massobreloslunes

sábado, 5 de febrero de 2011

Algunas cosas que me han pasado esta semana, no necesariamente interesantes o importantes

He ido en moto al trabajo todos los días. Me he pintado los ojos también todos los días.

Comer chocolate me pone nerviosa, y estar nerviosa me da ganas de chocolate. Es como el bucle del miope, solo que encima engorda.

He ido a nadar, y nadar me gusta porque respiro y porque floto. Y porque puedo mirar a los tíos semidesnudos mientras hago estiramientos.

El Acné del Averno no ha desaparecido por completo, pero se ha estabilizado en un nivel que puedo manejar.

He escrito varios post, pero no he colgado ninguno porque eran un tostón.

He empezado a apuntar mis sueños, con el fin de hacer un inventario y descubrir en qué medida estoy perturbada.

He soñado con mi amigo A. el que no me habla dos veces, con bebés y niños varios dos veces, con meditar una vez y con hombres que me gustan y me ignoran dos veces. También he soñado con un happening de gente con túnicas de colores que cantaban "Oh Maria".

Una paciente ha estado a punto de hacerme perder los nervios de verdad. Pero de verdad de verdad. Ha llegado un momento en que he pensado "Pues si se suicida, que se suicide".

He visitado neonatología del hospital y he sentido mucha grimita al ver a los prematuros. No son monos. Son siniestros.

Me he comprado unos zapatos. Me he pasado definitivamente al tacón.

Mi casa tiene el aspecto de haberse vomitado encima.

El traumatólogo me ha dicho que mi rodilla no está MAL, pero tampoco está BIEN. Que quizá debería aceptar que no podré correr nunca y dedicarme a ver Barrio Sésamo.

El calentador de mi casa se estropeó, recé y se arregló solo (verídico).

Estoy haciendo un cursillo acelerado en Carnavales, y ya sé la diferencia entre una comparsa, una chirigota, un cuarteto y un coro.

Me he comprado el libro del Señor K. por Internet.

He tocado la guitarra en el baño para probar la acústica.

Se me ha cagado una paloma en el bolso.

He escuchado el cuarto movimiento de La Ley Innata por lo menos diez veces.

Se me caen los ojos de sueño.

Estoy cansada.

Pero contenta.

lunes, 31 de enero de 2011

viernes, 28 de enero de 2011

Él no pidió nacer


A mí en el curro me tendrían que poner un compasiómetro. Un aparatito rollo como los que salen en las películas que miden, qué te digo yo, los niveles de radiactividad del entorno para ver si es peligroso. El compasiómetro mediría mis niveles de compasión y el riesgo que hay que que abofetee al paciente que tengo delante en plan: "¡Plas, plas! ¡Reacciona!".

Me revientan especialmente los niveles de compasión las madres y padre de los niños. Porque los pacientes adultos, pues a ver, quién más y quién menos es medio responsable de su vida y ha tenido polvos con los que buscarse esos lodos. Pero los críos me dan penita. Esos niños a los que traen a consulta porque "se portan fatal", cuando resulta que a su alrededor no hay normas, ni tranquilidad, ni una rutina adecuada, ni estímulo positivo, ni nada en absoluto.

Yo no sé qué tipo de madre sería, y probablemente cometería mis fallos, como todo el mundo. Pero, aun así, me atrevería a apuntar unas cuantas normas básicas que mejorarían mucho la educación de cualquier niño.

1) Si refuerzas a un niño, no le digas: "¿ves lo bien que lo haces cuando quieres?" Eso no es refuerzo, es una crítica. Le estás dando a entender que hasta ahora no lo hacía bien porque no quería, y seguramente no lo hacía bien porque no sabía o no podía.
Otros ejemplos de crítica disfrazada de refuerzo:
- "Muy bien, a ver si no lo haces mal la próxima vez".
- "Hombre, por fin, ya era hora de que me hicieras caso".
- "Hoy te has portado bien, pero con un día no vale, lo tienes que hacer siempre".

Pues como esas, todo el rato, todos los días, en la consulta enfrente de mí. Y yo sentada encima de mis manos para no empezar a repartir hostias como panes.

2) "Es que este niño me pone de los nervios". A ver, vamos a ser claritos. Si un niño de seis, siete, ocho o nueve años te pone de los nervios, no haberlo tenido. De los nervios te pones tú. Aprende a controlarte y probablemente el niño también aprenda a controlarse.

Yo entiendo que tener hijos tiene que ser muy duro. Vale, pero es que nadie te obligaba. Así que si tienes ansiedad, estás sobrecargado o no puedes con el asunto, apúntate a yoga o vete a meditar. No lo pagues con tu hijo y me pidas que lo entienda.

