massobreloslunes: Bendita Rutina
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viernes, 28 de octubre de 2022

El Punto Pijama


En algún momento de la edad adulta, empecé a ponerme el pijama solo para dormir. Algún oculto rincón de mi cerebro empezó a identificarlo como una muestra de vagancia y pereza, y lo cambié por ropa de estar por casa. Ya sabes a lo que me refiero: leggins, sudaderas y bragas de regla. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, he recuperado el placer del Punto Pijama. El Punto Pijama es ese momento de tu día en que sabes que no vas a salir más a la calle, así que te pones el pijama entero. Esto es importante, porque si cedes a las presiones sociales y solo te pones la parte de abajo, pero conservas un jersey decente o una sudadera de persona, ya no es Punto Pijama. Una parte de ti todavía quiere estar presentable y preparada para el mundo exterior.

Mi amiga María la de Gijón es experta en Punto Pijama. Le da igual que estés con ella en su casa y que tú no tengas pijama: ella se pone el suyo, se desmaquilla, se quita las lentillas y que salga el sol por Antequera. Me pregunto si será porque es asturiana y allí los inviernos son oscuros y lluviosos y apetece meterse en casa con el brasero. A los mediterráneos nos gusta más mantener en la retaguardia la posibilidad de que alguien te llame después de cenar para comer pipas en algún banco.

En cualquier caso, el Punto Pijama es Bien. Se me había olvidado que los pijamas están hechos para ser suavitos y cómodos, a diferencia de los leggins, que son una prenda mentirosa que promete comodidad pero casi nunca la da. Esa es otra historia que da para otro post, pero si en el Universo conocido hay leggins que no aprietan pero que tampoco se caen, yo no los he encontrado.

El pijama es otra cosa. No le importa ti se hace buen o mal culo. Es gustoso y un poco ridículo. Una vez te has puesto el pijama, nadie te convencerá para salir o se te acoplará en casa sin tu consentimiento. El pijama te protege de decir que sí por compromiso: es la armadura del introvertido.

Así que ya sabes: la próxima vez que la vida te supere, ponte el pijama y deja que sus amables contornos le manden a tu cuerpo el mensaje de que todo está bien. A veces, lo único que tienes que hacer en esta vida es dormir.

viernes, 7 de octubre de 2022

Lo que más echo de menos de Costa Rica





Una cosa buena o, como mínimo, curiosa del nomadismo es descubrir que muchas cosas que siempre has deseado y pensabas que eran imposibles existen, solo que en otro país.

Un ejemplo: la duración perfecta de los días y noches.

Sé que estoy muy sola en esto, pero ODIO los días largos de primavera y verano. La gente quiere tomar cañitas en las terrazas y yo quiero oscuridad para poder relajar mi desquiciado sistema nervioso. 

Desde que tengo una hija, el odio se ha reconcentrado y ahora me lo tomo como algo personal. Sacudo mi puñito contra el cielo mientras exclamo: «¡tengo una hija! ¡Necesito ponerla a dormir! ¿Podrías apagar de una vez el p**o sol?». 

Cuando Alana era pequeña, nos apañábamos. A eso de las siete bajábamos persianas y la nena, que tenía la memoria de Dory la de Nemo, se dormía tan pancha poco después. 

Ahora cualquiera la lleva a la cama.

—But it's not dark yet! —exclama, destrozada por la injusticia.

(Desde que estuvimos en Texas, Alana habla en inglés la mayor parte del tiempo)

Por otra parte, como a mí en realidad nada me cuadra, cuando llega el otoño me hacen feliz los atardeceres tempranos, sí, pero detesto las mañanas oscuras y frías porque da perezón levantarse de la cama.

Y cuando crees que eres tú la que está mal hecha... conoces Costa Rica.

Allí a las seis de la mañana es pleno día. Brilla el sol en el cielo como en una mañana de primavera. Está todo el mundo en la calle como una moto listo para comerse el mundo. 

Bueno, para comerse el mundo estilo tico.

La cuestión es que yo salía a esa hora a pasear por mi urbanización y la vida ya estaba en marcha.

Pero luego, por la noche, a una hora decente de persona... el sol decía adiós y se ponía, y mi alta sensibilidad y yo nos sentíamos un poquito mejor.

Por no hablar de que, lujo de los lujos... en Costa Rica no cambian la hora.

No hay dos días al año que te joden la vida durante una semana. No te entra una mala ostia descomunal cuando las tardes ya largas se hacen todavía más largas, o al revés si eres una de esas personas incomprensibles a las que el cambio que no les gusta es el de noviembre.

Así que eso es lo que más anhelo de vivir allí: los cocos frescos diarios, no las largas olas cálidas del Pacífico tropical, sino la sólida estabilidad de mis ritmos circadianos.

Quién sabe. Igual tú también sientes que no estás hecho para el mundo y simplemente no estás hecho para tu país. 

viernes, 6 de enero de 2017

Last Christmas I Gave You My Heart

Estoy sentada en el salón de mi piso, mirando con nostalgia anticipada las luces epileptógenas del árbol de navidad. El enchufe no hace bien contacto, así que cada dos por tres se reiniciar y se pone en modo variado, convirtiendo la esquina de mi salón en un momentáneo Las Vegas.

Este año me da pena que se acabe la navidad. En primer lugar, porque me he tomado mis primeras vacaciones totales (es decir, completamente desconectada del mail y del trabajo) en casi tres años. Esto no quiere decir que haya estado tres años trabajando sin parar; quiere decir que no me he tomado periodos de desconexión totales en este tiempo, lo que no me hace fuerte y trabajadora, sino poco organizada.

En realidad, son las primeras navidades completas y de verdad que tengo desde el instituto. Durante la universidad, los exámenes de febrero siempre planeaban amenazadores sobre mi cabeza. Tenía trabajos pendientes y libros que leer. Y durante el PIR casi nunca podía tomarme todos los días. Así que hacía mucho que no tenía unas navidades como cuando era pequeña: tiempo libre a espuertas para vaguear y desayunar mantecados con el pijama puesto.

Ahora estoy un poco triste. Creo que me doy miedo a mí misma. Me da miedo entrar otra vez en la espiral de no parar de trabajar y sentir que todo el peso del mundo recae sobre mis hombros.

Tengo intención de seguir escribiendo aquí. Pero estoy oxidada a niveles máximos, así que es posible que durante un tiempo solo veáis posts como este: desconectados y con bastante poca chicha.

Por otra parte, mi novela sale en breve ;) Esta vez de verdad. Y por "en breve" quiero decir "en menos de un mes". Así que stay tuned.

domingo, 29 de septiembre de 2013

A veces, escribir es un trámite

Hace mucho que no escribo aquí, y supongo que es porque no sé muy bien cómo empezar. Cuando una pasa mucho tiempo sin escribir, el cúmulo de experiencias por contar pierde nitidez, y se convierte en una masa informe de la que es difícil sacar detalles.

Estoy con Pablo en el salón de nuestra casa nueva. Se escucha el mar al otro lado de la terraza. Es ridículamente estupenda, nuestra vida juntos. Ridícula, de verdad. Despertarnos juntos, desayunar, navegar las horas de este domingo en un fluido indistinto de sueño, charlas y sexo. Cocinar crema de calabaza y fideos chinos; leer juntos en el sofá, hechos un nudo. Enfilar el camino hacia el roco con las manos agarradas y las mochilas a la espalda. Soy absurdamente feliz. Verídico.

Hace tiempo, cuando me dolía el cuerpo en Madrid de soledad y de frío, trataba de recordar todo lo malo de tener una pareja. Esos momentos malos que son horribles, porque te hacen sentirte acorralada y no ser capaz de recordar quién eras cuando estabas sola. Intentaba mantener la cabeza fría y saber que la felicidad no depende de estar sola o en pareja; que, al final, acabas sintiéndote más o menos igual.

Lo retiro. Estar con Pablo es bastante mejor que estar sola. De hecho, si me apuráis, diría que estar con Pablo es como estar sola, pero mejor. Nos gusta el silencio compartido. Están mi mente, su mente y la mente de los dos, que es el valle de espacio común donde resuenan nuestras ideas. Yo escribo, él lee y a cada rato comentamos alguna frase o nos preguntamos la opinión sobre un tema. 

Vivir con él es una sensación muy rara. Es... no sé. Es divertido. Después de un tiempo viviendo sola y de mis desastrosas últimas experiencias de convivencia, pensé que me había quedado tarada; nadie iba a aguantarme ni yo aguantaría a nadie. Pero Pablo tiene las mismas manías que yo, y le entiendo casi todo el rato. 

No sé qué más contar. Es el típico post de actualizar después de un montón de tiempo y contar lo que está pasando en tu vida para poner a los lectores al día. O de obligarte a escribir después de un fin de semana sin haber hecho ni la mitad de lo que te habías propuesto. Todavía tengo las cajas de la mudanza desperdigadas por la casa, y lo poco que hemos arreglado se lo debo a Pablo y al set de destornilladores que se ha comprado. El curro bien, sin estridencias. Me desapego de la vida PIR, sabiendo que apenas me queda ya medio año antes de ir a engrosar las filas del paro.

