massobreloslunes: 2016

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El hijo de J.

Hace algún tiempo escribí esto.

Para quien no tenga ganas de hacer arqueología bloguera, hablo de mi ruptura con J., de cómo él "ganó" porque empezó antes con otra chica, y de una fantasía recurrente que tuve durante mucho tiempo en la que me encontraba con él, acompañada de un chulazo yanqui llamado Alan o Adam, y no solo iba a publicar mi segunda novela, sino que estaba embarazada de mi primer hijo.

Avancemos algo mas de cinco años desde ese post.

¿Listos? Ya.

Estoy sentada frente al mar en el Mandala, uno más de los bares modernitos que han conquistado el paseo marítimo de Pedregalejo. He quedado con J. casi por casualidad: esta mañana paseaba por aquí, me he acordado de él, le he escrito un whatsapp y de repente estamos el uno frente al otro, después de casi tres años de comunicarnos por medio del chat de Facebook y de llamadas de cumpleaños.

J. está igual. No se ha quedado calvo, como soñaba yo en mis fantasías de venganza; quizá está más delgado, pero siempre ha sido flaco y nunca me importó. Me cuenta de su vida en Leipzig, sus proyectos, su nuevo blog. Yo hablo un poco de mi ruptura con Pablo, de mi nuevo piso en el centro de Granada y de mi catastrófica cena familiar en Nochebuena.

- ¿Qué tal tú con K.? Me habías dicho que tenías novedades -. K. es su novia alemana; la conocí hace tres años en Cádiz y me pareció una chica interesante y lo bastante buena persona como para aguantar que su novio se lleve bien con su ex.

- Pues verás - me dice -, te tengo que enseñar una foto un poco diferente.

Hay algo que aprendes rápido en la franja de edad que hay entre, digamos, los veintimuchos y los treintaypocos, y es a predecir rápidamente los anuncios de embarazo. Las posibilidades son limitadas, y mientras más tratan de sorprenderte, más los ves venir. Aun así, me sorprendo durante los dos segundos anteriores a que J. me enseñe una foto de un predictor. Ha dibujado un gato detrás, de forma que las dos rayas del positivo parecen los ojos.

- ¿Te gusta el gato? - me pregunta, sonriendo.

Me entusiasmo, le abrazo, le doy la enhorabuena. J. siempre había querido tener hijos. "Yo a la mujer de mi vida me la tengo que imaginar empujando un carrito", me decía. Va a ser un buen padre, entusiasta y un poco excéntrico; quizá acapare demasiado los juguetes de navidad de su hijo, pero será buen padre, seguro.

Seguimos hablando, del hijo (das Kind, me explica, con el artículo neutro delante, porque K. sabe el sexo, pero él no ha querido enterarse aún) y del resto de la vida. Para él, claro está, los dos conceptos están ya entremezclados: no hay vida sin das Kind, ni viceversa.

Después me voy a casa y reflexiono sobre el tema. Y ahora me vais a permitir que me cite a mí misma, porque de qué sirve tener un blog si una no puede hacer cosas como esa, y voy a pegar aquí un párrafo de la novela que no sobrevivió a una de las últimas revisiones.

Para que os pongáis en situación: al Joan, el protagonista, su ex (Irene) le acaba de decir que va a casarse:

Cuando vivían juntos e Irene compraba alguno de aquellos artículos de decoración que tanto le gustaban, como el enorme florero art decó o la mesita de centro de color fúcsia, siempre le decía a Joan que le diera una oportunidad. “Tu mente necesita adaptarse. En un tiempo ni la verás”. Imaginó que ahora su mente tenía que adaptarse a la idea de Irene casada con otro; por otra parte, la mesita fúcsia nunca había llegado a gustarle.

Mi mente trata de adaptarse a la mesita fucsia de das Kind, mientras me pregunto si esto me molesta o si debería molestarme.

