Todo esto viene a un post que escribió Amanda hace unos días. Amanda es una bloguera que escribe mucho y bastante bien sobre sexo, amor, amistad, infidelidad y lo que le echen. Además, es psicóloga, así que de vez en cuando explica algunos conceptos y teorías de psicología cognitivo-conductual. En el post en cuestión hacía algunas afirmaciones bastante categóricas respecto a las relaciones pensamiento-emoción-conducta que no me convencieron mucho. Intenté rebatirlas en los comentarios, pero tienen limitación de espacio y no sé si se me entendió muy bien. Así que, como lo bueno de los blogs de uno es que puede escribir lo que le plazca, voy a intentar explicar aquí un poquito lo que yo he comprendido hasta ahora de las relaciones pensamiento-emoción conducta.
Esto quiere decir que lo que viene a continuación puede ser un coñazo para algunos. Personalmente, opino que cualquier persona humana debería esforzarse por entender su mente y su comportamiento para intentar ser feliz, en lugar de ir trampeando por la vida y finalmente morir, y por eso considero muy interesante hablar y escribir sobre este tipo de teorías. Pero advierto lo del potencial coñazo por si alguien se raja :)
También tengo que decir que, si bien Amanda afirma que sus escritos están basados en un montón de años de trabajo con pacientes, yo digo que lo que voya escribir está basado en años de trabajo conmigo misma. Ya dijo Buda: no os creáis nada que os digan los demás, por sabios que sean quienes los digan o lógicos que parezcan los razonamientos, o por mucho que se infiera de sus palabras o de sus acciones. Creed sólo lo que experimentéis por vosotros mismos. Así que voy a hablar sobre aquello que conozco, y vosotros (si queréis) podéis reflexionar sobre ello por si os ayuda en algo. Pero no busco convencer a nadie de nada. Intentar convencer a alguien de algo es un gran desperdicio de energía y tiempo.
Resumo el post de Amanda: dice ella que los actos son consecuencia directa de los pensamientos. Que un pensamiento genera una emoción y la emoción genera una conducta. Que, por tanto, cambiando el pensamiento y aprendiendo a pensar correctamente, podemos cambiar la emoción que generamos y llevar a cabo la conducta correcta en cada acción.
Pensar que los pensamientos conducen a la acción, y que debemos centrarnos en cambiar los pensamientos, es tan absurdo como angustiarnos en el cine porque estamos viendo una película de terror y empeñarnos en cambiar la cinta por una comedia para sentirnos bien. Para empezar, cambiar la cinta es complicado; para continuar, ni siquiera es seguro que la comedia vaya a hacernos sentir bien. Por último, incluso suponiendo que pudiéramos lograr cambiar la cinta y sentirnos bien con ella, ¿no sería mucho más lógico darse cuenta de que no estamos dentro de la pantalla, sino sentados cómodamente en nuestras butacas?
El símil no es del todo exacto. La película que se proyecta en nuestra mente trata sobre nosotros y está extraordinariamente bien filmada. Pero no deja de ser una película. Si examinamos detenidamente nuestros pensamientos, nos daremos cuenta de que son, en su mayoría, proyecciones distorsionadas y repetitivas de nuestro pasado y nuestro futuro. En este sentido, los psicólogos cognitivos tienen razón: pensamos mal. Lo que no me convence es su propuesta. Si cambiamos esa película mental por proyecciones positivas y alegres sobre nuestro pasado y nuestro futuro, no dejan de ser películas. ¿Y quién quiere vivir la vida tamizada por la pantalla de cine de su mente?
Ejemplo ilustrativo: una persona está tomándose el café. Mientras lo hace, piensa en la importante reunión que tiene programada para esa tarde. Empiezan a asaltarle un montón de ideas negativas: "no voy a hacerlo bien, no la llevo bien preparada, voy a hacer el ridículo, me temblará la voz..." La solución más lógica y comunmente aceptada es esforzarse por pensar en positivo: "me va a salir bien, domino el tema, podré exponer mis ideas con seguridad, voy a hacerlo lo mejor posible".
El problema es que tanto en el primer caso (pensamientos chungos) como en el segundo (pensamientos positivos y adaptativos), la persona se olvida de disfrutar del café. De olfatear el aroma a tostadas que llega desde la barra. De sonreír mirando al niño de la mesa de enfrente. De observar a las personas que caminan al otro lado de la ventana.
Y, en última instancia, los pensamientos conducen a la acción sólo porque nosotros nos hemos convencido de que es así. Existe una especie de consenso general sobre que tenemos que pensar en positivo para hacer las cosas bien, mantener una alta autoestima para conseguir nuestros objetivos, anticipar resultados favorables para lograr las cosas. Así que invertimos un esfuerzo muy valioso en cambiar nuestros pensamientos sin darnos cuenta de que podemos realizar una acción sin que ésta se vea determinada por ellos.
Por ejemplo: yo llevo todas las mañanas de mi vida pensando "no quiero madrugar", y madrugo. Es cierto que, en esos casos, suele haber una verbalización interna que nos dice "bueno, pero tienes que madrugar, porque es importante que vayas a clase, que estudies una carrera, etc etc". Pero esa verbalización no tiene conexión directa con las acciones, no se materializa instantáneamente en una conducta consecuente. De hecho, a menudo fantaseamos con acciones que no llevamos a cabo, o nos proponemos firmemente hacer algo y terminamos por dejarlo.
Es cierto que los pensamientos negativos pueden afectar el desempeño en algunas tareas. Por ejemplo: un estudiante que no hace más que pensar que no se sabe un tema puede desencadenar una serie de reacciones fisiológicas que le impidan concentrarse y hacer bien el examen. Pero es sólo porque nosotros les damos ese poder. Esto puede resultar un poco complicado de entender, pero digamos que es como si estuviéramos en una habitación y hubiera una persona gritándonos órdenes en una esquina. Que las cumplamos o no depende de que creamos o no que tengamos que cumplirlas, del poder que asignemos a esa persona. Hacemos lo que nos dice nuestro jefe, pero ignoramos a un borracho de la calle. De la misma forma, se puede llegar a un punto en el que miremos a la vocecita de la mente con compasión y nos riamos de sus estupideces.
Por supuesto que la mente es útil, y que el pensamiento también lo es. Pero cambia tan rápido y es tan difícil de controlar que no merece la pena concentrarse en que todo lo que salga por nuestra cabecita sea lógico, correcto y positivo. Es sencillamente agotador (además de muy difícil).
De momento, lo voy a dejar aquí; si os apetece, o me apetece a mí, o en los comentarios surge alguna idea interesante, continuaré ampliando el tema en posts sucesivos.