Ayer vine de Cádiz en coche con Matej, mi huésped esloveno. Qué encanto de chaval, de verdad. Qué dulzura la suya y vaya cabecita privilegiada para su corta edad. Hicimos el viaje a noventa por hora para ahorrar gasolina, charlando en inglés sobre la vida, el trabajo y la inmortalidad del cangrejo. Después le dejé a un par de calles de distancia de su hostal, haciéndole jurar que me llamaría si necesitaba algo. Creo que el pobre estaba un poco sobrepasado con mi amabilidad postviajera.
Hoy voy a romper una lanza a favor del couchsurfing. Que sepáis que no es sólo una página o una forma de viajar barato: es un movimiento. Tiene muchísimas cosas buenas. Te pone en un estado de generosidad cuando acoges y de aceptación cuando viajas, y los dos estados son, creo yo, sanos para la mente. El agradecimiento couchsurfero es de una clase especial: la que te surge cuando estás solo en una ciudad desconocida y sabes que podrás llegar a una casa con una ducha calentita, comida decente y alguien amable con quien charlar.
Couchsurfing nace de la confianza y también de la libertad. Una de las cosas buenas que tiene es que no estás obligado a nada; puedes dar hasta donde se te antoje. Si no os sentís cómodos metiendo a extraños en casa, podéis probar a ofreceros para tomar café o enseñar la ciudad. Son también bonitas maneras de compartir algo sin sentirse demasiado expuesto. La página también dispone de un sistema de verificación de identidad y de localización, de forma que si realmente-realmente te da miedo lo que los guiris puedan hacer en tu piso, puedes optar por alojar o buscar alojamiento sólo con personas cuya identidad esté verificada.
De todas formas, yo opino que en la vida en general uno puede pecar de desconfiado o de confiado. Si pecas de confiado, tendrás mil experiencias buenas por cada una mala y, sobre todo, tu corazón estará más tranquilo. Couchsurfing también tiene un sistema de valoraciones similar al de Ebay que motiva bastante a ser un buen huésped y/o anfitrión y sirvecomo sistema detector de psicópatas.
La experiencia couchsurfera, tanto alojando como buscando alojamiento, ha sido muy reveladora para mí. Como dice Matej: life-changing. Te hace confiar otra vez en la bondad de la gente y en su voluntad de ayudar a otros. Te vuelves humilde, adaptable y fluido cuando viajas; y también generoso, ingenioso y amable cuando recibes. Saca lo mejor de ti. Cuando viajas es genial, pero también lo es cuando puedes acoger a quien está viajando y compartir su alegría y su sorpresa. Me ha encantado explicarle a Matej hasta dónde llega Cádiz-Cádiz, por qué a los de San Fernando se les llama cañaíllas o de dónde proviene la mafiosa influencia que mi gruísta de confianza ejerce en la Isla (ya os contaré más sobre esto último en próximos posts).
Además, como os decía, creo que couchsurfing es un todo un movimiento, y que está formado por gente que se sale de la norma. Porque la norma hoy es el individualismo, el miedo y el reservar semanas de hotel a pensión completa por módico precio. Salirse de las reglas, ofrecer a cambio de nada, no consumir ni producir y, aun así, pasarlo bien y enriquecerse, es casi subversivo. Además, es fácil olvidar la de posibilidades que tiene la vida cuando te pasas las mañanas entre cuatro paredes rodeada de gente que se dedica a planear sus bodas. La gente que conoces de couchsurfeo suele ser peculiar, tener proyectos raros, estar un poquito al margen del mundo. Contactar con ellos, que son la sal de la tierra, es sano y necesario si quieres tener un coco mínimamente alternativo, en el buen sentido de la palabra.
¿Consejos para viajeros? Fluye. Acepta. Di que sí. Sonríe mucho. Mejor pasarte de agradecido que de desagradecido. Friega los platos. Cocina algo de tu tierra. Deja algún detalle si te vas. Intégrate. Pregunta. Abre bien los oídos y los ojos. Di otra vez que sí, aunque te parezca una locura. Piensa que te lo mereces. Vincúlate. Aprende cuatro palabras del idioma. Enamórate un poco en cuanto veas una mínima oportunidad.
¿Consejos para anfitriones? Fluye. Ofrece. Sé creativo. Busca ideas. Siéntete orgulloso. Redescubre tu ciudad y tu vida. Involucra. Incluye. Cocina algo de tu tierra. Canta algo típico. Enseña palabras. Mejor pasarte de generoso que de agarrado. Ten sábanas limpias. Cuida. Encaríñate. Llámale "home" a tu casa. Comparte. Enamórate también, aunque sea con calma.
Y sin más, me despido. Si pasáis por San Fernando y me mandáis una buena solicitud couchsurfera, tenéis un sofá asegurado en el zulo más autolimpiable de la Isla.
viernes, 14 de septiembre de 2012
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Fruta y jabones
Llevo un rato tratando de escribir, para variar, y calculando inquieta el reloj en la esquina del portátil las horas que me quedan de sueño. Todavía no me habitúo a levantarme temprano para llegar a las ocho y media a Cádiz, y voy a arrastrando el sueño atrasado desde el lunes. Así que debería ponerme las pilas. ¿De qué quieres hablar hoy realmente, Marina?