No me molesta que J. vaya a tener un hijo con otra. No quiero tener los hijos de J., de verdad que no. No estoy celosa, ni arrepentida, ni quiero entrar en la iglesia el día de su boda mientras grito "¡deja a esa furcia teutona y vente conmigo!".

No me molesta que K. esté embarazada y yo no. Si empiezo a sufrir por todas las mujeres de mi edad que se quedan embarazadas, me espera una década fabulosa.

Bueno, seamos honestos: sí que hay una sombra molesta de "por qué ella sí y yo no". El problema es que tengo demasiado entrenada a la parte pragmática de mi cerebro, que me dice enseguida: pues porque ella tomó decisiones distintas. Eligió otros cruces en el camino que la han llevado a este lugar. Y la voz pragmática tiene razón, y me convence bastante pronto.

Además, cada vez percibo de una forma más clara que esto de la vida no es cuestión de "unos sí y otros no", sino que estamos todos en planos completamente distintos, con retos y aprendizajes individualizados, como el interior del despacho 101 o los peligros de Hunger Games. Así que compararme con J. o con K. no es como comparar peras con manzanas. Es como comparar peras con sonetos de Quevedo, o con el índice Nasdaq.

Así que quizá la noticia no me molesta en absoluto. Quizá la Marina de hace cinco años, que fantaseaba con restregarle a J. a su maromo de los USA por delante, no es la misma que la de ahora. Quizá me he dado cuenta de que todo esto no va de ganar y de perder, sino de hacerlo lo mejor que uno puede con la información de que dispone en cada momento.

Puede que das Kind sea simplemente raro.

Pero está bien, eso. Puedo lidiar con lo raro.




miércoles, 8 de junio de 2016

Todo es mejor en Granada


Estoy en la terraza de mi casa de las afueras de Granada, y miro cómo cae despacio la oscuridad mientras la fresquita se mezcla con el calor que desprenden las paredes. Esta tarde la he pasado en la biblioteca de mi pueblo, dejando que el aire acondicionado me empapara los huesos. Salgo contenta, caminando entre el aire espeso, con el sol de media tarde rebotando en mis gafas, pensando que las bibliotecas son lugares esencialmente buenos.

En las bibliotecas del mundo está mi hogar, oh-ah-uh.

Estoy leyendo Skagboys, la precuela de Trainspotting. ¿Cómo yo, que soy dulce, y sensible, y casi rubia, he acabado leyéndome entera esta trilogía tan sórdida? Los personajes se dan palizas, se chutan y se prostituyen. Hace un par de semanas estuvo mi padre en casa, y cuando vio el libro sacudió la cabeza. "¿Está bien?", le pregunté yo. "Bueno... bien, bien, no es la palabra", contestó él, y se estremeció un poco.

Salgo de la biblioteca, entonces, con Skagboys pesándome en el bolso. Me he prometido que si escribía lo suficiente, me iría a tomar un batido al centro comercial del Serrallo. Resulta que hay un puesto de batidos de frutas, que es obviamente impersonal y que está en mitad del edificio, hecho de plástico, infestado de capitalismo satánico y tal, pero los batidos están riquísimos, y se está fresquito, y entra la luz por el techo, así que Pablo y yo vamos mucho.

Pero mientras camino hacia el coche me entra la duda: ¿y si cierran pronto? Así que me voy a casa y saludo a la gata, que se revuelca entusiasta contra el suelo de mármol, y abro las ventanas para que empiece a correr el aire: hay que aprovechar cuando cae el sol, como en una especie de Ramadán de la temperatura. Y me hago el batido que me pensaba pedir en el Serrallo: leche con plátano, miel y cacao en polvo.

