massobreloslunes: 2014

viernes, 10 de octubre de 2014

Escribe mejor, bitch


A veces me hago entrevistas en voz alta. Esto, que dicho así suena patético, es una técnica que leí en algún lado para establecer objetivos y averiguar cuáles quieres que sean los logros que los demás valoran de ti. Además, es un chute gratuito de neurotransmisores del placer para el cerebro: según me contó una vez mi amigo Anxo, hablar de uno mismo estimula las mismas áreas del placer que tomar drogas.

(Y sí, por eso nos mola tanto actualizar el estado de Facebook)

Hoy me ha entrevistado Victoria, de Masviva.net, y la experiencia ha sido tan satisfactoria como me esperaba, si no más. ¡Casi una hora hablando de mí, de lo estupenda que soy y del éxito de mi blog! Que es un éxito discreto, sí, pero profundo. Mi volumen de lectores es modesto, pero son tan amorosos que abultan el triple.

Ya os avisaré cuando Victoria, que es un encanto, publique la entrevista en su blog. Mientras tanto, espero que no le importe que divague un poco sobre lo que hemos hablado hoy. Me ha preguntado qué aconsejaría a la gente que quiere escribir. Tengo un post larguísimo sobre el tema aquí, pero mi opinión se resume en:

Escribe mejor, bitch.

¿Qué es escribir mejor?

Es escribir, para empezar. No seas uno de esos escritores que habla de escribir todo el rato y después no escribe. No pienses que deberías estar escribiendo: agárrate de tu propia coleta y siéntate a escribir. Escaquéate, pero vuelve siempre. Sé constante en tu inconstancia.

Es leer mucho, leer un montón. Leer a los escritores y blogueros que te gustan y averiguar por qué te gustan. Son claros y directos, ¿cómo lo consiguen? Son personales y te hacen reír, ¿dónde está el secreto? No es magia. Es técnica, trabajo y un soplo de talento. Siempre es mejor copiar algo bueno que innovar con basura.

Es revisar, revisar, revisar. Le decía a Victoria que si saber vestir es pasarse una hora pensando en qué vas a ponerte, y que luego parezca que te has puesto lo primero que has pillado, saber escribir es pasarte tres horas revisando tu texto y que parezca que te sale natural. No sale natural. NO. Escribe un borrador, olvídate del crítico y deja volar a tu imaginación... pero cuando llegue el momento de publicar, trae de vuelta al crítico y no tengas piedad.

Es, al mismo tiempo, ser bueno contigo mismo. Porque si te pasas con el crítico y te puede el perfeccionismo, nunca aprenderás de tus errores. "Lo mejor es enemigo de lo bueno", dice mi padre, y he ahí el problema de querer ser perfecto: que paralizarte no te ayuda a escribir mejor.

Es no tener miedo. Hacer caso a Hemingway cuando decía: "Write hard and clear about what hurts". Es identificar todos los "yo creo que", "en mi humilde opinión" o "bajo mi punto de vista" y tacharlos de un plumazo. Es convertir lo tibio en caliente o en frío.

Es que no te dé pereza buscar en la RAE, o leerte tres páginas de debate en un foro sobre gramática antes de decidir si quieres empezar tus frases con conjunciones. Es documentarse cuando toca. Es imaginar cuando toca.

Es ser tu mismo, sabiendo que, en realidad, tú no le interesas a nadie. Cuando un lector invierte en ti su tiempo, se pregunta "¿y qué saco yo de esto? ¿Qué tiene que ver lo que escribes tú conmigo?". Así que sé tú mismo si eso significa ser un humano empático, observador y entretenido. Si ser tú mismo quiere decir masticar tus neuras y hacer fotos con filtro a tu desayuno, entonces, por favor: ahórratelo.

Es no buscar excusas, y ser consciente de que aunque hay mucha gente escribiendo regular, hay poca gente escribiendo bien, y en en el extremo de la campana de Gauss todavía queda mucho sitio. Es escribir para la gente, no para Google. Es darlo todo cada día por hacerlo algo mejor, sabiendo que no es cuestión de suerte que te encuentren: es cuestión de practicar en la dirección correcta y tener un poquito de paciencia.

¿Quieres que te presten atención? Conviértete en alguien digno de ser atendido. ¿Quieres que te lean? Pues escribe mejor, bitch.

lunes, 6 de octubre de 2014

Ya no tengo miedo de algunas cosas

En esta vida puedes hacer las cosas por dos razones: por deseo y por miedo. Y curiosamente Psicosupervivencia, mi estupendo blog sobre psicología y autoayuda, era un blog basado en el miedo. Miedo a que no me fuera bien como escritora, a que nadie quisiera contratarme, a terminar debajo de un puente. Era una especie de "seguro": una plataforma profesional para ganarme la vida como se supone que debo hacerlo.

Como algunos ya sabréis, hace unos cuantos días anuncié el cierre temporal de la página. Es un cierre simbólico, porque se queda ahí para quien quiera leerse los artículos, pero viene a decir básicamente que por un tiempo voy a pasar de la psicología y a ser ser solo escritora y escaladora. No está mal.

Hace un rato hemos salido Pablo y yo a pasear. Ayer fuimos a escalar, y apretamos nivel no poder abrir tarros hoy, así que me he tomado el día de descanso. Cuando no escalo, Pablo me saca por las tardes de paseo como a las maris que tienen alto el colesterol. Paseamos por la carretera, que es algo como muy de pueblo. Al principio, caminábamos por el arcen de la calzada principal, por la que apenas pasan coches. ¿Sabes cuando vas con el coche por la montaña, y de repente ves a un señor o señora caminando, y te preguntas "a dónde irá este"? Yo ahora lo sé: el señor es de pueblo y la carretera es su calle. Pero ahora cruzamos el puente que hay frente a casa hasta otra carreterita pequeña, que cruza entre olivos junto al río y por la que sí que no pasa nunca nadie. Mientras paseamos, comemos moras silvestres, señalamos las nubes bonitas y nos desviamos cuando vemos algo interesante. Si llueve, jugamos a sacudir las gotas de lluvia que se han quedado suspendidas en las flores.

"Nuestra vida es como una droga de diseño", me decía Pablo hoy. Él no tiene angustias ni neurosis respecto a vivir aquí. En mis días malos, yo le pregunto si acabaremos solos y aislados, porque no vamos a tener hijos, la gente con hijos no querrá ser amiga nuestra y si seguimos mudándonos cada dos por tres, todos nos olvidarán. Él no se preocupa por eso y tampoco por acabar debajo de un puente. Se limita a vivir como un mercenario de la roca, escalando con quien le ofrece el mejor seguro, a declarar todo el rato que es súper-feliz y a repetir las tres palabras que sabe en catalán (perro, ensalada y agua).

Hoy, mientras olfateaba el aire de otoño y escuchaba el río, yo tampoco tenía preocupaciones. Todo va a salir bien. Esta mañana he escrito 4698 palabras de mi novela, y cuando releía antes de comer me he echado a reír un par de veces. Con mi propia novela. Con gente que solo existe en mi cabeza. ¿No es eso genial? Escribir esta novela no nace del miedo: nace del deseo, en el mejor sentido de la palabra. Y ya he dicho muchas veces que no va a ser una obra maestra de la literatura, porque es demasiado banal y desvergonzadamente romántica, pero me chupa un pie. Si vosotros también os reís leyéndola, me daré a mí misma un high five virtual y estaré más que preparada para irme debajo del puente. Total, lo tengo enfrente de mi casa.

Gracias por la parte que os toca. Me siento cuidada y querida por vosotros, mis lectores. Muchos de los suscriptores de Psicosupervivencia se han unido también a esta lista de correo: son amor. Os saludo y os doy la bienvenida. Este blog ha sido (casi) siempre fruto del deseo, así que quizá la experiencia de lectura sea diferente.

Ahora todos mis planes, mis proyectos y mis ideas se resumen en una frase: voy a escribir libros y a venderlos. Además, no pienso preocuparme por la parte dos hasta que no haya terminado la uno. Y entretanto, me pienso poner inhumana de fuerte con ayuda de un plan de entrenamiento que hemos elaborado Pablo y yo.

Así que ya sabéis. Que tiemblen las estanterías virtuales de Amazon. Y los tarros de conservas.

Este no es nuestro paseo nocturno. Es la bajada a Espadelles, uno de nuestros sectores favoritos.

viernes, 3 de octubre de 2014

Por qué me ha encantado "Open" (las memorias de Agassi)


¿Por qué alguien como yo, que ha visto tres partidos de tenis en su vida, que dio clases durante un mes con resultados nefastos y que puede nombrar como mucho a una docena de tenistas, se interesaría por la biografía de Agassi?

Está claro: por culpa de Internet. Porque leí aquí que era una lectura recomendable para todos los públicos, así que me descargué el fragmento de prueba de Amazon, y cuando llegué al final, ya estaba vendida.

"Open" es una muestra clara del poder de ofrecer intimidad. Después de un verano mediocre en lo que a lecturas se refiere, Agassi (y su colaborador, el Pulitzer Moehringer) me han tenido pegada al Kindle durante tres días seguidos. Todo por el oscuro encanto de mirar dentro de las tripas de alguien.

Me cae bien Andre, o la imagen de Andre que da el libro. Me da la impresión de que pertenece al club de los imperfectos: a las albahacas existenciales. Es de los que no llega a las cosas por el camino recto, y eso me gusta. Me recuerda a mí misma, que siento que voy por la vida como si esquiara: quizá vaya en la dirección correcta, pero me desvío hacia los lados constantemente.

El estilo es directo, sencillo, pulido. Consigue resumir partidos y más partidos, temporadas enteras de tenis, en unos cuantos párrafos que no aburren. Cuando describe un partido más despacio, lo hace dándole el peso de una épica batalla de gladiadores.

Lo que más me gusta de la buena escritura es su capacidad para convertir algo que te importa un carajo (el tenis) en una emoción universal con la que se puede identificar cualquiera. No importa que yo en mi vida haya jugado un partido profesional, me haya codeado con estrellas de Hollywood o haya oído a miles de personas corear mi nombre. Agassi habla de amor, de pérdida, de victorias y derrotas. Convierte una afición friki en un lenguaje universal. Consigue importarte y que quieras que todo le vaya bien. Cuando Pablo, que jugó mucho al tenis en su adolescencia, me contó que su favorito era Sampras, le dije: "¿Sampras? ¿En serio? ¡Pero si es el malo!"

