massobreloslunes: 2005

sábado, 31 de diciembre de 2005

En blanco

Siento la falta de actualizaciones últimamente. Simplemente, no sé me ocurre qué contaros.
Pasadlo muy bien esta noche y entrad al 2006 con buen pie. Muchos besos desde este humilde rincón de la blogosfera.

sábado, 24 de diciembre de 2005

X-mas

Puesto que ayer tardé exactamente el tiempo que dura un empaste en enamorarme perdidamente de mi (joven y guapo) dentista, he decidido dejar el drama y volver a mi escritura alegre y libre de trágicos amantes perdidos.
Porque, como dice mi padre, "tíos hay más que botellines del Águila".
Así que, tomad nota, SE ACABARON los post en segunda persona y los mensajes enviados al vacío como esperanzadas botellas de náufrago. Marina is back.
Por otro lado, feliz navidad.
Paz, amor y flores para todos.

martes, 20 de diciembre de 2005

Pasando página

Mañana me voy de vacaciones de navidad. Ya sabéis: llenar la maleta hasta que casi reviente, vaciar la nevera, cortar la luz y el agua. Luego mi casa, con mi madre preparándome zumos y mi hermano jugando a la play en su cuarto, los adornos de navidad, las siestas junto a la chimenea, los paseos por Málaga nocturna, iluminada, bellísima. Deambular junto a los puestecillos del parque, comprar regalos, hacer tiramisú para la cena de Nochebuena.
A lo tonto a lo tonto, ya ha pasado una etapa del año: la que va de octubre a diciembre, que es alegre y despreocupada porque aún no le ves las orejas al temible lobo que son los exámenes. Cuando vuelva a sentarme en esta mesa, tendré a febrero mirándome avieso desde la esquina del calendario. Ahora mismo no; ahora mismo, me creo que me sobra tiempo y me puedo dedicar a perderlo un poco.
Pienso en cómo han sido estos tres meses. Ha sido un tiempo de mucha juerga, demasiada; de saltarme clases, de ir a la cafetería, de dormir hasta tarde. También he tenido madrugones, desayunos a oscuras en la cocina, caminatas heladas desde mi casa a la parada del autobús. Me veo en el salón charlando con mis compañeras, en la cocina fregando platos con Ana, en mi cuarto dormitando bajo el nórdico las mañanas de domingo.
Sobre todo ha sido época de ti (oh, TÚ, protagonista de mis últimos posts, el Omnipresente, el Innombrable). De conocerte, de ilusionarme, de desilusionarme y volverme a ilusionar. Lo último ha sido la desilusión. Pero también ha habido caminatas de tu casa a la mía, bajo la lluvia, en la mañana, despeinada y con una media sonrisa en los labios. Y viajes en coche escuchando tu música y tu voz traduciéndome las canciones. Y sexo caliente y móvil, juguetón, insaciable. Y llamadas de teléfono, y mensajitos de móvil, y conversaciones de messenger. Y muchas palabras.
Ya todo eso pasó, y espero entusiasmada a que llegue el año nuevo. Traerá exámenes, nervios, cafés y risas en la biblioteca. Traerá el lento camino que lleva del frío que nos castiga ahora al calor que nos aturdirá a final de curso. Traerá más Tús que se merezcan serlo más que tú. Por supuesto, traerá también desengaños, decepciones, mañanas grises, noches en vela. Pero espero que venga cargado de otras mañanas de esas en las que te levantas pegado al cuerpo de alguien, notando cómo su vientre roza tu espalda cuando respira, o cómo tu cabeza sube y baja sobre su pecho.
Qué sé yo, qué más da, si venga lo que venga vamos a acabar igual: reduciéndolo todo a palabras como éstas.
O agrandándolo, quién sabe.

sábado, 17 de diciembre de 2005

Encuentra los siete errores

Primer error: hacer botellón en Granada, al aire libre y el pleno mes de diciembre.
Segundo error: escuchar las canciones que me ponía en el coche.
Tercer error: mientras oigo la música, recordar (leve pero deliberadamente) su forma de hacer el amor.
Cuarto error: publicar esto en un sitio donde él puede leerlo y creerse que le pienso un poco.
Quinto error: confundir las coliflores con bechamel con la bechamel con coliflores.
Sexto error: bloguear sin sentido como si caminara, errabunda, por calles que no conozco.
Séptimo error: dedicarme a la autocompasión pública.

Resultado: dolor de garganta, escozor en los ojos, náuseas y la inquietante sensación de que aún estaré un tiempo echándole de menos.

miércoles, 14 de diciembre de 2005

¿Alguien me lo explica?

Vale que no me gustan los blogs cuentavidas, pero a ver si alguien me soluciona este acertijo.

Mi vida sentimental es igual a:
- Si me gusta y me conviene, no me pone.
- Si me pone, no me gusta ni me conviene, y además es un cabrón.
- Si me pone y me gusta, se quiere ir con su ex.
- Si ni me pone ni me gusta, se enamora de mí hasta los huesos.
- Y si me pone, me gusta, se enamora de mí hasta los huesos, le quiero con locura y es el tío más bueno del planeta... me aburro y le dejo.

Hay que joderse.

viernes, 9 de diciembre de 2005

...y fuego jugó solito

- Marina
- Qué.
- ¿Estás jugando con fuego?
- Ummm… sí, eso hago. ¿Por qué?
- Por nada, pero… te vas a quemar, ¿no crees?
- Qué va…
- El fuego quema a todo el mundo y te terminará quemando a ti también.
- Que no.
- ¿Por qué?
- Pues porque no, porque yo estoy teniendo mucho cuidado con él. Además…
- ¿Además qué?
- Además, yo soy especial.
- Vaya…
- Sí… el fuego ha quemado a los demás, pero es porque no eran yo. Cuando me conozca bien, entonces seguro que no me hace nada.
- Verás como te quemas. El fuego es fuego.
- Verás como no.

(Algún tiempo después).
- Marina.
- …
- Marina.
- ¿Sí?
- ¿Son eso ampollas?
- Ummmm… quizás.
- Odio decir que ya te lo dije.

miércoles, 7 de diciembre de 2005

Cómo sobrevivir a los mejores años de nuestra vida

Como estoy en la casa familiar, me están dando ataques de adolescencia repentina. Una cree que se está convirtiendo en sofisticada mujer de mundo y se encuentra peleándose con su madre, viendo Dirty Dancing y exclamando a cada rato "qué peliculón, qué peliculón" o abrazándose a su oso de peluche mientras reniega de los tíos.
Mi embarazosa adolescencia me asalta en los olores, en cómo subo y bajo a zancadas las escaleras para coger el teléfono, en las irreprimibles ganas que me están entrando de escuchar Take That. Recuerdo diarios forrados con cubiertas chillonas y candados diminutos, hojas con corazones y velas de colores para hacer sortilegios de amor. ¿Sabéis todas esas series de estúpidas chicas americanas? Bueno, eran bohemias intelectuales a mi lado. Yo fui una adolescente de libro, con amigas íntimas, declaraciones intempestivas y brillo de labios. Ahora, que me creo que me he escapado de todo eso y me he incorporado a un mundo despreocupado de cañas, vaqueros y carpetas bajo el brazo, me encuentro con que me atacan, como ráfagas de viento en una casa mal construida, ventoleras emocionales como las de los quince años. Hay que joderse.
Amor eterno frente a sexo sin compromiso. Tacones y pelo liso frente a zapatillas y el sucedáneo de melena descuidada que llevo ahora. Me creo que he crecido y empiezo a controlar mi vida, pero aún tengo demasiado cercana la época en que me miraba cada día el pecho en el espejo para ver si me había crecido.
Espero que se me pase. Para vacunarme, duermo largas siestas junto a la chimenea, leo a Freud y bebo vino dulce mientras ayudo a mi madre en la cocina (porque no sé si ayudará, pero está bueno).

Al menos, mis sentimientos son mixtos: mitad pava pubescente, mitad universitaria cínica:
Creo que nadie va a quererme nunca, y además
no quiero que nadie lo haga.

martes, 6 de diciembre de 2005

Bienvenido

De aquí a treinta y tantos años a lo mejor se compra una casa.
Para los veintimuchos se casará o se arrejuntará.
A mitad de la veintena encontrará su primer curro.
Con veintitantos se licenciará… retrasándose un poco más si hace caso a los genes ingenieriles de su familia.
Dentro de veintidós años igual ha abierto un blog.
Con veinte tendrá su primera novia seria.
Con dieciocho, si tiene suerte, perderá la virginidad.
A los quince mirará revistas porno y los culos de las niñas de su clase.
Con trece le empezará a cambiar la voz y le saldrá bigotillo.
De aquí a diez años espero que aún juegue, y que juegue en la calle.
Con siete seguro que le encantan las piezas de lego y construir, quién sabe… caminos, canales y puentes, seguro.
Con cinco hablará ya casi como una personita.
En dos años hará caerse la baba de todo el que tenga a su alrededor.
De aquí a doce-dieciocho meses dirá “papá" y "mamá”.
En los próximos días va a hacer felices a un montón de personas.

De momento acaba de nacer y ya le quieren. Se llama Jorge, y desde aquí le doy la bienvenida a este mundo (ni bueno ni malo; el que tenemos, sin más) y le dedico su primer post.

domingo, 4 de diciembre de 2005

Home alone

Mis compañeras de piso están cada una en su ciudad, así que yo, que se supone que me he quedado en Granada para estudiar, me dedico a:

- Cantar mucho y muy alto.
- Bajar películas apropiándome yo solita de todo el ancho de banda.
- Pasar el día en pijama.
- Recitar a Espronceda y a Quevedo mientras la ropa, tendida en el salón para que no la moje la lluvia, me mira boquiabierta.
- Fregar MIS platos, y ni uno más.
- Cocinar crepes para Jose mientras destroza canciones a la guitarra.
- Invitarte a cenar y desnudarte en mitad del pasillo.

(Ummm... no sé qué me gusta más de todo lo anterior)(Es broma, sí que lo sé)

sábado, 3 de diciembre de 2005

Todos los fríos el frío

De todos los fríos del mundo...
... el de antes de dormir, cuando pataleo bajo el edredón para entrar en calor...
... el de levantarme por la mañana y sentir cómo se enfría el sudor nocturno al contacto con el aire helado...
... el de los segundos que transcurren entre salir de la ducha y coger la toalla...
... el que hace en la calle, cortante y arisco, que me lame las manos y el trozo de mejilla que deja libre la bufanda...
... el de la facultad, que soluciono apoyándome en el radiador durante los cambios de clase, teniendo cuidado de no dejarme pegados los trozos de piel...

... mi favorito es, sin duda, el que paso justo antes de meterme desnuda en tu cama.

domingo, 27 de noviembre de 2005

Domingo

Me despierto sin resaca, gracias a mi buena decisión de tomar sólo cerveza anoche. Pienso “qué bien, es domingo”, subo la persiana y me vuelvo a tumbar un rato mientras veo entrar el sol desde la calle. Después de remolonear, me levanto, me hago un zumo, tostadas y colacao y me lo llevo todo en una bandeja al salón. Veo “Quintillizos”, doy un par de vueltas por Internet (qué lujo tenerlo ya en casa) y me propongo estudiar. No estudio nada. Cuando me quiero dar cuenta estoy en la terraza, calentándome al sol de invierno, con los ojos cerrados y los pantalones remangados sobre las rodillas. Ana se despierta y se me une, y se fuma un cigarro mientras suspira: “qué bien estamos aquí, Mari”.
Limpio y, como siempre que limpio, me propongo hacerlo más a menudo. Saco los libros de la estantería y les paso amorosamente el trapo del polvo. Aparto la cama y barro enormes bolas de pelusa con personalidad propia que se han quedado atrapadas debajo. Friego con fregasuelos marca Hacendado y olor a primavera.
Comemos tallarines de sobre porque no nos apetece cocinar. Pinchamos alternativamente música en nuestros respectivos ordenadores, y nos extasiamos un rato con una foto de un tío al que conoció Ana en un chat (qué mandíbula, qué nariz, qué ojos, repetimos como bobas).
Fregamos los platos mientras hablamos de cómo exactamente le vamos a montar el club de fans al tío de la foto. Limpio la cocina y arreglo el lavadero, mientras Ana chatea sentada en el sillón, portátil en mano, riéndose sola frente a la pantalla. Decide hacer crepes y me obliga a quedarme en el salón mientras ensucia alegremente la cocina recién limpiada, y tras un par de intentos repegados a la sartén viene orgullosa con un crepe primorosamente enrollado y relleno de chocolate.
Ahora estoy aquí, sentada en el salón, mirando los posters que hemos colgado esta semana, lamiéndome los restos de chocolate de los labios, tecleando, intentando recoger con los pies algo del calor que emana el calefactor.
Y todo esto sólo para decirte que no te he echado de menos nada nada.