Quiero hablar de que llevo todo el día con una frase de Paulo Coelho en la cabeza. Paulo Coelho. Te cagas. Y que la frase es, ni más ni menos: "Realmente la vida es generosa con quien vive su leyenda personal". A mí Coelho me parece un cursi y un sincretista espiritual, pero esa frase me está resonando últimamente. Si tuviera que destacar una palabra para describir mis últimas semanas sería esa: generosidad. La que he recibido y la que intento manifestar.
Hoy he estado en Vejer pasando consulta con Anxo. Él también me habló de generosidad hace tiempo. Ser generoso en el esfuerzo y compensar lo que nos falta como técnicos con lo que tenemos como humanos. Sí que somos generosos allí, porque siempre que voy salimos a las tantas. Pero no me importa: me gusta pasar consulta despacio y recrearme en los momentos, observar las caras de los pacientes como quien mira retratos, ver cómo la luz se les refleja en las lágrimas o en el brillo de la piel.
De camino a casa, me llega al móvil un mensaje de Matej. Matej es un chico esloveno de veinte años que se está quedando en mi casa vía couchsurfing. Es un chaval muy lindo y muy sensato que me está regalando de nuevo la alegría del viajero. Después del SSHP he quedado tan agradecida al universo que tenía muchas ganas de alojar a gente para devolver buen karma, así que intento cuidar a Matej todo lo que puedo: le cocino gazpacho y gambones a la plancha, le hablo entusiasmada de la luz de Cádiz y le pongo a Camarón para que lo escuche y se integre en la vidilla isleña. En el mensaje me dice que quiere prepararme una macedonia, que si hay alguna fruta que no me guste. Qué va, contesto, me gustan todas las frutas.
Cuando llego a casa me lo encuentro sentado en el sofá, leyendo El en corazón del sueño, un libro juvenil muy bonito sobre sueños lúcidos. Nos contamos qué tal nos ha ido el día y después me pregunta dónde está la frutería más próxima. Le oigo marcharse escaleras abajo mientras me tumbo en el sofá a descansar un rato. Pienso que no me dormiré, y entonces me despierta el ruido de la puerta: Matej cargado de fruta fresca, que se desliza silencioso hasta la encimera y empieza a cortar y pelar como si no hubiera un mañana. Yo remoloneo en el sofá y finalmente me levanto para hacerle compañía. La macedonia me sabe a gloria, y más todavía porque venía en el coche pensando cuánto me apetecía comer fruta. Terminamos y salimos de la casa en dirección a Cádiz, que he quedado con la roquipandi para tomar algo.
Mientras bajamos las escaleras, se abre la puerta de la oficina de abajo y es la chica de recepción para entregarme un paquete. Enseguida sé lo que es: unos jabones naturales que me ha mandado Pilar, una lectora encantadora de Madrid. Los hace ella para pieles con acné y van estupendos. Lo que más me gusta no son los jabones, que ya esperaba; me gusta que en el paquete ha dibujado una luna, unas estrellas y un par de corazones. Me encanta todo el cariño contenido en esos trazos a boli.
Hace unas semanas vi en consulta, también con Anxo, a un señor con problemas de piel. Estuve recordando cuando leí Skin deep, un libro sobre psicosomática de la piel y los mensajes que transmite. Había varios mensajes con los que podías identificarte según tu problema, y el que más me resonó a mí fue "mostrar a los demás que sufres". De acuerdo con eso, mi acné muestra que sufro, que necesito ayuda y que a mí también me duele. En su momento le encontré sentido y me pareció puteante. Pensé que debía empezar a mostrarme vulnerable y a pedir ayuda, a ver si así se me quitaba el maldito acné. Pero últimamente estoy hasta encariñándome con los brotes que me quedan. Ciertamente es una función digna. Me muestra muy humana. Y fíjate que ha servido para que Pilar me enviara la ayuda que piensa que necesito; eso es bonito.
Después quedo con la roquipandi y me alegro mucho de verles a todos. Hasta saco una foto churretosa con el móvil, simplemente porque me encanta ese momento: mis amigos morenos y felices tomando cervezas frente al mar y planeando el club de montaña que vamos a formar y el sitio donde iremos a trepar este fin de semana. A la vuelta compro tomates de Conil en la tiendecita que hay frente a la piscina, y mientras camino hacia el coche me vuelve la frasecita a la cabeza: realmente la vida es generosa con quien vive su leyenda personal.
Yo no sé si vivo mi leyenda personal o qué. Tampoco entiendo mucho el concepto. Yo vivo mi vida como es, y ya es bastante. Pero realmente la vida es generosa conmigo, y yo intento serlo con ella. No sé si me lo merezco más o menos que otros. Sé que estoy encantada con mis pacientes, mis macedonias y los corazones pintados sobre el papel marrón de los paquetes de correos. A veces, de hecho, esta burbujita de alegría en la que llevo habitando un tiempo me da hasta miedo. Luego recuerdo el dolor que hay todavía en mi realidad, los pies diabéticos, los niñitos que se mueren en la UCI neonatal, la soledad que a veces me atraviesa el cráneo, y pienso que vale, que por ahí a lo mejor me libro de enfadar a Dios con mi felicidad.
Y sin más lo dejo aquí, sin corregir nada porque tengo sueño y recomendando la generosidad a todos los niveles; no como rasgo o modo de vida, sino como activismo, como rebeldía y como puerta abierta a todo tipo de esperanzas tontas.
lunes, 10 de septiembre de 2012
La última hora
Esta mañana me levanto otra vez en modo shiny happy people. Suena la alarma a las seis y media y ahí estoy yo: extremadamente avionil, fresca como una lechuga y cantando las maravillas de la alimentación paleo. Pongo la cafetera, bebo agua fría, me masajeo la cara con las manos como leí en alguna revista que hay que hacer para que se te quite la hinchazón matutina. Tap, tap, tap, hacen las puntas de mis dedos por debajo de mis ojos.