Me tumbo en el sofá, batido en mano, con Skagboys sobre los muslos. Recuerdo que una compañera de piso traductora me dijo una vez que habían usado Trainspotting como proyecto de clase, y que era muy complejo. La edición de Anagrama está llena de notas al pie, muchas de ellas de argot rimado: utilizar una referencia que rima como sustituto de la palabra. Por ejemplo, "echar un Nat King" es echar un polvo (Nat King Cole = hole = polvo). Todo el libro está salpicado de oscuras expresiones escocesas, y pienso en que el traductor debe de tener un conocimiento muy profundo del dialecto y de la cultura  escocesa, y que resulta bonito cuando alguien conoce algo en profundidad. Y también que es un arte sutil traducir toda la jerga de Leith que vomita Welsh y convertirla en algo que no suene a Leticia Sabater puesta de coca. "Los traductores españoles son mejores que los escritores españoles", me dijo una vez mi madre. Quizá tenga razón. No leo a los suficientes autores españoles como para saberlo.

Después me levanto, doy un par de vueltas por la casa, saco el ordenador, contesto mails y finalmente decido salir a la terraza. No tengo claro que haga más fresco fuera que dentro, pero me da igual: se está bien aquí, con la mesa de plástico cubierta con un hule violeta, observando cómo se apaga el cielo y se encienden las farolas.

Estoy tan catetamente feliz de estar de vuelta en Andalucía que me da hasta vergüenza no querer vivir en otro sitio ni ser una nómada digital. Estoy feliz bajo este calor desenfrenado. Me gusta huir de él en las bibliotecas que pisaba cuando estudiaba aquí, y al salir de allí, en chanclas, con un libro bajo el brazo, me siento igual que entonces, cuando me iba a estudiar con una novela de Henning Mankell debajo de los apuntes.

Hoy hablaba con Warren, un amigo de EEUU que vive en Almería. "The problem with Andalucía", me decía él, consternado, "es que durante tres meses no puedes hacer básicamente nada durante el día en el exterior". Ah, my friend, pero es que esa es la cuestión. That's the deal. Tienes que aprender a echar siesta y salir por la noche con la fresquita a la terraza de casa, a darte palmadas en los muslos para ahuyentar los mosquitos. Así te adaptas, como andaluz, igual que se adapta el resto de la humanidad a los rincones de este raro planeta.

Pero it's fucking worth it, man. O como se diga eso en argot rimado.


sábado, 21 de mayo de 2016

La diferencia entre los 20 y los 30

La razón por la que no escribo en este blog es que vivo con Pablo. Lo que no es ni bueno ni malo; él no tiene la culpa de que yo encuentre la forma de seguir escribiendo aquí y conviviendo con él. Pero en cuanto paso más de dos horas seguidas sin él, me empiezan a entrar ganas de escribir: es automático. No es solo una cuestión de tiempo ni de espacio: creo que el problema es que satisface demasiado bien mis necesidades de comunicación íntima.

Ahora, por ejemplo, estoy en Cádiz, en el piso de Soraya, mi R pequeña (es decir: una de las que empezó la residencia después de mí). Ella se ha ido a un curso en Madrid y me ha dejado las llaves de su fantástico piso en el centro: pintado de azul, con techos altos, cocina americana y miles de libros. Podría ser mi casa. Me he acordado de cuando vivía sola en la Viña y he pensado, como siempre que pienso en este tema, que debía haber aprovechado más aquel tiempo, haberlo saboreado mejor, porque ahora es probable que, si todo va bien, no vuelva a vivir sola nunca.

Por supuesto, es una trampa de la mente. Disfruté muchísimo aquellos dos años. Si releéis mis entradas de aquella época, se ve con mucha claridad. Y al mismo tiempo, tenía muchas ganas de encontrar a Pablo. Supongo que a posteriori es fácil pensar que no has disfrutado lo bastante de algo, que tenías que haber permanecido despierta por las noches pensando en lo fantástico que era poder ordenar las especias a tu manera.

Aquí, sentada en la mesa de Soraya, tengo ganas de escribir. Y el tema es el del título: la diferencia entre la veintena y la treintena. Apenas tengo un año de experiencia en la treintena, y algo me dice que tener 31 no es lo mismo que tener 39, pero ¿para qué está la blogosfera, si no es para escribir larguísimos textos sobre cosas sobre las que tampoco sabes tanto?

