massobreloslunes: mayo 2013

jueves, 30 de mayo de 2013

Madrid impermeable

Vuelvo a casa después de cenar sushi con Toni. Escucho Vetusta Morla y canto todo lo alto que me permite mi sentido de la vergüenza, mientras me tapo con el paraguas y trato de ignorar este frío extraño de primavera anómala. Mi vida madrileña ha cambiado bastante desde que volví de EEUU. Rehúyo el metro, traumatizada por el transbordo entre la línea amarilla y la azul oscuro en Plaza de España. No salgo de cañas, no entreno y divido mi día entre trabajar, escribir, meditar y comunicarme de forma constante y compulsiva con P. Mientras camino sobre las baldosas mojadas, me viene a la mente que me siento impermeable. Como si esta ciudad me resbalara.

Me molesta el ojo derecho y llevo unos días con las gafas puestas; como están mal graduadas, no veo muy bien, así que bajo la cabeza y fijo la mirada un par de metros por delante de mí. Me recuerda a algo que me contó mi madre acerca de los monjes que están muy cerca de la iluminación: se supone que deben caminar mirando al suelo para no recibir nuevos estímulos que dificulten su progreso.

Yo estoy tan lejos de la iluminación como lo puede estar un ser humano y, aun así, me gusta esta mirada de monje. Después del entusiasmo inicial madrileño y posterior derrumbe y sufrimiento en el infierno de Muertelandia, he concluido que Madrid para mí no es buena ni mala; simplemente, es demasiado. Demasiada gente, demasiados bares, demasiadas tiendas. Todo podría estar bien en menor cantidad, o podría estar bien si a mí la vida me la soplara, pero soy sensible y esta sobreestimulación me agota.

Invierto mucho, ya lo sabéis todos. Invierto en general. Está bien, porque en general recibo beneficios, pero las operaciones que salen mal me dejan agotada. No es que Madrid haya salido mal. Lo que he aprendido aquí no podría haberlo aprendido en Cádiz. Pero estoy cansada de invertir. Quiero guardar mi energía y tratar por un momento de que las cosas me toquen lo justo.

Así que camino impermeable, mirando al suelo y resistiéndome a esforzarme en los dos meses que me quedan. Negándome a querer hacerme un hueco. Renunciando a todo lo que sé que no voy a vivir aquí y abriendo los brazos a todo lo que quizá sí viva. Y, sobre todo, camino intentando aproximarme a uno de los dos lados de la acera, porque tengo que practicar para recordar cómo caminas cuando no vas sola.

miércoles, 29 de mayo de 2013

domingo, 26 de mayo de 2013

Sonrisas y lágrimas

Ayer fui con mi madre a ver el musical de Sonrisas y Lágrimas. SyL fue mi película favorita durante toda la infancia; después la reemplazó Dirty Dancing, que muy probablemente va a ocupar ese lugar hasta el día de mi muerte. A no ser, claro está, que me haga mayor e, igual que Patrick Swayze vino a sustituir a Friedrich, un seductor bailarín geriátrico conquiste mi corazón.

No entiendo muy bien por qué me gustaba tanto esa peli. Además, normalmente veía sólo la primera parte: hasta que María volvía del convento para culminar su amor por el capitán Von Trapp. A partir de ahí, la historia de amor, los nazis y la huida montañosa me la traían floja. Hoy reflexionaba sobre el musical (que, por cierto, es precioso) y trataba de enumerar los componentes posiblemente responsables de mi obsesión:

1) Familia numerosa. A mí de pequeña me gustaban las familias numerosas. No entiendo por qué; no aguantaba a mi hermano, así que no sé para qué quería más. Quizá para tener alternativas. El caso es que todos esos niños juntos, organizando teatros de marionetas, canciones por el pueblo y locos bailes regionales me parecían lo más.

2) Uniformes. Yo de pequeña quería llevar uniforme. Imagino que si lo hubiera llevado, habría querido ropa normal. El caso es que para mí levantarme de la cama y no tener que pensar qué ponerme era una maravilla.

3) Desfilar. Yo qué sé. Me parecía diver. Y dar pasos al frente, y decir mi nombre, y tener institutrices. Era una niña rara. Algún día os contaré lo de querer que estallara una guerra para poder escribir sobre ella como Ana Frank y hacerme famosa.

4) El campo. Yo soy campófila. En un entorno más apropiado, habría evolucionado como montañera hasta terminar enmarronándome hasta la muerte en los Himalayas. Cuando veía SyL quería vivir en Austria, corretear por las montañas, beber leche muy espesa que me dejara bigote y tener vacas. Todo el kit.

5) La música y los bailes. Obvio. Me encanta canturrear, y me encantan los musicales porque la gente se pone a cantar a lo chalao en mitad de la calle y a todo el mundo le parece normal. También me gustan los flashmobs, y versionar temas, y todavía echo de menos La Parodia Nacional. Verídico.

6) Friedrich. Ya os lo he contado. Ese chico me ponía palota. Después evolucioné y me gustaba Rolf, y ahora, como ya confesé en su momento, me está empezando a parecer atractivo el capitan Von Trapp. Qué triste es envejecer.

Sin embargo, si pienso en las tres películas vergonzosas que me han encantado a lo largo de mi vida (SyL, DD y Sister Act 2: de vuelta al convento), el elemento común podría llamarse... no sé... evolución, supongo. Posibilidad de cambio. Porque los niños Von Trapp no cantaban y de repente cantan genial; Baby era súper torpe y luego se vuelve una bailarina sexy y experta; los chicos del instituto St. Francis eran unos macarras chungos y tras mucha práctica asombran al mundo con una versión marchosa y noventera de "Joyful, joyful".*

Lo que me gusta de SyL es la posibilidad de la magia.

