massobreloslunes: febrero 2012

miércoles, 29 de febrero de 2012

Tercer post: mi primo amarillo

Ya sabéis todos lo mucho que quiero a mi primo. Bueno, no, no lo sabéis. Os hacéis un poco una idea, pero no lo sabéis. El caso es que después de leer el libro de los amarillos he llegado a una conclusión importante:

Mi primo Sergio es el amarillo definitivo.

Os recuerdo la definición de amarillo, by Albert Espinosa: persona que no es amigo ni es amante. Que te hace sentir especial. Que no necesita mantenimiento. Que te toca y deja que le toques. Que te ve dormir y despertar. Insisto en que es una definición rara y quizá un poco cursi, y que cuando uno lo lee piensa: Albert Espinosa, se te ha ido el coco y te estás inventando una nueva categoría de gente. Pero dándole vueltas al asunto llegué a la conclusión de que si existen, mi primo Sergio es mi amarillo definitivo, porque me hace sentir única y estupenda, me da cariño físico sin reservas, está ahí contra el tiempo y la distancia y me ha visto muchas veces dormir y despertar.

El sábado fuimos a tomar cañas seguidas de cafés seguidas de copas. Al principio toda la familia; después los adultos se fueron y nos quedamos los jóvenes que, por otra parte, ya tenemos una edad. Nos fuimos al Zeus, el bar de un colega de mi primo.
- ¿Yo a ti por qué te querré tanto? - me preguntó Sergio en algún lugar entre la quinta y la décima cerveza.

Es un tema recurrente entre nosotros. Por qué nos queremos tanto. Porque es un poco inexplicable: él me quiere desde que nací y yo a él desde que tengo memoria. Pero no es un amor típico de primos, ya sabéis: te quiero porque bueno, tengo que quererte, pero en realidad ni siquiera nos vemos mucho. Es un amor mucho más intenso y más salvaje, casi de enamorados no incestuosos. Cuando estamos él y yo, los demás no nos importan mucho. Le escucho hablar, decir chorradas, hacerme reír y no puedo más que abrazarle y/o mirarle embelesada.

El sábado él decía que es una cuestión de vidas pasadas. En el café habíamos estado hablando de qué queremos que hagan con nosotros cuando muramos. Es curioso, porque a mí se me había ocurrido la misma idea mientras iba en el tren, y pensaba que sí, que incineración, pero que a ver qué hacían luego con mis cenizas. Y ahora creo que si sigo escalando el resto de mi vida igual pido que las entierren al pie de una vía difícil y bonita, para ver cómo la gente le da pegues y más pegues durante su eternidad inmutable de roca.
- Yo no creo que todo se acabe aquí, de verdad - me decía mi primo mientras quitaba con la cuchara la nata de su café irlandés -. Yo creo que hay otras vidas. Dime si no por qué tú y yo tenemos esta conexión. Es algo especial, no se explica porque seamos primos, porque yo te quiero a ti bastante más que a todos los demás.

Me reí. Yo digo mucho también lo de las otras vidas; no sé si porque me lo creo de verdad o porque me resisto a pensar que todo se acabe después de setenta u ochenta raquíticos años y que tenga que dejar aquí a gente a la que quiero tanto.

Estuvimos en el Zeus un montón de rato, pero como habíamos llegado temprano aún eran las diez cuando ya estábamos listos de papeles. Sergio y yo bailábamos los Piratas: éramos los únicos del bar y nos podíamos permitir el lujo de pedirlos en bucle. "Ahora prometo solo pensar en ti", cantaba mi primo señalándome, y yo me partía mientras le daba tragos a mi gintonic, porque Sergio borracho baila decentemente pero canta muy, muy mal.

Entonces me miró muy fijamente.
- Si descubro la forma de hacerme vampiro, ¿quieres que te convierta?
- ¿Qué?
- Vampiro, vampiro inmortal. Porque yo cada vez tengo más claro que querría ser inmortal. Pero igual la eternidad solo es muy aburrida, así que dime, ¿quieres que te convierta?
- Claro que sí - asentí yo, decidida. Él sonrió y siguió bailando.

Hoy ha venido al mediodía a despedirse, justo antes de que yo saliera en dirección a Atocha. Está mortal de guapo con su traje azul marino y su camisa celeste, que le hace juego con los ojos. Entra como un torbellino en la cocina y se abalanza sobre mí, que me estoy pintando las uñas en la mesa.
- Que tengo un montón de prisa, dame un beso, gorda, que te quiero - me agarra, me abraza fuerte, yo le abrazo también e intento no mancharle de esmalte la chaqueta del traje -. Uy, casi se me olvida - añade luego, y saca del bolsillo interior un librito. Muchas vidas, muchos maestros, de Brian Weiss: un libro sobre las regresiones y la reencarnacion.

Desaparece detrás de la puerta de la cocina. Luego vuelve, "dame otro beso", y por fin se va, dejándome con la soledad reversible de quien se queda de pronto sin su amarillo favorito y con el libro sobre las regresiones en la palma de la mano. Voy a omitir lo que pienso de las regresiones y/o de los libros que hablan de ellas. En el debate entre el escepticismo y la fe, creo que agoté toda mi fe queriendo ser santa y sólo me queda el escepticismo. Aun así, es bonito, pienso. Es muy, muy bonito que alguien te regale un libro sobre la regresión sólo porque quiere demostrarte que te conoce de otras vidas y que quiere estar contigo siempre.




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Edito hoy miércoles para contaros que escribir una novela es motherfucking difícil y que llevo una hora sintiéndome como si intentara bañar un gato. Así que podéis regocijaros, que igual pronto me doy por vencida y estoy aquí otra vez en mi confortable casita bloguera.

martes, 28 de febrero de 2012

Segundo post: Madrid en amarillo

Quedo con Erika en la Puerta del Sol. Que te llamen por teléfono, te pregunten dónde andas y tú digas "En Sol", así como si nada, me suena madrileño de la muerte. Estoy en el Corte Inglés, en el stand de MAC, a la búsqueda del rojo de labios perfecto. Lo cual es absurdo, porque me voy a pintar los labios de rojo dos veces en los próximos cien años, pero esas dos veces quiero estar estupenda. Al final, por una extraña confusión de mi cerebro que no voy a explicar porque es larga y absurda, acabo con dos rojos, dos: uno mate y potente, otro brillante y un poco más suave. Me pinto los labios en el baño del Corte Inglés y salgo a la plaza.

En Madrid uno se siente no exactamente pequeño, sino anónimo. Aquí en Cádiz, por ejemplo, es como que la vida tiene peso. La gente es parte de cosas. Lo notas en cuanto sales a la calle: vas caminando por la Viña y de repente tienes que pararte, y es porque se ha formado uno de sus típico atascos de gente, que consisten en que dos o más personas se han encontrado por casualidad y ahora están tranquilamente charlando y bloqueando el paso. La gente se conoce, canta en público, le grita a sus hijos en las plazas. Las vidas tienen una especie de entidad. En Madrid una se siente todo el rato como el cliché de alguien más que como alguien en sí. El cliché de chica solitaria que se duerme la siesta en el Retiro. El cliché de pareja guapa que toma café junto a la ventana del Starbucks.

Lo que no es necesariamente malo, ojo. El momento siesta en el Retiro ha sido sencillamente perfecto. Andaba yo con una hipoglucemia del Averno tras haber tenido la ocurrencia de tomarme un café bombón por ahí, así que me compré una bolsita de anacardos que tragué sin transición: para cuando me di cuenta de que estaba medio indigestada, ya era demasiado tarde, así que me tumbé al suave sol primaveral con el bolso bajo la cabeza y me quedé frita. Llevaba toda la mañana leyendo "El mundo amarillo", de Albert Espinosa, que es de esos libros que no me compraría pero que puedo pedir prestado de la biblioteca para ver qué hace que todo el mundo lo compre. Y a ver, el tal Albert está como unas maracas. Es como el estereotipo de "el cáncer me enseñó tanto, y ahora soy como Papá Noel harto de Prozac echando un polvo en Disneylandia". Y cuenta cosas que como que no te las crees mucho, porque cuando estaba en el hospital todo el mundo a su alrededor era sabio y compasivo, y la enfermera bailó con él una canción de Machín el día antes de que le cortaran la pierna y blablablá. Pero a pesar de todo esto y a pesar del cinismo que también a mí me sale a veces, el tipo consigue que te metas en tu juego, que sonrías con sus ocurrencias y que te sientas contento sin saber bien por qué. Lo que no es moco de pavo.

El caso es que paso el resto del día tomando cafés en sitios sucesivos, pensando en la novela que voy a escribir, sintiéndome feliz por estar viva, comprando libros y dándole vueltas al concepto de "amarillos". Todo así revuelto. Lo de los amarillos lo dice Albert en el libro: personas que no son exactamente amigos ni tampoco amantes. Que aparecen en tu vida y te hacen sentir especial. Personas que te tocan y a las que tocas, que te han visto dormir y despertar. Que no necesitan mantenimiento, como llamadas o mensajes, porque vuestra conexión no depende de eso. Es un concepto muy raro; mejor leer el libro para entenderlo. Pero es bonito. Creo que los amarillos existen y creo que he tenido algunos, y mientras doy vueltas por Madrid esperando a que Erika salga de currar pienso que sin duda ella es una amarilla.

Aparece por la calle Montera que, por cierto, ¡¡qué fuerte!! Está llena de putas. Pero qué clase de ciudad rara es esta, con la gente tomando cañas a las ocho de la tarde y un montón de prostitutas así tan campantes esperando de pie con medio culo al aire. La cosa es que llega Erika y me dice que estoy  guapísima, y yo también se lo digo a ella, y me alegro un montón de que nos encontremos en la Gran Ciudad. Erika es hawaiana (verídico), pero lleva tanto tiempo aquí que habla español con acento andaluz. Coincidimos en Cádiz los primeros meses del PIR, pero luego tuvo que irse porque terminaba la carrera. Es indescriptiblemente guay. Todo lo que dice o hace es como si lo escucharas por primera vez. Tiene el superpoder de crear tiempo nuevo, de poner las cosas sobre la mesa como recién lavadas y hacer que tú las veas igual.

"Que eres mi amarilla," le explico en cuanto nos sentamos en un Rodilla a tragar un par de sandwiches. Se ríe mucho con el concepto." Eres mi amarilla - le explico -, porque me haces sentir especial. Porque no necesitas mantenimiento, y como eres fisio me has tocado un montón, me has dado masajes y me has utilizado como cobaya para las prácticas de movilización de articulaciones. Y nos hemos visto dormir y despertar, como aquella vez que eché la siesta en tu casa y al despertar te miré muy fijamente y te dije que ojalá estuvieras hecha de chocolate para poder darte un bocado."

"Qué guay ser tu amarilla", contesta, y luego le cuento la idea de mi novela y le parece genial, y nos pasamos el resto de la noche buscando un nombre para el protagonista. "Llámale Domingo, o Bienvenido", me dice, porque son nombres que le gustan. Mira el significado desde su espíritu libre de no hispanoparlante y le encanta que alguien pueda llamarse como un día feliz de la semana, o que a alguien se le diga siempre que es bien recibido en algún sitio. Yo me niego a llamar así al protagonista de mi novela, pero me río igual.

Nos pintamos los labios de rojo. Ella se pone el clarito brillante, yo el fuerte mate, y nada más ponérselo le queda tan bien. Destaca reluciente en medio de sus rasgos japoneses y de su pelo liso y negro, así que le regalo el pintalabios y nos vamos a buscar algún lugar donde poder tomar un vino. "Te cambia el aura", me dice al cabo de un rato. "¿El qué? ¿El vino? ¿La amistad? ¿Los amarillos?". "No, no, el pintalabios rojo".