Así que aquí sigo. Disfruto de las pequeñas cosas. Reúno despacio algo de fuerza de voluntad para escribir más y espero que la inspiración no dependa de mi infelicidad. Porque, francamente, mientras escribo esto, y siento cómo Pablo respira al otro lado de la habitación, y planeo los próximos minutos de lavarme los dientes, ponerme el pijama y arrastrarle con o sin su colaboración a nuestro estupendo colchón nuevo de IKEA, me parece difícil sentirme lo bastante desgraciada como para atraer a las musas. 

martes, 5 de marzo de 2013

Más momentos metro

Estoy sentada en el metro, camino del fisio. Mi tobillo ya está estupendo; el pie cada vez se parece menos a la extremidad edematosa de un cadáver y más a la de una persona. Voy escuchando Vetusta porque, sinceramente, mi proyecto melómano se ha atascado entre Pink Floyd y Nirvana, y no tengo claro por dónde encontrar la salida. Vetusta mola casi siempre. Canturreo La cuadratura del círculo mientras observo a la gente perdida en las pantallas de sus smartphones.

Entonces entra un tipo con una guitarra. De todas las #cosasdemadriz, la peña que entra en el metro a perturbarte el viaje es mi menos favorita. De menor molestia a mayor: violinistas chungos -> guitarristas chungos -> peruanos y otros flautistas del maligno -> gente que pide normal -> gente que pide con gritos angustiosos -> gente que pide con gritos angustiosos mientras sacude frente a ti sus deformidades físicas (verídico).

Este señor era un guitarrista chungo italiano, así que ni tan mal. De todas formas, yo estaba tan contenta y absorta escuchando Vetusta que cuando ha empezado a rasguear su guitarra y he tenido que parar mi música he resoplado. La gente me ha mirado en plan "mira la gruñona esta, dónde se cree que va con su abrigo rosa"; o quizá no me ha mirado, porque la gente en Madrid en realidad pasa de ti y yo últimamente estoy un poquito autorreferencial.

He escuchado al tipo de la guitarra perpetrar un par de canciones desconocidas. Las tocaba muy rápido, casi como queriendo molestarnos el tiempo mínimo como para que no quedara feo pedirnos dinero. Una cosa hay que decir a favor de los pedigüeños del metro: saben que son un coñazo y se van prontito.

Entonces el señor ha empezado a cantar lo siguiente:
"Io sonno innamorato di Marina/ una ragazza mora ma carina..."

Oh, My God. Es la versión italiana de "Marina, Marina, Marina / contigo me quiero casar": esa canción que todas las Marinas del mundo hemos tenido que escuchar en algún momento. La versión italiana me gusta mucho por pura egomanía. Mi fantasía más bizarra y kitsch de amor romántico incluye al Maromo Definitivo pidiéndome que me case con él cantándome a voces esta canción en italiano, o incluso en castellano, bajo mi balcón. En serio.

Total, que he sonreído, y después me ha dado mucha vergüenza porque la sensación era muy rara. Vale que el señor no sabía que yo me llamo Marina, y vale que cantaba mirando al vacío como si se estuviera volviendo un poco loco de tocar en el metro, pero ahí estaba el tipo: diciendo alto y claro que se quería casar conmigo. En serio: daba vergüenza en algún plano absurdo de mi ser. Era inevitable.

Aun así, me ha gustado. Ha sido gracioso. Un quiebro de caderas del destino, sacándome de una patada de la ensoñación posmoderna que se apodera de uno en cuanto entra en el metro. Ha molado, por no hablar de que es lo más romántico que alguien ha hecho por mí desde... bueno, no; de hecho, desde ayer por la mañana, que alguien tuvo conmigo un detalle la mar de bonito.

En fin.

Que le he dado dos euros.

Así es el ego.

viernes, 22 de febrero de 2013

El metro y la nieve


Voy sentada en el metro, camino de casa y leyendo en el Kindle. No ha sido una jornada de curro particularmente inspiradora, pero como es mi primer día post-baja, he ido toda la mañana por la vida en plan marciano de Toy Story. Ya sabéis: el de "el gaaaaancho... se mueeeeve". Ahora estoy cansada y hambrienta, así que he perdido parte de mi entusiasmo. Aun así, me siento casi feliz mientras apoyo la cabeza contra la pared del vagón y toco la pantalla para pasar las páginas.

Entonces algo me sorprende. Es una lluvia sutil sobre mi Kindle. Un polvito ligero y blanco que cae tan despacio que casi puedo oír una musica de navidad. Miro al suelo y veo unos tacones marrones y unos tobillos con medias color café. Subo despacio la cabeza y recorro unos pantalones de pinza gris, una blusa color crema y un abrigo con pinta de caro.

Y justo encima de todo eso, debajo de una cuidada melena con mechas rubias, una mujer de mediana edad lleva la cartera en el codo y se está comiendo un Fresquito. Un Fresquito. Esos sobres con una piruleta en forma de lengua que se moja en pica-pica, se chupa con fruición y que cuando se te acaba el pica-pica pierde toda la gracia (¿alguien se ha terminado alguna vez la piruleta de un Fresquito?).

La mujer mira la lluvia de pica-pica, me mira a mí, chupa avergonzada su piruleta. Y yo tengo ganas de decirle que no se preocupe. Que la vida mola. Que está muy bien que se coma un Fresquito mientras vigila que nadie le robe su bonita cartera de piel. Y que tal día como hoy, de incorporación laboral y recuperación progresiva de esta vida que es mía, una lluvia de pica-pica en mitad del metro me parece casi un buen augurio.

martes, 22 de enero de 2013

Tuesday, happy tuesday

Os voy a contar mi martes así sin ningún tipo de pretensión literaria, simple y llanamente porque ha sido un buen martes.

A primera hora he tenido supervisión de casos, que consiste en que nos reunimos diez jipis trabajadores en el rollo este absurdo de la salud mental a debatir cómo le podemos arreglar la vida a una pobre víctima un paciente. Que todos estemos ahí empeñados en encontrar la manera de que la persona funcione mejor, siempre de la forma más respetuosa y honesta posible, me conmueve y me hace creer en la buena intención de la gente. A mitad de la supervisión empieza a nevar por la ventana, y el frente andaluz-sureño de los residentes sale al exterior a hacerse fotos con los iPhones y atrapar copos con la punta de la lengua.

Después, en el hospital, un paciente MEJORA, y eso es un súper-milagro. Consigue dormir sin que le añadan más somníferos después de hablar con su familia de lo que le procupa y de una intervención paradójica, algo como "póngase usted a pensar en el cáncer y en la muerte media hora de reloj antes de dormir". La paradoja es El Bien y mis pacientes, como vosotros, son puro amor.

Luego vengo a casa y almuerzo sola rollo mindful, que son los deberes que nos han mandado en un taller que estamos haciendo en la rotación y que consisten en intentar estar completamente presente con la comida. Ayer, en el taller, nos pasamos cinco minutos comiéndonos una pasa: la olisqueamos, la hicimos sonar junto al oído, la colocamos al trasluz y después le dimos mini bocaditos hasta tragarla. Fue curioso. Hoy intento una versión rapidita, porque me tengo que comer un puré y una ensalad, pero también va bastante bien. 

Escribo un rato, aparece Cris, le echo una mano para colocar las cosas. Trae sus trastos y a sus gatas, Mía y Musa, que son amor. Después echo a correr hacia el roco, a través del aire helado de la tarde madrileña, y me paso dos horas escalando con tanto ímpetu que en algunos momentos tengo ganas de vomitar (verídico) y admirando la estructura ósea de ChMM que, por cierto, sí que es guapo (o quizá es mera exposición).

A la vuelta vengo charlando por teléfono con la PK, que se va a la India (flipa), y me encanta escucharla aunque se me estén quedando las manos heladas de sujetar el teléfono. Es un frío muy honesto el de Madrid. Compro dos copas de chocolate y nata en el Día, que por lo que cuestan deben de estar hechas de grasa extraída de las arterias de gordos muertos y harina de algarroba, pero que me apetecen mucho después de entrenar como si me creyera la versión quintogradista de Lynn Hill. Subo, preparo arroz con pescado y leche de coco y cenamos Cris y yo frente a dos copas de Jerez dulce. Me tomo la copa de grasa arterial, que está muy buena, y me vengo frente al escritorio como un condenado a galeras.

Mía se me sube al regazo y me paso cinco minutos de reloj abrazándola para sentir cómo ronronea, verídico, mientras pienso que igual mi futuro de solterona rodeada de gatos tampoco es tan terrible. Inspiran mucho amor estas bolitas de pelo. Ahora escribo esto mientras se me seca en las uñas el esmalto rojo, no sólo porque no tenga nada concreto que quiera contaros, sino porque me gusta que se empiecen a perfilar las rutinas felices de Madriz.

Ha sido un día awesome. Nieve, gatos, chocolate, pintaúñas, roco, chicos guapos y pacientes que son amor. Un día de estos que hace que firmes por seguir muchos, muchos años subida a este planeta loco. Uno de esos así con tanta belleza que me hace acordarme de este post de Golfo y de su último párrafo: 

Es todo tan hermoso que de pronto no me importa que entre tú y yo no hayan ido bien las cosas, al menos no todo lo bien que podrían… después de todo, creo que no soy yo precisamente quien se está perdiendo un paraíso.

Y esto no va para nadie, que conste, que ahora mismo no tengo cuentas pendientes y vivo feliz en mi gatunismo sentimental. Es, simplemente, que me gusta el concepto y que bueno, cualquier excusa es buena para que leáis a Golfo.

Feliz miércoles, queridos.

miércoles, 2 de enero de 2013

Año nuevo


A veces pienso que en fin de año se sale a muerte sólo para que el día uno se queden las calles vacías, y que con ese decorado de persianas bajadas y carreteras desiertas podamos creernos que empezamos una etapa verdaderamente limpia, verdaderamente nueva.

