massobreloslunes: 09/05/11

lunes, 5 de septiembre de 2011

39. Vestidos del Averno, toma 2

Bueno, queriditos, no todo va a ser hablar de espiritualidad y cosas profundas, ¿no? Así que, como me quedé a la mitad en las crónicas de un vestido anunciado, voy a terminar hoy de contaros mi lucha por ir a la boda de mi primo como una chica atractiva y casadera.

Después de aberrar contra el sistema en el Corte Inglés, decidí irme a las tiendas de Amancio Ortega, a ver si alguna me sacaba del apuro. Empecé por Mango. En general, Mango me parece un horror. ¿Qué les pasa a sus colores? ¿Por qué están hechos para no favorecer a las mujeres? El invierno pasado tuve que cambiar unos regalos de allí y hubo un momento en que me vi intentando elegir entre mostaza verdoso y butano apagado. Me dije que Mango había alterado mi percepción de lo cromáticamente aceptable y tuve que irme antes de empezar a pensar que el problema lo tenía yo.

Aun así, nada más entrar por la puerta veo un vestido medio mono. Elegante. Manga corta, cuello redondo, parte superior en crudo, inferior en negro y como de encajito. Elegante y audreyhepburniano. Me lo pruebo, me veo mona y aunque no es que esté despampanante de la muerte, me lo llevo, por si acaso. Siempre me quedará el recurso de comprarme unos zapatos preciosos para compensar.




He aquí el vestido. La frontera entre ir elegante y parecerme a mi abuela se difumina peligrosamente.


Unos días después, por probar, fui al Zara. Y allí encontré un vestido que no tenía mala pinta. Violaba dos de mis principios para que los vestidos favorezcan, a saber:
1) Que era palabra de honor.
2) Que sólo lo tenían en dos tonos, a cuál más horrendo: azul petróleo y rosa palo. Si el azul petróleo es chungo, el rosa palo es casi peor. ¿A quién le sienta bien, aparte de a Naomi Campbell? Te hace parecer enferma.

Pero días vagando por las tiendas de ropa me habían enseñado que tendría que tragarme mis principios si quería ir a la boda en algo mejor que unos vaqueros, y también que los vestidos a veces ganan cuando los llevas puestos. Así que me los probé (el rosa y el azul), junto con unos zapatos maravillosos de charol en tono nude, tipo peep toe y de altura travesti.

[Nude = color carne. Peep toe = con el dedo fuera. Lo aprendí en la Cuore]

Me hice un par de fotos calorras con el móvil para enseñarlo por ahí. El azul era terrible, pero el rosa no me disgustaba. Y siempre podía comprármelo y llevarlo con los zapatos de travelo para consolarme.

Así que mostré las dos fotografías a dos especímenes del género masculino. El primero, IA, me dijo que le gustaba el audreyhepburniano, que estaba"muy linda". El segundo, MQEN, me dijo:
- ¿Y por qué no te gusta el rosa? ¡A mí me gusta el rosa! Joer, Peq, es que el rosa... - seguido de resoplido elocuente.

Pensé que prefería estar puntos suspensivos y resoplido a estar linda, sin ánimo de menospreciar la opinión de IA, que conste. Pero es que MQEN sabe lo que mola. Una vez, a la pregunta de "¿El color de este vestido pega con mi piel?" me contestó "No lo sé, pero pega con tus piernas y tus tetas". Me convenció.

Así que me fui al Zara y me volví a probar el vestido rosa y los zapatos de travelo. Una cosa estaba clara: adoración total por los zapatos, a pesar de que estuve a punto de quedarme sin tobillos ya en el probador como cinco veces.

Salgo del probador, me paseo por el pasillo y se me acerca la dependienta, dando suspiros de admiración.

- ¡¡Monísima, monísima, estás monísima!! Espera, que te pruebo un cinturón. No le pega el color, ni la forma, pero es para que te hagas una idea.

¿Una idea de qué? ¿De cómo estropear el vestido?

En esto que sale del probador de al lado una chica, me mira y me dice:
- Yo le metería un cinturón cobre. O me iría a una mercería, pediría una cinta de raso en el tono del zapato y le haría una moña.

