massobreloslunes

martes, 24 de junio de 2008

Cocina Erasmus II


Por si pensábais que no podía empeorar.


En breve daré la solución al enigma. Os diría que esto es una pista, pero no lo tengo muy claro.

NOTA: El color es más parecido al de la otra foto. Es que ésta la saqué con flash y se ve un tonillo rojizo que no es así en la realidad.

Detalles (II)

En varias ocasiones, Xesc ha dejado comentarios en mi blog.
No es lo más bonito que han hecho por mí, pero no está nada mal.

lunes, 23 de junio de 2008

Copyright

- ¿Qué haces?
- Sacar la cámara.
- ¿Para hacerme una foto?
- Pues... sí, claro. Estás preciosa cuando te ríes así.
- Lo siento, pero no puedes hacerlo. Tengo copyright, y aún no te conozco lo suficiente como para permitirte mi reproducción total o parcial.
- ¿En serio?
- Totalmente. ¿Tú no tienes?
- ¿El qué, copyright? ¡Claro que no! Ni siquiera sabía que eso existiera.
- Pues claro que existe. Te vas a www.tueresunico.com y puedes registrar tu imagen a un precio bastante razonable.
- ¿Y para qué se supone que sirve eso?
- Ay, es que hay que explicártelo todo... A ver, ¿cuánta gente conoces que tenga mi cara?
- Pues... nadie, supongo. Sólo tú.
- Obviamente. Imagínate lo que podría hacer la gente con ella. Podrían hacerse pasar por mí. Podrían enseñar mis fotografías y decir que me conocen. Podrían recortar mi cara y pegarla encima de sus cuerpos.
- ¿Y por qué iba a querer alguien hacer eso? Todo el mundo tiene ya su propia cara, ¿no?
- De verdad, eres tan ingenuo que resultas encantador. Como dicen en la web, tu cara es tu única propiedad cien por cien original. Si no la proteges tú, nadie lo hará. Allá tú, pero si supieras las historias de plagio facial que he oído por ahí...
- Vaya. ¿Entonces no puedo sacarte una foto?
- De momento, prefiero que no. Quizá en nuestra siguiente cita.

Él la vio marcharse y pensó que no iba a volver a llamarla nunca. En lugar de eso, entró rápidamente a www.tueresunico.com y se abrió una cuenta.

Cocina Erasmus



Doy premio negociable al que adivine el contenido de la olla. Y prometo por Paul Auster que es comestible.


Señor, qué ganas tengo de dejar de compartir piso.

domingo, 22 de junio de 2008

Albertina, está linda la mar...

Hoy me he encontrado a Albertina cuando iba a tomar un café en un descanso del estudio. Es curioso, porque llevo unos cuantos días pensando en ella. Bueno, tampoco es tan curioso, porque vive al lado de la biblioteca y, de hecho, últimamente me la encuentro con cierta frecuencia: en la frutería, paseando por la calle o, como hoy, hablando con el conserje en el portal de su casa.
- Es que vienen mis hermanas a pasar el fin de semana – me ha dicho -, y tengo la cuna de mi nieto en la habitación y no sé cómo cerrarla. Y le he pedido al portero que si me puede ayudar, pero dice que está muy liado. ¿Tú tienes prisa?
Así que me he encontrado luchando contra una cuna gigante e inamovible como un coloso de piedra, mientras Albertina me contaba que vaya desastre, que tiene un montón de ropa para planchar y que todavía no sabe que va a poner de comer. Al final encontramos una flecha misteriosa en uno de los laterales de la cuna, y apretando y tirando de lugares estratégicos la plegamos y la colocamos a un lado de la cama. De repente tengo clarísima la magnitud del engorro que supone un hijo.
Me marcho enseguida, rechazando el ofrecimiento de Albertina de llevarme algo de comida. Desde que se divorció anda mal de dinero, y se dedica a cocinar en casa y a vender tuppers de congelados caseros a los estudiantes. También traduce casi cualquier cosa a ocho euros la página. Ahora parece que va saliendo a flote, pero J. y yo estuvimos en su casa a finales del curso pasado y apenas nos puso unas rebanadas de pan integral y unos quesitos el caserío.