miércoles, 23 de noviembre de 2005

Yo quiero un nombre para mi blog

De acuerdo, chicos, estoy harta de tener un blog anónimo. Es como un hijo de la inclusa al que nadie quiere bautizar. Le he dado vueltas a algunos nombres, pero ninguno me termina de convencer, así que he pensado en pediros ayuda.
¿Qué os sugiere este blog? ¿Qué os sugiero yo? ¿En qué pensáis cuando abrís marinainthemiddle? Se admiten frases, juegos de palabras, nombres inventados y fantasías eróticas.
Sí, sí, SÉ que ponerle nombre a un blog es algo muy personal que debería currarme yo pero, qué queréis que os diga, NO SE ME OCURRE NADA. Si me regaláis alguno, os pondré una dedicatoria en una esquinita o algo así, ¿ok?
Los que propongo yo son:
Marina in the Middle (el antiguo, pero no me gusta demasiado ya).
Infinito Proyecto de Mí Misma (este es de un poema de Chantal Maillard).
Marina por Medio o Marina en Medio(este lo propuso Golfo
Marina Anda Suelta (este me gustó, pero ahora que lo leo parece como que tengo diarrea :S)
Como veis, no estoy muy lúcida. Espero sugerencias.
Gracias :D

sábado, 19 de noviembre de 2005

Metapost

¿Dónde está la frontera entre la privacidad y la ficción? ¿Dónde acaba Marina la real y empieza Marinainthemiddle? Me he puesto hoy a reflexionar a cuenta de una conversación con un amigo, que dice que le parece muy heavy mi costumbre de dar la dirección de mi blog a la gente que conozco. Es cierto que a veces me gustaría que éste fuera un lugar secreto, ser únicamente un ente virtual a quien nadie conoce. La cuestión, supongo, es que yo soy más escritora que bloguera. Un bloguero es más anónimo, más travieso, más virtual. Como escritora, no debería darme miedo que los demás lean lo que yo quiero que lean, aunque hable de mi dolor, aunque aparezcan mis fantasmas. En muchos casos, este blog es un ejercicio de exhibicionismo, de perder mis miedos. Utilizo mucho a las personas, sus rasgos, sus historias. Exagero lo que veo y lo convierto en ficción, pero puede verse mi huella como el rastro de una renqueante babosa. No quiero que me de miedo que esas personas se reconozcan o me reconozcan a mí , porque pienso seguir haciéndolo toda la vida.
Sin embargo, ¿hasta dónde pensáis que llega mi desnudez emocional? Es cierto que hay mucho de mí aquí, pero como dice este post, “no os cuento mi vida, sólo os la escamoteo”. Cada uno de los textos que publico ha pasado antes por un filtro que es mi propia censura. No se trata de mirar si cuentan o no algo íntimo, o si dejan demasiado al descubierto quién soy yo exactamente. Opino que hay dos formas de escribir: utilizando la literatura como pretexto para contar las miserias y utilizando las miserias como pretexto para hacer literatura. Personalmente, prefiero la segunda, y ése es el criterio de calidad por el que mido lo que publico en el blog. Cuando la historia ha de ser contada, sin importar que me deje bien o mal, sin importar que realce o no la imagen de pseudointelectual que en fondo me gusta dar… entonces voy y la cuento. No me importa usar mi vida para escribir, pero sí me importa escribir para que los demás sepan cómo es mi vida. Imagino que sigue siendo el consejo número dos.
En cualquier caso, no sé si me conocéis. No sé si es más real la Marina que escribe aquí que la que toma cafés y cañas en el otro mundo, el real. Supongo que es la segunda la que está verdaderamente viva, pero me fío tanto de las palabras que no lo puedo asegurar del todo.
Ahora sólo me queda saber vuestra opinión ; )

miércoles, 16 de noviembre de 2005

M

Hoy he salido a las siete de la mañana de debajo del edredón y he mirado incrédula la hora en el móvil. Me he vestido frente al calefactor del baño, tiritando de frío, y he sacado fuerzas para hacerme un zumo de naranja. En la calle hay niebla, y al respirar me sale vaho incluso por la nariz. A primera hora hemos tenido una especie de miniexamen inesperado que me he inventado como buena contadora de historias, y después he desayunado un colacao y un mollete cubierto por una capa helada de tomate rallado.
Tengo ansiedad, como un elevadísimo porcentaje de personas de los países desarrollados (los de los países subdesarrollados, por no tener no tienen ni permiso para angustiarse). No es que mi vida sea estresante, ni que en mis cientocincuentamil trabajos para clase me esté jugando mucho más que una nota que ya sé de antemano que será buena. Simplemente soy así, ésta es mi forma de encarar la vida. No lo digo con la cobardía de quien no intenta cambiarlo, sino con el valor de quien abre los ojos y mira fijamente lo que tiene enfrente.
Hace un rato escuchaba al de Social y me masajeaba las muñecas, intentando relajarme. No pasa nada, no pasa nada, ¿de qué o de quién tienes miedo? Y al final resulta que la única forma que conozco de quitarme la ansiedad es tecleando, así que he venido a la biblioteca, me he sentado frente al ordenador, he comentado un par de blogs y he revisado el correo. Luego me he puesto a escribir: por la niebla, por el tomate helado, por el examen, por la angustia.
Busco la letra de "M", de los Piratas. Me la puso Ana la otra noche, mientras bebíamos cerveza en el piso antes de irnos de marcha para celebrar un par de cosas (que es lunes, que somos libres, que estamos vivas). "Yo quiero ser M", decía Ana mientras cantaba entusiasmada, con la cabeza ladeada y una sonrisa tristona en los labios. Esta mañana, mientras hago karaoke interior y pienso en el frío, yo también quiero ser M. "Mi amor se cae al suelo y no se queja demasiado". No sé cómo es M; sólo puedo improvisar los adjetivos que se me ocurren cuando leo la canción. M es valiente, es fuerte, es el tipo de mujer del que un hombre se puede sentir orgulloso. Yo no soy M. No es que no sea fuerte ni valiente, pero no soy ese tipo de persona; soy otra, tengo otras cualidades y otros defectos, pero no soy M.
Efectivamente, la ansiedad está desapareciendo. A mi alrededor, la gente busca información importante en Internet: artículos de revista, libros de la biblioteca, páginas del Colegio Oficial de Psicólogos. Creo que soy la única que se entretiene con asuntos personales, con niñerías de adicta a la red. No importa; estoy en una esquina y tampoco me ve nadie. Ellos trabajan y yo estoy aquí contactando invisiblemente con vosotros, los que me leéis; enviando mis palabras por si a alguien le quedan bien y decide ponérselas un rato.
"M está segura de que todo irá mejor". Al menos, en eso sí me parezco un poco a ella.
Yo quiero que alguien me escriba una canción.

domingo, 13 de noviembre de 2005

Preocupación

Creo que me estoy volviendo adulta. Estoy empezando a idealizar mi infancia.

viernes, 11 de noviembre de 2005

Nociceptores

Mi profesor de Psicología Fisiológica (más de cien kilos de imponente y respetable erudito) nos ha explicado hoy la analgesia congénita, una enfermedad en la que el paciente no siente dolor sea cual sea el estímulo que se le aplique. Lo que parece una ventaja suele conllevar lesiones muy desagradables. En palabras de mi profesor: "Está el niño en la clase junto al radiador y de repente la profesora se da cuenta de que huele a carne quemada, y cuando el niño se aparta del radiador se deja colgando los jirones de piel". (Esto merece ser incluido en la "antología de momentos deliciosos en clase de fisiología", junto con "eutanasia a un ratón" y "trepana tu propio cráneo").
Todo esto viene a que eso es lo que siento yo últimamente: que huele a carne quemada y no aparto el brazo porque no me duele, y que a lo mejor para cuando empiece a doler ya es demasiado tarde y me dejo los trozos colgando del radiador, renegridos, humeantes, huérfanos.

jueves, 10 de noviembre de 2005

Amén

Hoy, después de seis horas de clase con una ridícula pausa para comer, he tenido una revelación. Se me ha aparecido la Virgen y, refulgiendo entre las nubes que cubren Granada, me ha dicho: "Marina, bienvenida a la realidad. Aunque no te lo creas, estás es-tu-dian-do una ca-rre-ra. Eso implica venir a clase, hacer trabajos, estudiar y aprobar exámenes. Llevas ya dos meses sin hacer ni el huevo, ¿no crees que es hora de que vayas espabilando?". Yo he agachado mi dulce cabeza y he dicho: "Sí, oh, sí".
Como conclusión, perdonadme si no actualizo mucho.

jueves, 3 de noviembre de 2005

Te voy a recordar así siempre

Un par de metros cúbicos de aire compartido.
Lluvia repiqueteando en el techo metálico.
Los sillones inclinados, como en un viaje transoceánico.
Tú que besas y tocas y te extiendes, todo manos, todo boca, todo piel.
Yo que también beso y toco y me retraigo y hundo los dedos en tu carne esponjosa y calculo la velocidad a la que el sudor va cubriendo tu frente.
Mi pelo, que poco a poco deja de ser pelo y se convierte en maraña, en pelusa, en sal.
Quitarte la ropa, quitarme la ropa, y qué difícil es describir cómo te me vas vistiendo de desnudez y convirtiéndote en el otro tú que no lleva ropa y es más tú que nunca.
Clavarnos, cómo no, el freno de mano un par de veces.
Te vas empapando poco a poco, como una esponja escurrida por una mano enorme, invisible.
Y las partes del cuerpo secretas que, en esta oscuridad, son como siempre deberían ser: recónditas, ocultas, más reconocibles por el tacto que por la vista.
Encajar, como las piezas de construcción con las que jugaba de pequeña.
Ir y venir al ritmo de alguien que, distraído, canta para nosotros desde los altavoces traseros.
Hincharme y reventar, como una pompa de jabón, como un globo de colores, como una bandada de gaviotas que se dispersa.
Te condensas y goteas sobre mí como una nube de borrasca. La lluvia traza caminos sobre el vaho de los cristales.
Y tú que gritas, como en un parto, como si te estuvieran sacando una espina, como asombrado.
Acariciarnos, puliéndonos el uno al otro hasta limarnos los ángulos del cuerpo.
Respirar lo que queda de nosotros en este aire enrarecido.
Y quedarnos henchidos, plenos, un poco mustios por esa manía que tiene la vida de no repetirse nunca a sí misma.

jueves, 27 de octubre de 2005

martes, 25 de octubre de 2005

Burbujeando

Llevo varios días con ganas de escribir, con un gusanillo en el estómago de palabras acumuladas. No es ansiedad; es como cuando esperas una ocasión especial (una excursión con el colegio, una cita) y tienes ganas de que llegue pero, al mismo tiempo, quieres aprovechar el mariposeo en el estómago el mayor tiempo posible. Esta mañana, en la facultad, me he sentado sola en la banca y he estado leyendo mientras esperaba a que entrara la profesora. Después he pasado la hora tomando apuntes a medias y escribiendo en la agenda: repasando frases de Extremoduro con el bolígrafo, anotando poemas de memoria o esbozando monigotes en los márgenes. Entonces ha sucedido: se ha formado una burbuja casi tangible a mi alrededor, de materia plateada y traslúcida, en la que estábamos mi pequeño mundo de palabras y yo.
Hacía tiempo que no me sentía así. La última vez fue en segundo de bachillerato, cuando estaba enamorada hasta los huesos de Funes y él me ignoraba olímpicamente. Recuerdo muchas mañanas heladas entre los muros de piedra del colegio en las que yo dejaba que las clases, simplemente, resbalaran, mientras escribía sin saber muy bien qué decir en una hoja que escondía ocasionalmente bajo el libro. Cuando releía aquellos textos en mi casa me encontraba con que no es que no fueran buenos, si no que ni siquiera eran aceptables: pura autocompasión, frases hechas, topicazos sobre el cielo nublado y la desazón matutina. Pero el acto de escribir en sí era cojonudo, aunque el resultado no lo fuera. paradojas de la escritura, porque otras veces creo que estoy escribiendo forzada, que me salen las frases a trompicones, que suena fatal, y cuando lo releo me sale una media sonrisa complacida al ver el resultado.
Es agradable encontrarme en una de esas épocas bsatante creativas, ligeramente teñidas de drama y con las cantidades suficientes de felicidad como para no sufrir sin excusas, sin encanto (que es la peor manera de sufrir). Ahora, por ejemplo, me he sentado en mi terraza, con las manos heladas y el atardecer detrás de las grúas en sombras. No es que esté diciendo nada demasiado importante, aunque sé que no es a mí a quien corresponde juzgar eso, pero me siento bien. El simple hecho de escribir me alivia. Ayer leí una frase en El Desorden de tu Nombre, de Juan José Millás. Decía uno de sus personajes: “los otros, de quienes no entiendo muchas cosas, pero de quienes no comprendo, sobre todo, cómo soportan la vida si no escriben”. Eso digo yo. Me pregunto cómo sobrellevan los demás el mal de amor, la autocompasión, los celos o la comida basura. Sobre el papel todo tiene igual estatus: lo bueno y lo malo quedan al mismo nivel, y son importantes sólo si son interesantes. Se deshace la moralidad a favor de la intensidad y todo deja de ser afortunado o desgraciado para convertirse en material para una historia.
Canta Sabina “Más de cien mentiras” (si os apetece, buscadla y escuchadla; es de mis canciones favoritas. No voy a pegar la letra aquí porque es muy larga… si la queréis, pedídmela y la posteo mañana). Me gusta esa canción porque habla un poco de lo que es la Vida, con mayúsculas, la vida buena y la vida mala, “el morbo, los celos, la sangre /la niebla metida en los huesos/ el lujo de no tener hambre”. Porque no dice que la vida merezca la pena porque existen el Ammor, la Ammistad, las florecitas, los pájaros y las compresas. Como siempre, Sabina va más allá (creo que eso es lo que diferencia a los buenos cantantes/escritores/artistas en general de los malos: que van más allá, que no se quedan donde está todo el mundo, aunque dé algo de miedo aventurarse) y nos habla de todo: de lo admirable, de lo cruel, de lo insólito, del “alma en oferta que nunca vendimos”. Hay amor a los hombres en esa canción, pero amor auténtico, como el que deberíamos destinar a nuestras parejas: no te quiero por lo maravilloso que eres, ni por lo que soy cuando estoy contigo, sino por que eres tú, tan vivo, tan humano, tan imperfecto, con unas virtudes que me encantan y unos defectos que te iluminan, que te vuelven de carne para que yo pueda llegar y tocarte.
Y una va escribiendo y escribiendo, enlazando ideas, llegando a conclusiones que desbaratará en la próxima media hora, cazando pensamientos veloces que cruzan su cabeza en esta tarde de otoño y seleccionando los más bonitos para que los leáis, desechando lo tópico, lo políticamente correcto (también lo incorrecto), la autocompasión, el paternalismo; acogiendo la perplejidad, lo vibrante, lo que parece nuevo aunque seguramente no lo haya sido nunca.
Luego se levantará, cerrará el ordenador, pondrá cara de persona normal y sólo los que vean cómo le brilla una chispa en la esquina de sus ojos miopes sabrán que ha estado escribiendo, como el que va a terapia o como el que tiene citas con amantes invisibles.