Yo siempre intento vivir mi vida así, con la posibilidad de la magia a un lado, y a veces la siento crecer calentita y emocionante en el fondo del corazón y me doy cuenta de que es porque he tomado demasiado café esa mañana. Después sigo adelante y pienso que la magia es una cuestión de probabilidad y de crear el entorno apropiado, como cuando ponía semillas en algodones húmedos dentro de botes de yogur.

Ahora es curioso todo. Porque cuando alquilé el Acurrucoche en Boulder y enfilé hacia Moab con menos gasolina de la cuenta, pensaba: ¿y si conozco a un chico interesante, y se me va la olla, y cambio todo el plan, y nos vamos a escalar por ahí, y es todo como súper romántico, y después seguimos en contacto, y hacemos viajes transoceánicos, y volvemos a Utah después de veinte años para celebrar nuestro aniversario?

Luego pensaba: qué va. Yo no soy el tipo de chica al que le pasan esas cosas.

Entonces quedé para escalar con un chico de un foro y acabé muriendo de amor en Idaho. I-da-ho.

¿Moraleja? Quizá no todos estemos hechos para cantar en un coro, o quizá en nuestras próximas vacaciones no haya un profe de baile cañón que nos vaya a dar lecciones y bambú al mismo tiempo. Pero la posibilidad de la magia existe. Siempre. Aunque a veces haya que estar dispuesto a viajar hasta Utah, Idaho o cualquier otro lugar perdido de la mano de Dios** para encontrarla.

* Me sigue encantando este vídeo. Si no se os pone la piel de gallina con la introducción de Lauryn Hill, es porque estáis muertos por dentro.
** En teoría, por otra parte, Utah no es precisamente un lugar dejado de la mano de Dios.

jueves, 23 de mayo de 2013

Obsesiones

"¿Cuáles son tus obsesiones?", me pregunta P. por mail. Se está leyendo "El gozo de escribir", y es el tipo de persona que hace las tareas de cada capítulo a medida que avanza. Le contesto que primero quiero saber las suyas. Me las manda, así que no me queda más remedio que hacer los deberes.

Se supone que las obsesiones son aquello que se filtra a través de lo que escribimos. Que vuelve una y otra vez y que está lleno de energía. Doy un repaso a las etiquetas del blog y a los relatos de ficción. Reflexiono sobre los programas que emite mi cadena mental a lo largo del día. No tengo claro si distingo bien entre gustos y obsesiones, entre intereses y obsesiones, pero aun así lo intento. Empiezo a escribir sin pensar demasiado y lo intento.

Me obsesiona escribir. Escribo todos los días. Me obsesiona hacerlo bien y encontrar la forma de utilizarlo para profundizar en mi cerebro y en las vidas de los demás.

Me obsesiona la psicoterapia. Hoy un párrafo de Mahoney sobre la profesión de psicoterapeuta ha hecho que se me saltaran las lágrimas. Hablaba de tocar a los demás y de dejar que te toquen, y del peso silencioso que uno lleva sobre sus hombros si se dedica profesionalmente a esto.

Me obsesiona el amor, o la posibilidad del amor, o la plausibilidad de la monogamia. ¿Por qué? Imagino que porque es una bonita promesa. Un Eldorado apetecible. Hace poco estuve pensando que igual la solución para mi efecto apio, a saber: mi capacidad para enamorarme de casi cualquier ser vivo, eran las relaciones abiertas, o el poliamor, o llámalo X. Dejando de lado lo que me cuesta encontrar siquiera a uno, claro. Pero en realidad no creo mucho en eso. Punto uno, porque me ocuparía demasiado tiempo y esfuerzo, y bastante tengo ya con lo mío. Punto dos, porque esto del amor a mí me recuerda un poco a las excursiones del colegio: cuando te cogías de la mano con alguien y era tu responsabilidad no soltar a esa persona, y él o ella se comprometía a no soltarte a ti. Somos muchos. Si unos nos encargamos de otros en grupitos de a dos, quizá la cosa sea menos complicada.

Aun así, insisto, me parece que el amor es una promesa ilusoria. Una de esas cosas que huelen mejor de lo que saben. Estoy leyendo sobre recompensa alimentaria para Psicosupervivencia, y me llama la atención que el concepto de recompensa no tiene que ver con que algo te guste o no: tiene que ver con hasta qué punto te sientes motivado para ir a buscar lo mismo una y otra vez.

Como si el cerebro fuera incapaz de olvidar que la primera vez tampoco fue suficiente.

Me obsesiona mi piel, aunque ahora no, porque está estupenda. He recuperado mi cuello y mis mandíbulas y, sobre todo, el montón de espacio mental que hace unos meses dedicaba al acné. Pero sé que la obsesión desaparece cuando desaparece la causa, y que si mañana me levantara con la cara cubierta de granos, volvería a hacerme la vida imposible exactamente igual que antes.

Me obsesiona la alimentación, y comer, y estar bien nutrida, y que la comida sepa rica, y comer cuando me aburro, y preparar cosas para gente, y simplificar la comida, y comer lo mismo muchos días, o comer distinto cada día, y los macronutrientes, y los micronutrientes. Me obsesiona averiguar por qué comemos más de lo que debemos, o por qué la idea de privarme de algo para siempre me hace tener ganas de arrancarme los ojos. Igual que con el amor, me obsesiona la promesa de una vida mejor a través de una dieta mejor.

Me obsesiona la utilidad. Me obsesiona que los cambios se vean, y el concepto de cambio, y el concepto de posibilidad, y aprovechar bien mi tiempo y el de los demás.

