massobreloslunes: 2010

viernes, 31 de diciembre de 2010

Mi propio post de despedida del año


Queridos lectores:

Estoy harto depresiva esta tarde. No sé si es porque se me acaban las vacaciones, porque no tengo ganas de salir esta noche o porque sé que a las doce no habrá nadie con quien besarme bajo el muérdago.

Aun así, no quería dejar pasar la oportunidad de publicar mi propio post de despedida findeañera.

2010 empezó fatal, admitámoslo. Quiero decir, que empezar empezar, empezó bien. En casa de J., bailando Mecano y haciéndonos regalos estúpidos, como un mechero con el dibujo de una langosta (yo) o un libro de "211 cosas que una chica lista debe saber" (él). Y no, señor K., ninguna de ellas es cómo hacer una buena mamada. Que nos conocemos.

Después me presenté al PIR y me salió muy bien. Pero resulta que un día de febrero, una semana después de ir a ver juntos una peli ñoña en San Valentín, mientras preparábamos arroz a la cubana y hablábamos de Emilio Aragón, J. me miró a los ojos y me dijo "Oye, ¿y si nos tomamos un descanso?", como quien propone irse a dar un paseo al parque del barrio.

A mí me sentó como una patada en el estómago. Estuvimos toda la tarde teniendo una de esas conversaciones angustiosas y eternas donde lo mismo lloras, que te ríes, que te besas, que te escupes metafóricamente hablando. Aquella noche dormí allí, y recuerdo la sensación de levantarme al baño y mirar todos los objetos que compartíamos, mi líquido de lentillas sobre el lavabo, las cabezas juntas de los cepillos de dientes, y saber con claridad que aquello se había acabado.

Desde entonces he tenido que aprender a vivir sin J. y ha sido difícil, porque estaba pegado a mí como una de esas calcomanías que salían en los bollicaos y que tienes que rascar mucho para quitarte del todo. Y que después te dejan la piel en carne viva.

2010 también ha sido el año en que El Artista Anteriormente Conocido Como Mi Mejor Amigo y yo dejamos de hablarnos, por razones que no vienen al caso y que tienen que ver mayoritariamente con la parte borderline de mi personalidad. Yo me arrepentí y él se mantuvo en sus trece hasta el día de hoy. Esa circunstancia me tiene el corazón roto por una esquina, con una herida profunda y vertical que, afortunadamente, hoy por hoy parece estar cicatrizando con salud y razonable limpieza.

Pero 2010 también ha sido un año de cosas buenas.

Ha sido el año en que, sin saber cómo, me vi en Madrid pulsando un botón que me destinaba cuatro años a la Ciudad del Viento. El año en que he aprendido la diferencia entre el levante y el poniente, me he comprado una silla para la playa y un paraguas recio que aguante la lluvia lateral. El año en que he aprendido lo que son la penita, la fatiguita y el llanto enmoresío.

Ha sido el año de mi primera nómina seria, chispas, y mi primera paga extra. El año en que, por primera vez, me senté frente a personas que me contaron que estaban tristes, ansiosos, que tenían miedo o que querían morirse. Personas que me han confiado secretos, me han dado las gracias, se han cabreado conmigo o se han sentido aliviadas de tener alguien que les escuche. He inventado tareas absurdas, he enseñado relajación sobre la mesa, he dibujado diez millones de autorregistros en medias cuartillas y me he peleado con Diraya, el sistema informático creado por el maligno para ser utilizado en el SAS.

Ha sido el año en que he empezado a vivir sola, y he sabido lo genial que es poder hacer lo que quiera en mi territorio, pero lo triste que es tener que llorar sola con las rodillas abrazadas y sabe que nadie va a venir, por fuertes que sean los sollozos. Pero lo genial que es irme a dormir sabiendo que tengo un techo sobre mi cabeza, y que mi techo lo pago yo, y que puedo ocupar toda la cama de matrimonio, y que nadie va a comerse los huevos de mi nevera, y que aunque me gustaría a veces que alguien cuidara de mi es un alivio saber que yo sola puedo hacerlo, y hacerlo muy bien.

También ha sido el año de conocer a personas que ahora no puedo imaginar fuera de mi vida. El año de comprar zapatos con Luna, de discutir sobre Lacan con Jesús, de intentar arreglar el mundo con José Luis, de pensar pacientes con Nacho. El año en que comprendí que tengo una profesión hermosa y terrible, y supe lo que es poder reunirse con personas que comparten la pasión por ella y dar vueltas a las veinte mil esquinas de los seres humanos.

He ido de camping, he viajado a Pamplona, he paseado por Cádiz escuchando a Quique González, tumbada en la playa de la caleta para contextualizar el Salitre. Me han robado el corazón unos cuantos chicos, y yo creo que no se lo he robado a nadie, pero podré vivir con ello. He meditado mucho (demasiado), y estoy intentando aprender cómo vivir esta cosa llamada vida con el menor dolor posible, propio y ajeno. He perdido el botón mental de la ficción, pero he empezado a escribir poesía.

Y he estado viva. Eso es bueno.

No voy a pensar propósitos. Siempre son los mismos. Escribir más, meditar más, hacer algo de deporte por el amor de Dios Marina que te vas a oxidar como un columpio viejo, ser buena persona, comer mucha verdura. Me paso la vida haciéndome este tipo de propósitos y me las apaño para cumplirlos intermitentemente.

Si me atreveré a formular algunos deseos.

Quiero que mi familia esté bien, quiero que mis amigos estén bien y quiero que mis pacientes estén bien.

Quiero divertirme, quedarme como estoy en el terreno laboral y mejorar un poco en el terreno literario.

Quiero que no le pase nada a mi rodilla izquierda que no se cure con un poco de natación. Que se me curen los ovarios poliquísticos. Que se vaya para siempre el Acné del Averno.

Y quiero alguien a quien querer y cuidar.

Feliz 2011. Que os traiga todo lo bueno que os merecéis por tener la paciencia de leerme. Gracias por visitar este rincón. No tenéis idea de lo mucho que significa para mí escribir aquí y de lo que me alegro de que lo compartáis. Los conocidos, los desconocidos, los que llegáis escribiendo cosas raras en google y después descubrís que os gusta. Mis 16 leales seguidores. Gracias a todos.

De nuevo:

Feliz 2011.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Perfeccionando lo simple III: Siesta invernal


Dormir la siesta es fabuloso. Dormir, en general, es fabuloso, pero la siesta tiene un componente de autoindulgencia decadente que me encanta. En plan "hale, paso de todo, a dormir durante el día que me sobra tiempo". Yo soy una siestera profesional desde los quince años, época en la que me acostaba en pijama y con las persianas bajadas un par de horas todos los días. Cuando me di cuenta de que se me estaba pasando la juventud, empecé a moderarme un poco y a perfeccionar el método. Actualmente creo que entiendo bastante de siesta, y es por eso que voy a compartir mi sabiduría con vosotros.

Esta entrada habla de la siesta invernal porque cada estación tiene una dinámica siestil completamente diferente. No vas a comparar sudar bajo el ventilador a acurrucarse bajo una mantita. Empezamos por el invierno, que es lo que pega ahora.

Para una buena siesta invernal hacen falta varios elementos:

1) La superficie siesteadora. Yo recomiendo un sofá. Si os acostáis en la cama, lo más probable es que durmáis más de la cuenta, y a no ser que seáis profesionales de la siesta, como una servidora, dormir mucho os sentará mal. Aunque esto no es la panacea para el despertar. En segundo de carrera tuve una fase con verdaderos problemas para levantarme de la siesta y empecé a cambiar de superficie para ver si la incomodidad lo solucionaba. Acabé echándome siestas de dos horas sentada en un sillón (verídico).

La foto que encabeza el post es mi sofá de siestear. El mejor sofá que he tenido ever. Pongo la almohada en la parte del chaise longue y me quedo traspuesta. Y sí, mi nevera está al lado del sofá.

2) El soporte de cabeza. Personalmente no puedo con los cojines. Por muy suaves que sean, nunca jamás podrán competir con la suave y fresca tela de la almohada acariciando tu rostro. Así que no seas vago/a. Levántate, ve a por tu almohada y acóplala en tu sofá de siestear.

3) La mantita. Ah, la mantita. Para una buena siesta invernal hay que encontrar una que sea a la vez cálida y ligera, suave y sin pelusas, práctica y cubriente. A mí me gustan las mantas largas, que no se me salgan los pies por abajo. Esto es fácil, porque soy tan bajita que durante un tiempo tuve miedo de ser enana, así que para mí casi cualquier manta es una manta larga.

4) La fuente de calor. Os preguntaréis por qué hace falta una fuente de calor si ya tenemos la mantita. A ver, esto que voy a explicar a lo mejor sólo me pasa a mí, pero sed clementes. El caso es que mis casas, la de Cádiz y la de Málaga, no tienen calefacción. En la de Málaga, concretamente, hace casi más frío que en la calle. Es decir, que la mantita no es suficiente. Y paso de echarme la siesta con edredón, porque entonces sí que no hay quien se levante. Conclusión: hace falta una fuente de calor adicional.