domingo, 23 de octubre de 2005

A film by Isabel Coixet

Ayer fuimos a ver “La vida secreta de las palabras”. Dejando de lado que la película tiene un título tan hermoso como para hacerme soñar y escribir durante páginas, me gustó bastante. Es dura, eso sí. Salí de allí preguntándome cómo se hace para conocer el dolor del mundo, para saber del sufrimiento que experimentan a diario millones de personas, y seguir sobreviviendo, comprando ropa, enamorándose y soñando. No se trata de una reflexión sociopolítica, de una arenga contra el consumismo o de una queja filosófica. Es más bien una duda acerca de la materia humana, de la materia del alma: ¿de qué está hecha? ¿de chicle pegajoso y adaptable? Porque oyendo lo que oí ayer, debería pasarme días llorando, en silencio, vete a saber si rezando. En cambio, aquí estoy, escribiendo trivialidades y pensando en qué voy a hacer esta tarde y en si cierta personita va a llamarme o no. Entonces, ¿soy mala? Porque no es sólo la película: son Wilma y Katrina, es el hambre y el SIDA, son los abuelitos, las violaciones, los terroristas suicidas volando en mil pedazos.
El planeta está dolorosamente partido en dos. Aquí, en la parte superior, en la azotea, sabemos que algo espantoso está pasando en el sótano. Como no podemos, ni queremos, ir a arreglarles la vida a los de abajo, intentamos seguir con nuestras fiestas, nuestra ansiedad, nuestros libros de autoayuda y nuestra comida china. De cuando en cuando, dejamos que rueden unas monedas, en forma de donativo, hacia la parte de abajo. Otras veces ayudamos a alguien que ha conseguido subir. Otras, las peores, volvemos a echarle a patadas hacia el agujero que le ha tocado en suerte en el reparto de bolas del destino.
Tampoco creo que tengamos la culpa. No lo quiero creer. Hoy tengo un interrogante gigante en la cabeza, hecho de preguntas que vienen resonando durante siglos en cabezas más pensantes que la mía.
En la película había también trozos de argumento que no terminé de entender bien. Ya sabéis: los típicos cabos sueltos que dejan algunos guiones para hacerse los interesantes. Mientras repaso los diálogos con la mente y busco alguna pista que me permita desentrañar los misterios, me pregunto si nuestra vida no estará hecha de eso: de cuestiones que no vamos a comprender nunca del todo, de cuentos que nunca van a terminar con una palabra “Fin” en gruesas letras de molde. Yo quiero creer que las historias que componen mi vida sí acaban, que “al final todo está bien, y si no no es el final”. Luego me encuentro con inconexos capítulos que se mezclan unos con otros, con tramas absurdas que cualquier crítico deploraría si esto fuera una novela en lugar de pura existencia irrazonable. Hay muchos finales abiertos en mi historia; de esos que si ocurrieran en una película de verdad me harían preguntarme ¿ya se ha acabado? Y quedarme en la sala a oscuras leyendo los créditos para ver si me proporcionan algún tipo de clave. Y esperar durante meses a ver si ruedan la segunda parte. Y resignarme, y comprar las entradas para otra peli, y verla mientras como muy despacio un Toblerone, porque no me gustan demasiado las palomitas de maíz.

sábado, 22 de octubre de 2005

Dice Henry Miller...

Mientras salgamos de los úteros con manos y piernas, mientras haya estrellas sobre nosotros para volvernos locos y hierba bajo nuestros pies para amortiguar la curiosidad interior, el cuerpo nos servirá, hasta cierto punto, para silbar todas las posibles tonadas.

Y digo yo…

...mientras yo salga a la calle y en la persiana del local de enfrente ponga “te pienso tanto, Fabricia”, y llueva, y brille el pavimento, y una mujer me invite a compartir el paraguas; mientras siga despertándome de vez en cuando en casas ajenas con un calor dulce a mi lado, y siga bebiendo cervezas con mis amigos, y mirando fíjamente a más de un tío, y desviándonos mutuamente las miradas como el que saca balones fuera; mientras pueda seguir desayunando en la calle de cuando en cuando, oliendo a tostadas y a café recién hecho, escuchando el sonido de la leche al calentarse; mientras la PK se quiera quedar a dormir en mi casa después de salir de fiesta y pueda sacarle fotos a la mañana siguiente, envuelta en el edredón como un enorme gusano de seda; mientras el mundo me permita seguir haciendo regalos, leyendo libros, besando, mirando el cielo, contando días, oliendo flores…
… el cuerpo me servirá, sin duda, para silbar más de una tonada hermosa.

jueves, 20 de octubre de 2005

Dice Chantal Maillard...

Intermedio

Entre una imagen tuya
y otra imagen de ti
el mundo queda detenido.
En suspenso. Y mi vida
es ese pájaro pegado al cable
de alta tensión,
después de la descarga.



Y dice también...

Acojo todos los colores, el
estío dentro de mi otoño,
porque sé que no
hay fin, que no habrá término.
Todo comienza y termina en mí.
Yo soy el infinito proyecto de mí misma
por encima de mí
me sobrevuelo.


Para vosotros. Os lo regalo.

martes, 18 de octubre de 2005

Poesía básica

Hay pintadas espantosas, ya sabéis: esas firmas toscas de quinceañero rebelde que desfiguran las persianas de los comercios y las paredes de los edificios. Otras, sin embargo, conmueven por su contacto bruto y directo con la vida. En la persiana cerrada de un comercio cercano a mi casa puede leerse, en grandes letras violetas: “te pienso tanto, Fabricia…”. Los puntos suspensivos chorrean un poco de spray y un mucho de melancolía, y es tan hermoso: te pienso; no te quiero, ni te amo, ni te deseo; te pienso, y en ese pensamiento intento contenerte entera, y no te puedo sacar no ya de mi corazón, sino ni siquiera de mi cabeza.
No sé si los pijos que van al nuevo aulario de Derecho lo saben, pero el año pasado, mientras se construía, alguien pintó en mayúsculas sobre la pared una frase.
ESTA MOLE DE CEMENTO ME TAPA LA SIERRA, decía.
Y era tan sincerísimo, tan de "aún me queda el pataleo", que cada vez que pasábamos por delante Josy y yo nos parábamos, movíamos las manos como declamando y repetíamos aquella queja eterna en voz alta, resucitándola para que el que pasara por al lado pudiera escucharla. Claro que sí: la mole de cemento tapa la sierra y no nos hace ni puta gracia. Poned el progreso como excusa, defended que los de Derecho necesitan urgentemente un aulario, pero nos estáis tapando la sierra y eso nos toca las narices. Cada vez que yo pasaba por ahí sonreía y me quitaba mentalmente el sombrero frente al autor, y me lo imaginaba al otro lado de la calle, dibujando de memoria las cumbres de la sierra y con ganas de hacer reventar las grúas y los ladrillos que habían colocado sin consultarle.
Luego está el flautista de Gran Capitán, que se mueve y toca... nuestra música apagará nuestro fuego, afirman altivas las letras escritas a su lado. O la alcantarilla que había de camino a Políticas a la que alguien le había dibujado una sonrisa. O ese “Yonquis, os queremos. Muac muac” del que os hablé el otro día y que aún nos hace reír a Jose y a mí. O quienquiera que fuese que convirtió las vigas de un pasillo entre dos estaciones de metro de Barcelona en un larguísimo poema, con un verso en cada viga del techo, de forma que parecía que una mano invisible y enorme lo estaba escribiendo para ti en ese mismo instante.*
Las marcas de lencería no consultan a nadie para llenar las paradas de autobuses con fotos de quinceañeras en tanga. Entre eso y las pintadas (algunas, no todas), me quedo con las segundas.

*Sólo lo vi una vez. Luego lo blanquearon y a mí se me quejó el alma un poquito.

domingo, 16 de octubre de 2005

Física del frío

Aunque me considero un animalito de clima cálido (alguna perezosa especie tropical, no sé bien cuál), a veces le encuentro su gracia al invierno.
Me tumbo, por ejemplo, debajo de una manta. Ahí estoy yo: un conjunto de células que han dado en llamarse Marina. Todos mis sistemas funcionan: los pulmones se hinchan rítmicamente, el estómago separa los nutrientes y los digiere entre delicados ruidos, el corazón se contrae en espasmos sanguíneos y regulares.
Si nos aproximamos más, encontramos mis células: millones de pequeñas unidades de vida, con sus núcleos, sus mitocondrias, su aparato de Golgi, interpretando complicadas cadenas de ADN, produciendo proteinas y desencadenando, una a una, las funciones que me mantienen viva. También están las neuronas, que se comunican entre sí como cables que chocan en la lluvia, con un chisporroteo de luz entre sus extremos.
Todos estos procesos tienen como resultado el calor: una calidez leve pero segura que se extiende alrededor de mi cuerpo como una placenta invisible. Puesto que estoy debajo de una manta que impide que se escape esa energía calorífica, al cabo de un rato empiezo a sentirme templadita y confortable como una sopa, y al amparo de esa temperatura placentera que mi cuerpo y la manta han construido para mí, duermo la siesta. Y es tan sencillo pero, a la vez, tan milagroso…

viernes, 14 de octubre de 2005

Paisaje con grúa al fondo

Me siento a escribir sin argumento, sin una idea que vertebre las frases que van saltando a mi cabeza como si alguien me las estuviera dictando en el oído.

Te vas, desaparece tu perfil detrás de la puerta y yo pienso que no me puedo permitir ponerme triste. Me lío un cigarro y me siento en la terraza a despedirme de un sol que amenaza con ocultarse de aquí a poco entre las nubes. Hay personas, me digo, que son como este sol de media tarde: hieren si te dan directamente en la cara, pero cuando se van te dejan muerta de frío. Fumo despacito y escucho el ruido de la obra, y se me viene otra metáfora fácil a la cabeza. La vida. La vida es como esta obra: es fea y ruidosa, pero parece que lleva a alguna parte. Qué va, me sale enseguida; la vida no es fea, la vida es preciosa, pero sí que está llena de ruido, y sí que muchas veces no le ves el final a todo ese traqueteo de máquinas, a ese ir y venir de albañiles renegridos por entre los cimientos.