3) Sí, por raro que te parezca, el agente de cambio en la vida de tu hijo debes ser tú. Ni yo, ni su profesor, ni su orientador, ni Pocoyó, ni nadie: tú, porque eres su modelo, la persona que pasa más tiempo con él, quien más le importa, quien mejor le conoce. Así que deja de delegar y ponte las pilas.

4) Puedes tener charlas con tu hijo hasta que se te seque la boca, pero hasta que el niño no entienda que sus acciones tienen consecuencias claras y no te vea a ti como un modelo a seguir, no va a cambiar absolutamente nada.

5) Nociones básicas sobre cómo funciona un psicólogo, volumen uno: el psicólogo no llega, charla con el niño y le arregla la cabeza (véase punto 4). El psicólogo te dará pautas que tienes que aplicar tú. Y aplicarlas requiere esfuerzo y constancia. No me vale que pases del tema y luego me vengas diciendo que no funciona o que tu hijo no tiene remedio. Ya que estamos, revísate también el punto 2.

6) Deja de culparle. Probablemente el niño quiere portarse bien, pero no sabe cómo, o bien tú has hecho que no le merezca la pena.

En serio.

Hoy me he visto metida en una de estas entrevistas familiares en las que la madre se ha apañado para convertir cada frase que se decía allí en una crítica al hijo. Ha llegado un momento en que le ha dicho que no debe dormir con la luz encendida porque "si ella tiene que pagar luz, no llegan a fin de mes, y entonces tiene que dejar de comer para que coma él, y entonces le baja el azúcar y tiene que ir al médico a pincharse". Verídico. Y sí, las negritas eran necesarias.

Fragmento de conversación:
YO: Tienes que reforzar las cosas buenas que haga tu hijo.
ELLA: Pero es que él de refuerzo sólo quiere dinero (crítica).
YO: No me refiero a eso, sino a que le digas las cosas que hace bien.
ELLA: Pero es que a él eso le da igual (crítica).
YO: No es bueno tratar a los niños como si fueran un caso perdido.
ELLA: Pero es que él es un caso perdido (MEGACRÍTICA).

Y ahora la familia se va a casa y la culpa de todo la tiene ese crío, que tiene destrozadas las puntas de los dedos porque se los muerde de la ansiedad que tiene. Y yo aquí como una gilipollas dándole vueltas a cómo debe de ser vivir en un entorno donde nadie confía en ti y todo lo que digas o hagas está siempre mal.

Desde luego, si existiera el compasiómetro ahora mismo estaría pitando como un demonio.

PD: Yo SÉ que no debería escribir esto, y SÉ que los padres tampoco tienen la culpa, y SÉ que mi función como profesional es precisamente encontrar la manera de promover ese cambio. Pero permitidme que me ponga el modo psicóloga off y me cague un rato en los muertos de todo el mundo.

PD2: La imagen del post no pega mucho con el tono, pero intento compensar la mala hostia que traigo hoy. Así, queridos. Así hay que tratar a los hijos.

miércoles, 26 de enero de 2011

Amor dos punto cero


Empecé este blog el 26 de Abril de 2005, hace ahora más de cinco años. “Mas sobre los lunes” es el título de un capítulo de mi libro sobre escritura favorito ever, “El gozo de escribir”, en el que la autora cuenta que durante un tiempo se reunía con una amiga para escribir los lunes por la tarde. Hablaba de cómo en los días en los que la mayoría de la gente está ocupada por el trabajo y angustiada por la rutina, ellas habían sabido abrir un hueco para dedicarlo a la escritura. El espíritu del blog, por tanto, es un poco ése: igual que hoy en las playas de Cádiz se veía un hueco entre el mar y las nubes por donde se filtraba la luz con inesperada fuerza, la escritura puede abrir espacios de claridad en la maraña del día a día.

A lo largo de estos cinco años sólo he parado de escribir aquí una vez: durante el tiempo que me preparé el PIR. Después lo retomé, al principio despacio, casi con miedo, con entradas cortas, y después acabé por importar otra vez el material antiguo y subirme al carro con todas las consecuencias. De todos los proyectos que he llevado entre manos en mi vida, creo que éste es sin duda el que más me ha durado, y todavía me asombra mi constancia. La explicación es, supongo, que el beneficio es inmenso y el coste es reducido.

