Vamos a ver: la vida es triste, ¿vale? El sufrimiento está ahí, a la vuelta de la esquina. No es pesimismo: es realismo inspirado en Buda. Sin embargo, va la madre naturaleza y nos dota con diez superficies corporales, diez, que se pueden pintar de colores. Las garritas que nos cubren las puntas de los dedos, los vestigios de nuestra animalidad. Uñas para arañar, para rascar, para abrir, para plisar con más fuerza los papeles doblados.
Dicho esto, yo tengo bonitas manos y bonitos pies. Dios me dio un envoltorio mediocre con buenos acabados, algo así como un seat panda con cromados de tunning. Además, Dios me dio una piel de mierda, así que no soy una gran fan del maquillaje, y un hermoso pelo que refulge como el sol, así que tampoco soy fan de los tintes. Claro, que el día que venza al acné del averno iré por ahí con la raya pintada y los labios rojos, una Russian Red rubia y más bajita.
Resumiendo, que las uñas son la parcela de coquetería que me puedo permitir siempre.
Tener las uñas pintadas te da felicidad.; de hecho, yo clasifico mis tonos de esmalte en función de la felicidad que me dan. Ahora mismo va ganando el fúcsia, que es tendencia, y le siguen el tono 83 de mercadona (una maravillosa mezcla entre morado y guinda) y un negro con reflejos violeta que hace que parezca que tienes las uñas cubiertas de vinilo. Amor con acetona.
Así que hay que pintarse las uñas. En serio, probadlo. Tu autoestima subirá, la gente te encontrará más interesante. No en el buen sentido de la palabra, necesariamente. Estoy convencida de que un 50% de la población piensa que las uñas fucsia son una horterada, pero al otro 50% le encantan y te lo dicen.
Tengo una paciente que siempre me viene llorando porque tiene problemas familiares y económicos importantes. Hace un tiempo me decía que cualquier día agarra las cajas de ansiolíticos de su madre y hace una tontería.
[El tema de pensar en suicidarse en salud mental está a la orden del día, no os creáis. Al principio impresiona, y luego te vas acostumbrando a tratar con la idea de que tus pacientes a veces piensan en matarse. De hecho, yo a veces también lo pienso y, como dice mi madre, si no fuera porque creo en la reencarnación y a ver por dónde voy a salir si me suicido, pues tampoco creo que esta vida tenga TANTO aliciente. Más bien creo que está, como dice una psiquiatra de mi equipo, llena de detalles molestos.]
Lo que decía es que mi paciente me hablaba toda llorosa de hincharse a lexatines y yo no sabía cómo convencerla de que no lo hiciera. Así que la miré de arriba abajo y entonces vi sus manos. Se había pintado margaritas en las uñas. Yo también lo hacía a veces cuando era (más) pequeña: coges un palillo de dientes, lo mojas en esmalte de colores y pones tu pulso a prueba. Le dije que una persona con esas uñas no puede suicidarse. Que pintarse margaritas quiere decir que tienes esperanza en las cosas buenas.
Y ya el colmo del hedonismo ungular es pintarse las uñas de los pies. Diría más: el colmo es pintarse las uñas de los pies en invierno. Yo tengo unos pies escandalosamente bonitos; a las pruebas me remito:

(La típica foto chunga de pies que te haces cuando te acabas de comprar una réflex)
Son tan finos que las sandalias se me salen; tan blancos que me los tengo que llenar de crema para que no se me quemen en verano; tan delicados que todos los zapatos me hacen ampollas al principio. Me pinto las uñas aunque no las me vea nadie porque me pone contenta. Porque me gusta quitarme los zapatos por la noche y ver esos pies tan bonitos con sus uñas de colores. Porque me hacen juego con el gorro de la piscina. Porque hace algún tiempo hice sonreír a un chico cuando vio mi esmalte color chicle salir de mis serios calcetines de invierno.
Así que hacedme caso: pintaos las uñas. También si sois chicos: no os juzgaré. Sed diez veces alegres con vuestros diez dedos. Demostradle a la vida que tenéis esperanza, enseñad al mundo vuestras hermosas manos y sorprendedle con vuestros hermosos pies.