Si vivís en casas maravillosas con calefacción central y suelo radiante, que sepáis que os tengo envidia de la mala, pero que os doy permiso para omitir la FCA (Fuente de Calor Adicional).

Si, como yo, vivís en un sitio "con clima cálido" donde "la calefacción no merece la pena" (silbido de odio entre mis dientes), aquí tenéis varias opciones para la FCA.

- La chimenea: fabuloso si tienes una cerca y no te da perezón encenderla. En mi casa de Málaga utilizamos mucho la chimenea y es un entorno ideal para el siesteo: atmósfera acogedora y temperatura buena. Además, una se siente un poco como en una peli americana, todo bucolismo y galletas hechas en casa. También mola el sexo de chimenea, pero lamentablemente hace mucho que no lo practico.

- El brasero. Dicen que cuando Dios cierra una puerta abre una ventana. Cuando en Andalucía se cierran las puertas de la calefacción central, Dios abre la ventana del brasero. Hace un tiempo fantaseaba con inventar un brasero portátil, algo así como una mesa camilla unipersonal alrededor de la cintura que pudiera llevar durante el invierno. De lo contrario el brasero de tu casa te atrapará y te invalidará para llevar a cabo actividades útiles, como fregar los platos o ir al baño, y acabarás sondada en tu sofá viendo Sálvame con tal de no alejarte de su acogedor calorcito, mientras las ratas procrean en tu fregadero.

- Otra persona. Esto puede parecer lo ideal, pero ¡ojo! No es tan fácil encontrar compañía para siestear. El maromo (o la maroma) en sí tiene que ser gustoso, acoplable, con buen olor y que no se mueva mucho al dormir. Si encontráis uno así, guay. Si no, cada uno por su lado, tú en la cama y yo al sofá con la almohada, y aquí paz y después gloria.

Una cosa buena que tienen las personas como FCA es que puedes tener sexo sandwich (siesta-sexo-siesta).

- Si no tenéis ninguna de estas opciones disponibles, como me pasa a mí en Cádiz, ¡tranquilos! Voy a hablaros de un invento que sacudirá vuestras existencias y las cambiará para siempre:


Calentad la bolsita y ponedla en vuestros pies/regazo/al lado imitando el calor de vuestra no-pareja. ¿Quién necesita a otros seres teniendo este invento maravilloso? Dios creó el brasero, luego creó la bolsita de cereales y luego las repartió por Natura y los mercadillos del mundo. Id a comprar una ahora.

5) Las provisiones. Hay dos elementos clave en este apartado. Uno es el agua. De la siesta invernal te levantarás con una sed del Averno, y el trayecto entre tu cálida mantita con FCA y el grifo se te hará insoportable. El otro es el chocolate o, en su defecto, algo dulce. ¿Por qué se levanta uno de la siesta con ansias de dulce? No lo sé, pero como decía un amigo de mis padres, "las neurosis hay que culminarlas", así que date ese capricho. Si estás a dieta, puedes hacerte una infusión. O chupar sacarina, ya como veas.

Ok. Ya lo tenemos todo. Ahora viene un elemento clave: el tiempo. ¿Cuánto es lo adecuado?

Hagamos aquí una breve aclaración. ¿De qué tipo de siesta estamos hablando?

- Siesta de diario. Estás cansado del curro pero tienes que seguir haciendo cosas. No puedes dejarte ir demasiado, entre otras cosas porque si no esta noche no habrá quien te acueste y el círculo vicioso de falta de sueño se repetirá. Esta siesta debe durar unos 25 minutos, aprox. Es la típica siesta que todo el mundo alaba como la siesta perfecta, la que mejora el corazón, la tensión y el apetito sexual, pero que se dejen de rollos. Para mí una buena siesta dura dos horas, punto; el resto es un querer y no poder. Pero estas siestas pueden estar muy bien si se trabajan de forma adecuada.

- Siesta de viernes: estás reventado después de toda la semana y quieres mandar al mundo a tomar por culo y olvidarte de tu triste existencia. Esta siesta te la puedes permitir más larga. Una hora y media no está nada mal.

NOTA: Yo personalmente NO PUEDO dormir una hora. O duermo media o duermo una y media. No sé por qué; debe de ser por las fases del sueño o algo así. No obstante, cada cuerpo es un mundo, así que probad con una hora y me contáis qué tal.

- Siesta DHD o Dormir Hasta que Duela: Has ido a trabajar de empalmada, o tus vecinos tienen un bebé que no te ha dejado dormir, o te ha bajado la regla y pasas de todo. Ok. No pongas despertador, acóplate a dormir y despiértate de noche, con dos cojones. Te sentirás mejor, o tan mal que no te quedará más remedio que ponerte las pilas y salir de tu bucle de autocompasión.

Una vez decidida la duración, colocaremos algún dispositivo electrónico fuera de nuestro alcance. ¿Cómo de fuera? Pues depende. Yo me lo pongo alejado, pero no tanto como para tener que salir de debajo de la mantita-FCA, porque si lo hago así soy capaz de dejarlo sonar hasta que pare con tal de no levantarme.

Después adoptaremos la posición de siestear. En mi caso, de lado y con la mano bajo el moflete, como los niños chicos. Aquí es donde la siesta alcanza su máximo de placer. Esos momentos en los que el tiempo se detiene, han acabado las obligaciones de la mañana y no han empezado aún las de la tarde, y puedes relajarte, dejarte ir y parar un poco tu mundo.

Ahora piensa en cosas bonitas. Algunas sugerencias son:
- Piensa en el chico que te gusta. Si no tienes ninguno, te lo inventas.
- Recuerda viajes con tus amigos.
- Imagina la playa en verano. Imagínate tumbado, sin nada que hacer, escuchando las olas y las voces lejanas de los niños. Por favor, imagina algo idílico, rollo playa hippie de Formentera, y no la Caleta en agosto.
- Recita poesía de memoria. Despacito.

Y bueno, podría decir más cosas sobre la siesta, pero este post me está quedando obscenamente largo y creo que como inicio a una Siesta Invernal Perfecta no está nada mal.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cómo ser una Hembra Alfa y no morir en el intento




NOTA PREVIA AL POST: Que conste que estoy segura de que hay mogollón de mujeres para las que lo que voy a relatar es una chorrada, que dominan el argot gruístico de siempre, entienden de mecánica y hasta saben lo que es una llave de bujía. Ruego a esas mujeres disculpen si en algún momento doy a entender que la inutilidad mecánica femenina es algo generalizado e inherente a nuestra condición de delicadas criaturas, mancillando así el honor de mi género.

Pues resulta que mi bendita moto decidió hace unos días que no arrancaba, dejándome tirada en el centro y destinada al taxi o a suplicar transportes ajenos.

Mi moto me dejó ya tirada otra vez hace seis o siete meses por un asunto parecido: se quedó sin gasolina y luego no arrancaba. A mi favor diré que conducía mi hermano y que yo sin gasolina no me he quedado jamás. Mi primera reacción fue entrar en pánico y llamar a mi padre. Mi padre es bastante buena persona, pero tiene dos fallos principales. El primero es que es tacaño hasta dar risa. Ya os contaré historias como "aquella vez que retrasó los regalos de Navidad hasta Mayo para juntarlos con mi cumpleaños".

El segundo es que es muy cómodo. No vago, sino cómodo. Hará cosas por ti siempre y cuando no le venga mal. Así que el día de la moto me dijo algo como:
- Tú tranquila, eso seguro que es la bujía, que ha hecho perlilla y hay que limpiarla.

Personalmente, esperaba que la siguiente frase fuera "yo te la limpio, que para eso soy tu padre y el Macho Alfa y siempre digo que me gustan mucho los motores y la mecánica". En cambio, su siguiente frase fue:
- Sácale la bujía, límpiala y ya verás cómo tira.

¿Perdona? ¿Bujía? ¿En serio crees que sé limpiar una bujía? ¡Si no sé qué es, ni para qué sirve, ni qué pinta tiene! Vamos, no me jodas.
- ¿Y eso cómo se hace?
- Busca una llave de bujía, saca la bujía y la limpias.

¡Claro! ¡Una llave de bujía! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
- Lo haría yo, pero es que tengo que bajarme al bar a leer el periódico.

Lo dicho. Cómodo. Ni corta ni perezosa, me fui a google, busqué "cómo limpiar una bujía" y fui a donde estaba aparcada la moto con un trapo y un cepillo de dientes (verídico). Obviamente, no sólo no conseguí sacar la bujía, sino que ni siquiera la encontraba, y tuve que llamar al seguro.

