massobreloslunes: marzo 2012

sábado, 31 de marzo de 2012

Torres y recuerdos

Me estoy acordando de Granada.

Hace algunos días leí un fragmento de un cuento de Borges en el que hablaba de un palacio con cien torres de colores. La gradación era tan sutil que al llegar a una torre te parecía igual que la anterior, pero luego te dabas cuenta de que la primera era amarilla y la última rojo intenso. La vida es un poco así. Mientras la estás viviendo te parece que los días y las rutinas son más o menos iguales. De repente vuelves la vista atrás y piensas: cómo ha cambiado todo. Qué lejos queda ahora lo que antes me parecía tan cercano.

De Granada me acuerdo ya como de un sueño. Parece que he construido la pared que separa esa etapa de mi vida de ésta. Me siento muy, muy distinta. No sólo porque detrás del AA haya aparecido una cara de adulta que me resulta ajena, ni por los bíceps. Siento como si algo de mí hubiera cambiado de una forma muy profunda. Es raro. Ayer volvía en el coche del MIR desde el curro porque estaba lloviendo. ¿He dicho ya que el MIR es amor? Íbamos contándonos nuestras cosas. Nuestras hipocondrías, preocupaciones; qué nos parece la residencia, cómo nos estamos adaptando a la Unidad. Yo pensaba: hay que ver, sin darme cuenta, el pequeño mundo que me he construido en Cádiz.
Pienso en Granada, ya os digo, y hoy concretamente me he acordado de cuando mi amigo A., el que ya no me habla, y yo íbamos a la heladería La Rosa a por leche merengada después de estudiar para los exámenes de junio. Yo pedía el vaso pequeño y él el grande, y a veces repetía porque siempre ha sido un ansias. Los dos hablábamos de lo rica que estaba, e invariablemente la dependienta nos decía que era porque estaba hecha con leche fresca. Después nos la tomábamos en un banco frente a Camino de Ronda, viendo pasar los faros de los coches en la noche de verano. Aquella fue la época en que empezamos a quedar casi por casualidad. Una tarde nos encontramos en el messenger, decidimos bajar a tomar una cerveza al Dnieper y bueno, nos fuimos casi se podría decir que enamorando amistosamente hasta que se acabó el curso.

Ahora es como si todo eso hubiera pasado hace años luz. En algún punto he perdido la continuidad de los recuerdos. Y bueno, no está mal. Hoy andaba rebuscando en una págica web nombres de chica porque he decidido cambiarle el nombre a la protagonista de mi novela libro, y entre un montón de nombres horrorosos me he fijado en Olvido. No le voy a llamar Olvido a la protagonista, tranquilidad, aunque sólo sea por no ponerle como Alaska, pero me ha dado por pensar que es un nombre bonito. No sólo porque termina en O, que es algo así como antagónico e interesante para un nombre de mujer, sino porque el olvido es realmente una cosa piadosa en la mayoría de las ocasiones. La tregua que nos da la vida para ser capaces de seguir aguantando el tirón.

No sé a qué viene todo esto. Me duelen las caderas de escribir sentada casi todo el día. Por la tarde he estado mirando ropa y cada vez me hacen más gracia los músculos de mi brazos en los probadores de las tiendas. Otra cosa que va cambiando despacio, como las torres de Borges. Cambio yo escalando. "Has aprendido algo sobre la escalada que antes no sabías", me dice el Kpot en el roco el pasado martes, sorprendido por mi progreso. "¿Qué he aprendido, profe?". "No te lo sabría decir... algo". Yo pienso en la inteligencia del cuerpo. Dentro de mi frikismo progresivo y ascendente por la roca me he estado leyendo la autobiografía de Lynn Hill, una famosa escaladora americana. Precioso libro, de verdad: motivación en estado puro. Ella habla de la inteligencia del cuerpo: si te dejas fluir te darás cuenta de que él sabe lo que tiene que hacer para no caerse. Ahora creo que escalo de forma más inteligente, más intuitiva; por lo menos en el roco, que en la roca últimamente me puede el miedo.

