massobreloslunes

lunes, 18 de febrero de 2008

Concursos

Hola, ciruelos y ciruelas. Hoy voy a hablaros de los concursos literarios.

Es un post largo porque llevo toda la tarde escribiendo y tengo un poco de logorrea. Id al baño y a por un café.

Gané mi primer concurso a la tierna edad de 11 años. Era un certamen que organizaba nosequé colegio desconocido de Estepona, y no recuerdo ni siquiera por qué envié un cuento. Sólo me acuerdo de que se llamaba "Una excursión especial" y trataba de cuatro chicas que hacían un club y encontraban un pasadizo secreto que les llevaba a la India colonial. No sé si el argumento era más friki que estúpido o al revés;
la cuestión es que quedé tercera. La alegría me duró doce horas: concretamente hasta que llegué al colegio y me enteré de que María Gutiérrez, mi ArchiEnemiga con la que peleaba por ver quién sacaba más dieces*, había quedado primera. Gané 5000 pesetas y un lote de libros muy malos. M.G. ganó los mismos libros malos, pero su cheque era de 35000 pesetas, así que podía comprarse un montón de libros buenos. A partir de entonces, mi vida tuvo una meta: ganar el concurso al año siguiente y superar a María. Trabajé mucho y envié un relato sobre una niña marginada en un campamento que al final hacía amigas. Este argumento tengo claro que era solamente estúpido. María ganó el segundo premio y yo no gané nada; me consuelo pensando que quedé cuarta. Su cuento iba de una niña que pasaba unas vacaciones con su padre divorciado y encontraba un tesoro en una gruta submarina, a la vez que retomaba enriquecedoramente la relación paterno-filial. Ahí entendí mis primeras carencias como escritora de éxito.

(Que quede claro que no hay ya casi ningún rencor hacia María y que, de hecho, aún es mi amiga y hasta pensé yo sola participé en la construcción de una preciosa tarta en su último cumpleaños).

Después escribí un cuento sobre el racismo para otro concurso. Iba de dos chicos, Bosco y Admira, que se veían separados por la guerra en Sarajevo. Saqué los nombres de un especial sobre amor interracial de la Súper Pop e hice que uno de los dos muriera en brazos del otro (no recuerdo cuál). Hubiera triunfado, pero mi profesora de lengua, que me odiaba, no me dejó mandar el cuento porque lo había escrito con mala letra. Otra compañera de clase con muy buena caligrafía quedó segunda y fue a Madrid a recoger el premio. Mi consuelo es que María Gutiérrez no ganó nada (¿Mezquina yo? Por Dios. Ni que acabárais de llegar a este blog).

Luego viene un gran éxito en mi carrera: el mítico Concurso de Redacción de Coca Cola.



Pues en mi época no daban coca cola.

Había seis premios, y te decían si habías ganado algo por carta; sólo en la entrega se sabía en qué puesto había quedado cada uno. Quedé tercera con el tema "Somos iguales, somos diferentes". No conservo aquella redacción, pero creo recordar que era una reflexión superinteresante acerca de por qué no somos iguales pese a todo y de que no podían estandarizarnos con la excusa de la igualdad (bueno, todo esto en palabras de niña de trece o catorce años)(no nos engañemos: con trece años escribía ya como si tuviera cuarenta, y no por lo bien, sino por lo pedante). Quedé tercera, y ganó un niño con la historia de una patera en la que viajaba un inmigrante de cada nacionalidad. Era un niño bajito y rechoncho con gafas de culo de vaso, y mientras caminaba hacia el escenario para recoger su premio, mi madre dijo: "espero que Dios le haya concedido al menos el talento de escribir". Lo dijo en voz muy bajita. Ahora entenderéis de donde me viene la vena rencorosa-competitiva-chunga.

A aquella entrega de premios fue Antonio Gómez Yebra.


