massobreloslunes: junio 2005

sábado, 25 de junio de 2005

Escritores somos todos

Como es sábado y me aburro porque no pienso estudiar y no he quedado hasta las ocho, y ni siquiera voy a dormir siesta porque ya he dormido antes de comer* (esto es vida), llevo un rato dando vueltas por blogs desconocidos. He enlazado varios desde otros que ya leo y he confirmado lo que ya sabía: por esta red hay quien, sin cobrar un duro, publica auténticas maravillas. Luego aparecen todos los escritores, editores y columnistas, con sus gafas y sus americanas sin corbata, diciendo que en España no se lee, que el negocio editorial va muy mal y blablabla. Los que escriben añaden, además, algo sobre la dura y azarosa vida del artista, los sinsabores del fracaso o del éxito y el reto de la hoja en blanco.
Bien, pues déjenme que les diga algo: por Internet hay cientos de blog en los que la gente escribe constantemente y escribe de puta madre. Gratis. Y miles de personas que leen durante todo el día textos graciosos, dramáticos, de ficción, sobre viajes, poesía… Así que no me jodan con que la literatura ha muerto, o con que lo audiovisual reemplazará dentro de poco a lo escrito. Las palabras están vivitas y coleando, y están entre nosotros. He leído muchos post bastante mejores que las columnas que publican algunos autores conocidos en los semanarios (Maruja Torres y su “mmm hablaré de Beirut, esa ciudad mágica, desde mi sapiencia y mi encanto de mujer madura”; Javier Marías y su “puaj, qué mierda de sociedad, voy a segregar bilis hasta que el lector se de cuenta de que Todos están equivocados menos yo”; Juan Manuel de Prada y su “no puedo escribir sin utilizar todas las palabras del diccionario y hacer alguna mención a la importancia del latín**, a la pérdida de las buenas maneras – esto lo copió de Marías – o lo bien que escribe algún autor que YO conozco y mis incultos lectores no”; no sigo porque es demasiado texto para meterlo dentro de un paréntesis). Disculpo a los columnistas porque imagino que no es fácil parir una criatura medio en condiciones a la semana; sin embargo, esto no quita que a veces hablen de chorradas prescindibles, adornándolas un poco con toquecitos de ingenio y supuesta perspicacia. Como diría Fuckowsky: este tío se está haciendo una paja mental y no quiero que se me corra encima.
Si yo dirigiera un semanario (algo que, afortunadamente, nunca haré, que para eso me quité de periodismo), convocaría cada semana un mini-concurso de artículos de opinión. Sería un coñazo leerlos todos, pero así tendrían trabajo dos o tres becarios de la carrera anteriormente mencionada. En cada número publicaría uno, y seguro que encontraría mucha más intimidad, sensibilidad, hondura y acierto en los textos de esos lectores que en los cansados, repetitivos e intrascendentes de los autores conocidos. (Como colofón a este tema, diré que las cartas que escriben los lectores al semanario son a veces más sinceras e interesantes que algún que otro artículo; os recomiendo que las leáis).
En fin; que yo sólo quería decir hoy que se escribe y lee mucho más de lo que la gente piensa, y he acabado criticando a los articulistas en un rapto de lo que podría interpretarse como envidia cochina. Qué se le va a hacer; no era mi intención. Espero que se entienda el mensaje.

* He dormido antes de comer porque me he tenido que levantar temprano para hacer el examen que mi magnífica facultad había programado para mí a las ocho y media de la mañana (mmm). Apunto esto para demostrar que NO soy una vaga :D
** Cuidadito: yo ADORO el latín. Es la asignatura más magnífica que he tenido jamás. Pero no soporto que el tío ese (JMDP) lo esgrima como si él lo hubiera inventado y como si no se pudiera ser feliz y/o culto en esta vida sin saber latín. Los que lo apreciamos sabemos de qué vale y nos basta con eso, y no necesitamos que la sociedad en masa nos lo confirme. De hecho, creo que si el latín se convirtiera en un fenómeno en plan Ingeniería Informática o LADE*** perdería mucho encanto.
*** Con todo mi respeto hacia los estudiantes de las anteriores carreras; no así hacia los periodistas.

