En esta vida hay muchas causas por las que luchar, así que elige una y lucha por ella. En mi caso, yo lucho por disminuir la cantidad de sufrimiento mental que tiene que aguantar la gente. Y ahora mismo, en concreto, mientras roto por Endocrino, soy una mujer en una misión, a saber: evitar la cirugía bariátrica.
La cirugía bariátrica, o reducción de estómago, consiste en que después de haber intentado perder peso un montón de tiempo con un montón de dietas bienintencionadas, sin que nadie te ayude a descubrir qué se esconde detrás de ese hambre que te devora, aterrada de vergüenza y de culpa, hundida porque te parece que el mundo no va a entender ni a aceptar nunca a nadie como tú... decides que lo único que puede hacerse contigo es abrirte en canal y cerrarte el estómago. Anular una parte de estómago y otra de intestino, disminuir tu hambre, limitar la absorción de nutrientes y obligarte por cojones a comer como es debido.
La gente adelgaza, ya lo creo que sí. También se desnutre con frecuencia preocupante, tiene diarreas, vomita, desarrolla problemas de imagen corporal, continúa teniéndole miedo a la comida y a su propio apetito. En mi opinión personal, la cirugía bariátrica es un puto drama. Y lo es porque, en realidad, es cierto que ahora mismo es la medida más efectiva contra la obesidad, y es cierto también que la obesidad en sí es un desastre. Para la imagen, la autoestima y la salud. Recordemos que no estamos hablando de personas con unos kilitos de más, sino de hombres y mujeres con ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos.
A mí me gustaría evitar aunque fuera una. Como Dios en Sodoma y Gomorra. Sacar a alguien de esa carnicería. Yo estoy convencida de que la relación con la comida es un noventa por ciento coco y un diez por ciento metabolismo, problemas de salud, genética o llámalo X. Hablas con las pacientes y todas te cuentan lo mismo: la ansiedad, la culpa, la vergüenza. Comer por aburrimiento, por impulso, porque "total, qué más me da". El horror de imaginarse una vida a dieta, las miradas de la gente por la calle y los niños que le dicen a la madre "mira, mami, mira ésa qué gorda". Por el amor de Dios: si incluso el MIR que ha entrado hoy a la consulta con la endocrinóloga ha dicho, literalmente, "qué asco de gordos".
Me generan mucha compasión. Igual que yo con mi AA (que, por cierto, creo que ha vuelto; más detalles en unos párrafos), los gordos se ven obligados a llevar su sufrimiento delante de la gente. Han tenido la desgracia de encontrar para consolarse algo que deja huella. Los demás pueden imaginar la cantidad de donuts, galletas y helados que se han comido y no deberían haber comido. Pueden apuntarles con el dedo y decir: "si tan sólo pusieras un poquito más de tu parte".
Como decía, creo que el AA ha vuelto. No puedo decir que me sorprenda, ni tampoco que no me importe. Creo que es el típico rebrote de otoño, combinado con los altos niveles de estrés que tuve que aguantar este verano, combinado con algún tipo de efecto secundario psicosomático de mis complejos y angustias. Así que estoy otra vez liada con lo mismo: que si mis dietas, mis ejercicios, mi relajación, mi paleofrikismo... mis cuatro cosas de sufridora cutánea. Y bueno, el lunes pasado pedí cita para mi médico de cabecera con un plan: pedir una derivación al dermatólogo y, posteriormente, arrastrarme sobre mis rodillas todo lo que hiciera falta para conseguir una receta de Roacután. Verídico. Era algo como "por el amor de Dios, se me está pasando la vida con esta puta enfermedad de los huevos". No podía más. Sencillamente, no podía más: no podía sola.