Gracias, Agassi, por compartir tu verdad con tanta crudeza. Me has hecho sentir que vamos todos en el mismo barco, y que como leí una vez en un libro sobre meditación, la vida es una sucesión de sensaciones agrables, desagradables y neutras para todos: para ti, para mí, para Brad Pitt y para Obama. ¿Sabes qué pienso, de hecho? Que lo más importante ha sido que sacaras el coraje de escribirlo todo. Porque ahora tu vida no es solo ese conjunto de sensaciones. Ahora es una historia. Las historias son tristes, alegres o estremecedoras, pero sobre todo son buenas o malas. Y la tuya es buena.

martes, 30 de septiembre de 2014

No toméis pastillas para el mareo

He de dejar de leer autoayuda anglosajona, sobre todo ahora que me he retirado (temporalmente) de la psicología. ¿Por qué? Pues porque esa pandilla de chungos millonarios que viven de sus ingresos pasivos te cuentan su vida como una sucesión de escalones sencillos y blancos hacia el desarrollo personal. Unas iStairs de la felicidad.

Yo me parezco más a la albahaca de mi balcón. Una semana la riego mucho y se pone estupenda. Luego se me olvida y amenaza con morir. Después un día, sin que haya habido ningún cambio en su régimen de regamiento-cuidados, decide mustiarse. Al siguiente se le pasa. Así soy yo.

Cuando empecé mi último reto de autosuperación, a saber: escribir mil palabras al día, estaba contenta. Aguanté las primeras tres semanas sin problema. Había cogido carrerilla con mi novela, y normalmente apretaba el botoncito de la app que he usado para llevar la cuenta a eso de las nueve de la mañana. Estaba contenta, orgullosa. "Así que he formado un hábito", me decía. Ya no era una albahaca ciclotímica. Me estaba convirtiendo en gurú.

Entonces me fui a Cancún, y decidí que allí también iba a seguir con mi reto. Establecí una rutina: cada noche llegábamos de ponernos como cerdos cenar en el bufé, Pablo se tendía con aire insinuante en la cama king size mientras sostenía en la boca una chocolatina del minibar y yo le decía: "Quieto ahí. Tengo que escribir". Me sentaba con el ordenador, divagaba durante un rato y para cuando terminaba, Pablo ya llevaba un rato roncando. Entonces yo me iba a dormir el sueño de los justos, sintiéndome muy satisfecha con mi fuerza de voluntad.

No iba mal hasta que apareció la biodramina. El tercer o cuarto día de nuestro viaje, decidimos hacer una excursión a Isla Mujeres, una isla cercana a Cancún, que incluía hacer snorkel con los corales y un paseo por un pueblito pintoresco. La excursión la haríamos en el Trimarán Lupita: un barco de aspecto dudoso cuya tripulación parecía estar formada por expresidiarios.

No he encontrado fotos de la tripulación

Antes de llegar al Trimarán Lupita, mi madre sacó de su bolso una caja de biodraminas: las pastillas para el mareo que me daba cuando era pequeña. Me la envolvía en un chicle Boomer de fresa ácida; a partir de entonces, los chicles Boomer me empezaron a dar mareo.
- ¿Quieres una? - me preguntó.

Reflexioné y recordé que el día anterior me había mareado por balancearme en la hamaca mientras leía.
- Sí, por favor.

Nos montamos en el Trimarán Lupita, donde saqué unas cuantas fotos a Pablo. Se había comprado una gorra y unas gafas de sol, y parecía un famoso al que persiguen los paparazzi. Era inevitable sacarle fotos.

Casi me hace pagar por la exclusiva

Aguanté sin mareo, bebiendo V8 como una posesa, hasta que llegamos a Isla Mujeres. Snorkeleamos sin estridencias y después atracamos en una calita para turistas, donde podríamos hacernos fotos con un tiburón y comer en un bufé libre.

El tiburón estaba encerrado en una piscina y medio muerto, así que boicoteamos la actividad no haciéndonos fotos con él. En comparación con nuestro hotel y sus cuatro tipos de melón, el bufé libre parecía el rancho de la cárcel de nuestra tripulación, pero comimos algo. Entonces empecé a sentir cierta somnolencia.
- Me caigo de sueño - dije -. ¿Será el jet-lag?
- Eso es la biodramina - dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿La biodramina da sueño?

Entonces pasé de tener algo de modorra a estar casi en coma. Sentía el medicamento fluir por mi cerebro. Me sugestiono pronto.
- Necesito tumbarme.

Pablo me llevó a la última hamaca que quedaba libre. Mi madre se sentó en una silla a leer y él se echó en el suelo. Una parte de mi cerebro registró que debía cederle el sitio a mi madre, pero todo me daba igual. Me sentía DROGADA.

Medio segundo después, Pablo me llamó.
- Cariño - dijo -, el barco se va.
- Me da igual. Me quedo aquí a vivir. Dormiré en la tumbona y comeré bufé carcelario.

Me arrastró de nuevo hacia el Trimarán Lupita, donde me tapé la cabeza con mi pareo y me quedé dormida en cubierta.

Mi tarde continuó como sigue:
- Visita a Isla Mujeres = arrastrarme a un bar y tomarme un sorbete de fresa bajo el ventilador.
- Regreso en el Trimarán Lupita = siesta.
- Llegada al hotel = ???
- Cena = ???

Entonces llegó el momento de las mil palabras. No iba a flaquear. Tenía que cumplir mi compromiso, aunque solo fuera por apuntarlo en mi app. Pablo, que estaba hecho polvo de sol y de arrastrarme por ahí, se quedó dormido enseguida, sin hacerme siquiera su numerito sexy. Yo me senté en la cama, coloqué el portátil en mis rodillas y empecé a escribir.

Lo que siguió fue seguramente la sesión de escritura más lamentable de mi vida. Consistía en escribir un párrafo, quedarme dormida, despertarme bruscamente y tener que releer el párrafo para recordar qué narices estaba escribiendo.

Después de luchar durante un rato, conseguí escribir las mil palabras y me fui a dormir. Al día siguiente, revisé el texto y encontré frases como esta:

"Me juraba que no iba a probar la rata de coco. Pero lo sigo probando."

¿Qué es la rata de coco? ¿Algún plato mexicano exótico? ¿Lo habría probado la noche anterior?

Mi error fue corregir sobre la marcha la mayoría de las burradas que escribí. Debería haberlas dejado y convertirme en una Jack Kerouac de las vacaciones de lujo.

Seguí con las mil palabras todos los días, y me mantuve alejada de los barcos y de las sustancias. El día de nuestra vuelta, con el desfase horario y el estrés del avión, me salté un día de mi desafío. Pensé: no pasa nada, ya lo recuperaré mañana.

Y hasta hoy.

Pero bueno, qué le vamos a hacer. Sigo siendo una plantita existencial. Tengo mis días y necesito un cuidado constante. Por otra parte, qué queréis que os diga: tiene mucho más encanto mi albahaca que una estúpida escalera de diseño.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cancún para gafapastas

¡Hola, queridos!

Por fin consigo sentarme a escribir algo coherente en mi retiro hedonista cancunés. En estos días he estado cumpliendo mi reto de las mil palabras con textos medio dormidos que escribo antes de irme a la cama, con la cabeza embotada de sol y bufé libre. El resultado es impublicable incluso para los estándares de este blog.

Hoy, sin embargo, ha habido tormenta a mediodía y he aprovechado para dormirme la siesta, así que me encuentro fresca y con ganas de charlar. Además, funciona la wifi en la habitación. Que un hotel que te sirve tres tipos de salmón en el desayuno tenga una wifi tan horrible es algo que escapa a mi entendimiento.

¿Qué opino de la experiencia Cancún-resort-de-lujo-todo-incluido? ¿Qué puede esperar una pseudointelectual de este parque temático para adultos?

Hoy iba con Pablo a alquilar un coche para visitar mañana los cenotes de Tulum y le he dicho que una cosa que me gusta de él es su capacidad para disfrutar de todos los planes, sean los que sean. Pablo es feliz en un hotel de cinco estrellas y en una tienda de campaña. En el ambiente hipster de mi generación, queda como mal meterse en un todo incluido a beber cocolocos. No te integras con la cultura local ni aspiras el ambiente del entorno. Pablo va por ahí tan contento, jugando al voley-playa y poniéndose de un bonito moreno dorado, y le da lo mismo ver ruinas que tirarse en la hamaca a leer Antifrágil. Y yo me enamoro más de él a cada día que pasa.

La experiencia está superando mis expectativas. Me imaginaba algo más bien cutre, con gente muy borracha y bufé libre de perritos calientes y pasta bolognesa. En cambio, el hotel es muy elegante, con un ejército de personal amabilísimo que mantiene por las nubes tus niveles de hidratación. Hay algunos huéspedes borrachuzos, pero no son la mayoría. Pablo y yo nos mantenemos fieles al agua con limón, y yo me he vuelto adicta a los V8: unos jugos vegetales parecidos al zumo de tomate. El primer día me dieron asco, y ahora ando persiguiendo por los pasillos a los del carrito del minibar para que me den latas extra.

(Esto ya me lo hizo Bertín con el gazpacho. Si es que no aprendo)

La piedra filosofal de la experiencia pulseril es la falta de fricción. Una psiquiatra amiga mía de Cádiz decía que el problema de la vida es que está llena de detalles molestos. Aquí esos detalles no existen. Te quejas, por ejemplo, de que los postres son distintos cada día, y entonces no puedes repetir el que te gustó ayer; o de que con el sol se te calienta muy rápido la bebida que te acaban de traer a tu tumbona; o de que el agua de una de las tres piscinas no está lo bastante fresca.


Cosas así

Es decir: que mi recomendación es que mientras más descompresión necesite tu vida, mejor te sentará una estancia de todo incluido. Yo soñaba con algo así cuando me pasaba el día escuchando penas en Salud Mental. Ahora lo estoy disfrutando mucho, pero el contraste con el resto de mi vida es menor. No estoy deprimida pensando en volver al trabajo porque vuelvo a mi vida de escritora, escaladora y emprendedora full-time.

Ahora voy a contestar a una lista de FAQs que me he inventado, porque a nadie le importan tanto mis vacaciones como para preguntarme por ellas:

Pregunta: ¿No te aburres?
Respuesta: No. Al contrario. ¿Y sabéis por qué? Porque tengo LIBROS. La mayor lujuria del mundo para mí es leer, y aquí estoy leyendo un montón. En una hamaca, en una tumbona, en la cama del hotel: leo, leo y leo, y eso me hace feliz.

Además, no solo estamos playeando; también hemos viajado en barco, visto ruinas, cenotes, arrecifes de coral y pintorescos puestecitos de artesanía.

P: ¿Vale lo que cuesta?
R: Me resulta difícil de juzgar, porque vengo invitada. Si fuera mi dinero, seguramente no lo haría, porque me sentiría culpable dejándome meses de subsistencia en una semana a todo trapo.

