¡Hemos vuelto!
Con más ganas que nunca, más fieros que nunca, más vivos, subversivos, despóticos, anarquistas, revolucionarios... llenos de lunes y de viernes, de domingos y de jueves, de VIDA, vosotros y yo, los personajes, las personas y todas las palabras del mundo.
Welcome back.
PD: Iré colgando los post antiguos poco a poco, a medida que vaya teniendo tiempo.
jueves, 26 de julio de 2012
Islas
Si había algo que Javi sabía seguro es que no quería tener hijos. Se alegró de que los pensamientos fueran privados e intangibles, porque si alguien le hubiera visto aquella mañana remando en la piragua con Celia detrás, él tan moreno, ella tan rubia y tan bonita, una imagen idílica que podría pertenecer a la portada de una revista para padres e hijos, y hubiera sabido que rumiaba cabreado sobre el control de la natalidad, le creería una muy mala persona. No querer hijos es políticamente incorrecto. A veces Javi lo soltaba en las reuniones sociales sólo para ver cómo reaccionaban los de alrededor y sonreír cuando alguien, sistemáticamente, le decía "ya cambiarás de opinión" o "nunca digas de este agua no beberé".
Él ni siquiera quería llevarse a Celia a navegar. Pero cualquiera le decía que no a Silvia cuando se le metía algo entre ceja y ceja. Había hecho trampa, además: se lo había propuesto delante de los niños ("¿Quién quiere ir con el tito a dar una vuelta en piragua?") sin darle elección. Mateo era demasiado pequeño, así que Silvia y él se quedaron echando la siesta en la toalla mientras Javi se llevaba a una poco entusiasmada Celia a visitar las islas de arena que la marea baja dejaba al descubierto.
A quien Dios no le da hijos, el diablo le da a los sobrinos de su novia, pensó, sonriendo un poco mientras hendía la pala en las olas. Celia era una niña rara que parecía preferir los libros a las personas, y él no tenía ni idea de cómo sacarle conversación a sus nueve años, así que para entretenerse mientras remaba, iba enumerando en su cabeza las razones para no procrear
Uno: ya somos muchos. Es como los refugios de animales. Esterilizan a los bichos porque bastantes hay ya en el mundo pasándolo mal. Mejor que los que ya hemos caído en este valle de lágrimas nos dediquemos a pasar por esto de la forma más digna posible.
Dos: la crisis, el calentamiento global, el Apocalipsis. Él no tenía ganas de engendrar a una criatura que podía morir achicharrada por la falta de ozono, con el cerebro a control remoto en una dictadura distópica y plausible, corriendo delante de uno de los Cuatro Jinetes con los cabellos en llamas. La cosa en el planeta cada vez iba a peor. Ya tendría suerte él si conseguía vivir los setenta y tantos años que le correspondían sin contemplar horrores planetarios.
Tres: incluso sin sufrimientos fuera de carta, la vida tal cual ya le parecía bastante deprimente. Nacer y atravesar una infancia que era como los primeros días en una residencia de estudiantes: llena de putadas que uno no tenía más remedio que aguantar indefenso. La adolescencia, las inseguridades; la carrera, con suerte una pareja, una madurez de frustraciones... y que luego llegara todo lo que a él le aterraba y que tenía que ver con dientes caídos, calvicie, dolores, enfermedad, incontinencia y morirse entre las sábanas tiesas de un hospital público. No recordaba quién (¿Delibes?) había dicho que la vida tenía su interés, pero que para tirar cohetes tampoco era, y él estaba pero que muy de acuerdo. Traer niños al mundo era como recomendar una película que a él mismo no le parecía demasiado buena.
Cuatro: la brusca bajada de coeficiente intelectual de todos los padres que conocía. La inmediata absorción por el fenómeno "tener un hijo es la ostia y tú no puedes entenderlo". De repente parecía que nadie más había tenido niños sobre la faz de la tierra, y que la pequeña existencia del papá o la mamá se volvía significativa y plena de sentido por algo que llevaba pasando millones de años. Él quería que su vida tuviera sentido por sí misma, no por mera replicación.
- Tengo calor.
Javi se volvió.
- Échate un poco de agua en la cabeza, anda.
