massobreloslunes: 2006

viernes, 29 de diciembre de 2006

santa claus is coming to town

para los que escriben mucho, para los que escriben poco, para los que no escriben nada
para los cuentavidas, para los rolleros, para los bordes
para los glamourosos, para los de tendencias, para los elitistas
para los que tienen faltas de ortografía, para los que no saben redactar, para los que no se olvidan ni un acento
para los realistas, para los surrealistas, para los hiperrealistas
para los que actualizan mucho, para los que actualizan poco
para los que abrieron un blog una vez y se olvidaron
para los que utilizan la plantilla más simple de blogger, para los que diseñan su propio template y lo cambian cada año
para los de blogger, para los de blogia, para los de la coctelera
para los fotoblogueros
para los que tienen pseudónimo, para los que ponen su nombre de verdad, para los que cuelgan su foto
para los filósofos, para los materialistas, para los artistas
para los que tienen aspiraciones, para los que no aspiran a nada
para los que tienen muchos comentarios, para los que tienen pocos, para los que no tienen
para los que rebuscan anécdotas de su niñez, para los que inventan, para los que vomitan palabras
para todo aquel que se sienta de vez en cuando a compartir miserias con el resto del mundo
para golfo, para el pinchadiscos, para Irene
para mí, para ti
para todos.

Feliz Bloguidad.

lunes, 18 de diciembre de 2006

paraules

Tener a una erasmus en casa te hace caer en la cuenta de que lo que sale de tu boca son palabras que componen un idioma: tu idioma. Antes de decirle a Sarah cualquier cosa, la paladeo un poco antes, calibro las expresiones que voy a utilizar, los verbos, el grado de coloquialidad de las palabras. Hay que ser sencillo, ir a la raíz. Identificar qué palabras son fáciles, cuáles no; cuáles son homófonas y podrían confundirla; cuál es el antónimo de tal o cual vocablo difícil, porque a veces las cosas se definen mejor con sus contrarios. De repente te das cuenta de que expresiones como “es un fantasma” o “eso me resbala” son auténticos artilugios de doble filo que no tienen ningún sentido a no ser que comprendas que no dicen lo que en principio parecen querer decir.
Hablo con Sarah y le envidio ese aprendizaje de mi lengua. Me entran ganas de aprender yo también una lengua nueva, porque hay algo un poco mágico en hacerlo. Aprendes a construir frases como quien emplea piezas de lego, ensamblas unas palabras con otras, las lanzas y te entienden. Tu cerebro hace un montón de nuevas conexiones y construye el mismo universo que tú ya conocías, sólo que de forma diferente.
Yo aprendí catalán cuando fui a Barcelona. Vale, habrá quien diga que eso no es lo mismo, que el catalán se parece mucho al castellano y que te puedes hacer entender si no sabes algo. Sí, pero igualmente es un idioma distinto, con sus reglas, sus conjugaciones y su vocabulario. Además, yo me lo tomé con seriedad de filóloga. Analizaba todas y cada una de las expresiones que aprendía. Relacionaba etimologías, desempolvaba mi latín de bachillerato y me preguntaba, por ejemplo, por qué la palabra genus se convirtió en genoll en catalán y, sin embargo, pasó al castellano con ese nombre tan poco elegante de rodilla (cuando una es friki de la lengua, es friki). Y era como magia cuando yo aparecía en el mercado de Sabadell, con mi supercarrito de maruja comprado en el Alcampo, y empezaba a pedirle al amable señor del puesto: de pomes, un kilo, si us plau… i cinq cebes, i unes maduixes que no estiguin massa verts, i… dona’m també dos pebres, i un carbassó, i un kilo de tomáquets. Y, mágicamente, el señor me llenaba las bolsas y aparecía lo que yo había pedido: manzanas, cebollas, fresas, pimientos, un calabacín, un kilo de tomates. Y el señor me sonreía y yo me marchaba, orgullosa, porque para conocer a un pueblo hay que conocer su lengua, y por eso yo me empeñé en aprender catalán aunque, al final, haya resultado tan decorativo e inútil como, digamos, una licenciatura de filología clásica.
Al final digo yo que se acaban amando todas las lenguas que se conocen, ¿no? Porque yo, que soy más andaluza que una peineta y que creo que no voy a volver jamás a Cataluña, acabé por querer a ese idioma que todos dicen que es tan feo y que sólo les escuchan a los políticos a la hora del telediario. Y me da mucha pena que a nadie le importe que yo sepa que en catalán echar de menos se dice trobar a faltar, y que encuentro precioso ese quiebro lingüístico en el que, como decía F., “te busco y encuentro que me faltas”. O que entero se dice sencer, así que una persona sincera es, de alguna forma, una persona entera. O que gustar se dice agradar y querer se dice estimar, y es difícil asignarle sus significados, tan primarios, a esas palabras tan pulcras y tan anticuadas.
Aprender otro idioma te hace revisar el tuyo, caer en la cuenta del peso de las palabras, paladearlas y tener ganas de seguirlas desde que nacieron, en forma de balbuceo gutural de algún cavernícola, hasta que han llegado a nosotros, pulidas, con un significado definito, listas para ser usadas una y mil veces, hasta que nos hartemos. Y mira que yo soy poco de virtuosismo lingüístico, que me tocan las narices los alardes formales que tanto parecen entusiasmar a la mayoría de los escritores de este nuestro país. Pero no se puede negar que se escribe con palabras, con palabras útiles y precisas, variadas y, a veces, casi tangibles. Así que hoy he decidido desenterrar mis prejuicios y escribir este texto hablando sólo de esos entes incorpóreos que son las palabras. Vosotros juzgaréis qué tal ha quedado.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Marbayzín

Marbayzín es el mar que me invento para olvidar que en esta ciudad no hay mar. Llego a él a través de las calles, como subida en una lancha, y el punto donde hemos quedado tú y yo es aquel que elijo para echar el ancla y esperarte. Justo ahí, mi amor, al final de la calle de las teterías, enfrente de una iglesia cuyo nombre aún no me he aprendido. Cuando apareces, me zambullo en el mar albayzinero como el buzo que se tira de espaldas al agua. Bienvenida marítima de besos húmedos y salados en la oscuridad de una calle que bien podría ser de roca. Caminamos hasta tu casa cogidos de la mano, como dos sirénidos que dejan que les aúpe la marea. Subiendo las cuestas con la fuerza de salmones a contracorriente, llegamos a tu casa, la gruta submarina que despide luz como el cofre de un tesoro.
Dentro el aire es menos frío, como las masas de agua cálida que se desplazan a veces a través del océano. Antes de flotar hasta el banco de arena fina que es tu cama, te cojo de la mano y te pido que me subas a la azotea. Me yergo como un vigía, gritando "¡Ah del barco!. Frente a mí se extienden las olas de mi mar del Albayzín, con cierta blancura de espuma que reluce pese a la oscuridad de la noche. El silencio es enorme, como si buceáramos a muchos metros bajo la superficie del agua. Contemplamos el mar desde arriba y desde dentro, y a nuestro alrededor revolotean las mariposas nocturnas con la cadencia de peces voladores.
Ahora eres tú quien me coge de la mano y me lleva escaleras abajo suavemente, como si flotáramos. Navegamos el desorden de tu cuarto y nos metemos en la cama. A través de tu ventana se ve la calle como desde un ojo de buey, y nos mecemos mucho rato al compás de las olas que balancean nuestro camarote. Siento las calles empedradas golpear afuera, con dulces embates de barrio antiguo y calles desiertas. Si tu casa fuera un barco, mi amor, estaría ahora mismo sumergido junto a los peces abisales del fondo. Sería uno de esos barcos fantasmas, hundidos hace mucho tiempo, refugio de peces y de sirenos enamorados como tú y yo.
Cierro los ojos y te escucho ya dormido a mi lado. Mientras yo también me duermo, balanceándome suavemente como si hiciera el muerto sobre las olas, juraría que tu respiración cada vez se parece más al sonido del mar.

martes, 12 de diciembre de 2006

Quiero hibernar

Acabará el invierno y encontraréis mi cuerpo tras el deshielo. Frío aterido, que no me deja hacer mucho más que pegarme al radiador y temblar un poco para entrar en calor. Frío del agua del grifo, de la taza del váter. Frío de vaho saliendo de nuestras bocas en plena cocina, a las tres de la tarde, mientras se cuece una fideuá con los últimos restos de la bombona de butano.
Frío, sobre todo, por las noches, encogida bajo el nórdico modelo islandia que me ha prestado Ana. Me hago un ovillo, me concentro para general calor con los cuarenta y cinco kilos de mi cuerpo y me basta estirar un poco el pie, girar la cabeza o deslizar ligeramente el edredón para sentir el helor que se extiende más allá de los límites de la frágil calidez que he conseguido crear.
Dos semanas idiotas, suspendidas entre un puente y la navidad. Dos semanas con febrero penduleando sobre nosotros como una espada de Damocles y las vacaciones en medio, acolchándonos con la seguridad engañosa del “ya lo haré luego”. Semanas de cargar la mochila de libros en la biblioteca, de ver películas acurrucada bajo el nórdico, de alimentarse de sopinstant y palomitas de maíz.
Para el próximo día de taller tengo que escribir sobre el Albaycín pensando en el mar. El título será “marbayzín” (no es mío). No sé ni por dónde empezar. Quiero comenzar por algo como esto:
“A los países encantados de los cuentos se entra por los espejos, por las trampillas, por puertas secretas escondidas en la base de los árboles. A marbayzín, mi Albayzín, mi propio mundo mágico, se entraba por un rincón que sólo tú y yo conocíamos, al final de la calle de las teterías, frente a una iglesia de la que aún no sé el nombre. Allí me encaminaba yo en medio de la noche, muerta de frío, solitaria como una heroína infantil. Llegaba, daba tres vueltas sobre mí misma, golpeaba con los pies el suelo empedrado y pulsaba el botón mágico del móvil. Tú bajabas desde la torre de tu palacio, aparecías por detrás de una esquina y me abrías la puerta de tu Albayzín.”
Es cursi, ¿no? Bueno, eso tampoco es malo. Tendréis que esperar un poco para verlo acabado, lo siento.

domingo, 3 de diciembre de 2006

Tiempo

Este fin de semana me he quedado en Granada.
La forma tan maravillosa que tiene mi Langosta de hacer pasar las horas junto a él me ha llevado a Málaga cada uno de mis fines de semana desde que empezó el curso. Aunque defiendo una cierta independencia, qué queréis que os diga; terminar las clases del viernes, comer un bocata rápido en la estación y volar en autobús a su lado es de las cosas más bonitas que una puede hacer con su tiempo libre.
No obstante, como el martes empieza un superpuente y yo tenía algunas cosillas que hacer aquí, este fin de semana me he quedado en Granada. Ha sido raro, no os creáis, remolonear en una cama que hasta ahora sólo me había servido para madrugar; dejar pasar las horas sin medir cuánto tiempo me queda libre para hacer esto o lo otro antes de meterme en la cama. El viernes me tiré en el sofá y me leí dos libros seguidos: “Los Santos Inocentes”, de Delibes, y “Biografía del Hambre”, de Amélie Nothomb. Vaya con Delibes, con lo que yo le había criticado y lo muchísimo que me ha gustado el libro. En cuanto a la belga, está chiflada, no hay más que hablar, pero no deja indiferente.
El sábado por la mañana desayuné chocolate con churros en el Café Fútbol. Lo mejor del Café Fútbol, sin duda, es su terraza, extendida al sol sobre la Plaza de Mariana Pineda; el sábado, sin embargo, también tenía su encanto llegar de la calle fría y un poco nublada y meterse en su interior medio modernista, con el dibujo de la mujer de las pestañas carnívoras en la pared del fondo. Lo malo de las terrazas es que se dispersa el olor; en las cafeterías interiores siempre está esta deliciosa concentración de aroma a churros, a café, a tostada y a humo.Tendríais que haberme visto, toda pequeña, con los ojos aún pegados de sueño y mi inequívoco aspecto de no haber sobrepasado los quince años. La gente me miraba con lástima mientras yo empezaba “Las partículas elementales”, de Houellebecq, bastante indiferente a que el camarero me hiciera o no caso. Engullí tres churros y un chocolate mientras pasaba las páginas del libro y oía, como de fondo, las voces de los granadinos animosos que desayunan en la calle los fines de semana.
He tenido tiempo para todo en estos dos días. He limpiado los dos dedos de polvo que se acumulaban en las estanterías de mi cuarto. He visto capítulos de Sexo en Nueva York, embutida en mi maravilloso nórdico con funda de burbujas azules. He dormido siestas resacosas hasta arriba de analgésicos, rezando para que la cabeza dejara de martillearme. He dudado existencialmente entre comprar una chaqueta naranja o una roja. Me he emborrachado un poquito y he jugado horriblemente mal al futbolín (aunque metí tres goles preciosísimos, que conste). He visto una peli y media y dormido la otra media.
No está mal tomarse unas vacaciones de amor de vez en cuando. Aunque sólo sea para darse un buen atracón de horas y de soledad y esperar, como espero hoy yo llena de ilusión, a que él aparezca mañana en la puerta de casa a robarme todo el tiempo del mundo.