Opino que este tipo de viajes solo pueden (y deben) hacerse si no comprometen tu estabilidad económica. Yo casi me arruino cuando fui a EEUU, pero no me importaba porque era la ilusión de mi vida y me pasé tres semanas vagabundeando por allí. Además, me traje un souvenir interesante.

Fuck yeah.

P: ¿No te sientes mal porque otra gente limpie tu basura y te traiga cocolocos? ¿Acaso no es injusto?
R: A ratos tengo ráfagas de culpa, pero no es por eso. Es culpa porque considero que llevo una vida buenísima y que he tenido una suerte enorme, y no solo me veo más afortunada que los que trabajan en el hotel, sino que la mayoría de los huéspedes; esto quizá sea un sesgo egocéntrico, pero estoy muy satisfecha con mi vida últimamente. Por otra parte: ¿quién soy yo para juzgar las elecciones de los demás, o la felicidad que obtienen con lo que hacen? Así que me encojo de hombros y trato de aceptar que cada uno tiene su propio karma.

P: ¿Alguna queja?
R: Como siempre, mis quejas son de tipo acústico. Desde la mujer que consideró apropiado ponerle a su hijo "el Pollito Pío" en el móvil a todo trapo mientras los demás desayunábamos, hasta la competición entre hoteles de hoy por ver qué orquesta al aire libre tocaba más alto. Pero nada que no se pueda tolerar con paciencia, asertividad y tapones para los oídos.

P: ¿Recomiendas la experiencia?
R: En general, sí. Es divertido, y hace menos daño al medio ambiente que los pañales de los hijos de muchos hippies. Además, aunque no te aporte mucho en términos de conocer la cultura del país o de meterte hasta el último rincón sórdido o pintoresco, te da otras cosas. Las playas, por ejemplo, son brutales, y una playa semiprivada no es en absoluto lo mismo que la Caleta llena de maris jugando al bingo. La tranquilidad de no tener que decidir demasiado te ahorra broncas con tus compañeros de viaje, lo que está muy bien si tu grupo es tan dispar como el nuestro. La comida es deliciosa y sana, y te ahorra tener el estómago hecho mierda; cuando fui a EEUU acabé no pudiendo tomarme ni el café de Starbucks. En el hotel se lo curran para entretenerte, y si te dejas llevar por el ambientillo, te lo puedes pasar bien.

Eso es todo desde el hermoso Caribe. Además, este artículo ya tiene más de mil palabras y al final me ha entrado sueño.

Se os quiere.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

El misterio de los perros fantasma



Estoy en el avión de camino a Cancún y, sin embargo, hoy quiero hablaros de algo que nos tiene intrigadísimos a Pablo y a mí: el misterio de los perros fantasma. Lo comparto con vosotros por si alguno sabe darle explicación.

Hace dos días fuimos a escalar por la mañana a Espadelles: una zona en la parte alta de las montañas que rodean Margalef. Eramos los únicos escaladores del sector, y solo se escuchaba el sonido leve del viento entre los matorrales. Trapamos un par de vías, y cuando Pablo estaba en la tercera, comenzamos a oír un ruido lejano de campanas.

“Deben de ser cencerros”, dije yo. A menudo, las zonas de escalada también son áreas de pastoreo. En Grazalema no es extraño ver invadido el sector por varias decenas de cabras y por un pastor que les grita: “¡’Vamos, cabra estúpida! ¡Me voy a cagar en tus muertos!”. [Yo también pensaba que los pastores eran gente sosegada, pero al menos el de Grazalema está muy loco]

Sin embargo, se escuchaba demasiado flojito como para que fuera un rebaño. Entonces aparecieron por detrás de unas plantas tres perros flacos con campanas en el cuello, merodeando despacio a nuestro alrededor. Miré en su dirección, esperando a ver a algún humano acompañante, pero estaban solos. Cuando se acercaron, pude ver que cada uno llevaba un collar naranja fluorescente, otro grueso de tela con un número de teléfono y un nombre, la campana y un dispositivo de plástico negro, parecido a lo que se le pone a la ropa para que no la roben.

Los perros se acercaron a mí, que estaba asegurando a Pablo desde el suelo. Tenían los ojos enrojecidos y el pelaje apagado. No me gustan mucho los perros, así que les solté un par de frases neutras (“¡Hola, perros-oveja!”) y seguí asegurando. Ellos no se detuvieron a mi alrededor, ni pidieron comida, ni ladraron; simplemente, se alejaron en la otra dirección, haciendo sonar sus campanitas.

Al cabo de un rato volvieron. Pablo ya estaba abajo, y como él no comparte mi ¿misocinia? ¿alergia perruna?, empezó a llamar a los perros oveja:
- Vengan-para-acá-gorditos-presiositos - decía. 

Los perros pasaban de él. No huían ni se acercaban; simplemente, seguían su extraño ritmo merodeador. Finalmente, se fueron por donde habían venido, hasta que el ruido de las campanas se perdió en la distancia.

Ahora, nuestra tranquila vida campestre está llena de preguntas. ¿Quiénes son esos perros? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Por qué llevan dos collares, una campana y una especie de antirrobo? ¿Por qué están tan flacos? ¿Por qué no interaccionan con los humanos? ¿Son perros-bomba? ¿Perros espía? ¿Practican en sectores de escalada, para después ser camuflados en misteriosas misiones secretas?

Ayer por la noche, mientras estábamos tumbados en la cama antes de dormir, Pablo dio un respingo y me dijo: 
- Boluda - lo sé: los perros son gorditos-presiositos, pero yo soy Boluda -, qué susto. Estaba quedándome dormido y pensé que el ruido del lavaplatos eran los perros de esta mañana, que habían entrado en casa.

Entre eso y Justin Bieber, me acojoné.

Ahora, a cada rato, cuando uno de los dos quiere inquietar al otro, nos decimos: “¡Qué miedo los perros fantasma! ¿Verdad? ¿Qué carajo era eso?”. Y nos morimos del susto.

Ya sé que en nuestra vida infraestimulada cualquier cosita puede sacarnos de quicio; a veces me entretengo en el puente de madera que hay frente a casa para hacer que las luces fotosensibles se enciendan cuando les pongo el pie encima. Pero ¿de qué iban esos perros? ¿Alguien lo sabe? ¿Va a convertirse Massobreloslunes en un blog de terror rural? Agradecería sinceramente la respuesta a todas o a alguna de esas preguntas.


Seguiremos informando.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Me voy a Cancún a bajarme el CI a fuerza de playa

Mañana nos vamos a Cancún. Todavía mejor: nos vamos a Cancún gratis. Mi madre nos invita a toda la familia a pasar ocho días en un resort de lujo.

Cuando empecé a trabajar, en verano siempre me apetecía ir de pulsereo a un todo incluido, a tirarme en la playa en modo muerte cerebral. Es un sentimiento natural cuando eres psicóloga y te pasas el día oyendo las penas de la gente. Lo que pasa es que como siempre me las he dado de hippie y de alternativa, acababa yéndome por ahí con la furgo o a surfear sofás ajenos. Pero en mi interior había una Marina que soñaba con tirarse a leer en una hamaca con un cocoloco en la mano.

Ahora, por fin, mi sueño está a punto de hacerse realidad. Bueno, no Mi Sueño. Un sueño secundario y medio ridículo que tampoco me hubiera importado no cumplir. Las circunstancias han cambiado: ya no escucho penas de gente, e incluso me sorprendo leyendo los periódicos para mantener estables mis niveles de desgracia ajena. Vivo muy tranquila en un pueblito perdido y mi mayor fuente de estrés es la misteriosa pintada de Justin Bieber que hay en nuestro armario. A pesar de eso, me hace una ilusión tremenda el plan Cancún.

J., mi ex, decía que él no sería capaz de estar tirado en una playa y pensando "esto es México". Pues yo sí. No he comprado guía, ni me interesa la historia mexicana, ni la comida, ni conocer a coloridos personajes cancuneses. De verdad. Quiero ir a la playa, porque llevo dos meses sin tocarla, y quiero comer sushi en el restaurante japonés del hotel, porque con mi novio vegano solo voy de tofu en tofu, y quiero pedir servicio de habitaciones porque me hace ilusión, y quizá darme una sesión o dos de Spa. Quiero hacer snorkel, pero poco, porque el mar me da miedo (lo sé, lo sé, el nombre me lo pusieron regular), y no me importa que no me dé tiempo a sacarme la licencia para bucear, o lo que quiera que haga falta para ir con bombona porque, honestamente, el buceo me aterra.

Me da igual que irse a un resort de lujo en Cancún sea un poco decadente y nada, pero nada intelectual. ¡El hotel tiene un restaurante de algo llamado "comida molecular"! Y una cama gigantesca para compartir con Pablo, y ducha de lluvia, lo que quiera que sea eso, y cafetera en las habitaciones. Y playa, señores, PLAYA. De arena blanca, semiprivada, con aguas azules y... bah, me da igual cómo sea la playa, ¡¡es una playa!!

A veces me da la impresión de que llevo AÑOS esnifándome el mundo como si fuera coca, no queriendo más que abrirme a los demás, conocer nuevos lugares, nueva gente y ampliar mi zona de confort. Esta mañana hemos ido a escalar Pablo y yo a Espadelles, una hermosa zona de desplomes en la parte alta de la montaña que hay sobre el pantano. No os aburriré con grados y pegues, pero estoy escalando como una bestia. Paso un miedo que-te-cagas, claro, y me tiemblan los pies cada vez que los subo diez centímetros, y a cada nuevo paso pienso que los brazos me van a fallar. También escribo mucho, todos los días: este post es parte de mi desafío para escribir 1000 palabras diarias, y hoy es el 25º día consecutivo que lo cumplo. Avanzo a trompicones con mi novela y me pregunto si estoy escribiendo la mayor basura de la historia de la humanidad, y si tiene algún sentido pasarse diez años estudiando psicología y después retirarse a dárselas de artista.

Así que sí, de acuerdo: es probable que al segundo día esté hasta el potorro de playa y de sushi, o que mi estúpido fenotipo de falsa rubia me obligue a racionarme el sol, y que esté suplicando por una pirámide maya antes de que me dé tiempo a decir "otro cocoloco". Pero así a priori, unas vacaciones de relax decadente y diversión precocinada para turistas me parecen un plan estupendo.

Os dejo con una foto de mi maleta, con toda mi ropa enrollada para ocupar menos espacio. Es un truco que he aprendido hoy de Google y que está siendo la única luz divertida en el horrible túnel de hacer el equipaje.

Ni siquiera voy a llevarla como equipaje de mano. Es por entretenerme.

