Hay distintos tipos de insomnio y te los aprendes cuando tienes que hacer las historias clínicas. El de conciliación: quien no puede dormirse. Suelen ser personas tensas, agobiadas. Incapaces de abandonarse en los brazos de alguien, hasta de Morfeo. Siempre pensé que no podían dormirse los que no tenían la conciencia tranquila, y me sentía ridículamente orgullosa de caer frita en cuando apagaba la luz. Pero hasta a mí me pasó una época, después del PIR: todas las noches me entraba un miedo estúpido a apagar la luz y quedarme en silencio conmigo y tenía que distraerme con comics de Asterix hasta que se me caían los ojos.
Luego está el despertar precoz de los maniacos. Querer levantarse YA para hacer cosas y sentirse lleno de energía a las seis de la mañana. En el otro lado está la hipersomnia de los depresivos. El sueño no reparador. Una tristeza tan grande que no te abandona ni al otro lado de la frontera de la cama.
El sueño fragmentado, que es lo que me pasa a mí. La mente activa todo el rato, llena de ganas de comerse el mundo. Las ganas de no perderse nada de lo que pasa por ahí fuera. Cuando se te fragmenta el sueño no descansas bien, y a veces no creo que tenga tanto que ver con las fases del sueño como con que la realidad no te da una tregua lo suficientemente larga. Porque a ver quién es el valiente que aguantaría la vida de continuo, sin tener las noches para olvidarse un poco.
Las parasomnias. Hablar dormido, el sonambulismo. Una vez me dijo una chica que compartió habitación conmigo que yo me reía dormida. Pero que a ella le daba buen rollo, que era como escuchar los teletubbies. Cuando vivía en Barcelona hablaba catalán en sueños, y parece ser que al principio lo hacía mejor que en la realidad. Mi madre pasó toda mi infancia empeñada en que crujía la mandíbula durmiendo, pero nunca me lo dijo nadie más. Una vez conocí a un chico que algunas noches se levantaba llorando. "Pero no es nada, me pasa a menudo", me dijo. Cómo no va a ser nada, corazón, pensé yo; estás llorando dormido lo que no lloras despierto.
Es curioso el dormir. Tener que tumbarnos todos los días un montón de horas, entrar en un estado de trance indescriptible y recargar baterías. Soñar. A veces, justo antes de cerrar los ojos, me entra miedo al pensar en qué clase de sorpresa me estará preparando el subconsciente para la velada. Como si te metes en una sala de cine sin tener ni idea de qué película echan.
No sé qué hacer con mi sueño fragmentado. Ensayo distintos remedios: hacer más deporte, hacer menos deporte, no comer antes de dormir, comer justo antes de dormir. Tomar leche con miel, suplementos de magnesio, una ducha calentita; estar más o menos cansada. Pero me sigo despertando más o menos a la misma hora, cada día más enfadada con mi propia cabeza. A lo mejor estoy preocupada y no quiero admitirlo. O puede que me haya convertido en una de esas temibles personas que no tienen la conciencia tranquila. Quién sabe.