Esta mañana he tomado una decisión importante.
Necesito vacaciones y las necesito YA.
Julio ha sido agotador. He pasado estas últimas semanas dando vueltas con el coche por la Bahía, buscando objetos en las profundidades de mis cajas, transportando cosas del aparcamiento al piso y viceversa, limpiando, aspirando, volviendo a aspirar, contestando mails, sonándome los mocos, tratando de leer, ensayando técnicas raras con pacientes graves, improvisando mortalmente en el taller de escritura, masticando chicle, comiendo helado, tragando antihistamínicos, luchando contra el insomnio, rehidratándome el pelo, haciendo dominadas y hasta enamorándome... y todo esto en un estado absoluto de histerismo mental.
En serio. Hacía tiempo que no me sentía tan descontrolada.
Así que hoy he arreglado los trámites para largarme el lunes cuatro benditas semanas. Me voy a dejar unos días para irme a meditar en navidades (¡Sí! ¡Voy a hacerlo! Mandar al carajo las navidades. Viva y bravo), pero ahora necesito dejar de trabajar como necesito agua, comida y oxígeno.
Todavía no sé qué voy a hacer. Quizá tire para Málaga, quizá enfile con la furgo hacia el norte en mi Summer Steinbeck-Hill project. Quizá me quede aquí unos días escribiendo y yendo a la playa. Lo que sea, pero buscando cierta sensación de paz que hace ya un tiempecito que me falta.
(De mis enamoramientos no pienso dar detalles, que siguen siendo tan desacertados como siempre)
PD: El cuento que escribí ayer a mí, personalmente, me parece precioso. He estado a punto de no escribir hoy en indignación por los gatitos que se retuercen moribundos ante la ausencia de comentarios. De hecho, he estado a punto de comentarlo yo como anónima. Pero bueno, acepto con deportividad vuestro silencio y agradezco a Nieves que haya salvado al gatito. Aunque me sigue pareciendo un cuento precioso (sin abuela artística me vine yo al mundo).