[Por cierto, me voy a llevar el ordenador y mi desafío de las 1000 palabras sigue en pie, así que lo más probable es que en estos días escriba para contar qué tal la comida molecular, el grado de mi moreno y otros asuntos importantes de nuestras aventuras cancunianas]

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Cómo se fomenta la lectura? ¿Y la masturbación?



Cuando era pequeña, todos los cuentos tradicionales me daban miedo. TODOS. Así que mi madre empezó a inventarse historias en las que solo pasaban cosas buenas. Un grupo de niños salía de excursión, celebraba un cumpleaños o iba a la playa, y todo iba estupendamente bien hasta llegar a la palabra FIN. Me grababa esas historias en un casette y me las ponía por las noches para que me durmiera.

Cómo saltó mi interés de las historias aconflictuadas de mi madre a los cuentos y libros de todo tipo, y después a querer escribir yo esos cuentos, es algo que se me escapa. Tampoco sé muy bien cómo empecé a leer, pero no recuerdo que nadie me obligara nunca. Más bien al contrario: yo quería leer todo el rato con una voracidad casi ridícula. Mis padres tenían que pedirme que leyera menos y que me relacionara con gente de verdad. Mi profesora me regañaba por pasar de sus explicaciones y leer mis libros debajo del pupitre. Mis habilidades sociales llegaban lo bastante lejos como para saber que pasar el recreo leyendo no era una buena idea, pero no me hubiera importado en absoluto.

Leía tanto que releía mis libros varias veces. Una vez aposté con mi primo a que era capaz de averiguar de qué libro se trataba, solo con que lo abriera al azar y me leyera un par de párrafos, y gané. Fulminé la biblioteca del colegio. Mi padre no me permitía comprar novelas con pocas páginas, porque "no me cundían", así que acabé leyendo Ben-Hur, Robin Hood o las obras casi completas de Julio Verne.

Toda esta introducción no es para vacilaros. Al fin y al cabo, a mí leer me gustaba. No tenía más mérito que mi amigo Maruchito Gamba, del que os hablaré otro día, y que se pasaba las tardes jugando a la Nintendo. Es para que entendáis hasta qué punto no empatizo con el concepto "campañas para el fomento de la lectura". Me sonarían igual de marcianas las campañas para el fomento de la masturbación adolescente.

Durante mucho tiempo, pensaba que nadie debería hacer campaña para que los demás leyeran: ¿por qué leer tenía que ser necesariamente bueno? A lo mejor los lectores estamos imbuidos de este aire de superioridad intelectual sin justificación ninguna. ¿Eres mejor persona por leer más que los demás? ¿Tienes más posibilidades de triunfar en la vida?

Hace un par de días, mientras íbamos en la furgo hacia Albarracín para hacer bloque con unos amigos, Pablo me preguntó si me gustaban más las películas o los libros. Yo me giré, lo miré fijamente y dije: "¿Eso es una pregunta de verdad?". Contestó que sabía que iba a responder eso, pero que le interesaba averiguar por qué; yo omití que era una forma muy rara de plantear la pregunta y me puse a pensar muy fuerte.

Escribir te permite imaginar más que las películas, claro. Es más portátil, y convierte cualquier lugar aburrido en una oportunidad maravillosa. Además, las historias te acompañan incluso mientras no las estás leyendo: sabes que tu protagonista espera con paciencia, incluso en mitad de la escena más emocionante, a que tengas un ratito para dedicarle.

Pero es que además leer es alucinógeno. Casi nunca estamos plenamente presentes en la vida real, pero sí que prestamos total atención a las novelas que nos absorben, así que, ¿quién sabe? Quizá la iluminación sea leer todo el rato. Además, leer te permite algo inaudito: meterte en la cabeza de la gente. Saber lo que piensan. Por muy bien que actúe alguien, es exactamente igual que mirar cómo habla tu vecina, o tu amiga, o tu compañero de trabajo. Deduces a partir de sus expresiones faciales. Con la lectura, entras en Matrix y ocupas su cerebro.

Ocupar cerebros ajenos debería permitirte entender cerebros ajenos, al menos en teoría. Debería darte más amplitud de miras. Porque ahora sé lo que es ser Marina, viviendo en un pueblito de Tarragona y compartiendo cama con un porteño igual de raro que ella, y también sé lo que es perderse en una isla desierta, enamorarse de una menor de edad, estar obsesionado con una estrella retirada del rock o morirse de cáncer. Más o menos, claro. Eso debería hacerme más sabia; lo que es seguro es que hace mi vida mucho más entretenida.

Volviendo al tema del principio: ¿cómo se fomenta la lectura? Porque leer es genial, esa es una afirmación con la que estoy 100% de acuerdo, y todos los niños deberían tener al menos un clima que fomente por igual su curiosidad hacia los libros. ¿Habría yo querido leer si mi madre no me hubiera contado historias felices a través del radiocasette de mi cuarto? ¿O si no hubiera visto a mi padre tirarse los veranos en la hamaca de la terraza, pasando páginas de sus gordísimas novelas (mi padre, como yo, piensa que si hay algo mejor que un buen libro corto es un buen libro largo)?

Un artículo que he leído hoy habla de concienciar a los padres para que lean con sus hijos diez minutos al día. Creo que pretenden fomentar que al menos los niños lean bien. No te puede gustar leer si no sabes hacerlo. Pero leer diez minutos al día es igual que no leer. Si estás leyendo de verdad, si lees algo que te encanta, no te conformas con diez minutos. Te faltan horas. Estás como Bastian, acurrucado en una colchoneta vieja, quizá pasando frío o haciéndote pis, y preocupado solo por que no se terminen las páginas del libro que estás leyendo.

Esta imagen es para dar vidilla al post.
Por cierto: ¿por qué el Bastian de la peli no está gordo?
¿Qué clase de director de casting gordófobo se atreve a desafiar el criterio de Michel Ende?

Así que no sé cómo se fomenta la lectura en los niños. Creo que se fomenta dejándolos jugar. Porque un niño que juega es un niño (algo más) tranquilo, y un niño tranquilo quizá lea. Se fomenta eligiendo buenos cuentos y contándoselos con interés antes de dormir, aprovechando ese intervalo altamente sugestionable del que siempre me hablaba mi amigo Anxo. Un niño que sabe que las historias hacen que sus padres estén cerca quizá lea. Se fomenta escribiendo buenas historias, historias adictivas, divertidas y soñadoras. Un niño que se engancha a un libro quizá lea. Se fomenta apartando a la familia entera de las pantallas, y no solo al niño. Un niño que no ve la tele como una recompensa quizá lea.

Me ha quedado un post largo, abstracto y sin una intención clara. En realidad, mi única intención cuando escribo sobre libros es transmitir lo muchísimo que me gusta leer, lo enormemente que ha mejorado mi vida desde que era un micaco miedoso y lo contenta que estoy de seguir teniendo esa oportunidad a mi alcance. Hablo de leer porque sé que os gusta leer, y que por eso habéis llegado hasta aquí, como Forrest Gump. A los que nos gusta leer no nos importa que otros divaguen sobre nuestro vicio, porque lo entendemos.

En cualquier caso, ¿qué opináis vosotros? ¿Se puede fomentar la lectura? ¿Es necesario? ¿Es mucho  mejor ir al cine que leer un libro? (Massobreloslunes: animando a la interactividad desde 2005)

Os quiero, lectores. En todos los sentidos.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobre escritura y privacidad

Hoy he publicado un post en Vivir al Maximo sobre blogging. Básicamente, defiendo que (casi) cualquiera puede beneficiarse de abrir un blog, aunque sea un blog personal, misceláneo, no planificado y no remunerado como este.

Ha habido un par de comentarios acerca de la privacidad, y la conveniencia o no de contar tu vida por Internet. Ese tema me ha hecho pensar desde siempre. De alguna forma, siento que existe la creencia general de que contar tus historias o tus intimidades a) no es verdadera "literatura"; b) solo te sirve a ti para exorcizar tus neuras, y es hasta cierto punto egoísta y c) tiene terribles consecuencias negativas porque amenaza esa "privacidad" de la que todos hablamos.

Después de nueve años contando mi vida en Internet, y de poner cada vez menos barreras a que la gente que me conoce en la vida real pueda verlo, he aprendido varias cosas sobre el tema.

En primer lugar, sí que hay mérito literario en hacer atractivo un blog personal: hay miles de blogs personales, y unos se leen más y otros menos, así que algo tendrán. Hace poco empecé un diario, porque pensé que me ayudaría a mantener la cordura escribir un rato al día sin pensar que nadie iba a leerlo. Mi diario es una mierda, literariamente hablando. En serio, no aguantaríais ni dos entradas. Está lleno de frases tipo "hoy ha sido un día un poco raro... me siento un poco desmotivada, pero bueno; ya se me pasará, supongo. O no. Me duele mucho la cabeza últimamente, ¿por qué será? En fin, yo qué sé; si no pienso en ello, quizá me duela menos". Y así durante páginas y páginas.

A este blog le dedico mucho tiempo. Quiero decir tiempo por cada entrada, porque es cierto que últimamente publico con menos frecuencia. Pero escribo desde la certeza de que hay gente que va a leerme y no quiero que se aburra. Recorto, corrijo y me quedo un rato mirando al infinito para buscar la palabra adecuada. No es ficción, pero intenta ser buena escritura.

Lo segundo que he aprendido es que en mí, personalmente; en mi vida concreta, con mis circunstancias, ser abierta sobre mi mundo interior me ha traído muchas más consecuencias buenas que malas. Ahora mismo solo puedo listar un par de consecuencias negativas (enfados por veces que he metido la pata), por un millón y medio de consecuencias positivas. Y lo más positivo no es que los lectores me lleven a comprar pintaúñas, que es genial. Lo mejor, para mí, es cuando la gente me escribe al correo, o me comenta en una entrada, y me dice: "me encanta tu blog, me siento identificado/a, me ayuda a sentirme menos solo, me río mucho". A lo largo de estos años, mostrarme como soy en Internet ha ayudado a otra gente a sentirse menos sola, y para mí en eso se resume la gracia de la escritura y la lectura. Encuentras a gente que te importa y sigues sus andanzas. Que esa gente exista o no es secundario.

¿Me importa que los demás conozcan mis intimidades? En general, no. Al contrario. Me hace sentirme segura. Quiere decir que hay un montón de gente que sabe mucho de mí y, aun así, me aguanta e incluso me aprecia. No tengo grandes secretos que me hundirían la vida si se supieran. Lo único que me preocupa un poco es que algún ex-paciente encuentre algo que haya escrito sobre él y se sienta mal, y por eso he censurado o eliminado algunos posts antiguos sobre mi trabajo. También me preocupa, lógicamente, que gente de mi vida real se sienta expuesta porque escriba sobre ellos aquí, y últimamente soy un poco más cauta con eso. Pero ha sucedido pocas veces.