El cigarrito de después, se me ocurre luego. ¿De después de qué? De que te partan el corazón. Bah, no es para tanto, boba, no es para tanto. No dramatices. Tampoco tenías el corazón tan entero como para que te lo partieran. Tampoco dejaste que saliera demasiado de su herrumbrosa caja de costillas.
¿Qué voy a hacer hoy? me pregunto a mí misma con interés. No sé, me contesto: fregaré los platos con música (me encanta la montaña de platos cuando es el pretexto para escucharse entero un buen disco), saldré a dar un paseo, me apuntaré al taller de escritura que vi el otro día anunciado. Me meteré en una librería y me regalaré un buen libro, un libro largo y absorbente, de esos que te hacen sentir acompañada con el simple gesto de meterlos en el bolso cada vez que sales.

El amor, me digo, a punto de atacar con otra comparación lapidaria de las que se me están ocurriendo hoy. El amor es como este cigarro que me estoy fumando: si no le das las caladas con fuerza, con entusiasmo, se apaga y no hay forma de que tire. Por otra parte, si te dan un cigarro apagado no hay forma de encenderlo, por más que te apliques a la tarea de aspirar de la boquilla. Hace falta un fuego inicial, una chispa. Y que no haya viento. Y un poco de suerte.

Consejo número veintiséis: escribe inflexible y claro sobre lo que duele. Me meto en el salón, porque en la terraza se ha ido el sol y empieza a hacer frío. Me echo la manta de Mariana sobre las rodillas, esa que no me llegó a regalar, pero que se olvidó en el cuarto que compartimos y que yo me apropié desvergonzadamente. Cuando estoy a punto de terminar llega Josy y se sienta a mi lado. Me debato entre quedarme aquí esbozando aforismos inútiles o hablar un rato con ella: la eterna lucha entre realidad y literatura, entre palabras y personas.

Finalmente, cierro el portátil y nos vamos a la cocina a fregar platos, a hacer té y a escuchar al Canelita.

Sí que es bonita la vida, ya lo creo.

jueves, 13 de octubre de 2005

Lo siento

Pensaba postear, lo juro... Lo llevaba preparadito en mi tresymedio y no era mal post... Pero en este ciber tienen tapada la disquetera con cinta aislante.
Cabrones.
Mañana por la noche, ¿de acuerdo?

sábado, 8 de octubre de 2005

Marina in the Mirror

Estoy pagando por escribir en un ciber y no sé exactamente por qué quiero hacerlo ni qué va a salir. Sólo sé que es sábado y que hay una luz blanca y extraña de nublado; que ya no tengo nada que hacer hasta que lleguen las ocho y me vaya a la fiesta de la PK; que me estaba asfixiando a pesar de las vistas de noveno de mi piso. Así que he bajado aquí, he blogueado un poco (no sabéis cuánto lo echo de menos desde que estoy en Granada) y me he dicho: va, Marina, escribe un poco, escribe sin pensar durante un cuarto de hora y luego lo publicas sin corregir, con dos cojones.

Es la segunda vez que pasan el mismo disco de Shakira desde que entré aquí, y me acuerdo de que yo escuchaba Shakira cuando tenía catorce años, pero no ahora, señora dueña del ciber, no ahora. Cuando yo tenía catorce años me fui a Mallorca con mi amiga Caro y oíamos este disco tumbadas sobre las rígidas sábanas blancas de la habitación de hotel. No recuerdo mucho de ese viaje: bucear en las calitas con gafas redondas y tubos de plástico; bajar por las noches al bar del hotel e intentar sin éxito encontrar un amor de verano; un calor pegajoso que no se iba nunca y un sopor extraño de isla que me daba ganas de dormir durante todo el día. No fue un gran viaje.

Pienso que quiero hablar de Barcelona, que un día de estos escribiré un post sobre aquello y sobre largos sábados como éste en los que no tenía ninguna fiesta esperándome al final de la tarde. Quiero hablar de Barcelona en un alarde de exhibicionismo emocional. Bah, me digo, a quién le importa. El otro día lo intenté, lo juro: me senté frente al portátil con los dientes apretados, respirando despacito, e intenté contar un poco cómo fueron aquellos seis meses que me cambiaron la vida, cómo aprendí exactamente a qué sabe la soledad. Me salió un texto largo, vomitado, parecido a este, que rezumaba un dolor tan insoportable que no me atreví a publicarlo. Concluía con las palabras "Y eso es todo. No hay lecciones bonitas que aprender sobre esta historia", pero hoy pienso que sí que las hay, que algo me ha traído desde allí hasta aquí, hasta este ordenador extraño en una ciudad que sigue siendo extraña y que eso, de alguna forma, tiene un sentido.

Sólo me quedan cuatro minutos del cuarto de hora que me prometí y he hecho trampa: he releido todo lo anterior para ver qué tal estaba quedando y he cambiado un par de cosas. No mucho, apenas unas comas. Y me pregunto dónde está mi equilibrio entre la compañía y la soledad, porque estoy con gente y me muero por irme a mi cuarto a escribir un rato, o a leer, o a tumbarme en la cama a soñar despierta un poco. Pero luego llega un sábado como el de hoy, con una mañana libre y larga para vagar sola por mi solitario piso, y acabo escribiendo en un ciber, totalmente perdida, creyendo erróneamente por trigesimooctava vez que esto me va a salvar la vida. Qué va, Marina: las tablas salvavidas no están hechas de palabras; están hechas de corcho, o de madera como mucho, y de entre estas letras no te va a salir una balsa con una sábana en medio, como las de los dibujitos, para que tú te montes en ella y te vayas flotando como una náufraga momentáneamente salvada.

Exagero, como siempre, así que no os preocupéis. Dentro de un par de horas me juego el cuello a que me estoy riendo. Dentro de cuatro me lo vuelvo a jugar a que estoy borracha. Sin embargo, qué queréis que os diga: me da miedo, me da miedo quedarme sola un mísero sábado y atisbarme a mí misma en el espejo, como en el laberinto de la Historia Interminable, y encontrarme vete tú a saber qué monstruo bíblico. Quién es la que aparece cuando no hay ruido. Quién es esa que sale cuando me callo la boca.

En fin, qué se yo... Voy a cumplir lo prometido y a publicarlo sin corregirlo, lo juro. De aquí, de esta maraña hastiada de comas, de este batiburrillo sin pulir, es de donde parte la verdadera yo. Creo.

miércoles, 5 de octubre de 2005

Dos por uno

1. Sueño que estoy en el balneario con mi familia y con J., uno de mis amores platónicos de la infancia. El agua es muy azul y las columnas están cubiertas de una luiz dorada. Mis padres se pelean, pero se pelean como si estuvieran casados y en el fondo quisieran reconciliarse. Cuando estoy empezando a entristecerme, J. me coje a caballito y se tira al agua, y me lleva a lomos como un delfín domesticado. Va muy rápido y parece que no le cuesta ningún esfuerzo; yo me río a carcajadas, pero al mismo tiempo contengo la respiración para no tragar agua, mientras a mi lado se levantan olas de un profundo color turquesa.
Llegamos a una especie de anfiteatro parcialmente hundido en el mar, al otro lado de una pequeña bahía. Nos sentamos en dos rocas, el uno frente al otro, y veo que tiene la piel cubierta de pecas; en la realidad no es así, pero en el sueño sí, y puedo ver pecas incluso en sus uñas. Su piel reluce como la piedra de las columnas, y yo estoy emocionada por la posibilidad de gustarle al fin, después de tantos años. De pronto unas excavadoras comienzan a destruir el anfiteatro, y a mí me da pena, pero sé que no puede ser de otra manera.

2. Me duelen los gemelos de andar por Granada. Me gusta caminarme esta ciudad, porque es tan pequeña que te da la sensación de que la tienes entera bajo las piernas, como un animal domesticado. Estar aquí o allí, en una punta u otra del centro, está separado sólo por diez o quince minutos de caminata enérgica, y eso da más libertad que cualquier coche, porque no hay atasco que te detenga, ni calle peatonal que se te resista.
Es estupendo Octubre, cuando las clases parecen más un entretenimiento que una obligación y todo se me mezcla: las tapas con las bolsas del Mercadona cargadas hasta arriba; una escapadita al cine con ir, poco a poco, desmontando las cajas que aún adornan el pasillo de mi piso. El tiempo y sus ratos transcurren con una placidez blanda, como si el verano no se hubiera terminado del todo.
Jose y yo salimos el sábado y tomamos unas cervezas en el Bohemia. Está saliendo por fin de su crisis existencial y todo él reluce de pura inspiración. Luego me pide que le enseñe el Paseo de los Tristes porque, como yo, se ha visto seducido por su nombre, hermoso y melancólico como toda Granada.
En el camino nos desviamos por la cuesta de Gomérez para ver la Puerta de las Granadas, y tardamos media hora en subirla porque vamos explorando las callecitas adyacentes: blancas bajo la luz de los faroles, desiertas como decorados vacíos de una película antigua. Nos reímos al leer una pintada en un muro: "Yonquis, os queremos. Muac Muac". Llegamos arriba y leemos la inscripción de la entrada: Jose en silencio, yo recitando ampulosamente como cuando hacía teatro de pequeñita.
Cuando llegamos por fin al Paseo de los Tristes, nos sentamos al borde del Darro y miramos un rato la Alhambra (como tantos y tantos millones de ojos en esta ciudad, turística de puro bonita).
- Qué dolor más dulce – dice Jose, al cabo de un rato.
- ¿Cuál? – pregunto, y sé la respuesta, aunque no encuentro exactamente las palabras.
- Entristecerse en Granada.
- Sí – asiento, seriamente.

sábado, 1 de octubre de 2005

Post precocinado listo para descongelar

Preparadito en su diskete como los deberes de una niña buena. Hala, para que os quejéis luego ;)

29 de septiembre de 2005

Me levanto temprano para ir al hospital antes de marcharme a Granada. La primera vez que madrugas después del verano siempre tiene ese matiz entre tristón y excitado del comienzo de curso, lo inesperado del frío y el cielo todavía oscuro. Me desperezo, desayuno y deambulo en pijama por mi casa dormida, terminando la maleta sin prestar mucha atención a lo que meto.
Mi madre y yo hemos quedado con la ginecóloga en Urgencias, junto a la zona de partos, y continuamente entran y salen mujeres con barrigas enormes; al principio pienso que están todas de parto, pero la mayoría viene sólo a que monitoricen el latido del corazón del feto para confirmar que todo va bien. Se sientan de tres en tres en una habitación pequeñita, con las grandes panzas llenas de sensores y cables, y el sonido sincopado y submarino del corazón de sus hijos se extiende por el pasillo adyacente, donde esperamos mi madre y yo apoyadas contra la pared. De pronto sale una matrona de quirófano con un diminuto bulto envuelto en una sábana verde. Lo miro un poco incrédula. “Es un niño”, casi pregunto a mi madre, que lo mira también y sonríe. La comadrona sale al vestíbulo a avisar a la familia, y cuando entra de nuevo nosotras estiramos el cuello para intentar ver al bebé. Ella parece dudosa, pero sonríe y retira un poco la tela. El niño tiene la carita arrugada, los ojos cerrados y un puño apretado por delante del pequeño rostro de pez. Brilla aún de pegajoso líquido amniótico. Le observamos mientras escuchamos los corazones de los otros bebés que, en unos días, saldrán al mundo como él.
Es como estar en las mismas puertas de la vida.
Me gustaría preguntarle qué o a quién ha visto al otro lado, de dónde viene, qué nos trae. Es tan nuevecito. No hay ni una sola huella del mundo en su cara. Pero eso lo pienso después, mientras le recuerdo, completamente indefenso, tan inmóvil. En el momento sólo puedo intentar retener en mi mente la imagen de su rostro, que parece saber más que todos los nuestros, que viene directamente desde la raíz del misterio.
Entra la familia de la parturienta con cara de nervios, de haber dormido poco. Conjeturo que son los padres, la hermana, el cuñado y la abuela, que va un poco rezagada. No parecen ni muy ricos, ni muy pobres, ni muy felices, ni muy marginales. Normalidad en estado puro. Salen al cabo de unos minutos, sonriendo como sólo se sonríe cuando nace un niño o cuando te enamoras: desvergonzada, incontroladamente. Enhorabuena, murmuramos cuando pasan, y esbozamos una sonrisa sin ser capaces de darle esa cualidad sobrehumana que tiene la suya. Gracias, contestan, un poco aturdidos. La abuela solloza en silencio.
Una nueva vida, pienso después, mientras viajo hacia Granada por primera vez en el curso. Ruego para que sea una señal que me está enviando vete a saber quién. También para mí empezará una nueva vida o, aún mejor, una versión de la anterior con más utilidades y prestaciones, como los programas informáticos. Llego a mi piso y lo encuentro vacío, con dos vueltas de llave y las cajas esparcidas por el pasillo, e intento hacerme a la idea de que empiezo otra vez a vivir sola. Hago listas mentales: tengo que limpiar, ir al supermercado, deshacer cajas, plantar hierbabuena en el balcón, comprar una silla que no me destroce la espalda. Estiro los brazos, como para aprovechar mejor este espacio que tengo para mí sola, y me siento a contemplar la Vega en nuestra enorme terraza. Aunque la vista sería mejor si no hubiera una grúa enorme justo enfrente, me gusta mirar cómo se mueve e imaginarme que doy un paseo montada en ella.
Una nueva vida, me repito, o una versión mejorada de la antigua. Genial. Voy a echarme una siesta, que tendré que coger fuerzas. Sólo un ratito; luego me pondré a limpiar y a colocar la ropa y los libros.
Me despierto dos horas más tarde justo a tiempo para ver cómo se esfuma el sol por detrás de los edificios. Por hoy ya no podré hacer nada, porque he quedado en media hora, pero no me siento ni un poquito culpable. El curso está tan nuevo, tan por estrenar. Tengo todo el tiempo del mundo.