Me doy una ducha rápida, me visto con vaqueros y camiseta, miro mi culo en vaqueros desde unos cuantos ángulos y salgo a la calle. Me encantan estos momentos matutinos de limpieza y silencio, y el color azulón del cielo detrás de las paredes de las casas. Saludo al barrendero junto a mi portal y chancleteo con gracia hasta el autobús, que espera con paciencia de animal dormido a que den las ocho menos veinte.
Me siento junto al fluorescente que más alumbra y saco el libro que estoy leyendo: "La última hora", de David Benioff. Normalmente intento aprovechar el autobús para estudiar un poco, pero hoy es lunes y me merezco ficción. Empiezo a leer deprisa, absorta en la historia. De Benioff me entusiasmó "Ciudad de ladrones" y también "Descalza sobre el trébol", una recopilación de cuentos que compré hace poco. "La última hora" tarda en arrancar, pero cuando te quieres dar cuenta te ha envuelto en un ritmo trepidante y en una compasión exquisita hacia sus personajes. El autobús avanza por San Fernando, cruza la bahía en dirección a Cádiz y yo no hago más que calibrar mentalmente la relación tiempo-páginas que me quedan antes de llegar al hospital.
Al final no tengo más remedio que bajarme y todavía no he terminado el libro. Miro la hora y descubro que todavía son las ocho y diez. Normalmente llego a esta hora, subo andando las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones, me pongo la bata y zascandileo un poco antes de entrar en la sesión clínica. Pero hoy estoy sumamente preocupada por la suerte del protagonista, así que decido acercarme al paseo y terminar el libro.
Hay momentos en la vida que deben ser honrados, y sin duda terminar un buen libro es uno de ellos. Uno debe atacar el final con avidez, determinación y cierta reverencia. En las últimas páginas un autor puede cubrirse de gloria en el buen y en el mal sentido. El sello de esa novela en tu corazón y la impronta que deje no podrá apartarse de la suerte final de sus personajes.
Cruzo la avenida por el semáforo y camino deprisa los cincuenta metros que me separan del paseo. Ya casi ha amanecido del todo esta luz loca e intensa de Cádiz, y la acera está salpicada de corredores voluntariosos y paseantes resignados. Desde que trabajo, siempre pienso que los que pasean por el paseo marítimo son deprimidos que practican la activación conductual. Eso es deformación profesional y lo demás tonterías. Pasa un carrito de limpieza despidiendo chorros de agua a ambos lados, y cuando llega a donde yo estoy, el empleado baja educadamente los aspersores para no mojarme. Agradezco con un gesto de la mano su amabilidad y me siento en un banco frente al enorme y hermoso Atlántico.
Y allí, a las ocho y cuarto de la mañana, sin prisa pero sin pausa, termino el libro. He de decir que Benioff lo cierra muy bien. Lo cierra muy, muy brillantemente, y yo respiro tranquila, porque el recuerdo de "La última hora" será ya siempre redondo y bonito en mi cerebro. Me quedo un momento suspendida en este instante: la quietud de la playa y también la quietud momentánea de la mente cuando acabas de terminar un libro. Ese salto sobre el vacío entre la ficción y tu realidad. Recuerdo que hace un año y pico, cuando trabajaba en el equipo y estaba un poco depre, mirar la playa por la mañana me ponía triste. Era como un mundo de libertad y belleza al que no tenía acceso porque me obligaban a encerrarme en un despacho. Hoy, sin embargo, he tenido este momento de libertad y belleza y he honrado el final de las palabras de Benioff, y eso me alegra.
Hace un par de días pensaba en la buena fama que tienen los libros y en si será merecida. En que, a lo mejor, leer un libro no es ni más ni menos intelectual o kármicamente beneficioso que ver una peli o jugar al ajedrez. Ahora me digo que los buenos libros tienen esta cualidad mágica: crear momentos entre tus momentos, como cuando en matemáticas nos enseñaban que entre un par de números cualquiera cabe el infinito. Los libros son tan grandes porque enseñan que la alegría verdadera de la belleza está siempre, literalmente, al alcance de nuestra mano.
Y después de cerrar la novela, me congratulo porque es bonita y porque ya tengo tema para el post de hoy y me dirijo, volando sobre mis alas de avioncito existencial, a empezar un nuevo día en el hospital de Cádiz.
Me doy una ducha rápida, me visto con vaqueros y camiseta, miro mi culo en vaqueros desde unos cuantos ángulos y salgo a la calle. Me encantan estos momentos matutinos de limpieza y silencio, y el color azulón del cielo detrás de las paredes de las casas. Saludo al barrendero junto a mi portal y chancleteo con gracia hasta el autobús, que espera con paciencia de animal dormido a que den las ocho menos veinte.