Vuelvo tarde a casa, mirando mi reflejo de labios rojos en las ventanas oscuras del metro. Me pesa un horror el bolso porque me he gastado un dineral en libros. Que la culpa no es mía, la culpa es de ese paraíso en la tierra llamado La Casa del Libro, que te tienes que subir con escalera a la sección de psicología para bucear entre los estantes de terapia familiar, muy fuerte. Me bajo en Coslada Central por bajarme en algún lado, que no os creáis que tengo muy claro hacia dónde queda la casa de mi tía. En la calle no hay ni Dios y yo me oriento como puedo. Me entra un poco de miedo: yo, tan pequeña, con mis labios rojos y mis bolsas de libros, ahí sola a medianoche en la periferia de la Gran Ciudad. Luego pienso que el miedo no me va a servir de nada: que ahora mismo mi misión es orientarme bien y estar alerta. Me alejo de las paredes, abro mucho los ojos y me esfuerzo en recordar que hay que gritar "fuego" si te atacan, porque es más probable que la gente acuda.

Llego sana y salva a casa de mi tía. Estoy contenta. Lo he pasado muy bien. No sólo mirando libros y material de montaña, o tomando un caramel macchiato enorme porque el Starbucks será Satán, pero hacen un café bien rico. Sobre todo, me lo he pasado bien con Erikita. Mi amarilla. Y las ciudades serán lo que sean. Me da miedo Madrid y perderme entre un montón de gente que parece estar haciendo lo mismo que yo. Me da miedo no ser capaz de encontrar el silencio. Pero en realidad lo importante, lo digo siempre, es la gente. Erika convirtiendo Madrid en una extensión de Cádiz, o de Málaga, o de cualquier lugar en que te hayas sentido feliz, acompañada y muerta de risa.

Y aquí queda el segundo post de hoy. Voy a cenar y a ver si me atrevo con el tercero. Mi estado de ánimo mejora de manera exponencial. La lavadora ya está centrifugando. Todo va bien.

jueves, 23 de febrero de 2012

Fuertectual: fuerte e intelectual

El comentario de Khal Yeleytr en el post anterior me ha hecho reflexionar. Dice algo como que le cuesta conciliar mi faceta de escaladora con la de intelectual con blog, post diario, trabajo sedentario etc etc. Eso me ha hecho pensar un poco en mí y en mi relación con el deporte. La verdad es que ayer, mientras saltaba a la comba en plan Rocky entre serie y serie de movimientos de escalada, le decía a otra chica que hace poco que entrena: "Yo antes no era así. En serio". "¿Así cómo?". "Yo qué sé, así de... ¿activa?".

A lo largo de toda mi vida, mi relación con el deporte ha sido terrible. Para mí era un castigo; algo como si Dios, cuando lo de la manzana, hubiera dicho: "ganarás el pan con el sudor de tu frente y además tendrás que hacer deporte".

Cuando era pequeña, mis padres parecían conscientes de que tenía que hacer deporte para salvarme de la obesidad infantil. Durante muchos años probé, de forma más o menos intensa, el ballet, la natación, la orientación, la vela, la equitación, el esquí, el tenis, el baloncesto, el atletismo y el yoga. Sólo se me dio medio bien la orientación, porque había que pensar y pensar es mucho mi rollo: fui a campeonatos y gané hasta medallas. Yo en un podium con dos medallas de oro al cuello: una vez en un siglo, como los eclipses.

El resto se me daba normal o directamente fatal. En baloncesto, por ejemplo, tardé MESES en meter una canasta EN LOS ENTRENAMIENTOS. No era un lastre para el equipo porque jamás me eligieron para los partidos. En tenis el profesor repartía dos tipos de puntos reforzantes: unos amarillos por jugar bien, otros verdes por portarse bien. Adivinad cuáles me daba a mí. A yoga me apuntaron porque con once años ya estaba tan estresada por la vida como para que me lo recomendara la psicóloga del colegio, y con mi elasticidad nula gemía de dolor en la postura del loto mientras me preguntaba por qué me odiaban mis padres.

Luego llegó la adolescencia y el deporte pasó a convertirse en "eso que debería hacer para estar buena". Claro, que en mi caso estar buena era algo bastante improbable si tenemos en cuenta que iba a las mercerías a buscar sujetadores y los dependientes me decían que tan pequeños no los fabricaban. Pero todos los meses la Super Pop sacaba alguna tabla de ejercicios donde chicas preciosas posaban sonrientes, y te permitías creer que si sacabas tiempo para hacer tres series de abdominales al día durante un mes tú también te parecerías a esas chicas perfectas. Así que hacía abdominales durante más o menos cuatro días y luego volvía a comer donetes y a medirme las tetas para ver si me habían crecido.

En la facultad pasé al pragmatismo. Ni me iban a crecer las tetas ya más, ni iba a estar buena, ni nada. Más me valía pasarme a los hombres gafapasta, que apreciarían mi encanto intelectual y mi genio creativo. Y el deporte pues bueno: una vez al año me proponía salir a correr, y durante el mes y pico que aguantaba me sentía fuerte y sana. Y pensaba: ya está, me he convertido en deportista. ¿Cómo he podido vivir antes sin esto? Soy adicta al deporte, lo necesito, soy sana y activa. Mentira cochina, que a la mínima excusa volvía a dejarlo estar y a pasarme las tardes sentada en el ordenador y/o en el taburete de un bar.

Para no convertirme en un desecho obeso, caminaba mucho por Granada y montaba en bicicleta. También me apunté a danza del vientre o, como decía J., a danza de la panza. Allí conocí a Silvia, por cierto. Fue divertido y aguanté un año y pico, e incluso participé en un super espectáculo que montó mi profesora. Estuvo bien porque tampoco soy de las que bailan. Hasta entonces, mi cara de bailar era algo como "no sé bailar y me da vergüenza y soy un fraude y todo el mundo se está dando cuenta". A partir de la D de la P adquirí un poco de confianza en mi coordinación, y ahora directamente me da todo igual y bailo como una retrasada así, sin complejos.

Y llegamos a la etapa actual. La Etapa Adulta. A partir de mi diagnóstico de rodillas de anciana y de darme cuenta de que no podría correr más, ni siquiera un mes al año, decidí que tenía que hacer deporte. No para estar buena ni para evitar la obesidad, sino para estar sana. Física y mentalmente. Así que empecé a nadar. Y no me iba mal; nadar me gusta. Me relaja, me desconecta el cambio de gaseoso a líquido y cuida mi espalda. Y así habría seguido, nadando despacito y mal hasta ser una anciana que toma leche de soja enriquecida con calcio, de no haber sido por ese evento que cambió mi vida para bien hace ocho meses, a saber:

EMPECÉ A ESCALAR (¡¡sorpresa!!)

Y bueno, para mí escalar no es deporte. No lo es en el sentido que para mí ha tenido el deporte siempre, a saber: esa actividad sufridora que quieres que se acabe cuando la estás empezando. Cuando miras a los que salen del gimnasio cuando tú entras y piensas: qué envidia, cojones. Yo quiero estar en mi casa comiendo ensalada con la sensación del deber cumplido, y no aquí sudando mientras me grita el monitor de spinning.

No sé qué tiene la escalada que la hace tan distinta a todo lo demás. No sé si es la parte mental: es analítica, exige cierta creatividad y mucho autocontrol. No sé si es el chute intermitente de neurotransmisores felices que te produce conseguir un paso difícil o encadenar una vía. El caso es que a mí no me hace falta fuerza de voluntad para escalar ni para entrenar. Me apetece siempre.

Y sobre si siento que no encaja con el resto de mí... me está costando aceptarlo. Sí que me siento un poco una farsante. Como si no perteneciera a ese mundo tan físico. Además, me neurotizo con las lesiones, y me preocupa estar, como dice Murakami en su libro sobre correr, "echando sin parar agua en una olla que tiene un agujero". Peeeero... me gusta vivir la vida como si de verdad contuviera todas o la mayoría de las posibilidades. Que ahora, después de 26 años de sedentarismo intermitente,  ponerme fuerte sea una meta en mi vida, me parece divertido. Me ilusiona como pocas cosas. En mi mundo gafapasta de alternar escribir con dibujar con tocar el piano con leer con pensar muy fuerte, desarrollar mi parte física ha enriquecido mi vida de una forma que no me esperaba.

J. siempre decía que la canción que le recordaba a mí era "Physical", de Nine Inch Nails. "You're just too physical to meeeee", me cantaba aporreando su guitarra eléctrica. Yo. Que me he pensado siempre como un cerebro con patas. Y ahora me siento física. Miro mis manos, capaces de agarrarse (más o menos) de finas regletas, y mis brazos, capaces de levantar mi cuerpo de una barra de dominadas, y me siento orgullosa. Diferente. Más persona. Y me ayuda a escribir mejor y a trabajar mejor, sin duda. Me relaja, me construye, me integra.

Y no creo que pase con todos los deportes ni a todas las personas. Creo que tienes que encontrar el tuyo, y que igual ni aun así. Pero cuando pasa pues mola mucho. Así que espero seguir mucho tiempo.

Y ahora os copio un trocito del libro de Murakami:


Aunque este tipo de vida, vista desde fuera, pueda parecer efímera, inútil y sin mucho sentido, o sumamente ineficaz, me digo que hay que resignarse a lo que hay. Y aunque realmente no se trate sino de un acto vano, como verter agua en una vieja olla agujereada, al menos siempre quedará el hecho de haber realizado el esfuerzo. Tendrá su utilidad o no, será o no atractiva a los ojos de los demás pero, en definitiva, lo más importante para nosotros es, en la mayoría de los casos, algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón). Y, a menudo, las cosas realmente valiosas son aquellas que sólo se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad.

miércoles, 22 de febrero de 2012

La soledad y la escalada: llevando el frikismo un poco más allá

No sé exactamente qué hora es, pero digamos que algún momento entre las cinco y las siete de la tarde. Estoy en una tienda de alimentación del centro de Puerto Real. En estos momentos mi aspecto es el siguiente: trenza despeluchada, pantalones de deporte grises hasta la rodilla, camiseta de tirantes, una rebeca larga de lana morada y un pañuelo al cuello. Los pies de gatos puestos, aplastándome los dedos en la puntera. La cara y las manos llenas de magnesio, con las uñas pintadas de rojo destacando en medio del polvo blanco.

La razón de que lleve esta pinta de loca y no me haya quitado ni los gatos para ir a comprar agua es que ahora mismo me quedan siete minutos, medidos por el cronómetro del Kpot, para la siguiente serie de veinte movimientos en el desplome del roco. Cuando terminen los siete minutos sonará la alarma que hemos elegido, algo como una sirena de submarino en estado de emergencia, y me tocará colgarme de nuevo para que me marque otra vía.

El tema es que el amigo Kpot y yo no estamos leyendo un libro sobre entrenamiento para la escalada. Que no se puede ser más frikis. Que él vale, porque hace 8a y está muy fuerte y tal, pero ¿yo? Metro y medio de ex rubia sedentaria que cualquier día se lesiona y se tiene que poner a hacer ganchillo. Pero yo qué sé, vi el libro y me llamó la atención, lo compré, luego se lo presté al Kpot y este mediodía me ha recogido del hospital con un planning en Excel de lo que iba a ser a partir de ahora mi entrenamiento de escalada. Algo como: lunes y jueves nadar a muerte, sábado y domingo escalar a muerte, martes y miércoles en el roco a muerte. Ha diseñado series de movimientos con dificultad ascendente, descansos entre vías y entrenamiento de los músculos antagonistas. "Serás mi cobaya", me ha dicho. Y hemos echado la tarde con el cronómetro zumbando cada X tiempo, él marcándome vías y yo tirada de risa, apretando a muerte y sintiéndome como Patxi Usobiaga.

Me comenta Silvia en el post anterior que es complicado construir los vínculos necesarios para acabar con la soledad. Hoy he terminado el libro, y la verdad es que la conclusión es poco esperanzadora. Las herramientas no están claras, y aunque a veces parece que el fin de una soledad grave llega como resultado del esfuerzo de la persona, otras veces sucede de manera casi fortuita. Te cambias de trabajo, conoces a tu pareja en un bar o te apuntas a un curso de escalada de fin de semana, y bueno, los vínculos aparecen y la soledad se va. Más o menos.