Asi que vamos allá.

Encuentro dos diferencias fundamentales, dos, entre los veinte y los treinta.

La primera es que a los veinte el coste de oportunidad de tu tiempo es muy relativo. Hay por ahí una tipa que escribe libros sobre cómo es importante tomar buenas decisiones en tu veintena, porque el tiempo se acaba y tictactictac. Sin embargo, no hay ninguna decisión que tomar en la veintena y que no tenga ningún tipo de arreglo en la siguiente década. A no ser que te amputes un brazo o algo por el estilo.

Puedes cambiar de carrera, de trabajo y de pareja. Puedes no pensar ni cinco minutos en si vas a reproducirte o no. Puedes vivir donde quieras, alquilar siempre y no comprarte un coche. Es una década muy liviana.

El primer shock de los treinta es que estos años tienen consecuencias más importantes para ti, al menos si eres mujer. Tienes que tomar decisiones sentimentales y reproductivas que podrían no tener vuelta atrás.

Lo importante no es lo que decidas. Yo creo que pueden llevarse vidas buenas en casi todas las circunstancias. Lo importante es que te das cuenta de que no eres inmortal y empiezas a tener la sensación de que las puertas se van cerrando frente a ti.

Es como ir a un buffet y empezar a picotear aquí y allá, saboreando los platos, sin demasiado interés... y cuando vas a servirte de nuevo, porque todavía tienes hambre, darte cuenta de que ya han empezado a retirar la comida y nadie te ha avisado.

Ya no tienes todo el tiempo del mundo. Ya no eres libre e inmortal. Tictactictac.

La segunda diferencia fundamental entre los veinte y los treinta es la perspectiva. Con un poco de suerte, para cuando llegas a los treinta ya has vivido una o varias de estas experiencias:

  • Ideas que considerabas inamovibles han cambiado.
  • Te has dado cuenta de que sentirte vieja a los 23 era estúpido.
  • Has odiado a gente a la que antes amabas, y viceversa.
  • Te has sentido indiferente sobre personas y actividades que al principio te importaban muchísimo.
  • Te has dado cuenta de que no sabías nada sobre algo y antes pensabas que sí.
Eso está muy bien, porque durante la treintena puedes utilizar esa perspectiva para tu beneficio. Puedes elegir sentirte joven aquí y ahora, porque sabes que te quedan muchos lugares desde donde mirarte y darte cuenta de que realmente eres joven. 

Puedes aferrarte menos a las ideas y a las personas, y abrirte a la perspectiva de que tus opiniones cambien.

Puedes sentir que no sabes nada sobre algo, y es mucho más agradable de lo que parece.

Así que las dos diferencias fundamentales que he notado entre los 20 y los 30 son la falta de sensación de inmortalidad y la perspectiva. Creo que ambos cambios son buenos. Si consigues sacudirte de encima la melancolía de "el tiempo pasa y algún día estaré muerta", te es posible disfrutar más del presente que, al fin y al cabo, es lo único que tenemos todos.

Otras diferencias, menos importantes pero también curiosas, son:

- Dejas de ser la más joven de cualquier sitio. Ya no eres precoz en prácticamente nada. De hecho, es fácil empezar a sentir que te estás quedando atrás. Pero es ilusorio: ¿atrás de quién? ¿En qué carrera te crees que te has metido?

- Tus amigos empiezan a casarse y tener hijos. Hasta los más hippies y alternativos están buscando maneras de vivir más o menos dentro de la norma. Quizá sea porque la norma no está tan mal. Probablemente tiene sentido vivir tus veinte sabiendo que en algún momento de tus treinta vas a desear lo que tienen todos los demás (¡ojalá alguien me hubiera dado este consejo antes!).

