Yo sé que puede parecer increíble, pero hay cosas que no cuento a nadie. Estoy sentada junto a alguien a quien quiero y, sencillamente, elijo no decir esto o aquello porque para esas palabras no veo esperanza. No pienso que vayan a servir para nada. El MIR me regaña. Habla con la gente, Marina, me dice. Cuéntales lo que sientes. ¿Qué arreglo con eso, MIR?, le pregunto yo, repasando con el dedo el borde de mi cocacola. No lo sabrás hasta que no lo intentes, me contesta, con su sonrisa de carnavales y su manía de hacer fácil lo que yo hago difícil pero que en realidad es fácil.
Están en algún lugar de mi mente, todas mis palabras no dichas, que yo imagino como pelotitas semitransparentes apilándose en un hueco muy profundo. Hoy voy pensando en ellas mientras camino del hospital al lugar donde aparco la furgo, y que está aproximadamente en el quinto carajo porque paso de pagarle al gorrilla todas las mañanas. Entonces me adelanta una Harley y precisamente es el MIR, como un Hell Angel de mi bienestar emocional. Le abrazo, le doy un beso y me lesiono al chocar con su casco. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues regular, contesto. Me he dado cuenta de que no tolero el conflicto. ¿Y eso? Ya te contaré. Me encojo de hombros y vacilo un poco: supongo, digo, que no se puede ser rubia, lista, guapa y fuerte como los limones y además tolerar el conflicto. Se ríe. Qué bien tenemos la autoestima, ¿no? Contesto con un tú sabes gaditano, nos despedimos y cada uno sigue su camino.
Mi no conflicto está hecho de todas esas palabras no dichas. Forman un colchón cómodo que, en realidad, está fabricado de la falta de expectativas de que alguien de hecho lo entienda. De la falta de ganas de gastar saliva. Y bueno, quizá sea una elección cobarde o quizá tenga que ver con que sospecho que en lo más profundo de mi corazón estoy emocionalmente tarada. Pero es la forma que he elegido para vivir. Y, para mal o para bien, de momento me sirve.