La escalada ayuda porque es un deporte que necesita de la gente. No se puede ser un escalador independiente; como mínimo, necesitas a un compañero que te asegure desde abajo. Y asegurar o que te aseguren, de por sí, es una experiencia. Pones tanta confianza en la persona que dejas tu vida en sus manos. Confías en que responderá cuando lo necesites, en que te prestará toda su atención y sabrá amortiguar el dolor cuando te caigas. Aunque no sea más que una metáfora, creo que de alguna forma ayuda a que tu subconsciente construya esos vínculos y esa imagen de los demás como personas que están ahí para respaldarnos.

El tema del post de hoy es que bueno, yo parecía una loca en la tienda de comestibles. El dependiente me miraba contar monedas con las manos temblorosas y llenas de magnesio y no creo que se imaginara que soy la psicóloga de la Unidad de Agudos, y que por las mañanas hago cosas serias como valorar si un paciente tiene o no la intención de suicidarse. Y que es muy divertido y muy motivante ir al roco con un plan hecho, marcarse objetivos, querer mejorar y ser capaz de entrenar tres horas porque realmente no hay ningún otro sitio en el mundo en el que te apetecería estar.

Pero lo que de verdad me ha conmovido del día de hoy es el hecho de que el Kpot se haya parado a pensar un plan para mí. Porque yo me paso la vida en constante autocoaching. Que si escribe todos los días, que si estudia una tarde por semana, que si intenta meditar algo aunque sea antes de dormir. Que si ahora voy a planear mis menús para esta semana o a buscar en Google cómo cojones se cambia la bombilla del techo del baño. Vivo en la autosuficiencia. Y cuando alguien hace algo así por mí sin que yo se lo pida pues oye, me llega. Lo demás, teacher, no tiene tanta importancia: los minutos entre series,  el peso de las mancuernas, la cantidad de movimientos. Lo esencial ya lo tenemos.

Así que bueno, Silvia, no sé cómo se construyen vínculos. Es triste, pero creo que la suerte tiene mucho más que ver de lo que pensamos. Pero a veces sucede. A veces sientes esa conexión. Con una actividad, con una pasión, con una o varias personas. Y cuando sucede es tan estupendo que lo único que puedes hacer es agradecerlo así casi con disimulo y cuidarlo con todo el esmero del que seas capaz, porque es algo raro y valioso. Porque sabes que no es fácil. Porque merece la pena.

La habitación vacía



Este post es bastante largo (oh, oh, novedad de la vida, con lo breve que eres tú siempre, Marina). Además, me resulta un poco espeso. Pero repasándolo, no encuentro nada que quiera cortar o resumir. Llevo todo el día dándole vueltas al tema y me resulta importante compartirlo con vosotros. Así que os animo a que lo leáis, aunque a priori parezca un tostón.

La primera vez que vi "La habitación vacía" en la librería, hace como un mes, me sobrecogió. Acababa de tener el accidente de moto y llevaba diez días metida en casa. Apenas habían venido a verme un par de amigos, y dedicaba mis horas a leer, dormir, escribir y arrastrarme cojeando al Covirán a comprar provisiones. La segunda mitad de 2011 había sido genial. Conocer gente, aprender a escalar, hacer amigos, viajar. Pasar fines de semana fuera, recuperar el campo, respirar, divertirme mucho, mucho, mucho. La sensación de pertenecer a un grupo. Los chistes compartidos, las tardes entrenando, la página del roco en Facebook, los illoooooo de treinta segundos. La cena de navidad, la cuerda de equilibrio, las noches con la guitarra, las catas de vino de más de un euro y menos de dos.

Y, de repente, estaba otra vez sola. Otra vez se me acumulaban los días sin ver a nadie más que a mí misma. Mi parte racional sabía que era transitorio y que tenía que ver con las lesiones físicas; a mi parte emocional todo aquello le sonaba demasiado como para no tener miedo. Así que cuando ojeé la contraportada del libro y vi de qué trataba, a saber: de la experiencia de la autora con la soledad crónica, me negué a compralo. No quería saber nada del tema porque no quería estar sola; confiaba en recuperar, junto con la movilidad del tobillo y de las rodillas, la apaciguadora sensación de comunidad que había creado los últimos meses.

Según Emily White, ésta es una de las principales características de la soledad. Nos resistimos a nombrarla. Es un tabú. No nos gusta reconocer que estamos solos ni que los demás lo sepan. En ese momento, aunque pareciera absurdo, coger ese libro de la estantería y pagar por él me resultaba no tanto humillante como casi gafe.

El viernes pasado, sin embargo, decidí llevármelo. Había vuelto a entrenar y a escalar, llevaba un mes trabajando en Agudos y entusiasmada con los locos, me sentía fuerte para leer sobre la soledad. Hoy martes ya casi he terminado el libro. He tenido poco trabajo y he podido leer casi toda la mañana y toda la tarde. De vez en cuando levantaba la mirada, estremecida. Tenía tanto que ver conmigo y con la gente que me rodeaba. Podía identificar mi soledad, la soledad de muchas personas a las que quiero e incluso la de mis pacientes.

El primer mensaje del libro es que la soledad existe. Como problema con entidad propia. Es distinto a la depresión, a la ansiedad, a la tristeza. No es un trastorno del ánimo, sino de las relaciones. No es una debilidad de carácter, sino una experiencia emocional muy dura a la que todos podemos vernos abocados en un momento dado. No sé si alguno habéis pasado por la experiencia de estar realmente aislado. Yo sí. Por fin he podido poner nombre a lo que sentí desde que me fui a Barcelona a estudiar periodismo hasta que empecé en serio con J., casi tres años después. Yo no estaba deprimida. Yo estaba muy, muy, muy sola.

Ahora, desde la distancia, me resulta complicado recordarlo y explicarlo. Sólo sé que mi soledad no disminuía con la compañía. En Barcelona, yo vivía con compañeras de piso, iba a clase con un montón de alumnos de mi edad, tenía amigas de Málaga que también estudiaban allí y un novio estupendo pero tristemente lejano. Y me sentía totalmente apartada. No me integré con mis compañeras de piso, no me integré en la facultad y desplazarme al centro me daba muchísima pereza. Salir con gente me horrorizaba. Los jueves, cuando toda la Vila Universitària donde yo vivía se llenaba de estudiantes con ganas de fiesta, yo sólo quería meterme en mi habitación y enterrar la cabeza en la almohada. Paseaba sola por Barcelona, montaba sola en tren; la única sensación de vínculo la tenía con MQEN, y eso era horrible, porque él siempre se iba.

Cuando llegué a Granada pensé que aquello iba a cambiar. Que podría sentirme unida a alguien. Recuerdo haberle preguntado a mi compañera de piso, que ya llevaba allí un año, cuánto tiempo había tardado en hacer amigos en su facultad. Pero tampoco encajé en el primer curso de Psicología. En una asignatura nos pidieron que hiciéramos una lista con las personas de la clase con las que sentíamos más afinidad. Luego teníamos que preguntarles su opinión sobre una serie de temas para ver hasta qué punto coincidíamos. De las tres personas que escogí, ninguna me había elegido a mí; de hecho, nadie en la clase lo hizo. Al año siguiente cambié de turno, pero tampoco logré enganchar con la gente de la mañana. Todos los viernes me despedía alegremente de mis compañeros exclamando "¡Buen finde!", y en realidad sabía que yo no haría nada interesante con el mío. Y es raro, porque tenía amigos, buenas compañeras de piso e incluso mi relación con J. empezaba a dar sus primeros coletazos, pero seguía estando muy, muy sola.

El concepto a lo mejor es difícil de entender. Yo misma no sé muy bien qué hace que no te sientas vinculado en una etapa determinada de tu vida, porque probablemente ahora paso más tiempo sola que entonces y, sin embargo, no me siento sola. Pero todos estamos en riesgo de llegar a ese punto. No depende de lo sociables, interesantes o atractivos que seamos: quien me conozca en persona sabe que no soy ni tímida ni torpe. Pero te cambias de ciudad, o lo dejas con tu pareja, o pierdes el trabajo, o tus amigos se casan y, cuando te quieres dar cuenta, la soledad ha golpeado y no sabes cómo salir de ella. Siempre he tenido la teoría de que mi vida habría sido distinta de haberme tocado otro piso en la Vila Universitària: un piso con estudiantes de primero con las que haber podido hacer piña. O de haber acertado con la carrera a la primera y haberme sentido identificada con mis compañeras de clase. Sin embargo algo no cuajó, y la soledad atacó de una forma tan profunda que no conseguí quitármela de encima en años.

El libro explica que la soledad es peligrosa. Por una parte, porque por sí misma puede conducir a más soledad: te mantiene en un estado de miedo, de alerta. Te vuelve obsesivo, controlador, casi paranoide. Te dificulta establecer nuevas relaciones sociales: mientras más solo estás, más te cuesta buscar compañía porque, paradójicamente, tu soledad se convierte en un lugar donde puedes estar seguro. Al final de mi estancia en Barcelona, paseaba por las zonas del campus lejanas a mi facultad para no encontrarme a nadie conocido. Me sentía intensamente atacada por todo el mundo. No creía que contar mis problemas o intentar profundizar en las amistades que tenía fuera a solucionar nada. La soledad también tiene consecuencias devastadoras para la salud. Por sí sola, deteriora la función cognitiva, deprime el ánimo, empeora el sistema inmunitario, aumenta el riesgo de complicaciones cardiacas.

Y estar solo no es deseable. La autora nos plantea que en este mundo que nos están vendiendo, donde el individualismo está a la orden de día, donde se transmite la idea de que si uno se lo curra, en realidad, no necesita a nadie, parece que es un estado del que hay que disfrutar por narices. Que si no suena la flauta y no somos capaces de sentirnos emocionalmente unidos o socialmente integrados, no pasa nada: preparemos un baño, compremos cosas ricas para cenar, veamos una buena película. Disfrutemos de nuestra propia compañía. Cuando la realidad es que estamos preparados para socializar igual que para respirar o para comer. Que nuestro sistema nervioso, nuestra sensación de identidad y nuestro cuerpo necesitan la compañía ajena y la sensación de seguridad que proporcionan las relaciones.

Siempre me quejo de que la autoayuda y la psicología contemporáneas son muy individualistas. Como si nos diera miedo contar con los demás, porque no estamos seguros de tenerles. Todo pasa deprisa, la gente llega a nuestro lado y se marcha muy rápido. Nos cuesta esforzarnos para mantener las relaciones que tenemos o para crear otras nuevas. Nos cuesta sacrificar espacio o recursos para darnos a otras personas, nos cuesta arriesgarnos a que nos partan el corazón. Lo más importante que me ha transmitido el libro es que debemos meter a los demás en nuestra ecuación de la felicidad. Da miedo, porque los demás no son nosotros y porque no sabemos lo que van a hacer. Son impredecibles y a veces duelen. Pero no podemos hacerlo solos. No debemos hacerlo solos.

Quería escribir esta entrada para todos los que os podáis estar sintiendo solos ahora mismo o lo hayáis sentido en algún punto. Para que tengáis la oportunidad de ver la situación con cierta perspectiva. Si cuando vivía en Barcelona alguien me hubiera dicho que cada movimiento hacia el aislamiento me hacía más propensa a seguir sola, empeoraba mis habilidades sociales y me estresaba más profundamente, a lo mejor me habría esforzado más por vincularme. Si hubiera podido admitir en estos últimos años que socializar y tener gente en la que apoyarme es un objetivo lícito y deseable, a lo mejor me habría sentido no sé si menos sola, pero sí menos perdida. Es un tema importante. Merece toda nuestra atención. Leed el libro.

(Y con esto me despido, que ya llevo colándome en términos de tiempo y espacio por lo menos cinco párrafos.)

lunes, 20 de febrero de 2012

Terapias

"A ver por dónde empiezo, que para mí no es fácil contarlo... estoy un poco nervioso, de hecho. Yo es que no creo en los psicólogos, ¿sabe? Pero bueno, se lo cuento y punto.