Me siento junto al fluorescente que más alumbra y saco el libro que estoy leyendo: "La última hora", de David Benioff. Normalmente intento aprovechar el autobús para estudiar un poco, pero hoy es lunes y me merezco ficción. Empiezo a leer deprisa, absorta en la historia. De Benioff me entusiasmó "Ciudad de ladrones" y también "Descalza sobre el trébol", una recopilación de cuentos que compré hace poco. "La última hora" tarda en arrancar, pero cuando te quieres dar cuenta te ha envuelto en un ritmo trepidante y en una compasión exquisita hacia sus personajes. El autobús avanza por San Fernando, cruza la bahía en dirección a Cádiz y yo no hago más que calibrar mentalmente la relación tiempo-páginas que me quedan antes de llegar al hospital.
Al final no tengo más remedio que bajarme y todavía no he terminado el libro. Miro la hora y descubro que todavía son las ocho y diez. Normalmente llego a esta hora, subo andando las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones, me pongo la bata y zascandileo un poco antes de entrar en la sesión clínica. Pero hoy estoy sumamente preocupada por la suerte del protagonista, así que decido acercarme al paseo y terminar el libro.
Hay momentos en la vida que deben ser honrados, y sin duda terminar un buen libro es uno de ellos. Uno debe atacar el final con avidez, determinación y cierta reverencia. En las últimas páginas un autor puede cubrirse de gloria en el buen y en el mal sentido. El sello de esa novela en tu corazón y la impronta que deje no podrá apartarse de la suerte final de sus personajes.
Cruzo la avenida por el semáforo y camino deprisa los cincuenta metros que me separan del paseo. Ya casi ha amanecido del todo esta luz loca e intensa de Cádiz, y la acera está salpicada de corredores voluntariosos y paseantes resignados. Desde que trabajo, siempre pienso que los que pasean por el paseo marítimo son deprimidos que practican la activación conductual. Eso es deformación profesional y lo demás tonterías. Pasa un carrito de limpieza despidiendo chorros de agua a ambos lados, y cuando llega a donde yo estoy, el empleado baja educadamente los aspersores para no mojarme. Agradezco con un gesto de la mano su amabilidad y me siento en un banco frente al enorme y hermoso Atlántico.
Y allí, a las ocho y cuarto de la mañana, sin prisa pero sin pausa, termino el libro. He de decir que Benioff lo cierra muy bien. Lo cierra muy, muy brillantemente, y yo respiro tranquila, porque el recuerdo de "La última hora" será ya siempre redondo y bonito en mi cerebro. Me quedo un momento suspendida en este instante: la quietud de la playa y también la quietud momentánea de la mente cuando acabas de terminar un libro. Ese salto sobre el vacío entre la ficción y tu realidad. Recuerdo que hace un año y pico, cuando trabajaba en el equipo y estaba un poco depre, mirar la playa por la mañana me ponía triste. Era como un mundo de libertad y belleza al que no tenía acceso porque me obligaban a encerrarme en un despacho. Hoy, sin embargo, he tenido este momento de libertad y belleza y he honrado el final de las palabras de Benioff, y eso me alegra.
Hace un par de días pensaba en la buena fama que tienen los libros y en si será merecida. En que, a lo mejor, leer un libro no es ni más ni menos intelectual o kármicamente beneficioso que ver una peli o jugar al ajedrez. Ahora me digo que los buenos libros tienen esta cualidad mágica: crear momentos entre tus momentos, como cuando en matemáticas nos enseñaban que entre un par de números cualquiera cabe el infinito. Los libros son tan grandes porque enseñan que la alegría verdadera de la belleza está siempre, literalmente, al alcance de nuestra mano.
Y después de cerrar la novela, me congratulo porque es bonita y porque ya tengo tema para el post de hoy y me dirijo, volando sobre mis alas de avioncito existencial, a empezar un nuevo día en el hospital de Cádiz.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
El lector
El lector nunca se aburre. Acepta, y
casi se diría que busca, las colas en los bancos, la espera en el
dentista, la impuntualidad de la cita para tomar café o ir al cine.
Sabe que es una oportunidad única para sacar el libro que tiene
entre manos y atacarlo con la alegre perversidad del que abre la
nevera a escondidas y mete el dedo en el pastel de chocolate o en la
masa cruda de las croquetas.
El lector sabe encontrar la bondad en
los ojos de la gente. Porque, a fuerza de observar vidas ajenas, ha
aprendido que todos tenemos nuestras secretas motivaciones y nuestras
historias, y que en la buena literatura incluso el personaje más
cruel es digno de amor. Un amor que nace de nuestra intención de
averiguar más sobre él; que, como decía Kundera, es un preguntar
constante. Por eso el lector busca y encuentra la bondad y la
belleza: porque sabe que la redención siempre es una posibilidad.
El lector es generoso. Desea que todos
compartan con él la alegría y la sabiduría que le dan las páginas
escritas. Por eso, la primera solución que piensa para los problemas
ajenos siempre es un libro, y los va apuntando en post-it amarillos y
en el reverso de los tickets de la compra para repartírselos a
amigos y familia. Ellos los cogen con cierta reserva, sin tener la
mayoría de las veces la intención de buscar o leer el libro, y no
saben que en esas letras garrapateadas deprisa el lector les está
entregando su secreto para la felicidad. Porque él cree de verdad
que en un buen libro puede estar la diferencia entre saber o no una
lección importante, o entre un día estupendo y un día de mierda.
Porque ha encontrado en la ficción la comprensión de la realidad
más profunda que conoce.