Desde que decidí que me voy a Colorado en mayo (más detalles próximamente), mi mente está en modo sacar dinero de debajo de las piedras, así que ayer no se me ocurrió otra cosa que apuntarme a la guardia de hoy. El festivo lo pagan doble y no tenía ningún problema en no ir de fiesta el 31. Así que esta mañana salí de casa a las nueve y media con la mochila, el portátil y la nariz enterrada debajo de la bufanda. Me crucé con un grupo de adolescentes borrachos de camino a la furgo. Me dolía un poco la cabeza del cava de ayer, pero estaba contenta: empezar el año madrugando me da buen rollo.

De camino al hospital iba escuchando Vetusta Morla en la furgo: Año Nuevo. Yo es que la música la contextualizo. No había visto nunca tan vacías las carreteras de la Bahía, y el cielo sobre las marismas estaba a medias azul y a medias de un gris algodonoso y empapado. Dentro de una semana ya no estaré aquí, y mientras canturreaba Vetusta y frotaba los dedos en mi ambientador de azahar y naranja pensaba que es como si me hubieran dejado a solas con Cádiz para despedirme.

La guardia transcurre tranquila. Razonablemente tranquila en escala Salud Mental, quiero decir: hemos tenido nuestros intentos de suicidio y nuestras cuatro cosas. Pero estoy con Pilar, mi psiquiatra favorita, y nos reímos de chorradas mientras remojamos en mayonesa la tortilla del comedor para hacerla comestible. "¿Os vais a olvidar de mí cuando esté en Madrid?", le pregunto, haciendo morritos, mientras me termino el arroz con leche. "Qué va, mujer. Nos vas a dar envidia".

A mí ocho meses se me hacen largos, eternos, mientras pienso en todas las cosas que van a pasar aquí sin que yo no esté. No creo que vaya a cambiar nada fundamental. El menú de los sábados en el hospital seguirá siendo chuletas con fideuá. En el roco se seguirá entrenando con Fuel Fandango o con el ska horrible del Mallorquín. Llegarán los carnavales y pasarán; llegará la semana santa y pasará; llegará la primavera y la gente empezará a conquistar las playas a golpe de silla caletera, y después el verano con su mezcla entre invasión y éxodo. Y a todo esto yo fuera, sin poder asistir un año más a todos esos pequeños grandes eventos desde mi primera fila de gaditana conversa.

Un año más. Un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz, dice Vetusta, y eso pienso mientras conduzco. Esta herida y esta luz. Así me siento esta mañana del 1 de enero de 2013, en mi vigésimo octavo año de viaje sobre este bonito planeta. Con una herida cada vez más honda y, al mismo tiempo, una luz cada vez más intensa.

Iba a escribir la versión de este año de los doce momentos, pero ayer se me echó el tiempo encima y hoy ya como que no pega. Algo dentro de mí se rebela. A lo mejor es una tontería, como dice Centinel, celebrar algo tan irremediable como que el planeta dé otra vuelta alrededor del sol. Pero, sea como sea, una parte de mí ha pasado página y no quiere mirar atrás. Está ocupada explorando las carreteras vacías y limpias del año nuevo. Y, sobre todo, está demasiado entusiasmada ante el futuro como para andar dando vueltas a lo que no va a regresar nunca.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Favores

He aquí mi verdad de hoy.

Mi verdad de hoy es que, en general, me encanta vivir sola, y que no tengo problemas con eso. Desde que empecé a seguir las reglas de vida de la nueva Marina y no fuerzo las cosas, ni lo intento con hombres de mi pasado a excepción de J. (que es en sí mismo una categoría aparte) ni mezclo a los hombres con el alcohol, ni utilizo el sexo como una forma de medir mi valía personal, estoy la mar de tranquilita. Amo en silencio o admiro de lejos. Primum non nocere.

Pero hay tardes como la de hoy. Tardes que son buenas, porque en ellas me dedico a escribir, a trabajar, a elucubrar planes para la huelga con mi entregado grupo de Patos. Si hasta he descubierto cómo funciona la calefacción y no me congelo en la humedad cruel de San Fernando. Termino y me echo un rato en el sofá, aunque sean las tantas, porque estos derroches de energía me van a dejar seca. Después bajo a la calle a hacer mandaos: saco dinero, rescato mis llaves de la recepción del hotel donde las dejó la última couchsurfer y entro en correos para recoger un paquete.

En correos hay una cola enorme, y yo reflexiono sobre el intermedio artificial y curioso que crean las colas en nuestra vida. De repente no tienes más remedio que pararte. Trasteo en mi teléfono, pero la media hora que paso sentada escuchando cómo anuncian los turnos desde la ventanilla pertenece a otra dimensión.

Cuando salgo a la calle son casi las nueve y yo he olvidado comprar líquido de lentillas. Se me ha acabado hoy, y si no lo repongo no podré quitármelas y tendré que meterlas en suero, con el consiguiente riesgo de quedarme cegata cuando me las ponga mañana. Reflexiono. La óptica ya ha cerrado. Yo querría irme a mi casa calentita a tomar colacao, pero la única solución que me queda es acercarme al Mercadona y comprar el líquido de lentillas allí. De paso, pienso, podría reponer los productos frescos de la nevera y el papel higiénico.

Y mientras camino hacia el Mercadona, con mi chubasquero verde marca Quechua, moqueando detrás de mi bufanda y tratando de ignorar el frío, pienso que yo no quiero nadie que me diga que soy genial, que duerma conmigo por la noche o asegure mi noción de ser sexualmente atractiva quitándome la ropa cada cierto tiempo. Yo quiero alguien que me haga favores. Alguien a quien poder pedirle que se acerque a por mi líquido de lentillas porque yo llevo todo el día haciendo cosas, tengo frío y estoy hasta los huevos. Eso pienso mientras camino hacia el Mercadona.

Pero bueno. Voy, hago la compra, miro mis productos extendidos en la cinta transportadora gritándole al mundo que soy una cuasitreintañera soltera y sana. Mis cuatro Vitalínea de limón, mi bolsita de rúcula, mi bote de cacao puro en polvo. Me dan ganas de pasarme suavemente la mano por la coronilla: qué lástima. Nadie me va a hacer favores. Lleva siendo así un largo tiempo. Y por una mezcla de dificultades de mercado, mal karma y limitado atractivo físico, la cosa no tiene pinta de cambiar a corto plazo.

(Pero no me compadezcáis, ¿eh? Que hoy precisamente he pensado que mi vida hasta hoy está bastante aprovechada y si me muriera mañana no me arrepentiria de nada)

(Espero no morirme mañana, porque si no este post va a quedar bastante siniestro)

martes, 13 de noviembre de 2012

Persianas y luz

Esta tarde he llegado de trabajar tarde y cansada y he parado en la tienda de mi calle a comprar leche para hacerme un colacao. Sí, he vuelto al colacao. La paleodieta está bien, pero quizá una vida donde lo más parecido al colacao es leche de coco con cacao en polvo y stevia no merece la pena ser vivida. Quizá sea mejor morir joven y deteriorada y poder disfrutar de un colacao con grumitos en mi lecho de muerte.

Iba caminando para mi casa con la leche en la mano pensando que a) el ser humano puede cambiar si ya el tendero de mi barrio ha dejado de dar bolsas por defecto y b) la leche semidesnatada es el mal. Me arrepiento de haberla comprado. Es un quiero y no puedo de la leche. Porque a ver: si quieres leche rica, cómprala entera; si quieres adelgazar, cómprala desnatada. Por Dios, Marina: ELIGE. Sé valiente.

Al llegar a mi casa me he quedado observando los visillos que cubren las ventanas del salón. Cuando empecé a vivir aquí atravesaba el Gran Ataque de Alergia del verano y le dije a la casera que no pusiera cortinas para no acumular polvo. Ahora tengo visillos, que también son un quiero y no puedo de la visibilidad. Si quieres oscuridad, echa las persianas; si quieres luz, ábrelas del todo. Los visillos son la leche desnatada del menaje de hogar.

Luego he recordado las ventanas de la sala de reuniones de endocrino. Endocrino es El Bien como rotación, aunque es verdad que yo no tengo criterio y me gusta todo. Pero me encanta tratar obesos. Es tan fácil ser la buena de la película con ellos. Están tan habituados a que la gente les juzgue que agradecen que se les mire como si supieran lo que están haciendo. El caso es que todas las mañanas nos reunimos los endocrinos y yo en la sala de reuniones y hablan de cosas raras, asquerosas o ambas cosas, como la hipófisis o las fístulas. Pero a mí me gusta aprender y, por otra parte, tengo una capacidad preocupante para abstraerme y pensar en mis cosas.

Después veo a mis pacientes en la sala vacía, porque no hay despachos libres, y llevaba un tiempo preguntándome por qué me agobiaba la habitación. La persiana estaba siempre bajada, y yo ni siquiera me había molestado en averiguar si podía subirse o estaba rota o con la ventana cegada, como otras en el hospital. Y ayer, simplemente, levanté la persiana y dejé que entrara el sol. El cristal estaba muy muy sucio. Quizá no la suben por eso. Quizá no la suben por costumbre.

Hoy seguía la persiana levantada. Voy a experimentar con esto de aquí a que me vaya: a ver si la bajan o no. A ver cuánto tardan. A ver si alguien hace algún comentario. De momento, nada.