[Moña = lazo. Es que no sé si se dice en todas partes o sólo en el sur]

En mi mente se dibujó la secuencia de yo yendo por las tiendas a la búsqueda de un cinturón en tono cobre, o por las mercerías buscando cintas de raso en tono zapatos para hacerme moñas. Improbable como un unicornio. Enarqué las cejas, le agradecí el gesto y decidí que me lo llevaba todo: el vestido rosa palo palabra de honor y los zapatos modelo travesti que, ahora que lo pienso, harán juego con mis manos con venorras de escaladora.

Total, gente, que ya tengo vestido. Como soy medio guapa y los zapatos son preciosos (¿lo he dicho ya?) el resultado me deja bastante contenta. Mi madre me ha dicho que me lleve unas bailarinas para cambiarme, y yo le he contestado que ni muerta me bajo yo de mis tacones a mitad de la fiesta por algo tan efímero y prosaico como el dolor de pies, y más después del entrenamiento que les estoy dando últimamente a base de gatos de escalada.

Además, Erika me ha traído de Hawaii (verídico) un kit de maquillaje BareMinerals, porque su madre trabajaba como representante y le sobraban muestras. Tiene miles de tarritos y de brochas. Las instrucciones vienen en inglés, y parece que las ha escrito una maníaca harta de prozac. Traduzco y cito de memoria.

¡¡¡Saca tu maravillosa belleza brillante y perfecta con BareMinerals en sólo cuatro pasos!!!

1) Aplícate "recién levantada" con la brocha "pura precisión" alrededor de los ojos para un look descansado, fresco y luminoso, como si hubieras dormido en colchones de plumas y ahora brillaras como una estrella matutina.
2) Aplica "falso bronceado" con la brocha "suelta y fabulosa" en las áreas donde te daría el sol, para un look soleado y radiante como salida de las mañanas caribeñas.
3) Aplica "brillo radiante" con la brocha "biselada estupenda" en toda la cara, empezando por la frente y acabando por la barbilla, para un resplandor angelical y reluciente como si miles de ángeles te envolvieran en polvo de estrellas
4) Aplica "velo mineral" incidiendo en la zona T con la brocha "suelta y fabulosa" para un maravilloso acabado mate y eterno que brillará por siempre sobre tu rostro divino.

Y así. De verdad que no sé de dónde saca esta gente los adjetivos. Son como el buscador de sinónimos del Word. Yo quiero algo que básicamente disimule el Acné del Averno sin hacerme parecer Jordi González. Por cierto, mi piel está sorprendentemente bien últimamente y ni siquiera sé por qué. Intuyo que la cura de mis males cutáneos van a ser las vacaciones.

Resumiendo: que esta noche me he dedicado a ponerme uno encima de otro sin orden ni concierto probar cuidadosamente los potingues de BareMinerals, pintarme los ojos, peinarme la melena y aprender a andar con los tacones (que seguro seguro me van a costar un tobillo... sólo espero que no sea mientras camino hacia el estrado para leer). Y ahora estoy escribiendo en el chaise longue con todo el modelé puesto, rollo "Divas de diván", y pensando que ojalá estuviera el tema listo, pero que en realidad me faltan la chaqueta, el bolso, los pendientes y el esmalte de uñas, y que ser mujer es un coñazo, además de muy caro.

Y para los que hayáis tenido la paciencia y solidaridad de llegar hasta aquí, un premio en forma de foto.



No estoy mal ;) La expresión de la cara es rara, lo sé, pero es que tenía que darle al ratón, alejarme sin matarme y poner pose en tres segundos justos. Un estrés.

Hale, ya sólo queda templar la voz, echarle valor y darme después al whisky con naranja como si no hubiera un mañana.

38. Sufrir (y sí, voy a volver a escribir todos los días, ¡viva y bravo!)

A veces me pregunto si mi progreso espiritual es una ilusión de mi cabeza. Por ejemplo, hoy venía caminando hacia mi casa de Cádiz preguntándome si mi moto seguiría sana y salva. Había estado leyendo un libro sobre Vipassana en el tren, y me sentía tan bien y tan superinspirada que pensaba "Bueno, si me la roban me la robaron. Qué le vamos a hacer. Soy TAN ecuánime, y estoy TAN desapegada". En ese momento se me ha enganchado la rebeca de doce euros que me compré antes de ayer en la matrícula de un coche, se ha roto y me he puesto a jurar en arameo. Imaginad: Metro cincuentaytantos de rubia angelical gritando, y cito texualmente, "me voy a cagar en la madre que te parió sesenta pares de veces". Con esto quiero decir que la diferencia entre lo que mi ego cree que ha progresado, o entre lo que sé a nivel intelectual sobre la compasión y la ecuanimidad, y lo que se empeña en hacer mi limitado corazón, es un abismo del tamaño de Dakota.