Me obsesiona mirar las cosas. Me obsesionan los detalles y la certeza de que, por mucho que viva, la inmensa mayoría de este mundo se me va a escapar.

Me obsesionan las historias, las novelas, las buenas series de televisión, lo que me cuentan mis pacientes.

Me obsesiona la idea de progresar espiritualmente, entendiéndolo como un todo: la práctica y la ética. Me obsesiona ser capaz de meditar y desarrollar una mente firme. Me obsesiona, de hecho, la idea de fortaleza.

Me obsesiona la preocupación de morir sola y ser comida por los perros.

Me obsesiona comunicar y contactar. Me obsesiona abrirme hasta límites absurdos.

Me obsesiona evitar a toda costa construir una familia disfuncional, incluso si eso significa evitar a toda costa construir una familia. Me obsesiona la idea de no esparcir mi sufrimiento por el mundo. Me obsesiona la inocuidad.

Me obsesiona la escalada. Me obsesiona la posibilidad de poder pasar una época de mi vida escalando todos los días. Me obsesiona la fortaleza mental necesaria para seguir adelante, arriba, arriba, siempre arriba, y también el inmenso mundo que se me ha abierto desde que empecé a tocar la roca.

Me obsesionan las caras de la gente. Los retratos a lápiz, las fotografías de rostros, las descripciones y las miradas en el metro. Me obsesionan los nombres.

Me obsesiona la voluntad de construir una vida que sea mía y que nazca de la autenticidad. Me obsesiona evitar cumplir con los plazos fijos del ciclo vital estándar. Me obsesiona irme.

Me obsesionan, en menor medida, la infancia, la infidelidad, los recuerdos, el sexo. Granada, Cádiz, el chocolate. La locura, el cubo de Rubik, tirar a la basura lo que no sirve, las recetas de repostería desde un punto de vista teórico, las máquinas de escribir antiguas, la certeza de que voy a morirme, las siestas,  terminar las comidas con algo dulce, el olor de los colegios, las tazas bonitas, Estados Unidos, mi ex novio J., los baños calientes y la certeza de que todo podría ir peor todo el rato.

Me obsesiona este blog, siempre.

martes, 21 de mayo de 2013

Entre el jetlag y la nostalgia

Lo peor no es no estar de vacaciones. Ni siquiera no estar en USA o estar dramáticamente lejos de P. Lo peor es la sensación de que lo bueno de la vida, el relax, la fluidez y la alegría van a ser siempre sólo temporales; que lo normal, lo natural y lo que nos corresponde son los días llenos de momentos que no es que te disgusten, pero que tampoco elegirías si tuvieras opción.

Mañana empiezo rotación nueva. ¡Adiós, Muertelandia! Esta vez se trata de un hospital de día para pacientes con diagnóstico de psicosis (esquizofrenia y similares) que, por lo que me han contado, emplea un abordaje medio jipi-alternativo del trastorno que puede resultar interesante.

El tema no es el dispositivo. El tema es que es la octava rotación que empiezo en el PIR y me da mucha pereza repetirlo todo: presentarte, aprenderte los nombres de la gente, saber a qué hora se desayuna, localizar a la administrativa apañada que te va a resolver todos los marrones y a la torpe que la liará siempre. Entender qué esperan de ti, intentar hacer lo que crees que está bien, descubrir si será posible y escurrirte silenciosamente entre las grietas que deja el sistema. Conocer y querer a pacientes nuevos.

Espera, repite:

Conocer y querer a pacientes nuevos.

Va, que se me olvida. Se me olvida mi factor apio y mi capacidad de encariñarme con casi todo. Conoceré y querré a pacientes, y también a facultativos, y quizá termine llevándole un trozo de brownie el último día a mi auxiliar favorita, que está en otra planta. Me reiré de los jefes, me solidarizaré con los residentes y espero aprender algo útil. Seguro que no es tan malo.

Lo que pasa es que después de mucho tiempo en que no sabía dónde querría estar si me lo preguntaran, hoy sí lo sé. En una cama king size de un motel de Moab, tecleando en la pantalla del bicho ipadero mientras miro cómo te afeitas por el rabillo del ojo. Cómo te miras a tus propios ojos en el espejo, te acercas, examinas el resultado entrecerrando los párpados y te alejas de nuevo. Hay algo muy decidido en ese gesto que no sé si me enternece o directamente me pone. En cualquier caso, quiero estar ahí, entre las sábanas tiesas, con una camiseta de tirantes y las gafas puestas, bebiendo descafeinado repugnante sólo porque me encanta que haya una máquina en la habitación. Esperando a que vengas oliendo a after-shave para morder risueña tu cara de niño. Con un colchón vacío de obligaciones que se extienda lo bastante alrededor de nosotros como para hacer que nos sintamos seguros.

Frente a eso, es complicado mirar el lado positivo de según qué cosas.

(Pero estamos trabajando en ello, bicho. Estamos trabajando en ello).

domingo, 19 de mayo de 2013

CACP, X: Despedida

Así que se acaba esta aventura desquiciada de escalada y pereza. El miércoles hice bloque en otro gigantesco rocódromo de aquí, el jueves algo de clásica en Eldorado Canyon y ayer todo un día de apretar en vías de deportiva a diez minutos de Boulder. Hoy me duele todo el cuerpo, así que sentada en "The Cup", una cafetería intelectual y carísima en Pearl Street, pienso en todas estas cosas que seguirán sin mí cuando yo me vaya. ¿Qué hago, entonces, con todo lo que he aprendido estos días?

