Yo no soy una gran viajera. No sé si es porque no me interesa mucho o porque no he viajado lo suficiente como para que me pique el gusanillo. Decir que viajar no te interesa mucho es como decir que no te gustan los perros: un tabú en nuestra sociedad. Ojo, que no es que no me guste viajar; me gusta un montón. Simplemente, no lo priorizo. En los últimos años he dedicado gran parte de mi tiempo libre y mi dinero disponible a meditar. Mi amiga Elsa dice que a lo mejor ya hemos ocupado muchas vidas pasadas en tener experiencias emocionantes e irnos de fiesta, y que en ésta toca el viaje interior. No tengo ni idea. A mí me ha cuadrado así y ya está.
El tema del viaje interior versus el viaje exterior para mí ha estado claro por lo siguiente: yo no era feliz. Cuando uno no es feliz no importa lo mucho que huya: su infelicidad le perseguirá como su sombra. Creo que ya os he hablado alguna vez de mi gran enemiga existencial la angustia. Estar angustiado es horroroso. Cuando leí "Espartaco", en la parte final, cuando los crucifican a todos en la Via Apia, el autor habla de que hay quien se daba golpes en la cabeza contra el madero para morirse antes. Así me siento yo con la angustia. Quiero golpearme la cabeza contra la pared para que desaparezca. Ahora me pasa menos, pero antes de empezar a meditar tenía épocas en las que me pasaba así semanas. Semanas ininterrumpidas de querer golpearte contra un muro. Imaginadlo.
Cuando tenía veintidós años me di cuenta de que mi vida era estupenda: tenía un bonito piso en el Realejo, un novio moderadamente guay, una carrera que me encantaba, amigos, aficiones, una ciudad soñada y una familia disfuncional a nivel estándar que me quería bastante. Y aun así estaba angustiada. Ahí fue cuando decidí que me iba a meditar y mi vida cambió para siempre. Ahora considero que tuve un montón de suerte. Si mi novio hubiera sido un capullo o mi carrera una mierda, habría pensado que bastaba con cambiar eso para ser feliz. O que necesitaba irme a otro país o a otra ciudad. En lugar de eso, empecé a meditar. Goenka, el industrial birmano que organizó los cursos a los que yo voy, dice algo así en la introducción de un libro sobre Vipassana: "Cuando descubrí la meditación, fue como si toda mi vida hubiera vagado por calles oscuras y de repente alguien hubiera encendido la luz".
Confesión: llevo sin meditar un montón de tiempo. No sé exactamente por qué. MQEN dice que con esto de la meditación dar un paso hacia atrás es dar veinte. Es muy, muy fácil dejarse ir, sobre todo si uno se encuentra moderadamente bien. Mi madre dice que para meditar hay que encontrarse un poquito mal: si te encuentras bien, no meditas porque piensas que no te hace falta, y si te encuentras mal no puedes meditar porque estás muy desequilibrado. Yo ya he dicho que creo que últimamente estoy un poco desequilibrada, pero al menos es un desequilibrio en plan inocuo y guay. También creo que no voy a hacer nada de lo que no esté muy convencida. Meditar es duro de narices. Si no estás convencido se convierte en una tortura. Aun así, yo sé que volveré a meditar. Está ahí. También sé que todo el esfuerzo que he hecho hasta ahora ha dado frutos, aunque tenga que cuidarlos para que no se pochen.
¿A qué venía esto? Creo que al tema del viaje interior y el viaje exterior. De un tiempo a esta parte sí me apetece más viajar por fuera. Creo que estoy más preparada. Cuando uno viaja es fácil ponerse en modo aferrar. Aferrar experiencias, sensaciones, momentos. Estar todo el día con la cámara de fotos en la mano, querer probar todos los platos típicos aunque revientes, machacarse los pies en los museos, arrasar con la tienda de recuerdos. Ahora viajo distinto. Es una buena manera de experimentar la impermanencia, de fluir de una forma diferente. Saber que el sitio en el que estás y las personas a las que conoces se irán relativamente pronto. Encontrar un equilibrio entre aprovechar el tiempo y no asfixiarlo tanto entre los dedos como para que se te muera.
Últimamente también me da vueltas la idea de hacer un Gran Viaje cuando termine el PIR. Claro, que también me molaría hacer un Gran Viaje Interior e irme a vivir a un centro de meditación unos meses. Y también querría escribir una novela. Supongo que ahí está mi tema. La mayoría de la gente elegiría el Gran Viaje Normal. Entre irse tres meses a recorrer Sudamérica e irse tres meses a poner el culo en un cojín, o quedarse un año tecleando en silencio frente a un portátil, estoy convencida de que la mayoría elegiría Sudamérica. A mí el cojín y el portátil me parecen viajes igual de alucinantes. No sé.
Lo que sí sé es que para mí estar bien por dentro es condición indispensable para estar bien por fuera. Cuando tienes paz, la tienes en cualquier sitio, y entonces no es que los viajes molen: es que todo se convierte en un viaje. Y esa es la forma que a mí me gusta de vivir mi vida.