miércoles, 28 de septiembre de 2005

No me gusta irme sin avisar

Así que voy a dejar este mensaje para que sepáis que no sé cuándo podré volver a postear, porque me marcho a Granada y tardaré un poco en poner Internet en el piso. Puede que escriba algo desde un ciber, pero como también estaré liadilla con el comienzo de curso y demás, no aseguro nada.
Y ahora os dejo y me voy a hacer la maleta. Cuidaos mucho en mi ausencia.

martes, 27 de septiembre de 2005

Por qué la otra tarde fue una tarde cojonuda

Habíamos quedado en el Balneario, un bar que han abierto junto a la playa en el viejo edificio de una casa de baños. El interior es absurdo de tan grande, con los techos enormes y las mesitas de coca-cola como perdidas en el suelo. El exterior es una terraza que se abre al mar, rodeada de columnas que en algún momento sostuvieron un gran porche. Como más de un malagueño, estoy hechizada por esas columnas que no sujetan nada, por las grandes piedras rotas, por la belleza que se ha construido a su alrededor sin necesidad de destruir nada. Quieren acabar con él con una reforma urbanística que ya está aprobada, y cada vez que lo pienso me duele como si se estuvieran cargando mi casa. Hasta entonces seguimos quedando allí, tomando café en su terraza, bebiendo cerveza en la playa y sentándonos a mirar atardeceres en la barandilla de piedra.
Jose lleva un rato esperándome. Voy hacia él y pienso que me gusta el momento en que reconoces a la persona con la que has quedado, levantas la mano, sonríes y caminas hacia ella. Paseamos por el antiguo camping hasta la playa que hay junto a los astilleros y nos sentamos con unos chicos pseudohippies: pies descalzos, bongos, porros. Uno de ellos le enseña a tocar la darbuka a una niña de unos diez años. Le mira y le habla como a una adulta, y es hermoso verlos ahí: el chico mayor, con el pelo largo y rubio de surfero; la niña morenita y espabilada, escuchándole y moviendo las manos sobre el timbal.
Luego volvemos al bar, donde hemos quedado con la PK, y nos tomamos un té moruno. Doy mordisquitos al dátil que ponen de acompañamiento, porque no soporto tanta dulzura junta y prefiero ir administrándomela. El sol es una bola tridimensional que se está escondiendo poco a poco tras las montañas del otro lado de la bahía. Me acerco con la cámara a cazarlo, y antes de darnos cuenta ya estamos los tres en la barandilla, haciéndonos fotos y liando cigarros.
- Me gustaría saltar y mojarme los pies – dice la PK.
- Pues hazlo – contesto yo, mientras fumo despacio.
- Pero es que se me llenan de arena luego.
- No pasa nada… te sientas aquí y esperas a que se te sequen.
Se ríe, habla de pulmonías, vuelve a reírse y se tira al agua. Durante un rato, salta y patalea. Jose se le une. Yo me quito los zapatos, me remango los vaqueros y me apunto también.
El agua está suave y caliente en contraste con el aire de otoño, que ya empieza a ser fresco. El mar nos está atrayendo poco a poco, y cuando empezamos a tirarnos arena húmeda a puñados (primero a los pies, luego al cuerpo entero) ya sé que vamos a acabar los tres en el agua. Jose no se lo piensa: antes de que nos demos cuenta está en calzoncillos, intentando distinguir las piedras del fondo con sus ojos miopes. PK y yo le damos más vueltas, analizamos la ropa interior que llevamos, la cantidad de luz que le queda al día y la posibilidad de que nos vea alguien conocido.
- Si se baña él y nosotras no, nos arrepentiremos – digo yo.
Me quito los vaqueros y la camiseta y me tiro al agua. No es frío lo que siento, aunque me cuesta un poco respirar de la impresión. Nos salpicamos deseándonos suerte, como hacíamos de pequeños cuando celebrábamos la noche de San Juan. Nadamos un poco. Nadie nos mira porque a nadie le interesa demasiado. Me hago la muerta y miro las estrellas que empiezan a aparecer en el cielo. Escucho el sonido que hace la arena al desplazarse por el fondo: parece como si cantaran grillos diminutos.
Empezamos a tener frío y salimos. Nos secamos con la camiseta, nos quitamos la ropa interior y nos vestimos en plan comando, con la piel todavía helada, riéndonos todavía.
Y me alegro, me alegro tanto de estar aquí, semicongelada, con el pelo húmedo y salado, con mis amigos, de noche, en otoño… me alegro tanto de no haber pensado en la pulmonía y haberme tirado, sin más, porque el agua estaba tan calentita, aunque sea casi octubre…

viernes, 23 de septiembre de 2005

25 ideas para escritores confusos

1. Encuentra tu propia forma de hacer las cosas y confía en ella.
2. No utilices la escritura para hacerte querer.
3. Recuerda que a veces te salvará la vida y otras te dejará tirado como a un perro.
4. Miente descaradamente, pero se auténtico en tus mentiras. Encuentra la diferencia entre la mentira y la trampa y no seas tramposo.
5. Lee mucho, lee con los cinco sentidos, lee absorto tirado en un sillón mientras se va poco a poco la luz de la tarde, lee con una linterna debajo de la cama.
> 5. 1. Encuentra los autores y los libros que te dan ganas de escribir y procura tenerlos cerca.
6. No te fíes de los que dicen que es mejor escribir a mano. Tampoco de los que decimos que es mejor escribir en el ordenador. (Ver consejo 1).
7. Haz el mismo caso a las críticas buenas que a las malas. Después de una mala crítica, date un poco al vicio y vuelve otra vez con más fuerza.
8. Contigo mismo, sé humilde y endiosado al mismo tiempo.
9. Aprópiate indebidamente de las vidas ajenas. Cotillea mucho.
10. Para el bloqueo, recuerda a tito Hem y esta frase suya: “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”.(París era una fiesta)
11. No te olvides de la tercera persona. Mira más a tu alrededor que a tu ombligo.
12. Haz de la escritura un arte ecológico: recicla tus miserias.
13. No seas moralista.
14. El lector no es tonto.
15. Sabes más de lo que crees… y sin duda tu escritura sabe más que tú.
16. No se trata de vivir primero y de escribir después, sino de hacer ambas cosas a un tiempo y dejar que se alimenten mutuamente
17. Tómatelo a broma. No vas a salvar al mundo con tus libros.
18. Busca a gente que escriba y no te sientas un bicho raro.
19. Enseña lo que haces, pero no des mucho la brasa.
20. Explora… escribe cuentos infantiles, novelas policiacas, guiones de teatro, poesía moderna y textos para las cajas de los cereales.
21. Ten a la escritura como esposa y búscate una amante (pintura, teatro, baile) para olvidarte de ella de vez en cuando.
22. Ten en cuenta que escribir no ha hecho feliz a nadie.
23. Si quieres dejarlo, recuerda que es posible vivir una valiosa vida en un planeta del univeso sin ser escritor.
24. Ignora el consejo anterior y no lo dejes nunca.
25. Ignora todos los consejos anteriores y quédate sólo con el primero.

Esto es, más o menos, lo que me han enseñado mis años de pseudoescritora. El 23 es una frase de "El vendedor de cuentos", de Jostein Gaarder. Tanto el 2 como el 22 son de esta señora.
Básicamente lo he escrito para mí misma, pero si puede servirle a alguien, mejor. He publicado los primeros 25 consejos (aunque no me gusta llamarlos así) que se me han ocurrido, y supongo que dentro de un tiempo los revisaré y corregiré; en cualquier caso, me gustan. A ver si no soy yo la primera que se olvida de alguno.

PD: Mi favorito es el 2.

miércoles, 21 de septiembre de 2005

21-S

Hoy es el Día Mundial del Alzheimer, y en la asociación donde estoy de voluntaria llevamos semanas preparándolo. Hemos vendido pulseritas y bolsas perfumadas, hemos colgado pósters y se ha preparado una cena de gala para socios. Los enfermos, cada uno a su manera, han pintado cuadros para hacer una exposición: cuadros coloridos y torpes, como los de los niños pequeños, con casas, árboles y estrellas de mar.
Yo (concretamente, como diría Elvira Lindo)llevo varios días pensando qué escribiría en el post de hoy. Quería hacer ver lo dañina que es la enfermedad y lo necesarias que son las ayudas. Quería contaros que el trabajo allí es bonito, aunque a veces estés media hora para ayudar a uno de ellos a recortar una línea recta y te preguntes “¿qué coño hago yo aquí en vez de estar en la playa?”.
No sabía cómo hacerlo sin caer en el sentimentalismo fácil, en el “oh-oh-qué-buena-soy” o en la reivindicación socio-revolucionaria. No me gusta escribir sobre este tipo de temas por lo mismo que no me gustó Mar Adentro: porque me parece tramposo hacer literatura, o cine, o lo que sea, sobre algo que tiene una carga moral tan grande. Opino que se confunde el juicio moral con el que merece la calidad de la obra, nos hacemos la picha un lío y acabamos con catorce Goyas de más en el bolsillo… pero bueno, ese es un tema polémico en el que no me quiero meter ahora :S
Así que he decidido limitarme, sencillamente, a contaros cómo son mis abuelitos. Todos sabemos que el Alzheimer es una enfermedad dolorosa. Creo que hasta el menos empático puede imaginarse lo que significa ir perdiendo las facultades a lo largo de diez o doce años y acabar sin saber, como decía Antonia, ni que estás vivo, haciéndote tus necesidades encima y teniendo que ser alimentado con una jeriguilla. Eso duele. Le duele al paciente, le duele a su familia y le duele a cualquiera que pase por ahí. Pero mis abuelos no son sólo pacientes. Son personitas. Tienen la enormidad de una vida entera dentro y no te la saben explicar, pero se les cuela en las miradas y en los gestos. Tendríais que ver cómo se esfuerzan en hacer sus trabajos, aunque les tiemble la mano al agarrar el boli. Cómo se disculpan cuando te preguntan y cómo sonríen cuando les dices lo mucho que te gusta lo que han hecho. Algunos de mis abuelitos tienen, lo juro, sonrisas que iluminan aceras enteras.
Como Victoria, que se me acerca y me dice “guapa” con los enormes ojos azules muy abiertos y el pelo blanco formando una especie de aureola en torno a su cabeza… la misma Victoria que aprieta los lápices de colores en la mano porque teme que se los vayan a quitar, y gruñe y protesta cuando se los cogemos para guardarlos.
O Carmen, que te cuenta varias veces al día las mismas historias, con las mismas palabras y riéndose exactamente en los mismos sitios. “Mi marío… mi marío era mu gueno, pero to era pa sus hijos… y a mí, si yo le pedía un vestido, me compraba tres que cuando me los ponía me se quedaban antiguos. Así que yo me enfadé y no me acosté más con él… - hace una pausa y se inclina hacia mí como para decirme un secreto -. Aluego me arrepentí, pero como a los arrepentíos son a los que quiere el señor…” y se ríe, irreverente, bamboleando su enorme tripa y sus carrillos mofletudos.
O Mario, que me da abrazos de oso y me dice “Te quiero musho”, así, con “sh”, y me pone carita de cachorrillo para que le de doble ración de aperitivo.
O Juan José, que gruñe todo el rato y apenas se le entiende, pero siempre acaba los gruñidos con una sesión de sonrisas, como diciendo “si yo no soy malo y tú lo sabes, si yo no le haría daño ni a una mosca”… (que no es lo que dice, porque no sabe, pero es lo que quiere decir, porque yo lo sé).
O Rafaela, que se ríe y mueve la lengua hacia ambos lados de la boca en una mueca inverosímil, y dice “la leshe que te dieron” en voz muy bajita cada vez que la levantamos para que haga un poco de gimnasia.
O Juana, que me llama “preciosa” y me abraza, pero a veces se pone triste y no sabemos muy bien por qué.
O Juan, al que en su pueblo llamaban “el Bonito”y que te mira sabiendo que él, aunque sea diabético, apenas pueda escribir y ande con bastón, alguna vez fue “El Bonito” y, en algún lugar bajo su gorra gris, lo sigue siendo.
O Paco, que no es capaz ni de distinguir un color de otro, que apenas puede colorear, que casi no puede ni hablar y que, sin embargo, a veces sonríe.
O el otro Paco, que sabe en qué consiste su enfermedad y lo que le espera, pero se toma cada mañana tan en serio como si fuera su primer día de colegio.