Casi todas las entradas las escribo del tirón; después, más que añadir, recorto sin piedad párrafos enteros, como una samurai de las teclas. Sé que hay posts más inspirados que otros. Mi amigo A., el que no me habla, me dijo un día con crudeza no exenta de razón: “Me gusta mucho cómo escribes, pero no siempre lo que escribes”. Pero creo que el tema de un blog, más que buscar la perfección en cada una de las entradas, es mantenerse en movimiento. Al final todo, lo bueno y lo malo, va quedando sepultado por las entradas nuevas, por la nueva vida. Como las distintas capas de suelo sobre la superficie de la tierra. No te queda más remedio que desapegarte de tu obra y dejarla fluir.

Quiero a mi blog más que a muchas personas. En su conjunto, me gusta el cuadro que compone: la firme voluntad de decir mi verdad en cada momento. Grace Paley dijo de sus primeros cuentos: “Los escribí con toda la verdad y la belleza de la que fui capaz”. Así escribo yo esto, desde el principio.

Nunca ha sido un blog muy leído. Aun así, he podido conocer a bastantes personitas curiosas por aquí, y puedo decir que mis lectores son un público reducido pero entregado. Gracias a este blog llegó a mi vida J., una de las personas más importantes de mis últimos años. He quedado con algunos lectores (no siempre con fines de guarreo, que conste), he charlado con otros por messenger o he intercambiado mails, y siempre ha sido una experiencia enriquecedora y divertida. Esa magia absurda y feliz de encontrar a alguien que se conmueve de la misma manera que tu.

“Lo que escribiré en la siguiente entrada del blog” es un concepto que me da vueltas en la cabeza casi todo el día y, aunque os parezca mentira, creo que es una parte importante de todo aquello que me mantiene cuerda. Porque los actos de uno son tan banales. Y si uno vive una vida finita, unidireccional, todo se va tan rápido por el desagüe. A mí a veces me crujen los huesos bajo el peso de todas las vidas que no he vivido, y también bajo el peso de la mía, de los momentos que han venido y se han marchado, de las personas a las que he querido y ya no están. ¿Dónde están los besos que le daba a J. por las noches, mi manera de abrazarle mientras se quedaba dormido, de sostener los sobresaltos de su cuerpo mientras se deslizaba en el sueño? ¿Dónde estamos A. y yo estudiando juntos en la biblioteca de aparejadores, saliendo a descansar a la cafetería, dónde está él riéndose cuando veía que me había llenado el jersey de migas con la palmera de chocolate? ¿Dónde está Málaga, dónde está Granada, dónde estoy yo? No tengo nada. Pero si lo escribo, por lo menos tengo eso. Y menos da una piedra.

Escribir aquí me ha salvado siempre. Cuando tengo un día de mierda o estoy convencida de que moriré sola y comida por los perros, me siento aquí y escribo algo. Puede ser bueno o puede ser una basura, pero mientras lo escribo no pienso en otra cosa. De repente mi miseria sirve para algo, como el abono que hace crecer las flores, y sé que éste es el verdadero sentido de mi vida. Sentarme aquí y crear. Construir algo nuevo donde antes no había nada.

Así que mientras recorro uno a uno los días de mi semana, ese camino veloz que va de lunes a domingo y que a veces se esfuma sin que uno sepa dónde fue, pienso en lo próximo que escribiré aquí. Planeo hablar de mi trabajo, de música, de libros. De las cosas que amo. He aquí lo que me gustaría que dijeran de mi blog: aquí están las cosas que Marina amó. Pienso en quién me leerá, en quién me mirará; porque existimos en la mirada del otro. Porque en vuestra mirada yo existo.

Ayer hablaba con mi R2 de lo rápido que aprenden los bebés. Son pequeñas maquinitas de asimilar, su trabajo a tiempo completo es acumular información sobre el mundo. En ese sentido, yo sigo siendo la Niña de Agua de la canción de Ana Belén: “Desde el alba dispuesta hasta la aurora/ descubres todo y todo te impresiona”. Paso el día vegetando tras el escritorio y de repente un paciente dice algo que me abre el corazón. Voy de camino a casa en el autobús, muerta de hambre, y me sorprende la claridad del cielo justo encima del mar, aunque el levante y la lluvia azoten sin piedad el paseo.

Me sorprende siempre la luz de la vida y escribo aquí para intentar compartirla. Y supongo que todo el post puede resumirse en esta última frase.

lunes, 24 de enero de 2011

Worst day ever


Mi madre me preguntó hace tiempo por qué me gustan los lunes. Le expliqué algo así como que no es que me gusten, sino que me parece que son muy vitales, muy intensos. A nadie le gustan los lunes, es verdad. Pero la vida en lunes no tiene más remedio que desplegarse.