>> Que todo empezó por una contractura en el cuello. El típico día que te levantas y dices "habré cogido una mala postura", y te pasas la mañana frotándote el hombro con disimulo. Luego van pasando los días y cada vez te duele mas, y te frotas, te encoges, el hombro cada vez más pinzado y tú hecho polvo... y al final alguien me propuso lo de ir al fisio. Pedí un número, llamé, me dieron cita y allí que me planté.

>> La fisio era una chica alta, más bien grande, de rasgos dulces aunque no especialmente guapa. Me gustaron sus manos potentes y me gustó la música clásica que salía de los altavoces camuflados en el techo. Me masajeó con una mezcla muy apropiada entre placer y dolor: a ratos me clavaba los dedos en los puntos sensibles y me hacía aullar, pero después calentaba la zona con toda la palma y yo me relajaba como un niño.

>> Seguí yendo una vez por semana para que me tratara la contractura. Cuando se me quitó, iba simplemente a que me masajeara la espalda y deshiciera los pequeños nudos de la vida cotidiana. Entonces me torcí el tobillo y alguien me recomendó a otro fisio distinto, y pensé: "por qué no probar".

>> Y, sin darme cuenta, los jueves eran el día de la espalda y los martes del día del tobillo. El tipo de los martes era un hombre bajito pero recio, que masajeaba poco pero que me colocaba después unos electrodos que transmitían una corriente eléctrica la mar de curiosa. Al principio me daba por reír cuando empezaba, pero después me acostumbré.

>> A los martes del tobillo les siguieron los miércoles de la reflexología, donde una chica dulce de pelo moreno me tocaba las plantas de los pies para equilibrarme los órganos. Los lunes encontré a una chinita diminuta que caminaba por mi espalda y la hacía crujir, incluso aunque los jueves la primera fisio siguiera masajeándome con suavidad. Para los viernes encontré a un terapeuta craneosacral que me colocaba las manos en la cabeza y las movía con sutileza hasta conseguir marearme.

>> Todo habría ido bien. No me importaba gastar dinero. Ahorraba en comida, ahorraba en gasolina: empecé a ir al trabajo en bicicleta, y luego le pedía a la chica de los jueves que me masajeara los gemelos y los muslos. Habría ido bien, y no creo que tuviera ningún problema. Simplemente, me gustaba cuando toda aquella gente me tocaba. Me gustaba que se ocuparan de mí y de mi dolor. El tema es que un día el terapeuta craneosacral me vio entrando en la consulta de la reflexóloga y me miró ofendido, como si le hubiera puesto los cuernos. Yo balbuceé alguna excusa sobre acompañar a un familiar, pero no me creyó. La siguiente vez que me atendió, entre suaves manipulaciones de mi cráneo, me sonsacó que veía a otros durante la semana. Y no sé si fue por ego o porque lo pensara realmente, pero al final me dijo que tenía un problema. Que más que un fisioterapeuta, lo que yo necesitaba era un psicólogo.

>> Y bueno, por eso estoy aquí, no sé, usted verá. Si lo necesito o no, yo qué sé. La verdad, ya se lo he dicho: no creo que sea un problema. No creo que haga daño a nadie. Que debería hacer más amigos; pues quizá. Que debería llamar a Marta y explicarle lo mucho que la echo de menos; pues a lo mejor. Tranquila, ya le contaré quién es Marta. Pero no sé. Tanto como un psicólogo... Me pongo en sus manos, en cualquier caso."

El paciente tomó aliento y se arrellanó en la silla. Se quedó mirando satisfecho a la psicóloga cognitivo-conductual que le había recomendado un compañero. Era guapa y parecía simpática, aunque tendría que aceptar cambiar las citas de día, porque si no iba a pisarse con el psicoanalista de los jueves. Y sumando al coach de los lunes y a la terapeuta gestalt de los viernes, ya solo le quedaba un día que llenar para tener de nuevo completa la semana.

domingo, 19 de febrero de 2012

Soledad y amor (II)

El primer día que hablé con IA no pude dormir. Bueno, sí, algo dormí, digo yo, pero es cierto que pasé un montón de rato en la cama, con los ojos abiertos como platos, pensando que aquello era algo fuerte. Algo distinto. Un lector que te escribe y que al día siguiente te llama por teléfono y que, sin tú tener muy claro cómo ni por qué, te atrapa el corazón desde la primera frase.

La conexión fue brutal, creo que por ambas partes. A mí me encantaba su voz con acento del norte, su dulzura y su forma de decir "¿qué pasó, pequeña?" cuando se cortaba la conversación y tenía que volver a llamarle. También me encantaba el moreno de ojos verdes que me miraba desde las fotos suyas que había visto. Aquellas primeras semanas hablábamos por teléfono todos los días durante horas, nos escribíamos mensajes, chateábamos por el Facebook y nos mandábamos fotos al móvil. Era algo muy, muy raro pero muy, muy bonito.

Pero lo más importante que me dio IA cuando le conocí fue la inocencia. Todo era sencillo. Yo llamaba y él contestaba y si no, llamaba él. Yo le escribía mensajes y sabía que él me los respondería. A él le interesaba yo. Leía mi blog. Buscaba fotos de Cádiz para imaginarme allí. Me regaló sin venir a cuento la capacidad de ilusionarme y de pensar que a alguien le gustaba tal y como era. Que alguien quería acercarse a mí, compartirme, saber qué hacía, qué pensaba, qué música escuchaba, en qué ciudades quería vivir.

Yo estaba tan, pero tan flipada que llegué literalmente a pellizcarme durante el día para saber si estaba soñando. No podía escuchar canciones tristes o de desamor; me dolía. Tampoco podía pensar en otros tíos, ni reales ni ficticios: el post de los personajes de ficción, por ejemplo, no habría podido escribirlo, porque sencillamente no había otros ni falta que hacía: él estaba ahí y le gustaba yo y era una persona alucinante. En ese momento pensaba que me alucinaba su capacidad de arriesgarse conmigo, de dejarse conocer, de conocerme, y también todo lo que me iba revelando a medida que hablábamos. El puente con palabras que estábamos construyendo: las historias de montaña que contaba, cómo me aconsejaba sobre material de escalada, cómo me relataba despacio su fuerza, su coraje, su intento valiente y doloroso de vivir una vida con sentido. Ahora pienso que quizá me alucinó por lo que me permitió sentir: porque después de años y años de marear la perdiz con J., de liarla parda con otros, de cinismo, de prevención, de ofuscación y de miedo, ahora podía ser completamente niña e idiota, dejarme mecer en aquella ola inesperada de encanto mutuo aún sin tener ni puta idea de hacia dónde iba a llevarme.

Luego... bueno, resumamos. No me gusta hablar de las partes feas. Digamos simplemente que aquello no había por dónde cogerlo: yo en Cádiz, él en el rudo Norte y cada uno en etapas muy, muy distintas de nuestra vida. Yo acababa de cortar emocionalmente con J. y estaba libre, abierta y valiente. Había empezado a escalar, me sentía capaz de casi cualquier cosa. Me planté en su ciudad sin tener claro qué iba a pasar pero dispuesta a vivirlo todo. Él no estaba en ese punto y lo entiendo.

Lo que pasé entre la nube de felicidad drogadicta y la comprensión clara de que él no quería seguir adelante fue el miedo más tremendo y frío que he vivido en mucho tiempo. Y no era solo miedo a perderle. A él no le había tenido durante toda mi vida. Dos meses antes no sabía ni que existía. A lo que tenía miedo era a aquello en que iba a convertirme yo si perdía la inocencia y la ilusión que él me había regalado.

Y efectivamente, dolió. Dolió un huevo (ahora diría mi amigo el Kpot: "¿y por qué te dolió un huevo, si lo que te habían partido era el corazón?"). La situación degeneró. El cinismo no tuvo más remedio que volver. Mi mente no entendía las cosas y se rebelaba: por qué me ha tenido que pasar esto a mí, me preguntaba. Por qué, por qué he vivido esto, con esta intensidad; por qué ha sido tan bonito y después tan terrible. Ojalá esto no hubiera pasado, con lo bien que estaba yo antes de conocerle. Me sentía como si fuera la primera persona del planeta a la que le ha gustado un tío que después ha resultado no ser tan maravilloso como parecía al principio: el tamaño de mi decepción era absoluto, se extendía al mundo, me hacía perder la fe en la humanidad entera.

Sobre la soledad y sus tendencias absurdas. Cuando estaba a punto de viajar por primera vez para conocer a IA, pensaba muchas veces en cuánto iba a echar de menos esos momentos una vez que nos hubiéramos visto en persona. Algo dentro de mí me decía: no puede ser real, no puede ser tan bueno, no va a salir bien. E intentaba convencerme: que no, que te mereces esto, Marina, te mereces que este chico sea así de lindo y de guapo, te mereces gustarle, te mereces que apueste por ti. No mucho, pero sí un poco. No sé si era mi parte sola la que se empeñaba en aguarme la fiesta. Sí sé que al final resultó que era verdad, que no podía ser real, que no podía ser tan bueno y que no salió bien.

Así que llevo meses haciendo el duelo por eso. Por esa inocencia recuperada y esa fe tan súbita que se perdieron casi tan rápido como habían nacido. Y que no son culpa de IA, al fin y al cabo; creo que él lo hizo lo mejor que pudo. Es que la vida es así, o a lo mejor mi vida es así, o a lo mejor tengo que dedicar más tiempo a imaginar que es posible. No con él, sino conmigo. Que es posible que algún día pueda quedarme con alguien y que ese alguien se quede conmigo; que me prefiera a todas las demás personas.

Mientras tanto, escribo aquí. La semana pasada, a pesar de todo, fue una buena semana. Digamos que entendí cosas porque él me las explicó, lo cual es bueno y es sano. Entender ayuda, siempre. Escribí que contaría lo que pasó cuando hubiera dejado de importarme. Y bueno, eso no es exactamente así, claro que me importa, pero ahora estoy menos en guerra con la situación. Más tranquila. Y en realidad lo que tenía que contar no es tanto lo que ocurrió: qué hice yo, qué hizo él, en qué consistieron los días que pasamos juntos. Eso es nuestro. La historia con IA resonó en mi vida por lo que me hizo sentir, por el lugar que ha ocupado. El momento en que apareció y el que eligió para marcharse. Eso es lo que quiero compartir aquí. Eso y lo que tiene que ver con la soledad de la que hablaba y con la capacidad peligrosa que tiene el amor para mentirnos y decirnos: que no, que no estás sola, que todo va a salir bien.

Y luego me acuerdo de las noches en que he dormido de espaldas a otra persona, acurrucada en una esquina de la cama y pensando que estaba muy lejos, y deseando solamente que se acercara un poco no por nada, sino porque yo tenía mucho, mucho frío... y me doy cuenta de que ni aun ahí estaba la respuesta. Que dice Anónimo76 que dos personas tienen que haberse acercado al abismo para tener la capacidad de conectar. Y que digo yo que igual ni eso, porque hay tantos abismos y están tan lejanos, y todos tenemos una manera tan particular de ser infelices...

sábado, 18 de febrero de 2012

Soledad y amor, I

Estoy leyendo "La habitación vacía", un libro sobre la soledad. Lo vi hace un par de semanas en la librería y me llamó la atención, pero no me atreví a comprarlo. Me pareció demasiado triste, y yo no estaba en mi mejor momento. Ayer pasé de nuevo por la librería y decidí que me lo llevaba.

La estructura del libro es sencilla: a partir de su propia experiencia con la soledad, la autora lo plantea e investiga como un problema psicológico más. Lo diferencia de la depresión: no es lo mismo estar triste que sentirse solo. Todavía no llevo avanzado mucho del libro, pero tal y como yo lo entiendo lo que ella plantea es un sentimiento muy profundo de desconexión del resto que, además, lleva a inhibirse cada vez más y a arriesgarse menos en los contactos sociales.

La verdad es que da miedo.