Siguen teniendo cualidades de persona. Pueden estrujarte el corazón o alegrarte la mañana. Pueden ser adorables y aborrecibles, gruñones, juguetones, retorcidos y dulces. Y no me estoy haciendo la buena si os digo que cuando voy allí lo hago más por mí que por ellos.
Yo sé que este post es de los que vais a leer a saltos, si es que lo leéis… De esos que tienen poco gancho, poca calidad literaria y demasiado sentimentalismo.
Pero qué queréis que os diga. Yo tenía que hacerlo.

(Y hoy, para no variar, se me quedan cortas las palabras)

sábado, 17 de septiembre de 2005

Pequeña Pieza para Piano Solo

El está tocando y la ve entrar en el salón por el rabillo del ojo. No deja de mirar, alternativamente, la partitura y las teclas; sabe que si tuerce la cabeza, perderá el hilo y tendrá que volver a empezar. Pero nota que ella está ahí, sentada en el sillón con algún papel entre las manos, las piernas recogidas y la cabeza un poco ladeada.

“Y yo que siempre me quejo de que no quiere escucharme”, se dice a sí mismo, y sonríe un poco. “Tal vez esta sea su manera de valorarme, tal vez sea su forma de decirme que no cree que sea una estupidez que esté aprendiendo a tocar el piano ahora”. Sabe que a veces los ensayos son monótonos, porque hay que repetir muchas veces los fragmentos difíciles, así que, como no quiere aburrirla, decide que hoy no va a ensayar, sino a intrepretar su (escaso) repertorio al completo, con concentración, con sensibilidad.

Ella no se ha cambiado aún de ropa y lleva las media puestas. Le gustan sus pies sin zapatos, pero con medias. Mientras arranca con Für Elise esforzándose por no equivocarse, piensa que tal vez luego le quite las medias muy despacito y le recorra con los dedos las marcas del vientre. Con la parte de su oído que no dedica a la melodía, le escucha dar vueltas a los papeles que sostiene en el regazo. Imagina la carita de concentración, los dedos de uñas pulidas buscando datos en los documentos.

Todo el mundo conoce Für Elise, pero poca gente la ha escuchado entera. Él se la sabe completa, las tres partes, y mientras comienza la segunda, intentando dar con ese andante cantabile que tanto le cuesta a veces, piensa que a ella, en el fondo, le gusta su forma de ser, aunque últimamente se peleen tanto, porque de lo contrario no se sentaría a oírle tocar. “Es su manera de decirme que me quiere”, se dice, y sonríe satisfecho porque, por una vez desde hace ya unos cuantos meses, siente que conectan, que es mentira todo eso que se dice a sí mismo a veces sobre el error que cometió al casarse. “Sí que me quiere – asiente suavemente con la cabeza -, y no le molesta que ensaye, como yo pensaba. Creía que le molestaba, pero puede que no; puede que trabaje mejor oyéndome. Dicen que la música clásica favorece la concentración, no?”. Todo esto piensa él mientras inicia la tercera parte: con la izquierda da repetidamente un la muy bajo y con la derecha debe pulsar acordes complicados para su mano de principiante, así que deja de pensar, porque no quiere equivocarse; ahora no.

Por fin, de nuevo, el estribillo, o como se llame en música clásica. Ha llegado al final casi sin errores, con apenas unos cuantos resbalones entre tecla y tecla. Mientras termina la pieza, siente el corazón henchido de cariño, de agradecimiento. Acaba, sostiene durante un rato las últimas notas (las en ambas manos) y respira, mientras escucha cómo el sonido se diluye en el aire, alargado por el pedal derecho.

Antes de comenzar la segunda pieza que quiere regalarle a su mujer, se detiene un segundo a escuchar un latido metálico que rompe el silencio de la habitación.

La mira, y cuando ve los moscardones negros de los auriculares en sus orejas pequeñas y blancas, no dice nada. Gira la cabeza, cierra las partituras, fija la vista en la madera brillante del piano y se pone a tocar escalas de do con las dos manos, seca, machaconamente.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

Esta noche no sé qué voy a postear, pero voy a postear

Más que nada, porque os quiero contar que llevo varios días irritable, eléctrica, como con síndrome premenstrual agudo. Salgo, entro, cocino, voy a los abuelitos, duermo mucho, leo mucho, escribo un poco, y entre todo eso se me filtra una mala ostia contenida que me escuece en los ojos y me agarra los hombros en forma de dolorosa contractura de trapecio. ¿Por qué? No sabría deciros.
Pero no quiero estar mal y no pienso estar mal, y lucho. Ayer puse música, agarré la almohada y me puse a darle hostias a la cama, y cuando más emocionada estaba, cuando ya pensaba que iba a conseguir deshacerme de toda esa electricidad estática del organismo, me cargué la bombilla de mi cuarto, y del cabreo estuve a punto de hacer trizas unos cuantos platos. Acabé en casa de Elsa bebiendo sangría, fumando y cantando Fito a todo volumen, yéndome demasiado temprano y sabiendo que hoy, nada más levantarme, iba a sentirme igual de mal.

Hoy he tocado el piano rabiando contra Satie y su lento Gimnopedio (es la pieza con la que estoy ahora), deseando saberme algo furioso o tener suficientes conocimientos de música como para inventármelo. Luego he ido a la librería. Observaba las cubiertas brillantes de los libros, los cogía, los ojeaba, miraba el precio, los volvía a soltar. Cuando tenga mi propio dinero voy a gastarme todo el sueldo en novedades-literarias-de-pasta-dura-excesivamente-caros-en-proporción-a-su-número-de-páginas. Ahora mismo sólo me puedo permitir clásicos de bolsillo de segunda mano, y casi ni aun así.
(Cuando era pequeña, iba a la librería con mi padre y elegía varios libros. Luego él los miraba, calibraba el peso y la dificultad y hacía una estimación de cuánto iban a durarme. Si no eran más de un par de días, me hacía elegir otro.)
Después, en la moto, cantaba “So Payaso” a todo pulmón, y hablaba sola, y recitaba poemas de Benedetti poniendo acento uruaguayo. “Porque te escondes dulce en el orgullo, pequeña y dulce, corazón coraza”. Y a la lista de requisitos para mi futuro Gran Amor que estoy haciendo desde que leí esto he añadido: “que me pida que le recite poemas de memoria”. También he tenido una idea para un cuento, y barajaba frases, posibles principios y posibles finales mientras zigzagueaba entre coches y autobuses, sin prestar mucha atención, obviamente jugándome la vida.
Esta noche me he puesto guapa, con la falda larga que tiene dos cascabeles colgando de la cintura y me hace sentir como un hadita o un duende. Me he ido por ahí con mis amigos, hemos cenado y nos hemos sentado en el jardín de la catedral. He contado aquella anécdota de cuando Rocío estaba aprendiendo a esquiar y bajó una pista azul entera haciendo cuña, a unos ciento ciencuenta kilómetros por hora y gritando “¡Sorry! ¡Perdón! ¡Merci!”, y de pronto aprendió a hacer paralelo porque si no giraba se mataba. Me he reído como una loca y me he atrevido a ponerme un poco triste, porque ha llegado septiembre y mis amigas se van, cada una a la ciudad donde estudia, y se nos acaba este verano que hemos tenido, tan largo, tan drogadicto, tan bueno.
Y ahora estoy aquí, blogueando un poco, escribiendo otro poco, y se me ocurre que ya sé por qué quiero postear: porque nunca me había sentido tan bien estando mal y quería contároslo.

domingo, 11 de septiembre de 2005

La opinión de los lectores

1. Y todo eso que se refleja en tus posts…
… ese vivir tan romántico
… esa mirada tan detallista
… esa vitalidad

¿Tú vives así o es un recurso literario?
, me pregunta un desconocido por el messenger.
Yo vivo así, ya lo creo. Camino por la calle, como la tarde de la que os hablé hace un par de posts, y voy pensando en cómo voy a describir lo que siento, esa soledad extrañamente alegre. Me narro a mí misma como si fuera un personaje de novela, en tercera persona, con los pensamientos entrecomillados. Me paso los viajes en autobús seleccionando adjetivos para describir el paisaje, y me propongo aprender más vocabulario para poder llamar por su nombre a las piedras, a las nubes y a los matojos. Voy a un concierto y en lugar de bailar miro la expresión medio ida del bajista y los ojos como brasas del cantante, y no os creáis que no me da rabia no ser capaz de bailar, pero prefiero observarlo todo bien para poder recordar los detalles luego.
Entonces, pregunta él, ¿no te pierdes media vida? Me explica todo el rollo gestáltico del fondo y la figura, y de cómo lo que vivo y lo que siento, que deberían componer la figura, pasan a ser el fondo cuando me concentro en pensar cómo describirlo.
Pues sí, reflexiono, me pierdo media vida, claro que me la pierdo. Qué se le va a hacer. Escribir no hace feliz a nadie. Pero luego llego a mi casa, me siento frente al ordenador e intento recuperar esa media vida, como tirando de un hilito invisible que la traiga de nuevo hacia mis párpados, hacia mis venas. Y tal vez lo que siento cuando escribo no es exactamente esa conciencia que predican los budistas, esa presencia pura, sin que nos huya la mente como un gato escurridizo. Pero es mucho más mágico, diferente, visceral, múltiple. Como si todas las dimensiones de mi ser se estuvieran llenando a la vez. Así que me da igual perderme media vida si la otra media la puedo vivir de esta manera.

2. Escribes mucho más dulce desde que viniste de los Pirineos, me dice mi madre.

Yo le contesto que sí, que es cierto, que escribo más dulce. ¿Por qué? Me pregunto. Porque estoy harta de la ironía, de la autojustificación, del monólogo mentiroso que pretende ser un diálogo. Porque leí una frase de Maruja Torres que decía que un artículo nace, sobre todo, de una pasión, y desde entonces he resuelto que si no hay pasión, no posteo. Y las pasiones suelen ser dulces: como Ikerlynch, como Mariana, como la independencia, como mi Jose.
Y también escribo dulce porque he descubierto que sólo escribo para una persona, y es la Marina que, cuando tenía diez años, les dejaba cartas a los gnomos y a sus juguetes y nunca recibió respuesta. Mi escritura, Marinilla, son las cartas de los muñecos y de los habitantes del bosque. Sí que están vivos, ¿sabes?, y sí que existen.
Y a Marinita hay que tratarla con cariño.

De cómo las canciones dicen lo que nosotros no sabemos expresar

Atiéndeme
quiero decirte algo
que quizá no esperes
doloroso tal vez

Escúchame
que aunque me duela el alma
yo necesito hablarte
y así lo haré

Nosotros
que fuimos tan sinceros
que desde que nos vimos
amándonos estamos

Nosotros
que del amor hicimos
un sol maravilloso
romance tan divino

Nosotros
que nos queremos tanto
debemos separarnos
no me preguntes más

No es falta de cariño
te quiero con el alma
te juro que te adoro
y en nombre de este amor
y por tu bien
te digo adiós.