Y bueno, también va de eso la vida, ¿no? La inteligencia del cuerpo. Moverse de forma intuitiva y ligera hacia los lugares a donde queremos ir. Estoy muy tranquilita esta semana. Me encuentro muy bien. Superando la primavera y esperando espeluznada la llegada de mi tercer verano en Cádiz; me han dado ganas de playa hoy, no sé por qué.

Termino mi diaria sarta de incoherencias con uno de estos vídeos que podría justificar diciendo que tiene que ver con el post y con la inteligencia del cuerpo y demás... pero, de hecho, sólo quiero que veáis lo fuerte que me estoy poniendo :)

viernes, 30 de marzo de 2012

Contarte historias

Yo quiero contarte historias.

Me sé muchas. Algunas son mías. El día que me puse tibia a tranquilizantes para viajar en autobús hasta Pamplona y después no me acordaba de nada de lo que hice al día siguiente. La noche que dormí en un cementerio con los scouts y no nos dimos cuenta hasta que no nos despertamos por la mañana y vimos las tumbas brillando al sol. Una madrugada de enero que volvía con mis amigas del centro y acabamos bañándonos desnudas en la playa de la Malagueta. La vida son historias. No hay más que coger pedazos de existencia e hilvanarlos: darles un comienzo, un nudo, un desenlace. Inventar sin pudor los detalles que nos falten.

Yo sé muchas cosas. Algunas son estúpidas, lo reconozco. Sé decir "dieciséis" en húngaro y "muy bien" en eslovaco, sé que todas las palabras francesas tienen el acento en la última sílaba. Sé resolver el cubo de Rubik, sé de memoria la tabla periódica (hidrógeno, litio, sodio, potasio... ¿ves?). Sé cómo funciona un antidepresivo, sé por qué la luna parece más grande cuando está cerca de la tierra y escribo a ordenador utilizando todos los dedos. Me sé en orden los pares craneales, puedo contarte por qué el hachís da hambre y qué diferencia a los supervivientes de los vencidos. Sé que a Robert Louis Stevenson le enterraron los nativos de Samoa en la cima del monte Vaea, abriendo camino a través de la selva en agradecimiento a todo lo que había hecho por su pueblo. Sé cómo escribió Roald Dahl su primer cuento.

Ojalá pudiera contarte historias. Sentarme junto a ti a tomar café, mirarte a los ojos, tomar aire y comenzar. Contarte algo, así, tal cual. Ver cómo me miras y sonríes despacito. O quizá ir en coche contigo, tú conduciendo, yo con los pies apoyados en el salpicadero, y simplemente hablarte. Poder decirte algo que tú no sepas. Porque entonces parte de mis recuerdos, parte de todo eso que sé, viajaría hasta tu cabeza y se quedaría habitando allí. Porque así me llevarías en un bolsillo de tu mente, como si viajara, y ninguno de los dos volvería a estar nunca solo.

Podría contarte cuáles son las cuatro notas de guitarra con las que se sacan un 90% de las canciones pop. Qué es la hiperpalatabilidad y por qué engorda la comida basura. Cómo hizo Lynn Hill para escalar en libre la Nose de El Capitán, quién es Joe Simpson y por qué casi se muere al bajar de la cumbre del Siula Grande. Por qué el levante es seco y el poniente es húmedo, por qué el arroz con leche sale mejor si lo remueves todo el rato.