- Tu percepción de la edad de los demás cambia. Los de veintitantos te parecen jovencísimos. Los de cuarenta te parecen "casi de tu edad". Con suerte, tienes amigos de muchas edades.

- Todo te la suda más. Eso es fantástico. Hace unos días le decía a Pablo que estoy empezando a convertirme en la típica vieja impertinente que dice lo que se le pasa por la cabeza. ¡A los 31! Tengo la esperanza de que esto solo vaya en aumento. 

- Dejas de tomar a tu cuerpo por sentado. Te duelen algunas articulaciones. Ya no haces deporte para estar mona, sino para prevenir achaques (por otra parte, creo que escribí algo muy parecido cuando tenía 25 y empecé a nadar. Quizá siempre he tenido 30 en mi corazón. O 50).

- Te das cuenta de que miras a chicos que ya son demasiado jóvenes para ti o están demasiado buenos para ti. Esto es genérico: todos sabemos que existen Demi Moore y Madonna y que todo es ponerse. Y en realidad, yo no tengo ningún interés en buscarme un toyboy, gracias. Pero es curioso ponerte en los ojos del chico y saber que para él eres casi una señora. 

- En la misma línea: ves que la gente te trata como a alguien mayor, y que tú te sientes más o menos igual. En mi cabeza, tengo exactamente el mismo aspecto que cuando entraba en la facultad hace ya casi (gasp) diez años. Pero cuando veo a los estudiantes en Granada me doy cuenta de que NO, definitivamente ya no tengo ese aspecto. 

Los treinta es esa etapa en la que puedes seguir sintiéndote joven, siempre y cuando no te compares con jóvenes de verdad.


En general, mi balance es bueno. Y estoy convencida de que mientras más años cumpla, más a gusto me voy a sentir en mi piel. Solo tienes que aprender a vivir con las pérdidas, porque cada vez van a ser más y mayores hasta la Pérdida Definitiva (AKA La Muerte), y concentrarte en lo que tienes delante.

Porque no es verdad que las puertas se cierran, y nadie se ha llevado la comida. Las puertas se siguen abriendo, siempre y cuando cruces las que tienes enfrente con decisión.

lunes, 11 de abril de 2016

Werther's Original de avellana y almendra

Estoy sentada en el Pont, que es como le llamamos al bar del camping que abrieron en verano frente a nuestra casa. Tiene mesas de madera y estufa de leña, y me gusta tanto la música que ponen (pop-rock español de los últimos 30 años, AKA la duración de mi vida) que paro cada dos por tres para tararear y me cunde poquísimo. Paula, la dueña, se parte de risa conmigo porque dice que me las sé todas. "En serio - le contesto yo - es que esta podría ser mi lista de reproducción".

El Pont es probablemente lo tercero que más voy a echar de menos de aquí. Un lugar donde trabajar a gusto es un lujo cuando eres freelance. Me gusta venir y sentarme un rato en la barra con Paula o con Jose, su marido. Paula es catalana y Jose es sevillano. Son como un chiste con patas: él se ríe de la sardana y ella me cuenta, preocupada, que este verano va a ir a un festival de cante jondo y no sabe si va a gustarle.

Después vengo a una de las mesas y me pongo a trabajar con mi infusión, o mi colacao, y mordisqueo el caramelo que ponen siempre con las bebidas: los Werther's Original de avellana y almendra. A Pablo le encantan, así que para su cumpleaños le compré a Paula y a Jose la mitad de una de sus bolsas industriales. Esparcí doscientos cincuenta caramelos por toda la casa; cuando los vio, Pablo me dijo: "gracias, ¡me has regalado diabetes!".

¿Qué pasó con los doscientos cincuenta caramelos del cumpleaños de Pablo?

Nos comimos gran parte de ellos. Estaban demasiado accesibles.