También habla del estigma. De lo difícil que es reconocer que uno está o se siente solo. A veces me lo planteo, sobre mí misma. Si me siento o no sola, si me siento o no conectada. Creo que tengo tendencia a la soledad, incluso a esa soledad patológica de la que habla la autora. Cuando era pequeña pasaba sola muchísimo tiempo. Leía mucho, sí, pero también caminaba sola por el jardín o me iba a pasear por el campo cuando comíamos en alguna venta. Recuerdo un día en que subí un montecito sin la compañía de nadie, cómo me iba alejando de las voces del restaurante y entrando en el silencio quieto y amarillo del campo andaluz. No me sentía mal, ni tenía miedo: aquella soledad me sobrecogía un poco, pero me parecía entrar en un mundo donde mis propios pasos tenían más entidad, más resonancia.

El miedo a la soledad, o quizá la premonición de que acabaría sola, han planeado siempre sobre mi cabeza. No sé bien por qué. Cuando tenía dieciséis años nos hicieron dibujar cómo nos veríamos a los treinta. Recuerdo muy bien mi dibujo: yo sentada frente a un ordenador con una larga melena rubia y sin nadie cerca. No era capaz de visualizar ni concebir una familia, un trabajo en equipo o una pareja. También tenía que ver con que me gustara escribir, claro, pero me veía sola. E incluso cuando he tenido pareja lo he vivido un poco como una farsa, en el sentido de que sabía que en algún punto esa soledad golpearía otra vez.

Los peores momentos ocurrieron cuando estudiaba en Barcelona. Ahí mi sentimiento de falta de vinculación era tan potente que me pasaba los días vagando por el campus sin hablar con nadie. Además, como dice la autora, mientras más te aíslas más te cuesta conectar. Me volví casi paranoide. Odiaba con todas mis fuerzas a aquellos estudiantes modernitos que parecían encajar con tanta facilidad.

Ahora pienso que a lo mejor los primeros años de facultad, que fueron tan duros, no tenían tanto que ver con la depresión como con la soledad. Porque en Granada también daba vueltas sola por el parque García Lorca y acariciaba las rosas de colores con la punta de los dedos. La distancia que me separaba de J. también tenía que ver con eso. ¿Sabéis lo de la profecía autocumplida? Quiere decir que lo que piensas sobre ti mismo se acaba haciendo real. A veces creo que mis novios siempre estaban lejos porque en el fondo yo no podía creer que alguien quisiera quedarse a mi lado.

Es un tema curioso, la verdad. No sé con qué tiene que ver. Mi problema con la soledad mejoró mucho después de empezar a meditar. La mente se tranquiliza y es más fácil sentirse conectado. El ego se relaja un poco y no tiene que demostrar todo el rato que a los demás les importa. Te sientes menos solo, en el sentido de que sientes que compartes tu funcionamiento imperfecto y doloroso con la mayor parte de la humanidad; esto puede sonar chungo, pero en realidad no lo es tanto. Escribir también ayuda. Al fin y al cabo, es la razón por la que no escribo un diario, sino un blog: parte de la necesidad de sentir que puedo establecer vínculos con gente.

Ahora creo que el tema, más que una soledad emocional, o sentir que nadie me comprende o algo parecido, lo que menos me gusta es la sensación de que tendré que apañarme sola para todo. Me gustaría algo más de ayuda puramente instrumental. Que alguien me aconsejara para elegir coche/furgo; que alguien me cambiara la luz del baño; que alguien se ocupara de tender mi ropa o hacerme la comida algún día. Pero eso es un poco circunstancial, digo yo. Últimamente, también intento dejar que la gente me haga favores, que es algo que siempre me ha horrorizado. Que me recojan en coche, que me presten una cuerda de escalada, que me dejen dinero si no me ha dado tiempo a sacar. Lo hago de forma consciente, para convencer a mi coco de que sí, que los demás van a estar ahí cuando los necesite.

La gente del roco también ha ayudado. Es una curiosa forma de sentirse vinculada. Mi problema, creo yo, es que muchas veces me aburro con la gente, es decir: hago el esfuerzo, quedo con alguien y en realidad me aburro como un mono porque no me apetece estar allí o hablar de esos temas. Con la gente del roco, en general, me lo paso bien todo el rato. Me siento parte de algo. Siempre tenemos algo que hacer o de qué hablar, y está guay porque no se trata de juntarse porque sí para comer o beber, sino de juntarse para hacer algo que a todos nos entusiasma. Por eso, cuando a principios de años me torcí el tobillo y luego me caí de la moto, me puse muy triste. Por una parte, temía que mi cuerpo no fuera capaz de escalar, pero por otra temía que en realidad todo lo que había conseguido el año pasado, los amigos, las risas, sentirme parte de algo, se fuera a la mierda porque en el fondo nunca me había pertenecido.

Quiero seguir leyendo el libro para ver de dónde viene todo esto. Para ver por qué hay personas que crecen y van por la vida con el convencimiento íntimo de que los demás no van a querer quedarse a su lado. Igual tiene que ver con la infancia, con los modelos familiares, con la propia personalidad. Igual es hasta genético, según dice la autora. Pero existe.

Me gustaría saber vuestras opiniones. Si pensáis que realmente hay gente más solitaria. Si todos nos sentimos solos. Si formar vínculos solos es una capacidad o tiene que ver con el azar.

Mañana seguiré hablando del tema, que creo que se me quedan cosas en el tintero. Me ha quedado una entrada como muy seria, ¿no? Pero bueno, así compenso la sarta de chorradas de ayer con lo de los personajes de ficción.

Os mando besitos. Shmuak, shmuak,

Top nine de personajes de ficción a los que amé

Esta entrada es muy, muy friki. Una de esas entradas que habrá quien entienda y habrá quien no. ¿Se puede uno enamorar de personas que no existen? Ayer le contaba al señor M. que yo a veces pienso que la entidad que le damos a los seres depende un poco de nosotros, es decir: ¿por qué para mí tiene que ser más real, por ejemplo, Rania de Jordania que Sherlock Holmes? Nunca conoceré en la realidad a ninguno de ellos. Puedo elegir pensar, en la parte chalada de mi mente, que Sherlock Holmes existe en una realidad paralela y que a Rania se la han inventado con photoshop.

Establecidos estos supuestos, vamos con el top nine de personajes a los que he amado y que en realidad no existen (excepto en la mencionada realidad paralela). Es un top nine porque no me acordaba de más, aunque estoy segura de que habrá otros, puesto que mi mente es amplia y ridícula.


9. Gigi, el vagabundo de Momo

A mí Momo es un libro que me inquieta. Creo que me lo leí demasiado mayor. Cuando eres pequeño puedes leerte los cuentos sin hacerte preguntas. No se trata de que te los creas: asumes que no son ciertos, pero aceptas las reglas de esa realidad paralela. Con Momo, sin embargo, yo no paraba de hacerme preguntas del tipo: ¿Pero quién es Momo? ¿Dónde están sus padres? ¿Por qué no la recogen los Servicios Sociales? ¿Por qué da tanto yuyu? ¿Dónde se ducha?

El personaje de Gigi, sin embargo, me encantaba. Me gustaba cómo cuidaba de ella y cómo se ganaba la vida contando historias sobre el anfiteatro como si fueran reales. Mentiras hermosas que la gente intentaba creerse. Me lo imaginaba como un tipo así larguirucho con un punto sexy bohemio molón.


8. Stach, de El rey de Katoren.



Esta ilustración no le hace justicia


El rey de Katoren es un libro precioso de El Barco de Vapor en el que un chaval tiene que superar siete duras pruebas para convertirse en el rey de su país. Las pruebas transcurren en distintas ciudades del reino que tienen problemas extraños y nombres a juego, como Ecúmene, la ciudad de las iglesias errantes, que caminan por el pueblo y arrasan lo que hay a su paso; Pituita, donde unos mosquitos pican las narices de la gente y se las hinchan de forma grotesca; Humoacre, donde un dragón de tres cabezas tiene aterrorizados a los habitantes; Palenque, que tiene un granado gigante que suelta granadas de verdad que explotan cuando quieren. El nivel de recuerdo de los detalles del libro os dará una idea de cuántas veces me lo he leído.

El caso es que Stach es joven, es guapo (en mi mente), aventurero y decidido. Yo me lo imagino con el pelo rebelde y la nariz un poco respingona, moreno y vacilón, resolviendo todos los problemas de su reino y convirtiéndose después en un rey postadolescente y cool. Lo único malo es que en el transcurso del libro Stach se echa una novia, Kim, a la que yo de momento rebauticé como "ese zorrón". Pero bueno.


7. Lupin.

Un ladrón de guante blanco/ que se burla de la ley/ nadie tiene tanta clase/ como él.

Así empezaba la canción de Lupin... serie de la que, por otra parte, no recuerdo mucho más que a este maromo. Es alto, es razonablemente guapo para ser un dibujo y tiene una mezcla de vacilón y buenazo que me encanta. Yo quería ser una ladrona y trabajar con Lupin, que me admirara por mi ingenio e inteligencia y después casarme con él.

Ahora, con veintiséis años, me he dado cuenta de una cosa.

Lupin tiene pinta de empotrar.



A las pruebas me remito.


6. Casper.

¿¿¿¿¿Pero cómo te puedes enamorar de un personaje que durante la mayoría de la peli es un fantasma de animación?????

No lo sé. Yo es que de pequeña estaba como unas maracas.

El caso es que cuando vi Casper en el cine, allá por el año de la pera, me quedé prendada de la versión humana del fantasma, que para colmo sólo sale al final de la peli durante cinco milésimas de segundo. Pensad en lo bonitísimo de la historia: te enamoras de un fantasma que tenía tu edad cuando murió, que es adorable de principio a fin y que está tremendo... y que sólo puede materializarse durante el tiempo suficiente como para dejar alucinados a tus compañeros de instituto por el pedazo de maromo que te has agenciado.

Te perdono lo del pelito, Casper. Y a ti lo de la frente, Christina


Lo que pasa es que imaginar que Casper nunca nunca más iba a estar vivo y a ser humano, y por tanto no podría casarse con la protagonista o en su defecto conmigo, me perturbaba mucho. Así que me imaginaba finales alternativos donde Casper revivía o la prota moría y podía casarse con él, y por otra parte la prota era yo, claro. Muy loca.



5. Friedrich, el de Sonrisas y Lágrimas



Con Friedrich podríamos aplicar el concepto "antiempotrar", o "expotrar"


Que esto yo ya no sé de dónde salió, la verdad, porque Friedrich es el antimorbo. Ese niño rubito vestido de tirolés que canta muy agudo porque aún no le ha cambiado la voz. Ya podía haberme enamorado de Rolf, el chico sexy de los telegramas que luego se vuelve malo y nazi pero que sigue estando cañón, y que además le da un morreo a Liesl, la hija mayor, después de una preciosa canción a dúo, que la deja como diciendo "oh-dios-mío-ahora-no-sé-si-estoy-embarazada".

Pero no. A mí me gustaba Friedrich, y me imaginaba que viajaba a Austria y me hacía amiga de la familia Von Trapp, y por supuesto la Segunda Guerra Mundial no estallaba y a mí me integraban en la familia y yo podía cantar y amar a Friedrich para siempre. Ahora creo que era una cuestión de pura edad. Por aquel entonces, Rolf era viejuno para mí; a Friedrich lo veía más asequible. Si por asequible entendemos personaje ficticio austriaco ambientado en peli de hace cincuenta años, claro.

Y ahora estoy en esa triste edad en que me tiraría al Capitán Von Trapp, al que en su momento no habría tocado ni con un palo. Snif.



4. Juan Anguera, "Flanagan"

¿Habéis leído los libros de Flanagan? Debéis. Son geniales. Literatura juvenil, sí, pero buena. Flanagan es un personaje de Andreu Martín y Jaume Ribera: un chaval que trabaja como detective en sus ratos libres y que acaba metido en brutales fregados. Además, va por ahí partiendo corazones y también se lo parten a él unas cuantas veces. Se enrolla con amigas y clientas y es adorable por su intensidad. Escucha música que le recuerda a sus amantes perdidas y titula la cinta recopilatoria "Música para masocas".