Podría explicarte que cuando llego de la calle a mi casa la saludo en voz alta, "hola, casa", y finjo que me responde, "hola, Marina". Que no hablo sola muy a menudo, pero que a veces me regaño a voces cuando pierdo las llaves o derramo la leche al echarla en la taza. Que otras veces, por las noches, justo antes de dormir, me hace gracia pensar que estás en alguna parte sin saber que existo. Y que tengo ganas de conocerte por muchas razones, pero la más importante es que me pican detrás de la lengua todas las cosas bonitas que quiero contarte.

jueves, 29 de marzo de 2012

Eyes wide open

Dentro de un mes y medio cumplo veintisiete años. Que se dice pronto. Veintisiete. Me parece que fue ayer cuando tenía ganas de cumplir trece para ser adolescente y tener tetas (ilusa de mí), y miradme aquí, con más años que un gnomo. Cumplir años no me molesta. Sólo me importa porque soy un poco demasiado vieja para empezar a escalar, y mi progresivo fortalecimiento va a la par con la sospecha de que me lo estoy lesionando TODO (¿tú sabes lo que me estoy lesionando yo?, diría el Kpot).

El caso es que mientras más años cumplo, más cosas aprendo y de manera más distinta veo la vida. Que de un tiempo a esta parte, ya os he dicho, es como si se desplegara ante mí cada vez con más colores y más matices. Una vez leí que la vida es corta, pero ancha, y cada vez tengo más esta sensación.

Me ha sorprendido la acogida del post anterior. No creo que empiece a escribir sobre nutrición, porque ya era lo que le faltaba a este blog heterogéneo y absurdo, pero sí querría resaltar algo en lo que se refiere al blog, al Acné del Averno y a los problemas en general: que las soluciones existen la mayoría de las veces. Lo que no va a la par es nuestra capacidad para ponerlas en marcha.

Yo he hecho cosas muy raras para librarme del AA. Iba a poner unos cuantos ejemplos, pero creo que ya os hacéis una idea de lo absurda que puedo llegar a ser, así que paso de ponerme en ridículo. Más. La cosa es que a partir de cierto punto abres tu mente y te das cuenta de que bueno, margen de acción siempre tienes. No existe el "lo he probado todo". Siempre hay nuevos caminos para viejos problemas; basta con comprometerse a no cometer dos veces el mismo error.

Hace ya tiempo, cuando trabajaba en el equipo, hice una primera consulta a una inglesa. Me la cascaron a mí porque era la única que podía defenderse en inglés durante una entrevista. Resulta que la mujer tenía un insomnio del Averno y llevaba luchando contra él como veinte años. Me la mandaban porque el médico de cabecera no le quería recetar hipnóticos por no crearle dependencia. Era una de estas guiris mesuradas y dulces que lo explicaba todo con un precioso acento británico. Me contó que llevaba buscando soluciones para el tema del insomnio durante muchísimo tiempo. Que había estado en neurólogos, endocrinos, naturópatas; había hecho relajación, yoga, psicoterapia, gimnasia y mil historias. Y que simplemente era como si el interruptor de su cerebro no funcionara. Que los hipnóticos eran lo único que le ayudaba a conciliar el sueño.

Después me miró a los ojos y dijo: pero si tienes alguna propuesta, estoy dispuesta a escuchar.

Yo le contesté que no. Que no se me ocurría ninguna otra cosa. Que me parecía que ella ya estaba haciendo su camino y buscando soluciones, y que si en ese momento necesitaba los hipnóticos, a mí no me parecía mal que los tomara. He visto recetar psicofármacos por mucho menos. Así que escribí un informe para el médico de cabecera y le di el alta. "Gracias por tu respeto", dijo ella.

El tema es que bueno, por una parte uno siempre tiene que estar dispuesto a escuchar, incluso a una PIR que lleva seis meses ejerciendo, incluso después de veinte años de búsqueda. Por otra parte, uno también tiene que asumir responsabilidades. Y permanecer en el camino. Porque lo que está claro es que es complicado encontrarse con la solución a los problemas así, de repente; uno encuentra información buscándola, abriendo la mente, experimentando.

Creo que esto no sólo se aplica a problemas concretos, sino en general a la vida. Al amor, al trabajo, al propio carácter, a la manera de hacer las cosas. Hay tantas posibilidades. A veces basta con pararse e intentar mirar alrededor. Hay una expresión inglesa que me gusta mucho: eyes wide open. Los ojos muy abiertos, los ojos anchos. Mirar con los ojos anchos a nuestro alreedor y darnos cuenta de que realmente tenemos elección casi todas las veces.