Leer la intimidad de otra gente ha sido importante para mí. Además de la ficción, por supuesto, ha habido personas ahí fuera capaces de desnudarse, en uno u otro sentido (y la ficción es otra forma de desnudarse, solo que un poco más sutil) y mostrarme que ellos también son humanos, son vulnerables y sufren. Me ha ayudado Geneen Roth hablando de comida y emociones, o Natalie Goldberg contando sus inseguridades después de ser una escritora publicada y famosa. Me ayuda Jonathan Franzen hablando de superar la vergüenza en un capítulo particular de su novela, o Murakami mostrándose discretamente a través de su afición a correr.

Creo que hay un deseo terrible de enseñarse en todos los escritores, incluso en los autores de ficción más recalcitrantes, y ni siquiera estoy segura de que eso sea malo. ¿Para qué estamos aquí, si no? ¿Para fingir que tenemos vidas perfectas y respetables? ¿Para estar seguros de que nadie encontrará nada "raro" buscándonos en Google? ¿Qué es raro? Cuando la gente se entera de algo sobre ti, no pasa nada grave. No se cae el mundo. Están demasiado ocupados con su propio ombligo como para dar demasiada importancia al tuyo.

Ahora que estoy escribiendo una novela, voy descubriendo lo divertido y gratificante que es crear esa misma conexión a través de un personaje que no existe. Quizá mientras mejor escritora de ficción vaya siendo, menos necesite escribir sobre mí misma. No lo sé. Pero ahora pienso que escribo sobre mí misma porque este blog es, de hecho, la novela de mi vida, y que a lo mejor no es el mayor ejercicio de creatividad del mundo, pero la gente parece disfrutarlo. A mí me gusta que me conozcáis. No me siento invadida. Además, a mi loca cabeza le queda demasiado mundo interior sin compartir como para creer de verdad que aquí lo cuento todo.

Así que bueno, por concluir algo: que cada cual haga lo que quiera con su vida y con su blog. La privacidad es como el culo: todo el mundo la tiene, y a los demás tampoco les importas tanto. Haz lo que te haga sentir mejor a ti. Es reconfortante y divertido convertir tu vida anodina en algo que los demás disfrutan; y si es ególatra, neurótico o cualquier otra denigrante palabra esdrújula, no debería obsesionarte. No creo que al final del camino nos preocupe si conseguimos mantenernos lo bastante blindados a los ojos de otros. Más bien, creo que pensaremos "¿quién me conoció lo suficiente? ¿A quién dejé entrar de verdad en este triste y cansado corazón?".

Pero no sé. Es solo una forma de verlo.

martes, 26 de agosto de 2014

La más rara del pueblo

Dicen que los ciudadanos de Konigsberg, la ciudad natal de Kant, ajustaban su reloj en función del lugar donde estuviera el filósofo en su paseo vespertino. Los ciudadanos de Margalef van a empezar a ajustar el suyo en función de la hora a la que salgo yo.

Mi Pablo está otra vez en Mallorca con Carl, su nuevo novio australiano. Creo que le gusta porque escala más fuerte que yo; le tolero el desliz por ahora, pero espero que se le pase cuando vuelva mañana. Entretanto, llevo seis días apartada del mundanal ruido, escribiendo mi novela, paseando por los alrededores y viendo capítulos de Sherlock.

La novela va genial. En serio. No es que sea genial: va a ser una novela normalita tirando a entretenida. No digáis que no os avisé. Pero va rápido, que a estas alturas es lo mejor que puedo pedirle. En una semana he escrito 27000 palabras: para que os hagáis una idea, a este ritmo ganaría Nanowrimo dos veces en un mes.

Además, he estado trabajando en posts y proyectos varios: en total, he escrito 36000 palabras en seis días. Es una barbaridad. Mi conclusión es que el secreto del éxito creativo es la falta de estímulos.

Que nadie se equivoque. Los primeros días fueron horribles. No me gusta estar sola en el pueblo, porque apenas conozco a nadie y se me da fatal la vida campestre. Carezco de curiosidad por cosas elementales: los huertos, el ganado, las anécdotas de la Guerra Civil de los vecinos. Prefiero escribir mi novela y ver Sherlock. Sé que eso es muy poco bucólico, y que no llegaré a ningún lado como cronista de la Cataluña profunda, pero es lo que hay.

Me levanto a las siete de la mañana y me hago un descafeinado. A esa hora me oigo pensar y no molestan los niños que se ponen a jugar en nuestro portal. Entonces releo lo del día anterior, corrijo lo que no me gusta y me congratulo. "Pero qué bien, Marina - me digo -, mira cómo va tomando forma tu engendro romántico-modernito tu Gran Obra de la Narrativa Contemporánea". Luego escribo un rato; para las nueve, ya he completado la Meta Mínima Diaria de 1000 palabras que me marqué hace una semana.


Deayuno a eso de las diez y pico, normalmente huevo frito con plátano frito y hummus, o huevos revueltos y lentejas germinadas. Leo en el iPad mientras tomo el café (descafeinado con leche de arroz), bajo al estudio y sigo escribiendo.

Al mediodía me preparo algo y como viendo Sherlock. No sé qué había estado haciendo con mi vida hasta ahora, sin ver esa serie estupenda. Es verdad que algunos capítulos tienen unos boquetes de guión terribles, y que las capacidades de Holmes se exageran un poquito, pero es divertidísima. Además, está él. Benedict Cumberbatch: solo su cara es más rara que su nombre. Al principio lo encontraba difícil de mirar, pero ahora su voz profunda y su caracterización del rarito de Sherlock me han conquistado. Irene Adler será LA mujer, pero él es EL hombre.

Que sí, que lo sé, que es más raro que un pie y no tiene pestañas.
Pero es fucking Sherlock, dude.

(Eh, que Pablo tiene un novio australiano. No me miréis así)

Luego dormito, escribo otro rato más y a las ocho, cuando ha bajado el calor pero aún queda algo de luz, salgo a dar un paseo. Camino por la carretera, que es lo más de pueblo que puedes hacer en tu vida, y a veces me desvío un poco por senderos asfaltados que se adentran en el monte y van hacia cultivos de olivos y frutales. Los lugareños pasan con sus cuatro por cuatro y me miran con desconfianza. Claro: a estas alturas debo de ser la más rara del pueblo. Mi maromo se marcha y yo apenas salgo de casa; cuando lo hago es para caminar sola con la mirada perdida y comer puñados de moras silvestres. Mientras camino, juego a que soy Katniss en Los Juegos del Hambre y los demás tributos se confabulan para matarme. Falta de estímulos, ya os digo.

Soy la más rara del pueblo, pero estoy muy contenta. Ver avanzar mi novela me llena de una alegría estúpida que compensa todo lo demás: la soledad, la rareza y este color pálido que se me está poniendo en la piel. Menos mal que en septiembre mi madre nos invita a Cancún con ella, mi hermano y su novia: pienso agarrar en una semana todo el riesgo de melanoma que he evitado este verano.

Mi adorado chico vuelve mañana. Creo que cuando supere lo de su novio Carl, estará bastante cariñosón. Yo me pienso convertir en un koala durante más o menos las catorce horas siguientes a que vuelva. Me alegro un montón de que venga, aunque no vuelva a alcanzar estos impresionantes recuentos de palabras, porque si sigo así mucho más tiempo me volveré loca. Pero ha estado bien esta semana. La Kant de Margalef, que produce prosa de calidad incierta en su oscuro estudio. El aislamiento es genial para la creación artística, aunque sea terrible para casi todo lo demás.

miércoles, 20 de agosto de 2014

RIP a mi MacBook

Ayer por la mañana, después de un mes de Nanowrimo, una incrédula relectura del borrador y unas semanas de frenética reflexión y toma de notas, decidí empezar por fin a (re)escribir mi novela. Me levanté a las ocho, me preparé un descafeinado y me senté en el secreter. En menos de dos horas, tenía 2500 palabras escritas: las dos primeras y flamantes escenas.

Me serví rápidamente algo de desayuno y, cuchara en mano, bajé corriendo al estudio para no perder el flow. Masticaba mis lentejas germinadas* mientras releía escenas, esquemas, bocetos de personajes. La energía daba vueltas a mi alrededor. Por fin lo estaba consiguiendo: había dado el primer paso importante hacia la inmortalidad literaria.

Entonces, mi ordenador se apagó.

No hizo ningún ruido raro. No avisó. No dio ningún chispazo. Simplemente, como esos ancianos esquimales que se adentran en la nieve, puso su pantalla en negro y murió.

Yo me quedé en shock.

¿Tan mala es mi novela?

Subí, lavé los platos, bajé, traté de encenderlo de nuevo. Absolutamente nada. Subí de nuevo, barrí y fregué la cocina, traté de encenderlo de nuevo y le mandé un par de whatsapp a mi novio programador, que estaba por ahí escalando con sus amigotes, en este tono:

Mi ordenador ha MUERTO!!!!!!!!! (introducir veinte emoticonos en grados variables de desesperación). Haz ALGO!!!!

Silencio. Con el doble tic verde ahí brillando acusador frente a mis ojos.

En serio
Mi vida se derrumba frente a mí
Y no estás ayudando NADA
Me las pagarás

En realidad, yo sabía que aquello tenía poca solución. Era como en Anatomía de Grey, cuando los cirujanos emocionalmente tarados tratan de reanimar a un paciente que lleva muerto media hora. Mi ordenador ya no estaba allí. Se había ido un lugar mejor. No me sorprendí, entonces, cuando Pablo volvió con una poca urgencia sorprendente y me dijo que no había nada que hacer.

Hoy hemos rescatado el disco duro de su hermosa pancita blanca para recuperar los archivos que no tenía en Dropbox. Ahora el pobre está ahí, inerte y desmontado, esperando sobre la mesa del salón a que se lo lleven al lugar de su eterno reposo.

Aquí es donde empieza esta Elegía a un Ordenador:

MacBook Blanco de Marina (MBM) llegó a mis manos hace ahora cuatro años y medio, como regalo de mis tías por haber sacado el PIR. Lo primero que me sorprendió de él fue la pureza de sus líneas y la simplicidad de su uso. Al principio extrañaba esa pausa para tomar un café que me daba mi PC entre encenderlo y poder empezar a usarlo, pero me acostumbré pronto.

MBM y yo nos mudamos juntos a Cádiz, a mi nueva vida de chica independiente. Durante mucho tiempo, se sentaba en la esquina de mi cama: el único lugar de mi piso donde se pillaba una wifi gratis. Después esa wifi se acabó, y MBM me acompañó en arriesgadas excursiones a la plaza de la Catedral, donde escribíamos juntos sentados sobre las escaleras.