El gruísta era un primor, de guapo y de apañado. Era tan guapo que la novia iba con él en la grúa para vigilarle (verídico). Le expliqué lo de la bujía y la perlilla, el hombre sacó la bujía sin llave de bujía, la limpió y se pasó como una hora dándole a la patilla, mientras yo observaba admirada su sudoroso esfuerzo. La moto no arrancaba, así que el gruísta me miró con sus azules ojos de macarra del extrarradio y me dijo:
- Bueno, ¿y dónde te la llevo?

¿Perdona? ¿Llevarla? ¡Yo qué sé! ¡Se supone que tú eres quien se encarga de eso! ¡Eres el gruísta y el Macho Alfa! Pero en lugar de entrar en pánico, puse mi mejor cara de hacerme la tonta. Si el Macho Alfa no sale solo, tiene que entrar la Hembra Dominada para ponerle en situación. Así que le dije algo como:
- No tengo ni idea, es que de esto no entiendo... (parpadeo indefenso). ¿Tú conoces algún taller? (parpadeo indefenso, parpadeo indefenso).

Al Gruísta Buenorro (GB en adelante) le salió su vena protectora y me llevó a una especie de garaje clandestino, que encima está cerca de mi casa y donde me dejaron la moto estupléndida. Además, hicimos amistad él, la novia y yo en el trayecto de la moto al taller, y como yo había quedado en el centro me acercó con la grúa y vacilé a tope con los colegas.

Hoy ya tenía el asunto perfeccionado. La moto se me quedó tirada el viernes y yo, que ya tenía bastante con la Nochebuena pendiendo sobre mi cabeza cual espada de Damocles, decidí esperar tranquilamente hasta hoy. He comido con mi padre y mi hermano, y cuando les he explicado lo de la moto los dos me han mirado muy serios.
- Eso es que la bujía ha hecho perlilla - Uy, fíjate que no me sorprende el diagnóstico.
- Es que tu moto las bujías se las carga - Sí, hombre, tú échale la culpa a la pobre moto.
- Entonces la limpio y tira, ¿no?
- Claro, claro.

Mi padre es cómodo, pero mi hermano es directamente vago como el suelo. No ofrecimientos de limpiar la bujía. No big surprise, francamente.

Me he ido a donde estaba aparcada la moto, he llamado al seguro y le he dicho al gruísta que me llamara él al llegar, que yo iba a tomarme un café. He esperado en la cafetería leyendo la Cuore y cuando ha salido el tío le he explicado el asunto:
- Que digo yo que igual es que la bujía ha hecho perlilla.

El tío me ha mirado con cara rara. No he conseguido averiguar si era cara de asombro por mi dominio del argot o cara de "ésta no tiene ni puta idea", pero el caso es que me ha ignorado, le ha dado a la patilla durante cinco segundos y me ha subido la moto a la grúa. Este gruísta, además, era calvo y feo, y he echado de menos a GB y su maciza perseverancia. La próxima vez tengo que informarme a ver si dejan elegir gruísta.

[Ya me imagino el momentazo:
- AMA asistencia en carretera, buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
- Mire, que se me ha quedado tirada la moto, que si me podían mandar una grúa, pero una que la conduce un tío que está muy bueno, así con ojos claros y el pelo rapado, un poco macarra y... ¿oiga? ¿oiga?]

El caso es que ha llegado el momento cumbre. El GCF (Gruísta Calvo y Feo) me ha mirado y ha dicho:
- Bueno, ¿y dónde te la llevo?

Y entonces yo he puesto mi mejor cara de Hembra Alfa, he sacado de mi cartera la tarjeta del garaje clandestino (¡Sí, tienen tarjetas!), he llamado al mecánico y le he dicho que iba para allá. Me he sentado en la grúa y le he dado conversación a GCF aprovechando mi conocimiento de la profesión acuñado en mi experiencia anterior. Al llegar al taller le he explicado al mecánico lo de la bujía, y curiosamente no me ha mirado raro; ha dicho algo como "tú tranquila, que eso no es nada" y me ha dejado con la agradable sensación de que él es mi mecánico y lo va a arreglar todo. Luego he firmado el parte al GCF y me he ido a mi casa andando (miss you, GB) pero más contenta y orgullosa de mí misma que unas castañuelas.

Moraleja:
- Lo que puedas hacer tú no tiene por qué hacértelo tu padre/ tu hermano/ tu novio.
- Lo que pueda hacer el gruísta/mecánico del taller no tienes por qué hacerlo tú.

Y eso es todo por hoy, amigas.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


A veces, cuando me pongo en plan "echo de menos algo y no sé qué", juego conmigo misma al "qué te gustaría que pasara hoy si todo fuera posible".

A mí hoy me gustaría que pasara lo siguiente.

Estoy en mi casa, escribiendo en el portátil, escuchando a Los Piratas en bucle (se prestan mucho a ello). No tengo sueño pero pienso que, de hecho, debería acostarme temprano porque luego se me descojona el horario y me da coraje amanecer al mediodía. Entonces me suena el móvil. Es un mensaje de un Chico Que Me Gusta Un Montón (en adelante, CQMGUM - Personaje de completa ficción creado por mi mente enferma), y que me dice que no puede sobrellevar la Navidad solo, que si me apunto a hacer algún plan. Le contesto con un mensaje mitad inocente mitad tonteón y quedamos en que me recoge con el coche y nos vamos al cine.

En el trayecto, le explico a CQMGUM que yo soy muy de cine. Que ver pelis en casa me gusta, sí, pero que meterme en la sala oscura con las palomitas en la mano y la musiquilla de Movierecord me encanta. CQMGUM me mira y sonríe de lado, porque yo para él soy CQLGUM (la Chica Que Le Gusta Un Montón) y le hacen gracia mis estupideces. CQMGUM y yo todavía estamos en esos momentos en los que no está claro lo que pasa, así que yo disfruto de la incertidumbre y del cosquilleo en el estómago cuando le miro de reojo desde el asiento del copiloto.

Nos vamos a algún Cineplex pijo. A los dos nos mola el rollo gafapastil de las pelis en VO en el Albéniz, pero le explico que yo hoy tengo antojo de sala pija y de superproducción de Hollywood. Que no me pregunte por qué, pero es así. Nos gastamos una pasta obscena en entradas y palomitas, y vemos una superproducción que no nos chifla pero nos entretiene, mientras somos conscientes de la porción de piel que se toca en el apoyabrazos compartido.

A la salida CQMGUM va a llevarme a casa, pero se nota que está pensando en una excusa para retenerme. Entonces me dice que tiene que enseñarme algo. Conduce hasta un lugar un poco apartado, y cuando yo pienso que está chalado y va a violarme y luego a matarme (aunque, dado que Me Gusta Un Montón supongo que no sería una violación propiamente dicha), me pone un disco que tiene ganas de que escuche. Y es un disco precioso, precioso, tan bonito que me hace tener ganas de tirarme a CQMGUM sólo por ser una persona tan sensible y por tener en el coche ese disco tan bonito.

Así que escuchamos el disco en silencio, y CQMGUM me mira raro, y yo me río porque de repente me da todo mucha vergüenza, y él me dice "¿de qué te ríes?", pero de una forma dulce y encantadora. Y de pronto nos estamos dando el lotazo en una posición un poco incómoda, y acabamos pasándonos al asiento trasero, y suceden cosas muy bonitas y muy sucias mientras el disco precioso precioso suena bajito, el frío aúlla tras los cristales empañados y yo pienso que, joder, esto sí que es una Feliz Navidad.



PS: The beautiful picture in the post belongs to Karl Hab. I found it on Google, so if you're him and you want me to take it off, just tell me. Please don't sue me - I just got my first Christmas bonus!

jueves, 23 de diciembre de 2010

Soneto a una paga extra


(Segunda parte de mi serie "Poesía de la emancipación", que continuará con "Romance de la renta básica").


Cuando yo ya me hallaba acostumbrada
a una nómina al mes, ¡oh, qué alborozo!
tú has llegado llenándome de gozo
por abundante y por inesperada.

Corría leyenda urbana que anunciaba
que la crisis te había recortado;
a la mitad me había resignado
y optimista y paciente te aguardaba.

¡Qué alegría al saber de tu llegada,
al comprobar que llegabas completa
paga extra sin impuestos recargada!

Mi Visa acabará con agujetas
que cuando la emoción se me desata
me cabe el corazón en la tarjeta.

martes, 21 de diciembre de 2010

Esta ciudad




Llevo unos cuantos días aplazando el escribir aquí. ¿Por qué? Pues, para empezar, porque escribir es una actividad como muy aplazable. No es urgente, no da hambre, ni sed, ni frío. Uno sólo tiene el gusanillo en el estómago, las ganas de contar debajo de la lengua, pero al fin y al cabo las ideas son mucho más bonitas en la propia cabeza que en los post. Mi cabeza está llena de ideas interesantes, de frases acertadas e ingeniosos diálogos. El blog es demasiado unidimensional y el resultado siempre se me queda corto.