Y ya paro, que esto me está quedando como supermotivacional, ¿no? Que me voy a tener que ganar la vida dando conferencias por Estados Unidos en plan motivada de la tele.

Feliz viernes a todos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

El típico post que desde el principio se gana la etiqueta de "Cosas absurdas que sólo me interesan a mí"

NOTA PREVIA: como este post trata sobre nutrición, aprovecho para decir que si alguien tiene interés por las soluciones dietéticas/naturales al Acné del Averno, puede escribirme a massobreloslunes (arroba) gmail.com y le mando un documento que he elaborado al respecto. También os agradecería que difundierais la información si conocéis a alguien que sufra este problema. FIN DE LA NOTA PREVIA.

Quería escribir sobre la huelga, pero tengo tantas lagunas en política y economía que iba a quedar cutre como el infierno. Así que resumo: yo voy a la huelga. Porque no me gusta lo que veo. Y porque si no voy yo, que soy joven, sin cargas, que me puedo permitir un bocado en la nómina, que no voy a ser despedida ni, de hecho, contratada cuando termine el PIR... entonces decidme a mí quién cojones va. Así que eso: que voy.

Por lo demás... mi vida prosigue en su tranquilo cauce. No ha aparecido la ballena, pero sí un pescadito curioso en forma de viaje de escalada a Marruecos la semana que viene. En otro orden de cosas, últimamente paso la mayor parte de mi tiempo libre haciendo cosas inmensamente frikis, como entrenar en el rocódromo con inusitado empeño o leer sobre teorías psicológicas de la obesidad.

Resulta que en los paleoforos la última idea sobre la obesidad tiene que ver con lo que se llama "food reward", o recompensa alimentaria. El tema es, resumiendo, que la comida que comemos en la actualidad está tan procesada, inundada de sabor y texturas y sumamente llena de calorías que actúa sobre nuestro cerebro como una droga, nos motiva a conseguir cada vez más y nos impide saber cuándo estamos realmente llenos.

A mí la nutrición me fascina. Es curioso, porque antes de toda esta historia del Acné del Averno me importaba un carajal, más o menos. Tenía mis ideas sobre lo que era "comer de todo", y una vaga intuición de que lo integral era mejor que lo refinado. Desde que empecé a investigar la nutrición paleo se me ha abierto una ventana al futuro y está llena de comida.

Lo de la comida como recompensa me tiene subyugada. Llevo tres días leyendo sin parar sobre el asunto y contándoselo a quien me quiera oír. Que la comida tenga poder sobre ti creo que es algo que sólo se entiende si la comida tiene poder sobre ti. Y sobre mí lo tiene. No sólo el chocolate. Me gustan los sabores fuertes, las texturas, lo agridulce, lo ácido. Me gusta que la comida me estimule, me entretenga y me consuele. Y bueno, resulta que eso puede ser un problema en un momento dado. Porque cuando la comida no es comida, sino droga en el sentido cerebral de la palabra, no la valoramos como comida, sino como una droga. ¿Cómo funcionan las drogas? Dejándonos siempre con ganas de más.

Es un tema precioso del que tal día como hoy podría hablar hasta el infinito. De hecho, ni siquiera pensaba escribir hoy sobre ello. Me parece la típica frikada que no le importa a nadie nada más que a mí. Pero es una teoría tan sumamente bonita y explicativa que de verdad que creo que puede marcar el futuro de la investigación sobre obesidad. El hecho de alimentarse todo el rato con comida rápida e hiperprocesada trastorna tanto tu cerebro que hace que pierda el norte acerca de qué peso y porcentaje de grasa corporal es ideal para ti; de esta forma, te vuelves incapaz de regular tu ingesta y te pones gordo como un zollo.