miércoles, 22 de noviembre de 2006

lunes, 20 de noviembre de 2006

Eva y la intensidad

Me gustan las pastelerías porque están hechas totalmente para el placer. No hay nada de nutritivo en sus cremas azucaradas o en sus guindas de colores imposibles. No tienen más justificación que, digamos, un sex-shop y, sin embargo, al contrario que éstos, han conseguido mantener un aura de respetabilidad hogareña.
En Barcelona había muchas pastelerías que, además de exhibir unos dulces preciosos, sofisticados y carísimos en sus escaparates, tenían un par de mesitas en el interior para sentarte a tomar café. No he visto sitios así en otra ciudad, pero igual es porque no me he fijado mucho. La cuestión es que me encantaban las pastelerías-cafés de allí. Eva y yo solíamos ir a una que había cerca de las ramblas, cerca también de la iglesia del Pi donde yo me sentaba a pedirle a Dios que me devolviera mi felicidad. Se llama la Croissanteria del Pi, y no es especialmente pintoresca, ni muy barata, ni muy especial. La verdad, mientras estuve en Barcelona no me distinguí especialmente por descubrir lugares recónditos (estaba demasiado ocupada intentando mantener la cordura). Lo que quiero decir es que no busquéis la Croissanteria del Pi como un lugar bohemio que os ha recomendado una bloguera desconocida, porque es un sitio la mar de corrientito y de precios tirando a altos. Es, eso sí, muy bonito, con una decoración de cajas de galleta antiguas y lámparas coquetas, como con encajitos, creo recordar. Allí nos íbamos Eva y yo a escribir algunas tardes, yo con mi libreta del ojo en la portada y ella con un cuaderno precioso de papel reciclado que se ataba alrededor con un cordel.
Eva nunca quería enseñarme nada de lo que escribía. Cuando hablo de ella siempre me refiero a sus ojos azules, enormes y asustados, y al punto de locura que tenía cuando decía cosas como “ODIO el periodismo y ODIO a todo el mundo”. Sin embargo, era bastante más que una tía rara (aunque creedme que era muy rara). A veces te hablaba con pasión de las cosas: de su batería, por ejemplo, o del cuadro de Degas que había pintado en la pared de su cuarto. Otras veces parecía que se quería morir, o que nunca había hecho en su vida nada que mereciera la pena. Así como Mariana era la luz, Eva no era exactamente la oscuridad, pero sí se parecía a uno de esos días nublados en los que no va a llover y te ciega un cielo de una deslumbrante claridad gris.
Cuando la conocí, me contaba cómo se había enamorado de su profesor de balonmano. Estaba loca por él, por un tipo nosecuántos años mayor que ella, con mujer e hijos, que entrenaba a su equipo en Mallorca y vivía en un pueblecito de la costa occidental. Los sábados por la mañana, Eva cogía su bicicleta y pedaleaba hasta el pueblo de su profesor. Puedo imaginarla, corriendo a todo lo que le daban los pulmones, porque en el deporte Eva era igual de extrema que para todo lo demás. Luego se sentaba detrás de un seto y se quedaba mirando fíjamente la puerta de la casa de su entrenador, hasta que veía a éste salir con su mujer y sus hijos. “Casi todos los sábados hacían algo”, me contaba. “A veces ellos también iban en bici, todos con casco, como en un anuncio de biofrutas. Otras, se montaban en el coche con una nevera y pilas de sandwiches y se iban de picnic, al bosque o a alguno de esos sitios acondicionados para domingueros”. Cuando me contó lo de la bici, le dije que había algo de masoquista en aquello. “Qué va”, contestó ella. “Cuando salía de allí me sentía muy bien. No es que me gustara que estuviera con otra, pero me daba cuenta de que era un buen marido y un buen padre, y pensaba que sería igual conmigo cuando yo le consiguiera”.
No os sorprendáis. Ya os he dicho que estaba bastante loca.
No sé en qué acabó la historia de Eva y su profesor. Mientras yo estuve en Barcelona, ella hizo lo posible por olvidarle: pillaba borracheras descomunales jueves, viernes y sábado y se enroscaba en el cuello del primer tío que le dejara. Cuando iba a Mallorca, quedaba con otros chicos, por lo que me contó, y nunca más confesó ninguna excursión intempestiva al pueblo de su entrenador.
Sin embargo, prefiero pensar que la historia sí siguió, y que ella consiguió seducirle al más puro estilo Lolita, a pesar de que no era guapa (pero tampoco nada fea, que quede claro). Quiero creer que después de unos cuantos encuentros turbulentos, se dio cuenta de que aquel tipo no era para tanto: tenía barriga debajo de la sudadera del equipo, y siempre se levantaba de la cama a toda prisa, alegando que tenía que recoger a los niños de las actividades extraescolares. Entonces Eva le dejó, y él, desesperado, iba a la puerta de su casa en bicicleta para ver cómo ella salía y entraba, a veces de la mano de algún chico, otras veces sola. Pero cómo va a ser eso, diréis, si Eva estaba en Barcelona. Yo que sé. Sólo estoy diciendo lo que me gustaría que hubiera ocurrido.

domingo, 29 de octubre de 2006

FAQ

Rueda de prensa. Flashes de fotógrafos destellando por doquier. Por una esquina asoma la pequeña Matilda, poco más de metro y medio de rubia peleona, un poco intimidada por tanta expectación. Se sienta en una mesa donde varios micrófonos se yerguen desafiantes. La masa de periodistas se ha erizado de manos levantadas.

- Ejem... - Matilda carraspea para probar los micros -. Contestaré por orden a todas las preguntas.
Va señalando alternativamente a los reporteros, que estiran el brazo como si quisieran hacerlo crecer.
- ¿Por qué este cambio de dirección? - pregunta una chica rubia, con pinta de acabar de salir de una facultad supermoderna.
- Veamos... El cambio de dirección tiene dos razones. La primera es de orden completamente personal. El otro blog estaba cargado de referencias y de historias que siento que ya no me pertenecen. Seguir escribiendo ahí era como cargar con el lastre de un pasado que, aunque es mío, tampoco tengo ganas de estar recordando a diario. La segunda razón es un poco más social. Aunque yo soy una exhibicionista emocional y no me suele importar mucho lo que piensen de mí, hay ciertas razones para que ciertos posts no sean accesibles a cierta gente. Y como no tenía ganas de ir censurando el blog como si de un periódico en tiempos de franco se tratara, he pensado que lo mejor es hacer borrón y cuenta nueva.
- ¿Y por qué el pseudónimo?
- Más que nada, para dificultar, en la medida de lo posible, que me vuelvan a encontrar... o más que nada, que relacionen a Matilda con la chica del otro blog.
- Pero ¿no te parece un poco ingenuo todo esto? Quien te quiera encontrar, te va a encontrar.
- Ya, sí, eso está claro... la cuestión no es impedir, la cuestión es dificultar. Tampoco es que quiera desaparecer del mapa. La situación no exige medidas tan drásticas.
- ¿Y el nombre? ¿Más sobre los lunes?
- Bueno, es un nombre como otro cualquiera del que probablemente me hartaré en dos semanas, ya me conocéis. En cualquier caso, para mí significa que en la vida hay que hablar de los lunes más que de los sábados, de la desazón y la rutina más que del ocio o de las mañanas soleadas.Todo tiene cabida en la escritura, pero los lunes son más interesantes.
- ¿Y Matilda? ¿Eres tan pedante como para identificarte con ella?
- Para ser sinceros, Matilda leía incluso más que yo y bastante antes que yo. No me puedo identificar con ella porque ella es superdotada y yo soy normal (tirando a lista, pero normal). A mí de Matilda me encantan su sinceridad, su mirada sobre el mundo y su amor por la lectura. Lo importante de Matilda no es la pila de libros sobre la que se sienta, sino el que tiene entre las manos, y los ojos abiertos, despiertos, que miran al mundo y no al libro. Vale, no he conseguido no parecer un poco pedante, pero espero que al menos se entienda.
- ¿Y qué pasa con tu blog antiguo? ¿Lo vas a perder definitivamente?
- No sé muy bien qué hacer con él... para mí lo ideal sería colgarlo con una dirección cualquiera, para que la gente se lo encontrara por casualidad y lo pudiera leer. Sin embargo, igual sí, igual desaparece. Si alguien tiene mucho interés en leer algo, me lo puede pedir... quizás incluso haga una versión impresa del blog y me lo quede yo. Eso está por decidir.

Sigue habiendo manos levantadas, pero Matilda está un poco mareada y, además, necesita ir al baño. Antes de marcharse, se disculpa por no haber podido ser más prolija en sus respuestas y asegura que va a seguir ahí al pie del cañón, como antes, escribiendo chorradas y hablando de vez en cuando de sí misma en tercera persona.
Luego se baja dando un saltito de la silla y echa a andar por la tarima para, acto seguido, desaparecer por una puertecita y ponerse a buscar los servicios frenéticamente.

domingo, 22 de octubre de 2006

Lecciones de Marina sobre el amor, volumen II

En los cuentos siempre hay una advertencia. Cuando el mago, o el hada, o quienquiera que sea que va a ayudar o a imponer una prueba al héroe, le explica cómo debe hacerlo, suele incluir un aviso. “No toques nada” o “no comas nada” o “no mires a los ojos de la estatua” o “no vuelvas la vista atrás”. Y siempre, no falla, el héroe cae en la trampa y hace caso omiso de las instrucciones. Luego, en general, aunque las cosas se embarullen por su culpa, encuentra la forma de salir airoso, que para eso es un cuento y termina bien. Hoy me pregunto: ¿por qué? La advertencia era sencilla. Era un compromiso. Decir una cosa y hacerla. Es por tu bien, no por putearte. Y los héroes siguen liándola, cogiendo comida o tocando las riquezas o mirando atrás como subnormales. Podrías haberlo hecho bien, podrías haber sido rico y feliz, podrías haber salido victorioso y no lo has hecho.
Los cuentos son la realidad. Los humanos tocamos la plancha para ver si está caliente y pasamos los dedos por encima de los cuchillos para ver si están afilados. Nuestras madres nos dicen que nos abriguemos y no lo hacemos. Nuestras parejas nos dicen que no les mintamos y lo hacemos. Y luego, cuando nos quemamos, nos cortamos, nos resfriamos o nos dejan, nos quejamos.
Así nos va.

martes, 17 de octubre de 2006

Extraña mezcla

Creo que lo malo, no ya de escribir, que al fin y al cabo tampoco escribo tanto, sino de leer, es que una acaba adquiriendo una especie de deformación no profesional, por así decirlo. Se podría llamar "sentido de la historia" (me lo acabo de inventar). En mi caso, consiste en que tiendo a buscar que mi vida, o incluso las vidas de los demás, tengan una conexión, un orden. Las personas no son personas, sino personajes, y tienen sus motivaciones ocultas, sus caracteres arquetípicos y una especie de destino, fatal o no, que los lleva a un sitio que no tengo muy claro cuál es, pero existe.
Así, miro mi vida y pienso que si fuera una novela no tendría ni pies ni cabeza. Como mucho, sería un mamotreto tipo John Irving, como "El Mundo según Garp": un libro que no tiene más remedio que gustarte pero cuyo argumento, al final, no podrías explicar con precisión. Una sucesión más o menos entretenida de peripecias vitales que no se sabe bien si llevan a alguna parte.
Todo esto viene a que J. me dijo el otro día una frase que me gustó: "la extraña mezcla de circunstancias que es mi vida, y que no tengo más remedio que aceptar, porque no tengo otra". Yo a veces veo mi vida un poco absurda. Ni mala ni buena; absurda, sin más. Y la mayoría del tiempo no la acepto y me pongo a buscar frenéticamente el personaje que le falta o el cápitulo que le dará un poco de redondez al argumento.
Hoy, sin embargo, he desayunado en la facultad un mollete y un café con leche. Mientras esperaba en la barra he suspirado profundamente. "Vaya suspiro, hija mía", me ha dicho el camarero mientras me servía la leche en el café. "Es que estoy contenta", me he apresurado a aclarar yo, "contenta de desayunar".
Así que hoy sí que me gusta esta extraña mezcla de circunstancias que es mi vida.

martes, 10 de octubre de 2006

Escala de valores

Está la escritura, sí. Está que el arte, o su sucedáneo, no se censura. Está la sinceridad, los exorcismos vía literaria; está que mi verdad es mi verdad, y es mi decisión contarla o no hacerlo, y que los castillos de arena de los demás son, pues eso, sus castillos, y no es mi responsabilidad mantenerlos en pie.

Pero también está la gente que te importa, y cosas menos tangibles que las letras pero más reales que ese ente informe al que llamamos literatura. Están la tristeza, el dolor y el miedo, la culpa y la angustia, el perdón y la reconciliación.