Puedo entender a los pacientes que se quieren reducir el estómago. Si yo me pudiera trasplantar entera la piel de la cara, lo haría. El problema es que no puedo, y que el Roacután, de hecho, es un tratamiento muy agresivo con muchos efectos secundarios, que te fríe el hígado, te daña las articulaciones, te reseca las mucosas y es tan perjudicial para un posible embarazo que te obligan a firmar un documento asegurando que vas a tomar la píldora. Y si yo realmente fuera al dermatólogo y le llorara por una receta de Roacután, sería un poco bastante hipócrita: dejándome la salud por el camino para tener una cara bonita durante un tiempo variable (porque el AA es como el mar: siempre vuelve).
Así que bueno, es una mierda esto de tener que llevar el propio dolor a la vista de todos. De verdad, es un ascazo. La pérdida de control, la vergüenza, el picor, el miedo. Leí hace poco la experiencia de otra chica con acné que utilizaba la expresión "inflicting my face on people". Algo como infligir mi cara a la gente. Es exactamente así como me siento en los días malos, y es (insisto) un sentimiento de mierda. Aun así, no os creáis; no lo llevo ni la mitad de mal que otras veces. Ando aquí experimentando con la enésima dieta superrestrictiva, durmiendo un montón y procurando tomarme la historia con calma. Ya se curará (o no).
Creo que ya lo conté, pero una de mis líneas de investigación sobre el AA fue la lectura de un libro sobre enfermedades psicosomáticas de la piel llamado Skin Deep. En él hablaba de que los problemas de piel cumplen una función en la vida de la persona, y tenías que buscar cuál era la que pensabas que se identificaba más contigo. Yo elegí dos. La primera era "your skin is playing sexual policeman", es decir: hacer de policía sexual. Creedme que es mucho más fácil pensar que la gente no te quiere por tu piel horrible que porque no les gusta cómo eres. Cuando me siento mal por el AA, ni siquiera me planteo intentar mínimamente ligar con alguien. No miro a los tíos a la cara.
La segunda era "your skin is telling the world you're not perfect". Tu piel le dice al mundo que no eres perfecta. Hay que joderse, pienso yo. ¡Claro que no soy perfecta! Claro que sufro. Sufro porque a veces me siento sola y tengo miedo del futuro, y a veces me da miedo la muerte, o que se me pase la vida, o que nadie más vuelva a abrazarme NUNCA, y la pobreza, y tener que volver a la casa familiar. Me da miedo la enfermedad mental, que toda la gente a la que quiero algún día se alejará o morirá. Me da miedo quedarme sola mientras todo el mundo forma hermosas familias felices, me da mucho, mucho miedo pasarme la vida probando dietas y milagros para librarme de esta puñetera lacra, pendiente de cómo me sientan las cosas, sin ser capaz de salir, tomarme una cerveza y un trozo de pizza, acostarme tarde y dormir poco.
Hoy es uno de esos días en los que me pregunto de qué coño va esto de la radical sinceridad bloguera, y qué clase de placer perverso encuentro en contaros mi vida. No lo sé. Algunas personas lo hacemos. Pienso en Geneen Roth, una autora que escribe precisamente sobre problemas de alimentación y que habla de su vida, sus desamores, sus problemas familiares y sus sentimientos con una crudeza impactante. Algunos lo hacemos. Pienso en cómo me siento cuando la leo y en qué misterioso mecanismo hace que saber que otras personas también pelean dificultosamente para salir adelante te haga sentir mejor.
Al final, lo malo de la gordura, del acné, de la diabetes, de otros mil problemas, otras mil historias de salud, es que nos aíslan. Me hablaba hoy una paciente de cuando le pusieron a dieta siendo niña y de cómo veía a las demás desayunar mientras ella sólo podía tragarse una pastillita verde con un vaso de agua. Dice que cree que lleva desde entonces intentando alimentar la privación de esa niña. Igual que ella quería sentarse a desayunar con las demás, yo a veces sólo quiero poder pedirme un mollete con aceite y un café con leche, y no preocuparme del gluten, del cortisol y la cafeína, de las proteínas y hormonas de la leche, de la inflamación, la hipoglucemia y todas esas mierdas.
Lo malo del AA es el aislamiento. Así que digo yo que esa es la respuesta: por eso lo escribo.
Pero supongo que al final todos estamos solos.