El lector es optimista. Sabe que su
afición es barata y que apenas necesita de esfuerzo físico, por lo
que estará ahí disponible hasta en los peores momentos. En las
gripes, los largos viajes en tren y las dolorosas rupturas
sentimentales. Sabe que, incluso cuando todo lo real parezca negro,
sus libros, esos animalitos dormidos, seguirán escondiendo bajo las
cubiertas una promesa de luz. Sabe que la verdad y la belleza le
corresponden como ser humano y que las tiene mucho más cerca que el
resto de la gente.
El lector es un cotilla disfrazado, un
voyeur con buena fama, un curioso insaciable que sabe que el motor de
su existencia no puede ser otro que el mismo que, cada vez que tiene
un libro entre las manos, le impulsa a seguir pasando las páginas
una tras otra, aunque mañana tenga que currar o le estén esperando
para comer. Ama la vida y sus posibilidades y sabe, a veces de manera
consciente y a veces inconsciente, que en ella suceden
cosas buenas y malas, pero que lo que hace que merezcan la pena no es su dudosa moralidad ni un esperado final feliz, sino la intensidad,
a veces dolorosa, que convierte la materia de nuestra existencia en una buena historia.
El lector, sobre todo, lee. ¿Por qué?
Porque le gusta.
Superando positivamente la depresión posvacacional
Estoy en el mostrador de una de las
plantas del hospital. No tengo muy claro en cuál, porque llevo todo
el día dando vueltas atendiendo interconsultas y ya hace un par de
horas que me desorienté. Apoyado en la mesa, mi jefe escribe una
historia mientras yo charlo con la MIR de psiquiatría, que
curiosamente es de Gijón.
El hospital es como 13 Rue del
Percebe, pero en triste. Un montón de habitaciones, un montón de
historias y el drama mezclándose con la risa. A mí se me graban en
la retina las caras de la gente como fotografías de colores vivos.
La chica con sospecha de anorexia que pesa treinta y cuatro kilos,
sentada en la cama como los niños cuando los llevan a las
operaciones, manoseando distraída un peluche de Hello Kitty. El
señor al que tuvieron que quitarle la laringe y que ahora escribe en
letras desiguales en un cuadernillo azul como los que tenía yo para
el vocabulario de inglés. “Yo tengo mucha paciencia, porque he
estado 34 años embarcado”, explica con su bolígrafo. Del
estómago le sale un tubo por el que circula un líquido amarillento,
y la piel surcada de hematomas se hincha alrededor como un globo de
cumpleaños.
Ahora estoy un poco aburrida, pasando
el peso de un pie al otro mientras la MIR teclea en su iPhone. Me
pregunto qué hora es. Tengo hambre y me toca pasar la tarde aquí.
He traído un tupper para poder comer en la calle y no pasar todo el
día encerrada.
Entonces giro la cabeza hacia la
habitación que tengo justo detrás y veo a una señora mayor de piel
muy blanca y a una adolescente alta de piel oscura y largo pelo
negro. No sé qué le pasa a la chica, pero a pesar de que está de
pie frente al asiento del acompañante y viste ropa de calle, no
parece estar bien. Hay algo extraño en sus gestos: cierta lentitud,
cierto aplanamiento. Quizá un retraso mental o un trastorno del
comportamiento, o quizá yo me estoy apresurando y sobreestimando mi
ojo clínico.
El caso es que la mujer mayor está
mirando muy fijamente a la chica, sonriendo un poco, y le pasa la
mano abierta por delante de la cara. Arriba, y la chica abre los
ojos. Abajo, y los cierra despacio. Lo hace varias veces con un
murmullo que parece una canción de cuna. En un momento dado, empuja
con suavidad la frente de la chica, con un toque apenas perceptible,
y ella sonríe y se deja caer en la silla, inclina la cabeza y se
duerme. Entonces la señora la besa en la nariz y la frente, y justo
en ese momento se vuelve hacia mí y yo retiro la mirada,
avergonzada, como si me hubieran pillado espiando.
Me quedo pensando en la vida como
códigos secretos, intercambios de ternura o mudas corrientes de
hipnosis como las que siempre menciona Anxo. Preguntándome qué se oculta debajo del iceberg de esta pequeña
escena. Me llegan la calidez y la ternura, pero no lo entiendo del
todo, y recuerdo que en el fondo no sabemos nada de lo que esconde la
gente. Cuando logro aprehender algo de ese tesoro escondido, aunque sea un poco, es como meter la mano en un cofre y sacar una brillante moneda de plata. Y una vez más, mientras mi jefe mete la hoja de interconsulta
en la historia del paciente, y la MIR cierra la tapa del móvil, y la
señora de la habitación entorna la puerta, me asombro de una forma
tonta de poder venir aquí todos los días y que me paguen por ello.
domingo, 2 de septiembre de 2012
SSHP 11 y 12: agridulzura, retorno, conclusiones y cierre
WARNING: Post Obscenamente Largo Y Autocompasivo.
(Iba a poner las iniciales, pero me ha dado la risa)
El último día del viaje es raro. Me
doy cuenta de que Joaco, sus sándwiches, sus gemelos y sus “calla,
ho” han sido una perturbación en la Fuerza. De repente no sé qué
hacer ni a dónde ir. Me siento sola y absurda, no sé si llamarle,
pienso que debería dedicarme a descansar, o quizá incluso tirar ya
hacia Cádiz. Y aunque hace sol y Pablo me ha invitado a ir con ellos a nosequé poza paradisiaca, reservo un
hostal en el centro de Gijón y me marcho a la playa hasta que llega
la hora de poder entrar en la habitación. Llevo todos estos días
acompañada y tranquila, fluyendo con confianza en el viaje en
particular y en la vida en general, y ahora es como que todo se me
atasca, y me pierdo buscando la playa, me siento sucia y no quiero
más que dormir. Voy a un Mercadona y me proveo de crema depilatoria,
hidratante y un rímel. Como en un chino y después me dedico a
lavarme y a dormir con intensidad en la estupenda habitación del
hostal. Cuando abro la puerta y veo la enorme cama pienso que, de
hecho, casi que preferiría tirarme a la habitación antes que a
Joaco.