Juan, sobre todo, es divertido, muy listo y con unas ocurrencias muy chaladas. Es una mezcla entre héroe y antihéroe, le pegan palizas, las mujeres le abandonan y nunca nadie sabe que es él quien resuelve los misterios, porque si lo reconoce se meterá en líos y porque la policía se niega a admitir que le pueda un adolescente. Es amor en estado puro y yo me lo imagino guapo pero cutre, así flaquito y desgarbado, con el pelo castaño, nariz con carácter y manos bonitas.

¡¡Te amo, Flanagan!! Incluso aunque ahora podría ser un delito que me enrollara contigo si existieras.



3. Mark Sloan, el de Anatomía de Grey.




En Grey hay muchos guapos, pero Sloan se los merienda a todos: en belleza y en clase. Es guapo no, guapísimo: mayorcete, sí, pero interesante y con cuerpazo. Muy rico, claro, porque es cirujano en EEUU. Muy inteligente, habilidoso y convencido de que la cirugía plástica puede ser un bien para la humanidad. Creído, zalamero, con una pinta de empotrar que te cagas. Y tan conmovedoramente enamorado de Lexie Grey todo el rato que quieres llorar y decirles: por el amor de dios, CASAOS YA y dejad de marear la perdiz. Una pareja que empezó así como a lo tonto y que se ha convertido en la reina de la Tensión Sexual No Resuelta de la serie.

Me encanta Mark, me encanta y me encanta, y sin embargo el actor así, a secas, no me gusta tanto, porque tengo la intuición de que en la realidad debe ser un cacho carne. A mí me gusta el doctor Sloan, punto.


2. Robin Hood.

Cuando estábamos consiguiendo parecer medio normales, con un tío guapo y contemporáneo que por lo menos es de carne y hueso cuando no interpreta a su personaje, volvemos al universo friki.

De pequeña me pude leer "Las aventuras de Robin Hood", de Howard Pyle, unos seiscientos millones de veces. Porque ME ENCANTABA Robin. Un tipo alegre, juerguista, así con encanto rubito y atlético, que vivía EN EL PUTO BOSQUE, por el amor de Dios. Que era un hacha con el arco, que se lo pasaba pipa con los colegas, que hacía básicamente lo que quería, engañaba al Sheriff, seducía a las doncellas y podía acertar con una flecha a nosecuántos millones de yardas, o millas, o como quiera que funcione el sistema métrico inglés.

¿¿¿Era la flecha una sutil metáfora sexual??? Preguntas inquietantes que planteo en el presente.

Además, Robin tenía buen comer: siempre andaba zampando venado y trasegando cerveza. Pero su metabolismo debía de ser óptimo, porque continuaba delgado y atlético. Sobre todo me gustaba porque parecía un auténtico pedazo de pan: no se enfadaba nunca, ni cuando le arreaban palizones (cosa que le sucedía a menudo, porque era un poco como Mark Zuckerberg: no podía hacer tantos amigos sin crearse algún enemigo). Pero él se reía del que le había arreado el palizón y le invitaba a unirse a la banda.

Yo me imaginaba que me unía a los Alegres Proscritos (¿¿¿no es un nombre genial para una banda???) y que Robin se quedaba sorprendido por mi manejo del arco, y me reclutaba para las misiones donde debía camuflarse una chica rubia con aspecto inofensivo, pero letal con una flecha entre los dedos. Hu ha.

Al final del libro, Robin palma desangrado porque la zorra de su prima malvada le hace una sangría en las arterias. Es decir, que no sólo muere, sino que muere de una forma completamente indigna para un hombre como él. Yo me lo imaginaba mirándose los brazos mientras pensaba que algo no iba bien con tanta sangre y se me partía el corazón. Menos mal que al final Pequeño John le encuentra y lo sostiene en sus brazos mientras llora y Robin muere... y con su último aliento, dispara una flecha en el lugar donde quiere que se cave su tumba, en el bosque de Sherwood. ¿Estáis llorando ya? La peor muerte ficticia ever, más traumatizante que la de Mufasa.


Ilustración original del libro. La de mi libro está arrasada por las lágrimas.




1. Sherlock Holmes.



Él tiene que ser el number one. Amo a Sherlock. Y ni siquiera al Sherlock modernito, al Robert Downey Junior risueño, truhán y con pinta de empotrar. No. A mí me mola el clásico, el misógino, el que quiere olvidar que la tierra es redonda porque le ocupa demasiado sitio en la mente. El que es capaz de escribir un tratado sobre las distintas cenizas de puros, cigarros y pipas. El que tiene como cerebro un poderoso procesador de estímulos.

Y me da igual que sea un drogadicto, un misógino y un flacucho pálido y con un carácter de perros. Yo no necesitaría follarme a Sherlock. Yo le mirará en silencio, le escucharía tocar el violín mientras piensa. Seguiría admirada sus brillantes razonamientos y suspiraría en silencio junto a la puerta del 221B de Baker Street.

Sería un amor-felpudo... o siempre podría convertirme en su Irene Adler y ser una asesina mala y lista que mereciera su respeto. No me importa. Todo sea por Sherlock.


Y con esta sarta de chorradas, me despido hasta mañana.

jueves, 16 de febrero de 2012

Explicaciones

Queriditos:

Disculpad lo de la privatización momentánea. Ha sido un berrinche. He tenido un momento de crisis y de "qué cojones estoy haciendo contando mi vida en Internet". Privatizar el blog era el equivalente literario a taparme la cara para que nadie me viera llorar. Pero ya se me ha pasado.

No sé muy bien si voy a cambiar el enfoque del blog en adelante. Creo que voy a borrar todo lo relativo al trabajo y los pacientes, por si acaso. Es una pena, porque son experiencias muy bonitas que me gustaría compartir. Pero el mundo es muy pequeño y no quiero liarla. Sobre la gente que me rodea y/o mi propia intimidad, pues seguiré intentando decidir a cada momento qué escribo, por qué, a quién puede dañar y si me compensa. Quizá me vuelva a equivocar en algún punto, pero bueno; todos tenemos que correr riesgos.

Os agradezco mucho a todos haber mostrado interés y cariño por mí y por el blog a lo largo del día de hoy, porque lo necesitaba. También quiero agradecerle a Silvia Plah su regalito, que me ha llegado hoy (sí, ¡mis lectores me mandan regalos!).

Muchos besos y a partir de mañana retomamos la programación habitual.

lunes, 13 de febrero de 2012

San Valentín (al final, querido M., opté por el lloriqueo)



Voy a escribir hoy el post de San Valentín; no por nada, sino porque la mayoría lo leeréis mañana, así que pega más.

El amor. Llevo un rato en el blog de J., leyendo sus entradas. La teoría del camping dicta que este San Valentín me he de acordar de él, aunque ya haga casi dos años desde que lo dejamos. Leo los posts que hablaban de mí; son pocos y están escondidos, redactados en una clave que no sé si alguien que no seamos él y yo entendería. Pero yo los conozco y los recorro aprovechando el nuevo diseño de su blog, y me doy cuenta de que a su manera él también hizo un álbum, que también en sus palabras yo he dejado mi huella. Hace un tiempo releía nuestros mails y me asombraba: no recordaba que nos quisiéramos tanto. No recordaba que él me quisiera tanto a mí. Es el tema de la soltería: pasa el tiempo y se te empieza a olvidar el milagro de enamorar a alguien.

No sabía muy bien qué escribir hoy, así que me estoy dejando llevar. San Valentín no me disgusta ni siquiera soltera. Deprimirse por un día al año me parece absurdo. Uno podría deprimirse mejor por todos los demás días: por todas las mañanas solitarias o todas las noches abrazado a la almohada. Pero un día es un día y pasa deprisa, y nadie se cree del todo la historia de los corazones rojos y los angelotes gordos cargados de flechas. Nunca quise estar en el lado de la mujer amargada y sola que mira con envidia a las parejas y come chocolate mientras ve comedias románticas. Me parece triste, pero no por estar sola, que es digno, sino por estar sola suspirando por esa felicidad supuesta y súbita de un día al año.

A mí me tocan cínicos casi siempre, así que nunca he tenido un novio que realmente realmente se tomara en serio lo de San Valentín. Lo mejor que me han regalado fue la foto de arriba: un collage que me hizo J. el primer año que pasamos juntos. Somos dos coches bajo un paraguas. A J. le encantan los coches: siempre que íbamos por la calle me preguntaba "¿te gusta éste?", y yo le decía que no, que los coches me la pelaban (yo y mi dulzura), y él me decía que me iba a comprar un Aixam y se reía imaginándome toda chiquita con mi coche sin carnet. Lo del paraguas es por una canción de George Brassens que hablaba de una chica que iba con un paraguas y un hombre que se acercaba y lo compartía con ella.

Y el estribillo decía

Un p'tit coin d'parapluie
Contre un coin d'paradis
Elle avait quelque chos' d'un ange
Un p'tit coin d'paradis
Contre un coin d'parapluie
Je n'perdais pas au chang', pardi



Algo de la esquina de un paraguas como una esquina del paraíso. La canción es dulcemente romántica. Más adelante dice: habría querido que lloviera cuarenta días y cuarenta noches, como en el diluvio, para guardarte bajo mi paraguas. A mí me recordaba a J., igual que Una estona de cel (un rato de cielo), de Els Pets, porque para mí él siempre fue algo así. No un amor grande, absoluto a inhumano, como el que me poseía cuando estaba con MQEN, sino más bien una cosa pequeña, tierna, casi cutre. Algo muy muy imperfecto, pero nuestro: una esquina de paraguas donde cabían nuestras dos cabezas juntas, aunque los pies se nos estuvieran mojando y en realidad quisiéramos llegar a casa y tomar algo caliente.

No sé si es triste o normal andar acordándome de J. en San Valentín, dos añazos después de haberlo dejado con él. Pero bueno: es. Lo curioso es que no deja de ser una mejora respecto al año pasado. Entonces escribí esto, y lo que quería decir era que debajo de muchos rituales se esconde un pánico tremendo a perder lo que tenemos. Este año ya no encuentro en mí esa amargura y se me ha ido un poco del dolor del amor: soy capaz de pensar en J. y en los días de San Valentín bonitos, no en los feos.

Al final no se trata de estar con alguien en SV. Se trata de mirarte el corazón y saber que no está dormido. No sé. Ha habido algo de amor en mi vida este año. Quizá más bien sucedáneo de amor, pero oye; las huevas de lumpo no son caviar y están bien ricas. Estoy agradecida por eso. Por haber tenido la oportunidad de querer y conocer a gente nueva en sus detalles tiernos. El último día que pasé en casa de IA él tenía que irse a trabajar temprano y mi tren salía al mediodía. Pasé la mañana en su casa recogiendo mis cosas, duchándome y escribiendo algo en su ordenador para que pudiera leerlo cuando me fuera. Y miraba sus cosas. Tan solas sin él, tan quietas y, sin embargo, tan llenas de su vida. Sus zapatillas Salomon y sus chanclas en el suelo del baño. Los libros gruesos que había colocado bajo la pantalla del televisor para ponerla más alta. Un sobrecito con fotos de carnet encima de la estantería. Toda esa vida que seguiría sin mí cuando me fuera. Y creo que él sabe que me esforcé en conocerle, en intuirle lo suficiente como para llegar a quererle un poco.

Y ahora... bueno, ahora no me gusta nadie más que los ojos sonrientes de DDM cuando se encuentran con los míos y me parece que le conozco de otra vida. Pero ése es un amor casi platónico de puro perezoso. Por lo demás, nada. Y casi mejor disfrutar de esta calma y esta libertad, que cuando menos te lo esperas la vida te sacude en el sentido en que sacude un boxeador a otro hasta dejarle KO. Al fin y al cabo, también los abrazos son efímeros, y si hay algo peor que dormir sola es dormir con alguien que te hace sentir, como decían Fito y Sabina, dos veces solo.

