Esta vez parece que es definitivo. Te he perdido y, por lo que parece, no vas a volver. Ya había pasado antes, pero siempre volvías. Te resistías a separarte de mí. Ahora, sin embargo, creo que no hay duda de que se ha acabado.
Hoy me he despertado recordando la calidez de tu cuerpo. Nuestras siestas, nuestros sueños, cuando te colocabas sobre mí y respirábamos a la vez. La manera en que conseguías alegrarme el día en cuanto veía aparecer tu figura tras la puerta.
No sólo te agradezco todo el amor que me has dado, sino también lo mucho que te has dejado amar, aunque a veces hicieras como que no te dabas cuenta. A veces pienso que ésa ha sido tu misión en mi vida: dejarte querer, dejarme ser mejor persona dándote mi cariño.
Volviendo la vista atrás, me pregunto si hay algo que hubiera podido hacer para evitar perderte. Supongo que sí; siempre puede hacerse algo. Me digo que a lo mejor no estuve lo suficientemente cerca, que no lo hice todo lo bien que podría haberlo hecho. Al final no me queda más remedio que aceptar que las cosas son como son, que el tiempo no va a volver atrás, que tú nunca me has pertenecido. Que perteneces a la vida.
Déjame que haga un último intento: vuelve. Por favor, vuelve conmigo. Te necesito a mi lado. Nos quedan muchas cosas por hacer, muchos lugares donde vivir, muchos sofás por compartir. No te haces a la idea de lo mucho que me duele perderte.
Si no funciona y no regresas conmigo, espero de corazón que encuentres a alguien que te quiera al menos tanto como yo. Que te cuide como te mereces. Que sepa lo que te gusta, que se quede a tu lado, que te bese y abrace a menudo, que sepa disfrutar de tu olor limpio y cálido. Espero que estés bien, que seas feliz. Que la negrura del mundo no te coma.
Sin embargo, Clementina, gatita... te echo tanto de menos...
jueves, 22 de mayo de 2008
Pies
El podólogo no tenía éxito con las mujeres. Era inteligente, agradable y casi guapo, pero se daba cuenta de que, en cuanto decía a qué se dedicaba, las mujeres huían de él como si hubieran pisado algo viscoso. Todo el mundo sabe lo que hay bajo los zapatos, y más aún bajo los de las personas que necesitan ir al podólogo: uñeros, callos ásperos, olores recocidos. Al podólogo, en el fondo, no le extrañaba que las mujeres no quisieran ser tocadas por esas manos.
Hasta que un día, en un congreso sobre Patologías Contagiosas del Pie Humano, un colega le dio la solución.
- Es muy fácil – le dijo -. Sólo tienes que decirle a la chica la siguiente frase “Tus pies son increíblemente pequeños en relación con tu estatura”. A las mujeres les encanta saber que tienen los pies pequeños. Les hace sentirse deseadas. Tiene que ver con alguna forma perversa de feminidad: el rollo japonés de vendar los pies, o algo así.
A partir de entonces, justo después de confesar cómo se ganaba la vida, el podólogo decía su frase. El cambio operado en las mujeres era perceptible. Sus ojos brillaban, su postura se relajaba, la leve mueca de repugnancia que había contraído su boca al saber a qué se dedicaba se deshacía. El podólogo remataba con otras dos frases, esta vez de su cosecha: “En serio”, decía, “y yo entiendo de esto”. Luego dirigía una mirada preocupada a los pies en cuestión “¿seguro que no te aprietan los zapatos?”. Su interlocutora sonreía, levemente avergonzada: “Qué va, son de mi talla”. Después de eso, todo iba sobre ruedas.
Cuando ella llegó a su consulta, sin embargo, no pudo decirle nada. Sus dos esbeltas piernas estaban terminadas por unos pies largos y anchos, con el dedo pulgar ligeramente separado de los demás. El podólogo echó una vista a los juanetes, raspó callos, revisó un papiloma en curación. Miró a la mujer a los ojos, grandes y tristes. Era muy guapa.
- Tus pies – dijo, y no sabía cómo continuar -… Tus pies tienen mucho carácter.
Ella sonrió con dulzura.
- Son zarpas – dijo -, pero gracias.
- No son tan grandes. He visto a muchas mujeres de tu estatura, y te aseguro que entra en la media.
Como reprochándole su mentira, los dos grandes pies le miraban, flotando sobre el suelo al final de la camilla. Los dedos parecían alargarse buscando la luz. Ella volvió a sonreír y se incorporó, calzándose unos zapatos de tacón que tenían aspecto de ser caros.
- Bueno, pues nos vemos de aquí a un mes para echarle un vistazo a ese papiloma, ¿te parece?
La mujer asintió.
- Oye, eres mi última paciente. ¿Te apetece tomar una cerveza? – sugirió él. Ser podólogo no le había hecho fetichista. El resto del cuerpo de la paciente aún le interesaba.
Ella le miró mientras cogía su bolso. La luz de la tarde de verano había empezado a volverse mortecina, y después de apagar la lámpara halógena que utilizaba para trabajar, el podólogo apenas podía distinguir sus rasgos. Se quedó unos segundos en silencio y, finalmente, negó con la cabeza.
- No sabe lo importantes que pueden llegar a ser los pies – dijo.
Y sin darle tiempo a contestar, se marchó despacio, caminando hacia la puerta con sorprendente gracia.
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