Ayer fui al Corte Inglés a lavar la furgo. Resulta que mañana nos vamos de road trip los pires del área y quiero que mis pasajeros vayan cómodos, limpitos y, a ser posible, sin pelos de perro en la ropa.
Llego con la hora justa, como siempre. Me pierdo por el aparcamiento (verídico) y tengo que llamar al centro de lavado para que me guíen. Cuando lo encuentro, la chica que trabaja allí se está descojonando en mi cara; lo que hay que aguantar. Pero me bajo y quedo encantada, porque nada más llegar ya huele a vainillita y a cosas limpias y ricas de lavadero pijo.
La chica que se ha reído de mí me observa bajar de la furgo, que tiene que ser para verme: yo toda mona en modo CI, con mi falda rosa con lunares blancos, una camiseta rosa, sandalias de tacón y las gafas de sol en la cabeza, y luego mi furgo, que en cualquier momento va a ponerse a andar sola transportada sobre los lomos de miles de ácaros del polvo. Me habla de las modalidades de limpieza.
- Y por sólo diez euros más tenemos el especial, con limpieza de huecos, pulido de superficies, cepillado de tapicerías y desodorización del habitáculo.
- ¡Ése, ése quiero yo! ¡El del taco! - exclamo, entusiasmada.
Para que la señorita comprenda mi situación tendría que decirle algo como "verá, señorita, es que le debo dinero al Estado, y por eso en vez de comprarme una furgo nueva del paquete o por lo menos con unos cuantos miles de kilómetros menos, le he comprado la Dobloneta a un notas al que cariñosamente llamaremos el Varo, que a su vez tiene una perra, la Lana. Y resulta que mi coche está lleno de pelos de la Lana y que además, según mi amigo Kpot, el coche huele al Varo. Que sí, Marina, me insiste, que yo cierro los ojos en tu furgo y es como estar con él. Así que por favor, señorita, cóbreme lo que sea, pero haga que mi furgo deje de oler al Varo".
Pero creo que con decir que quiero el lavado caro le basta.
Así que me explica que el ticket de aparcamiento corre de su cuenta (sólo faltaría) y me voy feliz de la vida a matar el tiempo en mi querido CI. Doy vueltas por la parte de ropa y me pruebo vestidos de Desigual. En realidad, estoy siguiendo una política de compra cero por convicción ética. Algo como "si tengo ropa para vestirme todos los días, en realidad no necesito ropa, así que no compro ropa". Pero me gusta probarme cositas monas y taconear por los probadores. Me miro y me veo estupenda. Ligeramente quemada del finde; a lo mejor el rosa no es una buena opción, porque en ciertos puntos de mi piel se fusiona con mi cuerpo, pero estoy mona, en cualquier caso.
Después decido que me voy a probar unos Levi's. Es una decisión así como absurda, porque en mi vida me he comprado unos y, de hecho, ni siquiera sé cómo va el tallaje. Pero recuerdo cuando mi primo Sergio me explicaba el efecto sobrenatural que en los culos femeninos ejercían los Levi's y pienso: pues a ver cómo van en mi culo. Y allá que voy, eligiendo tallas a ojo con cara de entendida y asintiendo mientras murmuro "ajá, con que ésta es la nueva colección de verano". Hay diez millones de modelos en varios colores y curvaturas, así que agarro un par así un poco por azar y enfilo hacia el probador.
No están mal, pero lo del culo es un timo. Los pantalones me lo aplastan y estoy cero sexy. No puede ser, señor Levi o como se llame el dueño de la marca: aún no tengo claro que me vaya a gastar noventa pavos en unos vaqueros, pero si lo hago quiero que me hagan un culo de noventa pavos.
En esto que salgo y me encuentro a un ser a quien a partir de ahora llamaremos el Vendedor Motivado, por razones que quedarán claramente expuestas a lo largo del post.
- ¿Qué tal te queda? - me pregunta, señalando los pantalones.
- Regular - contesto.
Me pienso un rato cómo explicarle mi problema y al final opto por un simple:
- Me hacen el culo raro.
Se ríe.
- Verás - me explica -. Levi's ha hecho un estudio entre miles de mujeres y ha concluido que existen tres tipos de cuerpos femeninos, tres, y ha sacado un modelo para cada uno de esos cuerpos. ¿Me permites que averigüe cuál es tu tipo femenino?
Estoy embelesada. Hace un momento no sabía el tallaje de Levi's y ahora alguien me va a decir mi tipo femenino.
- Claro, claro, averigua, que para eso estamos.
Saca un artilugio medidor con cintas y clips y me lo amarra a la cintura y las caderas con mucho cuidado mientras me pide perdón cada vez que me toca. Es muy adorable; parece un novicio. Yo le animo: "no pasa nada, hombre", mientras espero anhelante que mis Vaqueros Perfectos caminen despacio hasta mi Futuro Culo Glorioso.