(Vale, igual este post está siendo un coñazo. Si habéis llegado hasta aquí y comentáis, decid "gatito".)

Stephan Guyenet, un bioquímico americano que está hecho una máquina de divulgar vía este blog y que se ha convertido en la última semana en mi ídolo-absoluto-al-que-me-tiraría-sólo-por-lo-mucho-que-me-mola-lo-que-investiga, propone soluciones para todo este asunto de la adicción de la comida. Soluciones que pasan por un camino tan trillado como novedoso: SIMPLIFICA. Evita los alimentos procesados. Deja de echarle mayonesa a todo. Usa menos sal. Usa menos aliños. Disminuye la variedad de tus comidas. No salgas tanto a comer fuera. Come tus comidas una por una. Yo añadiría: no hagas de la comida tu principal fuente de placer. Encuentra formas alternativas de divertirte, de relacionarte, de aliviar el estrés.

La gente escucha estas cosas y se echa las manos a la cabeza. ¿Qué? ¿Renunciar a la comida superrica? ¿Renunciar a mis oasis de placer y autosatisfacción en medio de una vida estresante y ocupada? A nadie le gusta escuchar esto. Queremos creer que si quitamos las grasas, o quitamos los carbohidratos, o sólo comemos proteínas puras y salvado de avena, podremos prepararnos cosas igualmente buenas y permanecer delgados.

Y bueno, el tema no es la comida. Aunque la comida es muy importante. El tema es un poco el concepto, ¿sabéis? El concepto de la simplicidad, del sacrificio o de lo que verdaderamente importa en la vida. El hecho de juntarse para consumir cosas (objetos, alimentos, bebidas, drogas) en vez de para hacer cosas. Escalar me gusta por muchas razones, pero una de las más importantes es que no consumes nada, aparte del material y las barritas de muesli. Vas allí a hacer algo. Algo que te importa mientras lo haces, por la simple satisfacción de hacerlo, por superarte a ti mismo, por poner a prueba tus límites. Sobrepasas la incomodidad física, el dolor y el miedo. Vives, joder.

Así que si este asunto de la comida como recompensa y de la dieta simple como solución se populariza, no tengo claro que guste. A nadie le gusta darse cuenta de que parte de la solución a lo mejor es disminuir un poco el nivel de placer que se espera obtener con las cosas. Dejar de enfocar la vida como si fuera un surtidor de sensaciones. En fin, yo qué sé. Este mundo cada vez me gusta menos. Cada vez querría imaginarme más en un entorno tranquilo, menos estimulante, más silencioso. Donde las horas fueran más largas. Donde poder leer en un rincón o compartir historias bonitas. Donde escribir y escalar, claro.

Y lo dejo aquí, que se me ha ido el coco y que en mi camino hacia la simplicidad voy a tener que dejar este blog para ver si consigo irme a dormir antes.

lunes, 26 de marzo de 2012

Actualización: ¿el fin del Acné del Averno?

[NOTA: No sé qué cxxxnes le pasa a Blogger con el formato, pero la entrada sale rara. Mañana lo arreglo, que tengo sueño.]

Pues creo que ha llegado el momento de dejar de tener miedo al gafe y decirlo públicamente. Pero bajito.

Creo que me he curado.

Iba a colgar fotos, pero estoy esperando a que se borren las marcas y el antes-después sea aún más impresionante.

Estoy guapérrima.

¿Cómo lo he hecho? Pues la verdad es que no lo tengo del todo claro. Empecé a mejorar tomando omega 3 concentrado de alta calidad (que cuesta aproximadamente lo mismo que el líquido cefalorraquídeo de un unicornio primogénito). Después seguí mejorando cuando cambié de jabón y crema para la cara. Mejoré todavía más con una dieta hiperrestrictiva que lo quitaba básicamente TODO. No sé cuál de estas cosas surtió efecto; a lo mejor, como dice mi madre, simplemente ha llegado el momento de curarme. A lo mejor tanta dieta paleo, ejercicio, vida sana e intentos razonables por ser feliz han acabado por dar resultado. A lo mejor, siguiendo a los teóricos de la psicosomática, he resuelto algún tipo de conflicto interior y ya no necesito a mi acné.