- ¿Y la sombrilla?
- Joder, es verdad. Digo, jolín, es verdad. No le digas a tu tía que he dicho joder.
Celia soltó una risita.
- Sé lo que son las palabrotas.
- Seguro que sabes un montón de palabras - Javi sonrió mientras remaba - con lo que lees... Pero bueno, abre la sombrilla, que como te quemes tu tía me mata.
Silvia le había dado a la niña una sombrilla pequeña para que la abriera si picaba el sol. Javi miraba la piel blanquita de la cría, que a aquellas alturas del verano empezaba a adquirir un tono dorado, y pensaba que la gente pálida estaba menos evolucionada: seguro que morirían antes en su futuro imaginado postaniquilación de la capa de ozono.
- ¿Cuándo llegamos?
- Ya estamos casi al lado. ¿Estás pasándolo bien?
- Sí.
Venga, va, se lo cuentas a otro, pensó Javi. Pero le conmovieron un poquito sus ganas de agradar. Efectivamente, ya atracaban en la primera isla de arena húmeda, así que se bajó de un salto de la piragua y agarró el cordel que había enganchado a la parte delantera.
- Quédate ahí y yo te llevo, ¿vale?
- ¿Como a una princesa?
- Pues... digo yo que sí, claro. Como a una princesa.
Caminó alrededor de la isla tirando de la piragua con las piernas hundidas hasta la pantorrilla. Celia había abierto la sombrilla y lo miraba todo con un nivel de interés casi alto para una niñita intelectual como ella. Javi sonrió.
- ¿Te gusta?
- Está bien, aunque es una isla pequeñita, ¿no?
- Sí, es una isla pequeñita.
- ¿Podríamos vivir aquí si naufragáramos?
- Pues no, porque cuando sube la marea, la isla se hunde.
- Así que nos ahogaríamos y moriríamos.
- Digo yo que sí.
- ¿Has leído Dos años de vacaciones?
- Ummm... creo que no.
- Es de Julio Verne. Trata de unos chicos que naufragan y acaban en una isla, y de cómo sobreviven a pesar de las penurias.
¿Ha dicho penurias?, se preguntó Javi, sobrecogido de espanto ante aquella enana razonable.
- Pues me temo que aquí palmaríamos los dos. ¿Sigues teniendo calor?
- No, estoy bien. ¿Cómo se llama la isla?
- No sé, ¿cómo quieres que se llame?
- No sé.
Javi probó con el recurso fácil.
- La isla de Celia.
Ella, en contra de sus expectativas, no levantó una ceja con desprecio. En vez de eso, sonrió: una sonrisa verdadera de niña de nueve años cuyo ego acaba de ser suavemente masajeado.
- ¿Se lo vas a decir a la gente cuando yo me vaya y tú vengas otra vez?
- ¿Que es la isla de Celia? Claro.
- Aunque a lo mejor ya tiene otro nombre.
- Pero eso no lo sabemos, así que nos quedamos con el nuestro.
- A lo mejor está registrada.
Uf, pensó Javi.
- Si quieres cuando volvamos a casa miramos si alguien ha registrado ya la isla, ¿vale?
- ¿Dónde se mira eso?
- No sé, ¿en Google?
Celia rió con franqueza y Javi rió un poco también. Siguieron avanzando en silencio y atravesaron una balsa de agua que separaba la isla de otra más pequeña.
- Mira, desde aquí se ve la playa. Por ahí deben de andar la tita y Mateo.
- ¿Nos verán?
- A lo mejor ven un puntito muy, muy pequeño.
- ¿Nos oirán si gritamos?
- Pues no sé, ¿lo intentamos?
Empezaron a gritar como locos, "'¡¡¡eoeoooooooooooo!!!", "¡¡¡Tita Siiiiilviaaaaaa!!!", "¡¡¡Mateeeeeoooooooo!!!", "¡¡¡Hemos naufragaaaaadooooooo!!!" (idea de Celia, este último). Al final, con las gargantas doloridas, concluyeron que desde la orilla no se escuchaba nada.
- Oye, a esta isla tienes que ponerle tú el nombre, ¿eh?
- Vale.