Cada uno los ordena de una manera. Para mí, sin duda, la escritura, o su sucedáneo, va después.

miércoles, 4 de octubre de 2006

Ingenioso diálogo estilo ingenioso filólogo

- ¿Es usted la bloguera que me llamó para concertar una cita?
- La misma.
- De acuerdo, pase y siéntese.
- Gracias, doctor. Qué consulta más agradable tiene.
- Dejémonos de cortesías y vamos al grano. ¿Qué síntomas tiene?
- Veamos... no puedo bloguear.
- Vaya, vaya... así que no puede... Seamos francos: ¿no puede o no quiere?
- Quiero, doctor, quiero, pero las circunstancias de la vida me lo imposibilitan.
- ¿Qué circunstancias?
- Pues... para empezar, no tengo línea de teléfono en casa.
- Vaya por Dios... eso es grave. Pero quizás pueda usted encontrar una vía alternativa... un ciber o algo parecido.
- Verá: el único ciber que hay cerca de mi casa es un locutorio diminuto donde no se puede postear.
- ¿Por?
- Primero: es muy pequeño; segundo: hay mucha gente siempre entrando, saliendo y gritando; tercero: los teclados son una porquería, están duros como piedras, y no es que yo sea una fetichista de los teclados, pero con esos, francamente, no se puede.
- Pues estamos buenos.
- Eso opino yo. Además, mi gatita está enferma, mi chico está lejos, tengo que fregar platos y, en general, estoy dentro de la pequeña crisis del comienzo de curso: adaptación y etc.
- Entonces...
- ¿Me dará la baja?
- Bueno, es un caso un poco especial, quizás pueda hacerlo... pero no por mucho tiempo. Le firmaré una baja del territorio bloguero durante unos días, pero no más. En cuanto sus circunstancias cambien, debe usted retomar su labor. De lo contrario, perderá sus privilegios y dejará de percibir sus remuneraciones.
- ¿Qué remuneraciones, doctor, si a mí por esto no me dan un duro?
- Remuneraciones simbólicas, hija... comentarios, respeto ajeno, links...
- Bah, tampoco pierdo mucho, entonces.
- Usted sabrá. Yo con firmarle el papelito, cumplo.
- De acuerdo, doctor, muchas gracias.
- De nada, guapa, a mandar.

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Clementina

No puedo dormir, pensando en angustias existenciales como el amor, el tiempo y la distancia o por qué mi padre ya no me da las buenas noches. Con las lágrimas rodándome por las mejillas sin esfuerzo, como lágrimas de princesa de cuento, bajo al salón y me abrazo a la Clemen. Para ser más exactos, Clementina está hecha un ovillo en su sillón (sí, su sillón), y yo me enrosco a ella procurando no tocarla demasiado, para que no se agobie. Está un poco apagada, pero normalmente no es lo que se dice la gata más activa del mundo, así que no me preocupo. Durante al menos media hora las dos estamos así, juntas, yo acariciándole el lomo, ella cambiando de postura de vez en cuando para que le haga cosquillas por aquí o por allá. A ratos, simplemente, pongo mi mano sobre su cuerpo y la siento subir y bajar al ritmo de su respiración. Luego intento yo respirar al ritmo de sus ronroneos y, poco a poco, voy relajándome, como contagiándome de su paz.
Me incorporo y me inclino sobre ella para darle el beso de buenas noches en la cabecita naranja, cuando de repente la veo. Es una gota rosada y redonda que reposa junto a mi gata, sobre la tela beige que cubre el sillón. Al principio creo que es malta (una sustancia que se les da a los gatos para que no vomiten el pelo), pero la toco, la huelo y me doy cuenta de que es sangre.
De repente un miedo frío me sube por la espalda. Mi gatita sangra. La pregunta principal es ¿por dónde? Lo primero que pienso es en el culito: cáncer de colon, metástasis, muerte. Así soy yo, amigos: optimista. Le miro en el lugar donde el lomo pierde su digno nombre, pero no hay nada; ni rastro de sangre. Entonces descubro una herida en el lomo que sangra no copiosa pero sí notablemente.
Aquí es donde me acojono. Pregunto a mi madre, la médico, que reposa tranquilamente en su cama. “Comprime”, me dice “haz un apósito con gasas y algodón y comprime”. Así que yo bajo e intento comprimir, pero la gata se queja, se revuelve, intenta arañarme sin mucho éxito (porque la Clemen no saca las uñas en la vida). En un descuido, sale por la ventana, baja las escaleras y se esconde en el coche del vecino. Hemos perdido a la paciente, señores. Vuelvo a casa y agarro lo único que motiva a Clementina por encima de todas las cosas: su comedero repleto de pienso para gatos gordos. Lo agito y acude una gata quejosa pero motivada, bamboleando su panza a ambos lados del cuerpo. Mientras come, puedo ver mejor la herida. No es muy grande, pero sangra. Subo a consultarle a san google: primeros auxilios en animales. Heridas: si sangran, comprimir y llevar a veterinario.
Bajo de nuevo. Miss Mandarina se ha subido al sillón y vuelve a reposar, llenándolo todo de sangre. Entonces le hablo: “Clementina, ha llegado el momento de ser valientes. Duele, pero a veces hay que aguantarse el dolor. No siempre, pero a veces sí, y esta es una de esas veces. Y por eso ahora yo te voy a coger por el cuellecito para que no te muevas y te voy a poner esto en la herida”.
Los animales están dramáticamente indefensos. Clementina no me entiende, y por eso le da pavor que yo le aplique el apósito en su herida. Sólo sabe que duele y que ella no quiere dolor, así que intenta zafarse. En este caso, yo le causo un dolor menor para evitar un mal mayor y, aun así, ella sufre. Si fuera humana, podría controlarse, abstraerse, distraerse, pero no puede. Aunque creo que me comprende un poco, porque cuando le acaricio el cuello mientras comprimo la herida y le musito palabras de apoyo, se deja hacer… gruñendo un poco, pero se deja. Se zafa al cabo de un rato, pero es suficiente como para cortar la hemorragia de momento. Mañana la llevaremos al veterinario, siempre y cuando siga sin sangrar cuando yo haya acabado este texto (si no va ahora derechita).
Cuando he empezado a escribir sobre la Clemen quería contaros algo rollo literario-intimista: el miedo que me ha entrado de que a mi gatita, uno de los seres a los que más quiero en el mundo, le pasara algo. Quería decir que todos los malos rollos de mi cabeza se han desvanecido y me he concentrado en que la chiquitita no sufra.
Pero no puedo acabar este post sin aclararos que, leyendo lo anterior, ¿cómo iba yo a comer, por Dios, animales? ¿Cómo iba a apoyar a una industria en la que a miles de animales se les inflige dolor, físico y moral, sin que nadie les dé unas palabritas de aliento, y sin más fin que el de servir a nuestros paladares, nuestros pies o nuestro abrigo? Los que tenemos la suerte de convivir con animales y podemos ver en ellos el dolor, la incomprensión y el miedo (un miedo que no puede ser elaborado, ni paliado, ni apartado… un miedo que es total, porque no cuenta con las herramientas que poseemos los hombres para alejarlo), deberíamos (de hecho, debemos) empatizar con el sufrimiento de los millones (MILLONES) de criaturas que pasan por eso durante TODOS los días de su vida sólo por no ser tan monos como nuestros gatos/perros/chinchillas/peces de colores.
Nunca me ha gustado hablar de ese tema en este blog, pero una de mis consignas es la honestidad, y siendo honesta esta noche, lo que quería escribir era exactamente esto.

domingo, 24 de septiembre de 2006

Lo pequeño es hermoso

Me levanto por la mañana y lo primero que veo es mi poster de “El Beso” de Klimt colocado en la puerta de mi habitación. Mientras me visto, mis ojos se posan en el capítulo siete de Rayuela, que he copiado en rotulador violeta y pegado junto al cabecero de la cama. “Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca…”. Dudo que se haya escrito jamás algo tan hermoso.
Me miro en el espejo y pienso que quizás me corte el pelo estilo Amelie, porque la verdad, desde que vi esa película me siento muy identificada con ella. Ese buscar la magia en lo cotidiano, esa capacidad de hacer felices a los demás con las pequeñas cosas… definitivamente sí; esa soy yo. De hecho, creí que era la única a la que le encantaba tirar piedras al agua o meter la mano en las legumbres, pero no.
Antes de salir, cojo un puñado de caramelos de fresa y los meto en la cartera. ¡Soy tan adorablemente ingenua! Mientras camino hacia la parada del autobús, pienso en cuánto me gustaría ser como Alicia en el País de las Maravillas y pasar el día de hoy al otro lado del espejo, donde seguro que no hay humo de coches, ni ruido de claxon, ni profesores coñazo. Me echo un cigarro esperando el bus y mirando las antenas de la televisión suspendidas sobre los edificios. Estos pequeños detalles son los que la mayoría de la gente pasa por alto, y sin embargo son los que realmente conforman la vida.
Durante la clase me siento aturdida. Todo tiene tan poco sentido. Soy tan insignificante. No soy mujer ni soy niña, no estoy viva ni muerta, no soy ni de aquí ni de allá. Pero qué vacío existencial tan grande tengo a veces.
Desayuno en la cafetería un café solo mientras fumo y ojeo “El principito”, que siempre llevo en mi mochila. Me encanta el capítulo del zorro. De hecho, siempre pienso en X cuando lo leo. Nosotros somos como el principito y el zorro: no nos enamoramos, sino que nos domesticamos. Ay, X… ¿por qué nuestro amor es imposible? ¿por qué, si tú y yo somos piel, y azúcar, y tu lengua horada la mía en profundidades místicas? Termino mi café y me acerco suspirando a la biblioteca.
Paseo por entre los libros y acaricio reverencialmente a Cortázar, a Camus, a Neruda. Sólo entre libros me siento completamente yo. Me fascina la idea de que haya historias quietas entre sus páginas que vuelven a la vida cuando nosotros las abrimos. De hecho, desde que leí “El Mundo de Sofía” a veces pienso si no seré yo un personaje que ha ideado alguien de una realidad alternativa.
Me acerco a uno de los ordenadores y aprovecho para dar un repaso a mis blogs favoritos. A ver qué se cuece por “Chica con falda roja” (uy, se me olvidaba que lo cerró hace unos meses). Bueno, pues veamos qué se cuenta Aracne. Leo a Golfo y le dejo un comentario. Me siento tan identificada con él, con sus miradas sobre la ciudad, con sus tejados… Un día de estos le agregaré al messenger, a ver si además es guapo.
Vuelvo a casa con la sola mención de un pequeño incidente: se me han enganchado los cascabeles de la falda en la puerta del autobús y casi arranca llevándome a mí detrás. Almuerzo mientras leo “La insoportable levedad del ser” y luego me echo una siestecita cubierta con mi manta de cuadros. Ah, la melancolía de las tardes de otoño. Ah, las hojas secas. (Nota mental: otoño, posible idea para un poema).
Por la noche, después de un largo día de emociones y sucesos, me siento un rato frente al ordenador. De repente he tenido una terrible intuición. No puede ser. Teceo blogger.com no exenta de pánico. Mientras inserto mi nombre de usuario y la contraseña, me doy cuenta de que no tengo escapatoria. Por fin veo el escritorio y se confirman mis peores temores.
¡Oh, no!
¡¡SOY UNA BLOGUERAAA!!

viernes, 22 de septiembre de 2006

Benvinguda

Bueno, hagamos balance. Ha llegado el momento de la evaluación. Lo bueno, lo malo, lo regular. Dos días después de haber vuelto de Barcelona me parece que no haya estado nunca allí.
Lo mejor.
Que las cosas no cambien cuando te vas o, al menos, no tanto como para dar miedo. La Vila sigue razonablemente igual, las voces que anuncian las paradas del metro son idénticas, ni siquiera el horario de primero de Periodismo ha cambiado demasiado.
Pensé que sólo volvería a Barcelona con alguien que me quisiera para acompañarme. Pensaba que sería una especie de Gran Trauma, una nueva constatación de Mi Debilidad y Mis Miedos. Sin embargo, mientras compro un botellín de agua en la Plaça Civica de la Autónoma y me dispongo a coger el ferrocarril de vuelta a la ciudad, me digo que no es para tanto. Estabas lejos, Marina. Lejos y sola. Aguantaste bien, lo hiciste muy bien. Te volviste porque no era tu sitio, porque a ti no te gusta esto, con tanto metro, tantos Starbucks y tanto catalán dando por saco con la normalización lingüística. Porque a ti te gusta tu ciudad pequeñita con sus tapas, sus guiris, su Albayzín y su castellano andaluz y monolingüe.
Y Mariana, que sigue igual, y que es como una gran bocanada de algo muy fresco y muy limpio. Que mereció ella solita todo el tiempo que viví en la Vila.
Rocío, y Joana, y Jose, y pasear por el Raval comprando a deshoras en las tiendas de los pakis. Porque esa es una Barcelona nueva. Yo pensé que haría una especie de viaje conmemorativo, que visitaría los lugares a los que iba cuando vivía allí. Sin embargo, la vida sigue, y esta visita a Barcelona no ha sido sólo el recuerdo, sino la continuación. He estado allí y he construido nuevas vistas, nuevos recorridos. He seguido adelante. Y mi historia con la ciudad no se para donde la dejé, en la confusión, en el miedo, en la derrota. Mi historia sigue en la Barcelona de las bicis, los locutorios y los pisos de estudiante, en la Barcelona del viajero, en esa confortable certeza de que estás aquí pero puedes irte cuando quieras, y también volver cuando quieras.
Lo peor.
No hay peor. A veces quiero construir una vida que tenga significado en sí misma, comienzo y fin como los capítulo de una buena novela. Que cierre sus círculos, que acabe sus tramas, que tenga cosas buenas y malas que se compensen las unas a las otras. Luego descubro que a veces no hay peor, que a veces no hay final. Que no voy a decir que todo lo que pasó allí está ya resuelto, superado, archivado. Tampoco que no lo está. Tampoco que piense volver una vez cada equis tiempo para mantener una relación con la ciudad, seguir descubriéndola y blablabla. Simplemente: lo que pasó, pasó. La cuestión no es cuándo vaya a volver: la cuestión es que ahora sé que puedo hacerlo siempre que quiera.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

