El cafelito de por las mañanas. Me rechifla ese momento. Ya os conté que hago café nuevo todos los días sólo para que huela. Mezclo con cafeína y sin cafeína para no convertirme en una verborreica insoportable. Mientras lo preparo me pongo una única canción, porque no me da tiempo a más, y procuro que sea bonita y motivante a la par que tranquila y zen. Le echo leche de coco (no me preguntéis por qué de coco, ya hace tiempo que perdí el norte con el tema de la dieta), abro el ordenador, chateo con Kpot por el facebook y leo blogs. Fuera ya hace fresquito y salgo un rato al balcón para respirar el aire de la calle. Entonces vuelvo a meterme en casa y noto el contraste entre el fresco de fuera y el breve calor con olor a café de mi casita, y me encanta.
Ducharme. Me flipa ducharme y es genial tener que hacerlo todos los días. El agua megacaliente, los champús con olores ricos, los geles suaves, los exfoliantes de vainilla. A veces también me lavo los dientes en la ducha, que es algo que me encanta y no sé por qué. Ducharse después de machacarse en la piscina es aún más fabuloso, aunque últimamente me lo están jorobando porque le han bajado la temperatura al agua, y yo si no está hipercaliente como que no lo disfruto tanto. Pero como estamos hablando de detalles bonitos, no voy a ahondar en el tema.
El momento en que me voy del curro. No nos confundamos: mi trabajo me encanta, y la rotación donde estoy ahora es particularmente tranquila y está llena de gente encantadora. Pero ese momento en el que termina la jornada laboral y salgo del CTA con mi bolso en una mano, las gafas de sol en la otra y una sonrisa gigantesca, y le deseo a todo el mundo feliz tarde o feliz finde, y pienso en que a partir de ahí el día es mío... no tiene precio. Además, trabajar sólo una tarde a la semana ha aumentado mi calidad de vida en diez mil.
Podemos seguir con otros dos momentos fabulosos y diarios: cuando llego a mi casa al mediodía y la saludo, ¡hola, casa! (esto es verídico, saludo a mi casa en voz alta cada vez que llego. No lo hago por ser adorable; me sale solo), y me pongo a hacerme la comida oyendo música mientras picoteo aceitunas y palitos de cangrejo. Luego está el momento en el que con mi tripita llena de paleopapeo me tumbo en el sofá chaiselonguero a dormir la siesta. Bajo la persiana a la mitad, coloco la almohada, me pongo los tapones de los oídos para no oír cómo los de la obra de al lado cortan metal y me quedo dormidita con la tranquilidad de los justos.
El momento de antes de acostarme. Creo que éste es mi favorito. Termino de escribir el post del día y eso me pone de muy buen humor. Escribir casi siempre me hace sentir bien, independientemente del resultado. Dejo de decir chorradas por el chat del Facebook, friego los platos de la cena y apago el ordenador. Me lavo los dientes, recojo un poco el dormitorio, me echo medio litro de colonia de estas gigantes de baño. Echo la llave de la casa y ese gesto me llena de una seguridad tranquila. Y me meto en la cama tapadita con el nórdico, que ya empieza a agradecerse después del verano más largo del mundo. Es genial porque mi cama es muy cómoda y por el silencio: los vecinos duermen, la Viña duerme y por mi calle no pasan coches. Soy una yonki del silencio, así que me tumbo a escuchar su suave inocuidad. Como tengo la conciencia tranquila, me duermo con facilidad, normalmente pensando en post futuros o en chicos guapos.
Más momentos geniales, aunque no se repitan todos los días. Abrazar a José Luis los jueves al mediodía en la UCIP, cuando llega hecho polvo de la URA y me saluda con su "¡Hola, corazona!". Poner las manos ardiendo en la bebida fresquita justo después de apretar en el rocódromo. Volver a Cádiz en la furgo de Irene, cotilleando y hablando de lo tremendo que está DDM. Que me suene el móvil y sea alguna personita linda. Conducir por el Campo del Sur oliendo el mar bajo el sol suave de otoño. Reíiiiirse mucho, todo lo posible, de cualquier chorrada. Encontrar comentarios vuestros en el blog (no es un mensaje subliminal, realmente es un momento muy bonito). El break para comer tortitas de arroz con chocolate a media mañana. Elegir color para pintarme las uñas.
Jo, mi vida es guay. Virgencita, que me quede como estoy.
(Quizá le añadiría un poco de sexo salvaje con DDM, pero por lo demás estoy bastante satisfecha)