Lo tengo todo en una carpeta, dice, ¿quiere que vaya a buscarla?
El psicólogo se lo piensa unos nanosegundos y después asiente. El paciente vuelve a los cinco minutos con una gruesa carpeta de cuero que abre con una llavecita, y a mí me enternece muchísimo que abra su carpeta con una llave y no sé por qué. Empieza a cubrir la mesa con papeles y a explicarnos qué es cada uno: ésta es la cita con el médico, ésta es la denuncia que hice al juzgado de guardia, ésta es la solicitud que tengo que presentar para la entrevista de trabajo. Para él todos esos papeles demuestran su teoría con una claridad abrumadora. Después de escucharle un rato el psicólogo carraspea, "tenemos cosas que hacer", le dice, y él nos mira con ojos desolados desde detrás de sus papeles porque sabe que no le estamos creyendo.
Entonces me acuerdo de Sandra, una niña de ocho años a la que estuve viendo el año pasado en el Equipo. Tenía el pelo rubio, los ojos azules, un padre en la cárcel y una madre heroinómana. Venía con su abuela, que había asumido la custodia y la vestía de punta en blanco. Cuando yo salía a buscarla y la veía balancear sus calcetines de colegio de monjas en la silla de la sala de espera, se me alegraba la mañana. Era una de esas niñas dulces y listas que saben que lo son.
Sandra siempre llevaba un bolsito, y cuando entraba en mi consulta se empeñaba en sacar todos sus objetos y explicarme qué era cada uno. Ésta es mi mamá, me decía, mostrándome una foto de carnet donde una mujer joven y escuálida miraba seria al frente; y ésta es mi otra abuela, y éste es mi hermano pequeño. Sacaba bolígrafos, cromos, gormitis, una libreta de colores, una pulsera, chocolatinas, y los iba colocando sobre el escritorio como quien monta un top manta.
El paciente de hoy, que extiende sus papeles sobre la mesa, se parece mucho a Sandra con su bolsito. Los dos intentan construirse una historia y apuntalar la verdad con sus objetos. Sandra, con su padre en la cárcel, su madre en una institución y sus juguetes esparcidos por tres casas distintas, necesita llevar ese bolsito porque ahí está ella, y necesita enseñármelo para que yo le dé entidad y reconozca que existe. El paciente de hoy acumula las pruebas porque quiere salir de la soledad terrible que implica que nadie se crea lo que está contando. Imaginad que vuestra verdad es mentira y que la gente lo sabe.
Pensaba que no podría entender a los locos, pero a lo mejor la frontera que nos separa no es tan grande. Mi parte escritora lo entiende. Yo asesinaba a personajes cuando me enfadaba con J. Incluso cuando cuento cosas reales, les doy formato narrativo. A veces no puedes expresar una emoción con palabras abstractas, no puedes expresar el dolor, y entonces acumulas detalles y metáforas. Explicas la manera en que él te preparaba el desayuno o se rascaba la cabeza cuando estaba confuso, o cómo le gustaba dormir la siesta en el cuadrado de sol que entraba por la ventana del cuarto. Mis detalles son los objetos de mi bolsito o las citaciones judiciales de la cartera de cuero: son mi verdad.
Nos extrañamos de que los locos no quieran dejar de delirar, pero cuando uno se ha instalado en su delirio y es la única manera que tiene de expresar sus emociones no puede abandonarlo, porque entonces se queda sin nada. ¿Cómo le vas a quitar su historia a un hombre? Nuestras historias son probablemente nuestro único patrimonio verdadero.
Espero que el paciente de la cartera encuentre la forma de expresar su dolor sin hacer daño a nadie. Que deje de creerse sus metáforas o que las adapte para que a los demás nos quepan en la mente. Espero que Sandra deje de necesitar llevar a todas partes su bolsito para saber quién es. Yo seguiré cubriendo el escritorio de este blog con mis detalles y mis extrañas metáforas, aunque a veces parezca un top manta emocional lamentable. Pero es mucho más que eso. Para mí es muy importante. Es mi forma de hacer las paces con la realidad. Y vosotros sois los que estáis al otro lado de la mesa para aceptar mi verdad, y no sabéis lo mucho que me ayuda eso a mantenerme cuerda.