La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.
Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.
Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".
Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.