La niña se quedó callada un rato mientras Javi empezaba a rodear la arena en sentido contrario para emprender el camino de vuelta.
- Ya sé cómo se llama.
- ¿Cómo?
- La isla de Javi.
De imaginación va justa, la cría, pensó Javi y, sin embargo, él también sonrió, seguramente como un niño de nueve años con el ego masajeado. Caminó un rato bajo el sol, tirando de la piragua. A ratos volvía la cabeza y la observaba, absorta y seria, sujetando la sombrilla sobre su cabeza como una digna princesita asiática. Y entonces supo que no quería tener hijos porque si alguna vez tenía un hijo, si alguna vez salía de sus entrañas un ser pequeño y misterioso, y quizá repelente pero también un poco dulce, de piel dura o delicada, de cabecita inextrincable y con tendencia a la insolación, él habría podido dar un brazo por ese ser, o la vida por ese ser, y hoy por hoy no quería dar ni su brazo ni la vida.
Aunque bueno, luego volvieron a la orilla, rememorando las conquistas y discutiendo sobre si sería o no posible registrar las islas en Google, y pensó que quizá la próxima vez que hiciera el amor con Silvia no es que fuera a fecundarla con entusiasmo, qué va, pero igual sí que la embestía con cierta ilusión de imaginar en un futuro (lejano, muy lejano) un encuentro de semillas tan problemático como interesante.
jueves, 28 de junio de 2012
Sacrificio
Así que se han ido a pasar el día a la playa. Van en coche hasta la costa escuchando los Beach Boys (contextualizar la música, lo llama ella) y después caminan un rato hasta una cala no muy transitada. Lo justo para apartarse de la masa acrítica, pero también para que él no se canse de llevar la nevera. Toman el sol durante todo el día. A ella le gusta tirarse sin hacer nada, pero él se aburre y a cada rato sale a correr, a darse un baño, a hacer un castillo de arena. La llama como un niño pequeño. Mira cómo cojo esta ola. Mira qué torre más alta he construido.
Ella no se atreve a explicarle que en la playa él no le gusta. Por la crema bronceadora, más que nada: tapa su olor, e imagina que algún surtidor secreto de esas feromonas que le vuelven loca, y le convierte en un moreno flaco más de tantos. A pesar de eso, el amor permanece, así que ella le mira con cariño mientras le sirve gazpacho de bote en el vaso de plástico blanco.
Después de comer y de echar una siesta perezosa bajo la sombrilla, él insiste en que den un paseo por las rocas. De acuerdo, dice ella, aunque teme resbalarse con sus chanclas fúcsia. No te preocupes, contesta él, yo te ayudo. Y, de hecho, trota con elegancia siempre una roca por delante de ella, y cuando la ve dudar extiende su mano y deja que la coja para seguir avanzando.
- No me agarras bien - dice entonces ella.
- ¿Qué quieres decir?
- Tu mano. Está muy fláccida.
- Hay que joderse.
La palabra fláccida no le hace mucha gracia, aunque se aplique a su mano. No termina de entenderlo.
- ¿Qué importancia tiene? Te puedes agarrar igual.
- No se trata sólo de que pueda agarrarme. Se trata de sentir que me sostendrás si me caigo.
Él intenta poner la mano y el brazo tensos.
- Ahora estás tirando demasiado fuerte.
- No hay quien te entienda.
- A ver, lo que quiero es firmeza - aclara ella -. Sentir que tengo donde apoyarme.
Él resopla e intenta encontrar ese equilibrio entre suavidad y tensión que ella parece buscar. Pasean un rato por los alrededores de la cala. Luego la marea empieza a subir, ella se asusta y regresan a las toallas.
Por la noche han decidido echar los sacos y dormir al raso. Cenan los restos del almuerzo y un par de bombones helados que él trae de un quiosco tras un paseo de media hora. Sin embargo, piensa que le compensa mientras mira cómo parte los trozos de chocolate sólido con los dientes y después chupa la nata con su lengua rosada. Al cabo de un rato se meten en los sacos, se achuchan un rato (abrazos inofensivos, que les corta el rollo que pueda verles alguien) y cierran los ojos para dormir.
- Gracias por el bombón - dice ella, después de un rato de silencio.
