Queridos blogonautas:
El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.
Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.
Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).
En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.