Que cuando llegas a cualquier sitio hay que preguntar cómo estás ("How are you doing?") y responder que estás bien, genial, de puta madre. Y que sólo cuando se ha completado esa transacción de interés verdadero o fingido empieza la transacción económica, o de información, o de servicios.

Que existen muchas formas de escalar. Que si aprietas demasiado un cam te será imposible sacarlo de la fisura, y que un stopper, o como quiera que se diga en castellano, tiene que tocar la mayor parte posible de la pared para aguantar tu peso si te caes. Que rapelar es mejor para el material del descuelgue, que los gemelos duelen cuando estás parado probando cacharros, que a las paredes de granito las carga el diablo.

Que los coches automáticos tienen una posición de parking y otra de neutro. Que salvo prohibición expresa, se puede girar en U en las carreteras y que, a ser posible, ese giro se realizará con un entusiasmado grito de "yay, u-turn!". Que una milla son uno con seis kilómetros, que dos personas son alta ocupación para un vehículo y tienen derecho a un carril especial, y que sin duda tú y yo y el material de escalada somos alta ocupación para un diminuto Cinquecento.

Que se puede comprar un plátano en cualquier gasolinera, que lo orgánico es tendencia en el Salvaje Oeste, que el relleno gratuito de la taza de café es amor. Que en Idaho los restaurantes cierran a las nueve, así que más nos vale elegir entre escalar hasta que oscurezca o cenar en un sitio bonito por mi cumpleaños. Que andar en Denver a diez metros del downtown te convierte en un alien. Que la propina no es un derecho, sino un deber.

Que sigo siendo más pequeña y más grande de lo que había pensado. Que es altamente recomendable entrar en Utah con el depósito lleno de gasolina. Que en los campings puedes hacer fuego, siempre y cuando sea dentro del anillo de metal de la parcela, y que el secreto para asar bien una nube de azúcar es la paciencia. Que si resisto el miedo y me quedo a tu lado, en mi estómago empiezan a pasar cosas extrañas. Que hay formas valientes y decididas de vivir la vida, y que el éxito se mide inventando constelaciones bajo el cielo nublado del desierto.

Estoy aquí sentada, como os decía, y me pregunto qué se hace con todo eso. Me pregunto qué voy a hacer dentro de dos días, cuando esté sentada en mi piso de Madrid y observe mi mochila a mis pies sin ganas de hacer la colada. Supongo que trataré de atajar el jetlag alternando somníferos y cafeína, y que me obligaré a hacer una compra decente y a renovar el abono transporte. Colgaré algunas fotos, miraré algunos vídeos, añadiré canciones a mis listas del Spotify y escribiré la enésima lista de propósitos. Y supongo que después, con los ojos como platos en mi cama de matrimonio, pensaré en este país que sigue sin mí, y que tiene tantas luces y sombras como intuía desde la distancia, e intentaré distinguir las semillas que pueden arraigar y las que es mejor dejar que se lleve el viento.

jueves, 16 de mayo de 2013

CACP, IX: El elefante en la habitación.

Estoy sentada en un Starbucks en Boulder, cerca del centro comercial de la 28. Mucho ha ocurrido desde la última vez que vine aquí. Cuando esta mañana Alannah, la empleada de la agencia de coches, ha dicho en voz alta la cifra del cuenta millas del Fiat que había alquilado, me he quedado asombrada. Casi dos mil desde que salí de Boulder, lo que equivale a tres mil doscientos de los antiguos kilómetros. Habría podido cruzar España tres veces.

Ahora estoy aquí sentada y no sé qué escribir. Verídico. Tiene cierta gracia que lo de abrazar el celibato en EEUU haya salido fatal, y quizá no sé cómo escribir porque estoy temiéndome hordas de "te lo dije". Te dije que tenías que relajarte, te dije que aparecería cuando menos te lo esperaras, etc., etc. Personalmente, creo que eso no es más que una sarta de chorradas. No creo que un extremadamente sensible sistema de detección de justicia universal se haya dado cuenta de que yo estaba lista para el amor desapegado y me haya mandado a alguien. Creo que decidir aterrizar en Moab a la vez que P., quedar con él para escalar y pasar los últimos siete días sonriendo como una idiota es una cuestión de pura casualidad.

Una casualidad estupenda, por otra parte.

Ahora me pregunto cómo escribir sobre esto. Es más: me pregunto si escribir sobre esto, porque es tan sano que no sé si tiene gracia desde el punto de vista literario. P. es la persona más normal y más extraordinaria que he conocido en mucho tiempo, así que estos días juntos han sido al mismo tiempo extraordinarios y normales. Millas y millas juntos a lomos de un Cinquecento que, francamente, si pudiera hablar tendría mucho que contarle a un psicólogo para coches. Decenas de cafés aguados con crema de vainilla. El suelo de una tienda, la cama de un hotel, una ducha, una piscina, un jaccuzzi al aire libre. Bolsas de frutos secos, bagels con mantequilla de cacahuete, un italiano, un mexicano, un chino. Escalar, hablar, caminar, hablar, comprar recuerdos, mirar libros, hablar.

En todo ese proceso, nos hemos comportado como auténticos idiotas. Lo que nosotros creíamos que era un fluir de romanticismo y momentos especiales, el resto del mundo debía de verlo como dos seres con el coeficiente intelectual por los suelos y las manos demasiado largas.

Por otra parte, y pese a lo que pueda parecer leyendo este blog, yo nunca he creído que hubiera mayor secreto. En serio. Conoces a alguien que te gusta y a quien le gustas tú, lo demostráis lo antes posible y después pasáis mucho tiempo juntos porque es divertido y porque, a estas alturas, ¿quién quiere atrasar las cosas? ¿Qué necesidad hay de hacerse el difícil cuando sospechas, como yo sospecho ahora, que tu vida junto a esa persona puede ser bastante mejor que tu vida sola?