(Él. Obsérvese el contrapicado, sutil pero efectivo)

Era (es) un escritor de libros para niños que tiene dos virtudes fundamentales: hacer rimas con relativa facilidad y estar siempre disponible para dar charlas en nuestro colegio. Combinó de forma magistral las dos habilidades cuando en una de sus conferencias me dijo "Marina, eres lista como una avispa" y me regaló un marcapáginas por saber distinguir entre "púlpito" y "pulpito". Esta figura de las letras españolas se acercó a mi profesora de lengua (ésta no me odiaba y me había acompañado a recoger el premio, con esa manía que tienen las profesoras de lengua de creerse que han significado mucho en tu formación como escritora) y le preguntó en qué puesto había quedado yo. "Ah, sólo tercera" dijo, como si él fuera un cazatalentos de Anagrama que había ido al concurso de la Coca Cola en Málaga a buscar nuevas voces.

Desde entonces, y siguiendo en la línea de rencor literario que comenzó con M.G., una de las razones por las que quiero publicar es para dedicarle un libro a Antonio Gómez Yebra. El libro se llamará "Sólo tercera", y será un best seller.

Más adelante, gané dos veces seguidas el concurso de bachillerato de mi colegio. Menos mal, porque si no hubiera conseguido ganar esos concursos (a los que se presentaba una media de cuatro personas) creo que habría dejado de escribir. El primer año presenté un relato que se llamaba "Ojos de lluvia" y que era cursi hasta la náusea. Al año siguiente ya había entrado en mi etapa de minimalismo radical, y escribí un cuento llamado "Qué tal ayer" (así, sin interrogaciones, que por algo era minimalista) y que se inspiraba en mi amor platónico de entonces: mi querido y alguna vez mencionado ex-novio Funes (es su apellido, su a-pe-lli-do**).

Después no me he presentado a casi nada, porque se me pasan los plazos y porque, admitámoslo, escribo poco y regular. El año pasado lo intenté con el García Lorca (dónde vas, flipada) y con otro concurso cutre de este sitio. No gané nada.

Este año he decidido volver a intentarlo, no porque me pueda la fama, sino porque me parece una forma relativamente rápida y sencilla de ganar dinero. Bueno, es rápida y sencilla si ganas; si no te comes nada, como yo últimamente, es una manera de enriquecerse bastante chunga. Mi problema con los concursos, creo yo, es que mis cuentos tienen unos argumentos aburridos no muy apasionantes (pues Carver lo llama realismo sucio y le gusta a todo el mundo). En ellos pasan pocas cosas. No por nada, sino porque yo creo que, en general, en la vida pasan pocas cosas y, aun así, pasa mucho, y que eso es lo que la hace interesante. No es una carencia como escritora, sino una filosofía de vida, ¿vale?

Además, titulo fatal. Por poner un ejemplo, he enviado un relato a un concurso y, mirando los ganadores de años anteriores, he visto que uno le había puesto a su relato "Deontología II". Joder. Con ese título, te comes el mundo. Ya me imagino el relato, experimental y rompedor, escrito en verso yámbico y con referencias a Nietzsche. Mi colega el Adri dice que escriba cualquier cosa y la llame "Necronómecron", y que así acojonaré a los que quieran presentarse el año que viene.

Total, que me he presentado a un par de concursos y he desplegado varias estrategias de marketing literario-existencial.

- A uno de ellos he mandado un cuento que no publicaría ni muerta. Es de suponer que Murphy, que está ojo avizor a ese tipo de detalles, hará que gane sólo para humillarme en público.
- A otro, el Certamen Universitario de Relatos (para qué voy a poner el link, si se ha acabado hoy el plazo), he mandado un cuento con un título cojonudo. No os voy a decir cuál es, para que no me lo quitéis, pero es el mejor que se me ha ocurrido en mi vida. Si no gano el concurso, escribiré una novela y le encasquetaré ese título, trate de lo que trate. Y será un best seller (no llegará al nivel de "Sólo tercera", pero andará ahí ahí).
Este concurso no lo voy a ganar ni de coña, porque dan 6000 euros y se presenta un montón de gente; es una cuestión de probabilidad. Sacarán un libro con los diez mejores (sólo que los otros nueve no tienen premio). Espero no quedar finalista porque, francamente, no ganar los 6000 euros y ser una finalista chunga sería como un deja vu del Maria Gutiérrez's moment y me sentaría peor que no ganar nada.
- Para el García Lorca, pienso inventarme un relato totalmente original, rompedor y escrito en estilo filóloga ingeniosa (que no se ofenda alguna filóloga que a veces pasa por aquí ;) Estoy dudando entre un cuento construido sólo con sms de 160 caracteres, uno sobre algún tipo de trastorno psiquiátrico u otro en el que resulta que al final el que lo escribe es Dios (o lesbiana) y nadie se lo espera hasta el último momento.