El caso es que se ha ido.

No sé si va a durar para siempre. No sería la primera vez que vuelven los Brotes del Averno cuando creía que todo había terminado. Pero de momento disfruto de esta extraña libertad. Los que me leéis desde hace tiempo sabéis lo increíblemente duro que ha sido para mí todo este tiempo. Creo que ya lo he dicho. No tener acné no te hace automáticamente feliz, pero a mí personalmente tener acné me hace bastante infeliz casi todo el rato. Ahora que hago cosas como mirarme en todos los espejos sin evaluar previamente el tipo de luz, pintarme los ojitos sin que me perturbe estar tanto rato frente a mi propia imagen, acariciarme la cara a ratos como con sorpresa o hacerme fotos de cerca, me doy cuenta de hasta qué punto me dolía antes. Era una mierda, de verdad.

Lo más gracioso es que no sé si la gente se da cuenta. Algunas chicas me lo dicen. Los chicos me dicen que estoy más guapa, pero no sé si caen en la cuenta de por qué o simplemente no hacen referencia a la piel por educación. Todavía no se me caen los maromos rendidos a mis pies, pero dadme tiempo. Y creo que más importante que los demás es que me doy cuenta yo: estoy segura de que miro distinto y ando distinto.

El tema es que me siento orgullosa. ¿De qué, exactamente? Hace algún tiempo murió Michel Montignac, el autor de la dieta Montignac. Sabiendo lo que sé hoy de nutrición, la Montignac no es lo que se dice una dieta perfecta, pero fue pionera sacando a la luz muchos conceptos que hoy en día son básicos, como el índice glicémico o las grasas buenas. Pero, sobre todo, recuerdo algo que escribió Amanda sobre él cuando murió: que fue un hombre que tenía un problema (era gordo), se puso a investigar e hizo lo necesario para solucionarlo. Y que si toda la gente funcionara así, probablemente el mundo sería un lugar mejor.

Así que cuando me miro al espejo últimamente (y lo hago mucho; estoy desarrollando una especie de Síndrome de Narciso post Acné del Averno preocupante) lo que veo es un poco eso. Una persona capaz de solucionar sus problemas. Es duro decir esto, sobre todo porque yo me gano la vida intentando ayudar a la gente a arreglar los suyos, pero al final mi padre tiene razón, y la mano que nunca te falla está siempre al final de tu brazo. Y me vienen a la memoria las decenas de consultas con dermatólogos, naturistas y esteticienes; los miles de consejos bienintencionados; los cientos de pastillas y cremas y mascarillas y jabones y sus putos muertos. La de veces que he llorado este último año, no ya por verme fea, sino por verme SOLA; por sentir que nadie entendía lo que estaba haciendo, qué era eso de la paleodieta o por qué se alineaban todos esos suplementos encima de mi frigorífico.

Y bueno, aquí estoy. Guapa. Solucionada, por lo menos de momento. Y lo he hecho yo sola. Me preocupa la posibilidad de un nuevo brote. Hasta tengo pesadillas sobre el tema. Pero me preocupa menos que antes. ¿Por qué? Antes mejoraba por razones externas y los brotes llegaban como algo maligno y fuera de mi control. Como una plaga bíblica. Ahora no es que los controle porque, de hecho, ya os digo que no tengo claro qué he hecho para mejorar. Pero lo que tengo claro tal día como hoy es que en casi todos los problemas se pueden intentar soluciones nuevas. Siempre hay nuevas opciones, cambios, maneras de hacer las cosas. A veces el tema no es que no existan soluciones, sino que aún no somos lo suficientemente valientes o comprometidos como para ponerlas en práctica. Pero están ahí.