La otra razón es que quería hablar de mi visita a Granada pero no sé muy bien cómo expresar las sensaciones que he tenido allí. Además, soy como un poco repetitiva, con mi rollo de Granada por aquí, Cádiz por allá. Un poco jartible, que dicen en Cádiz. Aun así, lo contaré, que es mi verdad y las verdades están para ser explicadas.

La cuestión es que pensaba que me pondría muy triste por no estar allí haciendo el PIR. Desde que empecé la residencia, a veces me pasa que tengo días de "debería-estar-en-Granada". Los días "debería-estar-en-Granada" son días en los que tengo cristalino que tendría que haber escogido el San Cecilio y me pregunto qué coño pinto yo en Cádiz con lo bien que vivía allí. Yo no suelo arrepentirme de las cosas. Lo veo una pérdida de tiempo. Pero los días "debería-estar-en-Granada" son pavorosamente claros y me llenan de certidumbre sobre lo equivocada que estoy.

Así que ir a Granada por primera vez durante la residencia era un reto. Pensaba que me iba a morir de la pena y a arrepentir como el infierno. Sin embargo, aunque he muerto de la pena, era una pena distinta a la que preveía. Pensaba que mi pena vendría de no estar allí. Pero una vez allí, me sentía extraña por las calles, como caminando en los sueños de otro. Como si los sentimientos me los estuvieran prestando. La densidad de recuerdos por metro cuadrado de la ciudad es excesiva, mayor que en ningún otro lugar, incluso que en Málaga. Camino por allí como los botes salvavidas del Titanic: apartando cadáveres con los remos.

Y eso que allí he sido muy feliz, sí, pero también muy miserable. De hecho, si me pongo a mirar año por año, tampoco es que haya sido la época de mi vida. En primero estaba deprimida post-Barcelona. En segundo estaba enajenada por J. En tercero seguía enajenada por J. y además tenía ansiedad recurrente y aburrimiento patológico. Cuarto es una de las pocas épocas de mi vida que borraría entera sin remordimientos. Quinto estuvo bastante bien. Así que creo que no es mala idea empezar de nuevo en un sitio distinto. ¿En serio querría hacer la residencia allí? ¿Con mi yo del pasado sentada en los bancos de las plazas? ¿Con la ausencia de mis amigos gritándome desde los bares de tapas?

El último día quedé con el Húngaro. También a él le veía descontextualizado, como recortado de una revista y pegado con photoshop. Me contó una historia sobre los conflictos de Europa del Este sobre la que piensa hacer la tesis y de la que entendí la mitad. Luego me dijo que él también se da cuenta de que todo ha cambiado, que incluso sus profesores se han ido al extranjero por la crisis, que en Granada ya apenas queda nadie.

Me puse muy triste cuando le abracé antes de irme. Mi Hungarito. Me entristece volver a ver a la gente y que las conversaciones se conviertan en resúmenes acelerados de lo que ha sido tu vida en el último año. Dani era mi compañero de piso. Le daba un beso de buenas noches antes de dormir. Le oía gruñir desde su cuarto cuando se despertaba de resaca. Me contaba historias de Venezuela mientras almorzábamos y me perseguía al baño sin parar de hablar hasta que yo le regañaba y le cerraba la puerta en las narices. La PK y yo nos reíamos de él y de su manía de cenar tres veces, ensuciar media vajilla y luego no entender por qué tenía que fregar él siempre los platos. Ahora está ahí, recortado sobre un bar en el que no había estado antes, contándome que en breve quiere irse a viajar por Europa para hacer su tesis. Quejándose de que pronto no quedarán pisos en Granada que nos alojen.

La ciudad esta vez me parece dura, casi hostil. Será el frío. Me siento estafada mientras miro a los estudiantes tomando tapas en los bares que eran míos. Te crees que va a durar para siempre y va y se acaba. Tú creces, tus amigos se marchan y entran a ocupar su espacio chavales que ahora te parecen demasiado jóvenes.

Así que me alegro de haberme ido, aunque suene un poco a justificación. Seguro que también me alegraría de haberme quedado. No existiría esta brecha. Trazaría nuevos caminos por las calles de la ciudad (de mi casa al trabajo, por ejemplo) y no extrañaría el mar ancho de Cádiz porque no lo conozco. Pero ahora me alegro de haberme ido, porque la tristeza pesa mucho. Necesito distancia.

Porque lo triste no es haberme ido yo. Lo triste es que se ha ido casi toda la gente a la que quiero.
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Esta ciudad de huelga intermitente,
sus avenidas largas como látigos,
y plazas que recuerdan viejas citas
y nombres que los tiempos han borrado.

Esta ciudad con obras infinitas,
con bosques de cemento amurallado,
con lluvias de neón y agua bendita
y muertos que descansan solitarios.

Esta ciudad que sabe de nostalgias,
de poderes, de guerras que han pasado,
de copas, de bohemia, de la noche,
de música y poemas entregados.

Esta ciudad que baila con tu cuerpo
a ritmo de boleros o de tangos,
que sueña con tus labios, se emborracha
y luego llora cuando te has marchado.

Esta ciudad sin duda no es la nuestra,
o tal vez se parezca demasiado.

(Javier Benítez - Esteban Valdivieso).




miércoles, 15 de diciembre de 2010

Me voy de permiso

Hoy ha sido mi primer día de vacaciones. De vacaciones de verdad, que la otra mitad me la pasé en un sitio muy raro haciendo cosas extrañas y poco vacacionales.

Tenía planeado hacer la maleta esta mañana, recoger la casa, limpiar la nevera, depilarme y esperar fantástica de la muerte a que llegue mañana para irme de viajecito a MI Granada.

En lugar de esto, me he pasado la mañana perreando, la tarde trabajando (no me preguntéis por qué, ya sé que he dicho que estoy de vacaciones, pero la vida del PIR es dura) y la noche hablando con MQEN. Después de colgar, en lugar de ponerme a recolectar ropa como una chalada, me he pintado los ojos porque me apetecía y me he sentado a escribir y a ver vídeos de los Piratas.

Al final, lo sé, me iré con la casa manga por hombro. Me da pena dejar sola a mi casita veinte largos días. Mi piso me gusta tanto que a veces le doy besos en los marcos de las puertas, a pesar de mi desorden patológico y de que lavo los platos con mucha menor frecuencia de la que debería.

Aun así, quiero mortalmente irme de vacaciones. Me apetece necesito dejar de ser psicóloga por unos días. Estoy harta de ser comprensiva, asentir y decir "¿cómo te sientes al contarme esto?". Lo que en realidad quiero decir ahora es "me importa un carajo tu vida, espabila, deja de quejarte y sé feliz". No more empathy for me today.

También quiero ir a Málaga, a que el duendecillo de lavar la ropa vuelva a hacer su aparición, a encender la chimenea y a ver a mi familia y mis amigos. La navidad me parece un invento del maligno, y estas vacaciones me gustarían aún más si no las adornaran un dios en el que no creo y un gordo de rojo al que no conozco, pero intentaré sacar a pasear los pocos restos de espíritu que me quedan y disfrutar aunque sea de los mantecados.

En fin. Poco más. Mañana me reencontraré con Granada, mi ciudad soñada, mi paraíso voluntariamente perdido. Podría estar allí. No sé si mejor o peor, pero allí. En cambio, aquí estoy, en Cádiz, en medio de la humedad del aire, rodeada de agua, sumergida en el viento. No sé si mejor o peor, pero aquí. Ya os contaré cómo llevo el reencuentro.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Nice memories, I


- ¿Sabes cuál es una de las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida?
- Sorpréndeme.
- Pues a ver, en cuarto de carrera me echaba una loción en la cara para el acné que olía fatal, como a óxido... Y encima estaba horrible, con la piel toda despellejada.
- Pobre...
- Un día estaba con un chico enfrente de la catedral, de noche, no se me olvida, aunque no sé qué hacíamos allí parados, besándonos. Ya tenía mérito el chaval, que yo parecía Freddy Kruger y aun así le gustaba. Y no sé por qué salió lo del olor a óxido aquél y le pregunté si le importaba.
- ¿Y qué te dijo?
- Algo como "qué va... si voy a acabar chupando columpios cuando te eche de menos".
- Jo, es muy bonito.
- ¿Verdad que sí?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Texto y subtexto


Prometo no mandar más cartas

(ni más mails)

y no pasar por aquí

(aunque no paso yo, es tu imagen la que viene).

Prometo no llamarte más

(ni mandarte mensajes al móvil)

y no inventar ni mentir

(ni manipular, ni buscar razones o pretextos donde no los hay).

Prometo no seguir viviendo así

(con esta tristeza aleatoria y persistente)

prometo no pensar en ti

(ni en Ishiguro, ni en los parques, ni en la miel con vinagre balsámico).

