Vuelvo a casa después de cenar sushi con Toni. Escucho Vetusta Morla y canto todo lo alto que me permite mi sentido de la vergüenza, mientras me tapo con el paraguas y trato de ignorar este frío extraño de primavera anómala. Mi vida madrileña ha cambiado bastante desde que volví de EEUU. Rehúyo el metro, traumatizada por el transbordo entre la línea amarilla y la azul oscuro en Plaza de España. No salgo de cañas, no entreno y divido mi día entre trabajar, escribir, meditar y comunicarme de forma constante y compulsiva con P. Mientras camino sobre las baldosas mojadas, me viene a la mente que me siento impermeable. Como si esta ciudad me resbalara.
Me molesta el ojo derecho y llevo unos días con las gafas puestas; como están mal graduadas, no veo muy bien, así que bajo la cabeza y fijo la mirada un par de metros por delante de mí. Me recuerda a algo que me contó mi madre acerca de los monjes que están muy cerca de la iluminación: se supone que deben caminar mirando al suelo para no recibir nuevos estímulos que dificulten su progreso.
Yo estoy tan lejos de la iluminación como lo puede estar un ser humano y, aun así, me gusta esta mirada de monje. Después del entusiasmo inicial madrileño y posterior derrumbe y sufrimiento en el infierno de Muertelandia, he concluido que Madrid para mí no es buena ni mala; simplemente, es demasiado. Demasiada gente, demasiados bares, demasiadas tiendas. Todo podría estar bien en menor cantidad, o podría estar bien si a mí la vida me la soplara, pero soy sensible y esta sobreestimulación me agota.
Invierto mucho, ya lo sabéis todos. Invierto en general. Está bien, porque en general recibo beneficios, pero las operaciones que salen mal me dejan agotada. No es que Madrid haya salido mal. Lo que he aprendido aquí no podría haberlo aprendido en Cádiz. Pero estoy cansada de invertir. Quiero guardar mi energía y tratar por un momento de que las cosas me toquen lo justo.
Así que camino impermeable, mirando al suelo y resistiéndome a esforzarme en los dos meses que me quedan. Negándome a querer hacerme un hueco. Renunciando a todo lo que sé que no voy a vivir aquí y abriendo los brazos a todo lo que quizá sí viva. Y, sobre todo, camino intentando aproximarme a uno de los dos lados de la acera, porque tengo que practicar para recordar cómo caminas cuando no vas sola.