La última vez que viajamos con mi padre fue a Port Aventura. Lo gracioso es que ya habíamos estado allí antes. Yo, concretamente, dos veces: una con mis padres, con los dos, cuando era tan pequeña que no llegaba a la línea que marcaba el límite para montarse en las atracciones peligrosas. Recuerdo cómo miraba de lejos el Dragón Khan, intentando imaginarme el calibre de la experiencia de sentir mi cuerpo manejado en esas direcciones, a esas velocidades. Después volví en el viaje de fin de estudios del colegio y por fin me atreví a subirme en el Dragón Khan, y hasta compré la foto de recuerdo, en la que salimos la PK y yo agarradas de la mano. Era de noche, era nuestro último viaje de la jornada y recuerdo cómo puse todos mis sentidos en aquel momento, intentando cristalizar una felicidad que se me escapaba.
El caso es que mi padre decidió ir allí, no sé por qué. Le había cogido el gusto a las montañas rusas desde que le convencí para probar el Space Mountain, en Eurodisney. Creo que para mi padre las montañas rusas fueron como para mí la escalada: la prueba de que todavía podía ser otro tipo de persona. Continuamos con el Jaguar, en Isla Mágica; si queréis mi opinión, las montañas rusas colgantes están a años luz de las normales. Creo que el balanceo compensa la fuerza centrífuga y la sensación es mucho más descafeinada.
No recuerdo mucho de aquel viaje. Lo que sí recuerdo es que sólo saqué un par de fotos. Mi padre dejó de hacer dos cosas en los viajes cuando se separó: una era poner música en el coche, y la otra hacer fotos de los viajes. Luego, directamente dejamos de viajar todos juntos, pero bueno; eso fue ya hace demasiado tiempo como para ponerme melancólica. También recuerdo que el segundo día compramos unas pulseras rojas que te daban prioridad para montarte en las atracciones importantes: el Dragón Khan, una barca gigante que se tiraba desde un volcán y te ponía chorreando y nosequé otros sitios. Y cuando cruzamos las puertas de entrada con nuestras pulseras en las muñecas, mi padre dijo algo como: "A ver, por favor, que alguien nos vaya apartando pobres", y a mí me hizo mucha gracia.
Me encantaría volver a Port Aventura. No sé si habrá hueco para eso en mi apretada agenda de viajes de escalada/ jippys/ couchsurferos/ low cost, pero en algún punto de mi vida me gustaría gastarme el absurdo precio de la entrada y quizá el absurdo precio de una pulserita de ricos, y entrar en ese universo controlado de experiencias de imitación. Restaurantes que imitan a mexicanos. Espectáculos que imitan las danzas indonesias. Enormes montañas rusas que imitan las mariposas en el estómago, o las emociones, o quizá el amor.
Me gustan mucho, mucho, mucho las montañas rusas. Ninguna otra atracción se les parece: ni las caídas libres, ni las ruedas infernales. Las montañas rusas son un viaje. Va, recordadlo ahora. Cómo te subes, te colocan las protecciones de seguridad y algún empleado desganado les pega un tirón para ver si están bien fijas. Luego eres tú quien se pone a dar tirones para probar mientras subes la primera cuesta, esa que va tan despacito y que te hace plantearte qué coño pintas aquí, pudiendo estar abajo hartándote de nachos de imitación. Te preguntas qué harías si te dieras cuenta ahora de que tus protecciones están sueltas. ¿Te oirían si chillaras? ¿Podrías bajarte y descolgarte por los hierros? Después empieza el recorrido, la velocidad, el miedo controlado y el cielo mezclado con la tierra. Gritar sin censuras; ahora que lo pienso, a lo mejor la gracia de las montañas rusas está en poder gritar.
Recuerdo otra cosa de Port Aventura con mi padre. Volvimos en coche desde Salou hasta nuestro hotel en Barcelona, ya de noche. A mi padre nunca le ha gustado conducir de noche, y creo que de ahí he heredado yo una precaución casi supersticiosa a viajar cuando está oscuro. Mi hermano se había quedado frito en el asiento trasero; me lo imagino tirado con el cuello torcido y la boca abierta, como dormía de pequeño. Mi padre me prohibió dormirme. "Necesito que hables conmigo durante el viaje - me dijo - para no dormirme yo y que no tengamos un accidente". Y no sé de qué hablaríamos: supongo que del Dragón Khan, de lo que queríamos ver en Barcelona o de lo divertido que había sido jugar a ser ricos con nuestras pulseras prioritarias. Pero sí recuerdo las luces en la carretera, la intuición del silencio detrás de los cristales y esa sensación, ahora tantas veces repetida, de que con mis palabras estaba cumpliendo una misión importante.
PD: Me chivó mi hermano hace poco que hay una nueva montaña rusa en Port Aventura y acabo de buscarla en Google. Se llama Shambhala, y aunque me dé pena que a su lado el Dragón Khan parezca hasta pequeñito, me encantaría probar en algún momento sus enormes y salvajes curvas blancas.