Prometo dedicarme solamente a mí

(a mi meditación, mis libros, mis pacientes).


Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar

(por ser más buena y sensata, más callada y coherente).

Prometo que no me verás, que no voy a molestar

(seré una santa).

Y sabes que lo digo de verdad

(esta vez sí, te lo juro),

que no voy a fallarte en nada

(te dejaré tranquilo de una vez).

Tengo mucha fuerza de voluntad

(estudié mañana y tarde durante meses, saqué el número 12 del PIR),

no te fallaré en nada

(tampoco me dejas).


Prometo no seguir así

(porque es patético),

prometo que no voy a pensar en ti

(y yo lo que prometo lo culpo),

prometo dedicarme solamente a mí

(qué remedio).


Y el aire que me sobra alrededor

(me sobra aire vacío, no sólo de ti, vacío de muchas cosas)

y el tiempo que se queda en nada

(se me disuelven los días y no tengo ni idea de a dónde van).

Nunca más escucharé tu voz

(y, de hecho, no la recuerdo),

energía nunca liberada

(que se queda conmigo y me consume los huesos).

Palabras que se perderán entre estas cuatro paredes

(¿dónde van las palabras cuando no las escucha nadie?),

como lágrimas en la lluvia se irán

(y pasará el tiempo, y nos cubrirán los años, y nos haremos viejos...).


Se irán, se perderán, se irán, se perderán, se irán, se perderán,

se irán, se perderán, se irán, se perderán...

Como lágrimas en la lluvia...


¿Dónde estabas entonces?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Fregados


En general se me da bien desconectar de los pacientes adultos, pero a los niños los llevo peor. Los niños me dan mucha penita. Los veo tan dependientes e indefensos que no puedo evitar que se me estruje el corazón cuando lo pasan mal.

Ayer tuve a uno que venía por sospecha de déficit de atención y que a mí me huele a que pueda ser algo más grave, y cuando pedí una interconsulta con la otra psicóloga del centro para que me diera su opinión la madre se me acojonó. Yo intenté disimular con el rollo de "soy nueva y torpe, y si pido una segunda opinión es por eso, no porque piense que tu hijo pueda tener algo", pero ella se dio cuenta y se le caían los lagrimones en mi despacho.

Tuve también a un niño al que están acosando en el colegio, y ver a un chaval de doce años que se pasa las tardes durmiendo a oscuras porque se siente amenazado es duro. Luego están las tardes en la UCI pediátrica, cuando te cuenta una madre que a su niña se le han salido las tripas hacia el pulmón, y a ti no te parece muy grave porque la semana anterior viste a un lactante con un cáncer terminal en el cerebro.

Viva y bravo todo.

Aquí no hablo mucho de mi trabajo porque no sé muy bien cómo hacerlo. No quiero ponerme excesivamente dramática, ni que parezca que me hago la interesante, ni utilizar las historias de mis pacientes para crear humor o drama. Pero lo cierto es que toda esa desdicha y tragicomedia humana es parte de mi vida y, ya os digo, hoy estoy cansada y un poco sobrecargada.

No creo que ser psicóloga me haga mejor persona. Trabajo en esto porque quiero y me gusta, creo que tengo capacidad para sobrellevarlo y si yo no estuviera aquí hay 2600 personas (mínimo) que se pegarían por ocupar mi puesto. Pero no quita que este trabajo sea duro a veces. Tóxico. Y hoy me he venido al hospital pensando en el niño raro, en el niño acosado, en otro al que su padre lo manda textualmente "ar caraho" y, en fin, en todos los niños tristes del mundo.

La cuestión es que después de comer he bajado en el ascensor a tomarme un café y he coincidido con dos limpiadoras. Hemos parado en la cuarta planta y las puertas se han abierto, pero no ha salido nadie. Las limpiadoras se han quedado mirando el suelo recién fregado que se veía a través de la puerta.

- Se nota cuando no pisa nadie, ¿verdad? Lo bien que se queda - ha dicho una de ellas.
- Desde luego. Es que digo yo que al menos podían pisar por la orillita, que se nota menos.
- Ya, pero es que parece que ni nos ven. Yo a veces pienso que somos invisibles.

Se ha abierto la puerta, he salido y me he despedido de ellas, porque aunque lleve pijama blanco yo en realidad también soy personal minoritario en el hospital. A veces también me siento como si fuera invisible. Y me he ido hacia la cafetería pensando que en esta vida, como dice Mafalda, "cada quién tiene su pequeña o gran preocupación".


EDITADO: Diez minutos después de terminar de escribir esta entrada, me pegué una hostia impresionante sobre el suelo recién fregado de la UCI pediátrica. La vida es una cachonda.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Pitonisa de autobús


Yo miro mucho a la gente. Tanto, que a veces creo que se sienten incómodos. Pero me gusta, que le vamos a hacer: soy una voyeur de lo cotidiano.

Cuando salgo del trabajo, coincido en la parada de autobús con la salida de un instituto. Me gusta observar a los adolescentes, perdidos en esa soledad aturdida y pasmosa de la ESO. Hoy se me ha escapado el autobús de menos cuarto por muy poco, y sentía oleadas de autocompasión mientras el viento húmedo y frío me azotaba la cara. Los alumnos del instituto han empezado a llegar, todos acné, hormonas, charlas y zapatillas de tela, rollo no-me-importa-que-se-me-mojen-los-pies-mientras-mis-zapatos-molen.

A los que cogen el autobús los tengo medio fichados. Está Divina, siempre pintada, con el pelo planchado y el móvil en la mano; Me Creo Guay, que aparenta diez años, viste como si tuviera dieciocho y siempre me parece grotesco; Lánguido, que se apoya en una farola con las greñas tapándole los ojos y los auriculares puestos, y Grandullón, que siempre va con Mejor Amiga Gorda (lo siento, mis motes no son exactamente un derroche de compasión).

Hoy llega Grandullón primero. Tiene los hombros estrechos, el culo gordo, gafas y el pelo en forma de casco. Lo tiene todo, el pobre. Entonces aparece uno al que no tengo controlado y al que llamaremos Sex Bomb. Es fibroso y moreno, tiene un bonito cuello rodeado de colgantes, le asoma la barba de tres días y los vaqueros le quedan estupendos. Llama a Grandullón por su nombre, se le acerca y se ponen a hablar de nosequé. Hace un frío que pela, pero Sex Bomb va en camiseta y se le ven unos bíceps bien formados. "Illo, ponte argo", le comenta alguien, pero él no hace ni caso.

Les miro charlar. Grandullón con los ojos tímidos y enormes asomando tras las gafas. Sex Bomb fumando tranquilo un cigarro y aplastándolo con desenfado cuando llega el autobús. Nos subimos y yo pillo el último asiento que queda libre, en el centro de la fila de atrás. Desde allí puedo ver todo el autobús y escuchar el murmullo de las conversaciones.

Miro a Grandullón y a Sex Bomb y pienso en que son dos personas con distintos envoltorios, y en cómo esos envoltorios están seguramente condicionando la vida que tienen, lo luminosa o desconcertante que está siendo su adolescencia. No sé si es justo o injusto, pero es. Un abismo entre esos dos modelos de humano. Imagino su vida futura, y me pregunto qué será de ellos.

Grandullón estudiará Informática y será virgen hasta muy tarde. Luego se pondrá a régimen y adelgazará; no será guapo, pero ganará autoestima. Cuando todos sus colegas hayan perdido la esperanza y estén debatiendo si pagarle una prostituta, Grandullón aparecerá con una novia Emo súper mona que ha conocido en un foro. Después se casarán, tendrán hijos medianamente agraciados y empezarán a pagar una hipoteca.

Sex Bomb se meterá en Publicidad, Diseño, Bellas Artes... Tendrá a las mujeres locas y practicará sexo bizarro y variado. Será un inútil emocional hasta los treinta o así, momento en que verá que se está quedando calvo y pedirá en matrimonio a la novia de entonces. También se casarán, tendrán hijos (más guapos que los de Grandullón) y empezarán a pagar una hipoteca.

No sé qué conclusión sacar. Me dan ganas de acercarme y decirles a los dos que al final la vida es más de lo mismo para todos. Que la adolescencia parece eterna, pero se acaba, y llega un momento en que te sientes increíblemente adulta y sensata, sentada en el autobús después del curro, mirando con sapiencia a los chavales y pensando "por dios, Sex Bomb, ponte un jersey, que te vas a resfriar".

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ayer fue un día muy útil. Aprendí:
1) A partir cocos.
2) A hacer enfoques selectivos con mi nueva cámara.

He aquí la prueba.



lunes, 22 de noviembre de 2010

La vida me supera (otra vez)


Ya he comentado alguna vez que mi ánimo se divide entre los días en que pienso que me puedo comer la vida y otros en que la vida se me come a mí. Hoy ha sido un día del tipo B, así que estoy cansada y desmoralizada, preguntándome qué sentido tiene todo esto, hacia dónde voy y de dónde vengo. MQEN dice que la vida sirve porque aprendes cosas. ¿Cosas para qué? Para vivir mejor. ¿Y para qué quiero vivir? Para aprender cosas. Y así, sucesivamente.

