massobreloslunes: 02/06/12

lunes, 6 de febrero de 2012

Qué fácil es estar contenta un lunes cuando se tiene saliente y puedes dormir hasta que te duela

Pues parece ser que sí: que me voy a Madrid ocho meses enteritos. Qué genial. ya estoy mirando rocos y talleres de escritura. A lo mejor me hiperestimulo y me vuelvo loca; quién sabe. Para entonces llevaré dos años y medio en Cádiz y tres veranos de sol y Caleta. El verano en Cádiz te deja tocado: tu cerebro se inunda de endorfinas, te vuelves loco de atardecer a las diez y media de la noche, el viento de levante te zumba el cerebro y llegas a la conclusión de que el trabajo es muy prescindible. Luego todo eso se suma al slow de la vida gaditana y acabas disfrutando de esta mezcla entre lo sencillo y lo cutre. El caso es que cuando llegue a Madrid y vea que lo tengo disponible TODO, igual me explota el cerebro.

Lo que sí creo es que allí me enamoraré o aberraré en silencio, una de dos.

Mi última experiencia con una gran ciudad fue Barcelona, y fue mala. Claro, que por aquel entonces yo tenía dieciocho años y no sabía nada de la vida. Qué gracia, porque el sábado en la guardia estuve hablando con el MIR acerca de si uno va sabiendo más de la vida con los años o en realidad es todo el rato igual de estúpido. Supongo que uno sabe más y, al mismo tiempo, se va haciendo más consciente de la de cosas que le quedan por saber. Y sigue cometiendo errores parecidos. Por otra parte, si lo miro ahora pienso que hay algo de tierno en seguir cometiendo grandes errores: algo de inocencia ilusionada que, a pesar de todo, no quiero perder.

Me acuerdo perfectamente del primer día que llegué a Barcelona. Me bajé del tren en Plaza Catalunya y miré aquellos edificios sobredimensionados. Tuve que entrar al BBVA para que me solucionaran nosequé papeleo, y caminaba sobre los suelos de mármol como los niños de Mary Poppins en el banco de su padre. Barcelona a los dieciocho años me daba mucho, mucho miedo. Me dio tanto miedo que desde entonces me propuse vivir de Despeñaperros para abajo, y aquí me tenéis: casi todo lo al sur que se puede estar.

Iba pensando estos días en escribir un post sobre Andalucía. El otro día hablábamos en el roco de este vídeo, que para los que no queráis verlo es de un notas escalando un bloque que se tira al suelo y cae a lo loco encima de otro notas. El bloque consiste en escalar rocas pequeñas y difíciles sin cuerda, con colchones debajo y gente que se coloca para cubrirte y ayudarte a caer. El caso es que el vídeo es muy, muy gracioso, y lo que no se entiende muy bien es lo serios que se quedan los tíos después de la caída. Que eso pasa aquí, en Cádiz, y el cámara se empieza a descojonar en el momento en que el tío no sabe bien cómo bajarse del bloque, y para cuando se ha caído encima del otro ya está echando las tripas por el suelo. Lo que quiero decir es que me gusta mucho, mucho, mucho Andalucía, y más concretamente Cádiz y el carácter de aquí. Hay que pagar un precio por vivir aquí, eso está claro, y somos todos muy informales, y muy impuntuales, y no es que seamos vagos: es que estamos cansaos. Y hace mucho calor en verano, y se llena de guiris, y la gente tira los papeles al suelo y bueno, pueden parecer tópicos, pero hay diferencias con el norte y se nota. Sin embargo, a mí me compensa.

Y a pesar de esto quiero irme. Ya lo dije el otro día: nunca pensé que le iba a coger el truco a lo de mudarme. Hay una parte de mí que quiere arraigar y, de hecho, el año pasado había veces que cuando volvía de Málaga entraba en Cádiz acurrucada en posición fetal en los asientos del autobús y pensando en mayúsculas PERO SE PUEDE SABER QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO AQUÍ. Y justo ahora que estoy arraigando, que tengo amigos de verdad y no solo conocidos, que la del Covirán me conoce y no me roban la moto de la puerta de mi casa aunque me vaya un mes... resulta que la perspectiva de irme unos meses me encanta.

Supongo que tiene que ver con las posibilidades que esconde lo nuevo y lo rápido que se ensucia la limpieza mental de las calles. Me acuerdo de cuando Granada era nueva para mí y de lo rápido que se llenó de recuerdos. No llevaba allí ni un mes cuando ya miraba con nostalgia los bares donde había conocido a Nacho, el amigo de Josy que me robó el corazón un verano. Me hace gracia recordar también las primeras semanas en Cádiz, cuando iba de un lado a otro aturdidísima, buscando copisterías y ferreterías. Y ahora es raro que salga y no me encuentre a un paciente o a un conocido.

