. Porque no se dedica sólo a prometerte bienestar, relax y sanación. No te dice lo estupendamente que te vas a sentir cuando acudas a un taller de fin de semana que te cuesta cuatrocientos euros o pagues un dineral por una consulta de naturopatía o un masaje japonés. Te dicen que vayas gratis, qué cabrones. Te regalan la comida y el alojamiento y te sientan a meditar diez horas diarias durante diez días. A sufrir dolores e incomodidades sobre un cojín y a levantarte a las cuatro de la mañana (sí, he dicho a las cuatro de la mañana).
Te dicen que aprender a meditar es aprender a morir.
Te dicen que la vida es en su mayoría Dukkha, sufrimiento. Sufrimiento por lo que queremos y no tenemos y por lo que tenemos y no queremos.
Te dicen que todo pasa, que no puedes aferrarte a nada y que sólo te amas a ti mismo y a tu ego gigantesco.
Te dicen que llevas toda la vida dormido.
Encima tienen hasta un código moral. Joder. Nada de "don't worry, be hippie" ni de amor libre y mescalina. Qué va. Abstente de intoxicantes, de sexualidad dañina (¡¡y sexualidad dañina es casi todo!!), no mientas, no robes, no mates. Nadie te obliga. Allá tú si haces cualquiera de estas cosas. Pero si las haces, no avanzas. Tenlo muy claro.
Y con ese panorama de sufrimiento, abstemiez y castidad, te sueltan en el mundo, para que te equivoques como una perra y luches contra tus debilidades. Tú puedes intentar olvidarte y volver atrás, al punto donde elegiste tomar la pastilla roja, a ver si ahora puedes por un casual cambiar a la azul y volver a ese estado en el que creías que la felicidad existía y que estaba escondida detrás de un número suficiente de sensaciones agradables. Pero qué va. Estás ahí con tu código moral, tu técnica milenaria y tu caudal de sufrimiento y no puedes hacer otra cosa que enfrentarte a él con el máximo valor posible.
Entonces, después de todo este panorama desolador, hay momentos (ni siquiera días o semanas, sólo momentos) en los que atisbas una felicidad distinta a la que te habían vendido. Una paz tan fresca, tan limpia y tan alegre que te parece mentira que haya quien busque algo distinto a eso. E incluso en medio de las oleadas de dolor, de tristeza y de miedo, te das cuenta de que tienes un asidero. Algo con lo que darle sentido. Una herramienta con la que enfrentarte a tus debilidades que da una dirección a tu vida y llena tus días de significado.
¿Compensa? No lo sé. A veces creo que no. La mayoría de las veces estoy segura de que sí. Pero, por si acaso, no lo probéis. No meditéis nunca. Escoged la píldora azul ahora que todavía estáis a tiempo.