miércoles, 22 de junio de 2005

Venganza

Fabiola, hija, caminaba por el centro de Granada una tarde de finales de Junio. Le asomaban los brazos, morenos y llenos de pecas, por el polo blanco sin tirantes, y a cada rato se ahuecaba el pelo con los dedos y se cambiaba de mano la bolsa del supermercado. Estaba a punto de llegar a casa cuando se encontró con Paulina y con Fabiola, madre.

Paulina estaba morena por primera vez en su vida y pensaba en mandar fotos a su familia. Empujaba la silla donde Fabiola, madre, inclinaba la cabeza contra el respaldo y respiraba a la vez por la nariz y por la boca para sentirse los pulmones.

Fabiola, hija, señaló a su madre con el dedo.
- ¿Se puede saber qué haces fuera a estas horas? – meneó la cabeza y se dirigió a Paulina -. A ver, Paulina, le tengo dicho que a ella no le conviene este calor. ¿Pero ha visto usted los termómetros? – ahora el dedo apuntaba a un poste que, en mitad de la calzada, alternaba la hora (las ocho y cuarto) con los treinta y ocho grados de calor seco que asfixiaban a la ciudad.

Fabiola, madre, cogió una cantidad un poco mayor de aire caliente para decir algo, pero a última hora pareció desistir y cerró un poco más el ángulo de su cuello con el respaldo de la silla.
- Para ti – el dedo de Fabiola, hija, volvió hacia Fabiola, madre – se han acabado ya estos paseos.

Fabiola, madre, miró a la mujer madura que era su hija y la recordó con varias décadas menos pidiéndole permiso para irse a la calle. Recordó no haberla dejado nunca, y mientras fijaba la vista en aquel índice condenatorio, supo que Fabiola, hija, se estaba vengando y que ella no podía hacer nada por evitarlo.

miércoles, 15 de junio de 2005

Humanos (o las pocas ganas que tengo de estudiar)

Estabas tú y estaba yo, eso seguro, pero no recuerdo bien dónde. Una cafetería o una heladería, supongo, porque si habíamos ido al pueblo era verano, y si era verano y de día lo más probable es que hubiéramos elegido uno de esos dos sitios para sentarnos. Porque era de día, eso sí lo recuerdo: la claridad, el brillo de espejo que se le pone al mar cuando el sol está oblicuo, entrecerrar los ojos para que no me hiriera la luz.

Lo importante es que nos encontramos a David y a Fany. Mientras paseábamos por el pueblo, yo era consciente de David podía estar en cualquier parte, y tenía su silueta grabada en la mente para poder compararla con todo el que veía. Así que le divisé desde lejos e inmediatamente pensé “puede ser él”, y de repente, unos segundos después, ese pensamiento encajó con la pura realidad como en una superposición inverosímil de casualidades. Nos acercamos a saludarle, yo tirando de tu mano y tú siguiéndome desorientado, porque yo no te expliqué qué hacíamos, sino que me limité a arrastrarte entre las mesas mientras estiraba el cuello para intentar establecer contacto visual con él.

Cuando nos quedamos frente a frente los cuatro, desplegué una sonrisa efusiva, una de esas de “verte es lo mejor que me ha pasado hoy”. David también parecía alegre. Rodeaba a Fany por la cintura con su brazo ancho y moreno. No es muy alto, así que tuvo que alzar un poco la cabeza para darte la mano, y tú le sonreíste y se la estrechaste con fuerza cuando os presenté: “David, Fany este es mi novio”.

