El caso es que me aburro tanto que jugueteo con el móvil. Me aburro por mi culpa, ojo, que las supervisiones son interesantes; lo que pasa es que creo que estoy tan sensibilizada a la obligación de permanecer sentada en sitios que me rebelo enseguida. Abro la bandeja de entrada y actualizo. Recibo mucho correo interesante desde que abrí Psicosupervivencia, y es raro el día que los lectores no me sorprenden o me conmueven.
El suyo está pensado casi como un anuncio publicitario. "Hola, Marina - me dice -, ¿quieres tomar un café conmigo?". A mí me hace tanta gracia el comienzo que lo demás es casi innecesario, aunque agradezco la explicaciones, las propuestas y las frases graciosas. Me cuenta que le gustaría hacer algo parecido a la iniciativa de homo minimus, que pretende almorzar con una persona nueva distinta cada semana.
Yo a ratos me canso, francamente. De lo del blog, que alguien te lea, que quiera quedar contigo y demás, y de que luego tú estés en esa desventaja tan brutal y absurda, encajando o desencajando en vete a saber qué expectativas. Esta mañana, ya lo he dicho, no estaba muy católica, así que aunque el mail me hizo sonreír, casi pensé en decirle que no. O que bueno, que sí pero con unos mínimos: algo como un cuestionario sobre él que me haga sentir menos perdida. Debería contar con el factor psicópata más a menudo.
Aun así, nada más llegar a casa abro la bandeja de entrada y le contesto que sí, que claro, que me encantaría.
Y psé, pues no sé... en realidad podría ser divertido. Sigo sin estar muy católica, con la vida en general y con conocer lectores masculinos en particular, pero no puedo decir que no. No por nada, sino porque este mundo es raro y ya dije hace unos días que quería ponerme de lado de la honestidad. Y en este mundo raro, donde me anclan a las sillas más a menudo de lo que me gustaría, y la gente juega juegos que no entiendo, y tienes que mostrarte distanciada para mostrarte interesada y viceversa, que alguien se te acerque virtualmente un jueves por la mañana y te pregunte si te quieres tomar un café con él mola. Así, sin más. Mola. Y sigo cayendo porque me sigue molando, pese a las hostias. Me siguen fascinando el valor y la autenticidad. Siempre voy a querer jugar a ese juego.
Así que bueno, en esas estamos. En tomar café con desconocidos, otra vez. Obviando el factor psicópata, otra vez. Absurdamente arrojada, siempre. Y qué más da, chavales; tengo el tobillo bien, y el coco bien, y mañana es viernes.