Pero no debe de ser verdad, porque
cuando me informa de que se va con los colegas a la Fiesta de la Sidra, en Villaviciosa, me apunto sin pensármelo dos veces. No tengo
ropa decente ni limpia, pero tiro la casa por la ventana y me compro
unos vaqueros en el Stradivarius, como una versión cutre y barata de Pretty
Woman. A mi favor diré que, como ya expliqué, llevaba un tiempo
buscando vaqueros. Después me pinto los ojos, me unto de crema, me
recorto un poco el flequillo con las tijeras de las uñas y suspiro.
Me miro al espejo: esto es lo que hay. No hay mucho más. Quiero
decir, que sí lo hay, que joder, soy una persona estupenda, pero eso
Joaco no lo ha visto o bueno, sí que lo ha visto, pero soy estupenda
modo ando contigo por el monte, no modo me encierro contigo en una
habitación con una caja de condones y un paquete de muesli.
En la cena me lo paso como los indios.
Y eso es lo peor, que me lo estoy pasando como los putos indios,
porque los amigos de Joaco son encantadores y están muy borrachos,
son muy asturianos y cantan muy alto, me animan a mí para que
cante y cuando me quiero dar cuenta estoy improvisando fandangos y
todo el bar me da palmas. Eduardo, un chico alto con una cara dulce y
familiar, no para de mirarme y sonreír borracho; “tienes una
energía muy linda”, me cuenta, “se nota que eres muy sensible”.
Explícaselo a tu amigo, me entran ganas de decirle, a tu amigo el
moreno de ojos claros con la camiseta celeste, que baila como si el
mundo y la pista le pertenecieran, que me trae café a la furgo y me
llama “Marinuca”, que sin quererlo vuelve a despertar al león
hambriento que llevo en el estómago y después lo deja mordiéndose las garras.
Al final... pues bueno, tampoco quiero
entrar en detalles, porque incluso a mí me parece todo demasiado
íntimo y humillante, pero aunque puedo comprobar que Joaco,
además de todo lo anterior, besa que-te-cagas, la noche la acabo
sola y algo bebida, durmiendo en el asiento de la furgo cubierta con
el edredón porque no quiero que me haga soplar la policía en la
rotonda de Villaviciosa. Es un final bastante triste y sórdido para
un viaje precioso, y me paso todo el camino hasta Gijón regañándome.
Eres una absurda, Marina, joder, estás chiflada y no eres capaz de
interpretar señales ni de asumir cosas, eres un ser impar que no
capta las frecuencias que le corresponden y tienes una incapacidad
patológica para despertar en los demás el interés y el cariño que
tú experimentas con tanta facilidad. Eres absurda, insisto, absurda
e impulsiva, y por culpa de ser absurda has pagado una habitación de
hostal en la que no vas a dormir, y te vas a presentar media hora
tarde y con resaca a recoger al notas del coche compartido, y vas a hacerte un
viaje de diez horas en coche habiendo dormido una, en tu coche y
borracha, y estás, como diría tu tía Maripaz, gilipollas del
cuerpo entero.
Todo esto voy diciéndome por el
camino, y para cuando recojo a Alejandro, mi compañero de coche
compartido, no puedo parar de pedirle perdón y de contarle mis
movidas con la misma verborrea incontenible que tenía Cris el
primer día del SSHP, hace ya como un millón de años. Alejandro,
que es un jipi nervioso de treintaymuchos con botas de montaña y una
larga trenza gris, debe de estar flipando, pero al menos se presta a
conducir primero y escucha toda la historia de Joaco con la
resignación del que no tiene otro medio de viajar a Cádiz. Poco a
poco me tranquilizo, tomamos café, echamos gasolina, me separo con
una pena intensa de las montañas verdes y cautivadoras de Asturias y
todo se va normalizando. Hablamos durante las diez horas de viaje de amor, música y viajes compartidos. Elaboramos una lista de reglas de las relaciones para La Nueva Marina, a saber:
- La Nueva Marina ya no le entra ni a Dios. El que quiera algo, que me busque, y quizá me pierda algunos besos pero voy a ganar paletadas de dignidad.
- La Nueva Marina no mezcla el alcohol con los hombres.
- La Nueva Marina no lo intenta de nuevo con tíos de su pasado (con matices si se trata de J).
- La Nueva Marina intenta relajarse y confiar en el proceso, aunque no tenga muy claro qué significa eso.
Alejandro añade: "la nueva Marina no es tan dura consigo misma", y a mí me gusta tanto que me alegro y vuelvo a recordar
todo lo bonito y la manera en que la Vida, con mayúsculas, me ha
cuidado en estos doce días. Tanto, tanto me ha cuidado que hasta en
el día en que la lío parda y termino borracha y sola en el asiento
de mi furgo me manda a este chico paciente para conducir y charlar
conmigo en el camino a casa.