Moraleja: San Valentín no es nada más que lo que haces con él. Yo he tenido muchos. Alegres en pareja, tristes en pareja; alegres en solitario, tristes en solitario. Y la verdad es que si rebusco en mi memoria. el mejor día de San Valentín a lo mejor es aquel en que metí la mano en mi pupitre y me encontré una hoja de papel doblada muchas veces en el que ponía, textual: "tía buena, maciza, con tu culo me ignotizo" (ortografía original). Porque lo mejor de SV es la esperanza de que pasen cosas; de que te puedas encontrar una tarjeta hortera en tu bandeja de entrada y por lo menos sonrías un poco. Y ojo, yo puedo no ser muchas cosas, pero soy brutal, espectacular, absurdamente optimista.


Feliz SV a todos. Tengáis o no tengáis pareja; seáis o no felices: sed parte de ello. Tenéis todo el derecho. Os quiero y os mando besos sonoros: shmuak, shmuak.

domingo, 12 de febrero de 2012

Cómo vivir/ Olivetti rosa modelo pluma

Si es que soy mis huevos. Tengo escrita una entrada gigante en la que llevo trabajando una hora y no me gusta. Los párrafos están alineados uno detrás de otro como un montón de soldados aburridos y yo no quiero eso. Quiero algo orgánico y potente que me haga tener faltas de mecanografía porque estoy escribiendo muy rápido de puro entusiasmo y no puedo pararme. Así que a borrar y a empezar de nuevo. Y después a quejarme los lunes de falta de sueño.

Me he comprado una máquina de escribir rosa. Verídico. Esta mañana he ido con Luna y Batalecotal al Charco de la Pava, un mercadillo completamente inverosímil en las afueras de Sevilla donde puedes comprar desde tornillos hasta coches. Lo que hay, en su mayoría, no son ni puestos, sino puras mantas extendidas en el suelo y cubiertas de lo que en general puede definirse sutilmente como basura. Pero como en todas partes, algunos objetos son hermosos y brillan por sí solos con una luz extraña. A veces es complicado distinguirlos, porque están sucios o escondidos, pero están ahí, como la máquina de escribir rosa, que es tan inútil como bonita.

Por la noche he llegado a casa aturdida después del viaje en tren. Qué poco me gusta transportarme en el espacio. Viajar mola, pero eso de mover el cuerpo tantos kilómetros en tan poco tiempo no puede ser sano, en el sentido cuántico de la palabra. Además, ha sido un fin de semana raro. Divertido, sí, pero he echado tanto de menos Cádiz y escalar que al final me pregunto si me estaré volviendo una persona extraña y campestre que ya no encaja bien en las tiendas y en los restaurantes modernitos.

No sabía muy bien qué hacer al llegar a casa. He sacado la máquina de su funda, la he desempolvado, la he colocado sobre la mesa para poder mirarla. Nunca he escrito a máquina; no escribo bien a casi nada que no sea a ordenador, ni siquiera a mano. Pero son objetos curiosos de por sí: fetiches absurdos de aspirantes a escritores. Luego me he dedicado a fregar platos y a empaquetar el macropollo para meterlo en el congelador, mientras reflexionaba sobre qué escribir. Pensaba que mi cerebro es como el Charco de la Pava, todo lleno de basura polvorienta, de situaciones y recuerdos gastados que, en principio, no tendrían por qué interesarle a nadie, y que yo rebusco metiendo los brazos hasta el codo y con suerte daré con un objeto que brille por sí solo, como mi máquina de escribir, y que me sirva para no irme a casa de vacío.

Hoy pensaba en el profesor que me daba teatro contemporáneo cuando tenía dieciséis años. Me apunté a clases con un amigo porque le amaba perdidamente, y si por algo no se me han caído a mí nunca los anillos es por hacer cosas para conquistar a tíos. Y allí que me tenéis, en una clase llena de bohemios trasnochados de mediana edad, pasando una vergüenza mortal en los ejercicios de improvisación. Mirando fijamente un sombrero y una pelota y pensando en cómo podían atravesarme para ejecutar una actuación única y verdadera, que al parecer era lo que quería el profesor.

Me he acordado de él porque cuando mi amigo/amado le contó que al año siguiente se iba a Madrid a estudiar, mi profesor asintió con la cabeza y se quedó reflexionando un rato. Y luego le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica. Nadie va a decirte cómo hacerlo".

Diez años después, yo sigo intentando averiguar cómo vivir. Porque no tengo ni idea. Me gusta mi vida y, al mismo tiempo, quiero que sea diferente. Quiero plantearme bien mis decisiones. No quiero comprarme un coche sólo porque todo el mundo tiene un coche, o estudiar un master solo porque todo el mundo estudia un master. No quiero ir a las rebajas porque lo diga el calendario ni pensar que es obligatorio saber la diferencia entre una chaqueta y un blazer. No quiero tener todo el rato la sensación de que estar sola es peor que estar mal acompañada. No quiero que escribir un libro suene como un objetivo vital absurdo. Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define. Y con esa libertad quiero elegir y vivir una vida con la que sentirme, si no plenamente feliz, por lo menos razonablemente de acuerdo.

Y termino el post aquí porque elijo y quiero irme a dormir medio temprano para no pasar la semana hecha una zombi. Incluyo una foto de mi máquina de escribir nueva-vieja; no es la mía, pero es el mismo modelo, así que como si lo fuera. La pondré en mi escritorio cuando tenga una casa lo bastante grande como para tener un escritorio, y dentro de unos años, cuando sea mortalmente famosa y los semanales me entrevisten, posaré frente a mi máquina de escribir rosa y diré que la compré de joven en el Charco de la Pava. Y que escribir se parece mucho a buscar objetos singulares que brillen con luz propia en la basura de la mente. O alguna chorrada parecida.




PD: La moderación de comentarios, para el que no se haya enterado, consiste en que a partir de ahora yo leeré todos los comentarios y decidiré cuáles se publican y cuáles no. Será una medida temporal y espero que breve. La razón es que ni de coña voy a tolerar que la gente venga a este sitio, que no deja de ser mi casa, a insultarme de forma gratuita. Nunca. Por lo demás, publicaré cualquier cosa que no sea ofensiva para mí y/o otros lectores del blog.

jueves, 9 de febrero de 2012

Puntos gatillo

A veces le pregunto a la gente si le gusta su trabajo. No por juzgar si han acertado o no, sino porque quiero saber qué se siente siendo pescadero, o taxista, o ingeniero eléctrico a sueldo del ayuntamiento. Si están contentos con la forma en que están empleando sus horas. A mí me gusta tanto el mío que me da penita cuando veo a la gente vender su tiempo a cambio de dinero sin obtener nada a cambio. Como le comentaba hoy a M., es como cuando una mujer te dice que nunca ha tenido un orgasmo; la miras pensando que no sabe lo que se pierde.

Hoy, mientras la fisio me masajea el tobillo izquierdo, reflexiono sobre cómo será pasar los días tocando a desconocidos e intentando acabar con su dolor. Cierro los ojos, ladeo la cabeza y me dejo mecer por la musiquita relajante con piar de pájaros que sale desde unos altavoces escondidos. Me pregunta en qué trabajo, y cuando le digo que soy psicóloga me cuenta que ella cree que su profesión también tiene mucho de psicológico. Que empieza a tocar espaldas y cuellos doloridos y al final salen emociones enterradas. No me extraña, en realidad: da a una persona atención en una habitación cerrada y llorará de alivio solo por tener a alguien que le escuche.

Te voy a tocar los puntos gatillo ahora, me dice, y empieza a clavarme el pulgar en los tendones. Me quejo suavemente, pero un poco por avisar, que yo aguanto bien el dolor. Ahora empezará a disminuir, aclara ella, y es cierto: después de un rato de presión, el dolor se disuelve. Le pido que me explique lo de los puntos gatillo. "Los músculos acumulan tensión en ciertas áreas y allí se forma una isquemia, un lugar donde la sangre no llega bien. Lo pulsamos con los dedos y la sangre acude. Eso causa el dolor, pero también hace que la zona se irrigue y que sea más fácil sanarla."

Cambiemos de escenario. Estamos en consulta un paciente, el psicólogo de la Unidad y yo, y hablamos de su episodio psicótico y de su infancia. El psicólogo ha dibujado una línea con boli sobre la parte trasera de un papel en sucio, y al principio ha marcado los momentos dolorosos con rayitas verticales y el episodio actual con un círculo negro.

Entonces el paciente comienza a quejarse de las voces que se escuchan en la habitación de al lado. Está muy enfadado y quiere levantarse para pedirles que dejen de hablar de él, que no le falten al respeto. Y cuando el psicólogo le pide que se centre y le trae de vuelta a la hoja de papel, a las dolorosas rayitas verticales, agarra el bolígrafo casi con violencia. Prolonga la línea hasta el final del folio. Aquí estoy yo, dice señalando el final de su adolescencia dibujada. Y hacia aquí seguiré. Marca una flecha. Y mañana estaré aquí, y aquí habrá otro episodio psicótico. Dibuja un garabato violento. Y pasado mañana estaré aquí - otra flecha -, y habrá otro brote psicótico - otro garabato -, y entretanto está mi corazón, que a veces va despacio y a veces va deprisa, pero que me duele tanto, tanto...

Se lleva la mano al pecho y levanta los ojos hacia nosotros, desolado.

Hoy estoy muy cansada. No estoy escribiendo a gusto. No tiene que ver con nada: ha sido una mañana larga, hemos tenido comida de trabajo y luego he estado tomando un café en Puerto Real con el Kpot. Me ha acompañado a la parada del autobús para Cádiz, y nos hemos reído muchísimo mientras tramábamos planes conjuntos para conquistar a DDM sentados sobre un banquito de piedra helada. Después la fisio, yo pensando que estoy dispuesta a pagar todas las sesiones que haga falta solo por tener esta sensación tan agradable de que alguien va a hacerse cargo de mi dolor. Y los puntos gatillo. Los lugares donde pulsar para que acuda la sangre.

Pienso en mi paciente. El día que llegó a la Unidad nos explicaba que la olanzapina, que es un neuroléptico, se la habían recetado para sus problemas cardíacos. Creíamos que estaba negando la realidad, pero hoy entiendo que en el fondo es cierto. Que le damos fármacos porque le duele el corazón. Todos tenemos puntos gatillo y una manera distinta de contraer el alma para protegerlos. Y en días como hoy, mientras calibro moviendo el tobillo si está mejor o peor que antes de que me lo manipularan, me pregunto si siempre son capaces de sanar o si a veces la isquemia es tan grave que no hay pulsación bienintencionada que pueda arreglar el daño.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Escribir/ escribir bien/ escribir mucho

Dice M. que no le está gustando El Gozo de Escribir, y entonces es cuando pienso que nuestro ciberidilio está condenado al fracaso, porque durante años EGDE ha sido como mi biblia. De hecho, tengo los otros dos libros que la autora ha publicado en español y me los releo con cierta frecuencia. Para quien no lo conozca, EGDE es un libro que habla de la escritura como práctica: de eliminar al censor interno, buscar la voz de uno, etc, etc, etc.


Yo empecé a escribir de forma medio intuitiva, porque leía mucho y me parecía un paso lógico. De pequeña era buena, pero me fallaba la imaginación, igual que ahora: no tenía talento ni paciencia para buscarles un final digno a los cuentos que me inventaba. Les daba vueltas y vueltas y no llegaba a ninguna parte. Una parte de mí pensaba que entre querer ser escritora y ser adulta había un abismo insalvable: mis sueños se quedarían al otro lado de la barrera, como les había pasado a todos los adultos que conocía, y yo tendría que vivir para siempre con su cadáver.



Así que cuando Aran me recomendó El Gozo de Escribir, digamos que salvó mi carrera literaria. En un mes había escrito cien hojas a word que no sé si eran buenas o malas, pero eran. Y creo de verdad que si estoy aquí casi doce años después, a post por día y con la forma de las teclas del ordenador marcada en la punta de los dedos, es por ese libro. No sé. A lo mejor habría llegado a la misma conclusión por otras vías. A lo mejor con el nacimiento de los blogs y esta creencia colectiva actual de pensar que nuestra vida es interesante pase lo que pase, habría sido capaz de ignorar mis limitaciones y escribir. No lo sé. Sé que en ese momento seguí escribiendo gracias a ese libro.