En esos primeros años en Cádiz, MBM fue mi compañero más fiel, mi objeto más querido. Filmaba ridículos auto-vídeos de mí tocando la guitarra, y sacaba fotos donde la borrosidad de la webcam favorecía a mi pobre piel. Navegaba alegremente por Internet y almacenaba mis archivos y recuerdos. Sobre todo, MBM se dejaba escribir. Colocaba sus dóciles teclas blancas bajo mis dedos y me ayudaba a relatar el mundo. Juntos hablamos de amor, de amigos, de Cádiz, de escalada. Cuando nadie más quería escucharme, MBM estaba ahí para enviar mis mensajes a un vacío que resultó estar más lleno de lo que pensaba.

Viajamos juntos durante el Summer Steinbeck Hill Project. Por las noches, después de conducir, escalar y arriesgarme en raras aventuras emocionales, me sentaba con MBM en la parte trasera de la furgo y escribía. MBM me ayudaba a vivir dos veces. Después nos mudamos a Madrid y de vuelta a Cádiz. Lo extrañé en mi viaje a Colorado, pero no quise llevarle; por una parte, me preocupaba su discreto sobrepeso y, por otra, no quería perder en un descuido a mi mejor amigo inanimado.

Ahora habíamos llegado juntos a Margalef, al principio de una nueva aventura. MBM llevaba un tiempo sintiéndose cansado. A veces tardaba más de la cuenta en hacer las cosas, nivel PC rápido, y otras veces no podía instalarle programas porque su sistema operativo se estaba quedando atrás. Yo le había echado un ojo a un bonito MacBook Air, pero me negaba a desprenderme de MBM mientras siguiera haciendo su trabajo. "Si quieres le reinstalamos el sistema", me ofrecía Pablo. Yo siempre lo dejaba más adelante. Quizá, si lo hubiera hecho a tiempo, él todavía estaría con nosotros. Pero es demasiado tarde para arrepentirse.

Quiero creer que a MBM le gustaba mi novela, y que a su corazoncito metálico de computadora le dará pena no estar junto a mí para terminarla. Quizá solo sintió que su época había acabado, y que necesitaba a un amigo más joven y fuerte para llevar sobre sus hombros el peso de todos mis proyectos. Creyó que sería mejor no esperar a ser sustituido y retirarse por sí mismo: tan digno, elegante y silencioso como ha sido siempre.

MBM: espero que haya un cielo de los ordenadores buenos. Espero que tú estés en él y des con otra escritora un poco más constante y menos melodramática que yo. Estaré aquí con un nuevo amigo, pero siempre ocuparás un lugar especial en mi corazón. Hemos pasado juntos los momentos más divertidos de mis últimos cuatro años. Entretanto, hazte amigo de esa escritora del cielo que me imagino y sé tan robusto, rápido y paciente como en tus mejores tiempos. Aguanta sus parrafadas y anímale a que se siente todos los días. Esparce sus mensajes por el mundo. Ayúdale a escribir el universo.



*Esto es lo que pasa cuando convives demasiado tiempo con un vegano.

jueves, 14 de agosto de 2014

Robin Williams, el genio y la libertad

Este es un tuit de Evan Rachel Woods que ha recibido más de 100000 retweets.

Ya lo he visto un montón de veces y me sigue partiendo el corazón. En caso de que hayas vivido en una cueva los últimos dos días, te explico que hace referencia a la actuación de Robin Williams, fallecido el lunes a causa de un aparente suicidio, como el Genio de Aladdin.

La muerte de Robin Williams me tiene triste y confusa por varias razones.

La primera es que mientras vivía creo que nunca, nunca escuché o leí a nadie decir de él que era un actorazo. Las opiniones iban más bien en sentido contrario: era ese tipo de los ojos muy azules y la sonrisa un poco irritante, que te daba mal rollo por alguna razón que no sabías describir bien. Igual que Michael Jackson pasó de pederasta a leyenda después de su muerte, Robin Williams ha pasado de actor mediocre a magnífico comediante en cuestión de horas.

La razón está clara. Chequeas la Wikipedia para acordarte del nombre de la peli aquella que te gustó en la que hacía de gay, o para confirmar si salía en To Wong Foo con mi querido (y también muerto) Patrick Swayze, y repasas su filmografía. Te das cuenta de que, casi sin quererlo, te has tragado entre cinco y diez películas en las que salía el tipo. Yo le he visto en Jumanji, en Hook, en Una jaula de grillos, en Señora Doubtfire, en Más allá de los sueños, en Will Hunting, en Jack, en Patch Adams, en el mencionado A Wong Foo, en el Club de los Poetas Muertos y Aladdin no la cuento, porque mi corazón pertenece a Josema Yuste.

No son pelis de culto. Son pelis que has visto de pequeño, o en un autobús, o en un taller sobre el duelo y la muerte, o en la preparación de un voluntariado con niños, o en una noche en casa cuando la pasaban por la tele. Algunas sí que las alquilaste (o bajaste) y todo, pero son las menos. El tema es que te das cuenta de que Robin Williams y tú habéis compartido un extraño montón de momentos, aunque nunca te haya parecido un actorazo.

Además, te recorre el espinazo un inconfundible respeto. Ok, sí, era fácil decir que Williams era un petardo cuando vivía, pero ahora ves todas esas pelis listadas una detrás de otra y piensas: pues igual no era tan fácil. Igual este hombre ha dedicado su vida a algo con una intensidad demoledora.

Entonces viene la segunda cosa que me desconcierta, y es imaginármelo ahorcándose en casa con su cinturón. A lo mejor por eso me daba mal rollo y no sabía bien por qué; ahora, con la claridad que da ver las cosas a posteriori, casi percibo cierto miedo en sus ojos azules. Es triste que se suicide cualquiera; cuando lo hace alguien que en teoría tiene tanto como él, nos preguntamos si a los demás nos queda esperanza.

La muerte de Robin Williams es un criadero de tópicos. "Precisamente los que lo tienen todo son los que más sufren", "El dinero no da la felicidad", "Cuando uno no sabe qué hacer con el dinero es cuando se mete en la droga", etc. Para mí, es simplemente otro agujero negro de la incomprensión que deja un humano muerto. Pero es un agujero con eco: el bofetón en la cara de cualquiera que vea sus películas a partir de ahora.

Me quedo con el tuit de Evan Rachel. Me niego a recordar el infierno de los suicidas del que hablaba Más allá de los sueños. No sé si Robin Williams era un genio, pero espero de corazón que, se encuentre donde se encuentre, haya quedado libre.

domingo, 10 de agosto de 2014

El argumento de mi novela y el fantasma de Justin Bieber

Como somos una pareja moderna, Pablo se ha ido a escalar a Mallorca con variopintas compañías couchsurferas y yo me he quedado en Margalef escribiendo.

Hoy ha sido mi primer día de lo que podríamos denominar "Maratón de Writerpreneurship Verano 2014". ¿Qué es eso de Writerpreneurship? Tiene que ver con que en estos tiempos que corren para la literatura digital, uno no puede ser solo autor: tiene que ser emprendedor, marketer y nosecuántas cosas más. En la práctica, se traduce en usar Twitter, Facebook, tener un blog y, de alguna forma, autopromocionarte sutilmente sin que a tus contactos les entren ganas de sacarse los ojos.

A mí no me molesta ser una Writepreneur o Escriemprendedora, aunque me agotan un poco las redes sociales. Pero me gusta tener las cosas (más o menos) bajo mi control. Si tuviera que mandar manuscritos a las editoriales, me tiraría de un puente. A partir de ahora, planeo escribir y editar un libro tras otro hasta alcanzar el estrellato o la muerte. También voy a seguir con la psicología, pero de forma virtual y espaciada hasta que Pablo y yo decidamos (si es que lo decidimos alguna vez) volver a la ciudad.

Hoy ha sido mi primer día de MWV2014. No tengo claro si lo he aprovechado o no. He meditado, escrito, leído, comido helado, paseado en torno al pantano y ploteado mi novela, pero todo lo he hecho de forma un poco espesa y desorganizada. ¿Qué es plotear? Es una adaptación del verbo inglés "to plot": construir de forma sólida el argumento de tu libro antes de empezar a escribirlo o, en mi caso, después de revisar el primer borrador de tu libro y decidir que hay que reescribir un ochenta por ciento.

Plotear es difícil porque no estoy acostumbrada a pensar sin escribir. Con un post es sencillo: tienes tres ideas en mente y dejas que los dedos corran. Después corriges lo que haga falta; total, no se tarda tanto en cambiar un par de párrafos. Le das a "publicar" y hordas de lectores tus cuatro amorosos fans te dan un feedback amable. Unos días después, empiezas de nuevo.

Yo pensaba que una novela sería algo parecido: me sentaría frente al ordenador y las palabras comenzarían a fluir de mis dedos. Personajes y situaciones se sucederían en vertiginoso gozo. En vez de eso, resulta que escribir sin un plan previo se parece a intentar sacarle zumo a un trozo de corcho. Te sientas y te paraliza la incertidumbre. ¿Qué escena va ahora? ¿Quién aparece en ella? ¿El protagonista tiene hermanos? ¿Cuántos? ¿Por qué dos y no tres (o tres y no cuatro)? ¿En qué trabaja? ¿Qué le gusta? ¿Hacia dónde va este diálogo/situación/narración?

Si te lo inventas todo sobre la marcha, como hice yo en el NaNoWriMo, corres el riesgo de que releer tu borrador se parezca a hablar con una amigo la mañana siguiente a una gran borrachera. "¿Que hice QUÉ? ¿Que me lié con QUIÉN?". No te puedes creer que esa sucesión de despropósitos sea obra tuya. Que conste que a mí nunca me pasó eso: yo era más de potar antes de que cantidades preocupantes de alcohol llegaran a mi cerebro.

La valoración post-resaca de mi borrador me ha hecho decidir que voy a plotear como si no hubiera un mañana. Quiero saber todo lo que ocurre en esa novela y cuáles son los planes de mis personajes absurdos antes de ponerme a escribir, porque paso de escribir otras 50000 palabras y decidir después que son basura. Pero plotear es agotador: la mente da círculos una y otra vez, cada vez que resuelves un problema surge otro y al final no sabes si el resultado se parece demasiado a lo que tenías en la cabeza.

Imagino que a vosotros, queridos lectores, todos estos problemas literarios os chupan un pie, pero es que no sé de qué otra cosa escribir. Antes escribía aquí sobre lo que me pasaba, pero desde que vivo en Margalef, lo que se dice pasarme no me pasan muchas cosas. Que conste que eso es bueno. Estoy aquí precisamente para concentrar mis energías, y lo que quiero que pase ocurrirá sobre todo en los mundos imaginarios de mis libros y/o en la roca. El resto del tiempo, Pablo y yo podemos pasar con entretenimientos tan emocionantes como cruzar por primera vez el puente nuevo que han construido sobre el río, o ir a casa de la vecina a pedir un limón. El problema es que todo eso no da para muchos posts (a no ser que tengas una imaginación tan descabellada como la de Rafa Fernández, que convierte su aldea de seis habitantes en fuente constante de inspiración).