Hay un libro precioso que se llama "Cuando me acosté ya estaba ardiendo", de Robert Fulghum. Es una colección de textos vitalistas sin ser ñoños de estos que te hacen sentir que la vida es una cosa bonita con colores brillantes. En uno de los textos, el autor cuenta que cada vez que va a una conferencia, sea del tipo que sea, cuando el conferenciante pregunta si hay alguna pregunta, él levanta la mano y salta: "¿Cuál es el sentido de la vida?". Explica que casi todos los conferenciantes se callan, se ríen y después pasan al siguiente, como diciendo "Muy gracioso".

Después cuenta que un profesor griego, un tal Papadopoulos, le contestó una vez a la pregunta. Que sacó un trozo de espejo del bolsillo y lo movió hasta que reflejó la luz que entraba por la ventana, y explicó que él pensaba que su misión era reflejar la luz.

Pero esta mañana, mientras observaba el sucísimo cristal de la sala de reuniones y el sol brillante de Cádiz entrando por la ventana, no he pensado en el simbolismo de la historia, ni en que ojalá mi misión en la vida sea ir abriendo persianas que llevan mucho tiempo cerradas sin que nadie sepa por qué. Lo único que he pensado es que espero que se hayan dado cuenta. Y que ojalá a alguien le importe.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Creando recuerdos

Parece ser que hay un ejercicio de terapia no sé si familiar o estratégica que consiste en prescribir a la familia que cree recuerdos. Se supone que, igual que uno se esfuerza por salir guapo en las fotos para mirarlas luego, hará su vida más agradable si la piensa como material de futuros recuerdos. Yo últimamente tengo a menudo la sensación de estar creando recuerdos. Porque algunos momentos de mi vida cotidiana son de una belleza impactante, y no belleza de puestas de sol, que también, sino belleza humana, mental, sensible: llamémosle belleza vital.

En eso pienso en la guardia del sábado con el MIR, que es amor. Es la única persona del mundo capaz de quitarte la angustia de los falsos viernes pre-guardias y hacerte llegar con ganas al hospital. La tarde es muy tranquila y la pasamos charlando entre la cafetería y los escalones al sol, junto a la puerta lateral del edificio antiguo. ¿Cuántas horas seguidas charlamos?, me pregunto después. Si echas la cuenta, pueden haber sido cuatro o cinco, de forma relajada pero ininterrumpida. Tomamos cocacolas sentados frente al tanatorio. Recordamos a los pacientes que compartíamos en Agudos. Entablamos amistad con una gata romana y flaca que se frota entusiasmada contra nuestras piernas.

Por la noche quedamos con la adjunta para tomar algo en la cafetería. A ella no le gusta el sandwich de pollo, así en general, pero se pide uno, porque ha educado a todo el personal de la cafetería para que se lo haga a su manera: con dos tostadas en lugar de con tres, sin mantequilla y muy tostadito. Mientras se lo preparan, le ponen una tapa de croquetas y se toma una cerveza con el codo apoyado en la barra. Lo hace en todas las guardias, todas las noches. Es absurdo, es decir: podría limitarse a pedir algo que sí le gustara en vez de traer en jaque a los camareros con el sandwich de pollo. Pero el sandwich es su cosa, y le da motivos para esperar un rato acodada en la barra y charlar con quien quiera que se esté quejando en ese momento de tener que aplastarle las rebanadas de pan bimbo con la espátula.

Cada uno tiene su cosa en las guardias, ¿verdad, MIR?, le comento mientras nos acercamos a la cafetería. Creo que mi cosa van a ser los colacaos de media noche, digo luego; desde que descubrí que la cafetería abre 24 horas no me puedo resistir a un colacao calentito justo antes de meterme entre las sábanas tiesas de la habitación de residentes. Pero después de la cena lo que me apetecen son conguitos, no sé por qué, y el MIR y yo cruzamos el vestíbulo desierto en dirección a la máquina de vending, que sólo puede ofrecerme unos M&Ms normales. Me los como con entusiasmo mientras el MIR fuma, intento que la gata se coma un yogur que he robado del comedor y la bautizo como Julia, por algo tan sencillo como que el gato de la adjunta del sandwich se llama Julio.

Nos vamos al dormitorio y charlamos otro rato. A ver si no llaman, dice el MIR, colocando con cuidado el busca sobre la mesilla de noche. Ya verás como no, contesto, ya verás como todo va a ir bien. Tú siempre haces que sienta que las cosas van a salir bien: me haces sentir segura. A pesar de que creo firmemente en lo que digo, a las dos suena la musiquilla de Nokia y nos levantamos sin una queja, y mientras caminamos por los pasillos desiertos que comunican el edificio viejo con el nuevo, miro la marca de las sábanas en la mejilla del MIR y pienso en la poquísima vergüenza que tiene el hospital recortándonos dinero de las guardias a los residentes. Después vemos al paciente, me deleito en la calma bondadosa del MIR y volvemos a la cama. Antes, eso sí, paso por la cafetería para tomarme mi colacao de media noche. Porque es mi cosa. Buenas noches, le deseo por segunda vez al MIR antes de dormir. Piensa en cosas bonitas. Tú también, me dice él. Piensa en Julia.

Últimamente, cuando tengo que hacer algo que no me apetece, como sacar la ropa de invierno, o lavar los platos, o acercarme a dar apoyo moral al roco nuevo que estamos construyendo aunque no sepa soldar hierros, me digo: Marina, ésta es tu vida, es la única que tienes y es tu responsabilidad hacer que funcione. Y me pongo al lío. Y, en general, estoy orgullosa de esta vida que estoy construyendo: de su gente, sobre todo, y de que sé que en el futuro me acordaré del MIR y de mí, juntos y contentos en las guardias de sábado, burlando la muerte sentados a las puertas del tanatorio y tentando a los gatos perdidos con colacaos de medianoche.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Superando positivamente la depresión posvacacional


Estoy en el mostrador de una de las plantas del hospital. No tengo muy claro en cuál, porque llevo todo el día dando vueltas atendiendo interconsultas y ya hace un par de horas que me desorienté. Apoyado en la mesa, mi jefe escribe una historia mientras yo charlo con la MIR de psiquiatría, que curiosamente es de Gijón.

El hospital es como 13 Rue del Percebe, pero en triste. Un montón de habitaciones, un montón de historias y el drama mezclándose con la risa. A mí se me graban en la retina las caras de la gente como fotografías de colores vivos. La chica con sospecha de anorexia que pesa treinta y cuatro kilos, sentada en la cama como los niños cuando los llevan a las operaciones, manoseando distraída un peluche de Hello Kitty. El señor al que tuvieron que quitarle la laringe y que ahora escribe en letras desiguales en un cuadernillo azul como los que tenía yo para el vocabulario de inglés. “Yo tengo mucha paciencia, porque he estado 34 años embarcado”, explica con su bolígrafo. Del estómago le sale un tubo por el que circula un líquido amarillento, y la piel surcada de hematomas se hincha alrededor como un globo de cumpleaños.

Ahora estoy un poco aburrida, pasando el peso de un pie al otro mientras la MIR teclea en su iPhone. Me pregunto qué hora es. Tengo hambre y me toca pasar la tarde aquí. He traído un tupper para poder comer en la calle y no pasar todo el día encerrada.

Entonces giro la cabeza hacia la habitación que tengo justo detrás y veo a una señora mayor de piel muy blanca y a una adolescente alta de piel oscura y largo pelo negro. No sé qué le pasa a la chica, pero a pesar de que está de pie frente al asiento del acompañante y viste ropa de calle, no parece estar bien. Hay algo extraño en sus gestos: cierta lentitud, cierto aplanamiento. Quizá un retraso mental o un trastorno del comportamiento, o quizá yo me estoy apresurando y sobreestimando mi ojo clínico.

El caso es que la mujer mayor está mirando muy fijamente a la chica, sonriendo un poco, y le pasa la mano abierta por delante de la cara. Arriba, y la chica abre los ojos. Abajo, y los cierra despacio. Lo hace varias veces con un murmullo que parece una canción de cuna. En un momento dado, empuja con suavidad la frente de la chica, con un toque apenas perceptible, y ella sonríe y se deja caer en la silla, inclina la cabeza y se duerme. Entonces la señora la besa en la nariz y la frente, y justo en ese momento se vuelve hacia mí y yo retiro la mirada, avergonzada, como si me hubieran pillado espiando.

Me quedo pensando en la vida como códigos secretos, intercambios de ternura o mudas corrientes de hipnosis como las que siempre menciona Anxo. Preguntándome qué se oculta debajo del iceberg de esta pequeña escena. Me llegan la calidez y la ternura, pero no lo entiendo del todo, y recuerdo que en el fondo no sabemos nada de lo que esconde la gente. Cuando logro aprehender algo de ese tesoro escondido, aunque sea un poco, es como meter la mano en un cofre y sacar una brillante moneda de plata. Y una vez más, mientras mi jefe mete la hoja de interconsulta en la historia del paciente, y la MIR cierra la tapa del móvil, y la señora de la habitación entorna la puerta, me asombro de una forma tonta de poder venir aquí todos los días y que me paguen por ello.

jueves, 31 de mayo de 2012

Ya echaba de menos los post sobre el Mercadona

Cola del mercadona. He entrado antes de entrenar para comprar yuca, que se me ha antojado: la cortas en rodajitas, la pones en la bandeja del horno diez minutos y queda estupenda. Mientras espero la cola con mi yuca en una mano y un extraño potingue de fresa y plátano en la otra para tomarlo antes de entrenar, miro a la gente que me rodea. Es feria en Puerto Real, así que han adornado el supermercado con farolillos y banderitas de Andalucía. Sonrío recordando a una paciente en la Unidad loquita por irse de alta, que todos los días me insiste en que tengo que dejarle salir porque ella no se puede perder la feria.