Así que ya sabéis: si gano algo en cualquiera de los tres, invitaré a aquel con el que coincida en el espacio-tiempo.

Sólo espero que no se presente María Gutiérrez.

*Si le preguntáis, dirá que ella no competía, que sólo era yo que era una obsesa repelente. Miente.
**Demasiada gente ha creído que se llama Funesto

domingo, 17 de febrero de 2008

Las mujeres que leen son peligrosas

Aquí había un post que he borrado porque no me sentía cómoda con él. Por cosas mías.

Hoy he pasado toda la tarde en casa de mi abuela, coloreando sobre la mesa camilla con mis primas pequeñas. Me ha encantado aburrirme y colorear durante horas. Me ha encantado hartarme y tener ganas de irme: me ha dado la sensación de estar realmente allí, con ellos, de compartir un pedazo de vida auténtica y monótona.
He estado ojeando un libro de pintura y fotografía: "Las mujeres que leen son peligrosas". No pensaba que "mujeres leyendo" diera tanto de sí como temática. Varias de las mujeres retratadas aparecen desnudas, y es curiosa la sensación que evocan las dos intimidades: la de leer, que va hacia dentro, y a la que no le importa que nadie mire, y la de estar desnudo, que va hacia fuera y que siempre sabe que hay alguien mirando.
Me gusta leer porque es una afición respetuosa y solitaria (escribir, sin embargo, es solitario pero exhibicionista a voces). Cuando uno lee de verdad, no le importaría quedarse solo en el mundo si con él se quedara su libro. Además, nunca he tenido que pedirle a nadie que lee que baje el volumen.
¿Por qué me gustan las personas que leen? Si, al fin y al cabo, no se puede leer a la vez que alguien, no es algo que pueda disfrutarse en grupo. ¿Es porque las personas que leen son más cultas? Yo leo mucho y todo me suena, pero saber, lo que se dice saber, no sé apenas nada. Creo que lo importante de leer (y de escribir, si me apuráis, pero sobre todo de leer, porque leer es mucho más bonito, desinteresado y puro que escribir) es ir haciéndose cada vez más sensible a la vida, dejarse conmover cada vez por más cosas: no sólo por lo que me conmueve a mí, Marina, sino también por lo que conmovía a Buckowski, a García Márquez, a Chejov. Leer bien me va haciendo cada vez más y más persona (no mejor persona, sino más persona, que no es lo mismo).
Así que cuando me gusta alguien que lee, no me gusta la persona que acumula datos y que vive luego de su grasa literaria durante el largo invierno de las tertulias de escritores. Ésos me dan pena. Cuando me gusta alguien que lee, me gusta que le guste leer, que pueda hacerle feliz.
He dejado en casa de mi abuela algunos de los libros que tenía cuando era pequeña para mis primas. Al principio elegí algunos que estaban bien, pero no mis favoritos, porque no quiero perderlos. Luego decidí ser generosa con la vida y escogí mis títulos favoritos. Charlie y la Fábrica de Chocolate. El rey de Katoren. Doneval. Cuando Hitler Robó el Conejo Rosa. Cuando los llevé a casa de mi abuela, les hice jurar a mis primas que harían una lista anotando cuáles se llevaban, y que los protegerían con su vida. Hoy he pensado que total, qué más da, si yo no voy a volver a leerlos por no estropear el placer que me dieron en su momento con estúpidas reflexiones adultas, si sólo los quiero para pasarles el dedo por el lomo, y para eso, que salgan al mundo otra vez, que ya es hora.
Volvamos a esta tarde, mientras coloreaba en la mesa camilla de casa de mi abuela. Mi prima Emma ha cogido uno de los libros que les dejé, "Un museo siniestro", de Miguel Ángel Mendo. Me ha preguntado qué tal está. He sonreído: "Es un libro buenísimo", le he dicho "muy original. Muy siniestro, como su propio nombre indica". Con los libros me pasa como dice el profesor Frink en un capítulo de los Simpson: que no creo que otros niños vayan a disfrutarlos a tantos niveles como yo. Mi prima se ha metido a leer en uno de los dormitorios. Más tarde, de camino al baño, la he mirado un rato por la puerta entreabierta. Sólo tenía una lámpara encendida, y nada en el mundo hubiera podido molestarla.
Luego ha vuelto al salón y me ha dicho "Está chulísimo", y yo sabía que se refería al libro. Me he sentido orgullosa de mi prima, de su inteligencia, que ya sabe apreciar la belleza de lo siniestro. Y he entendido a los pintores del libro. A mí también me habría gustado pintarla a ella esta tarde, Emma con su libro, sola y feliz en su círculo de luz.