Hay momentos para todo, digo yo. Y la receta para escribir bien, de hecho, se parece bastante a la que apunta M. en su entrada. Leer mucho. Escribir mucho. Escribir para otros. Intentar hacer algo diferente o que, por lo menos, para ti sea diferente. No hace falta leer autoayuda para escritores, eso es obvio,



Sí opino que hay una parte que no es que sea innata, pero sí que se forja muy temprano. Yo creo que redacto bien porque he leído mucho, mucho, mucho, y sobre todo porque leía mucho cuando era pequeña. Tengo la música de las frases grabada en el cerebro. También creo que lo más importante es la sensibilidad, y que uno no puede escribir lo que no es capaz de percibir. Si no estás atento a los detalles, si no dejas que la vida te traspase, no podrás hablar de ellos y no serás un buen escritor. Y que la vida te traspase a veces duele, así que hay que pagar ese precio.



Leer es fundamental, aunque como a mí te cueste pagar el peaje de los clásicos. Quizá escribiría más sesudo si leyera cosas más sesudas. Procuro leer lo que me gusta porque mi objetivo es escribir el tipo de libro que querría leer. Hay una pregunta que circula entre los escritores del mundo: si tuvieras que renunciar a escribir o a leer, ¿qué elegirías? Y aunque yo creo que si no escribo a lo mejor reviento, creo que lo preferiría a dejar de leer. Aunque solo sea porque uno puede leer sin escribir y volverse loco, pero creo que sólo escribir, escuchar todo el rato el sonido de tu propia voz, es una locura mucho peor.



La cosa es que para escribir bien yo no sé muy bien qué hace falta. Yo creo que escribo bien. Otra cosa es si podría hacerlo mejor o dedicarme a sacar adelante algo con más entidad que estos post, pero en general estoy contenta con lo que hago. Lo sé porque a veces me paso un montón de rato leyendo mi propio blog y oye, me gusta, aunque solo sea porque es como mirar mi album de fotos personal. Y bueno, igual pasa como con las fotos, que no son tan interesantes para los que no han estado allí. Pero yo estoy contenta con las mías.



Supongo que escribir bien es como todo. Mucha autocrítica, mucha más de lo que pueden hacer pensar estas parrafadas autocomplacientes. Mucho pulir, mucho borrar, mucho escribir párrafos enteros a las doce de la noche y concluir que son una puta mierda y empezar de cero. Y tener algo de talento, claro; y, como dice M., si no lo tienes pues te jodes, qué le vamos a hacer.



Creo que en algún punto tendré que utilizar este hábito que estoy adquiriendo ahora para trabajar en algo con más seriedad. A ratos me parece que este ritmo me aturde y que no me da tiempo a publicar cosas de verdadera calidad. Pero estoy un poco enganchada, supongo: me gusta publicar todos los días y que me leáis, me gusta ser parte de vuestra rutina y leer vuestros comentarios en la Blackberry en cuanto me despierto por las mañanas. Y el tiempo no me da para mucho más. Quiero seguir con Psicosupervivencia y también quiero trabajar, dormir y demás.



Podría hacerlo mejor, claro. Pero a veces pienso que para eso necesitaría sumergirme en la escritura totalmente. No trabajar y disponer de mucho más tiempo, de más espacio: poder experimentar, recortar, corregir y elucubrar mucho más de lo que lo hago. Pero bueno. En la escalada se dice que lo que no te llevas para la saca te lo llevas para los bíceps, es decir: que si no encadenas una vía al menos te estás poniendo fuerte. Mi blog es mi roco. Las vías están ahí, listas para ser escaladas. Y yo estoy aquí, lista para acometerlas en cuanto tenga fuerza, me vea con ganas y el tiempo acompañe.



PD: Estoy particularmente orgullosa de mi último post en Psicosupervivencia. Por si le queréis echar un ojo.

martes, 7 de febrero de 2012

De libros malos y pollos mutantes

Con los libros pasa como con los tíos: encontrarte uno malo de vez en cuando es más o menos normal, pero cuando se te junta una rachita de dos o tres te empiezas a mosquear y a preguntarte, con las manos en las mejillas como el niño de Solo en casa, "¿por qué, Dios? ¿Por qué yo?".

Hace un par de días decidí que iba a dejar de arrastrar de un lado a otro La casa de los encuentros, de Martin Amis. Lo llevaba ahí en el bolso un poco por penita, pero en lugar de leer me dedicaba a tuitear. Y cuando prefiero tuitear a leer ya es como para preocuparse, sobre todo porque lo sentimos, pero sigue sin gustarme twitter, y mira que lo intento.

La cosa es que ayer me fui a la librería y desplegué mi sofisticada estrategia de selección de libros, a saber: me voy a Anagrama, veo si han sacado algo nuevo, compruebo que no, muevo la cabeza con desencanto. Busco libros con cubiertas bonitas. Leo las sinopsis a la velocidad del rayo. Descarto todo lo español, histórico o demasiado exótico. Descarto lo vergonzoso y romanticoide. Me voy a Anagrama Compactos. Compruebo que me los he leído casi todos. Miro los clásicos de bolsillo, pienso que debería leer a los clásicos, pienso que al carajo los clásicos. Y entonces, cuando justo he perdido la esperanza y pienso que soy un ser extraño o que en realidad leer no me gusta, encuentro algo que me llama la atención, echo un ojo al primer capítulo, compruebo la textura de las hojas y, si todo eso está más o menos bien, me lo compro.

Ayer iba todo muy mal hasta que vi dos opciones interesantes: Diario de invierno, lo último de Paul Auster, y una novela de un español desconocido llamada Vive como puedas. ¿Por qué me gustó el libro del español desconocido? Pues a ver. Me gustó el título como filosofía de vida. Vida resignada. Haz lo que puedas y ya se verá lo que pasa. Me gustó que lo publicaba Tusquets en Andanzas, y que en general suelen tener buen criterio. Y bueno, me gustó que Almudena Grandes hacía un comentario halagüeño en la vitola, algo como "¡¡Por el amor de Dios, tienen que leer esta novela, prométanmelo, es genial!!". Soy carne de marketing chungo, lo reconozco, porque pensé: joder, la Grandes. Que te puede gustar o no, pero tiene oficio y sabe lo que se hace.

¿Por qué preferir el libro de un español (argh) desconocido al de mi querido Paul? Por dos razones. La primera, porque creo que Paul está gagá. Creo que está entrando en una especie de espiral depresiva político postmoderna y que va a terminar como Neruda: muriéndose de pena en su casa de Brooklyn cuando el mundo colapse. Su último libro me puso tan triste. Pero no una tristeza literaria y verdadera, sino una tristeza de "por qué, Auster, por qué has escrito un libro en el que aparece la palabra culinchi". La segunda razón es que Diario de invierno, que también tiene un título alegre por los cojones, está escrito en segunda persona. Un ratito en segunda persona sí, Paul Auster, como en Invisibles, que la verdad no me pareció mala. Pero ¿un libro entero? Uf, qué va. Y mira que me gustas a la par que me pones. Que parece mentira que tengas sesenta y cuatro años y aun así estés tan poderosamente frinkable.

Así que allá que fui y me compré el libro del español desconocido, que a partir de ahora pasará a ser conocido como El Lamentable Tipo Sin Talento Del Que Tengo La Desgracia de Estar Leyendo Una Novela. Uf, es demasiado largo hasta para las siglas, así que vamos a llamarle Lament. De Lamentable.

Bueno, pues cuando me meto en la cama así en plan vale, no tengo novio pero tengo un nórdico genial y una almohada cara y un libro nuevecito entre mis manos, y empiezo a leer a Lament expectante y confiada, descubro que bueno, que el libro es malo con alevosía. Pero muy, muy malo. Y me pregunto cómo se me ha podido escapar. Que me leí el primer capítulo entero en la librería y no me pareció tan terrible. Que lo recomienda Almudena Grandes.

¿Por qué es malo? Pues yo qué sé. Está mal escrito. Es una mezcla entre repipi y burdo que me aberra. Los diálogos son muy, muy poco creíbles. Los personajes están muertos por dentro; el argumento digamos que a la altura de la página 133, que es por donde voy ahora, no tiene ni pies, ni cabeza, ni perspectivas de mejorar. Me he reído dos veces, eso sí; una de ellas porque el protagonista droga sin querer a su anciana madre. Pero por lo demás, muy malo.

Entonces una piensa ¿qué le pasa a la gente? Lo de Almudena lo vamos a dejar. Que estaría en un sarao literario planteándose si su siguiente libro alcanzaría las veinte ediciones o más bien las veinticinco y le dijeron "va, Almudena, di algo bonito de este muchacho, que hemos invertido mucho en editar su segunda novela y no queremos arruinarnos". Y Almudena elevó graciosamente su martini y dijo "Jijiji pues yo qué sé... algo como... ¡¡qué novela más buena!! ¡¡leedla!!". Y tal cual, a la vitola.

Pero lo de este notas tiene más delito. Rosa Montero escribió hace tiempo un artículo sobre el drama de los escritores sin talento. Decía que les anima el mismo fuego que a los otros, pero sin esperanza de conseguir producir nunca algo bello, y a veces (las peores veces) de darse siquiera cuenta de que no son capaces. Y este chico... pues no sé, que eres filólogo, que se supone que tienes un bagaje. Mi profesor del taller decía que no se puede inventar la bicicleta. Que para escribir peor que los demás o para escribir mediocre, no escribas. Y no sé, pero a mí lo que me preocupa es que creo que escribir bien es sobre todo una cuestión de sensibilidad: tienes más registros, la realidad pulsa en ti más teclas y tú tienes el acierto de saber reflejarla. Tampoco hace falta añadir tanto. La vida por sí sola tiene la suficiente riqueza de detalles y de humor como para bastarle a la literatura. Por eso los escritores malos me dan tanta pena: porque me los imagino un poco ciegos, con cierta agnosia mental para la belleza.

Aquí es donde me planteo si me estoy poniendo nazi, si sobre gustos no hay nada escrito, si a lo mejor no tengo ni puta idea de hacia dónde va el panorama literario español. Si yo debería ser también filóloga para que me gustara la novela de Lament. Pero quiero creer que no. Quiero creer que escribo bien y que sé, más o menos, dónde está lo bueno. Siempre he respetado el esfuerzo que supone escribir una novela, y a lo mejor, de hecho, el problema no está en el autor, sino en la cadena mongoloide de agentes y editores y Almudena Grandes que ha llevado ese libro a las tiendas del mundo.

En fin, que no me está gustando. Que no sé si ir a devolverlo, aunque igual es un poco chungo. Que para colmo me tienen baneada de la biblioteca hasta San Valentín, y encima soy pobre como las ratas después de que hoy en la tienda ecológica me hayan colado un pollo de corral de tres kilos que me ha costado un ojo de la cara. Pero que en realidad igual la culpa es mía y solo mía. Como con los tíos. Por no fijarme bien en el interior. Por dejarme llevar por los impulsos. Por hacerle caso a la flamante vitola roja con cosas bonitas escritas en ella que todos nos esforzamos por llevar alrededor del cuello.

Y bueno, esto no tiene nada que ver pero, por el amor de Dios: tenéis que ver mi ecopollo.



Por favor. Un pollo de tres kilos. Que podría ser yo qué sé, un hijo. O un tiranosaurio. Que no sé si lo de ecológico quiere decir que lo mataron cuando él quiso porque la vida ya le aburría. O cuando dejó de respirar por una apnea del sueño. Que no me cabe en el congelador. Que me ha destrozado el presupuesto del mes. Maldita sea mi bondad, que diría Susanita.

Hasta mañana, pequeños.

PD: Espero no haber herido la sensibilidad de ningún vegetariano/vegano con la foto del ecopollo. Pero es que sabéis que me puede demasiado hacer las cosas en aras del humor.