El tema de la vida es que tiene tantas posiblidades, tantas. Es muy rica. Y a veces se nos olvida. No es solo por las ciudades. Es rica en las personas a las que nos presenta y las experiencias que nos ofrece. Es tan rara y tan loca, tan brutalmente injusta y al mismo tiempo tan luminosa. Contiene muchas opciones y solo tenemos un cerebro y un corazón para atravesarla. Lo peor, o lo más gracioso, según se mire, es que al final todo eso, todo nuestro corazón tan dolorosamente ensanchado, nuestro cerebro tan lleno de aprendizaje y experiencia, morirá y se desintegrará. Y eso lo vuelve todo tan absurdo y, al mismo tiempo, tan importante. El borrador sin cuadro del que hablaba Kundera. La búsqueda de un sentido que se nos escapa todo el rato.

No sé. Hoy ha molado como día. Me he levantado tan contenta que me podría haber preocupado. Ha habido crepes, libros, música y una visita breve al Carrefour, que me relaja. He bailado en mi salón y he eludido otra vez las tareas de la casa. Porque en realidad, ya sabéis que yo siempre digo eso de que todo va a salir bien. Pero, si me apuráis, todo está saliendo bien, ya, ahora.

PD: Señor M., ha llegado el momento de abrirle una etiqueta a Madrid. Hu ha.

Sexcritura

Tengo un problema con escribir sobre sexo. Un problema grave. Ayer leí la última entrada de Rorschach y bueno, porque estaba de guardia, que si no me voy por ahí a violar incautos. Qué calentón más malo y más gratuito. Así que quería escribir algo no parecido, sino simplemente digamos sexual. Por el placer de hacerlo: por describir guarradas, que no es ni la mitad de divertido que hacer guarradas pero podría tener su punto.

Entonces llegamos al tema. Que no me gustan las palabras que hablan de sexo. Que no me gusta decir coño ni tetas ni polla: me parece malsonante. Acabo con eufemismos y rebordes anatómicos: escote, sexo, pubis, humedad, erección, y al final aquello parece una novela rosa mala de esas con fotos en las portadas. Y va, yo quiero escribir sobre follar a saco, es decir, con todas las letras. Sobre comer pollas mirando a los ojos y disfrutando del sabor salado del glande sobre tu lengua; sobre ponerse a cuatro patas y gritar sigue, sigue, más fuerte, así, sigue, sin que te importe un carajo que te escuchen los vecinos. Sobre tíos que son capaces de hablarte, de decir las palabras justas en el tono adecuado, de decir, por ejemplo, "pero cómo me la puedes poner tan dura" o "joder, qué coño tan mojado" y que no suene forzado y que te ponga tan, tan cachonda que no puedes respirar. O quiero escribir sobre que te empotren, que te empotren de verdad: comidas de coño, maniobras manuales extrañas, esforzados acariciamientos de pezones; nada de eso se puede comparar con que un tío sepa empotrarte. Que te agarre fuerte de las caderas, te mire a los ojos, te la meta con decisión y sepa llevar el ritmo. Y que te haga sentir que bueno, que tú también participas, claro; que estáis follando los dos o incluso que estáis haciendo el amor. Pero que él tiene un control que tú le has cedido porque no te importa, porque te gusta: te gusta dejarte hacer en estos momentos, que él te diga con el cuerpo "ahora mismo eres mía y esto es lo que hay".

Peor bueno, yo qué sé, escribir sobre todo eso, describirlo así con detalle como en los relatos eróticos que me gustaba leer a mí cuando tenía menos edad y más necesidad de porno, me produce una mezcla rara entre pudor y grima. El sexo es una de las pocas cosas que me parece que quedan muy, muy lejos de la literatura. El resto de la vida se puede condensar y expresar bien con palabras y, de hecho, muchos momentos que en la realidad son una puta mierda, o anodinos sin más, escritos sobre papel parecen intensos e interesantes. Pero el sexo no. El sexo me resulta muy, muy indescriptible. Cómo vas a describir lo que sientes cuando un tío se coloca bajo tus piernas, te mira a los ojos y te susurra "Dios, estoy temblando", o cuando te rodea con el brazo mientras te folla y después se corre gritando y casi llorando y te mira con los ojos muy abiertos, y se te queda abatido en su cara en tu cuello, diciendo que te quiere, pronunciando tu nombre.

Ojalá follar bien fuera sólo follar bien, así como una cosa mecánica, técnica, que pudiera aprenderse y mejorarse. Pero hay un punto de intimidad profunda, de conexión intensa y presente que, sencillamente, no puede escribirse. Hay tantos momentos de asombro y agradecimiento en el buen sexo, una voluntad intensa e inútil de aferrarse a las sensaciones o de querer morirse justo en ese momento. La mezcla extraña entre placer y dolor. La adoración contenida de un cuerpo y una mente que te gustan de verdad.

(Va, de verdad, necesito un novio. O un amante. O algo. Que escribiendo se puede sublimar prácticamente todo menos eso. Que escribir sobre sexo es lo más parecido a un polvo a medias que se puede experimentar estando solo)