- Ha sido un placer.
- No, en serio. ¿Sabes por qué te lo agradezco?
- ¿Por qué?
- Porque sé que no te hacía ni puta gracia. Sé que el quiosco estaba lejos y que has pensado que por qué se me antojaba a mí un bombón helado y que podríamos vivir sin ello. Sé que te gusta prescindir de lo prescindible y, aun así, has ido.
- Claro.
- Es el sacrificio, ¿sabes? Es la clave.
- Sacrificio es una palabra muy fea.
- Qué va - parece convencida -. Es una palabra preciosa. Hacer algo por alguien que cuesta esfuerzo. Es lo que diferencia al amor de todo lo demás.
- Bueno, pero eso se sobreentiende, ¿no?
- Qué va. La gente sólo reparte sus sobras. Sus sobras de dinero, de tiempo, de afecto. Y lo que diferencia a la pareja de todos los demás es que te da algo que le cuesta. Algo que le duele. A ti te han dolido los bombones.
- Va, tampoco te pases, no estaba tan lejos.
- Lo importante es el trasfondo del asunto.
Él hace un ruidito con la lengua, pero en el fondo está algo de acuerdo. Su mente de ex estudiante de latín rebusca para encontrar la raíz de la palabra. Sacrum facere, recuerda. Hacer algo sagrado. Mira sus ojos cerrados a la luz de la noche de verano, y la siente pequeña y precaria buscando brazos firmes y bombones helados traídos con dolor. Le acaricia suavemente el pelo por detrás de las orejas y la curva de la nariz. Luego se la arrima al pecho (porque a lo mejor así puede además protegerla de algo) y se esfuerza por quedarse también dormido, aunque tiene que confesar que el sonido de las olas le molesta un poco.
Ella no se atreve a explicarle que en la playa él no le gusta. Por la crema bronceadora, más que nada: tapa su olor, e imagina que algún surtidor secreto de esas feromonas que le vuelven loca, y le convierte en un moreno flaco más de tantos. A pesar de eso, el amor permanece, así que ella le mira con cariño mientras le sirve gazpacho de bote en el vaso de plástico blanco.
Después de comer y de echar una siesta perezosa bajo la sombrilla, él insiste en que den un paseo por las rocas. De acuerdo, dice ella, aunque teme resbalarse con sus chanclas fúcsia. No te preocupes, contesta él, yo te ayudo. Y, de hecho, trota con elegancia siempre una roca por delante de ella, y cuando la ve dudar extiende su mano y deja que la coja para seguir avanzando.
- No me agarras bien - dice entonces ella.
- ¿Qué quieres decir?
- Tu mano. Está muy fláccida.
- Hay que joderse.
La palabra fláccida no le hace mucha gracia, aunque se aplique a su mano. No termina de entenderlo.
- ¿Qué importancia tiene? Te puedes agarrar igual.
- No se trata sólo de que pueda agarrarme. Se trata de sentir que me sostendrás si me caigo.
Él intenta poner la mano y el brazo tensos.
- Ahora estás tirando demasiado fuerte.
- No hay quien te entienda.
- A ver, lo que quiero es firmeza - aclara ella -. Sentir que tengo donde apoyarme.
Él resopla e intenta encontrar ese equilibrio entre suavidad y tensión que ella parece buscar. Pasean un rato por los alrededores de la cala. Luego la marea empieza a subir, ella se asusta y regresan a las toallas.
Por la noche han decidido echar los sacos y dormir al raso. Cenan los restos del almuerzo y un par de bombones helados que él trae de un quiosco tras un paseo de media hora. Sin embargo, piensa que le compensa mientras mira cómo parte los trozos de chocolate sólido con los dientes y después chupa la nata con su lengua rosada. Al cabo de un rato se meten en los sacos, se achuchan un rato (abrazos inofensivos, que les corta el rollo que pueda verles alguien) y cierran los ojos para dormir.
- Gracias por el bombón - dice ella, después de un rato de silencio.
- Ha sido un placer.
- No, en serio. ¿Sabes por qué te lo agradezco?
- ¿Por qué?