Hoy ha sido un lunes de mierda. No sé si porque he pasado una noche terrible, entre vientos de levante y sueños hipervívidos, porque estoy dominada por el síndrome premenstrual o porque me han tocado pacientes especialmente poco estimulantes. La tarde me la he pasado acurrucada en el sofá, leyendo a Wallander bajo el flexo, huyendo de la lluvia horizontal que azotaba la calle y hundiéndome en las procelosas aguas de la autocompasión.

En la reunión de equipo de primera hora una auxiliar ha contado que hace un tiempo leyó en una revista que, según un estudio de nosequé universidad inglesa, el 24 de Enero es estadísticamente el peor día del año. El día en que la gente se considera más infeliz. Parece ser que la razón es que después de formular un montón de propósitos bienintencionados, el día 24 uno se da cuenta de que no va a cumplir esos propósitos. De que todo va a seguir más o menos como antes. Se salta la dieta, no va al gimnasio y encima descubre que le quedan tres euros en la cuenta del banco, porque lo poco que le sobró después de la locura navideña se lo ha fundido en ropa que no necesita.

Yo no hago propósitos. O, mejor dicho, hago muchos propósitos, pero no en año nuevo. No fumo, no estoy gorda y tengo dinero suficiente para acabar el mes. Aun así, ha sido un lunes de mierda, qué queréis que os diga, y resulta que coincide con que es 24 de enero. Así que me pregunto si la cosa mejorará mañana o si va a resultar que la infelicidad es tan predecible como todo lo demás.

domingo, 23 de enero de 2011

Noche en blanco

Yo supe del peligro en tu almohada
y de la soledad entre tus brazos.

Ahora, desde este lado de la cama,
puedo ver una ceja, un hombro, un codo
la mitad de tu barba,
la luz de las farolas en tu frente.

Caí desde mi vida hacia la tuya
en esta casa azul que desconozco.
Soy extranjera en medio de tu cuarto
y tú duermes desnudo, inofensivo;
yo vigilo tu sueño.

Ahora sé del peligro y de las horas
que se dejan caer en un goteo
de la noche hasta el alba.

Tú estás tan quieto que pareces muerto
y detrás de la ceja que me mira,
de la frente curvada bajo el pelo
están tus pensamientos, tus palabras
quizá tus pesadillas.

Yo estoy aquí tumbada
también con pensamientos, con palabras
vacía de mis sueños,
y te contempo insomne y desarmada
y miro de reojo en la mesilla
el móvil encendido,
y cuento los minutos
que separan tus párpados cerrados
de tus ojos abiertos,
y mi estancia extranjera en esta casa,
mi beca Erasmus en tu dormitorio,
del miedo acompañándome a la puerta,
del camino de espaldas a tu cama.

jueves, 20 de enero de 2011

MI segundo objeto favorito en el mundo mundial

Me han traído mi moto de Málaga para poder ir y venir por la ciudad del viento cuando me deje el levante. Ayer llegó por Seur, envuelta en plástico de burbujas, con el portaequipajes roto porque los de la furgoneta son unos brutos. Y me dio penita verla ahí, en mi calle, tan viejecilla ya, con la pegatina de la bruja que pegué hace ocho años llena de polvo y despintada.

Me dio penita porque si la moto está aquí, no está en Málaga. Y Málaga sin moto es el fin de una era. Del por saco que di para que me la compraran, de cómo me convertí en la chica con moto antes de empezar a ser la chica sin coche que soy ahora (curioso cómo cambia en un momento la posición en el escalafón socio-motorizado).

En mi moto iba yo por el amanecer del paseo marítimo para ir al colegio, y por las calles oscuras cuando volvía de fiesta. Cantaba a gritos mientras conducía y bajaba el volumen en los semáforos. Aguantaba la lluvia para no tener que coger el autobús y parpadeaba con fuerza para que las gotas no se me metieran en los ojos.

En mi moto llevaba a Funes a su casa cuando le amaba y él pasaba de mí, y me ponía de los nervios notando su cuerpo de metro noventa y pico pegado a mi espaldita de persona pequeña. A la moto me subía para darle besos cuando conseguí conquistarle tras duros meses a pico y pala, y en la moto me iba llorando cuando se nos acababan las vacaciones juntos.

Además, aunque la moto no ha muerto, que si la bujía le hace perlilla, pues se le cambia y punto, sé que la pobre seguramente ha venido a morir a Cádiz. Y cuando se me estruja el corazón de verla aparcada en mi calle, extranjera la pobre en este universo paralelo y curioso que es la Viña, lo que pienso es que soy gilipollas. Que soy una pobre idiota hipersensible que va por la vida sintiendo congoja por cosas que a los demás no les importan.

Hale, ya se me ha puesto tonta la noche del jueves...