Hoy ha sido un buen día, después de todo. Aunque ploteo a velocidad de tortuga anémica, y aunque no me van a dar el premio a la imaginación del año, mi historia va teniendo algo parecido a un tono narrativo decente. Hay conflicto, hay drama, hay Tensión Sexual No Resuelta. Yo quiero escribir una novela adictiva. Una de esas que no te deja dormir por las noches; que cuando estás firmemente decidido a dejarla en la mesilla para irte a la cama, te sorprende con un giro nuevo, o con un desastre inesperado, que te obliga a girar la página. Quiero que todas las lectoras os enamoréis del protagonista y todos los lectores de la protagonista (cambiad géneros a vuestro antojo para orientaciones sexuales minoritarias; Massobreloslunes respeta la diversidad).

Ahora me voy a dormir. Cuando duermo sin Pablo me inquieto un poco. Ayer, por ejemplo, estaba intentando coger el sueño cuando se encendió una luz en el hueco de la escalera. Me acojoné, y eso que Margalef debe de tener un índice de criminalidad negativo (porque la gente te ayuda y te da verduras de sus huertos). Resultó que la luz del descansillo del edificio entra por un tragaluz que da a nuestra casa, y que eran los vecinos llegando al portal. Solo vienen unos días en verano y no estamos acostumbrados a tener compañía. Me volví a la cama, todavía con el corazón en un puño, y entonces vi que en el borde de la puerta del armario había algo escrito. Dos palabras en las que no me había fijado hasta entonces:

"Justin Bieber".

Verídico.

Me acojoné otra vez. Menos mal que ponía Justin Bieber y no, por ejemplo, "Monja Petra", la protagonista de las historias de terror que nos contaban de pequeños en los scouts. Llega a poner "Monja Petra y juro que empiezo a correr hasta llegar a Mallorca.

En fin, ciruelos y ciruelas. No es el mejor post del mundo, pero es mejor que el silencio. Dadme tiempo hasta que encuentre el tono de esta nueva época literaria de mi vida, donde no puedo hablar de ligues, amigos y pacientes porque estoy retirada en un monasterio de amor y roca. No me va a quedar más remedio que escribir sobre política.

Por cierto: una lectora que vive cerca ha contactado conmigo para escalar la semana que viene. Empezó a escalar gracias al blog, ¿no es fabuloso? Si tú también vives por la comarca y te animas, no dudes en avisarme; a no ser que seas un psicópata, claro, o el espíritu encarnado de Justin Bieber.

lunes, 4 de agosto de 2014

Viajus interruptus

Estamos de vuelta en Margalef. El European Rock Trip ha sido alarmantemente corto: apenas una semana de furgo, escalada e intentos de producir el sonido nasal en francés. ¿Por qué?

Es difícil de explicar. Tienes que ser una escritora en paro, aspirante a emprendedora literaria y silenciófila para preferir estar en tu casa antes que viajando. Ahora mismo no es mi momento para tomarme vacaciones. Lo intenté con fuerza para acompañar a Pablo, que ha trabajado muchísimo este año y se las merece, pero me estaba poniendo nerviosa y me picaban en los dedos las ganas de escribir. Así que hemos vuelto, aunque probablemente él se marche de nuevo en un par de días porque lo que le pica a él en los dedos es el magnesio.

Estoy contenta, no os creáis. Mi vida cotidiana mola demasiado como para que me dé pena no viajar. Como dice el Ezcritor: trabajar en lo que quiero todo el año serán mis vacaciones. Y esas me las voy a tener que ganar.

Sé que llevo diciendo esto desde hace meses, pero después de superar mi asqueroso burnout laboral, terminar el PIR, mudarme y volverme del viaje de los sueños de casi cualquiera, esto va a arrancar en serio. Sigo trabajando en marinadiaz.net, que abrirá más o menos a mediados de septiembre. Por cierto, quiero comentar en la lista de correo mis ideas y dudas respecto a la página nueva, así que apúntate si te interesa colaborar. Mientras más seamos, más nos divertiremos.

Gracias por estar ahí, y también a los que os habéis preocupado por nuestra integridad. Estamos bien. Seguimos adelante.

martes, 29 de julio de 2014

Escribiendo en el aire

Es de noche y estamos en un camping del suroeste de Francia, sentados en la furgo, preparando seitán a la plancha para la cena. Yo pico muy fino un diente del ajo gigante y violeta que hemos comprado en la tienda, y Pablo me pasa cuando se lo pido los objetos que están en su lado de nuestro salón-cocina: la sartén, el aceite, la pimienta.
- Y entonces – dice él, como si retomáramos una conversación de antes -, ¿cómo se hace para escribir sobre un recuerdo y que no quede aburrido?

Al mediodía, mientras yo dormía la siesta bajo el techo elevable de la furgo, él ha estado escribiendo. No tengo ni idea de qué. Lleva y trae de un lado a otro el ordenador y “Writing Down the Bones”, como si él y Natalie Goldberg anduvieran conspirando en secreto.
- Pues... no sé. Depende. Utilizas los detalles, supongo. ¿Qué recuerdo?
- Por ejemplo, la tarde de hoy. Pienso en cómo la contaría y suena aburrido.

Cubro con aceite el fondo de la sartén y enciendo el fuego al mínimo.

- Lo importante – digo, mientras sostengo la mano unos centímetros encima del aceite – no es contar lo que pasó, sino transmitir qué significa para ti lo que pasó. Los lectores quieren identificarse contigo, que eres el protagonista.
- ¿Y cómo se hace eso?
- A ver. ¿Qué querrías tú recordar de esta tarde?
- No sé – arruga la boca y mira hacia arriba -. La aproximación al sector, que era muy bonita. Las raíces de los árboles a las que había que agarrarse para subir, el tronco con muescas que habían colocado para que hiciera de escalera, el bosque... Luego contaría cómo tú has empezado a escalar, y de repente se puso a llover, y tú no podías seguir, y yo me estaba cagando de frío... Porque era un poco como... ¿catrasca existe acá?
- ¿Catrasca? No, ¿qué es?
- Cuando alguien es muy... no sé, que se va dando golpes con todo, y va a escalar y le llueve, y luego no puede desmontar la vía.
- ¿Torpe? ¿Gafe?
- No, no exactamente...
- ¡Yo no soy gafe! Un poco torpe sí, lo admito.
- No vos, la situación era catrasca. Bueno, pues eso quería contar, que tardamos un montón y nos mojamos, y que luego para bajarte de la vía te soltaste de la pared porque querías hacer un péndulo, y eso me levantó a mi también y nos partimos de risa. Que tú colgabas de un lado a otro gritando: “¡Uiiiiiii!”, pero luego vi toda tu cara de pánico cuando casi te das contra la pared, y nos empezamos a enredar los dos en la cuerda y parecíamos tarados.

Mientras Pablo habla, yo corto el seitán en lonchas finitas sobre la tabla de plástico naranja.
- Lo que pasa – continúa – es que todo eso lo escribo y es aburrido. Si lo leo dentro de... qué sé yo... un año, me va a parecer una estupidez. Como esa gente que tiene blogs de escalada y que cuenta: fuimos a tal sitio y a tal otro, hicimos tal y tal vía, se puso a llover y nos tuvimos que ir. ¿A quién le importa eso?
- ¿Qué es lo más importante para ti de todo eso? Pásame la sal, porfa.
- Creo... - me alarga el tarro de sal marismeña que compramos en Cádiz – que la idea es que estaba ahí asegurándote, muerto de frío, y después no me esperaba lo del péndulo. No pensaba que iba a salir volando. Después los dos nos quedamos mirando a la chica que escalaba en la vía de al lado y eso me motivó, me dieron ganas de escalar más. Pero ¿ves? Dicho así suena estúpido.
- A ver... - pongo un poco de pimienta a los champiñones que se rehogan en la otra sartén -. A veces yo empiezo a escribir un post y sé cuál va a ser el final. El cierre, por así decirlo. Ese es el mensaje del post, lo que tú quieres comunicar con él. En tu caso, yo me quedaría con... Cómo lo expresaría... Algo como “a veces para escalar no hace falta escalar”, o “para divertirse escalando no hace falta escalar”. Quizá lo diría de una forma más sutil. No sé.
- Lo tenías pensado, eso. Confiesa.

Suelto una risita.
- Empezaría contando que el camino era... “como la entrada al país de las Maravillas”, u otra imagen potente que evoque algo al lector. Diría que “nunca pensé que utilizaría las raíces de un árbol como agarres”, para que puedan imaginarte trepando por ellas. Después... no sé, quizá comenzaría con un tono bucólico, profundo, explicando lo mucho que te motiva verme escalar, porque “es casi como si escalaras tú”... pero después, todo empieza a salir mal. Yo enseguida estoy colgando de la cuerda porque no me salen los pasos, y la lluvia me está empapando las gafas y no veo. Tú tienes frío y te aburres, y piensas que vaya mierda, que cuando yo escalo NO es como si escalases tú, que tú quieres escalar, y no estar ahí parado en el pie de vía bajo la lluvia helada.

Pablo se ríe. Yo, entusiasmada, doy vueltas al seitán y sigo hablando:
- Entonces, en medio de todo eso, de tú todo negativo y mosqueado, y después de una hora para montar y desmontar la vía bajo la lluvia, a la tarada de tu novia le da tirarse en el aire a hacer un péndulo, y tú, que estabas pensando ya en tomarte un café calentito en el bar del pueblo, te encuentras volando por los aires. Describes “su repentina cara de terror al darse cuenta de que un péndulo tiene dos direcciones – yo también me estoy riendo ahora – y, aunque una de ellas estaba limpia de obstáculos, la otra la trae de vuelta contra la roca a toda velocidad”. Terminaría contando un poco sobre la chica que escalaba al lado, pero poquito, para no aburrir al lector. Después concluiría con la frase que te dije... Algo como “mientras bajábamos empapados hacia la furgo, preguntándonos cómo se diría colacao en francés, pensé que lo bueno de la escalada es que a veces escalar ni siquiera hace falta”.

