Esta mañana iba yo en el bus escuchando los Piratas, tan contenta, cuando una señora desconocida me ha tocado en el hombro.
- Perdona - me ha dicho, cuando me he sacado los auriculares de los oídos -. ¿Quieres que te diga el nombre de una pomada para tu problema?
La he mirado desde mi cara acnéica, despellejada, dolorida y harta.
- No - he dicho.
- ¿No? - parecía sorprendida. Joven con acné recalcitrante, ¿te traigo la solución a tus problemas y la rechazas? -. Es que va muy bien, le ha funcionado a mucha gente.
Y he pensado en los kilos de pomadas amontonadas en el armario de mi baño, en el dinero gastado, en las infusiones, en las limpiezas de cutis, en todo el dolor, el picor, los medicamentos, los efectos secundarios, las miradas al espejo, los "oye, tienes la cara peor, ¿no?". Mientras caminaba hacia la parte trasera del autobús intentando alejarme al máximo de ella, se me han ocurrido muchas respuestas. "Claro, señora, lo que los dermatólogos no han solucionado en 10 años lo va a arreglar usted en 5 minutos". O bien "hoy voy a suicidarme, adivine quién tiene la culpa". Pero en el momento, al mirar la cara regordeta e interrogante de la señora y los rostros ligeramente vueltos de los pasajeros de alrededor, sólo he notado un intenso pinchazo de humillación.
Llevo meses sintiéndome como si andara por la vida con un mapache encaramado a la cara, y sólo agradezco profundamente que la mayor parte de la gente haga como si no se diera cuenta. Así que cuidado con los consejos bienintencionados.
Próximamente, El ultimátum de Euricienta, tercero y último capítulo de la exitosa saga.