Yo ya conocía a Fany, esa criaturita rubia y frágil que es novia de David desde hace... ¿cuánto? ¿Un año? El verano anterior yo había ido al pueblo sin ti (no por nada, sino porque aún no te conocía), y poco después de llegar yo, David empezó con ella, y la cogía de la cintura igual que ahora, como a un trofeo de feria. Nunca decía “Fany”, sino “Mi Novia”, como para no confundir a un interlocutor despistado. Cuando yo bajaba a la piscina con mi libro, el tabaco y el discman, les veía a ellos abrazándose en la parte más alejada del césped, donde los pinos. Por cierto, de pequeña yo recogía las agujas de los pinos y ponía jazmines en sus extremos, y hacía pequeños ramos que iba perdiendo por las esquinas o en las manos de mi madre. Pero eso no importa ahora; lo que yo quería contarte es que David es de esos tipos que no paran de sobar a su chica, que caminan y le ponen la mano en el bolsillo trasero del pantalón, les compran rosas cada vez que pasa un chino ambulante y les regalan tangas por el Día de San Valentín.

A lo que iba: que les saludamos, intercambiamos un par de frases de compromiso (qué tal el curso, cuándo has venido, cuánto te quedas, que raro no haberte visto por la urbanización) y nos sentamos en una mesa cercana. Como ya te he dicho, no recuerdo dónde estábamos, así que no sé bien lo que pedimos. Café, helado, una granizada; quién sabe. Cuando se marchó el camarero, tú me miraste y me dijiste:
- Ella es guapísima.

Alcé un poco la cabeza, se me atragantó la respiración en la faringe y me puse rígida.
- Él también – contesté, rápida y vengativa como un espadachín.
- Vaya, yo eso no puedo juzgarlo – afirmaste, y sonreiste creyendo que la conversación no daba para más.
- Claro, y yo sí puedo juzgar que ella sea guapa, ¿no? – pregunté, con un punto de tensión en la voz -. No entiendo por qué los tíos os creéis con derecho a comentar a las tías que pasan, asumiendo que las demás nos damos cuenta de cómo son y que si no admitimos que son guapas es por envidia. Luego vosotros os encogéis de hombros y no reconocéis que un tío pueda ser guapo, porque claro, eso heriría vuestro ego, ¿verdad?
- Ey, ey, tranquila, no me ataques – y pusiste tu mano sobre la mía, que estaba adherida a la mesa como una garra.

Me callé y apreté los labios. Cuando el camarero nos trajo lo que habíamos pedido (ya te he dicho que no recuerdo qué era, y no lo entiendo, porque sabes que suelo quedarme con esos detalles), tú me acariciaste un poco la mejilla.
- Vamos, nenita, no te mosquees. Ella es guapa, él también, ¿de acuerdo? No hay por qué discutir, es un hecho objetivo. Nosotros también somos guapos, y seguro que ellos lo están comentando en su mesa.

Mi mueca ni siquiera intentaba ser una sonrisa. Te quité la mano de mi cara y les miré. Se daban cucharaditas de helado como en un anuncio de la tele. Ah, claro, si era helado debía de ser una heladería, ¿no? Porque de eso sí me acuerdo: de cómo se reían, se intercambiaban las cucharas y se lamían los restos de sustancia colorida y pegajosa de las narices y de los labios. Fruncí el ceño.
- Me enrollé con él – te dije.
- Vaya.

Se te congeló la sonrisa en el rostro, porque no eres de piedra, al fin y al cabo, y porque he leído que a los hombres os duele más la infidelidad física que la psicológica, por el rollo de la evolución y de esparcir vuestra semilla. De todas formas no fue una infidelidad, eso te lo recuerdo ahora para que no te enfades conmigo, porque yo a ti ni siquiera te conocía cuando estuve con David.
- ¿Cuándo? – ya no te hacía gracia y te habías vuelto lacónico e inquisitivo, una especie de policía del amor. Entonces creo que me repantingué en el asiento y te conté la historia. Supongo que me interrumpirías varias veces, preguntando por los detalles o reflexionando sobre la situación, pero ahora te la relataré del tirón, tal y como la recuerdo porque, como comprenderás, no memoricé todas tus intervenciones.

