Estoy sentada en el metro, camino del fisio. Mi tobillo ya está estupendo; el pie cada vez se parece menos a la extremidad edematosa de un cadáver y más a la de una persona. Voy escuchando Vetusta porque, sinceramente, mi proyecto melómano se ha atascado entre Pink Floyd y Nirvana, y no tengo claro por dónde encontrar la salida. Vetusta mola casi siempre. Canturreo La cuadratura del círculo mientras observo a la gente perdida en las pantallas de sus smartphones.
Entonces entra un tipo con una guitarra. De todas las #cosasdemadriz, la peña que entra en el metro a perturbarte el viaje es mi menos favorita. De menor molestia a mayor: violinistas chungos -> guitarristas chungos -> peruanos y otros flautistas del maligno -> gente que pide normal -> gente que pide con gritos angustiosos -> gente que pide con gritos angustiosos mientras sacude frente a ti sus deformidades físicas (verídico).
Este señor era un guitarrista chungo italiano, así que ni tan mal. De todas formas, yo estaba tan contenta y absorta escuchando Vetusta que cuando ha empezado a rasguear su guitarra y he tenido que parar mi música he resoplado. La gente me ha mirado en plan "mira la gruñona esta, dónde se cree que va con su abrigo rosa"; o quizá no me ha mirado, porque la gente en Madrid en realidad pasa de ti y yo últimamente estoy un poquito autorreferencial.
He escuchado al tipo de la guitarra perpetrar un par de canciones desconocidas. Las tocaba muy rápido, casi como queriendo molestarnos el tiempo mínimo como para que no quedara feo pedirnos dinero. Una cosa hay que decir a favor de los pedigüeños del metro: saben que son un coñazo y se van prontito.
Entonces el señor ha empezado a cantar lo siguiente:
"Io sonno innamorato di Marina/ una ragazza mora ma carina..."
Oh, My God. Es la versión italiana de "Marina, Marina, Marina / contigo me quiero casar": esa canción que todas las Marinas del mundo hemos tenido que escuchar en algún momento. La versión italiana me gusta mucho por pura egomanía. Mi fantasía más bizarra y kitsch de amor romántico incluye al Maromo Definitivo pidiéndome que me case con él cantándome a voces esta canción en italiano, o incluso en castellano, bajo mi balcón. En serio.
Total, que he sonreído, y después me ha dado mucha vergüenza porque la sensación era muy rara. Vale que el señor no sabía que yo me llamo Marina, y vale que cantaba mirando al vacío como si se estuviera volviendo un poco loco de tocar en el metro, pero ahí estaba el tipo: diciendo alto y claro que se quería casar conmigo. En serio: daba vergüenza en algún plano absurdo de mi ser. Era inevitable.
Aun así, me ha gustado. Ha sido gracioso. Un quiebro de caderas del destino, sacándome de una patada de la ensoñación posmoderna que se apodera de uno en cuanto entra en el metro. Ha molado, por no hablar de que es lo más romántico que alguien ha hecho por mí desde... bueno, no; de hecho, desde ayer por la mañana, que alguien tuvo conmigo un detalle la mar de bonito.
En fin.
Que le he dado dos euros.
Así es el ego.