Silvia me escribió un post precioso donde hablaba de cosas muy bonitas, como mi ingenio, mi sabiduría o mi maravillosa vitalidad (cito textualmente). Habla de "esa persona que podríamos ser después de limpiarnos las costras de la superficie, los días, los abandonos, las adaptaciones cotidianas al miedo y la comodidad". Yo no sé si soy esa persona. Soy consciente de que me quedan muchos miedos, limitaciones y abandonos. Pero lo intento. Intento vivir lo mejor que puedo y hacerme cargo de mis problemas. Y si algo quiero transmitir aquí, además de que la vida es preciosa, y nuestro tiempo en ella es limitado, y debemos tirar adelante lo mejor que podemos... es que luchar siempre se puede. El AA ha sido para mí una gran batalla y aquí estoy: al otro lado. Así que luchad las vuestras, sean las que sean. Yo ya estoy preparándome para la siguiente.

Y va, no me puedo contener. Ésta soy yo tal día como hoy, en este momento en particular. La cam difumina, pero creo que se aprecia el efecto.



Os mando un besito porque me siento sexy.

Jejeje.

domingo, 25 de marzo de 2012

Ganas de ballena



Esta mañana iba yo en autobús camino de Cádiz después de terminar la guardia. Ah, el saliente. Ese momento en que el hospital te deja libre después de tenerte veinticuatro horas bajo sus garras, y todo (el sol, el mar, los desayunos y hasta los perros) te parece más brillante y bonito.

Iba leyendo con los tapones de los oídos puestos, intentando obviar la música maquinera de la radio, pero al final ha sido más fuerte que mi capacidad de concentración y he cerrado el libro. Me he quedado con la mirada así un poco perdida y el cuello descolgado sobre el asiento del autobús, observando las marismas y las calles solitarias de Puerto Real. Ha hecho un fin de semana de mucho viento, algunas nubes e incluso un par de gotas del fenómeno atmosférico anteriormente conocido como lluvia. Un tiempo malo, pero ideal para estar encerrada en el hospital 24 horas viendo a gente muy rara con problemas mentales, porque piensas: vale, yo estoy jodida, pero los de fuera también.

Cuando hace levante en Cádiz, el agua de la bahía se vuelve gris amarronada y se llena de olas cortas y espumosas, y yo me imagino el mar arrastrando la arena del fondo y removiendo los bancos de peces. Hoy reflexionaba sobre eso cruzando el puente de Carranza cuando he visto una roca muy grande que quedaba al descubierto sobre las olas. Entonces he pensado: y si fuera una ballena. Fíjate qué pensamiento más absurdo, que sólo me ha durado dos segundos. Porque no hay ballenas en Cádiz, ni creo que haya posibilidad de que llegue ninguna; desde mi desconocimiento oceanográfico lo digo. Pero entonces he imaginado muy claramente cómo sería que aquella roca fuera una ballena. La he visualizado saltando a cámara lenta y salpicándolo todo de gotitas transparentes, y los pasajeros del autobús asombrados sacando los móviles para hacer fotos y colgarlas en Facebook.

Ayer estuve hablando con mi padre, que me llama los miércoles y los sábados como mínimo y un poco más desde que me tiene como número preferido y le salgo gratis. A mi padre, que es cirujano, le gusta que haga guardias. Creo que se siente orgulloso, como si me estuviera enfrentando a las cosas duras de la vida o como si él hubiera conseguido transmitirme parte de su legado. Me preguntó qué tal me van las cosas. Bueno, no sé, bien, contesté. Últimamente es lo que contesto cuando me preguntan. Bueno, no sé, bien. Hace un par de meses estaba... no sé cómo decirlo... más entusiasmada. Ahora, le explico a mi padre, es como cuando estás leyendo un libro y pasan capítulos y más capítulos, y tú sigues leyendo porque el libro no está mal, pero al mismo tiempo te preguntas: ¿cuándo se supone que va a empezar lo emocionante?

Bueno, hija, me contesta mi padre. Yo creo que la vida no da mucho más de sí.