¿Es esto el principio de algo? Sinceramente, creo que sí. Lo creo con una confianza preocupante. Porque se puede y, al parecer, se quiere (yo quiero, él quiere, nadie tiene miedo de que el otro le arranque la cabeza como a una mantis, etc. etc.). Lo que pasa es que esto es como contar el argumento de una historia. Así en frío suena estúpido. Lo iré desvelando con el tiempo.

De momento, os lo puedo ir presentando.

Es argentino, así que quizá, pero sólo quizá, la expresión "pelotudo/a" comience a aparecer en este blog con frecuencia. Por ejemplo: "cuando hablo con él, sonrío como una pelotuda".

Tiene los ojos azules, con motitas marrones sólo en el derecho. ¿Es un alien? Quizá.

Trata muy bien a todo el mundo, incluyendo a camareros, dependientes, etc. Es lo que se conoce como ridículamente amable.

Corre, escala, sube montes y se ríe como un niño.

Está MUY seguro de sí mismo y camina por la vida con paso confiado. Es admirable y humilde. Es fuerte por dentro y por fuera.

Le gustan los animales, le gusta la gente, le gusto yo. Cuando hablo, escucha.

Y cre que hasta aquí puedo leer sin sentir que traiciono su privacidad y esas cosas que en general me importan un carajo. ¡Qué fuerte! Me gusta nivel respetar su (nuestra) intimidad xD

Seguiré en breve contando cosas de Moab, de Idaho y de mi vuelta a Boulder. Pero de momento, era necesario hablar del elefante en la habitación.

Es un elefante lindísimo.

Seguiremos informando.

sábado, 11 de mayo de 2013

28

Un día estás pasando frío en Colorado, durmiendo sola en una tienda enorme y antigua.
Una semana después estás en Idaho, en una tienda ultraligera North Face y la mar de calentita.

La vida es curiosa.

Feliz cumple, yo.

jueves, 9 de mayo de 2013

Utah locamente bonita. Stop. Roca mojada, imposible escalar. Stop. Voy para Idaho a trepar con gente maja. Stop. Seguiré informando. Se os quiere.

martes, 7 de mayo de 2013

CACP, VIII: Frío

Deben de ser alrededor de las doce de la noche en Shelf Road, una escuela de escalada cerca de Canyon City, Colorado. Yo estoy en una tienda de campaña bajo varias capas de ropa y un saco de dormir y, por primera vez en mi vida, lloro de frío. No mucho; apenas unas lágrimas que me apresuro a contener, porque están heladas. Tampoco hace tanto frío. Imagino que andaremos por los dos o tres grados bajo cero en el exterior. El problema es que estoy sola aquí dentro, que quedan muchas horas para que amanezca y que yo (y esto es lo más importante) no sé que más puedo hacer para librarme de este frío. Me he frotado los dedos de los pies y de las manos, me he quitado ropa, me he puesto ropa y me he agitado vigorosamente bajo el saco. Y ahora, en esta oscuridad, no se me ocurren más opciones, y supongo que es por eso por lo que lloro.

"That's traveling", me dijo Peggy el miércoles, cuando le expliqué que había pasado media hora bajo la nieve de Denver. Supongo que este frío también es viajar. Y escalar, que en teoría es lo que haremos mañana, en cuanto asome el bendito sol y hayamos consumido nuestras raciones de café y copos de avena. Pero hay algo diferente en este momento concreto. Cierta desesperación, cierta parálisis. No puedo evitar recordar a Quevedo en "El caballero de las espuelas de oro": no me dejes para siempre con esta soledad y con este frío.

Pienso en ti, entonces. Pienso en el qué habría sido si y me traslado a este mismo momento en una realidad paralela en la que sigo contigo. Llevo mechas, seguro, y un corte de pelo decente, en lugar de estas greñas que crecen a infravelocidad sobre mis hombros. Tú te cortas a menudo el pelo canoso y te repasas la barba con las tijeras de las uñas para estar decente en el curro. Vivimos en Málaga, digo yo, y nuestros padres están muy felices por la forma extremadamente justa en que dividimos nuestros domingos para comer con ellos. Nos casamos hace ya un año, o quizá dos, y nuestras fotos de boda (eres demasiado joven, dijo mi padre, aunque se le ve orgulloso acompañándome hasta la mesa del juez) reposan contentas sobre el mueble del recibidor.

Nuestro piso es pequeño, pero bonito. Algo de IKEA, me temo, y algo de los trastos que tu síndrome de Diógenes y tú vais rescatando de mercadillos de ocasión y casas abandonadas. Hemos cubierto las paredes con poemas y la nevera con los imanes de los viajes que hacemos cada año. Primavera en París. Puente largo en Amsterdam. Quincena de verano en San Francisco.

Nos despertamos juntos, nos duchamos por turnos, preparamos cereales para dos y café cargado. Yo como sola a las tres y me acerco al gimnasio a hacer zumba. Tú apareces por la noche, cansado pero animoso, y hablamos de trabajo y de posibilidades mientras cenamos. De montar un negocio loco o dedicarnos a escribir. De irnos del país. Pero no nos vamos.

Cenamos fuera una vez por semana, vamos al cine una vez por semana, invitamos a amigos una vez por semana. Cocinamos algo con reducción de vinagre balsámico y hablamos de libros, de discos y de actualidad política. De vez en cuando cogemos el coche y las botas Quechua y hacemos alguna ruta por los alrededores. La Sierra de las Nieves, la Axarquía, la Alpujarra incluso. Me gusta ponerte la mano en el muslo mientras conduces, y me gusta cuando paramos a comer, y vas al baño, y vuelves del baño y te diriges a mi mesa. Después de cada excursión, descargo las fotos al ordenador y abro un nuevo álbum en Facebook.

