La cuestión es que ayer le enseñé que cuando en una canción no hay nadie cantando se le dice «pieza». Me escuchó sin prestar demasiada atención y pensé que le había entrado por un oído y le había salido por el otro.
Hoy, sin embargo, estábamos oyendo de nuevo el Carnaval y viendo juntas distintos vídeos de Youtube basados en los diferentes animales (era mediodía: de ahí el Montessorismo), hasta que yo le he dicho que ya estaba bien y que se había acabado la pantalla hasta la noche.
—¡La última canción, mamá! —ha pedido ella. Sabe que «la última» suele funcionar porque nos sentimos culpables, al menos yo, por no haberle dado «tiempo de transición» entre decirle que hay que dejar la pantalla y hacerlo, y eso nos convierte en malos padres. O quizá sabe que funciona, pero no entiende por qué—. ¡La última!
Entonces, ha cambiado de estrategia.
—¡La última pieza, mamá! ¡La última pieza!
Lo que más me ha enorgullecido no es el esnobismo de que mi hija hable con propiedad sobre música, no. Lo que me ha llenado el corazón de satisfacción y orgullo han sido sus habilidades como vendedora: cómo ha hablado en el lenguaje de su cliente (yo) para convencerle de lo que quería.
Obviamente, le he puesto una última pieza.
Como madre, soy un cliente bastante fácil, las cosas como son.