- Porque sé que no te hacía ni puta gracia. Sé que el quiosco estaba lejos y que has pensado que por qué se me antojaba a mí un bombón helado y que podríamos vivir sin ello. Sé que te gusta prescindir de lo prescindible y, aun así, has ido.
- Claro.
- Es el sacrificio, ¿sabes? Es la clave.
- Sacrificio es una palabra muy fea.
- Qué va - parece convencida -. Es una palabra preciosa. Hacer algo por alguien que cuesta esfuerzo. Es lo que diferencia al amor de todo lo demás.
- Bueno, pero eso se sobreentiende, ¿no?
- Qué va. La gente sólo reparte sus sobras. Sus sobras de dinero, de tiempo, de afecto. Y lo que diferencia a la pareja de todos los demás es que te da algo que le cuesta. Algo que le duele. A ti te han dolido los bombones.
- Va, tampoco te pases, no estaba tan lejos.
- Lo importante es el trasfondo del asunto.
Él hace un ruidito con la lengua, pero en el fondo está algo de acuerdo. Su mente de ex estudiante de latín rebusca para encontrar la raíz de la palabra. Sacrum facere, recuerda. Hacer algo sagrado. Mira sus ojos cerrados a la luz de la noche de verano, y la siente pequeña y precaria buscando brazos firmes y bombones helados traídos con dolor. Le acaricia suavemente el pelo por detrás de las orejas y la curva de la nariz. Luego se la arrima al pecho (porque a lo mejor así puede además protegerla de algo) y se esfuerza por quedarse también dormido, aunque tiene que confesar que el sonido de las olas le molesta un poco.
miércoles, 27 de junio de 2012
Lo inexpresado
Yo sé que puede parecer increíble, pero hay cosas que no cuento a nadie. Estoy sentada junto a alguien a quien quiero y, sencillamente, elijo no decir esto o aquello porque para esas palabras no veo esperanza. No pienso que vayan a servir para nada. El MIR me regaña. Habla con la gente, Marina, me dice. Cuéntales lo que sientes. ¿Qué arreglo con eso, MIR?, le pregunto yo, repasando con el dedo el borde de mi cocacola. No lo sabrás hasta que no lo intentes, me contesta, con su sonrisa de carnavales y su manía de hacer fácil lo que yo hago difícil pero que en realidad es fácil.
Están en algún lugar de mi mente, todas mis palabras no dichas, que yo imagino como pelotitas semitransparentes apilándose en un hueco muy profundo. Hoy voy pensando en ellas mientras camino del hospital al lugar donde aparco la furgo, y que está aproximadamente en el quinto carajo porque paso de pagarle al gorrilla todas las mañanas. Entonces me adelanta una Harley y precisamente es el MIR, como un Hell Angel de mi bienestar emocional. Le abrazo, le doy un beso y me lesiono al chocar con su casco. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues regular, contesto. Me he dado cuenta de que no tolero el conflicto. ¿Y eso? Ya te contaré. Me encojo de hombros y vacilo un poco: supongo, digo, que no se puede ser rubia, lista, guapa y fuerte como los limones y además tolerar el conflicto. Se ríe. Qué bien tenemos la autoestima, ¿no? Contesto con un tú sabes gaditano, nos despedimos y cada uno sigue su camino.
Mi no conflicto está hecho de todas esas palabras no dichas. Forman un colchón cómodo que, en realidad, está fabricado de la falta de expectativas de que alguien de hecho lo entienda. De la falta de ganas de gastar saliva. Y bueno, quizá sea una elección cobarde o quizá tenga que ver con que sospecho que en lo más profundo de mi corazón estoy emocionalmente tarada. Pero es la forma que he elegido para vivir. Y, para mal o para bien, de momento me sirve.
Están en algún lugar de mi mente, todas mis palabras no dichas, que yo imagino como pelotitas semitransparentes apilándose en un hueco muy profundo. Hoy voy pensando en ellas mientras camino del hospital al lugar donde aparco la furgo, y que está aproximadamente en el quinto carajo porque paso de pagarle al gorrilla todas las mañanas. Entonces me adelanta una Harley y precisamente es el MIR, como un Hell Angel de mi bienestar emocional. Le abrazo, le doy un beso y me lesiono al chocar con su casco. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues regular, contesto. Me he dado cuenta de que no tolero el conflicto. ¿Y eso? Ya te contaré. Me encojo de hombros y vacilo un poco: supongo, digo, que no se puede ser rubia, lista, guapa y fuerte como los limones y además tolerar el conflicto. Se ríe. Qué bien tenemos la autoestima, ¿no? Contesto con un tú sabes gaditano, nos despedimos y cada uno sigue su camino.