Imagino. Imagino que soy una cajera y que me dedico a inventarme las vidas de los clientes a medida que paso sus productos por la caja. Imagino que me llamo Vane, como la chica que atiende en la fila de al lado, y me entran ganas de preguntarle si en serio se llama Vane o si les obligan a cambiarse el nombre antes de entrar a trabajar. "Verá usted, no puede llamarse Sofía, es un nombre demasiado profundo; señorita Sofía, acuda a la línea de caja no va con nuestra imagen de marca. Desde ahora responderá únicamente al nombre de Vane y deberá quedarse embarazada como mínimo una vez cada dos años".

Pienso en un jercicio para un taller de escritura. Todos los participantes escriben nombres de productos de supermercado en un papelito. Se mezclan bien y se colocan en el centro de la mesa. Cada uno elige cuatro o cinco objetos al azar y tiene que construir un personaje con ellos.

Caso uno: el señor detrás de mí. Dos cervezas, un tarro grande de yogur cremoso, una pizza precocinada, un tubo de crema depilatoria, una bolsa de mandarinas. Mediana edad, vive solo, no cree en los productos desnatados y opina que quien quiera adelgazar lo que debe hacer es comer menos. Se depila las piernas para salir en bici los fines de semana, no porque le vaya esa historia de la metrosexualidad. Tiene pensado ver el fútbol solo en casa y dos cervezas para él solo le parecen una ración justa. Siempre intenta dejarse algo del tarro de yogur para después, pero termina por comérselo entero.

Caso dos: la señora mayor de la caja de al lado. Un paquete de manzanilla, un cartón de huevos, dos envases de queso fresco y una caja de krispis. Quizá su marido aún vive y está delicado del estómago. Seguramente su despensa esté bien surtida y sólo haya bajado porque ha caído en la cuenta de que, justo esta noche, su hija le deja al niño y ella no tiene ni huevos para la cena ni los cereales del desayuno que le gustan tanto. De paso, decide que el calcio no le viene mal a su edad, y de milagro se acuerda de la manzanilla, que siempre se le olvida cuando hace la compra grande.

Caso tres: el señor de delante de mí. Sin duda, el más interesante. Dos paquetes de comida para pájaros, un envase de helado de tarta de whisky, dos pastillas de ambientador de colonia y una botella de JB. A él me resulta fácil imaginarle. Llega a su casa y les llena el comedero a los pájaros, que pían tímidos y casi desfallecidos. Después pone el ambientador y se dice que a ver si contrata a alguien para que limpie, que aquello huele a rayos. Por último se sirve una copa sin hielo, abre el helado y come y bebe whisky hasta caerse redondo al suelo.

Bonita poesía urbano-alimentaria, pienso yo, y justo entonces me toca pasar y ya se me olvida mi particular juego, porque tengo que emplear toda mi energía en explicarle a Vane, la cajera embarazada, por qué llevo la etiqueta de la yuca pegada en un dedo y no en la bolsa que le correspondería.

sábado, 3 de marzo de 2012

Mandaos

Ayer me eché una siesta de viernes. La siesta de viernes es aquella en la que te tumbas en el sofá con tu mantita y tu bolsa de cereales, coges el móvil para poner el despertador y dices: al carajo. Voy a dormir hasta que me duela. Y abres el ojo a la media hora, y lo vuelves a cerrar, y lo abres a la hora y ves que aún es de día y dices: yo hasta que no se haga de noche no me levanto de aquí. Y te despiertas a las siete de la tarde super relajada y a la vez completamente estúpida, con ganas de, por este orden, comerte una tableta de chocolate y morirte luego.

Después de mi siesta de viernes me puse a dar vueltas por mi casa totalmente desorientada, planteándome qué podía hacer con las horas que le quedaban a mi tarde. Me hice un café (descafeinado) y me lo tomé frente al portátil. Al final decidí salir a por lo básico: comprar una alcachofa de ducha y pasarme por el Carrefour a rellenar la nevera. Y me dije: "voy a hacer unos mandaos", que es una expresión que aquí en Cádiz se usa mucho.

Salí a la Viña encendida y ruidosa. Buscar una alcachofa de ducha. ¿Dónde compra uno una alcachofa de ducha? ¿Hay tiendas para eso? ¿Tendrán en un chino? Paseé sin rumbo por las callejuelas bulliciosas hasta encontrar una tienda de electrodomésticos donde me redirigieron a una fontanería. Entonces me entró el frenesí comprador de maruja de barrio y adquirí, por este orden: la alcachofa de ducha, un taco de fichas para anotar ideas para escribir, un flexo para la cama y una plancha rosa.

[Inciso: fragmento de mi conversación con el vendedor de planchas.
Yo: quería una plancha.
Vendedor: ¿De cocina o de planchar?
Yo: de planchar.
Vendedor: pues tenemos ésta, que sale por veinticinco euros, y esta q...
Yo: ¡quiero la rosa!
Vendedor: es una buena opción, pero también tenemos esta de aq...
Yo: ¡¡¡la rosa!! ¿Qué parte de "la rosa" no ha entendido?

Fin del inciso.]

Yo no soy muy de tiendas de barrio; lo compro todo en el Carrefour y no me conflictúo. Pero cuando venzo la pereza y me animo a ir, me gustan las tiendas especializadas en cosas. Me encanta sumergirme en esos pequeños universos regentados por personas que lo saben todo de, por ejemplo, lámparas, o artículos de baño, o lanas de colores. Dan cierta tranquilidad de que está todo controlado. Siempre me entran ganas de hacerles la misma pregunta: ¿le gusta su trabajo? Una vez se lo pregunté a la dependienta de una papelería especializada en Bellas Artes de Málaga, porque pensé que sería genial currar en un sitio tan lleno de colores y posibilidades. La chica me miró un poco extrañada y luego sonrió como si me estuviera contando un secreto, "la verdad es que sí".

Por último, entré en una tienda de congelados. Observé a la tendera mientras me servía un par de rodajas de salmón y un cuarto de gambas peladas. Pensé que el sitio tenía cierto aire de morgue, con todos aquellos alimentos helados y fríos, y concluí que no era muy posible que a la chica le gustara su trabajo. Creo que trabajar allí tiene que configurar de alguna manera tu cabeza. Seguro que esta chica después llegaba a casa y su novio le decía: "cari, qué antipática estás hoy", y ella le miraba con los ojos compungidos, incapaz de derretir su corazón congelado después de un día de frío.

Y me despido por hoy, que estoy cansada de escalar. Por cierto, esto de postear cada dos días al menos me hará practicar más a menudo con la escritura en pasado. Yuju.


sábado, 4 de febrero de 2012

Vetusteando, que es gerundio

Es una de esas noches. Noche de viernes preguardia, que es algo así como un falso viernes porque sabes que al día siguiente te toca currar. Mi casa, una vez más, parece haber vomitado sobre sí misma. Odio la colada y odio tender con este frío terrible. Llego a casa después de entrenar un rato y de tomar algo con la gente del roco. Caliento un tazón de sopa, le echo un par de hojas de la planta de hierbabuena del balcón y me siento frente al ordenador con los pies prácticamente incrustados en el calentador de aire.

No se me ocurre nada, no se me ocurre nada, o más bien se me ocurren cosas y ninguna me satisface. Podría escribir un post sobre tíos que no son guapos y que aun así me ponen. Para lavar mi honor y borrar un poco esa imagen de chica superficial que estoy dando últimamente. Pienso en John Cusack, pienso en Valentino Rossi (va, no, este es guapo; bajito, pero guapo). Luego se me ocurre un post de recomendaciones metaliterarias: libros sobre escritura que me han inspirado. Pienso en El gozo de escribir, pienso en Pájaro a pájaro, pienso en La novia imaginaria.

Pero en realidad no quiero eso. En realidad quiero, como decía Golfo, romper a escribir como quien rompe a llover. Así que me levanto, miro la pila de platos sucios sobre el fregadero y decido que voy a escuchar Vetusta Morla y a fregar, a ver si entre la música y la espuma me visitan las musas. Me pongo los guantes para poder poner el agua muy caliente y ver, encantada, cómo la grasa sólida se diluye y se marcha por el desague. Hay algo de mágico y sagrado en la mugre que se va y en cómo lo sucio se vuelve limpio.

Saqué el primer disco de Vetusta de la biblioteca hace más o menos un año y no llegué a escucharlo. Se me pasaron los días de préstamo y tuve que devolverlo deprisa y corriendo sin acordarme siquiera de importarlo al iTunes. Meses después conocí a IA, que estaba empeñado en que los escuchara, así que una noche abrí el Spotify, busqué Vetusta Morla y pinché en el primer título que me llamó la atención: Maldita dulzura. En aquel momento era así: maldita dulzura la suya, porque yo colgaba el teléfono todas las noches y gemía de desesperación sobre mi cama, verídico. Lloriqueaba como si tuviera ocho años pensando que de ahí no podía salir nada bueno. Escuché la canción medio estremecida. "Hablando pasan los días que nos quedan para irnos."

El primer fin de semana que pasamos juntos, IA me puso el primer disco entero en su furgo, conduciendo hacia Valladolid el domingo por la tarde. Me gustó mucho. Me gustó tanto que cuando comprendí que lo nuestro, si se puede llamar así, había terminado, me propuse seguir escuchando el CD hasta que dejara de recordarme a él, porque podía renunciar a IA, pero me negaba a renunciar a Vetusta. Aun así, sigo pasando Maldita Dulzura cada vez que el orden aleatorio del Spotify la selecciona. Y en eso pienso hoy mientras friego los platos y canturreo Sálvese quien pueda: en que ahora Vetusta me sigue recordando a IA, claro que sí, pero de forma menos emocional, menos brusca. Puedo tolerarlo. Pensando que en algún punto él dejará de importarme, y lo sabré porque vendré aquí y contaré la historia como sucedió: no trozos escondidos, no verdades a medias, no alusiones que yo entiendo y que creo que él entiende y que vosotros no sé si entendéis. Lo escribiré todo. Mientras no sea capaz de eso significará que me sigue importando.

