Acaba de terminar el quinto día de mi convalecencia esguincera, y el sentimiento que me inunda de forma más potente es el de un Gran Perezón. Todo es TAN cansado. Todo cuesta el triple. Vestirse, hacer la cama, ducharse, ir al baño, cocinar, desplazarse. Por no hablar de las subidas y bajadas de las Escaleras del Averno.
Evaluemos la situación.
Adecuación a las instrucciones médicas: regulera. Ayer fui por fin capaz de pincharme el Clexane que me habían dado en urgencias, y he de decir que inyectarse a uno mismo da una grima suprema. Me hice un moratón gigante, por torpe, y me dolió un montón. Lo del pie en alto va muy regular. Demasiada deambulación, me temo; como resultado, la base de mis dedos está gris. Pero es que la inmovilidad me aberra. Quizá sea mejor tardar un poco más en curarme el pie y mantener la salud mental.
Adquisición de nuevas habilidades: óptima. Tengo la pierna derecha como un cable de acero a causa del frecuente desplazamiento monópedo. Las muletas van bien, gracias a mi poderoso tren superior de escaladora. El problema es llevar objetos, especialmente líquidos. No puedo dar saltitos con líquidos en la mano, así que me desplazo con mi pierna hábil a lo James Brown mientras sujeto la taza en una mano y las gatas me miran, anonadadas. Lo de subir y bajar los cinco pisos con muletas para que me dé el aire tiene mucho mérito, pero es que si no me empieza a entrar síndrome Ana Frank y me pongo violenta.
Aprovechamiento del reposo: razonable. Tonteo mucho por los mundos virtuales. Aun así, hoy he terminado la increíble y maravillosa Guía Práctica para Evitar al Psicólogo, que podréis obtener por el módico precio de gratis siguiendo las instrucciones que aparecen aquí. Ha sido guay escribir tanto. Me ha hecho sentir merecedora de pertenecer a la especie humana, a pesar de mi invalidez. Cuando escribo soy poderosa. Soy SuperMarina y me dan igual la vida, los esguinces, la proximidad de San Valentín y todo.
Proximidad de San Valentín, por cierto: la tolero. Tengo un plan para el jueves que incluye a una lectora que es amor, la promesa de molletes y quizá una caña en algún bar en diez metros a la redonda. De hecho, hoy he rechazado otro plan propuesto por un Galante Admirador o GA (¿le vale como seudónimo, señor M.?) que se había ofrecido para quedar el jueves y ayudarme a sobrellevar SV sin defenestrarme.
Más sobre los maromos: estoy en trámites de gestionar una ingesta de alcohol programada con ChMM, en línea con el compromiso con la honestidad del que hablaba ayer. Más detalles en tiempo real vía Twitter.
Y poco más. He llamado a un paciente para explicarle lo del esguince y casi le hago una entrevista clínica completa por teléfono, en pleno síndrome de abstinencia laboral. Si alguien queda conmigo estos días y le pregunto si él o alguien de su familia ha sido visto alguna vez en Salud Mental, por favor, que me disculpe: es la costumbre.
De todo se aprende, gente. Hasta de la cojera temporal. Aun así, espero que el traumatólogo me dé buenas noticias el viernes y reincorporarme al mundo deambulante. Por otra parte, si la enfermedad me sirve como excusa para la mencionada ingesta programada de alcohol con ChMM, ni tan mal.
Gracias a todos los lectores amorosos que se han interesado por mí y me han dado cariño y consejitos. Gracias a la gente que intenta convencerme de que inspiro amor en lugar de celivibraciones. Si yo no es por ser negativa: mi celivifrecuencia es una pura cuestión objetiva y observable. Gracias también a los lectores amordio (a saber: LauraBQA y KHaL Yeleytr), porque mi ambivalencia hacia vosotros, vuestros pintaúñas caros y vuestras correcciones prematuras de mis ebooks os hacen aún más adorables. Que sepáis todos, y muy especialmente GA, que no contesto los comentarios últimamente porque el Firefox no me deja (verídico) y cambiar al Safari me da perezón. Pero me esforzaré más. Creo. Y a los mails contesto siempre. O casi.
Os quiero, chicos. El día que muera Internet muero yo con él. Todavía no entiendo bien cómo sobrevivió Ana Frank sin perder la olla.
PD: Estado de la mar: marejadilla.
martes, 12 de febrero de 2013
Escrihonestación
Tengo tres ideas para hoy:
Escritura.
Honestidad.
Aceptación.
Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.
Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".
Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.
A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.
Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.
Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.
Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).
Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.
En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.
Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.
Escritura.
Honestidad.
Aceptación.
Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.
Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".
Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.
A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.
Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.
Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.
Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).
Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.
En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.
Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.
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