Cuando tenía doce o trece años, soñaba que me llegaba la pubertad como un vendaval y arreglaba todos mis defectos. Rellenaba mis huesos de niña pequeña con los abultamientos indicados, me tallaba curvas en las caderas, aumentaba mi estatura y deshacía mi panza infantil y redonda. Eso sucedía durante el invierno, y para el verano yo ya era “una mujer” y desataba los comentarios de las señoras del edificio, que se pasan todo el día en la piscina, observando desde sus sillas de plástico a todo el que se les cruza. Y entonces él, David, dos años mayor que yo, moreno, fornido, no muy alto pero con los músculos de los brazos como tallados en piedra, me veía entrar por la verja de hierro de la piscina y se le descolgaba la mandíbula de pura admiración. A partir de ahí no tenía muy claro como se desarrollaban los hechos, pero sin duda acabábamos él y yo de noche en algún sitio romántico (la playa, el espigón, el montecito que había junto a la urbanización antes de que construyeran el hipermercado), y él me besaba hasta que amanecía.

Y la pubertad llegó, claro, pero no como yo me esperaba, sino un poco a su manera: aunque se me abultó el cuerpo, no crecí mucho, mi nariz se desbancó de mi cara con un extraño cambio de forma y mi tripa se negó a desaparecer. Aquel verano no me quitaba la camiseta en la piscina con la excusa de que un medicamento me había vuelto fotosensible. Las mujeres del edificio comentaban: “Hay que ver cómo se ha puesto la chica de la Mariluz”, dejando ese “cómo” en el aire, ni bueno ni malo, sólo llamativo como mi espontánea mutación. Al año siguiente, dejé de ir al pueblo a veranear.

Aparecí de nuevo el verano antes de que pasara todo esto que te estoy contando, cuando ya me había asentado en mi cuerpo, había adelgazado un poco y me importaba bastante menos que antes lo que un chaval renegrido y simplón pudiera pensar de mí. Regresé hecha una diva de ciudad a la que no le importaba bajarse sola a la piscina, sin pandilla, sin más justificación que matar el tiempo con sus libros y su música. David se acercó a saludarme el primer día que me vio. Yo fumaba y formaba aritos con el humo, y procuraba no hacer con mi rostro ningún gesto que no fuera de superioridad, de condescendencia o de hastío. Él me miraba un poco asombrado y me sonreía, diciéndome que saliera esa noche con la pandilla y con él, que todos se acordaban de mí aunque hiciera algunos años que no me veían. Me puso al día de los cotilleos, de cómo chicos y chicas se emparejaban y se separaban como los cristales de un caleidoscopio. Entre calada y calada, yo fruncí el ceño y le dije que “si eso ya le avisaría”.

Y qué quieres que te diga, fui. Porque una no es de piedra, y porque me lo debía, ¿entiendes? Se lo debía a aquella yo con camiseta que se murió de calor durante todo un verano, a la que iba sola a la playa, al espigón y al montecito y se imaginaba diálogos con un compañero invisible. Así que me tragué el orgullo, me puse guapa y me reuní con David y los demás en el portal. Todos olían a ducha y a colonia. Me saludaron con aparente simpatía, aunque es lo de siempre, que las chicas recelan y los chicos se cortan, ya sabes. Como a mí me daba igual, pasé de niñas en minifalda y de niños encamisados y convertí aquella noche en un tobogán que me llevara directamente a la boca de David. Para qué te voy a dar más detalles, si tú no eres morboso y no creo que sea esa la parte de la historia que más te interesa.

Yo le utilicé, él me utilizó, qué más da. Nos enrollamos y no volvimos a hablarnos, ni yo volví a hablar con ningún integrante de aquel grupo empapado en perfume y en inseguridades de pueblo de verano. Llámame creída, pero seguí bajando sola a la piscina, y cuando vi a David restregarse con Fany bajo los pinos, me dio igual.