Por las mañanas cojo el autobús en el paseo marítimo. Cruzo la calle, me acerco al malecón y observo el mar, la ciudad y el amanecer tras los edificios. Es tan bonito que no se puede describir y, al mismo tiempo, cada mañana pienso que es una mierda que no pueda absorberme por completo en el cielo y el agua, porque estoy demasiado preocupada por lo que pasará cuando llegue al trabajo.

Entonces llega el autobús, me subo y miro por la ventanilla. A esa hora suelo encontrarme entre animosa y tensa. Mi trabajo es impredecible. Puedes saber qué pacientes tendrás, pero no qué te va a traer cada uno de ellos o qué clase de marrones confusos te pueden endosar tus compañeros o superiores, así que es difícil un entusiasmo sin fisuras.

Observo la playa mientras escucho en el ipod alguna canción que me haga sentir que hay vida detrás de las paredes grises del Centro de Salud Mental. Miro a las gaviotas en la orilla y a los gatos tumbados en el murete que separa el paseo de la arena y me da envidia su tranquilidad plácida. Me acuerdo de ese pasaje de la Biblia en el que Jesús decía algo así como “si Dios cuida de los pájaros del campo, ¿no va a cuidar de vosotros, que sois más importantes?”. Como razonamiento es una puta mierda, sobre todo viendo cómo se desarrollaron los hechos desde entonces para los humanos, pero reconforta en el sentido poético. Después miro a la gente que pasea o corre por la orilla. Los desocupados, o los que entran a trabajar tarde, quién sabe, y también me dan envidia por poseer un trozo de tiempo que ahora no es mío.

Odio los días como hoy, en los que la vida me parece sobre todo insatisfactoria. Aunque sepa que normalmente llegan otros en los que me parecerá bella, rica y significativa. Porque luego llegan más días en los que me vuelve a parecer insatisfactoria. Es el cuento de nunca acabar.

Hoy me lloraba una niña en consulta porque no quería separarse de su madre para pasar un test de inteligencia. Al final hemos hecho un trato. Yo ponía la alarma cinco minutos después. Su madre salía. Si cinco minutos después ella seguía llorando, llamaríamos a la madre. A los cinco minutos la alarma nos ha sorprendido a las dos pendientes de algo totalmente distinto. Por supuesto, la niña no lloraba.

Todo será cuestión de aplicarme el cuento.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Seis meses


Llegué aquí el 15 de mayo, así que hoy ya ha pasado una octava parte de mi residencia. Es una barbaridad, si tenemos en cuenta lo corto que se me ha hecho. Ya llevo seis meses trabajando, seis meses viviendo sola, seis meses en Cádiz... No sé. Es raro. Tres meses más y será un curso escolar y, sin embargo, a mí me parece que acabo de llegar.

Cádiz es... no sé, es bonita. Y alegre. Granada es como más dramática. Las callejuelas del centro, las vistas imponentes desde el Albayzín, la digna contención de la malafollá. Boabdil llorando al echarle la última mirada. La Alhambra, los ríos, la sierra, los pasadizos, el peso de la historia.

Aquí, sin embargo, no hay más que luz. Una luz blanca, casi dañina, cayendo a plomo desde el cielo sobre los tejados blancos y reflejándose en el océano. Granada exhibe su belleza, la sabe y se siente orgullosa, pero a Cádiz es como si se le escapara a chorros, como si le sobrara. Quiero decir, que en el mirador de San Nicolás la gente está sentada mirando la vista, y aquí sencillamente caminan por el paseo marítimo cada mañana, bajo unos amaneceres tan brutales que parecen retocados con Photoshop.

No sé si he escogido bien. Me gusta estar aquí, me da la sensación de que encajo, pero igual es puro sesgo postdecisional. También me gusta la gente a la que hace seis meses no conocía y que ahora forma parte de mi vida. Y me gusta mi vida, porque es la que quiero llevar. Mi trabajo, mi piso, mi Dhamma, mi paleodieta, mis lunes.

En general, creo que no está nada mal para seis meses.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El teatro y el riesgo


Ayer salí un rato con la gente del teatro. Después de arrastrarme penosamente al aulario de la Bomba para empezar el cuarto taller, resultó que la clase me gustó un montón. La chica que da el taller es fabulosa. Últimamente me pasa una cosa curiosa: que es como si además de ver el físico de la gente pudiera percibir algo más de ellos. Las vibraciones, o algo así. De forma que ahora es como si ciertas personas brillaran más de lo normal, como si se les viera una luz interior que las hace parecer hermosas.

Erika fue la que me dijo hace algún tiempo que a ella todo el mundo le parece guapo, que cada persona es guapa a su manera. No estoy segura de haber llegado aún a ese punto, pero sí es verdad que cuando se trata de la gente a la que quiero o que me parece interesante es como si su belleza interior saliera verdaderamente a la superficie y la hiciera brillar. Todo esto para contaros que la chica que da las clases de teatro no es muy guapa, pero brilla un montón, y en ese sentido es bella.

Total, que uno de los ejercicios era hacer un guión sobre un chiste. Primero pasamos un rato contando chistes y después cada uno tenía que escoger uno para proponer una forma de escenificarlo. A mí los chistes me encantan. Me río prácticamente de todos. Uno de mis mejores recuerdos con J. eran las noches en que empezábamos a contar chistes y a reírnos como idiotas. Nos daba igual que ya nos los hubiéramos contado previamente; pasábamos horas así, muertos de risa y desvelados en la cama como niños pequeños.

Para escribir guiones tampoco tengo ningún problema, porque en general tengo la mano suelta y porque creo que los diálogos no se me dan mal. Así que tendríais que haberme visto: mientras los demás mordisqueaban los bolis y pensaban cómo hacer el ejercicio, yo ya había cogido de la pared un cuadro con las instrucciones para incendios y escribía a toda velocidad apoyada sobre él.

Más tarde, mientras caminaba con una compañera en dirección a la Viña, intentaba explicarle que es que escribir es lo mío. Que no me cuesta ningún trabajo. Por eso me he apuntado a teatro, al fin y al cabo, a pesar de que reniegue en ocasiones. Porque el teatro todavía me resulta peligroso. Escribir... bueno, es un poco peligroso, pero no tanto. Escribo aquí, también escribo en mis cuadernos o en archivos que vagan por mi ordenador, y tengo tanta costumbre de ponerme frente a mí misma que ya casi nada me da miedo. El teatro sí: todavía paso vergüenza, me bloqueo y me pongo nerviosa, y eso es emocionante.

(Al final mi guión quedó guay. Monté el chiste de los presos y la silla eléctrica rota. Ya os lo contaré en alguna ocasión).

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El mal emocional

Cuando estaba en segundo de primaria me angustiaban los deberes (colorear) y no tener el archivador ordenado.

Más adelante los deberes, dejarme los libros en clase, olvidarme de la bolsa de aseo, de la flauta, de comprar el papel milimetrado.

En secundaria, olvidarme el compás, perder los rotuladores calibrados, manchar las láminas de tecnología, dejar para el final los deberes sistemáticamente.

En bachillerato, los exámenes, el musical, los chicos que me gustaban, el acné, que me creciera el pelo que me había cortado muy corto el verano anterior.

En la facultad, los trabajos, los plazos de entrega, la asistencia, las prácticas, más acné, escribir, la maldita-maldita-beca.

Ahora, los pacientes, los informes, las sesiones clínicas, mi jefe.

Sigo dejándolo todo sistemáticamente para el final.

Estoy segura de que, en realidad, todo tiene la misma importancia absurda que mi archivador de segundo o la bolsa de aseo de sexto.

Y aun así, soy incapaz de dejar de angustiarme.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El mal interpersonal


Mi vecina es fan de Bisbal. No de la música cutre en general, no: de Bisbal. Se pone los discos enteritos en bucle, la tía. Y eso me lleva a reflexionar sobre esta vida insatisfactoria, en general, y sobre la gente, en particular.

Esta tarde estaba como desanimadísima, porque por la mañana ha venido una paciente con su madre y se han puesto a regañarme por una historia que no viene al caso. Basta que escriba aquí que ver pacientes me relaja para que se pongan de acuerdo y me amarguen el lunes.

Total, que muy desanimada. Toda la hora de meditación pensando que la vida me sobrepasa y que tenía que llamar a Funes para darle la brasa sobre el tema y sobre que a mí esto del Dhamma no me funciona. Entre nosotros ese tipo de diálogos se desarrolla más o menos así:

Yo: Pepito, a mí esto del Dhamma no me sirve. Todo es impermanente menos mi sufrimiento.