La informática no está bien inventada

Hace unos días escribí esto en mi diario:
Debería haber redadas de recuerdos. Una vez cada, digamos, dos años, la policía debería entrar en nuestras casas rollo SS alemanas y destruir todo lo que oliera a memoria ñoña. En lugar de eso, acumulamos y acumulamos fotos, diarios, cartas, objetos, papeles que nos atan a una vida que no vamos a volver a tener.
Al día siguiente, mi disco duro externo se jodió y todas mis fotos se fueron con él. Todas. Imaginaos: cada vez que he sacado mi Olympus del bolso, he enfocado algo que creía que merecía la pena recordar y he disparado, ahora no sirve para nada. Es como si no lo hubiera hecho nunca.
Son curiosas las fotos, ¿no? En sí mismas, son fascinantes: un instante, un solo instante, invariable para toda la eternidad. Te asomas a una y ves a las personas que aparecen tan indudablemente vivas, tan viviendo únicamente ese momento, mientras fuera de ella envejecen y se entristecen a tiempo real. Por otra parte, es curioso el mero hecho de hacerlas. Tú vives tu vida, pero no como algo seguido y espontáneo, sino haciendo oportunas paradas para darle al botón del aparato. Entonces hacer fotos se convierte en parte de la vida, y no es simplemente que saques la cámara e inmortalices algo, sino que tu vida cambia porque has sacado la cámara, y ese acto es en sí un gesto. No sé si me explico.
Últimamente mis relaciones con los objetos no van muy bien. Llamadme mística, pero creo que cuando algo se rompe a nuestro alrededor está reflejando algo que tenemos roto por dentro. Mi gato arrancó de cuajo la “p” de mi ordenador, y ahora tengo que pulsar esa especie de botón de goma que las teclas tienen debajo. Luego J. tiró un vaso de agua sobre el teclado y fastidió las direcciones, ya sabéis: las cuatro flechitas (ahora J. llama a mi ordenador “bala perdida”, porque no tiene dirección). Por último, intenté secar las teclas con un secador y derretí una, que se desprendió del soporte retorciéndose suavemente hasta quedar inservible. Yo creo que mi teclado se rebela porque no he escrito NADA este verano. Parece que me está diciendo: “Marina, o espabilas o te vas a quedar sin letras que pulsar”.
En cuanto a lo de las fotos borradas… bueno, ayer le di el disco duro a mi vecino el informático y estoy rezando a veteasaberquién para que consiga rescatarlas. Visualizo ese momento en que llama a la puerta y me entrega un disco duro inservible y un CD con todos mis recuerdos intactos. Realmente, no quiero empezar de cero. Lo que dije arriba es mentira: no quiero que nadie se lleve mis recuerdos, de verdad, no quiero. No hay que vivir en el pasado, pero es hermoso tener un mullido colchón de momentos felices en el que poder recostarse. Quiero mis recuerdos: mi aburrida acumulación de señales que me permiten ubicarme en la vida. La carta que escribí a los 15 años para abrir cuando tenga 25, y la que escribí a los 20 para cuando cumpla 30 (si os preguntáis si pienso seguir haciéndolo durante todas las décadas de mi vida, la respuesta es “sí”).
A J. se le dan mejor que a mí los finales redondos y las metáforas bonitas. Ahora mismo, sólo se me ocurre que quizás me mude de marinainthemiddle para reaparecer en algún sitio secreto.
Me paso la vida barajando nombres, direcciones, seudónimos, firmas y títulos, y no soy capaz de admitir que yo misma es siempre lo que va a haber debajo.

viernes, 8 de septiembre de 2006

La Cena

Como no tenía una colección de mariposas para enseñar las invitaba a mi casa a cenar, pero el día que llegó ella sólo tenía para ofrecerle un sobre de sopa. Años más tarde, cuando volvió de acostar a los niños le pregunté por qué eligió quedarse conmigo pese a la triste escasez de mi pobre cena. Contestó con la inmediatez de la lección sabida: “Me diste algo que se podía conservar mucho tiempo”.

domingo, 27 de agosto de 2006

Átame

- Deja que te ate – susurró Amalia al oído de Carlos, mientras le mordisqueaba la nariz y los labios.
- ¿Ahora?
- Sí, ahora, ¿porqué no?

Carlos se encogió de hombros y Amalia se incorporó hasta quedar sentada sobre él, a horcajadas.
- Aún falta para que lleguen tus padres, ¿no?
- Sí – afirmó Carlos mirando el reloj -, no son ni las once… hasta la una o así no hay que preocuparse.
- Entonces deja que te ate – ella se inclinó sobre él y le acarició el pecho desnudo, ronroneando suavemente.
- Está bien – aceptó él, escurriéndose de debajo del cuerpo de ella y caminando hacia el armario. No es que le volvieran loco aquellos jueguecitos; él era más de sexo clásico, normal, sin fantasías extrañas. Solía decir que el cuerpo humano le fascinaba lo suficiente como para no necesitar juguetes. Pero sabía que a Amalia le gustaba experimentar de vez en cuando con aquel tipo de cosas: atarse, usar objetos, ver películas…

Seleccionó tres corbatas oscuras. Tampoco era cuestión de jugar al sado con su corbata del Pato Donald. Tumbada en la cama, Amalia le miraba con una media sonrisa. “Parece que estemos rodando una porno”, pensó Carlos al verla ahí, echada y desnuda, chupándose distraídamente un dedo.
- Toma – le alargó las corbatas. Ella se levantó y él se tumbó en la cama, divertido, extendiendo los brazos como un Cristo.
- ¡Bien! – Amalia aplaudió entusiasmada -. Verás, verás qué bien lo vamos a pasar…

Carlos la miró mientras ella hacía el primer nudo, el de su mano derecha. El cabecero era liso, así que Amalia le ató a la barra del somier, por debajo del colchón. Era complicado hacer buenos nudos con las corbatas, pero después de un par de intentos el brazo de él quedó firmemente sujeto, incluso algo apretado.
- Me hace daño – se quejó.
- ¿Qué gracia tiene, si no? – ella continuó impasible con la mano izquierda.

Carlos tenía que reconocer que, aunque la posición era un poco incómoda, estaba empezando a excitarse. Sobre todo, le gustaba ver a Amalia inclinada sobre él, con los pechos balanceándose suavemente y el pelo tapándole la cara, mordiéndose concentrada un labio y entrecerrando los ojos.
- Bien, bien – murmuró ella, satisfecha, una vez que hubo terminado con la izquierda -. Y ahora, amigo mío, mírame por última vez porque no me vas ver más – y Amalia ajustó con fuerza la tercera corbata alrededor de los ojos de Carlos.
- ¿Y ahora qué? – preguntó él, insinuante. Tenía que admitir que estaba muy caliente.
- Pues ahora… No sé, ya veremos – Amalia sonrió y le besó largamente en los labios. Luego le acarició el pecho desnudo, le mordisqueó los pezones, bajó hacia el pene, que empezaba a endurecerse.
- Eres muy, pero que muy mala – murmuró Carlos, entreabriendo los labios.
- ¿Te imaginas que…? – Amalia dejó la frase a medias y Carlos sonrió, pensando en vete a saber qué fantasía retorcida.
- ¿Qué?
- ¿Te imaginas que ahora te dejo aquí atado y me voy? ¿Y que luego vuelven tus padres y te encuentran así?

Amalia soltó una carcajada. Carlos rió y la buscó con la boca. Ella había parado por un momento de tocarle.
- Sería muy divertido – prosiguió ella -. Sería muy, muy divertido.
- No te volvería a hablar – afirmó él, aún sonriendo.
- Ya, ya, pero piensa que a lo mejor yo no tendría interés en volver a hablarte. Sería La Venganza – él pudo percibir las mayúsculas en el tono de ella -. Imagínatelo. Tú piensas que todo aquel asunto de los cuernos ya está olvidado y perdonado, y de repente ¡plas! Tu chica te deja atado y amordazado en la casa de tus padres.

Carlos intentó rodearla con las piernas. Empezaba a alarmarse un poco. Amalia se libró de sus piernas y se levantó de la cama.
- ¡Sería genial! – parecía entusiasmada, como si estuviera planeando un viaje o una fiesta -. En serio, piénsalo. Qué putada.
- Tú no serías capaz de hacerme eso. Vamos, ven aquí – Carlos empezó a tironear nerviosamente de las correas de los brazos -. Ven, Amalia, quiero sentirte. Quiero hacer el amor contigo.
- Venga ya… no me vengas ahora con esas – él no podía verle la cara, pero su voz se había vuelto de repente seria, silbante -. Oh, qué gran plan sería. Espera, voy a beber agua.

La oyó levantarse y caminar hacia el baño. Desde allí escuchó su voz, resonando en las paredes cubiertas de azulejos.
- Sería un gran plan, ¿verdad? Meses fingiendo para llegar por fin a esta situación, a estar aquí en casa de tus padres y tenerte a mi merced, para luego dejarte tirado y vengarme de ti – Carlos oyó el grifo abrirse y a ella beber -. Sería muy cruel por mi parte, pero muy inteligente, ¿no crees?
- Amalia, no tiene gracia. Ven aquí.
- ¡Venga, Carlos, claro que tiene gracia! – de repente su voz volvía a ser alegre, cantarina casi -. Tiene un montón de gracia. Tiene casi tanta gracia como lo de Marta. La fiesta aquella a la que yo no pude ir, ¿te acuerdas? Yo yendo a buscarte a casa a la mañana siguiente, llevándote croissants y espidifén para la resaca, y ella saliendo de tu portal con los tacones en la mano. Fue divertidísimo.

Volvió a entrar en la habitación y se acercó a la cama. Besó a Carlos en los labios y le manoseó el pene, ya completamente flácido.
- Vaya, ¿te he cortado el rollo? – preguntó, preocupada -. Lo siento, cariño, venga, anímate… no es para tanto. Te encontrarán y os reiréis juntos de esto. Tus padres son majos.

Amalia empezó a reírse a carcajadas.
- Estoy… estoy imaginándome la cara que pondrían – apenas podía hablar de la risa -. ¡Casi me gustaría quedarme para verlo!

Carlos empezó a reír también, histéricamente. Había notado que el nudo de la mano derecha estaba un poco flojo. Si le seguía la corriente, tal vez podría desatarse.
- ¡Joder, a mi madre le daría un infarto! – exclamó. Amalia soltó una carcajada. Se retorcía de la risa, sentada al borde de la cama -. Imagínate, ¡su hijo favorito atado en la cama como un salido! – más carcajadas.

De pronto, Amalia dejó de reírse.
- Creo que voy a asegurar los nudos – dijo, y se inclinó sobre el brazo izquierdo de Carlos, mientras él luchaba frenéticamente por desatar el derecho. “Que no se dé cuenta, por favor, que no se dé cuenta”, suplicaba mentalmente. Por fin, la corbata cedió y liberó el brazo.
- ¡Ya está, ya está, soy libre! – gritó -. ¡Quita de encima, chiflada! – empujó a Amalia de la cama y se arrancó la venda de los ojos, e inmediatamente empezó a desatar su brazo derecho.
- Pero Carlos – Amalia estaba ahora de pie, al borde de la cama, mirándole con los ojos asombrados y redondos -. Si era una broma. ¿Te lo has creído en serio?
- Joder, no sé – Carlos miró la expresión compungida de ella y dudó un poco -. Pues es que no sé, es que hablabas como una loca, Amalia.
- Cariño… - su voz era infinitamente dulce, y se inclinó sobre él, abrazándole. Él dejó de manipular el nudo por un momento y la estrechó un poco -. Mi amor, yo nunca te haría eso. ¿Cómo iba a hacer algo así? Sería una putada enorme. Amor mío, yo te quiero.
- Pero, ¿y todo eso que has dicho de los cuernos? ¿No lo piensas de verdad?
- Cariño, ya hemos hablado de eso un montón de veces. Ya me lo explicaste. Fue una sola noche, una tontería. Estábais borrachos, no significó nada para ti y ya quedamos en que no vamos a echar a perder esto tan bonito que tenemos por esa chorrada. Ay, cielo, pero ¿cómo puedes ser tan tonto?

Carlos suspiró. Pues claro, era idiota. No sería capaz de hacerle una putada así de grande.
- Oh, Carlos, lo siento, siento haberte asustado – ella no paraba de besarle la nariz, los ojos, la boca -. Pensaba jugar un poco más, vestirme incluso, pero luego iba a parar la broma.
- Yo sí qué lo siento, mi niña… es que actúas muy bien – Carlos sonrió y la abrazó -. Venga, vamos a olvidarnos del tema.
- Vale… pero voy a atarte otra vez, que de verdad me apetece, me excita un montón.