Te conté toda la historia y te quedaste muy callado. Cuando ellos se levantaron de la mesa, pasaron por la nuestra a saludarnos. “Hasta luego, ya nos veremos por la piscina”. Pero tú y yo volvimos a casa al día siguiente, así que no les vimos más.

Todo esto te lo cuento ahora, aunque han pasado muchos años, porque tú no te acuerdas. Tampoco es muy importante, y yo sé que tú no tienes buena memoria, así que da igual; lo único que quería era demostrarte que no tienes razón. Que no es verdad que nuestra relación haya sido perfecta desde el principio.

Es igual, cariño, somos humanos. En cuanto al lugar donde estábamos, te lo diré otro día, en cuanto se me venga a la cabeza.

Yo también

¡Yo también me he apuntado al concurso! No porque espere ganar, dada la (escasa) difusión de mi blog, sino aunque sea por entrar en la categoría de blogs de ficción y que se me lea. Con esta humilde pretensión, os pido ¡votadme! ¡Un par de veces aunque sea! Que la competencia en esa categoría no es mucha.¡Ayudad a lanzar a una joven promesa de las letras! Gracias por adelantado.


Vótame



convocado por:
20minutos.es



domingo, 12 de junio de 2005

Aviso: post moralista

No sólo me estoy empollando todo el puñetero cerebro humano (como le dije a Funes, yo que pensaba que dentro de mi cabeza sólo había una nebulosa de luz blanca, y va a ser que no), sino que me da tiempo a reflexionar sobre la vida, la ética, los animalitos…
Para quien no lo sepa, me he hecho vegetariana. Sí, ya sé que todos los que me habéis visto engullir con deleite un solomillo o una loncha de jamón serrano diréis: a esta se le ha ido la pinza. Vaya chorrada, vegetariana, lo que le faltaba ya… que se encargue de cosas más útiles y se deje de alternativismos que, total, no sirven para nada. Otros diréis que quiero adelgazar, que me ha dado por ahí pero se me pasará o que me he dejado convencer por “oh, que pena, los animalitos” en lugar de hacer caso al incuestionable argumento de que ellos están ahí para servirnos.
En cualquier caso, después de una reflexión profunda, esa es mi decisión y aquí la comparto con todos :D. Así que estoy leyendo “Liberación Animal”, de Peter Singer, y contrariamente a lo que pensaba, no es ningún manual radical de consignas veganas, sino un texto ético muy razonado, suave pero inflexible, que avanza con cautela asestando pequeños golpecitos a tu ego antropocéntrico y carnívoro y termina por dejarlo K.O. Buscando por Internet he encontrado esta página anarquista que tiene un apartado de liberación animal; os recomiendo encarecidamente el texto “Hacia una vida ética” y el de “Contrólate tú mismo para que nadie te controle”. El primero también es de Peter Singer y es muy bueno. El segundo ya sí es un poco rollo consignas y demás, pero dice algunas cosas TREMENDAMENTE sensatas. Alguno dirá, como decía yo, algo como “¡Uh, Uh, vegetarianismo, anarquismo, radicalidad, nooooo!”, pero os aseguro que hay mucha verdad en esos textos, y que tras años de conformismo antiradicalización me estoy dando cuenta de que, tal y como está el mundo, la moderación es igual a nada. Quiero vivir sin intentar imponer mis ideas con violencia pero con las cosas claras. Tierno pero inflexible, como decía no me acuerdo muy bien quién. O “sin amor, todo es nada” (esta es de Santa Teresa).
