Hay mucho de mí misma que siempre he sabido que tengo. Sé que soy lista. Qué le vamos a hacer. Sé que se me dan bien las palabras y que no me defiendo mal con la escritura. Sé que soy rápida, y creativa, y que aunque hay alguna gente que al principio no me aguanta (verídico), a la larga acabo por caer bien.
Nunca había pensado que fuera capaz de esforzarme realmente por algo. No sé por qué. Creo que pensaba que en algún momento se me apagaría el fuelle. Me veía como una de esas personas que prometen mucho y que se quedan a medio camino. Quizá tiene que ver con los mitos familiares, o con mis propias y protectoras previsiones de riesgo. El caso es que imaginaba para mí misma una vida bastante sosa y llena de frustraciones.
No sé qué va a ser de mi futuro. A veces sueño con vivir de escribir, viajar mucho, escalar por ahí y correr aventuras. Otras veces disfruto tanto, tanto, tanto viendo pacientes que pienso que no voy a poder hacer otra cosa, y que eso es exigente y vocacional como una llamada al sacerdocio y exigirá muchos sacrificos. Lo que sí sé es que me va a dar igual mientras continúe siendo capaz de volcar este esfuerzo en cualquier cosa que haga. Creo que cualquier proyecto que emprenda con la mitad de ilusión y empeño que los que tengo ahora mismo entre manos será suficiente en sí mismo.
Hay muchas cosas que nunca imaginé que podría ser o hacer. Nunca imaginé que podría escalar, o comprarme una furgo, o ponerme fuerte, o escribir todos los días, o pensar en autoeditarme libros, o ayudar a la gente, o hablar con J. de otras mujeres. Todas esas cosas me mantienen en un estado constante de agradecimiento, y me hacen tener ganas de que llegue un futuro al que todavía espero que le quepan muchas sorpresas. Pero sobre todo, nunca pensé que podría esforzarme tanto. Y me quedo con eso. De todo lo anterior, de todo lo que pueda haber conseguido en el pasado o lo que venga a partir de ahora, me quedo con mi gran esfuerzo. De eso sí quiero presumir. De eso sí me siento orgullosa.