Carlos la miró fijamente. Tenía los ojos muy abiertos y sonreía con los labios cerrados. Le besó y le arañó la espalda, y después le mordió el cuello mientras movía la mano arriba y abajo de su pene. Oh, Dios, era increíble la facilidad que tenía aquella chica para ponerle cachondo. La rodeó con el brazo izquierdo, extendió el brazo derecho y dejó que lo atara de nuevo.

Amalia le miró, le besó y sonrió. Se separó con suavidad del brazo izquierdo y lo ajustó a la otra esquina de la cama.
- Joder, no pensé que fuera tan fácil convencerte otra vez - dijo, mientras soplaba el mechón rebelde que le caía frente a los ojos -. Ahora ya sé que tengo que apretar bien el nudo.

lunes, 14 de agosto de 2006

Admirado Paul Auster

Así que ha elegido el camino de la pureza. Y ésta, en literatura, ¿con qué tiene que ver? ¿Con el lenguaje?

Cierto. Mi lucha, mi ambición es la claridad, la limpieza; mi sueño es escribir un libro tan transparente que el lector sienta que el médium entre él y la historia no son ni siquiera las palabras, que se sienta dentro de ellas, metido en algo invisible. Al tiempo, el proceso de la escritura tiene que ver con la música, el sonido, el ritmo; relacionar un párrafo con otros, para que la gente no lea sólo con la mente, sino también con el cuerpo. Los lectores muy sensibles captan esa música. Yo no sé en qué parte del proceso surge eso, pero sé cuándo lo hago bien y cuándo lo hago mal.

EPS, 23 de julio de 2006

Deshaucio

Cada vez que me mudo me extraña de nuevo la sensación del deshaucio. Me refiero a la conciencia de que ya no puedes vivir en esa casa. Las habitaciones que antes habitaste, los pasillos que recorrías, las duchas en que te lavabas o el frigorífico donde guardabas la comida ya no son tuyos. Durante un tiempo no serán de nadie y luego pasarán a otros. Estás en la calle, tan cerca, separada por unos pocos metros de aire y paredes de hormigón, y lo que antes era tan cotidiano (llegar de la facultad, abrir la puerta, colgar el abrigo) ya no va a volver a suceder. No allí, al menos.
Escribo esto porque no puedo creerme que haya perdido el derecho a recorrer tus pasillos, a tumbarme en tus sillones, a lavarme en tus grifos. A habitar en ti. Porque, igual que todas las casas en las que he vivido, tú vas a estar tan cerca y, sin embargo, tan lejos...

jueves, 3 de agosto de 2006

It could be you

- ¿Qué te parece? - me dijo él, ilusionado, después de bajar del coche y caminar un rato por las calles del pueblo.
- Maravilloso - contesté yo, entrelazando entusiasmada mi mano con la suya -. No podrías haber encontrado un sitio mejor.
- Sí, ¿verdad? - sonrió y me arrastró un poco más allá, en dirección a la plaza -. Fíjate en estas calles. En estas casas.
Realmente, era difícil encontrar un lugar así. Debía de haberle costado horas de husmear en internet, de preguntar a sus amigos de la asociación de viajeros, de mirar fotografías.
Aquel lugar era absoluta, rematada, indiscutiblemente soso. No había un ápice de atractivo en sus calles o en sus casas. La forma de construcción era monótona, el enlosetado de lo más vulgar, ni una sola de las especies de plantas que adornaban los balcones habría llamado la atención.
- La iglesia es de construcción reciente, pero no moderna - apuntó él -. Estaba muy vieja y la reconstruyeron, pero no hay nada destacable en su arquitectura: lo suficientemente moderna como para no tener interés histórico, pero no tanto como para ser vanguardista.
- Vaya - estaba realmente admirada -. ¿Y la gastronomía?
- Nada del otro mundo - afirmó él -. El clima no es bueno para los embutidos, la contaminación y la pesca han esquilmado el río y la calidad del suelo no da buenos productos de huerta. Cualquier cosa de aquí la podrías comer en la ciudad.
- Te quiero - no pude evitar decirle mientras le plantaba un beso en plena cara y volvíamos al coche para coger nuestras maletas.
Caminamos por aquellas calles en absoluto pintorescas, absorbiendo con todas nuestras fuerzas la total falta de interés turístico, la ausencia de cualquier cosa que pudiera hacer memorable nuestra visita. Sabíamos que teníamos que aprovechar. El turismo de soledad cada vez se estaba poniendo más de moda.

jueves, 27 de julio de 2006

Trapos sucios

Una de las cosas que te hace darte cuenta de que la vida, de hecho, pasa, es que cada cierto tiempo miras atrás y te avergüenzas un poco de lo que hacías o decías en el pasado. Esto pasa con mucha frecuencia cuando tienes, digamos, trece, catorce o quince años, y cada año te crees que has llegado definitivamente a la adultez y que el año anterior eras una cría vergonzosa. Yo pensaba que uno de los síntomas de estar, por fin, madurando, sería que dejaría de avergonzarme constantemente de las cosas que hago o digo. Sin embargo, he encontrado una lista de diez cosas que, a día de hoy, YA me avergüenzan. En un alarde de desmitificación de esa criatura sensible e ilustrada que creéis que soy, voy a escribirla a continuación.

1. La melodía de mi móvil es Shakira cantando Hips don’t lie. Además, me he pasado un día entero meditando si bajarme el tono en real o en polifónico.
2. En algún rincón de mi mente, quiero ser como Shakira.
3. En algún otro rincón de mi mente, quiero ser Jennifer Aniston (obsérvese la ausencia del cómo en esta frase).
4. Mi móvil tiene una foto de mi gata como fondo de pantalla. En las dos pantallas.
5. He pasado grandes momentos en compañía de novoyadecirquién (no se trata de ir avergonzando también a mis allegados) viendo Menuda noche y riéndome de los niños (insisto: niños) que salen.
6. Creo que las películas que más veces he visto en mi vida son Sister Act 2 y Dirty Dancing. En otro rincón de mi mente, estoy convencida de que son obras maestras del séptimo arte.
7. Ayer fui a ver Cars y lloré. Mucho.
8. Duermo con mi oso. Es más, ahora que en mi habitación da toda la solana matutina y que la gata del vecino se mete subrepticiamente en mi cuarto por las noches, duermo con mi madre.
9. He estado enganchada a tres ediciones de operación triunfo. TRES.
10. Escribo en un foro sobre gatos. A diario.

(Y vale, sí, este tipo de post es una especie de versión bloguera de la programación de la tele en verano. No esperéis mucho más durante estos meses)
(También quería que os riérais un poco ;)

domingo, 23 de julio de 2006

Lecciones de Marina sobre el amor. Vol 1

Gerva me contó una vez que su padre siempre decía que el amor es como una copa. Una vez que se rompe, puedes intentar arreglarla, pero nunca es lo mismo.
No sé si la vida se deja reducir a metáforas tan simplistas, pero sí es cierto que una vez que haces daño a alguien, nunca es lo mismo. Luego intentas arreglarlo y es como cuando tratas de salir de las arenas movedizas; cada vez te hundes más y más, y esta metáfora sí que no es buena, porque es más que hundirse: es como clavarse pinchos, intentar desenredarse de una zarza, donde cada movimiento produce más daño, y más sangre.
Por eso, aunque te consideres más o menos una buena persona, hay veces que tienes que aceptar que has hecho daño. Hay veces en que lo mejor es apartarse y dejar que sea la vida, y no tú, quien cure las heridas. No puedes pretender edificar sobre cimientos podridos. Tampoco puedes querer volver a vivir en una casa que abandonaste.
No puedes pretender salvar a quien tú misma has hundido.
He dicho.

jueves, 13 de julio de 2006

Rompiendo el hielo

Vas instalándote en las vacaciones como quien se instala en una casa nueva. Al fin y al cabo, llevas mes y medio paseando tu cuerpecito de biblioteca en biblioteca, arrastrándolo bajo el calor de la tarde en Granada y metiéndole a presión conocimientos más o menos útiles. Eso de encontrarte de repente sin nada que hacer, ociosísima y tumbadísima en casa, con la playa a dos pasos y empalmando una siesta con otra te resulta, cuando menos, raro. Pero te acomodas, porque es fácil acomodarse a esto, no es como si te meten en un campo de concentración o te ponen a trabajar en la mina, pongamos por caso. Es fácil acostumbrarse al playeo matutino con la Albina, vuelta y vuelta al sol como los espetos; a los desayunos con tranquilidad y DVD de Friends en versión original; a las noches viendo cortos en la terraza del Larios y tomando tapas en el Beato. Pasa tan rápido el tiempo aquí en Málaga... cada verano se empalma con el anterior en una sucesión de tiempo ininterrumpido y no te das cuenta de que entre uno y otro hay un curso entero, y de un año para otro la gente termina las carreras, corta con sus novios/as, se opera las tetas o se va de casa. Y tú ahí, intentando hacer tu vida como quien hace un tapiz.
Es raro volver a casa, siempre es raro. Hasta la gata lo nota, la pobre, recluida por voluntad propia en mi cuarto y bufándole al perro cada vez que osa acercarse por sus dominios. Mi familia me ha dijado sola y se han pirado, cada uno a un sitio, porque en esta casa siempre fuimos todos un poco a nuestra bola. Yo abro la nevera y echo de menos mi comida, mi té de vainilla, mi bolognesa vegetal, y hago una compra a mi estilo pero no es lo mismo. Marina, eres una nostálgica de mierda y una nostálgica absurda, porque llevas un mes repitiendo que quieres Málaga y quieres verano y quieres casita, y ahora estás aquí dando vueltas en una casa vacía y extrañando las comidas para gorda de Ana, los desnudos intempestivos de Mariano y hasta los platos sucios de Josy. Extrañando las bajadas a media mañana del Albaicín, con los ojos hinchados de haber dormido poco y la conciencia tan intranquila como la entrepierna.
A lo mejor es así como yo hago las cosas. J. dice que a él le gustan las despedidas "a la francesa", que cuando algo acaba asume que ya se ha acabado y pasa a lo siguiente. Muy bonito, muy vitalista, muy progre. Servidora, si no dramatiza un poco, revienta. Si no hace unos pocos de aspavientos cada vez que empieza un verano, acaba un curso, empieza el año, llegan las navidades, se cambia de casa y etc etc etc, Marina se muere. Como dijo Santi el otro día, "Marina es muy de Querido diario.
Este va a ser mi tercer verano bloguero. Es raro bloguear en verano, asistir a las crisis existenciales de todos los blogueros que se quedan en casa muriéndose de calor y de aburrimiento e intentar sacar algo de creatividad de tu cabecita derretida. Todos los veranos me propongo escribir más, y casi nunca lo hago. Como mucho, me mantengo.
No encuentro la forma de terminar el post, y me noto un poco oxidada después de tanto tiempo sin escribir. Simplemente, quería contaros cómo me va y poner fin al parón de exámenes, que estaba empezando a atraparme con el típico círculo vicioso de "como no tengo ganas de escribir, no escribo, y como no escribo, no tengo ganas de escribir". Este post sólo intenta romper el hielo para poder empezar otra vez con más fuerza.
A veces, la mejor manera de terminar es poner un punto. Y ya está. Punto. Ahí lo tenéis. Punto.

jueves, 22 de junio de 2006

Siete

Hace calor, el aire está espeso e inmóvil y yo, que quiero esperar a que refresque un poco antes de ponerme a repasar para mañana, me digo que si te llamo, que total, ya hemos hablado esta mañana, y a lo mejor me pongo pesada, pero ¿y si te llamo? Así que me acerco al teléfono, voy marcando las cifras y me hago creer que aún me lo estoy pensando mientras termino de pulsar los dígitos. Luego los pitidos, y yo anticipando tu voz, y luego la mía, “pues nada, que he vuelto de la biblioteca y no hay nadie en casa, no sabía qué hacer, quería desearte suerte, y darte ánimos, que debes de estar hecho polvo de tanta fórmula y tanta historia, y bueno, decirte que hace calor, y que a veces pienso qué hago yo aquí, suspendida sobre una ciudad ajena en esta terraza enorme, y que ahora voy a ducharme y a repasar, y que mientras menos te veo, más ganas me entran de escribir…”. Van dejándose caer los pitidos, uno tras otro, y recuerdo que cuando yo era pequeña mi madre me dijo que debía esperar siete tonos antes de colgar, y siempre me he ceñido a esa regla, porque después de siete tonos, si alguien lo quiere coger, lo coge, y si no es tontería seguir insistiendo. “…y eso, pues nada, que no sabía qué hacer, que estoy contando bicicletas asomada al balcón, y como tengo las llamadas nacionales gratis, he pensado en llamarte, y que ahora seguramente bajaré a comprarme una leche merengada, y eso, que estoy bien, aburrida de estudiar y del calor, pero bien…” y termino de contarte eso mientras suenan los últimos pitidos, seis, siete, y luego cuelgo, y ya está.