- Vale - me dice VM después de muchas mediciones pudorosas -. Resulta que tú tienes un Demi Curve y habías cogido un Bold Curve, ¡¡¡enorme error!!! Los Bold Curve tienen tensores que aplastan tu trasero - juro por Dios que utiliza la palabra "trasero" -. Tú espera aquí, que yo lo arreglo.
Madre mía, qué novata. Mira que no saber mi tipo de curve; menos mal que había acertado con mi talla de cintura. VM me trae unos cuantos vaqueros con distintas perneras y colores y curves y yo entro al probador llena de esperanza.
- ¿Qué tal?
- Me siguen haciendo el culo raro - grito por encima de la puerta -. Pero que no te preocupes, que igual es mi culo.
- No, mujer - me dice VM, encantador y motivado.
- Que sí, que a mí me cuesta mucho encontrar vaqueros, de verdad, que tengo un culo complicado.
Salgo del probador. VM está frustrado. Estudios en miles de mujeres y resulta que no encajo en ninguno de los tres tipos femeninos Levi's. Me propone mirar otras marcas y me trae unos Lee y un par de Salsa Jeans. La parte buena es que son más baratos; la parte mala es que VM está estableciendo una relación comercio-manipuladora conmigo que no me va a dejar más remedio que gastarme en vaqueros el presupuesto para comida del mes. Fantaseo con la devolución posterior y me resigno.
- Estos Lee - me está diciendo entretanto VM - llevan más elastano que cualquier otro vaquero del mercado. Esto quiere decir que permiten un 30% más de libertad de movimientos que los demás vaqueros.
Le miro fijamente sin poder creer que haya dicho algo como "30% más de libertad de movimientos" así, en mi cara, sin parpadear, pero como soy muy educada asiento y entro a probarme los cinco nuevos modelos.
- Regular.
Abro la puerta para que compruebe con sus propios ojos el drama de mi culo aplastado por el abundante elastano del Lee. Los Salsa prometen, pero no me entran. VM va a buscarme Salsa más grandes mientras exclama muy convencido que si hoy no logra encontrarme unos vaqueros se suicidará. Verídico. Y luego soy lo a la que le mola el drama.
Los Salsa de mi talla me hacen el culo más horrible que ningunos pantalones sobre la faz de la tierra me han hecho jamás. Es como si primero lo aplastaran y después lo empujaran hacia el suelo y después me pusieran veinte años encima. El horror. Tengo que mirarme el culo sin vaqueros en el espejo para convencerme de que no es así de feo y no irme a mi casa llorando. Y me da mucho, mucho miedo abrirle la puerta a VM.
- ¿Voy preparando la soga? - pregunta.
- Me temo que sí.
Abro, le enseño el Culo más Horrible Bajo Unos Vaqueros Ever y el pobre hombre se queda sin palabras. En mi opinión, sin embargo, no debería quejarse: él tiene muchos vaqueros que vender, pero yo sólo tengo un culo.
- Déjalo, de verdad, que hoy no está de Dios que me compre unos vaqueros - le digo, mientras le apoyo una mano en el hombro. El hombre parece tan triste que estoy a punto de confesar que soy psicóloga y explorar su intención autolítica, pero me contengo. Acabamos consolándonos mutuamente, algo como "eres un gran vendedor", "y tú tienes un culo estupendo", y salgo de la parte de vaqueros caros inundada de drama. Al menos mi política de gasto cero permanece intacta.
Después voy a por mi furgo, que brilla como el sol desde el fondo del aparcamiento. Abro la puerta, esnifo su aroma y me regocijo en la maravilla de que ya no huela al Varo. Qué estupendo todo, incluso aunque mi culo escape a los tallajes internacionales de los vaqueros de marca. A lo mejor estoy hecha para comprarme los vaqueros en el Lefties; ni tan mal, al fin y al cabo, que allí por veinte euros te los encuentras la mar de apañados.
Moraleja: si alguna vez tenéis verdadero interés por compraros unos vaqueros, id al CI de Cádiz y buscad a VM. Pero antes haced unas cuantas miles de sentadillas, que los tensores de los traseros los carga el diablo.
martes, 12 de junio de 2012
Largo domingo de verano
Es domingo, son las ocho de la mañana y ya me he aburrido de dormir, así que después de obligarme un rato a permanecer horizontal dentro de la Dobloneta, decido que al carajo todo y que voy a levantarme. Guille está frito a mi lado, y Pablo e Irene también van a tardar en amanecer dentro de su Vito, así que decido vestirme e ir a tomar un café y dar un paseo, por ese orden.
El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.
Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.
Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.
La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.
El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.
Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.
Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.
(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).
Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.
Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.
Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).
Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.
El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.
Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.
Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.
La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.
El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.
Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.
Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.
(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).
Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.
Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.
Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).
Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.
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