Friego despacio y repaso el día. Le he pasado un test de inteligencia a un señor con una demencia tipo SIDA que al terminar no sabía volver a su habitación desde la consulta. Yo le hablaba suave y él sonreía: ¿lo hago bien? preguntaba desde detrás de su lengua disártrica. Había estado viviendo un tiempo en la casa Colichet, un centro para enfermos de SIDA que hay en Churriana en el que trabajé un verano como voluntaria. Ayer repasaba la historia del paciente y vi un informe escrito por Sor Juana, la monja que lleva el centro, y la recordé machacándonos a trabajos de bricolaje y jardinería y explicándonos que los enfermos necesitaban nuestra compañía, sí, pero necesitaban mucho más que encaláramos la pared del patio. Uno de los pacientes murió el día después de que nosotros acabáramos de trabajar allí. Aguantó hasta que nos fuimos. Otro me miraba tan fijamente y con unos ojos castaños tan profundos y dulces que una tarde me volví a casa convencida de que era la reencarnación de Jesucristo.

En realidad, pienso mientras sigo fregando platos y el reproductor me canta Valiente, no tengo carencias afectivas. No ya por mis pacientes. En general, podría decirse que mi corazón está a pleno rendimiento. Quiero y me quieren. Aran me ha mandado hoy un corazón verde por Whassap, "me acordé de ti y te he enviado un corazón de meta" (creo que es un juego de palabras entre menta y metta, el amor compasivo budista, pero no lo tengo claro). Ayer una lectora me escribió un mail tan largo, bonito y agradecido que me tuvo toda la tarde con una sonrisa en la cara. Y en realidad ya os digo: quiero, me quieren. Funciono.

Pero hoy salía del roco con Eva y Toñi, que iban a cenar en casa de Eva y acarreaban sendas bolsas del Mercadona llenas de lasaña y vino. Yo habría ido también, pero me he abstenido en pro de llegar a la guardia descansada y poder escalar el domingo. El caso es que hace un frío que se congelan los pingüinos incluso aquí, en el dulce sur, con lo que no quiero ni imaginarme cómo estará el rudo norte. Y me acuerdo de IA y pienso que tiene que estar bien contento con todas las montañas del mundo cubiertas de hielo para que él pueda clavarles sus crampones. Y la cuestión, que me disperso, es que hacía un frío tremendo y yo era la única que no llevaba guantes. Llegamos a la furgo de Toñi, yo me siento detrás y Eva en el asiento del copiloto. Me miro las manos heladas, con la piel reseca del magnesio y los nudillos hinchados. Qué frío, cojones, suelto, tengo las manos congeladas. Eva saca los brazos hacia atrás, "trae, que te las caliento", y agarra mis manos con las suyas que están templaditas y suaves. Me rodea los dedos, me dice que pegue mis pulgares al dorso para que no se queden fuera, y mientras charlamos y cruzamos el Puente de Carranza, yo con las manos enfundadas en las de Eva, pienso que en mi vida afectiva no tengo carencias, pero que necesito tanto que alguien me toque.

Por instinto sé que lo que escriba hoy deberá mencionar eso, y por instinto voy componiendo las frases en mi mente mientras me estremece Copenhague, paso la bayeta por la encimera y limpio la vitro con una espátula. Ladrillos de vida en forma de palabras que intentan plasmar una imagen. No se trata más que de eso. Y ni siquiera he empezado a escribir hoy, pero ya sé que podré llover con los dedos y que el post va a gustarme, aunque sea de una forma dolorosa. Que tardaré menos de lo que creo y corregiré menos de lo que imagino. Y mientras La marea va desgranando las últimas notas y recuerdo a IA cuando la cantaba mirándome a los ojos e intentando llegar a los agudos, estiro los dedos como un concertista, despejo un poco la mesa de pintaúñas y papeles y me siento a escribir. Prematuramente satisfecha. Deliciosamente melancólica. Contenta, en general.

martes, 24 de enero de 2012

Besos que fueron y no fueron



Tercera entrada que escribo hoy. Es una de esas noches en las que estoy hasta el potorro de mi propia voz de escritora. Todo me suena como tan cursi, tan oh ah uh la lectura y la escritura y la psicología y la vida y todo es increíblemente enriquecedor y guay. Por Dios. Yo sé que os gusta eso del blog y, de hecho, es que hoy me siento así. Henchida. Ha sido una tarde muy bonita. He tenido una consulta superhardcore donde los padres del otro día me han contado cómo murió su bebé, lo cual es tremendo de horroroso, lo sé, pero me ha hecho sentir honrada de una forma extraña por poder compartir eso. He estado a punto de llorar, que es algo que no me había pasado nunca en la consulta, y en realidad he sentido que no hubiera pasado nada si lloraba, porque ellos se lo merecían. Era esa clase de respeto el que estaban pidiendo.

Al terminar les doy las gracias. He aprendido mucho con vosotros, les digo; es hermoso ver cómo os estáis apoyando el uno al otro. Lo estáis haciendo muy bien. Luego salgo a la calle, miro los restos de luz que le quedan al día. Camino hacia la playa, pero un enorme charco del agua que ha dejado al bajar la marea me impide el paso hacia la orilla. Calibro si cruzarlo con mis botas chungas de plástico y decido que no, así que me quedo mirando el mar desde lejos, como una exiliada, mientras los corredores trotan frente a mí por la estrecha franja de arena y las nubes brillan con una luz rosada. Pienso que el mar es enorme y yo soy enorme, y que lo que aprendo cada día, todo esto del sufrimiento y la luz, de la locura y los libros, lo que me da trabajar y escribir y leer y amar, lo que me da escalar cuando escalo porque llevo un mes parada con la mierda del esguince y, en fin, lo que me da esta vida que estoy llevando, es casi tan inconmensurable como lo que tengo ahora delante.

Después camino por la avenida y contrato Internet con ONO, lo cual pega poco con todo el rollo poético de la playa y tal que os acabo de soltar, pero bueno; es lo que hago. Y me meto en una librería a buscar algo que sustituya a "Libertad", de Jonathan Franzen, cuando termine las escasas cien páginas que me quedan; quiero llorar de penita por acabarme el libro. Quiero olvidarlo y empezarlo otra vez de nuevo. Ese libro, lectores, ese libro es como la materialización de por qué me gusta escribir y por qué me gusta leer: por la esperanza de poder hacer algo mínimamente parecido algún día, por compartir el empeño absurdo de iluminar nuestros actos torpes de humanos, los trompazos que nos damos en el camino, con cierta comprensión compasiva que no mejore el mundo pero sí proporcione, por lo menos, una extraña felicidad estética.

Al final me voy a la parte de libros para niños y acaricio los preciosos y enormes cuentos ilustrados. Es increíble el arte y la sensibilidad de los ilustradores infantiles. Está Blancanieves, que te hace estremecerte cuando ves el dibujo de la princesa con los labios muy rojos y los bordes de los párpados también rojos, y todo lo que debería ser una princesa contenido en la pálida belleza de su rostro dormido. Está Alicia goteando agua desde su pelo húmedo y reflejando lo que es ser una niña y a la vez estar seria y ser fuerte y encontrarse asustada. Y siempre que miro estos cuentos pienso en llevarme alguno, pero luego me digo "qué tontería, si ya eres mayor, y si además nadie se va a querer reproducir nunca contigo porque eres una tarada". Pero hoy me decido y me llevo Besos que fueron y no fueron, que es un libro maravilloso de verdad, en el que cada página habla de un aspecto de los besos: La Máquina de dar Besos, el Vertedero de los Besos, los Robabesos, Besos con Superpoderes, y cada uno está acompañado de una ilustración colorida y soñadora. Me lo llevo porque es bonito y porque puedo permitírmelo pero, sobre todo, me lo llevo porque contiene una manera tan divertida y loca de ser y de mirar el mundo, tiene dentro de sus tapas una cantidad tan grande de dulzura y de imaginación que quiero tenerlo cerca por su acaso a mí se me olvida.

Así que me voy a casa con mi cuento enorme y añado un par de libretas de la marca Moleskine (Míchel tribute, él sabe a lo que me refiero) porque la última que compré, en Madrid el día de mi cumpleaños, está llena de textos ilusionados y cursis de cuando conocí a IA, y ahora cada vez que la abro y/o la veo en mi escritorio no es que me entren ganas de quemarla, que también, sino que sencillamente me veo incapaz de seguir escribiendo en ella. Porque estoy tan enfadada. Tan, tan enfadada. Pero la vida debe seguir, y si no sigue en las libretas de antes pues habrá que comprarse libretas nuevas. Y ahora estoy aquí, en casa, con el cuento a un lado del ordenador, lista para echarle un ojo mientras me tomo un colacao de mediaoche. Tengo la casa muy desordenada, pero casi como acto consciente y voluntario: porque lo elijo y porque no me apetece ordenarla, porque quiero que sea más importante sentarme aquí a escribir que fregar los platos. Por eso.