En fin… yo y mis dilemas morales en época de exámenes. Antes estas cosas ni me las planteaba, porque como soy escritora, pensaba que nosootros los artiiistas no nos preocupamos de arreglar el mundo, sino de embellecerlo y de captar la verdad en sus aspecto más crudos. Ahora opino que a) Para mí, que soy blanca, occidental y de clase media, un aspecto crudo de la vida es el desamor, la soledad o el caos del universo; para una niña oriental, crudeza puede ser prostitución, y eso no tiene nada de artístico y b) hay que eliminar, por lo tanto, todos esos aspectos de la vida tan horrorosos que ni siquiera se puede hacer literatura sobre ellos que no sea pura denuncia social, y dejar sólo lo que no es consecuencia directa de la maldad humana.
Conclusión: yo voy a intentar llevar una vida más ética. Poco a poco, pero lo voy a intentar, porque este mundo no me gusta un pelo y creo que no puedo quedarme de brazos cruzados, autocomplaciéndome en el brillo de las gotitas de lluvia sobre las hojas de los árboles. A quien quiera saber cómo pienso hacerlo le puedo contar las pequeñas cositas que voy introduciendo en mi vida. Por supuesto, el activismo y el embelesamiento frente a las gotas de agua no son incompatibles (que es lo que yo creía antes), igual que la felicidad y la escritura tampoco tienen por qué serlo (esto también lo creía yo; para quien no me conozca, tengo un gran surtido de ideas preconcebidas sobre casi todo).
Ahora me interesan más los animales y las plantas. Yo antes era antropocéntrica total (en plan: “no tengo perro porque prefiero la compañía de un humano” o “yo es que soy urbana, y además la ciudad es mucho mejor que el campo, donde vas a parar”); ahora, en plan Diógenes, “más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, aunque no tenga. Esta mañana me he ido al García Lorca a leer el periódico y me he acercado a donde están los patos. Había uno negro y verde que tomaba el sol en la puerta de su caseta, hinchando las plumas del cuello. Otro nadaba tranquilamente por el estanque, moviendo sus pies palmeados como yo cuando hacía natación y sacudía mis aletas en la piscina. Aunque no estoy muy segura de que el estanque de un parque sea el mejor lugar para los patos, he pensado que es indudable que los animales saben lo que quieren y lo hacen, y que cualquier actividad humana que suponga lo contrario (que los animales no tienen intereses y que podemos hacer con ellos lo que nos apetezca, incluido encerrarlos de por vida para matarlos, trocearlos y comérnoslos) es un engaño para gente a la que le importa más su paladar que la ética.
Bueno, ya vale de lecciones por hoy… Sólo quería compartir esto con vosotros (es a elegir: o comparto esto o las apasionantes subdivisiones del hipotálamo, porque ahora mismo no hay mucho más en mi cabecita). Si podéis sacar algo de provecho, bien; yo voy a intentar seguir buscando mi camino.