Él: no, Peq... ya verás como tu sufrimiento es impermanente. Obsérvalo, que es tu verdad.

Yo: Vaya consuelo de mierda. Odio a Buda.

Él: ¡No te metas con Buda!

Y así.

Al final, sin embargo, entre el meditar (que en verdad ayuda), poner Fito mientras friego los platos y que estoy escribiendo una novela para adolescentes y me lo paso muy bien, ya no estoy tan desanimada. La vida me sigue sobrepasando pero, ¿a quién no?

Lo de la novela es curioso. Resulta que la empecé cuando tenía como diecisiete años, un verano que me aburría. Escribí como unas cuarenta páginas de estupideces, y la he retomado hace poco para trabajar algo de ficción a pesar del mortal bloqueo que tengo desde hace meses. Es como el hacer punto de la literatura: no me cuesta mucho hacerla avanzar, construir los diálogos e inventarme tontadas tipo Física o Química, y me mantiene entretenida y practicando.

Digo que es curioso porque cuando uno lee a escritores consagrados hablar de escritura, que es un tema que nos gusta mucho a los del gremio, siempre dicen cosas del tipo de “los personajes cobran vida propia y hacen lo que quieren”. Yo hasta ahora siempre había pensado que eso eran gilipolleces. ¿Cómo van a hacer lo que quieran? No son reales, salen de tu cabeza. Si no puedes controlar ni a tus personajes, apaga y vámonos.

Desde que estoy escribiendo mi novela adolescente, sin embargo, me he dado cuenta de que es cierto. Mi protagonista, que es tan divina de la muerte como quería serlo yo cuando tenía diecisiete, hace lo que le sale del mismo. Yo le había buscado un novio estupendo y se acaba de liar con su colega buenorro, la muy zorrón. No es que yo no quisiera, pero tampoco estaba en mis planes, y ahora no sé cómo arreglarlo.

En fin, que yo lo que quería decir hoy, en realidad, es que la gente es un coñazo. Convivir con ella, escucharla en consulta y hasta escribir sobre ella. Todo el mundo hace lo que le da la gana, hasta los seres inexistentes, y yo no me sé manejar ni a mí. ¿Qué hago cobrando por ser psicóloga? ¿A quién quiero engañar?

Posdata: si algún día consigo acabar mi novela adolescente (algo que dudo, porque soy una floja) seguramente la meta en un cajón por siempre jamás porque me avergonzaré de ella. Además, nadie querría publicármela si sigo transmitiendo valores terribles a nuestra juventud. Lo que quiero decir es que no me pidáis que la enseñe, que paso.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Domingo




Ha sido un fin de semana estupendo. Pilas muy recargadas hoy. Mucha soledad y tiempo para mí, algo de interacción humana, varios capítulos de la temporada nueva de Mujeres Desesperadas. He cambiado los muebles de mi cuarto de sitio y guardado la ropa de verano. Me ha dado pena doblar las camisetas y los vestidos para meterlos en una caja, porque cada vez que guardaba algo me acordaba de cuando lo he llevado durante estos meses y me daba nostalgia, por ejemplo, pensar en Luna diciéndome que le gusta mi vestido verde de cuadritos.

En cuanto a los muebles, estoy encantadísima con el resultado. He pegado la cama a la esquina, y ya no parece un cuarto de matrimonio, sino que recuerda más a cualquiera de mis habitaciones de estudiante. Más concretamente, al único año que he tenido cama grande, en el piso del Realejo de tercero de carrera. Me encantaban aquel piso y aquella cama, con sus sábanas azules con burbujas blancas. Cambiaba de lado para dormir según mi estado de ánimo. Solía pegarme a la pared si me sentía triste y quería apartarme del mundo, o colocarme en el lado de fuera para relacionarme con la realidad. Desde que llegué a Cádiz, sin embargo, duermo justo en medio de la cama, como sin dejar sitio para nadie más.

Ahora no sé si tengo sueño o estoy espabilada, si me encuentro tranquila o tengo miedo del lunes. Si a algo aspiro en esta vida, más realista que el Nirvana, es a vivir sin miedo. A sentirme segura. En general soy una persona ansiosa, y la ansiedad no es más que el nombre políticamente correcto del miedo. Me doy cuenta de que me inquieta la estructura inestable e impredecible de la vida. Percibo mi sistema nervioso en modo lucha-huida la mayor parte del tiempo, y eso me saca de quicio, porque sé que no hay nada a lo que temer.

Pero hoy, ahora mismo, sentada en la cama con el portátil sobre las rodillas, no sé cómo me siento ni cómo me encuentro. Sopla el viento de levante sobre mi cabeza, tras la ventana, y siempre que lo escucho desde la cama me lo imagino entrando en los patios y dando vueltas en círculo, tocando las casas como si fueran flautas enormes.

Si tuviera que decidir un estado de ánimo, diría que me siento agradecida. Porque en realidad hay dos actividades que me hacen dejar de tener miedo. La primera es escuchar a mis pacientes. Escucho lo que me dicen con toda mi atención, en serio, toda mi energía mental está puesta en sus palabras y en intentar averiguar la manera de ayudarles. La segunda actividad es escribir.
Así que me siento afortunada de poder practicar a menudo las actividades que me quitan el miedo. Y de que me paguen y todo por ello (bueno, por parte, que por escribir esto no creo que vea un duro nunca).

Y con esto y un bizcocho, empieza otra semana, que espero que sea mejor que la anterior y peor que la siguiente.

Buen lunes.

La magia de la vida y otras chorradas de sábado


Ayer me volví un poco loca en el Carrefour, lo admito. Es que no sólo tiene comida y bebida, sino también menaje de cocina, que es mi perdición. Y como estamos a principios de mes, me compré un machaca-ajos y un cuchillo en condiciones, que llevo ya seis meses trabajando y todavía corto las cebollas con un cuchillo de sierra. Cuando llegué a mi casa, coloqué con entusiasmo las compras y, aún con más entusiasmo, saqué mi cuchillo y me puse a cortar cosas. A cortar porque sí: el lomo embuchado, el fuet, un caqui. Después empecé a preparar la comida y seguí cortando verduras para la ensalada. Y, como es lógico, entre tanto entusiasmo me corté un dedo: más concretamente el índice de la mano izquierda.

Fue un corte superficial, pero me dio rabia. Al menos no fue en el pulgar. El pulgar me lo he cortado ya tantas veces que tengo parte de la yema deformada e hipersensibilizada al roce. Me dio rabia porque con la ilusión que traía yo con mi cuchillo nuevo, voy y me lesiono. Me acordé de uno de los relatos de "Fantasmas", de Palahniuk. En él, un personaje dice que la vida de un cocinero es una muerte lenta a base de pequeños cortes, quemaduras y golpes. Luego pensé que vaya cuchillo con carácter que he comprado, haciéndose respetar desde el primer día. Así aprenderé.

Aullé de dolor y me envolví el dedo en papel higiénico mientras maldecía en voz alta. Estaba enfadada conmigo misma, con mi torpeza y mi cuchillo nuevo. Fui al baño a buscar tiritas o algo que se le pareciera, pero no conseguía encontrar nada.

Cuando fui a cambiarme el papel por otro limpio, eché un vistazo al corte. Era pequeño y la piel no se había movido. Entonces sostuve el dedo sobre la loza blanca del lavabo mientras observaba cómo se formaban en la punta gotas de sangre roja y brillante. Es curioso darse cuenta de que estoy llena de ese líquido, que lo único que lo contiene es la fina barrera de la piel. Mi pobre piel. El otro día miraba los agujeros de las cicatrices de mis mejillas y admiraba la de veces que se ha regenerado sobre sus heridas. Ayer pensé algo parecido, mientras agradecía que los opioides hubieran acabado con el dolor y que las plaquetas se prepararan para hacer su trabajo.

Esperé quieta frente al espejo, el dedo suspendido en el aire, las gotas cayendo una a una sobre el lavabo. Me acordé de cuando tuvimos el accidente de coche, hace ya como doce o trece años. Mi hermano se mordió la lengua en el choque, y la señora que nos llevó al hospital no hacía más que decir, mientras el pobre lloraba con un pañuelo de papel contra la boca: "La sangre es muy escandalosa". Para tranquilizarnos, imagino.

Sí que es escandalosa, me dije ayer, porque habré perdido ¿cuánto? ¿Tres, cuatro, cinco mililitros? Y a pesar de ser una cantidad mínima, impresionaba el color escarlata sobre la loza blanca, y tenía que hacer esfuerzos para no marearme. No es un color cualquiera, o un líquido cualquiera. Es fácil darse cuenta de que nuestros genes están programados para que resulte una visión intensamente violenta. Me sentía culpable mirando la sangre en el lavabo, como si esa fascinación me hiciera un Jack el Destripador en potencia.