Estoy preocupada por mi futuro laboral, y tú estás preocupado por el tuyo. Empecé mi tesis hace unos meses para ganar puntos en la bolsa, y por las noches, mientras yo trabajo en el ordenador, tú sacas adelante proyectos freelance y piensas en nombres para un estudio. Hacemos cuentas cada cierto tiempo a ver si me puedo quedar ya embarazada, y nos preguntamos si es mejor antes de que acabe la residencia, para aprovechar la baja. Seguimos usando condones y dormimos abrazados la mayoría de las noches.

Y mientas intento calcular a cuántos grados más estaría el aire de esta tienda si tú estuvieras a mi lado, no puedo evitar reírme en silencio de mí misma. Porque anhelo la seguridad de tu nombre junto al mío como si en realidad la deseara. Y porque pienso en estas cosas como si fueran posibles. Como si tú, o yo, o los dos, hubiéramos tenido alguna vez una oportunidad.

Cuando la realidad es que nunca la tuvimos.

viernes, 3 de mayo de 2013

CACP VII: Vidalandia

Decía John en Denver que, después de vivir muchos años en Boulder, había decidido marcharse porque le parecía que los boulderitas vivían apartados de la realidad. "Es como una burbuja", explicaba. Le llamó la atención que yo hubiera llegado a la misma conclusión en menos de veinticuatro horas.

Aun así, el miércoles admito que me alegro de estar otra vez aquí mientras camino bajo la nieve en dirección al meeting couchsurfero. Caminar me convierte en un bicho igual de raro que en Denver, pero las monísimas casitas bajas con las Rocosas al fondo parecen menos hostiles.

El meeting couchsurfero es básicamente una excusa para que la gente que vive aquí y está en Couchsurfing se junte una vez por semana a tomar margaritas. Yo soy la única que está viajando y que no es americana. Aun así, me siento bastante orgullosa porque lo entiendo casi todo, e incluso hago un par de chistes. Me preguntan sesenta veces que de dónde soy, qué hago aquí y qué grado escalo. Incluso se organiza de repente un pequeño foro sobre la siesta: cinco yanquis que me miran con suma atención intentando enterarse de qué va eso de dormir en mitad del día.

Cuando termina el meeting, me han ofrecido pases gratis para el roco, planes de escalada variados e incluso un road trip hacia Seattle. Aquí escalar es como jugar al fútbol en España; aunque nadie sea un crack, todos pueden quedar para echar una pachanga. Enseguida me encuentro hablando de los mismos temas que en España: que si el miedo, que si las caídas, que si los tipos de roca.

Al día siguiente, de hecho, mientras camino feliz bajo el sol de Boulder observando cómo se derrite la nieve, pienso que no creo que vuelva a hacer turismo "normal" nunca más. Esto es como la furgo: no creo que haya vuelta atrás, al menos mientras el cuerpo aguante. Nunca me ha gustado demasiado el consumismo viajero de metabolizar museos, edificios y ciudades, de comprar y comer y comer y comprar y sacarse muchas fotos delante de todo. Esto es distinto: viajas para hacer cosas, y tienes acceso a una parte distinta de la vida.

Estoy motivada a morir, lo confieso, y es un rollo, porque aún hay nieve y no podremos salir a la roca en unos días. Después de hacer compras en la zona comercial de la calle 29 y de tomarme mi par de cafés de rigor, camino hasta Movement para entrenar un rato con Pablo y Jenna. Decidimos que mañana iremos de acampada a Shelf Road, una zona de escalada a unas tres horas de Boulder. Hacemos cincuenta millones de vías y terminamos con los antebrazos para partir nueces, y luego nos vamos a tomar hamburguesas al centro. Pero no estamos hablando de hamburguesitas a un euro de McDonalds, nonono, sino de enormes trozos de vaca sangrante (perdona, Marina vegetariana del pasado) que hay que hacer un considerable esfuerzo para levantar del plato.

De vuelta a casa, mientras me quedo grogui en el jacuzzi junto a la nieve, Pablo me pregunta si me alegro de haber venido. "Uy, qué va - digo yo, con los ojos cerrados -. Esto es horrible. Ojalá me hubiera quedado en Madrid, haciendo dos horas de metro al día y sentada frente al hospital, mirándolo fijamente."

Después, tumbada en mi colchón hinchable, se me ocurre que no deja de ser apropiado haber ido a parar a Boulder, esta burbuja de gente guapa en mitad del lejano Oeste. Es verdad que está algo desconectado de la realidad, y también que la vida no consta sólo de escalada, sol sobre la nieve y alegres "how’s your day going?", pero también es verdad que después de estos meses en Muertelandia, pensando que el mundo era un erial de enfermedad y dolor, está bien compensar con esta alegría increíble.

Ya os contaré el domingo cómo va el finde, que intuyo que va a ser un no parar de sufrir: que si escalar, que si hacer fuego, que si escalar más, que si mirar las estrellas... Mi vida es, como diría mi colega Juanjo, ultradura.

Por cierto, que gracias a la infinita amabilidad couchsurfera se van perfilando los planes de mi road trip. No obstante, al más puro estilo del SSHP, lo iré contando a medida que vaya sucediendo, que así tiene más emoción y no dejáis de leerme para iros con otros/as.