A pesar de eso, ya os digo: si comparo mis niveles de felicidad y ecuanimidad pre y post Vipassana, es como la diferencia entre ser un chimpancé o ser una ameba. Igual pensáis que exagero, pero qué va. Yo me conozco. Conozco mi mente y sé cuánto sufrimiento es capaz de generar. He vivido mi propio, pequeño y desacogedor infierno personal y sé lo que es estar dentro y estar aunque sea medio fuera.

Cuando pienso en eso del infierno personal, la primera imagen que me viene es Barcelona. Yo acababa de decidir que iba a dejar el periodismo y me disponía a pasar el segundo cuatrimestre terminando algunas asignaturas para convalidarlas como créditos de libre. Quería aprovechar el tiempo que me sobraba para leer, escribir, mejorar el catalán, conocer Barcelona y un largo etcétera.

Entonces me di cuenta de que mientras más tiempo libre tenía, peor me sentía. Mi mente era una mente brutal, dolorosa, hiperactiva y perfeccionista, llena de pensamientos de todo tipo, de exigencias, de ideas, de creencias que cambiaban a cada instante, de rígidos conceptos sobre mí misma... una mente potente pero durísima, incapaz de callarse y que gritaba en mis oídos las veinticuatro horas. Con esa mente dentro de mi cabeza caminaba yo por el campus de la Autónoma en enero, febero y marzo de 2004. Ser consciente de que me había equivocado de carera y dejar la mitad de las clases había abierto una fisura entre lo que era mi vida normal hasta entonces, que encajaba con el molde de estudiante perfecta de primero de periodismo, y una existencia desbandada e incierta con la que no tenía muy claro qué hacer.

Entre clase y clase, vagaba sola por el campus. Daba vueltas por la biblioteca, pero inyectarle más materia a mi cabeza enfebrecida era todavía peor. De repente era consciente de todo lo que no sabía y una angustia existencial gigante me agarraba el pecho y me lo estrujaba. Intentaba pasear, escribía, escuchaba los recopilatorios de música que me grababa MQEN (los Para Peq) y me sentaba en mi almohada a contar mis respiraciones, pero no tenía paz. Nunca. Ni un segundo a lo largo del día.

Intenté rezar. Me iba a la Iglesia del Pi, que está en el Barri Gòtic, a la izquierda de las Ramblas. Es una iglesia preciosa en medio de la ciudad, con un gran rosetón de vidrio de colores por donde entra la luz. Me sentaba allí y rezaba: por favor, Dios, ayúdame, que no puedo más, yo sé que no creo en ti, pero es que es esto o comprarme un perro, o darme a las drogas, no sé, así que ayúdame. Lo de las drogas también lo intenté, por cierto, que le dije a mi compañera de piso que me consiguiera hachís y me lo fumaba en la ventana de mi cuarto, mirando el valle callado y cruel a mis pies. Pero nunca he sido muy de adicciones, y el hachís me mareaba sin que la angustia se fuera.

Hace un tiempo, un compañero de trabajo me preguntaba si alguna vez me había sentido paranoide respecto a los demás, y yo le decía muy segura de mí que no, que por eso me cuesta empatizar con los locos. Ahora estoy recordando que en Barcelona sí que miraba con suspicacia a la gente que caminaba por la universidad, como si ellos supieran algo sobre vivir que a mí se me escapaba. Parecían reposar con relativa calma en la existencia que les había tocado, mientras que a mí me estaba vetado eso. Les escupía en silencio un odio intenso y frío que todavía hoy me asombra.

Después llegó el 11 de marzo. Creo que toda la violencia y la tristeza que se derramaron ese día en el país hicieron que el vaso de mi aguante se volcara en alguna dirección, y decidí largarme. Ni créditos de libre, ni nada. Y en mi casa de Málaga, otra vez, la angustia mortífera. El olor del incienso que me ponía en mi habitación lila mientras intentaba sentir el miedo que me agarrotaba los brazos y las piernas. Respiraba, respiraba, respiraba y trataba de conectar con la sensación de que todo el aire del planeta se desplazaba un poquito cada vez que lo hacía.