No sé ni sabré nunca si ésta es la mejor versión de la entrada, lo que es como decir la mejor versión de mí misma. Si es mejor que las otras que escribí antes, que también hablaban de libros, de la muerte y de la luz imposible del atardecer de invierno detrás de la playa de la Victoria. Creo que una se cansa de su voz cuando no deja que se filtre toda su verdad por miedo. Y a lo mejor mi verdad de esta tarde no son solo los libros infantiles, ni la reverencia profesional ante el sufrimiento ajeno. La pura verdad es que estoy enfadada de la ostia con IA por joderme mi libreta de cumpleaños. Y no hay mucho que él pueda o quiera hacer por eso, y yo lo siento por los dos, lo siento de una manera tan profunda y rabiosa que no lo puedo expresar muy bien aquí. Hay pocas formas de acabar bien las cosas para todos, Peq, me dice MQEN por el teléfono, y yo lo sé, lo sé y lo siento. En ocasiones la gente se hace daño.

Lo voy a dejar aquí, más que nada porque o voy al baño a quitarme las lentillas o cuando lo haga me voy a arrancar de paso la córnea. Os quiero. Gracias por ser testigos de todo esto. ¿Os lo agradezco suficiente? Igual no. Gracias. De verdad. Leo vuestros comentarios desde el móvil y me sacan sonrisas a lo largo de todo el día. Escribir es genial y leer también. Comprad "Libertad". Comprad cuentos y libretas. Escribid y leed, amad, enfadaros. Que la vida es corta, pero ancha.

miércoles, 18 de enero de 2012

Libros, churros y tardes de invierno

Esta tarde he ido a la biblioteca a devolver unos libros. He pasado un rato leyendo "Escribir y Publicar", una revista que edita Silvia Adela Kohan dirigida a aspirantes a escritores. Lo que gusta el rollo metaliterario cuando uno está empezando: que si Hemingway comía mandarinas, que si Auster compró un cargamento de cintas para su máquina de escribir cuando se enteró de que iban a dejar de fabricarlas. He estado leyendo un texto de Steinbeck sobre sus costumbres literarias. No te dirijas a una masa anónima de lectores, dice; eso da miedo. Escribe en segunda persona o para alguien en concreto: alguien que conozcas, alguien que te quiera.

Desde que escribo de manera casi furibunda, la metaliteratura cada vez me da más igual. Cada vez pienso más que el proceso trata básicamente de escribir y que te lean, punto. Escribir no tiene mucho más misterio que ir poniendo una palabra delante de la otra con valor y cierto tiento. Que te lean te la medida de tus palabras y te proporciona un otro que hace que la comunicación sea posible. Aun así, me gusta imaginar a Steinbeck buscando lápices con la consistencia y la oscuridad perfecta, holgazaneando mientras mira por la ventana, lijando el barniz de su escritorio para crear una superficie de escritura novedosa.

Después he salido a la calle. Atardecía en el cielo despejado, surcado sólo por unas cuantas nubes azuladas y lila. Cádiz es brutalmente bonito. Brutal, brutalmente bonito. Ahora que trabajo en Puerto Real cruzo todos los días la bahía en autobús, y todos los días me sorprenden la amplitud del agua, el amanecer asomando detrás del puente y las barquitas solitarias meciéndose en el frío. Y a la vuelta, la luz blanca del sol calentando el autobús a través de los cristales, los destellos hirientes sobre la superficie del mar y un cielo tan ancho que te parece mentira que quepa en el mundo.

Vago por el centro sin hacer nada en concreto. Me pruebo pintaúñas en el KIKO y compro uno de color vino mortal de precioso. Después entro en un bar a tomarme un café, y por no se qué mecanismo misterioso de mi mente, el café se convierte en chocolate y el chocolate en chocolate con churros. Pero bueno. Quién se va a resistir a unos churros cuando te los ofrece un camarero diciéndote algo como "anda, muhé, tómate unoh shurritoh, que son shicoh".

Abro mi nuevo libro. He terminado hoy "Amores en fuga", con la pena que da cuando se acaban las cosas bellas. Ayer compré "Libertad", de Jonathan Franzen, un tío del que no había oído hablar en mi vida, sólo porque es gruesa y parece entretenida. Los churros con chocolate son perfectos para tomarlos leyendo, porque no necesitas cubiertos ni las dos manos. Con la izquierda, que está limpia, sujetas el libro; con el pulgar, índice y corazón de la derecha coges los churros y los mojas en chocolate, y con el meñique limpio de la derecha pasas las páginas.

¿Cómo empezáis vosotros los libros? Yo miro la foto del autor sin leerme su biografía, porque me gusta imaginar la cara a la que pertenecen esas palabras. Después busco el título de la versión original, para ver si lo han traducido literalmente o se lo han inventado, y si es diferente al castellano lo retengo para poder relacionarlo con el contenido. Luego miro la dedicatoria. Me pregunto quiénes serán esos nombres que se merecen que otra persona ofrezca un libro entero. Hace poco volví a dejar una novela en la estantería de la librería cuando leí la dedicatoria: "Para Melody, Summer y Phoenix, mis tesoros". Si les pones esos nombres a tus hijos, qué no harás con tus pobres personajes.

Después leo la cita del principio. La de "Libertad" dice así:

Id juntos, ilustres y felices ganadores, mientras lo sois. Cambiad vuestros regocijos con compañía. Yo, vieja tórtola, iré a suspenderme de alguna rama seca y allí lamentaré hasta el fin de mis días la pérdida de mi compañero, que nunca será hallado.

Lo encuentro críptico y claro, terrible y precioso. Luego leo las cuarenta primeras páginas mientras mojo los churros en el chocolate. A ratos observo el bar. Hay gente, pero está tranquilo y no hay televisor. Una de las paredes esté cubierta con un panel enorme modernista y feo, y en otra cuelga una maceta de geranios rojos de plástico. Estoy calentita y resguardada en una esquina mientras fuera brillan en la noche las farolas y los puestos de flores.

Escribir es escribir y punto, no es pasarse la vida dándole vueltas al tema, afilando lápices, preguntándose cómo lo hacían Steinbeck y Hemingway, planeando a qué concursos va a presentar uno sus relatos. Igual que vivir. Vivir es vivir y punto, no plantearse todo el rato de qué va la vida, porque lo más seguro es que la vida no vaya de nada. Va de estar aquí por cojones, porque no tenemos elección, esperando una muerte segura y un futuro incierto. Y entretanto va de no hacerse tantas preguntas, no buscar tantas respuestas y tomarse unos churritos de vez en cuando. Porque estás vivo y, si tienes el suficiente estómago, a todo este asunto le puedes encontrar hasta la gracia. Y porque es maravilloso poder merendar dulce cuando fuera está oscuro y hace frío.

miércoles, 11 de enero de 2012

Los días raros

Estos tres días de reposo casero post esguince han sido raros. No exactamente aburridos, porque yo nunca me aburro, pero un poco angustiosos. Como poner la vida en pausa. Mañana empiezo a rotar por agudos y no me apetece. Me da miedito. No me gusta tener que cambiar de rotación cada cuatro meses: cuando por fin parece que empiezas a defenderte en un sitio, te mandan a otro. Y los locos me dan miedo. No porque me vayan a hacer daño ni nada; me da miedo no poder empatizar con ellos, no entender, sentirme inútil. O lo contrario: empatizar demasiado.

En la última guardia que hice tuvimos que ingresar involuntario a uno que decía que una vecina estaba en su contra y le había robado sus poemas. Era el primer ingreso involuntario que veía, y cuando los de seguridad subieron al hombre él consintió en tumbarse en la cama para que le pincharan el neuroléptico, y luego todos nos fuimos y le dejamos ahí... yo qué sé, pensaba en la inmensa soledad de estar en la cama de una unidad de agudos y creer que tú no estás loco, que los otros conspiran para tenerte ahí y que no puedes hacer nada para remediarlo.

No quiero ir a agudos. No quiero, no quiero y no quiero. Me gustan mis neuróticos, las técnicas de relajación, los autorregistros y la gente con la que me puedo identificar. Gente que no quiere matarse ni matar a otra gente. Sobre todo, no quiero pasar este miedo. En realidad, ya lo he dicho: me ocurre siempre. Cuando empiezo un trabajo nuevo me angustio; por lo menos, ya he conseguido no llorar la primera noche. Todavía me recuerdo el día que empecé a currar de seño, cómo lloraba en el hombro de J. repitiendo "pueden conmigo, pueden conmigo". O el primer día de la beca, esta vez en el hombro de MQEN, recitando "no puedo, no puedo". Y el día que hice de guía por los subterráneos de Granada... buah, ese día lloré sola, creo recordar, pero vaya si lloré.

Así que progresamos. Creo.

Como os decía: días raros. Me da miedo que haya cambiado el viento. Ya os conté que no quería terminar el año, y ahora me invade una emoción supersticiosa. Mira que si ya no voy a ser feliz. Mira que si estoy vieja para escalar, y cuando no sean los codos será el tobillo, y mira que si soñar con las paredes con veintiséis años es una gilipollez. Mira que si lo de los tíos como maracas no es la excepción, sino la regla, y voy a acabar por mentalizarme y cambiarme de acera. Mira que... mira que si resulta que al final yo a la vida no la controlo y ella hace lo que le da la gana.

¿Cosas buenas? Ayer medité media hora, hu ha. Hoy una hora entera. Notaba mi cuerpo como si fuera de corcho: hinchado y entumecido. Respiraba, respiraba, y he recordado una vez más lo reconfortante que es descubrir que si le echas el valor suficiente puedes sentirlo todo. Esta tarde he ido al roco a no entrenar. Por ver a la gente y salir de mi casa un rato. He hecho dominadas, abdominales y flexiones, y no me he subido a trepar con una pierna porque me daba miedo torcerme otra vez el tobillo al caer.