Mi no conflicto está hecho de todas esas palabras no dichas. Forman un colchón cómodo que, en realidad, está fabricado de la falta de expectativas de que alguien de hecho lo entienda. De la falta de ganas de gastar saliva. Y bueno, quizá sea una elección cobarde o quizá tenga que ver con que sospecho que en lo más profundo de mi corazón estoy emocionalmente tarada. Pero es la forma que he elegido para vivir. Y, para mal o para bien, de momento me sirve.
lunes, 25 de junio de 2012
CT
Estoy sentada junto a la orientadora laboral que viene una vez al mes a la Comunidad Terapéutica. Le he dicho que quiero verla trabajar, así que observo cómo aconseja a los pacientes para insertarse en el mundo laboral.
La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.
Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.
En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.
Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.
Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.
Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.
Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.
La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.
Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.
En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.
Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.
Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.
Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.
Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.
domingo, 24 de junio de 2012
El partido del siglo
Estamos sentados en el tejado de tu casa. Ya se nota que va entrando el verano, pero por las noches siempre refresca y se está bien en la calle, así que hoy hemos subido aquí a mirar cómo se va la tarde mientras bebemos cerveza y charlamos. Nos gusta contárnoslo todo. Hablamos del pasado e imaginamos el amor, más como una forma encubierta de examinar si somos compatibles que como un interés verdadero. Aun así, disfrutamos de estar hombro con hombro mientras el sol se desliza cielo abajo, apurando una cerveza que hace ya un rato que se ha quedado sin gas, retrasando como niños el primer beso del día.
Entonces escuchamos un grito que parece salir de lo más hondo de la ciudad, y sólo cuando superamos la impresión de oír cómo chillan a la vez miles de personas nos damos cuenta de que la palabra que los une es gol. ¿Gol de quién?, te pregunto. Digo yo que de España, contestas tú, y nos confesamos que ninguno tiene ni idea de contra quién jugaban hoy.
Después te recuestas un poco sobre la pared encalada de la terraza y me miras como el que va a cazar una mariposa. Tomas aire y empiezas a hablar. A mí no me gusta el fútbol, me explicas, nunca me ha gustado. Siempre fui un niño raro que no tenía de qué hablar con los demás, y ahora en el trabajo también me quedo callado durante las conversaciones del café. Pero, ¿sabes una cosa? Estos son los mejores ratos. Los del partido del siglo. Cuando el mundo está girado hacia otra parte y tú puedes escapar sin que nadie te mire. Así que cuando en un futuro (un futuro lejano, me aclaras) esté casado con la mujer de mi vida, el partido del siglo será el momento.
¿Qué momento?, te pregunto, atravesando encantada el capote que me tiendes.
El momento en que la cogeré en brazos, la llevaré escaleras arriba y le recordaré por qué se casó conmigo.
Esa mujer va a tener mucha suerte, te digo. Me acerco y me como con suavidad esos labios mentirosos que tienes. Y pienso, como he pensado antes, como voy a pensar otras muchas veces, que me da igual que estos rollos se los hayas contado a otras mientras ahora me escojas a mí para que los escuche. Pensando que me quedaré contigo mientras me sigas eligiendo, a mi cabeza, a mis oídos. Mientras me elijas.
Lista para arder
Estoy sentada en el salón de Villa Fanática, para variar. El Kpot anda por Grazalema y yo intento hacerme una manicura decente cuando aún tengo mugre incrustada en lo más profundo de las yemas de mis dedos. ¿Cómo pasa uno el día más largo del año? Trepando, obvio.
(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).
No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.
En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.
Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.
A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.
Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.
Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.
Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.
Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.
Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.
A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.
(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).
No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.
En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.
Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.
A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.
Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.
Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.
Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.
Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.
Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.
A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.
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