Cuidaos infinitamente. Se os aprecia.







jueves, 2 de mayo de 2013

CACP VI: gatos, nieve y adorables paleogurús

Me levanto con la sensación de haber dormido muy profundamente en el sótano de John. Es el típico sótano de descuartizar, con escaleras empinadas y luz temblorosa, pero John, que tiene la cocina llena de tomate biológico y un gato persa de cinco kilos llamado Momo, no tiene pinta de descuartizar a nadie. A través de la ventana de la cocina se ve el patio cubierto por una gruesa capa de nieve; las previsiones no mentían, y aunque antes de ayer casi me quemo paseando por Boulder, hoy esto parece una escena navideña.

Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.

Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.

La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.

Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.

De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.

Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.

Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.

De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.

Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.

En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.

See you soon, guys ;)





miércoles, 1 de mayo de 2013

CACP V: Cosas que hacer en Denver cuando estás vivo

Es la una del mediodía y estoy en un Starbucks de Denver, cerca de la estación de autobuses. Acabo de tomarme un descafeinado y una galleta de chocolate, con una absoluta falta de respeto hacia los horarios de comida americanos o españoles.

Estoy rara hoy. He venido a Denver porque, a pesar del espléndido día que hacía ayer en Boulder, hoy quizá llueva y mañana nevará; nada de trepar, entonces. Así que he quedado con Peggy, de The Primal Parent, y me he venido para acá a ver la ciudad y a hacer un poco de groupie bloguera. En un rato voy a quedar con Jeremy, otro couchsurfer con pinta de majete, para que me enseñe el centro.

Ayer pasé toda la mañana dando vueltas por Boulder. Boulder es... cómo lo diría... Tan mono que da un poco de miedo. Todo está cuidado, la gente es guapa y joven, hay miles de tiendas modernas, y cafés modernos, y restaurantes modernos. La gente en las tiendas, cafés, bares y demás te saluda con un "cómo estás, qué tal llevas tu día", que consiguen hacer sonar auténticamente amable. Todo el mundo me pregunta de dónde soy, cuánto tiempo voy a quedarme, y me aseguran que les encanta España y que se mueren de ganas de ir allí. Curiosamente, igual que esto nos suena como una exótica meca de la escalada a nosotros, a ellos España les suena igualmente exótico y deseable en lo que se refiere a roca. Cuando les digo que vengo desde allí para escalar, no sé si se imaginarán que soy una celebridad a pequeña escala que está aquí de turismo roquero.

Después estuve entrenando con Pablo en Movement, un gigantesco rocódromo al que van los famosos. Y con famosos quiero decir Lynn Hill. Que quede claro que estoy haciendo un enorme esfuerzo para no sentarme como una chalada en la puerta del roco a esperar a que vaya a entrenar y que me firme la magnesera. Si conozco a Lynn Hill en persona, igual me desmayo. Pablo y yo hicimos cinco millones de vías y después pasamos por el súper a reponer provisiones. Los supermercados aquí son una locura. Una especie de canto a la libertad de elección. El señor Hacendado lloraría de humillación al pasear por estas estanterías con dieciocho millones de tipos de TODO. A mí no sé si eso me gusta o me aberra; los supermercados me encantan tanto que si viviera aquí creo que podría echar una tarde entera para hacer la compra de la semana.

Imagino que todavía tengo que pasar más tiempo en EEUU (y ver más lugares) para hacerme una idea más o menos clara de lo que hay. Pero en Boulder mi sensación es un poco que la gente está apartada de la realidad, en un bonito mundo feliz de deportes de montaña y comida orgánica. Lo cual no tiene por qué ser necesariamente malo, que conste, pero sí me sabe a un presente sólo a medias, desconcertantemente plano. Es lo que tiene trabajar en Salud Mental en general y en Muertelandia en particular, además de pasar unos meses en Madriz: te empiezas a creer que la realidad es una cosa atestada y amenazante, y este microcosmos boulderita de calles anchas te da un poco de miedo.

En el ámbito de las malas noticias, mi Bicho Ipadero no acepta tarjetas SIM americanas, así que no voy a estar tan comunicada con el mundo como me gustaría. Lo que, por otra parte, quizá no sea una mala noticia. Ya tengo teléfono americano, sin embargo, y además es un antiguo nokia de estos que no tienes que cargar cada seis horas (¡qué sensación!).

Esta mañana, como ya he dicho, me encuentro rara. Desasosegada. Me he dejado la tarjeta de crédito en Boulder. La parte buena es que no la he perdido, así que no tendré que cancelarla y liarla parda. Creo que quizá el problema tiene que ver con la muerte neuronal que estaba experimentando en Madrid. Quizá sigue su proceso. Por una parte, aquí Madrid, Muertelandia y todas mis angustias de los últimos meses parecen pertenecer a otra vida. Por supuesto; a eso me refería con la Dimensión Desconocida. Pero hay algo aún (cierta tensión, cierto atontamiento) que no ha desaparecido, y que me aturde mientras trato de entender de qué va esto de los USA.

Ya me vais conociendo. Necesito arraigar en los sitios, aunque sea un poquito. Me pregunto si me dará tiempo a arraigar en la Dimensión Desconocida, o si es un proyecto demasiado ambicioso incluso para mí.

He de hacer un break. Jeremy, uno de mis anfitriones couchsurferos, viene para acá a tomar un café. Seguiré contando luego.

Jeremy aparece por una esquina del Starbucks en bermudas, camiseta y chanclas. Me pregunto cómo se las apañan los guiris para parecer guiris incluso en su propio país. En cualquier caso, las diferencias culturales empiezan enseguida. Si un europeo te dice que vais a tomar un café y que luego te enseñará su ciudad, tú esperas que se siente a tomar un café y después deis un paseo juntos. Si un americano te dice lo mismo, os tomaréis el café en el coche mientras conducís por la ciudad.