Ahora, mientras escribo esto, me entra
una ternura profunda hacia mí misma y bastante agradecimiento. La
llegada a Cádiz ha sido traumática. Todo este viento, la
desproporcionada luz, de nuevo el calor y yo pensando que no sé, de
verdad que no sé, cómo voy a ir mañana a trabajar, cómo voy a
reincorporarme a mi vida después de estos doce días. Porque
estoy ilusionada con el otoño, como siempre, y tengo proyectos,
amigos, mi precioso piso, más ganas de escalar que nunca, pero este
viaje ha sido una maravilla, uno de estos paréntesis hermosos y
relucientes en Matrix que te hacen recuperar fe perdida, emociones
dormidas, confianza en el proceso.
Al final es un poco eso con lo que me
quedo. Cuando en el viaje dejé de confiar en el proceso, cuando
empecé a forzar y a apretar en el mal sentido, noté cómo la cosa
se torcía, cómo me tensaba y estaba a punto de destruir algo
bonito. Joaco me ha llamado mientras conducía de vuelta, afortunadamente.
Estaba resacoso, contento como siempre y, según sus propias
palabras, “extremadamente avionil”. Me alegra comprobar que no me
odia ni me ignora. Me duele, de verdad que me duele, ver otra vez que
determinadas cosas, determinadas personas que son como países
ignotos y bellos, parecen ser para otros, y que desde hace un tiempo
esa parte de la vida me la han vetado. Y me jode, no puedo
evitarlo, me jode, y lo estoy escribiendo aquí porque creo que
merece la pena decirlo sin vergüenza. Es una putada irte de viaje
sola a escalar por ahí, dormir en tu furgo, conocer a gente
maravillosa de verdad, trepar mucho y bien, ver paisajes hermosos,
sentirte viva y valiente y, aun así, tener que afrontar el rechazo y
la verdad dolorosa de que no lo puedes controlar todo, y que todo tu
amor, tu ilusión y tus ganas de querer y cuidar no sirven para nada
antes las uñas crudas de la realidad.
A lo mejor me estoy poniendo
dramática (recordemos que he dormido una hora), pero es así como me
siento ahora. Infinitamente agradecida, sin duda, de que todo haya
salido bien. Ni un contratiempo, ni un robo, ni una pérdida
importante más allá de un pendiente en Jaca y otro en Gijón. Gente
generosa, buen tiempo, actividades variadas y una alegría casi
constante. Pero también esto. Esta soledad. Esta distancia.
Llego a casa y no me ducho, no deshago
el equipaje, no ceno; me siento en la mesa del salón frente al
secreter, porque la silla me la he dejado en la furgo, y escribo
estas cuatro páginas del tirón. Tengo la esperanza de sentirme
mejor al hacerlo, pero ya veis: casi he llegado al final y no me
siento mejor. Estoy triste. Me da pena que todo se haya terminado.
Los preparativos, los planes, los contactos, los números de móvil
apuntados en la agenda con las ciudades detrás (“Jorge Jaca”,
“Bea Polientes”, “Joaquín Gijón”), pensar dónde voy a
dormir hoy o qué voy a comer, los paisajes, la voz monótona pero
tremendamente útil del GPS, la admiración por los paisajes.
Sólo me queda recordar que hoy,
mientras conducía de camino a Cádiz y charlaba con Alejandro, me ha
entrado un ramalazo extraño de ganas de ver pacientes, y que bueno,
la vida sigue, y si soy lista archivaré los ojos de Joaco en el
rincón de mi corazón donde guardo los sentimientos inútiles, los
arbolitos extraños y torcidos que me crecen en el alma, e intentaré
vivir como en este viaje. Intensamente en el presente, escuchando
mucho, abriendo mucho los ojos, confiando en que todo va a salir
bien. Siendo agradecida por todo lo que se me ha dado y generosa con
una vida que es más que generosa conmigo.
Con esto termino la crónica del SSHP,
que podemos calificar como un éxito. Si os digo la verdad, nunca
pensé que realmente fuera a hacerlo, es decir: me veía viajando,
pero no pensaba que fuera a lograr escalar o relacionarme con
desconocidos. Este alien chalado y con piercing que ha poseído mi
cuerpo se lo monta bastante mejor de lo que yo pensaba. A lo mejor es
a ella a quien tengo que darle más las gracias.
SSHP 10: Mr. Brightside, seisbegradista y el maldito karma
El viernes emerjo de la furgo con el estómago
hecho una basurilla. Tanto es así que le mando un whassap a Joaco
para decirle que paso de manifa, pero él me llama antes de leerlo y
da tan por sentado que vamos a ir que al final me animo, me tomo un
par de yogures con miel de los Picos de Europa y tiro para allá. En
el coche Joaco ha puesto The Killers a todo volumen, “Mr
Brighside”, y yo, además de acordarme de cuando la tocaba con J.
en el Guitar Hero, pienso que a Joaco esa canción le pega. Porque
busca el lado brillante y está lleno de una energía limpia y
potente, como los molinos eólicos.
La manifestación es interesante y
pacífica. Joaco me ha prestado una camiseta verde a favor de la
escuela pública, y cuando sus amigos me preguntan en qué cole trabajé
el año pasado tengo que explicar que no, que soy psicóloga, que he
venido a escalar, que conozco a Joaco por Internet, etcétera,
etcétera, etcétera. Llevo la réflex y camuflo los momentos en que
no sé qué hacer sacando fotos a las caras de la gente al sol. Una
manifestación es buen momento para robar retratos sin parecer una
chiflada.