jueves, 14 de febrero de 2008

Querido J.:

Vale que no me mandes flores porque se chuchurren y no merece la pena.
Vale que no salgamos a cenar, porque en casa estamos más tranquilitos y nos sale más barato.
Vale que no me regales nada, porque dices que hoy es el día del Corte Inglés y porque, en cualquier caso, tú ya has cumplido de sobra.

Pero como este año no me felicites antes que yo a ti, te la cargas.
Que una va de alternativa pero también tiene su corazoncito.


Estás avisado.


viernes, 8 de febrero de 2008

Planes de futuro

Lunes:

Voy a hacer el doctorado en neurociencias. Me gusta aprender, y el doctorado supone seguir aprendiendo sobre lo que me interesa. Podría pedir becas, y si me dan la beca FPU (también conocida como Beca Poderosa) es como un sueldo, y encima me pagan estancias en el extranjero los veranos. Y seré neurocientífica. Y doctora.

Martes:

Voy a opositar y a ser orientadora escolar. Si total, no me mata, pero me gusta, y tendría mi placita fija y vacaciones de profe, para escribir, hacer danza del vientre y pollardear. Que lo importante es la calidad de vida.

Miércoles:

Voy a hacer el PIR. Es difícil, pero tengo buen expediente y si me pongo lo saco. Y luego tengo un sueldecillo tres años, aprendo un montón y al terminar ya soy psicóloga clínica, pongo una consulta y me forro. Y a vivir de puta madre comiendo yogur griego todos los días.

Jueves:

Voy a hacer algún máster, a aprender aromaterapia y flores de Bach, y a montármelo en plan alternativo. Que en el fondo es lo que más vende y lo que menos esfuerzo cuesta.

Viernes:

Voy a pedir una beca para escribir que vi el otro día anunciada, y si me la dan me paso un año escribiendo y veo si eso es realmente lo mío. Y mientras, monto talleres de escritura terapéutica y a lo mejor hago negocio y todo.

Sábado:

Me voy a ir a la India de voluntaria y después ya se verá.

Domingo:

Voy a quedarme preñada y que me mantenga J.

martes, 5 de febrero de 2008

Es sábado por la noche, y salgo de la biblioteca nocturna con la mochila a la espalda como mi casita de caracol. Vamos a ir al cine a ver Juno (que, por cierto, no es para tanto), y hemos quedado directamente frente al micrilla, porque J. ha ido antes a casa a hacer las palomitas para ahorrarnos el abuso de poder del ambigú. Camino por Severo Ochoa con la cabeza embotada y esa agradable sensación de que la obligación ya se ha acabado, y ahora toca el placer.

J. está de pie junto al coche. Puedo ver su figura delgada bajo el precioso abrigo pijo que le ha comprado mi elegante suegra. Habla por el móvil y sujeta las bolsas de plástico llenas de palomitas de microondas, y levanta en alto las provisiones para saludarme cuando me ve. Me entra una oleada de amor atávico: ahí está, ése es mi hombre, mi hombre que me caza palomitas baratas y que llega puntual a la cita para que yo no me pierda los trailer.

- Las palomitas llevan el nombre de cada uno escrito - me dice, mientras me alarga la bolsa para que la camufle en mi mochila.
- ¿En serio? - me río y coloco los apuntes en el maletero.
- Claro, porque mientras hacía las tuyas imaginaba que tú estabas ahí conmigo y me decías "¡Sácalas ya, J.! ¡'Que no me gustan las palomitas quemadas y tú siempre las quemas!", así que las he sacado antes de lo que yo las habría sacado y pienso que están bien para ti.
- Y les has puesto mi nombre.
- Sí. Bueno, no es tu nombre en realidad, pero vamos, que se ve que son tuyas.