Pablo esboza una media sonrisa. Yo doy la vuelta a las lonchas de seitán y subo un poco el fuego. La luz dentro de la furgo es cálida y amarilla; más allá de las ventanas, todo es oscuridad y silencio.
- Quedó muy bueno. Me gustó. Me gustó lo que escribiste en el aire.
- Gracias.
- Aunque suena demasiado a ti.
- Probablemente.

sábado, 26 de julio de 2014

European Rock Trip 2104: pistoletazo de salida

En la casa más pija de Margalef, un tranquilo pueblo de la comarca del Priorat, se libra en estos momentos una extraña guerra fría. Sentada en su secreter, Marina escribe. No es que tenga nada demasiado importante que decir; además, le pican los ojos, porque lleva todo el día en el ordenador ultimando un Proyecto Literario Secreto del que ya os informará en su momento. Pero sabe que Tiene que escribir; no solo se lo debe a sus lectores, sino que ha recibido un tuit de Rafa Fernández, enfant terrible de la literatura underground, que dice que está esperando una actualización. Una no puede ignorar así como así un tuit de Rafa Fernández.

Pablo, por su parte, un argentino que hace un año estaba tan tranquilo en Utah y ahora, sin comerlo ni beberlo, se ve aguantando a la escritora a jornada completa, acaba de salir de su estudio. Se dirige despacio al de Marina y llama a la puerta. Entra descalzo, con el ordenador en las manos y cara de sueño.

- Che - le dice -, tu mochila, mañana, ¿qué onda?

Marina vuelve la cabeza y arquea una ceja. Mañana es el primer día del European Rock Trip: un viaje que ambos llevan un mes posponiendo con la excusa del trabajo de Pablo y del Proyecto Literario Secreto, pero que les ha permitido agarrarse como koalas al piso más pijo de Margalef. A un observador imparcial podría parecerle que Pablo solo quiere saber, de manera casual y desinteresada, cómo lleva ella la mochila del viaje. Un traductor Pablo-Español, sin embargo, nos daría la siguiente versión.

- Che - el traductor respeta los localismos -, te conozco y sé que no has empezado siquiera a pensar en hacer la mochila. Mañana nos levantaremos y tardarás tres horas, porque tienes que llenarla con gomillas de pelo, tapones para los oídos, Espidifén y ropa para todas las variedades climáticas posibles. ¿Por qué no dejás de pelotudear y la hacés ahora, antes de que yo me empiece a poner nervioso porque vamos a llegar a la fucking Francia por la noche, y nos perderemos, y encima vamos sin GPS, y la vamos a liar?

La silla giratoria de Marina da la vuelta despacio, como la de un mafioso de película. Se levanta y camina hacia Pablo.

- Mi mochila... yo qué sé. Lo de siempre, ¿no? - se encoge de hombros - Mañana me levanto y la hago, ya está. Como hacemos siempre que vamos a escalar. Tampoco voy a llevar tantas cosas.

Pablo se rasca la cabeza. Por supuesto, podría interpretar literalmente las palabras de Marina y quedarse tranquilo. Pero él también ha implantado en su cabeza un traductor Marina-Español. Lo que escucha es lo siguiente:

- Ni De Coña me voy a poner a hacer la mochila ahora. Y no porque tenga sueño, que lo tengo, pero me da igual, porque acabo de pasarme media hora leyendo los comentarios de un vídeo de Youtube. No voy a hacer la mochila ahora porque va contra mi religión hacer la mochila la noche antes. Me sienta mal, me cabrea y se me olvidan cosas, y además en cuanto empiece me va a entrar un sueño terrible y voy a empezar a gruñir. Por supuesto que mañana voy a tardar un montón, ¡¡nos vamos un mes a Europa!! Los europeos están locos y allí llueve todo el tiempo, y ¿qué pasa si me quedo sin tapones para los oídos? Aun así, no voy a ponerme a hacer la mochila ahora. Ni hablar.

- Ok - contesta Pablo.

Aquí el traductor Pablo-Español lo tiene más difícil, pero después de unos segundos procesando el pequeño fragmento de discurso, le manda a Marina la siguiente información:

- Sos DE TERROR. Vamos a salir a las tantas, vamos a llegar a las tantas, nos desorientaremos y encima estaremos rodeados de franceses, que nos son hostiles. Pero no te puedo decir nada, porque no me vas a hacer ni caso y, para variar, harás lo que vos quieras. Quién me mandaría a mí mudarme a gallegolandia. Menos mal que tenés un lindo orto. La concha de tu madre... no, no, no te estaba insultando; tu mamá se llama literalmente Concha.*

Marina retira con suavidad el ordenador de las manos de Pablo y lo deja en la cama. Le echa los brazos al cuello: está tan guapo cuando va descalzo. Le gusta cómo le asoman los antebrazos debajo de la camiseta, y el olor a champú de tío en el hueco de su cuello. Él la besa, distraído, porque se está meando, y luego se da la vuelta para ir al baño y cenar algo. Ella vuelve al ordenador y abre el editor de blogger.

Mañana empiezan el European Rock Trip.

Nadie dijo que viajar en pareja fuera fácil.

*Verídico.

jueves, 17 de julio de 2014

El Dúplex de Lujo, Vol. I

Hace un par de días vinieron a vernos unos amigos de Cádiz, y cuando vieron nuestra casa, fliparon. "No nos imaginábamos algo así", decían. Yo también pensaba que venirme a vivir a un pueblo supondría estar en una casa antigua, con muebles apolillados y cuadros horribles en las paredes. En lugar de eso, hemos dado con un dúplex precioso que en cualquier ciudad te costaría una pasta, y que nosotros alquilamos por 100 euros más de lo que valía mi habitación en Madrid.

"La meva casa es diu Riu". Ya he repetido esta frase un montón de veces en mi catalán precario, porque mi casa tiene nombre y se llama Río. Da al Montsant: el río que pasa por delante de Margalef y en que Pablo y yo nos bañamos después de escalar. También da a los huertos de los vecinos y al monte.



Afortunadamente, por la carretera pasan como tres coches al día

Lo que más me gusta de la casa nueva es mi habitación. Todos los adultos deberíamos tener una habitación, como cuando éramos adolescentes: un lugar con paredes que llenar de fotos y de pósters, estanterías para colocar libros y adornos y, sobre todo, una puerta que cerrar. Cuando era pequeña, siempre pensaba que pobres mis padres, conformándose con una aburrida habitación para los dos en la que solo se podía dormir (por favor: que nadie haga referencia a las otras cosas que mis padres hacían en ese dormitorio. Llevo 29 años con la idea de mis padres teniendo sexo haciendo esas cosas sepultada en un búnker de mi mente, y pienso seguir así).

Mi habitación, de hecho, es casi un apartamento. Está dividida en dos por un armario, y tengo una cama en la parte de detrás y el estudio delante. La cama no la uso (todavía aguanto al porteño robándome la manta a medianoche), pero el estudio son diez metros cuadrados de puro éxtasis. Os lo enseño:



Al fondo está el secreter que compré hace dos años en una tienda de segunda mano. Un secreter es un escritorio con secretos: se abre y cierra, tiene cajones misteriosos y da a cualquier habitación un aire decimonónico y decadente. Este es el mío:

No era el más decadente, pero sí el más barato

En él se acomodan: mi portátil; la máquina de escribir rosa, que compré hace tiempo en un mercadillo; un pingüino de peluche que me regaló una amiga y que se llama como mi ex jefe, y otras cosas que me inspiran: fotos o mi llavero de Matilda.

También tengo un sofá para mí solita. Está muy bien para echarse siestas lejos de la mirada de censura de Pablo.

Es pequeñito, pero yo también

El cuadro sobre el sofá es horroroso, lo sé, pero por alguna razón está pegado al armario.

Luego tengo una estantería de Ikea. 



Desde que Ikea conquistó España, sus muebles están en muchos pisos de alquiler, lo que hace que te sigas sintiendo en casa aunque vivas en lugares distintos. Esta estantería, por ejemplo, me da buen rollo porque es igual que la que tenía en mi piso de San Fernando: el Zulo Autolimpiable.

En mi estantería tengo: libros variados; todos los papeles importantes (primer recuadro a la izquierda); al Buda para ver si un día de estos me animo a meditar; el tarot de Osho un microscopio; la caja con esmaltes de uñas... "No hay mañana" es la frase que usaba cuando empecé a escalar para motivarme, y me sigue pareciendo un buen lema. El abanico me recuerda a Andalucía, la postal es de Boulder, el cuadrito que hay detrás de la vela es de Granada y en el marcapáginas pone: "No hay como Cádiz para el mar. No hay como el mar para el amor". Era la frase que me animaba cuando estaba ultra-sola en Cádiz y echaba de menos a Pablo aunque aún no le conociera.

[Ahora diría "No hay como Utah para el desierto. No hay como el desierto para el amor]

Aquí voy a escribir miles de posts, varias novelas fabulosas y otros textos impredecibles.

Me pregunto si Virginia Woolf pensaba que tener una habitación propia era importante para las mujeres en particular o para los escritores en general. No sé si es por ser mujer, pero en el último año me he dado cuenta de que tengo que poner límites para no fusionarme con Pablo y seguir escribiendo. Es raro, porque se supone que el deseo de escribir no debería tener que ver con la arquitectura, pero sin una habitación es difícil sentirse lo bastante sola.

En Cádiz, por ejemplo, escribía en el salón; Pablo entraba y salía a veces, y la puerta estaba directamente en mi línea de visión. Cuando comíamos, tenía que quitar el portátil de la mesa. Sentarme allí y saber que la oportunidad de comunicarme y de ser escuchada estaba a unos pasos de distancia me quitaba las ganas de escribir. ¿Quién quiere esforzarse para lanzar palabras al vacío si tiene un oyente de verdad, con ojos y boca, que responde a lo que le dices y te da una opinión benévola?

Ahora tengo la hipótesis de que si me siento aquí el rato suficiente y miro al monte, olvidando que hay una puerta a muchos, muchos metros de mi secreter, la urgencia por decir algo al mundo me ayudará a escribir. Aquí aún no conocemos a mucha gente. No nos gusta ir al bar, y eso nos hace un poco raros. Vamos de casa a la roca y de la roca a casa. En algún lado tendré que colocar mis ganas de charlar con alguien.

En estos días seguiré enseñando la casa y hablando poco a poco de mi proyecto de vida. Al final vamos a acortar el European Rock Trip a un mes (las grandes novelas no se escriben solas) y probablemente salgamos la semana que viene, si conseguimos despegar el culo de este piso y esta roca. Voy a extrañar mi habitación propia cuando estemos por ahí. Pero bueno. Si todo va como debe, estará esperándome a la vuelta.

[Nota: después de una experiencia desagradable con una lectora, voy a moderar los comentarios, así que no saldrán inmediatamente cuando los escribáis. Tened paciencia y los publico en cuanto los apruebe. Aprobaré todo lo que no me falte al respeto a mí o a otro lector. ¡Gracias por vuestra comprensión!]