También le regalamos un puñado a Ana, la que lleva la tienda del pueblo. Ana es rumana (rum-Ana!) y creo que está tan hasta el gorro del pueblo como yo. Ahora se está sacando el carnet de conducir, y temo que cuando lo consiga huya de aquí sin mirar atrás. Habla una mezcla muy curiosa de catalán y español, y a veces, cuando voy a comprar, me secuestra la compra detrás del mostrador para que me quede hablando un rato con ella.

Otros pocos se los llevó la hermana de Pablo, que vive en Madrid y nos cuida a Kalimera cuando estamos de viaje. Kalimera es la cosa número 1 que me llevo del pueblo, pero no es lo que más voy a echar de menos porque se viene con nosotros. Cuando paso por delante de la tubería donde la encontramos me acuerdo de cómo maullaba, pobrecita, como un pájaro histérico, y no me puedo creer que el culo gordo que tiene ahora le cupiera alguna vez en ese hueco.

Un gran porcentaje de los caramelos se los comieron Vane y Simón. Vane y Simón son lo segundo que más voy a echar de menos, aunque no viven aquí, sino en el pueblo de al lado. Si no fuera por ellos, nos habríamos muerto de pena. Aunque tardamos meses, a nuestro estilo, en quedar con ellos por primera vez, ahora somos asiduos a su casa a medio restaurar y a las cenas de verduras al horno que prepara Vane en honor de Pablo.

La última persona que comió caramelos de cumpleaños fue Oli, el hijo de Simón y Vane. Oli va a ser lo que más voy a echar de menos de aquí. Tiene trece años y es un librepensador. Le gustan los robots, las películas postapocalípticas y, más recientemente, una chica de Barcelona a la que conoció en un campamento. A veces se viene a cenar a casa, hacemos palomitas y las comemos en el sofá mientras vemos una peli en el proyector. Dice siempre lo que piensa, y cuando sonríe entrecerrando los ojos me derrito un poco.

El problema con Oli es que cuando volvamos a Margalef, de aquí a unos meses, o a un año, todo estará más o menos igual. Paula y Jose seguirán con sus bromas bilingües, Ana seguirá mezclando idiomas detrás de la barra y el perro loco de mi vecino seguirá ladrando como un chalado cada vez que nos lo encontramos al salir de casa. Vane seguirá teniendo su humor andaluz y su genio nórdico, y Simón seguirá haciendo juegos de palabras como "si el que cura los huesos es el osteópata, el que cura la psique qué es, ¿el psicópata?".

Pero Oli no. Oli estará más alto, quizá con la voz ronca, o con cuatro pelos tiesos en el bigote. Ya no querrá ver pelis postapocalípticas ni hablar de robots inventados. Y en unos años más se afeitará, y no dirá tres palabras seguidas, y nosotros, Pablo y yo, ya no seremos parte de su vida cotidiana, sino una gente que viene de vez en cuando y le dice "qué grande estás".

Así que quizá Oli no sea lo que más voy a echar de menos del pueblo. Quizá Oli, este Oli, sea lo único que de verdad va a quedarse aquí y a no volver nunca.

viernes, 8 de abril de 2016

El diario de Ana Frank

Hace un par de días estaba charlando por whatsapp con Kaperucito mientras releía entradas de este blog. Las entradas antiguas me producen una mezcla curiosa de sentimientos: algunas las leo por encima porque me dan vergüenza ajena, otras me encantan, otras me aburren. En general, me asombra la distancia que percibo entre yo y la Marina de entonces, porque nunca pensé que llegaría a sentirme tan distinta.

El caso es que Kaperucito y yo nos desafiamos mutuamente a escribir una entrada en nuestros respectivos blogs personales antes de que terminara la semana. Y aquí estoy.

Hace un par de semanas leí un libro llamado "Become an Idea Machine" y decidí empezar a pensar diez ideas todos los días. La teoría del libro es que la capacidad de tener ideas es como un músculo que se atrofia si no lo utilizas lo suficiente, y que las ideas son la mayor riqueza de la que puedes disponer en el mundo actual.