Más tarde, cuando llegamos al cine con tiempo de sobra para que yo vea los trailer mientras J. se tapa los oídos y los ojos, saco mi paquete de palomitas no quemadas y veo que J. ha pintado con boli una M dentro de un corazón.

Soy la M dentro del corazón de alguien.

Y a veces no sé bien qué he hecho para merecer ese honor.

jueves, 31 de enero de 2008

Esta mi comunidad

Una de las cosas que tienes que aguantar cuando vives en un piso de estudiantes es que te miren raro cada vez que entras con alguien del edificio al portal. Si me abre alguien mientras estoy buscando mis llaves, no paro hasta que las encuentro y las exhibo retadora delante del vecino desconfiado de turno.

Los vecinos de esta comunidad, concretamente, son de lo peorcito que me he encontrado en cuatro años. No te dejan ni atar la bici en el portal. Por eso me puse un poco nerviosa el otro día, cuando entré con una ancianita que se plantó delante del ascensor mirándome de reojo. En este tipo de situaciones, a veces directamente paso y me subo por la escaleras, pero ese día venía del súper cargada de bolsas, y decidí reivindicar los cien eurazos mensuales que pagamos en mi piso de comunidad.

- Buenos días - dije, concentrándome para que el pelo se me pusiera más rubio (¿más rubio? ¿o solamente rubio? que últimamente estoy de un castaño insoportable) y me diera aspecto angelical.

- Mshmshs - contestó amablemente la señora.

Había dejado de mirarme de reojo y me examinaba sin pudor. El ascensor se abrió y la pobre se vio obligada a compartir el pequeño espacio con el peligroso metro y medio* de psicópata estudiante semirrubia armada con bolsas del Dani.

- Yo voy al segundo - dije, y rogué para que ella fuera a otro piso y no creyera que todo era un premeditado plan para estrangularla (una vez que soltara las bolsas y me volviera a circular la sangre por los nudillos) y robarle los Lladrós.

- Mhhhmmjjj - hizo esta vez, y pulsó el segundo y luego el tercero.
Aproximadamente a los cinco segundos de tenso recorrido visual por mi jersey de colorines, formuló la pregunta que llevaba deseando soltar todo el camino.

- ¿Tú vives aquí?

- ¡Claro! - dije yo, intentando enfatizar que ¡Claro que vivo aquí! y ¡Claro que no soy una de esas de los timos del gas!

- Pues no te he visto nunca.

Curioso, señora. Y yo que pensaba que la probabilidad de que una se cruce en tres meses con todos sus vecinos de edificio es igual al suceso seguro.

- Bueno, es que he llegado este año.

- Aahhh... entonces claro... - la señora suspiró, aliviada. Obviamente, nadie que viva aquí más de un año escapa a su mirilla avizor.

Se abrió la puerta del ascensor y huí, apuntando con mi llave en dirección a mi puerta para ver si la anciana-segurata podía percibir que encajaban y quedarse tranquila.

Descuide, señora. Si alguna vez entro a robar en una casa, puede que lo haga a plena luz del día, a cara descubierta y confiando en la fuerza de mis cuarenta y siete kilos para reducirles a usted y a su yorkshire. Puede que coja el ascensor con usted para facilitarle las futuras ruedas de reconocimiento.

Pero seguro, seguro que las bolsas del súper me las dejo en casa.

*1'57 m, y aún estoy en edad de crecimiento.

viernes, 25 de enero de 2008

Perdonar

Mi carrera es MUY interesante. Cuando uno entra en psicología, se piensa que todo va a ser terapias de grupo, cómo curar la depresión o charlitas rollo Bucay. Luego se encuentra con que una parte importante del plan de estudios (sobre todo en Granada) es psicología básica, es decir: cómo funciona el cerebro (o cómo se piensa que funciona), fundamentos de aprendizaje, de percepción, de pensamiento y de lenguaje, y se desespera. Creo que todo el mundo empieza psicología queriendo sentarse a la espalda de un diván, y la acaba examinándose por décima vez de psicobiología y análisis de datos.

