Cádiz ya es mi hogar; eso es así. Y no es que no me dé pena dejar Málaga, porque es verdad que me encantaría poder ver más a menudo a mi gente y tener siempre la Fnac a mano. Pero ya vivo aquí; ésta es mi casa, y es lo que he sentido cuando desde el autobús he visto San Fernando asomar al fondo, y después he cruzado la bahía recién anochecida mientras escuchaba a Quique González en el iPod.
Ya se me ha pasado un poco el arrechucho del otro día, aunque sigo sin tener ganas de navidad. Uno de estos días voy a escribir un alegato largo y furibundo sobre por qué creo que debería ser anticonstitucional. Pero bueno; a aguantar el tirón con la alegría de que a la vuelta me espera mi vida moderadamente feliz y mis proyectos moderadamente entusiasmantes.
En Málaga bien. Un poco lo de siempre. Visitar a amigos, alucinar con Tahira, suspirar frente a mi padre. "Llevo mucho tiempo pensando en comprarme un molinillo eléctrico para la pimienta - me dice después de que comamos juntos en una trattoria nueva del centro -. Lo que pasa es que creo que me haría tanta ilusión usarlo que le echaría demasiada pimienta a la comida. Yo es que le echo pimienta a todo". "Claro - contesto yo -, es que hay que echarle pimienta a todo. A las ensaladas, a los purés... yo le echo pimienta hasta a los postres..." "... como los romanos", decimos los dos a la vez, y es en estas coincidencias de cocina y friquismo clásico donde reconozco el amor.
Por último, deciros que el pelo se me está aclarando y que ahora me veo guapísima de pelirroja, que sigo manteniendo la esperanza en conseguir controlar en algún momento al Acné del Averno y que sé positivamente que encontraré al maromo de mi vida. No doy más de mí hoy, que me caigo de sueño. Gracias por vuestros ánimos. Mañana más y mejor.