Chavela Vargas

viernes, 9 de septiembre de 2005

Veintiuno y subiendo

Felicidades, mi clown, mi payasete. Veintiuno ya. No sé qué te regalarán pero, para mí, tú eres el mejor regalo de este año, sin duda.
Brindo por noches en la enorme terraza de mi ático nuevo, mirando hacia la Vega, hablando de la inmortalidad del cangrejo y del sexo de los ángeles. Por tardes de cañas y cafés, por litronas en los parques (por parques sin litronas). Por escribir en los bares. Brindo porque les enseñes teatro a los chiquitines con la nariz de payaso que te vas a tener que comprar (la vieja se rompió en la feria, cuando bailábamos con ella puesta y nos pasábamos pelotas invisibles). También brindo (o ruego, más bien) por tener la oportunidad de compartir otro escenario contigo.
Brindo porque encuentres a esa personita especial (esa chica lista-y-dulce-y-guapa-y-perfecta-y-que-te-entienda), porque tu monólogo se convierta en diálogo. Brindo porque puedas pensar menos y sentir más, porque seas capaz de prestar atención a tu respiración, un dos, un dos, y sosegar tu mente enfebrecida, y brindo porque sé que ese sosiego te va a ir acercando al amor, por fin. O a la paz.
Brindo porque el destino te ha traído por fin a mi lado, y cuando ya pensaba que nos íbamos a ir separando lentamente por, ya sabes, la vida y eso, te vienes a mi ciudad y me dices que vas a compartir un curso conmigo. Brindo por eso.
Brindo por tus textos, tus guiones, tus dibujos, tus teatros. Por esa cabecita tuya que buye sin parar y por cada uno de sus largos rizos, por tu espíritu crítico, por tu rebeldía. Por tu libreta de apuntar frases y tu libreta de dibujos surrealistas, freudianos. Por tus palmas, tu piano, tus darbukas y tu siempre aplazado propósito de aprender a tocar la guitarra.
Que tengas suerte, mi loco, mi artista. Que encuentres tu camino y, si te equivocas, escojas otro nuevo sin miedo, con alegría. Que consigas un buen curro y llegues a fin de mes (y ya sabes que si no te invito a cenar). Que sigas volando y abras cada día el corazón un poquito, como si le estuvieras haciendo palanca con un destornillador.
Ponte a Calamaro y dedícate un “Brindo por las mujeres” en mi nombre. Veintiuno ya. Bueno, no son muchos. Apenas si estás en la recta de salida.
Brindo por el momento en que tú y yo nos conocimos…
Felicidades, mi genio, mi amigo.

jueves, 8 de septiembre de 2005

Septiembre

Camino por Málaga, por Málaga-me-mata, recorriendo la calle Granada hasta la plaza de la Merced. No voy cogida de la mano de nadie, nadie me rodea el hombre con el brazo. Voy sola, y puedo sentir el aire que rodea mi cuerpo: una funda invisible, un preservativo gigante de espacio vacío. Me concentro en los dedos de mis manos y en las puntas de mis pies. Toda yo soy energía resplandeciente, una especie de ET con forma humana que camina sola porque no le hace falta nadie.
Luego me sentaré en la Merced a beber cerveza. Hablaremos de nada, jugaremos a las cartas, comeremos patatas fritas. Después caminaré, esta vez en compañía, en dirección a un bar, o a por un shawarma, o a ver una peli tirada en el sofá de la PK. Volveré a mi casa en moto, con el viento zumbándome en los brazos, advirtiéndome que el verano se está acabando (disimulado, despacito, pero se acaba).
Daré un par de vueltas por Internet, y no por vicio, sino porque aquí todo el mundo escribe, y un mundo donde todos escriban es el sueño de un buen escritor (el mal escritor no quiere que le quiten protagonismo).
Después me iré a la cama y no podré dormir. Pensaré en escribir y en bailar, en volver a Granada, en quedarme en Málaga, en la playa, en la nieve. Me tumbaré boca bajo para sentir cómo aplasto mis pulmones con mi peso. Intentando acunarme a mí misma como a una niña, repasaré los placeres del día, para ver si así vuelve el sueño de donde quiera que se haya escondido.
Después de pensarlos todos, el mejor será, sin duda, el delicado placer de andar sola.

miércoles, 7 de septiembre de 2005

...T'has de riure més fort

Estoy intentando resumirla. Intento meterla en un post para ver si así dejo de echarla de menos. ¿Qué os cuento para que la conozcáis, para que intentéis imaginaros cómo es estar un día a su lado? Hay quien se empeña en ser distinto, vistiéndose de formas extraña, escuchando música experimental o defendiendo ideas absurdas. Mariana era especial por la forma en que vivía, por cómo lo tocaba todo y lo convertía en oro.
Cuando yo volvía de estudiar catalán en el SIM y me agobiaba pensando en los trabajos de la facultad, me la encontraba sentada en su escritorio, de espaldas a la puerta, pintando acuarelas de ciervos y patos con pinceladas diminutas. Tenía la pared llenas de fotos de animales hechas por ella misma. Había muchas vistas desde detrás; del culo, para entendernos. Ella siempre decía que todas las fotos de animales son desde delante, y que ella no quería fotos como todas. “A més, està net”*, argumentaba, cuando yo me quejaba. Y yo sonreía y le soltaba un només faltaría de los suyos.
Cocinaba platos inventados y me los daba a probar. Paraba de estudiar para ver cómo pasaban las ovejas por el valle, al otro lado de la ventana. Cosía lentejuelas a sus jerseys y le cambiaba los botones a sus chaquetas. Sonreía mucho y me dejaba notas de ánimo en la mesa cuando me ponía triste.
Un día, cuando estaba a punto de terminar la carrera, me la encontré deprimida, sentada en el suelo, enfurruñada como una niña. No quiero trabajar, decía. Todo el mundo que trabaja se queja, y si todos se quejan será por algo.
Sus frases estaban llenas de exclamaciones y de letras repetidas, y se tiraba de risa sobre la cama cuando sacudía a su Nemo de peluche para que hiciera ruido. Tenía unos calcetines con huecos para los dedos de los pies, y cuando se los ponía pasaba todo el día quitándose los zapatos (sus zapatos rojos, brillantes) para enseñarlos. Fabricó cortinas y lámparas de papel de seda para nuestra habitación compartida.
(Abandono, abandono, no la puedo explicar. Conocedla si podéis, porque no me cabe sólo en palabras).
Me fue calando despacito, como una llovizna que te moja sin que te des cuenta, y no reparé en cuánto la quería hasta casi el final, cuando estudiábamos juntas mirando las ovejas y pintándole caritas a la botella de agua.
Hoy me acuerdo de ella porque he estado pensando en algo que leí en un libro: el concepto japonés de la resonancia, o el hueco que queda en la rama cuando se va el pájaro (o el silencio que se cernía sobre las montañas pirenaicas cada vez que se deshacía en el aire el ruido de un helicóptero). Mariana es sobre todo eso: su resonancia. No fue la forma en que llenó mi vida, sino la manera en que se vació cuando ella se marchó. Y ahora que, un año y medio después de verla por última vez, aún me sigo acordando de sus frases, de sus risas y de sus recetas de cocina, me pregunto hasta cuándo van a durar en mi vida las vibraciones de su ausencia.
Un mensaje desde aquí: Mariana, te extraño. No sé por qué me impactaste tanto, no sé por qué vi en ti tanta luz, pero la vi.

Marina: no voy a hacer abdominales nunca más. No me gustan; son muy desagradables.
Mariana: fer abdominals no serveix de res. Per això (se señala la panza)t'has de riure**.
Marina: yo me río mucho.
Mariana: t'has de riure més fort***.

* Además, está limpio.
** Hacer abdominales no sirve de nada. Para eso tienes que reírte.
*** Tienes que reírte más fuerte.
(Perdón si he escrito algo mal en catalán. Admito correcciones).

domingo, 4 de septiembre de 2005

No entiendo

No entiendo cómo la gente elige un nick y un nombre para el blog y se queda con él años. Yo me harto rápido de las dos cosas. Supongo que tengo un problema.
Por cierto: ¿alguna sugerencia para cambiarle el nombre a esto?

sábado, 3 de septiembre de 2005

Ikerlynch

Se llama David, tiene nueve años y le conocí en los Pirineos. Le gusta contar historias a trozos: de éstas de “yo empiezo y luego sigues tú”. Cuando en la parte que le tocaba introdujo un pollo “con forma de pollo muerto, pero que estaba vivo”, decidí llamarle David Lynch. Él quería llamarse Iker Casillas, así que hicimos un trato y se quedó en Ikerlynch.
Por las noches, cuando nos sentábamos a la mesa, Ikerlynch y yo contábamos historias. Su hermano Jorge, de cuatro años, se nos acercaba y me decía: “cuéntame las mentiras”. Luego se quedaba todo el rato pegado a nosotros, inmóvil, con los enormes ojos azules abiertos, mientras yo inventaba cuentos de bosques encantados, brujas y druidas, e Ikerlynch hacía su aportación en forma de pollos muertos, lobos grises y gigantes y golpes en el suelo a medianoche.
Cuéntame las mentiras… Supongo que Jorge sabía bien lo que decía. Las historias son puras mentiras. A los nueve años, Ikerlynch lo tenía muy claro y no creía ni la mitad de lo que yo le contaba, pero de vez en cuando, mientras me escuchaba o mientras hablaba él mismo, no podía evitar el destello de ilusión completamente infantil que le salía de los ojos. Supongo que quería hacerse mayor. La infancia ha quedado reducida a un cortísimo periodo entre el último pañal y el primer episodio de UPA.
Sus padres me decían que tenía mucho mérito por mi parte aguantar a David tanto rato, “darle bola” mientras me contaba sus sueños con los Digimon o sus aventuras con la bici. Pero tengo que reconocer que a mí me gustaba hablar con Ikerlynch. No hay segundas intenciones en sus frases, ni juicios de valor sobre lo que escucha. Están las historias puras, el verdadero interés de las cosas (porque, si no interesan, Ikerlynch ni siquiera las escucha).
Ahora se ha marchado y va camino de ser adulto. Le dije que intentara escribir alguno de los cuentos que habíamos inventado. Él sonrió y me dijo que de acuerdo, pero mucho me temo que se va a quedar en el sofá viendo los Digimon.

miércoles, 24 de agosto de 2005

Vámonos al campo / yo en esta ciudad no aguanto

Me voy a los Pirineos a un cursillo antiestrés. Qué ganas tengo. No sólo por los paisajes, el aire puro, la desconexión de la vida urbana étc étc sino, sobre todo, por *El silencio*.
Hay muchas cosas que me fastidian de la vida moderna. Las prisas, no poder volver la cabeza hacia ningún lugar sin encontrarte con un anuncio, la fealdad, las obras extendiéndose como repugnantes hongos... Pero lo que más odio es la imposibilidad de librarse del ruido. En mi casa convivimos con dos enormes urbanizaciones en construcción: una delante y otra detrás. Esto supone que hay ruido constante desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde, quitando el descanso de la comida. Y llevamos así más de dos años. Resulta inconcebible, ¿verdad? Pues aguantamos como los sumisos ciudadanos inermes que somos.
Así que quiero irme a los Pirineos a escuchar el silencio, a dejar acariciar mis oídos por la ausencia de sonido.
Para tal efecto, me he comprado unas botas. Las primeras botas buenas de mi vida. Con gore-tex. Estoy TAN emocionada.
Cuando era pequeña, mis padres me compraban botas Chirucas. No las que hay ahora, tan buenas como las que más, sino las antiguas, las cutres, hechas de tela y con suela de goma de bici. He estado ocho años en los scouts y pasé al menos cinco con esas odiosas botas Chirucas; cuando la gente empezó a reírse abiertamente de mí me dije: "ha llegado la hora de cambiar". Entonces me compré un sucedáneo de botas (bastante cómodas, por otra parte) pero no impermeables. Llegué a los montañeros y se rieron de mí por segunda vez; bueno, más bien me miraban con conmiseración, me temo. Los montañeros es que llevan un equipo que parece que van a escalar el K2.
Y ahora, por fin, con veinte años y algunas montañas sobre mi diminuta espalda, ¡tengo unas botas pijas! ¡Viva yo!

Llevo todo el día pensando en algo más trascendente que contaros y, como en una canción de Doctor Desastre, "sobran temas, ¿de qué sirve,/ si no se me ocurre nada?". Sólo puedo decir que hoy, mientras iba en moto, notaba la vida tan inestable. Si algo he aprendido en estos últimos dos años es que hoy puedes estar aquí y mañana allí. Que ahora estoy sentada en mi cuarto, escuchando el parloteo de mi madre y mis tías abajo, y dentro de veinticuatro horas estaré en Huesca, una de esas provincias que dicen que existen (yo no me lo creo). Que las estaciones giran a toda velocidad y siempre vuelven, trayendo con ellas su frío, su calor, sus fiestas.
También yo volveré en una semana, ¡lo prometo! Y prometo no castigaros con un larguísimo post contando con todo detalle lo que he hecho ;) Traeré sólo reflexiones concentradas y jugosas.
Aquí tenéis enlaces a todos mis dominios internáuticos, para que no os aburráis:
Mi blog de cuentos, que espera comentarios.
Mi nuevo vegetablog. Aún no tiene muchas cosas, pero podéis mantener interesantes debates a mis espaldas.
Vanilla Summer, mi primer blog.

Echaré de menos este huequito de luz frente a mi portátil. Si durante estos seis días os sentís mal, tensos, estresados o tristes, pensad en mí, respirando silencio en los Pirineos, y sonreid un poquito. Aunque sólo sea para hacer rabiar al ruido.