No sé si ha cambiado el viento. Pero incluso aunque así fuera, imagino que siempre puedo mover las velas.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Onicoterapia II

Así que últimamente llego a Cádiz los domingos así guay, con las endorfinas por las nubes, toda contenta y satisfecha de mis días de escalada. Hago el parte de lesiones: me duelen los dedos, por las malditas regletas de la vía que he estado probando hoy; me duelen las rodillas, porque me sigo dando golpes cuando me aturrullo; me duelen las yemas por la roca abrasiva de San Bartolo y los filos cortantes de Benaocaz. Me duelen los hombros de apretar, el cuello de llevar mi cuerda nueva, los pies de los gatos. Esto NO puede ser sano, me digo.

Entro en mi casa, cierro la puerta y saludo, "hola, casa". Cada uno tendrá sus rituales de domingo, y pienso en IA llegando tarde en la furgo y poniendo la lavadora. Qué limpito y qué apañao eres, IA: desde aquí te lo digo. Yo llego, tiro las cosas sobre la cama y abro el ordenador. Sacio un poco el mono de blog-facebook-chorradas y me pego una ducha espectacular, lavándome la cabeza con las muñecas porque, ya lo he dicho: me duelen las yemas. Friego los platos del desayuno, que me los he dejado sucios con las prisas de salir siempre tarde. Ceno los restos de la comida del mediodía, que ya sabéis que los escaladores no comen. Después quizá deshaga la mochila (quizá no) y por último me pongo a escribir.

Entonces me miro las manitas. Si os pensáis que por escalar me pinto las uñas menos, estáis en un error. Lo que pasa es que ahora he creado un ciclo del pintarse las uñas que voy ajustando a mis entrenamientos en el roco y a las salidas de escalada y consigo estar medio presentable casi todos los días. La manicura del domingo es fundamental, que se me ha caído la mitad de la pintura de tanto apretar. Echo un ojo a mi estante de esmaltes y elijo uno así como intuitivamente, desde el corazón. A veces pienso en qué me voy a poner al día siguiente, pero normalmente elijo más la ropa en función de las uñas que al revés.

Hoy sí, hoy pienso que mañana me voy a poner el vestido morado hippie granadino o quizá la falda negra con las medias moradas. Lo que sea, pero falda: los lunes de otoño es más que necesario enseñar las piernas. Así que me voy a pintar las uñas del morado nuevo que me compré en el Mercadona, que no sé por qué pero pinta mal, como raruno, pero con un par de capas no queda mal. Me quito el esmalte viejo, corto y limo las uñas muy muy bien para no arañar el martes las presas del roco y me pinto con destreza. Algún día os contaré los secretos de la vida para no salirte cuando te pintas las uñas y haré mucho bien a la humanidad.

Y en esa pintada de uñas nocturna hago mi ritual, mi pequeña transición. Del domingo al lunes. Del finde lleno de libertad y aire y amigos y vías al lunes lleno también de vida, también de otra libertad, de otro aire (calefacción) y compañeros y pacientes. Me escuece el quitaesmalte en los arañazos de las manos, pero en cuanto puedo ver mis diez uñas pintaditas pienso: ya está, ya soy una dama otra vez y ya estoy lista.

Que venga el lunes, si se atreve. Tengo una falda, unos tacones, unas manos divinas y todo un blog que gritan que no me da ningún miedo.


PD: Os cuelgo otro vídeo de mí escalando, hu ha. Porque sí, así de forma gratuita.

jueves, 6 de octubre de 2011

Fa che sia Vita

Hoy ha sido un día extraño, de estos de todo cambia cambia todo y no puedes estar puteada mucho tiempo porque el mundo no te deja. De esos que cuando te pones a repasarlo sentada frente al escritorio se descomponen en momentos brillantes como los cristales de un caleidoscopio. Momentos de vida en tecnicolor.

Me he levantado encontrándome fatal, pero fatal de la vida. Lo he achacado a que ayer me pusieron la vacuna de la gripe y me habrá hecho una mini reacción, porque me dolían todos los huesos como si se me estuvieran deshaciendo. A media mañana he hecho relajación con la hija de una paciente alcohólica. Sé que trabaja y estudia, y que hace encaje de bolillos para dedicarse este rato, así que pongo todo mi esfuerzo para que mi voz rasposa suene lo más calmada posible. Se tumba en la camilla sin quitarse las gafas, y cuando al terminar me dice que cree que se ha dormido le digo que no importa. "Será que tu cuerpo lo necesitaba". Después de que se marche me tumbo yo en la camilla un rato, cierro los ojos y me mando metta a mí misma: "que este corazón herido sane, que este cuerpo dolido se libere".

Cuando vuelvo al despacho me llama el trabajador social. "¿Quieres ver algo bonito?", pregunta, y me lleva a la ventana de su consulta. Desde allí podemos ver el patio de la guardería cercana, donde diez o doce niños de menos de dos años están sentados muy serios en sus sillitas. Por conjunción de los astros ninguno llora, y les ves ahí, tan peinaditos y frescos en el aire de la mañana que casi puedes oler el nenuco en sus coronillas.

Al mediodía me sigo encontrando fatal. Tengo un hambre del Averno y no puedo subir al comedor hasta que no llegue José Luis. Me compro una tableta de chocolate negro en el Supersol y me la voy comiendo mientras camino por la Avenida pensando: soy un espíritu hambriento, algo dentro de mí no se calmará nunca y el chocolate no es la solución. En el comedor una médico desconocida me cede el último caqui. En realidad está verde y me pica toda la boca como si estuviera comiendo pelusa, así que tengo que escupirlo y enterrarlo bajo servilletas para que la médico amable no vea cómo lo tiro.

Al salir del curro me acerco a la playa de Cortadura, donde Irene, Pablo y Eva están tirados al sol después de pegarse una mariscada en casa de Pablo. Qué mal vivimos, dicen, cuánto sufrimos. Se les ve plenos, morenos y bellos en este sol de octubre tan tranquilo y raro. No van a estar plenos, los cabrones, si han ido al mercado esta mañana y luego se han puesto ciegos de buen marisco gaditano a siete euros por cabeza. Mañana nos vamos al Chorro. Planeamos la logística del Mercadona y el porcentaje de personas que habrá por cada perro y de botellas de vino que habrá por cada persona.

Luego Pablo y yo nos vamos al roco a entrenar un rato. Me siento capaz y fuerte hoy, con ganas de apretar. Voy con tanto ímpetu que me caigo desde las presas de arriba y vuelo un par de metros antes de aterrizar de espaldas sobre los colchones. Cualquier día me quedo gilipollas con esto de la escalada y la vigorexia, pienso, y justo entonces entra un chico mayor, con el pelo largo y una camiseta de los Ramones, que le explica a mi profe que tuvo un accidente hace años en las calas de Roches y que le gustaría escalar. Lleva bastón y no tiene claro cómo acceder desde su coche a los sectores. Dios, cómo amo a mis brazos y a mis piernas, pienso.

Trepamos un rato Pablo, una chica nueva, un chico también nuevo preocupantemente guapo y yo. El chico preocupantemente guapo marca fatal, pero me sujeta suavemente por los riñones cuando hay un paso largo y a mí me da lo mismo cómo marque. Me perturban los guapos y sus sonrisas, y me perturban todavía más los guapos que parecen simpáticos, y éste sonríe y parece simpático y es amable y me perturba.

Y luego cañas, tapitas, el aire templado de este otoño que se resiste a serlo. Yo no sé a vosotros, pero a mí últimamente me resulta fácil encontrar la bondad y la belleza a mi alrededor. No sé si será porque las busco o porque tengo un montón de suerte. Pero en realidad, a pesar de lo que publique aquí en mis grandes momentos de éxtasis pseudoliterario, vivo rodeada de un montón de miserias. Quiero decir, que hoy he tenido que escuchar a un chaval explicarme que le habían llevado a prisión por "cuatro puñalaíllas", así, textual, cuatro puñalaíllas que según él eran en defensa propia. Luego ha contado que hace cinco años encontró a su hermano colgado en la lámpara de su habitación. Y al mediodía, mientras esperaba frente a la UCI pediátrica a que llegara José Luis, ha pasado una camilla con un niño; son curiosos los niños camino de quirófano, porque suelen ir sentados en la cama, mirándolo todo con atención mientras su padre o su madre se clavan una sonrisa con chinchetas.

Lo que quiero decir, y me he liado hoy mucho muchísimo, más de lo que suelo a pesar de tener siempre la tecla fácil, es que si tienes brazos, y piernas, y la cabeza sana, y amigos, y dinero para llegar a fin de mes, y un techo sobre tu cabeza, y aire, y sol, y Cádiz o no Cádiz pero lo que sea... si estás medio bien, qué quieres que te diga: ser feliz, encontrar la verdad y la bondad y la belleza a tu alrededor todos los días, esforzarte por ver lo bueno de la gente... no es un privilegio ni una estupidez de neohippie: es una obligación moral. Tienes la Obligación Moral de buscar tu felicidad y después repartirla. Si estás descontento con algo, cámbialo. Búscalo, esfuérzate, sonríe. Vive y ama, joder, que esto son dos días.

Y después de daros, una vez más, esta chapa inmensa a la que deberíais estar acostumbrados, me voy a dormir en mi casa tranquila, en mi barrio lindo, en mi vida en tecnicolor.