martes, 7 de junio de 2005

La vieja táctica...

... de publicar cuentos antiguos cuando estás de exámenes y no tienes mucho tiempo para escribir;) Que conste que esta vez no es falta de inspiración, sino que estoy demasiado ocupada intentando que no me psicobiofollen como para andarme con chorradas literarias :p
Así que aquí os dejo un cuento del año que fui al taller de escritura (2003) y que está publicado en un librito que sacamos al acabar el curso. Sólo se hizo una miniedición para los del taller, pero si le queréis echar un vistazo pedídmelo, que es muy chulo, un libro de verdad, con sus tapas y todo (y sale una foto mía en la que estoy superguapa)(y soy la autora más joven de todos) xD. Como siempre, espero que os guste.

URBANISMO

Si aquella mañana Alfredo no hubiera tenido que atarse los cordones de los zapatos de camino al trabajo, no se habría dado cuenta de que habían quitado los bancos. Pero cuando fue a sentarse para rehacer los lazos advirtió que, en efecto, no había bancos, y en su lugar sólo quedaban los hierros desnudos que habían sido las patas.
Tal vez haya sido el ayuntamiento, que pretende renovarlos y que los sustituirá, como siempre, por algún horror vanguardista, pensó. Desde su casa hasta la oficina todos los bancos habían desaparecido, dejando siempre los mismos cadáveres tristes de patas metálicas. El ministerio de obras públicas cada vez está peor, se dijo. Vete tú a saber lo que pondrán ahora. Cuando regresó ya casi lo había olvidado; estaba en forma y los cordones de sus zapatos no se le volvieron a rebelar.
Al llegar a su casa escuchó a Mercedes en la cocina y el ruido de la tele en el cuarto de estar. Sobre el sofá Anselmo, su suegro, veía el telediario de las tres.
- Buenas tardes, Anselmo. ¿No sale hoy a pasear?
El anciano no respondió. Alfredo supuso que no le había oído. Pobre hombre, pensó, mientras le miraba observar el televisor con los ojos entrecerrados. Estaba medio sordo, pero no subía el volumen de la tele para que los demás no lo notaran.
Al volver al la salita revisó el correo, que le esperaba encima del aparador. Le llamó la atención un sobre azul, alargado y de letras sobrias. Señores de Rodríguez Vera, decía el sobre. Le dio la vuelta. Ministerio de obras públicas, ponía en el lugar del remitente. Rajó el borde con la uña y sacó el papel, un folio blanco, con membrete y varias filas de letras de imprenta.
- ¿Qué es eso? – preguntó Mercedes, llegando desde la cocina con los platos y los vasos en equilibrio.
- Una carta del gobierno – dijo Alfredo -. Veremos a ver.
- Anda, no será nada.
- “El ministerio de obras públicas y, con él, el Gobierno Central, tiene el gusto de informarle de las nuevas disposiciones adoptadas a partir de hoy en materia de urbanismo – leyó Alfredo, mientras se sentaba a la mesa a medio poner -. Se informa a los ciudadanos de que a partir de hoy se eliminará el mobiliario urbano para usos de esparcimiento. Esto se debe al mal empleo que de éste se viene realizando, y que fomenta actividades relacionadas con la violencia juvenil y las pandillas”.
- Bendito sea Dios – dijo Mercedes.
- “Para evitar en lo posible los daños que esta disposición pudiera causar eventulemente a colectivos como las personas de la tercera edad o los afectados por una minusvalía física, el ayuntamiento de su ciudad instalará, en breve, zonas de reposo y ocio urbano, techadas y convenientemente vigiladas. Deseándoles que disfruten al máximo las ventajas que de estas disposiciones se derivarán, se despide atentamente nosequién talycual, secretario de yonosedonde” – terminó de leer Alfredo - Zonas de reposo y ocio. Estamos locos, desde luego.
Mercedes sacudió la cabeza mientras colocaba los cubiertos a ambos lados de los platos.
- De todas formas, tienen razón en lo del pandilleo, ¿eh, Alfredo? O me vas a decir tú que tiene buena pinta el grupito ese que se junta los viernes enfrente del portal.
- Ya, mujer, ya. A ver si llega ya el niño y podemos comer, ¿no? – preguntó Alfredo.
- Eso digo yo. Pero tú sabes que este hasta y media no aparece, se queda ahí tonteando con los amigos y se le olvida mirar el reloj.
- ¿Y tu padre, ya ha comido? – preguntó Alfredo, mientras se servía un plato de sopa.
- Ajá. ¿Quieres pan frito para la sopa?
- No, déjalo, a ver si me pongo un poco a régimen.
Sonó el timbre y Mercedes abrió.
- Hombre, Alfredito, hijo, cómo tú por aquí, qué honor tenerte en casa a la hora.
Con un hosco resoplido, Alfredo hijo fue hacia su cuarto.
- Yo voy a empezar ya, con vuestro permiso, que esto se enfría – declaró Alfredo, removiendo con la cuchara su plato.
Volvió la mirada hacia el televisor. Emitían un anuncio de un modelo nuevo de Nissan. El viejo Fiat estaba hecho polvo. Tal vez, pensó Alfredo, mientras soplaba una cucharada de caldo para enfriarlo, podríamos comprarnos uno de esos, a plazos. Es bonito.

miércoles, 1 de junio de 2005

Así nos va

Cosas que puedes hacer para cambiar el mundo:

Primero: FUMA PORROS. Esto es fundamental. En este mundo de hoy, si no fumas porros no eres nadie. Es una forma activa de protestar contra el sistema, ¡claro que sí! Siéntate toda la tarde en un lugar y fuma, chaval. Que no te importe estar contribuyendo de forma activa a la explotación, los cultivos ilegales, las mafias y el enriquecimiento de unos pocos. Si estás más implicado, puedes hacer campaña a favor de la legalización del cannabis. Claro, tú tienes buenas intenciones, estás en contra de tooodas las cosas malas que implica su ilegalidad: entorpecer su uso terapéutico, las adulteraciones… ¡qué bueno eres! Pero mientras sigue fumando tu costo recién salido del culo de un moro, claro está. Eso, perdonad que os diga, es como comer jamón e ir a protestar al matadero.

Segundo: viste RARO. No hace falta que te favorezca; basta con que sea raro. Puedes emplear el mismo esfuerzo que una pija en componer tu ropa de hippie, pero sin duda lo tuyo estará mucho mejor visto por los de tu clan. Además, no es necesario que la ropa que llevas sea escogida en función de, digamos, sus materias no-animales, su fabricación artesana o su comercio justo, qué va; basta con que encaje con tu estilo. Tienes permiso para la incoherencia: llevar banderas de Jamaica sin tener ni puta idea de ese país, de los rastafari o de su ideología; usar camisetas del Ché sabiendo sólo que se apellidaba Guevara o ponerte una palestina al cuello sin poseer más noción del tema que la básica.

Tercero: haz malabares. Emplea horas y horas de tu tiempo en dominar un objeto (cariocas, bolas, mazas, palos chinos…) de la mejor forma posible. Luego emplea más horas y horas en mostrar a los demás tu habilidad. Aprovecha tu divina juventud y fórmate: ¡aprende malabares!

Cuarto: toca los timbales, la llamada de guerra de la revolución moderna. Tu sonido dotará al ambiente de ese aire chachi-étnico que hará que tú y los de tu grupo sintáis que sois diferentes. Muy bien. Si no sabes tocar los timbales, no pasa nada; cuando escuches a alguien que lo hace, di “qué guapo”, menea un poco las caderas y haz tu contribución al universo hippie-guay.

Quinto: hazte rastas, piercings, tatuajes. Sí señor; tú has aprendido que en este mundo lo importante es el exterior, y los grandes cambios, los de fuera. Ofrece una alternativa: en lugar de tatuarte el conejito de playboy, tatúate un tribal que signifique algo profundo.

Sexto (aplicable a diversos ámbitos de tu vida): haz lo mismo, pero diferente. Es decir: en ver de comprar en X, compra en Y; en vez de consumir pendientes de plata, consúmelos de madera; en vez de ir a tal bar, ve a tal otro; en vez de alisarte el pelo, hazte rastas… Y tú que creías, como Miguelito en el de Mafalda, haber salido del montón de los que ven la televisión… y ahora estás en el montón de los que no la ven. Putada, ¿eh?

Séptimo: sobre todo, vuelve al redil. Que todos tus hábitos de vida sean reversibles, ya sabes: esos que cambiarás cuando trabajes, te asientes y te conviertas en adulto. Ahora eres joven: haz el loco. Buscar cambios reales, duraderos y enriquecedores para ti y tu medio NO es el camino. ¿Nunca has pensado que si te vas tanto al extremo es porque sabes que algún día tendrás que volver?
Y luego, cuando tengas coche(s), casa(s), barco y Digital Plus, no te olvides de contarles a tus hijos lo alternativo que eras tú a su edad.

PD1: Que nadie se sulfure; no quiero generalizar. Quien quiera, que se de por aludido.
PD2: No, no me creo superior. Pero es que los hippy-pollas, como los llama mi amiga PK, me ponen muy nerviosa. Como le pasa a mucha gente con los pijos, solo que lo mío es políticamente menos correcto. Qué se le va a hacer.