Yonqui literaria

Una vez cada cierto tiempo, a veces con eones de diferencia, se encuentra un autor que nos encanta. De pronto te parece mentira que hayas pasado X años de tu vida sin disfrutar algo tan bueno y te bebes hasta el último libro suyo que puedas conseguir. A mí no me pasa mucho; encuentro cosas que me gustan, claro, pero esa fruición absoluta, esas ganas de devorar, cada vez me atacan menos. Será la edad.
Sin embargo, hace unos días se me ocurrió sacar de la biblioteca un libro de relatos de Roald Dahl. Había leído Matilda, claro, y Charlie y la Fábrica de Chocolate, y Charlie y el Gran Ascensor de Cristal, y obviamente pensaba que era de la mejor literatura infantil que se ha hecho nunca (por Dios, una fábrica enorme de chocolate, el el Libro Supremo Infantil, sin duda). Son libros auténticamente bien hechos, desde la honradez, desde la ternura, sin asomo de paternalismo, con un deje de crueldad y con muchísimo amor hacia (algunos de) sus personajes.
Bueno, pues el otro día agarré el libro ("Historias extraordinarias") y me dije "hala, Marina, vamos a leernos un relatito para olvidarnos de los exámenes y luego seguimos estudiando" (yo es que de mí misma hablo en plural mayestático). Dos horas después, pasaba la página doscientos veinte del libro y lo cerraba, completamente exhausta. La tarde de estudio, perdida absolutamente, y yo hiperexcitada y con hambre de más.
Desde entonces me he leído a razón de libro por tarde otros dos libros y medio del amigo Dahl. Ese tío es un puto genio. La bibliotecaria me ve sacar todas sus obras como una desquiciada y sacude la cabeza, comprensiva. Marina leyendo en el autobús, ignorando a sus amigos para sentarse a leer sola en la cafetería de la facultad, ignorando a sus compañeras de piso para leer mientras come... Vaya, como cuando leía de pequeña y era enana y repelente y pedante y absolutamente feliz.
No se me da bien comentar libros... además, los libros no se comentan, se leen. Pero no podía dejar pasar estos días de exámenes y universo Dalhiano sin recomendaros que os déis un paseo por sus cuentos. Están tan bien hechos que ni siquiera puedes verle los hilos, como un fantástico marionetista que hace que ignores que hay alguien detrás moviendo los muñecos. Los cuentos son redondos, son agudos, son estremecedores, son divertidos, son crueles. A decir verdad, este hombre me va a retirar del mundo de la literatura, porque dudo mucho que en toda mi vida se me ocurra una sola idea tan buena como las de sus relatos. Pero bueno; cada uno es como es, y tiene lo que tiene.
Podría tirarme un siglo hablando de Roald Dahl, porque leerle me está haciendo pensar mucho sobre la literatura, la imaginación y la vida (temblad, lectores, temblad). Pero tengo que dormir y estudiar y comer y estudiar y toda esa vida tan maravillosa que llevo ahora y que tango tiempo me deja libre para escribir y pensar en mis cosas. Así que no leáis a Dahl, al menos no hasta que llegue el verano, porque en cuanto lo tengáis entre manos no os va a dejar hacer otra cosa.

jueves, 15 de junio de 2006

Para despejarse después de un examen, nada mejor que...

...caminar-cansancio-saludo-bollicao-poesía-María-gitanos-yo-piratas- Sol-mentiras-paseo-Anaïs-cerveza-tú-yo-astofísica-cyborgs-lázaro- quicos-cerveza-Sol-dibujo-elefante-fotos-ron-Federico-Cristina-cerveza- tabaco-salir-calle-subir-casa-cama-tú-yo-sexo-fotos-cama-sueño- mañana-tú-yo-fotos-cereales-café-sexo-ducha-charla-sexo-calle-bajar- tú-yo-chinos-legos-comba-calle-casa-pasta-friends-siesta-sexo-charla- melón-terraza-tú-yo-tú-tú-tú...

lunes, 12 de junio de 2006

Oteadores

Antes de nada, me gustaría agradeceros a todos el soporte moral y logístico que habéis ofrecido a la idea del post anterior :) Aún no he decidido nada; todo depende de si Aldery me hace el diseño (diosmíodiosmío, un diseño de Aldery, si son los más bonitos del mundooooooo), de las ganas (y el tiempo) que tenga de empezar un proyecto así, etc etc. De momento, los exámenes me impiden concentrarme en otra cosa que no sea sacarme el curso, así que como mínimo lo aplazaré hasta principios de verano, y después... ya se verá :)
Por otro lado, debido a que mi vida actualmente se divide entre estudiar y hacer cosas lo menos parecidas posible a estudiar, la verdad es que no estoy escribiendo mucho, así que he optado por linkaros este texto de Félix de Azúa sobre el artista que leímos el otro día en el taller y que, verdaderamente, no tiene desperdicio. Espero poder ofrecer algo mío pronto. Os dejo y vuelvo a mi erial de desesperación (mi mesa de estudio xD).

miércoles, 7 de junio de 2006

Proyectos

¡Hola, lectores/as!
Estoy pensando en darle un cambio radical a mi vida bloguera (bueno, no tan radical, pero sí un cambio). Se trata de hacer un blog literario en el sentido más amplio de la palabra. Estoy bastante contenta con éste porque, al fin y al cabo, cumple de sobra la función para la que fue pensado: publicar en Internet y que alguien me lea. Sin embargo, me gustaría enfocar el tiempo que le dedico a Internet a algo más directamente relacionado con la escritura. Consistiría en un blog con distintas categorías donde habría (lo que se me ha ocurrido de momento):
- Post normales (cuentavidas, trascendentes o lo que sea).
- Cuentos.
- Ejercicios del taller (propuesta y resultado).
- Consejillos que nos dan en el taller para escribir, con la intención de que los pueda seguir todo aquel a quien le interese.
- Comentarios de los libros que voy leyendo.
- Reflexiones metaliterarias de pseudoescritora pedante.
- Convocatorias para concursos (bueno, esto no sé muy bien cómo lo voy a hacer, porque teniendo en cuenta que no me entero nunca ni yo... pero bueno, lo intentaré).
- El rincón friki del etimólogo (de dónde vienen las palabras y eso, que probablemente no me interese más que a mí, pero bueno xD).

Y lo que se me vaya ocurriendo. Para eso, quiero cambiarme a un administrador de blogs (o como se llame) que me permita dividir los post por categorías, así que estoy pensando en Blogia o en La Coctelera (que son los dos primeros que se me han ocurrido). Os cuento todo esto para que
a) Me déis información sobre los diferentes proveedores de blogs, sobre cuál me recomendáis y demás, que yo de esto no tengo ni idea.
b) Me digáis qué os parece el proyecto, si puede ser interesante o si es mejor que continúe como hasta ahora.
c) Me déis vuestra opinión sobre el nombre, que va a ser escritoracongato, to junto.
d) Me digáis (si es que alguno lo sabe) si se pueden trasladar de alguna forma los post ya escritos a una ubicación nueva (yo de informática sé lo justo). Es que me da pena que desaparezca más de un año de esfuerzo blogui :(

Os dejo la palabra, gracias de antemano.

jueves, 1 de junio de 2006

Recicla tus miserias (Accidente III)

Puesto que no se me ocurre nada que contaros, voy a recurrir al viejo truco de publicar algo antiguo y así ir haciendo tiempo hasta que a mi musa particular le dé por currárselo un poco. Se trata de Accidente III, descrito por el conductor de la ambulancia. Quería hacerle algunos cambios, pero no he encontrado el tiempo (ni las ganas), así que os lo pongo tal cual, a ver qué os parece. A los que no sepáis nada de mi alegre y optimista serie sobre un accidente de tráfico, os remito a la versión de la víctima y a la del testigo para que os enteréis bien de la historia. Hale, a cuidarse.


EL CONDUCTOR DE LA AMBULANCIA

Podría hacerlo mucho mejor sin la sirena, pero claro, la sirena es necesaria. Sin ella no se abrirían ante mí los carriles del coche, como el mar frente a Moisés, ¿o era Abraham? Pero me da jaqueca ese continuo ninonino de película de gangsters. La gente lo oye por la calle durante unos segundos: primero difuso, y todo el mundo mira alrededor para ver por dónde viene la ambulancia. Luego, atronando junto a tu coche o pasando justo por delante de ti en el paso de cebra. Después, alejándose, dejando detrás un reguero de viejas que se santiguan o de hombres hipertensos que cruzan los dedos esperando que la próxima vez no les toque a ellos.

Conducir ambulancias no es difícil; lo puede hacer cualquiera. Teniendo en cuenta que en este país nadie respeta ni señales, ni semáforos, ni carriles, ni Cristo que lo fundó, se sentirían a sus anchas pudiendo saltarse todo eso de forma legal.

Hoy tenemos un siniestro, como le dicen los de centralita, con un chico inconsciente y una chica herida. No tardamos mucho en llegar al lugar del accidente, porque no está muy lejos del hospital y hay poco tráfico; deben de ser las doce de la mañana, o así, y curiosamente parece haber más gente trabajando en su oficina que ganduleando por ahí con el coche.

Salgo de la ambulancia para lo de siempre: apartar curiosos y echar una mano si Chema o Jordi me necesitan. Yo de medicina ni puta idea; me metí en esto porque siempre me han gustado los coches, siempre, desde que era pequeño, y la idea de pasarme todo el día conduciendo como un salvaje sin que me multen por ello me gustaba un montón. Aún me sigue gustando.

Hay muchísima gente alrededor del estropicio este. Un tonto en un Ibiza ha embestido por detrás a los otros dos, que se habían parado delante del semáforo. Mala hora para tener un accidente, chavales, pienso, porque a esta hora los que están en la calle es porque tienen poco que hacer, así que se frotan las manos de pensar en tener un espectáculo gratis como éste.

La chica está fuera del coche con los pantalones manchados de sangre. Es bastante guapa, y no llora, ni se queja; sólo mira de un lado a otro, asustada como un animalillo. El chico se ha quedado dentro en una postura rara, aún en su asiento pero inclinado sobre el del copiloto. Chema y Jordi se colocan a ambos lados del coche con las puertas abiertas y lo sacan con cuidado hasta ponerle en el suelo. Ella intenta colocarse a su lado, pero los otros dos no le dejan, liados como están en tomarle el pulso, mirarle las pupilas y todas esas cosas que ellos saben hacer y que a mí me hacen sentir como dentro de una serie americana. Así que la pobre se acerca a mí, que sigo conteniendo a la muchedumbre de marujas acechantes, y me mira con unos ojos enormes, desolados.
- ¿Se va a poner bien? – habla raro, apenas puedo entenderla. Parece que se ha hecho daño en la boca, porque le sale sangre por la comisura de los labios.

Me pasa siempre. La gente se cree que yo también soy médico y me pregunta. Me entran ganas de decir que no sólo no tengo ni idea de si se va a poner bien, sino que dudo de que los mismos médicos lo puedan saber cinco minutos después de llegar. De todas formas, me da pena la chica, tan pálida, con su boca herida y sin que nadie le haga demasiado caso. Lógico, por otra parte, teniendo en cuenta que el otro es un fiambre potencial y ella, al menos, camina y respira solita.
- No lo sé, pero bueno, habéis tenido suerte… hemos llegado pronto y el hospital está aquí al lado. Normalmente, mientras antes se atienda al herido, mejor.

No sé qué más decirle, pero a ella parece consolarle lo suficiente mi frase, porque medio sonríe.
- ¿Qué te has hecho tú? – le pregunto.

Abre la boca y saca la lengua, que apenas se ve debajo de la sangre. Parece que quiere que yo la cure, o algo. Miro a Jordi y a Chema, que están colocando al chaval en la camilla, y opto por coger un par de gasas y pasárselas a la chavala para que se limpie un poco la sangre, al menos. No sé qué se hace con una lengua partida, ¿un torniquete?
- Supongo que habrá que darte puntos – aventuro.

En cualquier caso, estos dos ya están subiendo al chaval a la ambulancia y poniéndole oxígeno.
- ¿Y ella? – pregunto.
- Que se venga y la miramos allí – Chema parece agobiado. No tiene buena pinta el pobre chico, no.
- Venga, sube – hago un gesto con la cabeza y la miro. Ha empapado las gasas y ahora está casi ridícula, sosteniéndolas aún contra su boca herida, con los pantalones llenos de sangre como si hubiera sido atacada por una menstruación descomunal.

Se encarama a la parte trasera y se queda mirando al chico sin tocarle. Jordi sube detrás, cierra la puerta (los curiosos se quejan, defraudados) y yo, que me he quedado un poco atontado mirando a la chica, recuerdo que sin mí no salen y ocupo mi puesto a toda prisa.

La parte de atrás está separada de la de delante y no puedo oír ni ver nada de lo que pasa. Creo que tiene que ver con que no me distraiga. En silencio, ruego al dios de las ambulancias y de las series americanas para que el chico no palme, porque me da mucha pena ella, tan bonita y tan dócil, tan sin lágrimas.