Pero yo no quería empezar esta historia así. Quería empezarla hace ya casi dos años, cuando J. y yo volvíamos de un taller de escritura en la Alpujarra donde habíamos pasado tres días escribiendo, follando y riéndonos de los demás participantes.

(J., querido J., ¿Por qué no te has casado conmigo? La vida podría haber sido siempre así).

Albertina no tenía coche y volvía con nosotros a Granada en el asiento trasero del Micra de J. Después de casi un año compartiendo taller, J. y yo apenas sabíamos nada de ella: sólo que hacía poco que se había divorciado, que era traductora de francés y que escribía francamente mal. Yo la veía fea, con una fealdad perruna y triste de mejillas caídas y nariz colorada. J. decía que era dulce, pero ya os he dicho alguna vez que él es capaz de encontrarle algo a casi cualquier mujer.
No hablábamos mucho. Yo mantenía la mano apoyada en el muslo de J. para sentir cómo se tensaban y destensaban sus cuádriceps cuando cambiaba de marcha.

[Nota: yo pensaba que era la única que hacía esto. Me parecía muy romántico y urbanamente sensual. Cuál no sería mi sorpresa al releer hace poco “El mundo según Garp” y descubrir que en la página 265 habla de cómo Helen Garp “apoyaba la cabeza en su regazo porque le gustaba sentir cómo la pierna de Michael se tensaba y relajaba al mover levemente el muslo para pasar del freno al acelerador”. Nada nuevo bajo el sol, según parece]

En la parte trasera, Albertina hacía comentarios aislados: sobre el taller, sobre el profesor, sobre la hermosa alquería donde nos habíamos alojado. Cuando salimos a la autovía, adelantamos a un autobús del Imserso, lleno de ancianos que miraban apaciblemente por las ventanas.
- Yo siempre me imaginaba así con Antonio – dijo Albertina desde el asiento trasero -. Pensaba que cuando él se jubilara iríamos de viaje con el Imserso, cogidos de la mano. Ay que ver, lo que es la vida…
Depués siguió hablando mucho rato. Tiene una voz quejosa y monocorde, y cuando te habla tienes la sensación de que te está diciendo exactamente lo que se le pasa en esos momentos por la cabeza, sin recovecos ni segundas intenciones. No recuerdo muy bien lo que nos contó: sé que nos habló de algún negocio turbio que su marido había comenzado en la Costa del Sol y de cómo, a raíz de aquello, había empezado a mostrarse distante y nervioso. Contrajo algún tipo de enfermedad mental y empezó a engañarle con otra. Tras un tiempo sin que la situación mejorara, ella había pedido el divorcio.
- Al final ni siquiera quería hacerme el amor – dijo, y J. y yo nos miramos brevemente, aterrados ante la perspectiva de Albertina practicando el sexo -. Yo siempre he sido muy cariñosa. Siempre, hasta después de veinticinco años de matrimonio. Le daba besitos en el cuello, y él me decía: “Anda, Alber, quita, que me das mucho calor”.
Se quedó callada un rato.
- Y luego la psicóloga dijo que mi hija pequeña estaba mejor con él. Así que se ha ido a vivir a su casa. Y claro, él no me pasa pensión ni nada.
Creo que Albertina habría utilizado el mismo tono para explicar cómo cocinaba las lentejas o el calor que había hecho aquel verano en la ciudad.

- Lo que más pena me ha dado ha sido lo del sexo – me dijo J. después de dejarla en su casa -. Qué humillante.
- A mí lo que más pena me ha dado ha sido lo de la hija – dije yo.
- En cualquier caso, estar casado con Albertina tiene que ser muy raro.
- Sí.