Después tomamos cañas con los colegas de Joaco Qué gente, los asturianos. En este viaje estoy intentando
escuchar más de lo que hablo y practicar las conversaciones tipo tú.
No cortar lo que dice el otro con un “pues yo”, sino seguir
preguntando, casi como en consulta. Los profesores asturianos andan
como todos los jóvenes de España: precarios, interinos, a media
jornada, opositando en medio país para intentar optar a alguna
plaza. Y como la mayoría de los jóvenes, son lindos, están preparados e implicados en su trabajo. En este viaje me
está sorprendiendo la insospechada energía de mi generación; cómo, a pesar de lo mal que están las cosas, sigue
existiendo un espíritu animoso, generoso, disfrutón, y se comparte
lo que se tiene o se vuelve la cabeza hacia iniciativas nuevas. Me
conmueve que Joaco me traiga sandwiches que hace en casa de sus
padres o que Pablo y Jenna, que confiesan estar tiesos para pedir
algo de cenar, me inviten a la copa de vino porque yo, muy en mi
línea, estaba en el baño cuando trajeron la cuenta.
Cuando terminamos las cañas marchamos
de nuevo en dirección Gijón y pasamos por casa de Joaco a preparar
bocatas para ir a la playa. Sigo sin gustarle. Me lo dice su lenguaje
corporal, la forma poco entusiasmada de ponerme crema, la distancia a la
que coloca su toalla, el nulo tonteo que existe entre nosotros. Pero
a mí él me gusta, verídico e inevitable, y no puedo evitar
fantasear con que a lo mejor, aunque no juegue en su liga, está
encandilado porque soy lista y graciosa y rubia natural.
Después de la playa me marcho a Otura
a escalar otra vez con Pablo. La furgo y yo somos un solo ser, y
empiezo a conocerme las rotondas de Gijón mejor que las de Chiclana.
Otura está muy cerquita de Oviedo y, aun así, la carretera que
lleva hacia allí parece el inicio del país de los gnomos, llena de
árboles altos, hierba y musgo verde. Es una escuelita pequeña a pie
de carretera con vías de caliza pinchuda que me recuerdan a las de
la Veredilla.
Pablo asegura con su amabilidad
descomunal y chorros de motivación. Cuando pruebo un 6b corto de
pasos duros y delicados, me anima a matizar toda la secuencia antes
de darle otro pegue. Él escala otra vía mientras mis antebrazos
descansan y después vuelvo al 6b. Me caigo hasta cuatro veces y,
como es corto, Pablo me anima otras tantas a bajar, desatarme el nudo
y probar de nuevo desde abajo. Cuando me sale el paso difícil estoy
tan emocionada que tiemblo, y apenas sé salir de la sección
facilita de la vía, que tiene cantos enormes y buenas repisas para
los pies. Encadeno y ya está, ya he hecho un 6b, y me encanta que
haya sido aquí en Asturias, como bonito añadido a todo lo bueno que
ya me llevo de este viaje. La tradición dice que cuando subes de
grado tienes que invitar, pero como yo me voy pronto porque he quedado en
el centro, reparto simbólicamente mis tortitas de maíz del
Mercadona y me voy caminando contenta hacia la furgo carretera abajo,
con cardenales en las rodillas, magnesio en las manos y el material
de escalada en equilibrio sobre unos hombros cada vez más fuertes.
Llego a Gijón tarde y sucia. Menos
mal que Nieves, que también es amor, me perdona el desliz con cariño
de lectora benevolente. Me va a matar por contarlo, pero me lleva a
una sidrería vía GPS y después me levanta de la mesa porque no hay
platos vegetarianos en el menú. A mí me da igual y me parece
sumamente divertido todo: el GPS, el vegetarianismo, dar vueltas por
Gijón, hablar de blogs y de la vida, escuchar a Nieves y atender a sus preguntas de fan
curiosa. Terminamos en un italiano estupendo, y lo cierto es que
resulta difícil aguantarle la mirada porque es de estas
personas verdaderamente bellas; no por tener unos rasgos perfectos ni
nada, sino por su piel blanca y sus ojos vivos color verde Asturias,
la voz suave, la sonrisa encantadora.
Le cuento el asunto de Joaco. “Debería
pasar algo – me dice ella – porque el karma te lo debe y, sobre
todo, porque pega con la historia. Con el SSHP”. “¿Verdad que
sí?”, contesto, entusiasmada. Pero Joaco se ha ido a cenar con
sus amigos del fútbol, y cuando me llama es para decir que marcha ya
para casa. A las tres de la mañana, sin embargo, mientras yo ando
perdida por Gijón buscando el sitio donde aparqué ayer la furgo, me
llega un whassap, “que me he liado”, y a mí ese interés por
decírmelo ya me huele a la ambivalencia rara que algunos tíos se
traen conmigo. Cuando pasan de la fase amigos a la fase me creo que
tu corazón es un punchingball. Me voy a dormir mitad mosqueada,
mitad confusa. No quiero que me pase esto. No quiero que me guste un
chico al que no le gusto yo. No quiero más rechazos. Me propongo
firmemente quedarme quieta y ni siquiera contesto el último whassap;
creo que hasta duermo con los ojos apretados de frustración, maldiciendo al karma, a los
norteños buenorros y a mi puñetero corazón defectuosamente
programado.
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