Llegamos al hospital y sacan al chaval echando leches. No, no debe de estar muy bien, hasta yo puedo deducirlo. Ella se queda de pie en el aparcamiento, desorientada. Una enfermera se le acerca y le hace gestos para que la acompañe. Antes de irse, se acerca a mí, que también estoy de pie mirando la escena.
- ¿Puedes avisar a este número de lo del accidente? – otra vez me cuesta entenderla, y me lo tiene que repetir varias veces antes de que lo pille.
- Sí, claro.

Es un nombre de mujer y un número de móvil. Debajo aparece el nombre del chaval, Diego, rodeado con un círculo. Antes de que me dé tiempo a preguntarle cómo se llama ella, se va detrás de la enfermera, cabizbaja, sujetando aún la gasa empapada como si fuera una especie de amuleto.
Yo pienso que me muero de ganas de echarme un cigarro.

viernes, 26 de mayo de 2006

Busco piso

Ayer llamamos a la casera y le dijimos que nos mudamos. Hoy caminaba por la calle fijándome en los carteles que cuelgan de las farolas y de las cabinas de teléfono y pensando “ya estamos otra vez. Me voy a mudar de nuevo, no me lo puedo creer. Otra vez a mirar pisos, a preguntar precios, a patear calles”.
Cuatro años, cuatro pisos. No me gusta mudarme, porque todo eso de hacer cajas, poner y quitar posters y recolocar libros me saca, como a cualquier persona normal, un poco de quicio. Sin embargo, tengo que reconocer que me encanta entrar en una casa nueva, ver lo bueno y lo malo que tiene, redistribuir mi espacio en una nueva habitación, acostumbrarme a las vistas.
De la Vila me gustaban las ventanas enormes que daban al valle, los zapateros de debajo de las camas, la cocina con barra americana. Del piso de plaza Einstein me encantaba llegar las noches de invierno, con los apuntes bajo el brazo, y encontrarme el saloncito con las velas encendidas, el olor a vainilla del quemador de Josy y el Camarón sonando a toda pastilla. De este piso me gusta, como sabréis, la terraza enorme, suspendida sobre Camino de Ronda, con las gruas rugiendo debajo como monstruos prehistóricos y la Vega como rumor de fondo de nuestras noches compartidas.
Cuando acabe la carrera y me siente al escritorio a calibrar en qué clase de persona me he convertido, creo que me encontraré una Marina a trocitos. Esos trocitos serán las personas que conocí, los libros que leí, los profesores con que me tropecé, y también, un poquito, los pisos que habité. Los desayunos en Bellaterra, cuando cruzaba las vías del tren para comprar el periódico y pedir en catalán una baguette recién hecha, y luego me sentaba frente al ventanal a leer el suplemento y tomar pà amb tomaquet y café. Las mañanas oscuras de Martínez de la Rosa, cuando escuchaba a través del patio la radio de mis vecinos, me levantaba a desayunar con Josy y aparecía Laura, desgreñada y somnolienta, mascullando un “joder con la alegría matutina”. Las noches calientes de mi terraza, escribiendo textos que comienzan con un “estoy aquí con el portátil sobre las rodillas”, y gruñendo como siempre porque, para variar, la cocina está llena de platos sucios.
Compartid piso. Hacedme caso. Vivid con mucha gente, mudaros mucho. Igual acabáis peleándoos con vuestra amiga de la infancia porque atasca el fregadero con sus pegotes de arroz. Probablemente acabéis detestando a Camarón o a Sabina porque vuestro compañero de piso lo tiene puesto de la mañana a la noche y le da exactamente igual que vosotros no seáis precisamente unos fans. Pero bueno. Aprenderéis de lo bueno y de lo malo que tenemos las personitas humanas, de las muchas maneras que tiene de configurarse una vida según la forma de las paredes, de lo fácil que es que te den la llave de un lugar y empezar a llamarlo “casa”. De la suerte que tienes por poder meter tu vida en unas pocas cajas y comenzar de nuevo en otro sitio.

lunes, 22 de mayo de 2006

Ausencia

Hoy me faltaba tu anillo. Casi nueve meses después de quitármelo definitivamente del anular, esta mañana, en mitad de una clase de psicobiología, he sentido su ausencia diminuta alrededor de mi dedo, como si me lo hubiera quitado ayer mismo y mi piel extrañara su presión. Qué cosas, ¿verdad?
¿Cómo se describe la ausencia? Durante un par de meses tuve una linea más blanca en la mano morena de finales de verano, pero luego se esfumó, y ahora no hay ninguna señal física que indique que ahí descansó, durante más de un año, un circulito de plata con dos nombres grabados dentro. “Qué horterada”, diréis algunos. “Te creía más bohemia, menos apegada a anillos y demás convenciones. Pensé que lo tuyo seria un rollito alternativo, en plan tú-y-yo-sabemos-que-nos-queremos-y-no-nos-hace-falta-más. Y mírate, con anillo y todo, como las yolis”. Pues ya véis.
Me levanté en Pamplona la mañana de mi cumpleaños, en una cama que no era ni tuya ni mía, pero que los dos compartíamos, y te dije “quiero un anillo”. Sabía que sólo lo llevaría yo, porque es verdad que a ti sí que no te van esas cosas, y no me imagino ningún tipo de adorno en tus largos dedos de hombre clásico, pero me daba igual. Tú, como siempre solícito y colaborador, me despertaste de la siesta con un anillo de plata que me quedaba grande incluso en el pulgar. “Pero yo lo que quiero es una alianza”, protesté (para variar), inconfundiblemente convencional, decididamente clásica. Fuimos juntos a la joyería y encargamos una tan pequeña que la tuvieron que pedir, porque en la tienda no había. Como yo me iba camino del sur un par de días más tarde, me la mandaste por correo, en su cajita, envuelta en papel de burbujas. Durante un año y pico, mi bohemiez y yo lucimos orgullosas aquella especie de candado simbólico. ¿Para qué? Como prueba. ¿Cómo prueba de qué? Tú y yo lo sabemos, que tampoco vamos a contarlo aquí todo.
Mientras escuchaba distraída a la profesora de psicobiología, me he preguntado por qué mis neuronas han decidido precisamente hoy acordarse de la alianza. En el pulgar de la otra mano, un corte desafortunado mientras picaba cebolla me trastocó permanentemente la sensibilidad de la yema, y la siento siempre como si estuviera un poco irritada. Supongo que tú, de alguna forma, me cortocircuitaste muchas neuronas durante el tiempo que pasamos juntos, y no me extrañaría que algunas de ellas acabaran precisamente en mi anular.
Moraleja:
Incluso en estos tiempos
Veloces como un cadillac sin frenos
Todos los días tienen un minuto
En que cierro los ojos y disfruto
Echándote de menos.

Sabina dixit.

jueves, 18 de mayo de 2006

Esta ciudad, sin duda, no es la nuestra

Ahí va otro ejercicio del taller. El lunes nos mandaron a recorrer Granada sólo con nuestros dos ojitos, una libreta y un boli. "Paseo literario", lo llamó mi profe. Es un poco largo, pero os lo dejo ahí, por si interesa.

Hoy sí, hoy quiero salir a la calle. No suelo apuntar en libretas, más por pereza que por vergüenza, pero hoy me apetece pasearme por Granada, navegando el calor, con el boli bic colgando de los labios y las hojas de la libreta combándose bajo el sudor de mis manos. Enfilo Gran Vía. Quizá de los tres recorridos sea el más mío. El más condensado, el más recto, el que menos se entretiene en menudeces. En el taller me estaba asfixiando. Casi había empezado a buscar una excusa para irme a casa, no sé a qué, porque con este calor no se puede estar en mi flamante ático. Sin embargo, como si me leyera el pensamiento, César nos manda a la calle, y solos. A no hablar. A observar. Me acuerdo de un frase que leí el otro día: “cuando estés triste, canta; cuando estés alegre, llora; cuando estés vacío, totalmente vacío, mira”. Esta tarde estaba vacía, y creo que no habría sido capaz de ponerme a garrapatear líneas sobre la mesa blanca del salón de César, así que no me importa el calor, ni los pies casi fundidos con el asfalto; estoy sola, caminando, estoy libre y me sienta bien.
Tengo el ánimo torcido, pensando a medias en la soledad y a medias en que el curso se me escurre de las manos y, aunque me muero de ganas de tumbarme al sol en las espantosas playas de mi ciudad, no quiero que esto se acabe. Gran Vía también es impermanencia: personas que pasan, veloces, indistinguibles casi bajo la ropa de verano recién sacada del armario. Guris blanquirrosas que miran alternativamente un mapa y los edificios. Yo también miro los edificios. Uno no es turista en su propia ciudad porque va mirando al suelo, o a los escaparates de las tiendas; yo, que en el fondo en Granada aún soy medio extraña, quiero sentirme un poco turista y observo los adornos de piedra de las fachadas. ¿A dónde va la gente a estas horas? ¿No es extraño que haya siempre gente queriendo ir a todos lados? De pequeña me divertía imaginar que un día, de pronto, todo el mundo se encontraba a gusto donde estaba y el tráfico, el movimiento y el continuo intercambio de personas en la ciudad se detenía. Pensadlo. Calles vacías, semáforos marcando el ritmo para nadie y, detrás de las ventanas y de las puertas, gente que no necesita moverse de donde está.
Hay poco distintivo que anotar en Gran Vía. Todo son tiendas, estudiantes, guiris, estudiantes, tiendas. Apunto un par de detalles tontos; una camisa que me hace recordar a mi ex novio y sonreír pensando en sus brazos largos bajo los cuadros azules; la vespa amarilla de un cartero, anacrónica y despistada en medio de las scooters de colores que zumban sobre el asfalto. Casi apresuro el paso para meterme por la calle de la catedral. (Ahora que escribo esto, me doy cuenta de que no he apuntado un solo nombre de calle, y entiendo por qué te ríes de mí cuando intentas darme indicaciones para ir a cualquier lado y me encojo de hombros, desorientada). Aquí cambia el ambiente y se convierte en uno de esos que se supone que nos gustan a los escritores pseudobohemios: mucho pequeño comercio, mucho músico callejero, mucho abuelito al sol.
En un rincón de la fachada de la catedral, una mujer toca el acordeón, con la misma melodía que le he escuchado una docena de veces. Recuerdo a mi profesora de piano, una ucraniana espigada y seria, que se ofreció a dar clases gratis al flautista de su calle para que no tocara siempre la misma canción. Junto al flautista, un pareja baila con bastante poca maña; la sonrisa entusiasta de ella y los calcetines alzados de él me dicen que son guiris, porque ningún español se atrevería a hacer eso en mitad de la calle. Por mi lado pasa una pareja también mayor, que camina rápido con el chándal y los tenis sin marca, probablemente intentando bajar la tensión o el colesterol. “Mira”, le dice él a ella, sonriendo y observando a los que bailan. Ella gira la cabeza, sin dejar de andar. “¿Qué?” le pregunta, y el marido se encoje de hombros, no sé si fastidiado o aliviado de no poder tenderle la mano a su mujer para pedirle un baile.
Giro hacia la plaza que hay frente a la catedral (tampoco me sé el nombre), y escucho salir “Carmen” de una tienda de souvenirs. Me detengo un momento a mirar los abanicos y balanceo un poco los hombros al compás de la música, como cruzando un escenario. Pienso en sentarme a escribir en las escaleras de la plaza, pero aún hay demasiados jóvenes, demasiada felicidad chupando helados, así que opto por bajar hasta Birrambla para probar suerte allí. Por el camino, mucho detallito de escritor chorra: una mercería con al menos quinientas mil clases de botones; una cuchillería que no sé muy bien cómo sobrevivirá a estas alturas; una droguería con los paquetes de compresas colgando amenazantes del techo. Antes de llegar a la plaza, apoyo la libreta en la pared de unos ultramarinos y escribo “Gran Vía me habla de lo efímero; Birrambla, de lo eterno”, y pienso en lo cojonudo que me va a quedar cuando lo meta (no sé bien cómo) en el texto que tengo que escribir.
Un chico con un instrumento extraño, una especie de enorme palo hueco, hace ruido con él a la entrada de la plaza, y yo me pregunto si realmente se piensa que ese sonido resulta agradable a alguien. Gruñendo un poco, porque soy una gruñona, reconozcámoslo, entro en la plaza y la observo: los omnipresentes guiris, con su aura de felicidad extranjera, cenando temprano en las terrazas; las floristas, con cara de vender algo que sólo se compra en ocasiones especiales; los niños, persiguiendo palomas a zapatazos como todos los niños de todas las épocas del mundo.
Selecciono cuidadosamente un banco y me siento. Me pongo a escribir sobre lo que he visto hoy, pero la doble extrañeza de escribir a mano y de hacerlo en público no me dejan concentrarme. Relleno trabajosamente casi dos páginas con mi letra redonda y feúcha mientras, a mi lado, una chica espera a alguien y golpetea impaciente con el pie en el suelo. No hay caso; reconozco ese “hoy no quiero escribir” casi dictatorial de mi mente de escritora y desisto; ya he tenido suficiente bohemiez por hoy, así que me levanto y me voy, despacito y mirando escaparates, camino de la Fuente de las Batallas.

lunes, 15 de mayo de 2006

Pensando amapolas

Vuelvo a Granada después de un fin de semana cuánto menos estrambótico en Málaga. Tras darle muchas vueltas (muchas lluvias a destiempo, muchas nubes incordiantes) parece que el calor se ha decidido a entrar en Granada, así que la gata y yo tratamos de mantener una temperatura constante bajando las persianas del salón y no moviéndonos más que lo justo. Así, en la penumbra, intentando no sudar demasiado, ignoro el calor que da el portátil sobre las piernas y termino un cuento que tengo que presentar esta tarde en el taller. Va sobre mi abuela y no me ha quedado muy conseguido, pero no está mal. El sábado pasé el día en Torre del Mar, preguntándole y apuntando en mi libreta de cumpleaños (gracias) con cara de escritora seria. He escrito sobre su época en el Sahara, cuando vivía allí con mi abuelo el militar. Supongo que no me termina de convencer el resultado porque no he sabido hacer mías las circunstancias, porque necesitaría averiguar mucho más, ver más fotos y hablar más con mi abuela para saber qué pasó realmente bajo la jaima en la que transcurre mi cuento. Pero bueno. Como primer paso no está mal.
Cuando termino el relato, cierro el ordenador y me dispongo a matar el tiempo hasta las seis tumbada, quizás leyendo, quizás sólo pensando. Mientras, me digo que estoy justo en ese momento de antes de los exámenes, cuando aún tienes algo de tiempo que perder y espacio en el cerebro para pensar en otras cosas. Pienso en el calor, y en cómo anuncia inequívocamente que el curso se nos está acabando. Pienso en que el curso se acaba, y en que sólo nos quedarán unos cuantos momentos, puntuales y limitados, para acabar de exprimir Granada por lo que queda de año.