Todavía me quedaban tres años, tres, de vida razonablemente normal en Granada, con cantidades ingentes de sufrimiento colándose por sus normales y coloridas esquinas. En primero no me adaptaba, me costó la vida sacarme el carnet de coche y tuve uno de los peores brotes de Acné del Averno que recuerdo. En segundo conocí a J. y caí atrapada en las garras perversas de nuestros comienzos oscuros. En tercero, así por nombrar un ejemplo, las prácticas de Psicología de la Percepción, que eran los martes a las ocho de la mañana, me sumían en un estado de pánico tan grande que apenas podía subir Cartuja, y ni siquiera recuerdo por qué.

Ésa era yo. Mi cabeza era como un túnel de viento. No podía ser feliz ni podía hacer feliz a nadie. Al pobre J., aunque también tenga lo suyo, lo llevaba por el camino de la amargura. Mi relación con él estaba basada en el apego, un miedo intensísimo a que me dejara por su ex y algunos rastros de algo parecido al cariño y la comodidad que nos mantenían unidos. Y lo peor, lo peor de todo eso, es que yo lo intentaba. Lo intentaba muchísimo. No me dedicaba a ver la tele, alcoholizarme y procurar pasar la vida medio qué. Iba a talleres de danza y dibujo, compraba libros de autoayuda, viajaba, veía películas New Age, ¡estudiaba psicología, por el amor de Dios! Tomaba valerianas, infusiones, Hierba de San Juan y pautas cortas de ansiolíticos cuando la cosa se ponía muy, muy mala.

Decidí meditar porque no tenía otro remedio. Cuando la gente me dice que le gustaría hacer un curso pero que no tiene tiempo o no ve el momento, les digo "ya lo encontrarás". Cuando estás muy mal, no tienes otras prioridades. Es como si tuvieras un cáncer y dijeras que no vas a ir a tratarte porque no tienes tiempo o no ves el momento. Cada uno tiene su momento cáncer, e incluso hay gente, como mi espiritualmente muy avanzada amiga Elsa, que es capaz de motivarse para meditar siendo medio feliz. A mí me hizo falta penar tela para reunir el valor necesario, pero al final no me quedaron más cojones. Así fue.

Después de empezar a practicar Vipassana he sido de todo menos perfecta. La he liado tela en muchos sentidos, con muchas personas. Continúo llamando gratuitamente monguers a mis amigas y gruñéndole a mi madre. A veces lloro, a veces como demasiado, hace un año rompí la puerta de un armario en medio de una discusión con mi hermano y sigo siendo gordófoba. Rompo corazones, me dejo romper el mío, mi mejor amigo no me habla y tengo el ego del tamaño de la catedral de Cádiz, pero menos bonito.

Y aun así, la diferencia entre el antes y el ahora es abismal. Enorme. La cantidad de sufrimiento que tenía comparado con el que tengo es como lo que cuentan las parturientas del dolor de parto comparado con el dolor de la inyección para la epidural. Irrisorio. Desestimable.

Sobre todo, ya no estoy desesperada. En general, claro. Tengo mis momentos de pensar que la vida me supera, y que total, tanto esfuerzo para al final morirse y a ver si lo de la reencarnación va a ser un cuento chino y lo que pasa es que te disuelves en la nada y ya está. Pero sé lo que hay que hacer y cómo hacerlo, sé cuál es el túnel y dónde está la luz, y ese conocimiento me da una tranquilidad que es más sólida que cualquier otra cosa que haya tenido.

Así que cuando la gente me pregunta si lo recomiendo... pues claro que lo recomiendo. ¿Cómo no lo voy a recomendar? Si me ha salvado la vida. Lo que pasa es que creo que uno debe hablar poco y hacer mucho. Debe demostrar con su vida y su actitud lo que esto ha supuesto para él. Debe centrarse en transformarse a sí mismo y, a partir de ahí, dar a los demás, ser generoso y compasivo, tener el corazón abierto, aprender, seguir, seguir, seguir. Hablar sobre el tema, o escribir sobre ello, tampoco vale de tanto, sobre todo si no se acompaña con la práctica.

Aun así yo lo escribo, por si os sirve. Me ha salido así. Llevaba una hora intentando postear algo en el blog y todo me parecía basuril, y no sé por qué, escribiendo sobre (algunos de) los momentos más difíciles de mi vida, me estoy sintiendo contenta y plena. Será la alquimia mágica de poner las cosas en palabras. O será que estoy agradecida. Quién sabe.

PD: Casi olvido el link.