Me gusta mucho el ejercicio. Es mágico. De repente, existen diez nuevas ideas que antes no estaban, y no importa si son buenas o malas: lo importante es que están ahí. Es acostumbrarse a crear todos los días. No me resulta extremadamente difícil. Lo curioso es que lo he propuesto a unas cuantas personas de mi alrededor y a nadie le ha entusiasmado ni un poco. ¿Es poco interesante tener ideas? ¿No resulta lo bastante concreto, lo bastante productivo?

Dentro de dos semanas Pablo y yo nos mudamos a Granada. ¿No es increíble? Nunca pensé que volvería a vivir allí. No sé cuánto tiempo estaremos y hasta qué punto se parecerá a la última vez. Sospecho que va a parecerse poco. En cualquier caso, tengo ganas de marcharme del pueblo. Sobre todo porque en estos dos últimos años siento que hay partes de mi vida que se han empobrecido y que quiero volver a repoblar.

Tener ideas es parte del proceso de volver a traer cosas a mi vida. No creo que el empobrecimiento haya sido del todo malo; un buen blogger lo llamaría minimalismo y escribiría un artículo en Medium. Aquí he tenido la oportunidad de reflexionar sobre algunos temas a mi ritmo y creo que eso ha estado bien. Y ha habido buenos momentos y mucho oxígeno. Ni tan mal. Pero ahora quiero volver a tener estímulos, ideas y hasta objetos innecesarios. Creo que es lo que me hace falta en esta etapa.

¿Qué tiene que ver Ana Frank con todo esto? La propuesta de hoy para el ejercicio de las ideas era: piensa en 10 preguntas que le harías a un personaje histórico al que admiras. La primera persona que se me ha venido a la cabeza ha sido Ana Frank. Cuando era adolescente, me leí su diario varias veces mientras luchaba con mi inconstancia para escribir uno. Las tapas estaban manchadas de algún líquido oscuro y mordisqueadas por Sindy, la perrita de mi amiga Caro, a quien se lo había dejado para que compartiera mi entusiasmo. Quería inventarme una amiga imaginaria como Kitty y quería que en mi vida pasaran cosas dramáticas para poder escribirlas.

¿Por qué el personaje histórico al que más admiro o, al menos, el primero que se me viene a la cabeza, es Ana Frank? No fue una benefactora de la humanidad al nivel de, pongamos, la Madre Teresa. Supongo que Ana Frank demostró que la intimidad es una poderosa forma de conexión. La mayor parte del diario no se centra en reflexionar sobre la guerra ni sobre el antisemitismo. Lo que más encuentras son pinceladas de vida normal en medio del terror, y muchas pequeñas molestias cotidianas: las peleas con su madre, la comida repetitiva y los turnos para usar el baño. Con Ana uno aprende que incluso escondiéndote de la muerte te preocupa el estado de tu pelo.

Y es probable que nadie hubiera leído un ensayo sesudo sobre el horror de la guerra escrito por una chica de catorce años. El mérito de Ana fue mostrarse al mundo como una persona completa, tridimensional. Permitir que la gente conectara con la tragedia a partir de su pequeña gran historia, al precio de ser completamente vulnerable, 100% sincera.

Se me acaba de ocurrir una pregunta que no he incluido en mi lista de 10. A saber: "si hubieras sobrevivido a los campos, ¿habrías dejado que publicaran tu diario?". No sé qué respondería Ana. Ya dije alguna vez que habría sido una buena bloguera. Quizá estando viva no habría querido destapar las intimidades de su adolescencia, o habría creído que no interesaban a nadie. Quizá habría preferido esperar a la web 2.0 y disolver sus secretos en este frenesí de exhibicionismo.

En cualquier caso: la entrada de hoy va por Ana, y por Kaperucito. Por todos los que algún día han creído que la intimidad tiene algún valor más allá del autobombo. Un poco, también, por la Marina del Pasado. Y por ti, lector, por supuesto.