Así que ahora me la encuentro de vez en cuando por su barrio, y parece que va tirando, entre traducciones y lasañas congeladas. En la frutería me pregunta cómo preparo yo los champiñones y, casi sin transición, si he vuelto o no con J. “Con la buena pareja que hacíais” dice siempre, con su perenne tristeza perruna. Yo me encojo de hombros y sonrío. “Qué le vamos a hacer”, digo, “así es la vida”. “Desde luego, hija”, contesta ella. “Si algo está claro es que la vida es así”.
Y se marcha a su casa solitaria, con las manos llenas de bolsas del Día, pensando en cualquier cosa no necesariamente importante.

sábado, 21 de junio de 2008

Detalles

A pesar de haberle dicho que no quería nada serio, el chico de los ojos grises me llamó ayer desde el concierto de Extremoduro para ponerme Standby. Apenas se oía nada, pero fue lo más bonito que han hecho por mí en mucho tiempo.

viernes, 20 de junio de 2008

Tiburoncitos

- Oye, ¿tú en qué trabajas?
- Yo no trabajo, yo soy compañera de clase de tu hermana. ¿Te parezco muy mayor, o qué?
- No sé…

Irene sonríe mientras remueve el pisto en la sartén, e Isaías me mira desde sus ojos castaños y grandes.

- Entonces, ¿en qué trabaja tu padre?
- ¿Mi padre? Pues verás… mi padre es biólogo marino.
- ¿Y eso qué es?
- Es un trabajo que consiste en estudiar el mar, los peces y todo eso.
- ¿Y los tiburones?
- Claro. Los tiburones son peces. De hecho, mi padre es especialista en tiburones.
- ¿Y los cuida?
- Sí… mira, los tiburones cuando nacen son muy pequeñitos.
- ¿Así? – Separa las manitas como un palmo.
- Más bien así – junto un poco más sus manos -. Son tan pequeñitos que no pueden vivir en el mar.
- ¿Porque se los comen las ballenas?
- Las ballenas, los delfines… por cierto, ten cuidado con los delfines, porque parecen buenos, pero son animales muy peligrosos.
- ¿Y se comen a los tiburoncitos?
- No, hombre. Para eso está mi padre. Cuando los tiburoncitos nacen, los trae a mi casa. Allí tenemos una bañera especial, más grande que las normales. Les dejamos que vivan allí hasta que crecen un poquito. Jugamos con ellos y les damos comida.
- Venga ya… ¡te lo estás inventando! Irene, ¿se lo está inventando?
- Qué va, ¿a que no, Irene? Ella vio la bañera de los tiburones cuando estuvo en mi casa hace dos meses.
- Es verdad. Cuando yo estuve había por lo menos cuatro o cinco.
- Hala…
- ¿Ves? Yo no te mentiría.
- ¿Y qué comen los tiburoncitos?
- Pues casi de todo: jamón york, boquerones, salchichas... Una vez tuvimos uno al que le encantaban las lentejas. Se las echábamos en el agua y las absorbía, así – abro mucho los ojos y succiono como un desague.
- ¿Y no te dan miedo?
- No, porque son muy pequeñitos, y además no pueden salir de la bañera. Y los dientes que tienen son como granitos de arroz. Una vez meti la mano a ver si mordían, pero apretaban muy flojo.
- Así – dice Isaías, y mordisquea suavemente la piel morena de su brazo.
- Eso es.
- ¿Y un día puedo ir a tu casa para ver los tiburones?
- Claro que sí. De hecho, si te portas bien…
- ¿Qué?
- No, nada, iba a decir una cosa, pero es que no sé si puedo confiar en ti.
- ¡Dímelo! Porfa…
- Nada, sólo que si te portas bien, a lo mejor la próxima vez que venga te puedo traer un tiburoncito para que tú lo cuides. Lo metes en tu bañera y me lo llevo cuando sea más grande.
- No sé – arruga el entrecejo, preocupado -. Me da un poquito de miedo…
- Pero si no dejaríamos que se hiciera muy grande. Yo vendría a llevármelo con nuestra furgoneta-piscina y lo echaríamos al mar antes de que fuera peligroso.
- ¿Tienes una furgoneta-piscina?
- ¡Claro! ¿Cómo íbamos a transportar si no a los tiburones?
- Qué guay…
- ¿Entonces quieres cuidar al tiburón o no? Imagínate lo que vacilarías delante de tus amigos con un tiburón en casa.
- ¿Sólo mientras sea chico?
- Sólo mientras sea chico.
- ¿Le puedo llamar Iker Casillas?
- Por supuesto.

Y mientras Isaías se va corriendo a decirle a su hermano que va a tener un tiburón bebé, yo sonrío, suspiro y me digo que no tengo remedio, que invento por puro vicio.