Entonces me acuerdo de las amapolas, y de que quería escribir un post sobre ellas. Sonaba más o menos así:
Razones por las que me gustan las amapolas:
- Porque su color es tan vivo que hiere.
- Porque, si las miras de lejos, son hermosas.
- Porque, si las miras de cerca, son siniestras.
- Porque crecen donde quieren.
- Porque sólo crecen durante una breve temporada cada año.
- Porque tienes que mirar con atención si quieres verlas.
- Porque si las arrancas e intentas conservarlas, se mustian.


Pienso que quiero escribirlo, me incorporo, abro el portátil y lo escribo. Y después de hacerlo, me reconcilio con el calor, con los exámenes cada vez más próximos y con la idea de que estamos a 15 de mayo, y mañana será 16, y al siguiente 17, y no hay nada que podamos hacer para remediarlo.

miércoles, 10 de mayo de 2006

Marina, hoy es tu cumple/ sé muy feliz Marina

Hay personas que dicen que los cumpleaños son una estupidez. Que vaya tontería celebrar algo que no tiene ningún mérito: nacer y haber pasado otro año sobre este bonito planeta. Mi amiga PK me contó ayer que los aborígenes del centro de Australia celebran sus logros personales y espirituales en lugar del simple hecho de haberle dado la vuelta al sol. Como idea, está bonita y es progre, pero qué queréis que os diga: a mí lo de cumplir años me mola.
Anda que no se hacen cosas en un año. Te enamoras, te desenamoras, te parten el corazón y te lo parchean con cinta adhesiva. Conoces gente, escuchas canciones, vas a fiestas, te emborrachas. Haces exámenes, trabajos y estúpidas exposiciones en power point. Lloras, te preguntas cuántas pastillas te harían falta para dormir unos cuantos días sin enterarte de nada, sales a la calle y dices que vaya chorrada lo de las pastillas, que tú quieres estar despierta y comerte la vida. Te desvelas, te despiertas, coges mil millones de autobuses y paseas por la playa. Te peleas, te reconcilias, te mosqueas, te decepcionas, te ilusionas. Te haces vegetariana, adoptas un gato, te cambias de piso. Ves pelis, lees libros, escribes posts bobos y hermosos en tu particular propiedad privada.
¿No tiene mérito eso? Sí que lo tiene, tiene mérito existir, resistir. Tiene mérito convivir día a día con las mil contradicciones e injusticias de esta vida perra y seguir encontrándola hermosa o, como mínimo, lo suficientemente buena como para abandonar la idea de ponerse a contar pastillas.
Así que feliz cumple, Marina. Que cumplas muchos más, y que yo lo vea.

domingo, 7 de mayo de 2006

Siesta

“Vamos a echarnos una siesta”, te digo, con la somnolencia ligera y agradable de haber comido bien. No me haces mucho caso y sigues a tus cosas, pero me tumbo en la cama sabiendo que dentro de un rato estarás a mi lado. Sin embargo, pego un respingo, medio dormida ya, cuando siento tu cuerpecito junto al mío. Te acomodas en el hueco de mi cuello y, durante un rato, no se escucha más que nuestras respiraciones acompasadas. Al cabo de un rato me despierta la alarma del móvil y me giro, mirando tu carita dormida e imperturbable. Eres toda una belleza desde este ángulo, y en tu placidez, en tus ojos cerrados, veo que confías en mí y eso me conmueve. No te importa tenerme tan cerca porque sabes que no te voy a hacer daño.
Te observo unos minutos, y debes de tener alguna pesadilla, porque tiemblas un poco contra mis manos. Decido despertarte a medias, a pesar de que seguro que protestas. Extiendo la mano, te acaricio levemente, casi te sacudo. Como esperaba, te sobresaltas y un poco más y me muerdes. Me hace gracia tu repentino ataque de malhumor y te doy un beso. Te retuerces, a medio camino entre el placer y el mosqueo, y das un par de manotazos al aire.
Finalmente me levanto y me pongo a escribir sobre nuestra siesta. Cuando me sientes incorporarme de la cama, te despiertas del todo, sueltas un sonoro maullido y te vas con tu paso elegante de gatita a seguir durmiendo en otro lado.

jueves, 4 de mayo de 2006

Hector y Musa (III) (por fin)

(Perdón por el retraso. Espero que la espera haya merecido la pena)

Hector ni siquiera pensó en intentar escapar. Sabía que no conseguiría nada con ello, y la perspectiva de perder todo lo que había ganado le aterraba. La bolsa se había vuelto blanca por la mañana, así que supuso que Musa quería encontrarse con él por la tarde, más o menos a la misma hora que la vez anterior. “Quizá no quiere quitármela”, pensó. “Puede que sea sólo un aviso, o que quiera darme algún consejo adicional”. Pero Héctor no podía engañarse: aquella tarde tendría que despedirse de la bolsita y, muy probablemente, de su recién conseguida reputación como escritor de éxito.

Hacía más calor que la última vez que había encontrado a Musa, y ya florecían unas rosas coloridas y enormes por todos los rincones del parque. Héctor se sentó en el banco, con la expresión un poco cauta de los que esperan a alguien y no saben bien por dónde vendrá.

Esta vez ella no se acercó caminando, como la otra vez; simplemente se materializó a su lado, pero lo hizo de forma tan lenta que Héctor ni siquiera se asustó. Iba vestida con un vestido blanco ligero, como de playa, y llevaba los pies tan desnudos como la otra vez. Héctor se fijó en que había complicados tatuajes alrededor de sus tobillos, como pulseras de letras historiadas y casi ininteligibles.
- Hola – murmuró, un poco amedrentado.

Ella sonrió.
- Hola – le miró con un brillo divertido en los ojos grises.
- Supongo que esto es tuyo – Héctor sacó la bolsa y la colocó frente así, casi sin mirar, como si extendiera un brazo para que le sacaran sangre. Ahora que el momento había llegado, quería terminar lo antes posible.
- Ey, ey, no tan deprisa – dijo Musa, extendiendo frente a sí las palmas de las manos -. ¿Por qué estás tan serio?
- ¿A ti qué te parece?

Mientras más acongojado se sentía Héctor, más parecía divertirse Musa. Él se enfurruñó. ¿Cómo su desgracia podía hacerle tanta gracia a quien, precisamente, se suponía que trataba de ayudarle? La miró, interrogante.
- Pues no sé – contestó ella -. Pensé que estarías contento… no te creas que no he sabido nada de ti en este tiempo: me he enterado de cada uno de tus éxitos.
- Sí, ya… muchas gracias, supongo. Pero… ahora se ha acabado todo.
- ¿Por qué dices eso? – Musa parecía apenada, como una niña que no comprende la tristeza de un adulto.
- Sin esto – Héctor señaló la bolsita, que aún tenía en las manos -, yo no soy nada.
- ¿Tú crees?
- Pues claro. ¿De dónde han salido las historias que me han hecho famoso? ¿De dónde voy a sacarlas a partir de ahora?

Escondió la cabeza entre las manos. Lo peor, pensaba, sería enfrentarse a su recién conseguida popularidad. Habría sido más fácil dejarlo todo como estaba antes; cuando nadie sabía de sus afanes por ser escritor, nadie podía sentirse decepcionado si no lo conseguía. Ahora tenía una agente, un editor, un anticipo por su segunda novela y un montón de cartas en el buzón suplicándole que siguiera escribiendo. Cuando todos vieran que no era capaz de hacerlo, empezarían a correr todo tipo de rumores: se hablaría de falso talento, de un golpe de suerte de principiante que no se iba a repetir. Quizás hasta le acusaran de plagio.

Estaba tan absorto imaginando su propia desgracia que Musa tuvo que soplarle cuidadosamente en la oreja.
- Eh, tú – le dijo, traviesa.
- Qué – Héctor contestó con el tono de voz monocorde de un adolescente enfurruñado.
- Puedes hacerlo.
- ¿Qué es lo que puedo hacer?
- Seguir adelante. Seguir escribiendo.
- ¿Tú crees?
- Claro. Atiéndeme.

Musa se sentó con las piernas cruzadas mirando a Héctor, como había hecho el día que se conocieron. Con la seriedad y la dulzura de una maestra de escuela, comenzó a hablar.
- ¿Sabes que la mayoría de los cuentos tienen un truco? Pues el tuyo, el que te ha sucedido, también.
- ¿A qué te refieres?
- Las bolitas no eran mágicas. No creaban ficción. Eran sólo un espejo… una manera de que pudieras ver cómo trabaja tu mente.
- Eso es imposible – Héctor pensó que Musa le mentía para consolarle.
- Claro que sí. Tú pusiste todos los ingredientes; yo sólo te proporcioné la manera de juntarlos, de visualizar lo que ya estaba dentro de tu cabeza.

Musa sonrió indulgente ante la cara de asombro de Héctor.
- A ver… Tú buscabas las bolitas, ¿no es cierto? – él asintió con la cabeza -. Ahí ya estabas poniendo el primer ingrediente: la observación. Prestabas atención a todo lo que tenías a tu alrededor, ibas a sitios donde nunca habías estado para cazar nuevas historias.

Héctor se rascó la cabeza y asintió.
- Supongo que sí.
- Muy bien. Después mirabas las burbujas para enterarte de la historia, ¿verdad? Ahí estabas dándole espacio a tu creatividad para que trabajase. Mientras observabas la bola, creabas vacío en tu mente, y las historias, que eran tuyas, podían salir a la luz y se reflejaban en la burbuja.
- ¿En serio? – aunque no terminaba de creerlo del todo, Héctor empezaba a sentirse algo mejor.
- Claro. Y después escribías, y muchas veces incluso entonces añadías detalles de tu propia cosecha a lo que habías visto.
- Eso sí es cierto – admitió él.
- Es difícil hacer ficción – observó Musa -. Cualquiera no está capacitado para ver las historias allí donde existen, pero está claro que tú sí. Y lo más difícil no es ver un fragmento de esas historias y ser capaz de imaginar el resto, sino entender qué quieres contar a través de esa historia. Nadie se hace buen escritor a base de anécdotas.
- Entiendo – Héctor frunció un poco el ceño, sin estar seguro de comprenderlo realmente del todo.
- Es complicado encontrar la ficción y es difícil trabajar con ella, porque es una materia rebelde y escurridiza, pero lo que consigas decir de esa manera llegará mucho más fuerte a la cabeza y al corazón de los que te lean que cualquier reflexión, ensayo o discurso. La verdad está en la ficción.
- Eso lo dijo Martin Amis, ¿no? ¿Utilizó él la bolsa?

Musa le guiñó un ojo.
- No puedo decírtelo. Lo importante es que el trabajo lo has hecho tú solito, y podrás seguir haciéndolo aunque yo me lleve esto – y al decirlo, cogió con suavidad la bolsa de entre los dedos de Héctor que, sin darse cuenta, había dejado de apretarlos en torno a ella -. Tendrás que trabajar duro y ser capaz de mantener ese espacio del que te hablaba antes, el vacío mental que precede a la creatividad. Deberás aprender a cazar historias sin la ayuda de la bolsa… aunque podrás llevar papel y lápiz.

Héctor sonrió. Se sentía ligero, como una burbuja de aquellas que le habían acompañado durante tanto tiempo.
- Pero será duro… - musitó, mirando largamente los ojos grises de Musa.
- Nadie dijo que fuera fácil -. Y antes de desaparecer, Musa estampó un beso ligero en la nariz del chico.

Y pese a que sabía que ella era incorpórea como un espíritu, Héctor juraría que había sentido en la piel el roce diminuto de sus labios.