Yo también pensé que no me gustaría la psicología básica, pero resulta que me encanta. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, y el cerebro humano es tan potente, tan complejo y ten eficaz que a veces me pregunto cómo mi carrera no es la más importante y difícil de todas.

El lunes tengo el examen de psicología del lenguaje. Me gusta tanto que, una vez más, me doy cuenta de que soy una freak. Después de 15 temas, uno no ha añadido prácticamente nada a su esquema de conocimientos previo: lo único que ha hecho ha sido ahondar en lo que hace todos los días (hablar) y darle, más o menos, una explicación detallada. Cómo pasar del significado literal a las proposiciones, de ahí a la estructura sintáctica, morfológica y fonológica. Cómo se hace todo eso a la velocidad de la luz, sin aparente esfuerzo. Comunicarnos verbalmente, algo que todos hacemos a diario y con gran facilidad, requiere una gran cantidad de procesos, tanto lingüísticos como sociales y afectivos.

Uno de los temas de la asignatura se dedica a las reglas de cortesía. Según los apuntes, las personas nos comunicamos intentando preservar al máximo nuestra imagen pública: la imagen que los demás tienen de nosotros, que en la mayoría de los casos se corresponde con la que nosotros mismos tenemos. Hay dos tipos de imagen pública: la negativa está relacionada con el poder, el estatus y la capacidad de ser independiente y tomar decisiones (negativo y positivo no tienen aquí connotaciones de "bueno" o "malo"). La imagen positiva tiene que ver con los vínculos, con la solidaridad y los lazos afectivos que nos unen a nuestro interlocutor.

¿A qué viene todo esto?, os preguntaréis, si habéis hecho el esfuerzo de llegar hasta aquí.

Prácticamente todas las formas de comunicación amenazan a una u otra vertiente de nuestra imagen pública. Ordenar algo amenaza la IP negativa del otro, porque le resta libertad y capacidad de decisión. Criticar amenaza su IP positiva, porque disminuye los lazos afectivos entre los hablantes.

Además, hay actos que amenazan la propia imagen pública, y uno de los más delicados es pedir perdón. Cuando pedimos disculpas, nos arriesgamos a que el otro nos estime menos que nosotros a él, es decir: nos jugamos su amor a la lotería. Reconocemos que nos hemos equivocado y perdemos IP- a chorros. También reconocemos que el otro no tiene por qué querernos ahora y nuestra IP+ baja a toda velocidad. Así que pedir disculpas es un acto que supone una gran amenaza para uno mismo y que requiere mucho valor.

Pero ¿qué pasa con el que tiene que disculpar al otro? De repente, sin hacer nada, ha ganado. Tiene una mejor IP que su interlocutor y puede mirarle por encima del hombro. Ganar nos gusta tanto a los seres humanos que hay estudios que demuestran que la gente es capaz de llevarse menos dinero en una situación de juego hipotética sólo para asegurarse de que se lleva más que un imaginario oponente. Cuando nos disculpamos, el ofendido tiene dos opciones: perdonar al otro y devolverle su IP perdida o continuar echándole en cara lo que hizo y ver cómo su propia barrita de IP aumenta (como en el street fighter o juegos así) mientras el otro se retuerce por el suelo y su barra se pone roja y parpadea.

Yo creo que pedir perdón es algo que todos podemos hacer, más o menos. Está socialmente bien visto, aunque mi libro de psicolingüística diga que no. Una persona que pide perdón es humilde, reconoce sus errores y tiene buen corazón y, por mucha IP que pierda, gana un montón de minipuntos de crecimiento personal. Es un poco como pasarle al otro la patata caliente "yo ya te he pedido perdón, no puedo hacer nada más". Lo verdaderamente elegante y difícil es renunciar al placer de ver al muñequito del contrario yacer en el suelo y tenderle la mano para que se ponga de pie. Devolver la la parcela de poder que hemos ganado, el superávit de IP que tenemos gracias a nuestra virtud, y quedarnos de nuevo empatados en el difícil ring de las relaciones personales. Ahí está el tema.

Esto debe ser lo que el HDP** de mi profe de Educación llama aprendizaje significativo.

**Hombrecito De la Posguerra. Malpensados.