Jeremy habla rapidísimo. Enseguida me recuerda a la versión americana de Joaco, el asturiano: mismo entusiasmo anfetamínico, misma amabilidad desmedida. Por suerte para mis celivibraciones, no está ni la mitad de bueno. Me lleva por la ciudad enseñándome edificios modernos y estatuas de animales gigantes. Me dice que haga fotos a los animales gigantes o, todavía mejor, que él me hará fotos con los animales gigantes.

Es adorablemente naïve. Me explica que, como ahora mismo no tiene trabajo, se dedica a mirar la página de Couchsurfing una vez a la semana y a buscar a gente a la que alojar y enseñar la ciudad. Me lleva a la casa de una de las supervivientes del Titanic: la Insumergible Molly Brown. Me encanta ese apodo; me encantaría ser la Insumergible Marina Lunes. Jeremy me explica que es capaz de intuir las personalidades de la gente y enseñarles lo que piensa que va a gustarles más. Por alguna extraña razón, decide que yo soy una persona de casas, así que me lleva a la periferia de la ciudad a enseñarme chalets gigantescos. "Son casas con personalidad - me explica -. No son antiguas ni nada, pero es divertido mirarlas".

Después me pregunta si quiero algo para comer. Yo no he almorzado, así que me parece bien. Me explica que va a llevarme a comer algo "realmente americano", y cuando me quiero dar cuenta estoy delante de algo llamado toats: unas bolitas de patata con queso azul y salsa barbacoa, envueltas en harina, fritas en vete a saber qué y mojadas en nosequé otra cosa. "Y ponles ketchup", me dice. Yo me estoy divirtiendo bastante, aunque siento cómo cada una de las pelotitas agujerea ferozmente mi estómago. Jeremy se excusa: "yo no vendría aquí normalmente, pero es muy americano". Después me hace una foto con una especie de croquetas de perrito caliente que también ha pedido.

De camino a su casa me pone en el reproductor a un grupo de Denver, los Lumineers. Le explico que no los conozco porque soy una inculta musical y una basurilla, pero que eso no quiere decir que no sean famosos en Europa. Llegamos a su casa, donde ha quedado con una amiga para ir a ver jugar los play-offs a los Nuggets de Denver. Los dos están emocionadísimos. Se toman dos o tres chupitos de whiskey de canela (verídico) y después caminamos hacia el estadio mientras comparten una bebida energética con cafeína, ginseng y (al loro) un montón de vitamina B. La amiga, Emily, habla a la misma velocidad que Jeremy, y es alta, flaca y tan decididamente amistosa como todos los demás jóvenes coloradenses que he conocido hasta ahora.

Jeremy me ofrece coger un autobús para llegar al centro, que está a cuatro calles (literalmente). Este chico es tan inocente en su personificación del tópico que dan ganas de darle abrazos. Y me siento un poco así como vieja y europea, con ganas de decirle: siglos de historia me contemplan, chaval, y aquí estás tú, con tus animales gigantes, tus bolitas de patata y tu fobia al pasear. Pero mola. Me ha molado esta tarde, en serio, aunque sólo sea porque los Lumineers son awesome.

Ahora estoy otra vez en el Starbucks, que se está convirtiendo en algo así como mi nave nodriza en Denver. Escucho a los Lumineers en bucle y escribo, mientras examino mi extraño estado interior. Me está faltando algo estos días y no se qué es. Cierta pertenencia, supongo. Cierto no terminar de hacerme una idea de dónde estoy. A veces pienso que soy bastante más lenta que la mayoría de la gente para adaptarme a los sitios. Por otra parte, quizá viajar no se trata de adaptarse, y quizá por eso me resulta complicado. No me gusta limitarme a ver cuatro museos, hacer fotos y absorber información. Yo quiero enterarme. Me gusta saber cómo vive la gente y qué cosas les importan.

Denver, en cualquier caso, tiene una vibración amable. Un poco más real que Boulder, no sé si me explico. Un sitio como muy... No sé. Muy Normal. Si es que eso tiene algún sentido. Hasta ahora, Denver es un poco como los Lumineers.

Esta noche me quedo en casa de John, otro couchsurfer que medita Vipassana y que al menos no parece pertenecer al conjunto de denverinos borrachuzos con los que me he topado hasta ahora. Mi plan es vagabundear un rato y después cenar algo en alguna cafetería mientras leo. En realidad, ahora mismo no le pido al viaje más que eso: relajarme. Quiero estar relajada, y simplemente dar vueltas, tomar un número absurdo de cafés y mirar a la gente. Mañana por la mañana desayunaré con Peggy, y después quizá vaya a ver museos sobre indios, vaqueros y la fiebre del oro. El jueves para Boulder otra vez, y si el tiempo es clemente, pasaremos el finde acampando y escalando en algún lugar que se prevé abrumadoramente bonito.

Seguiremos informando.

Mañana nieva, por cierto.

Nota: estoy escribiendo esto desde la aplicación del BI, y no me deja hacer algunas cosas, como colocar las fotos en su sitio o poner enlaces, así que lo siento si no estoy aprovechando cien por cien las posibilidades del medio blog.

Sobre las fotos: la primera es Boulder, con su Shiny Happy People. La segunda soy yo con los animales gigantes. En la tercera salimos Jeremy y yo, y en la cuarta brindan Jeremy y Emily por la victoria de los Nuggets. En realidad, supongo que cualquier persona con un coeficiente normal podría haber deducido todo esto, pero bueno :D Ah, y si queréis de verdad conectar con mi estado de ánimo actual, escuchad Ho Hey, de los Lumineers.