Mi padre me dijo una vez que una opinión es como el culo: todo el mundo tiene una. Qué frase más útil. También me dijo que las excusas son como el culo, y también me pareció una frase la mar de útil, pero hoy centrémonos en las opiniones.
Es curioso, porque cuando hablas con alguien de cualquier cosa o le comunicas una decisión que has tomado, la persona tiene enseguida algo que decir al respecto. O sea, que tú llevas equis tiempo dándole vueltas a esa decisión y calibrando pros y contras, pero él o ella saben lo que es mejor para ti después de cinco microsegundos de procesamiento.
Esto viene a que me he comprado una bici estática. Cuando se lo cuento a la gente, lo primero que me dicen es:
- ¿Una bici estática? ¡Qué coñazo! ¿Por qué no coges la normal y sales a que te dé el fresco?
Claro. Qué buena idea. Resulta que cuando llegue a mi casa a las nueve y media de la noche después de estar todo el día memorizando psicoconceptos, voy a coger mi bici, a bajar del pico del águila donde vivo y a jugarme la vida en oscuras callejuelas de barrio residencial para hacer el hippie al aire libre.
Yo creo que en la vida hay dos tipos de personas: aquéllas para las que el deporte es un placer y aquéllas que lo consideran una obligación. Yo soy del tipo B. Sí, mola hacer deporte, cuando terminas tienes un montón de endorfinas y tal, pero a mí no me lo pide el cuerpo. Lo hago (cuando lo hago) porque si no mi organismo, de por sí de una calidad regulera, va a empezar a deteriorarse a toda velocidad y tendré todavía más posibilidades de terminar mi vida soltera y comida por pastores alemanes. A mí el cuerpo me pide leer, escribir, tocar el piano o dormir la siesta, pero ponerme a sudar gratuitamente, casi que no. Así que lo de la estática es, digamos, una solución de compromiso entre mi culo y yo: él dice que en seis meses de oposición está dispuesto a ponerse como un puf de esos de bolitas que se desparraman por el suelo, y yo que bueno, que haré un ratito de ejercicio al día para no llegar al punto en el que el daño sea irreparable.
De momento, a la estática no le veo más que ventajas. Me la compré de segunda mano por setenta euros y ya la he usado unas diez veces, así que me queda poco para amortizarla. Me pongo series en el ordenador y hale, a pedalear. Es verdad que no ves el exterior, que no respiras el aire fresco ni saludas a los niñitos con el timbre, pero también es verdad que, a cambio, puedes ver House, que a estas alturas es bastante más entretenido que la calle. Te libras de escalones, peatones molestos, coches abusones, cuestas y aire contaminado. Sólo pedalear sin pensar en nada más que en qué coño tendrá este paciente, que lleva siete punciones lumbares y dos resonancias magnéticas y todavía no tienen ni idea de qué le pasa.
Además, no pierdo tiempo desplazándome a gimnasios o al paseo marítimo, puedo ponerme estupendos modelés de ejercicio casero (pantalones cutres, tripa al aire, cintas en el pelo), liquido el asunto en cuarenta minutejos y después me voy directamente a la ducha y a la cama. ¿Que pedaleando en el sitio no se llega a ningún lado? Pues sí, es verdad, pero estoy segura de que eso es bueno para mi ego y la comprensión de la impermanencia.
Y por último, pero no por ello menos importante: si no consigo la plaza en Enero, al menos mi culo estará estupendo.