Frida, nuestra gata, está en celo por tercera vez en dos meses. Es desgarrador observarla dar topetazos en las puertas con su maullido de bebé hambriento, alzar y menear el culo delante de nuestras narices, gemir enfurecida cada vez que intentamos acariciarla. Se me sube encima y me frota los genitales contra el jersey, levantando la cola, como si yo fuera un gato macho y guapo dispuesto a hacerle cuatro o cinco hijos. Frida es ahora mismo la enormidad del anhelo, ahí abierta de patas, sin remilgos, sin pudor: parece pedir con sus gritos de alma en pena que alguien le colme ese vacío tan lleno de deseo, ese agujero que no sabe lo que es pero que la tiene quemada por dentro.
Por eso, nada más que por eso, y a no ser que queráis dedicaros a criar camadas de preciosos gatunitos... esterilizad, por favor, a vuestros animales.
(Frida es que no es mía-mía, así que no puedo tomar yo esa decisión).