Me había propuesto esperar a que el goteo parara por sí solo. Por observar la vida en tiempo real, y esas absurdeces que se me ocurren cuando me creo que vivo en mi propia novela. Pero al final me envolví otra vez el dedo en papel. En parte, porque me moría de hambre y tenía que seguir preparando la ensalada. En parte porque, en general, mirar durante mucho tiempo lo que llevamos por dentro resulta turbador.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Instrucciones para olvidarse de alguien


Agrupar los objetos, regalos y libros lejana y cercanamente relacionados con la persona a olvidar. Buscar una bolsa de plástico, introducir dentro, cerrar con un fuerte nudo. Repetir la operación con varias bolsas de plástico y varios fuertes nudos. Arrojar a un lugar de difícil acceso, preferiblemente un pozo sin fondo o un barranco sin demasiado eco.

Seleccionar los buenos momentos, recuerdos, cualidades, imágenes agradables. Arrugar enérgicamente hasta que los bordes pinchen en los dedos. Escoger el más negro y recóndito rincón del corazón, introducir allí, suturar con cuidado e hilo hipoalergénico.

Desenterrar los malos momentos, defectos, palabras hirientes, sentimientos dolidos. Mezclar en vaso largo con una aceituna y unas gotas de limón. Beber muy frío y en ayunas al menos tres veces al día.

Prolongar la operación hasta lograr los resultados deseados, repitiendo cada paso las veces que sea necesario. Esperar cierto dolor de corazón en el lugar de la cicatriz, especialmente los días de invierno y en los cambios de estación.

martes, 2 de noviembre de 2010

Viajando

Es lunes por la noche y voy camino de la estación para coger el autobús dirección Cádiz. Hay pocas cosas que me depriman más que los regresos en autobús los domingos por la noche (cámbiese domingo por lunes festivo), y si no me harté de viajes cuando estudiaba en Granada ahora me voy a Cádiz, que está a más del doble de distancia.

Mi padre conduce como si le fuera la vida en ello o como si tuviera que apagar un incendio. “Esta parte de Málaga me deprime”, me dice mientras maniobra entre los socavones de las obras del metro. Es verdad. Las luces de neón de las cafeterías brillan detrás del pavimento levantado, y parece como si viviéramos en un mundo post-apocalíptico y decadente.

Llego a la estación, agarro mi maleta, yergo la cabeza y me voy hacia el autobús. Soy una adulta, pienso. El viernes estuve con unos compañeros de colegio tomando una tapa, y en un momento, mientras recordábamos historias de cuando éramos pequeños, uno de ellos dijo “qué niños éramos... y qué niños somos. Seguimos siendo niños, niños que pagan facturas”.

Me pregunto si hay un momento en el que una se mira al espejo y dice “coño, una mujer”. A mí todavía no me pasa. Me miro y no me veo muy distinta a cuando tenía quince, dieciséis, diecisiete años. Me creo que si me pusiera unos vaqueros anchos, una sudadera y unas zapatillas podría pasar por una de las que van al instituto que hay junto a mi casa. Cuando lo cierto es que ya a veces la gente me llama de usted, y no sólo los pacientes.

Espero a que llegue el conductor del autobús en el andén, apoyada en la máquina de agua mineral. Todo sigue brillando con una luz que me resulta siniestra, supongo que por no haberme acostumbrado todavía al cambio de hora. A mi lado pasan los estudiantes que van hacia Granada. Los andenes contienen la posibilidad del lugar a donde viajan. Ahora mismo nada me diferencia de las personas que van a otra ciudad, pero en realidad, puesto que el viaje es un trámite, es como si un abismo separara a los que esperan en el andén 24 de los que estamos en el 19. Envidio un poco a los estudiantes. Para empezar, porque su viaje dura la mitad que el mío. Para continuar, porque recuerdo la alegría privada y absurda que me invadía cuando veía aparecer Granada, posada tranquila a los pies de la Sierra.

Luego me subo al autobús y me coloco junto a una ventanilla. Miro hacia fuera, pero en realidad estoy observando mi reflejo. Veo cómo mi pecho se levanta y baja mientras respiro, y es como si fuera otra persona la que respirara, como si no reconociera la piel blanca que se mueve sobre mis músculos.

Las dos primeras horas me las paso viendo series en el mac. Después paramos en Algeciras, bajo, estiro las piernas, subo y enfilamos hacia Jerez, cruzando la sierra de los Alcornocales. En ese momento, mientras cruzas el parque natural vacío de pueblos, es cuando te parece que te alejas del mundo, que en lugar de ir a otra ciudad viajas a un territorio perdido y lejano.

La sensación de alejarse despacio es terapéutica. Ha sido un fin de semana turbulento en algunos aspectos, y volver es raro siempre, no importa la de veces que te vayas. Mientras me deslizo hacia la esquina del mapa que es Cádiz es como si sintiera alrededor el aire cada vez más limpio. Sé que es una ilusión, que en unos años Cádiz estará igual de lleno de recuerdos que todo lo demás. Ensuciar las ciudades de pasado es cuestión de tiempo. Pero ahora me gusta viajar hasta allí, parar en San Fernando y después cruzar el puente entre el océano y la bahía, seguir recto por la Avenida y llegar a Cádiz antiguo, que es como una ciudadela rodeada de mar, casi como un barco enorme. Cuando llegas allí, te bajas porque el autobús se ha quedado sin tierra que recorrer, y eso te da una reconfortante sensación de objetivo cumplido, de posibilidades agotadas.

Y cojo un taxi, llego a mi casa, la saludo, la ventilo, me lavo los dientes, paso tres pueblos de deshacer la maleta, me meto en la cama. Otro regreso. Mi vida corriendo a la misma velocidad que las ruedas del bus sobre la carretera. Y recuerdo una frase de nosequién (¿Monterroso?). Qué absurdos recipientes de tristeza somos todos.

domingo, 31 de octubre de 2010

Así que acné. La verdad es que si pudiera elegir, elegiría no haberlo tenido nunca. No me ha impedido tener una vida plena, pero me ha causado bastantes problemas. No es sólo que te veas fea todo el rato, sino que el acné (especialmente la forma quística que estaba adoptando el mío en sus últimos tiempos) duele, pica y molesta mucho. No quieres mirarte al espejo. No quieres hacerte fotos. No quieres que te toquen la cara. No quieres ponerte crema, ni maquillaje. No te compras ropa bonita, porque de qué sirve si tu cara es así de fea. En fin, que no es agradable y ojalá no hubiera tenido que pasar por eso.

Pero también he aprendido.

Para empezar, sobre el sufrimiento. Soy una psicóloga meditadora, así que el sufrimiento es mi objeto de estudio. Cuando lo ves en ti misma, cuando ves cómo tu cuerpo y tu mente te atrapan en el dolor, tienes la oportunidad de volverte más comprensiva y compasiva acerca del dolor de los demás.

Recuerdo que cuando estaba realmente mal de la piel, solía caminar por la calle y hacer listas mentales de las cosas de la vida que son peores que el acné:
- El cáncer.
- La amputación.
- La muerte de los seres queridos.
- La tortura.

Etcétera. Pero eso no hacía que me sintiera ni un poco mejor. Hoy día, de hecho, creo que si no hubiera tenido acné, seguramente mi mente habría buscado otro tema para hacerme sufrir, porque la felicidad por comparación no existe. También he comprendido cómo algo que a los demás les puede parece una chorrada para ti se convierte en un mundo. Siempre hay que respetar el dolor ajeno, y eso es útil cuando el mismo día ves a un paciente a quien se le ha muerto el hijo y a otro a quien le ha dejado la novia.

Además he aprendido que ese sufrimiento es el que motiva al cambio. Por supuesto, uno puede quedarse atrapado en la misma cantinela día tras día. En el pobrecita yo, no tengo remedio, por qué tiene que estar pasándome esto a mí, etcétera, etcétera. Pero si tienes el ánimo fuerte, es en el sufrimiento, propio y ajeno, donde encuentras el coraje para seguir. Cuando tocas fondo haces lo que sea para subir a la superficie. Cuando evitas mirarte en los espejos porque te das penita, haces lo que sea para curarte (hasta paleodieta). Cuando empiezas a tomar consciencia de tu potencial dañino, hacia ti y hacia los demás, es cuando no te queda otro remedio que trabajar duro para erradicarlo.

Me arrepiento de muchas cosas. E igual que no me gustaría haber tenido acné nunca, me gustaría también no haberme hecho nunca daño ni habérselo hecho a los demás. Preferiría ser buena por naturaleza (y calmada, reflexiva, constante y consecuente). Sin embargo, el pasado no puede borrarse. Poco puedo hacer ya por eso. El único consuelo que me queda es que es mirando atrás donde encuentro la fuerza para seguir adelante. Que es llorando las pérdidas como comprendo de forma más profunda cómo funciono y cómo puedo acercarme a la verdad.
Que mi basura es el compost para que crezcan las flores.