Animal Humano

Mientras actualizo, os animo a que os paséis por el blog vegetariano que he abierto hace unos días. Y tranquis, que preparo post nuevo aquí :D

sábado, 20 de agosto de 2005

Miscelánea

Ahora estoy sola, lo mires por donde lo mires. La soledad se me filtra entre los dedos, se acuesta y se levanta conmigo y se ríe de mí detrás de cada cerveza que me bebo. Durante estos días atrás me ha tapado la nariz y la boca y no me dejaba respirar, y mucho menos escribir. Hoy, al parecer, la cosa va remitiendo y me puedo sentar al teclado.
Mi feria no va mal; no va muy bien, dadas las circunstancias, pero tampoco va mal. Hoy es el último día y pretendemos desayunar en el bar Flor; ya os contaré mañana qué tal.
Ayer estuve en un concierto de Doctor Desastre, un grupo de amigos de una amiga que tocan... no sé exactamente qué es: rocanrol-blues, o algo así. La cosa es que son buenísimos, y quería escribirlo en algún post porque ¿quién sabe? Tal vez se busquen a sí mismos en Google y lean esto, y así se enteran de lo mucho que me llegan sus canciones, porque a mí me da vergüenza decírselo.
Me encanta ese grupo. Me hace sentir lo que siento con Sabina, con Fito, con Extremo… con los grandes. Yo no soy muy melómana, todo hay que decirlo; escucho poca música y no conozco demasiados grupos… e incluso de los que me gustan no tengo la discografía entera. Sin embargo, a mi manera soy muy musical. Siempre estoy tarareando, física y mentalmente. Me siento al piano cuando encuentro un hueco entre pensamiento y pensamiento y toco con los ojos cerrados. Supongo que mi problema, como en todo, es el déficit de atención; me despisto y me centro en lo que tengo más a mano.
En todo caso, últimamente es Doctor Desastre lo que más escucho, y a pesar de que Jesús, el saxoflauclarinetista (lo toca todo), dice que la maqueta no es muy buena, a mí me chifla. Estoy deseando que graben algo más, porque hay muchas canciones que tocan en los conciertos que también me flipan y que no vienen en el disco. Si algún día llegan a ser famosos, me sentiré afortunada de haber estado en sus primeros conciertos, en los que les podías ver desde primera fila y encontrártelos luego tomando una copa en la Merced; en los que no había ego, sino música. Me gustaría acercarme a Kanka, el cantante, y decirle que es un letrista cojonudo, que me hace paladear el verdadero sabor de la vida con sus frases. Yo de música no sé mucho, pero de letras entiendo un rato, y él es bueno, creedme.
Últimamente le ha dado a todo el mundo por escribir posts sobre la playa. Yo he estado esta semana tres veces, batiendo el récord del verano, y también me siento bastante marítima (o marina, nunca mejor dicho). Cuando se libra una de la obsesión por tomar el sol, la playa está muy bien. Ahora voy por la tarde, cuando hace menos calor y la gente empieza a irse (para muchos, la playa es una especie de centro de rayos UVA gratuito), y me siento en la arena, exponiendo orgullosamente mi piel transparente de tan blanca y mirando las olas. Me baño en el agua, que de puro plateada parece el mercurio del que hablaba el otro día Aldery y me tumbo a hacer el muerto. Fíjate si soy inactiva que en vez de nadar, floto. En fin...
Hoy me he bañado con mi abuela y mi tío abuelo. Entre los dos, sumaban 163 años de intrepidez acuática. Yo nadaba (es un decir) detrás, con mis apenas dos decenios a cuestas sintiéndome muy joven, recién nacida casi. Me quedo con esa sensación: la de sentir que tengo toda la vida por delante mientras chapoteo en el mar.
(No es un gran post, pero algo es algo).

sábado, 13 de agosto de 2005

Superresacosa

Llevo todo el día retorciéndome por mi casa en un caso bastante lamentable de resaca-post-primer-día-de-feria. Es triste. Una se va con su emoción a ver los fuegos artificiales, acarrea esa misma emoción por todo el centro de Málaga mientras grita ¡Feria! ¡Feria! y se encuentra al día siguiente en un estado tan deteriorado que apenas puede moverse, con que no hablemos de salir de marcha. No pasa nada. Queda mucha feria por delante.
Así que, como no tengo demasiado que hacer y llevo en crisis creativa desde este miércoles, me he dedicado a hacer remodelación en mis dominios internáuticos. Se trata de lo siguiente: como mis cuentos propiamente dichos se hallan ocultos en los primeros archivos del blog y no creo que nadie haga arqueología para buscarlos, los he reunido todos aquí. Mi intención es que quien quiera acceder a una muestra un poco más seria de mi escritura que estos post un poco irónicos y no demasiado trabajados, pueda hacerlo fácimente. Al final de cada cuento podéis (si queréis) dejar vuestro comentario.
Aquí introduzco una Súplica Formal:
Por favor, POR FAVOR, ¡¡comentad los cuentos!! Ser un proyecto de escritora no es fácil. Te pasas todo el día pensando en escribir, siempre escribes menos de lo que te gustaría, se te van las ideas que recoges y las que consigues plasmar casi nunca te dejan satisfecha. Para colmo, es difícil que alguien te lea y te haga un comentario serio al respecto; y cuando escribes, es el lector quien te da la vida. Tengo páginas y páginas de porquería literaria que está absolutamente muerta; sólo lo que alguien se toma la molestia de leer cobra vida y completa la función para la que ha sido creado: entretener mucho, conmover un poco y sobrevivir una milésiuma de tiempo más que el resto de mis pensamientos. Cuando ese mismo lector me regala una crítica, buena o mala, está ayudando a que los cuentecitos nonatos que vagan por mi mente se decidan a salir, y a que los que ya han nacido mejoren y crezcan con el tiempo y mucho trabajo. Así que ya sabéis: si tenéis un minuto libre, escribid algo al pie... sois mi última (o mi primera, según se mire) esperanza. GRACIAS.
Al final todo ha salido un poco al revés, porque empecé este blog con la intención de que fuera sólo de cuentos y me dejé seducir por los post cuentavidas y los pseudoartículos de opinión, pero bueno. Al final lo que una escribe se independica y coge su propio camino.
Me voy a dormir, a ver si mañana mi salud se ha recuperado lo suficiente como para que pueda echarla otra vez a perder.
PD: Echad un vistazo a este post sobre la resaca, que no es porque sea mío, pero es muy bueno... lo escribí el año pasado por estas fechas y sigue reflejando perfectamente cómo se siente uno a la mañana siguiente de una noche de feria.

viernes, 12 de agosto de 2005

No se me ocurre nada

El cielo me guiña un ojo
el océano está en calma
tengo el mundo enfrente mía
y no se me ocurre nada

Siento que mi último post fuera tan tajante y borde. De pronto me sentí asfixiada; a veces me da la sensación de que me paso la vida prestándome a que los demás me juzguen y esperando ser aprobada. Y es eestúpido protestar, porque es como presentarse a un examen voluntario y luego quejarse cuando te ponen mala nota. Cuando no te presentas, nadie puede calificarte.
He escrito al principio del post el comienzo de una canción de Doctor Desastre (un grupo malagueño, de momento desconocido, pero que ya veréis... tiempo al tiempo). Últimamente me duermo con el sonido de su maqueta en mis oídos

martes, 9 de agosto de 2005

Vuelvo

Lo advertí: mi regreso podía suceder en cualquier momento. Al final la desconexión no funciona y acabas volviendo a tus orígenes: el enganche a Internet. De todas formas, postear aquí me viene bien, "como mujer y como escritora"; está bien ser fiel a algo, aunque sólo sea a una URL.
Además, tenía que compartir con vosotros mi Momento Especial de Hoy:

Las Peluqueras No Son De Este Mundo, por Marina Díaz.

Creo que toda persona con un blog y un mínimo sentido de la estética y la crítica social ha escrito alguna vez un post sobre las peluquerías. Obviamente, yo no iba a ser menos.
Intento retrasar al máximo el momento de pelarme. Cuando veo que todas las capas de mi pelo se han fundido en una sola superficie despuntada y que no hay dos cabellos de la misma longitud, sacudo resignadamente la cabeza y me encamino a ese lugar de humillación, esa fuente de todo horror: la peluquería. Según el presupuesto y el interés en que me dejen mona, me voy a la esquiladora de ovejas (donde te corta el pelo una tía que está aprendiendo) o a una pelu pija (donde te dejan igual de horrible pero mucho más caro). Actualmente, lo confieso (mi imagen de progre se cae por los suelos), me pelo en Llongueras, porque la tía que me corta tiene dos raras virtudes: a) me corta sólo lo que le pido, no dos metros más y b) el horror que ella me hace es reversible: una vez llego a mi casa y me hago la raya en medio, se convierte en algo medio normal. No menospreciéis esas dos virtudes; son fundamentales.
Como os decía, me encamino a la peluquería. Del mal rato que paso, me dan hasta bajones de azúcar, así que cojo un par de caramelos. Ensayo mentalmente LA FRASE. Como sabe toda clienta de peluquerías, hay un momento en que la tía te dice: ¿cómo quieres que te corte? En ese momento crucial, ese único instante en que la peluquera te prestará un mínimo de atención, tienes que condensar la idea que tienes tú para tu inocente melena. Después ya no hay vuelta atrás. Al menos a mí, nunca jamás me han vuelto a preguntar después de iniciado un corte de pelo. Una vez que la tía se cree que sabe lo que quieres, ya no hay quien la pare. Se embala. Así que yo, como os he dicho, ensayo mucho. La frase de hoy era: “quiero el pelo lo más largo posible, las puntas desfiladas, y un flequillo recto sobre la frente pero un poco despuntado, con la raya en medio, sin que me tape un ojo ni me haga cosas raras”. Esta vez me he lucido: creo que es una de mis mejores frases de peluquería, la que muestra unas ideas más claras y una voluntad más firme.
Llego a Pijeras, me colocan una bata en la que caben tres yo y con la que parezco una especie de monjecillo siniestro, me lavan la cabeza incluyendo un orgásmico masaje capilar y me sientan en la silla de torturas giratorias. En mis últimas visitas a La Peluquería, Ese Centro de Horror, he desarrollado un método que me permite no matar a nadie al acabar el corte. Consiste en ir enviando telepáticamente mensajes asesinos a la tipa mientras ella me destroza. Hoy la secuencia de mensajes era la siguiente:
“A ver por dónde me sales hoy. Vale, vamos bien, el flequillo por ahí. Genial. Esto me lo podía haber hecho yo en mi casa. No pasa nada. A ver cómo va el resto del pelo. Joder, córtame algo. Vale, me estás haciendo un corte minimalista que nadie va a notar para que dentro de dos semanas esté aquí otra vez soltándote la pasta. Pues vas lista. ¿Qué haces? ¡No, no, por ahí no! Bueno, está bien. Tú sabrás lo que haces. Espero que luego quede bien. Vale, cierro los ojos. Tututurutuuu… ¡Dios, parezco la novia de Chucky! ¿Qué si me secas? Está bien. Cóbrame doce euros más por achicharrarme el pelo con tu supersónico secador ultra potente con la excusa de que necesitas verlo seco para poder terminar el corte. Eres una guarra chupasangres que sólo quiere arruinarme. Ay, ay, joder, te confieso lo que quieras, pero deja de echarme aire ardiente en los ojos. Ay. No, no me des volumen. Que no me des volumen, joder. No, laca no, ¡¡¡laca noooo!!!
Os preguntaréis que por qué no hago llegar a la peluquera una pequeña parte de mis mensajes telepáticos. Pues porque las peluqueras no son de este mundo. Mis repetidos intentos de comunicarme con ellas han sido como estrellar huevos en una pared de ladrillos: infructuosos y desagradables. Me da miedo que se ofendan y tomen represalias (aunque me cuesta imaginar que puedan desgraciarme adrede más de lo que lo hacen normalmente). Así que las dejo hacer, luego llego a mi casa, me cambio la raya de sitio y tan contentos.
Ya ha terminado. Miserable furcia, parezco idiota, tengo la raya encima de la oreja y no veo con los pelos que le has añadido al flequillo (y mira que te lo advertí). Vamos a ver, NO ENTIENDO la lógica según la cual te hacen un corte y te lo peinan de una forma en la que tú no te lo vas a peinar JAMÁS. ¿Cómo pretenden que sepas si te gusta o no, si no tiene nada que ver con el aspecto que tendrá una vez te lo hayas lavado en tu casa con champú Pantene y secado con tu secador de sólo unas decenas de revoluciones? ¿No lo saben? ¿En serio piensan que tú vas así siempre?
Lo siento, pero tengo que dejaros. Mi cerebro acaba de bloquearse con tanta incógnita y estoy mirando a la pantalla, balanceándome en la silla y gimiendo: ¿por qué ¿POR QUÉEE?

jueves, 4 de agosto de 2005

Me voy

(por un tiempo).
Veamos. Llevo unos cuantos días sin postear ni conectarme y me está sentando tan bien que he decidido prolongarlo un tiempo. Además, mi verano está muy animado y tampoco encuentro el momento de sentarme aquí a escribir. Os agradezco mucho a todos que paséis por aquí de vez en cuando; volveré, no sé si ya en septiembre (u octubre, más bien) o en tres días completamente enmonada. Si os aburrís, podéis leer este blog completo o acercaros a Vanilla Summer para saber cómo era yo hace un año.
No os preocupéis por mí. Mi enganche a Internet suele ser inversamente proporcional a mi nivel de felicidad, así que mientras menos aparezca, mejor me lo estaré pasando. Sólo os comunico que mis plegarias han sido escuchadas y (por fin) noto que mi vida marcha.
Muchos besos.