Así que creo que tengo ganas de ballena. Porque estoy bien, claro que sí, pero a lo mejor no exactamente infeliz, sino un poco aburrida. Preguntándome si al escritor que me escribe no se le dará tan mal hilvanar buenas tramas como a mí. Y esta mañana, mientras miraba por la ventana del autobús, ha sido eso lo que he reconocido detrás del absurdo impulso de imaginar cosas raras un domingo por la mañana. El aburrimiento existencial mezclado con mi optimismo incorregible. Las ganas de que llegue algo bonito que me sorprenda, con la misma cualidad inesperada y asombrosa de una gran ballena gris en la bahía de Cádiz.
Estoy de guardia y me resulta difícil inspirarme aquí, así que os dejo con el precioso post que me ha dedicado Silvia. Mil gracias, guapina. Yo prometo escribir largo y tendido mañana. Os quiero, deseadme buena noche.

jueves, 22 de marzo de 2012

Copa menstrual: lo que nadie te ha contado

O quizá sí te lo han contado, pero ¡queda tan interesante titular así un artículo! Pensadlo. Queda bien con casi cualquier cosa:
"Sexo oral: lo que nadie te ha contado".
"Tortillas francesas: lo que nadie te ha contado".
"Leer a Proust: lo que nadie te ha contado".

¡Qué sugerente todo!

Una vez hecha esta introducción absurda, advertencia: este post va a ser asqueroso. Asqueroso nivel hablar de sangre menstrual con cierto detalle. Así que los que no tengáis interés por saber más de los misterios femeninos que nosotras intentamos llevar con cierto pudor una vez al mes, podéis absteneros. El que avisa no es traidor. Las mujeres que no tengan interés en recrearse en el evento maligno menstrual, también pueden pasar.

Vale, ahora los que quedamos. ¿Por qué hablar de la copa menstrual? Yo no sé vosotras, pero a mí me da la impresión de que me paso toda la puñetera vida con la regla. Es como "no me puedo creer que ya me toque otra vez, por el amor de Dios pero si terminé hace dos días". Esto se debe a que la regla es mala, porque no me pasa con las cosas buenas. No digo "no me puedo creer que ya me toque otra vez que me paguen, si parece que fue ayer"; es más bien algo del tipo de "o cobro ya o a mi cuenta naranja voy a tener que empezar a llamarle mi cuenta roja". Así que bueno, si hay algo que podría mejorar mínimamente nuestra calidad de vida en esos días del mes, creo que es mi obligación divulgativa y humana compartirlo.

La regla la inventó Satanás Dios cabreado, que para el caso es lo mismo. Es más: si Dios ha creado el mundo, probablemente tiene mucha más mala leche que Satanás o, por lo menos, una mala leche más creativa. Cuando tienes la regla te encuentras mal, tienes penita, angustia, dolor, hinchazón, gases, estreñimiento o todo junto. Aumentas un kilo o dos de peso y odias a tu báscula. Se apaña para coincidir con excursiones sexuales esporádicas. Tú querrías ponerte un cartel en la frente para que la gente te respetara, pero además es un tema no exactamente tabú, pero tampoco como para contarlo a los cuatro vientos. Si dices algo, normalmente la reacción varía en función del sexo:

- Mujeres: ponen cara de dolor empático. Saben por lo que estás pasando. Te tocan el hombro, te dan palmadas de apoyo, te ofrecen espidifén y/o chocolate. Comparten contigo su drama particular (ejemplo: "pues yo el primer día me tengo que poner un tampón cada media hora porque sangro a chorros" o "pues a mí me dura una semana y no quiero más que morirme").

- Hombres: asienten intentando ser comprensivos, pero lo que ves en sus caras es pánico. Algo como "cambia de tema YA", o como "¿¿¿¿Y ahora qué deberá decir????". Suelen solucionarlo con un "ah... vaya" o un "lo siento" casi de pésame. Yo lo entiendo. Si ellos sangraran por sus partes una vez al mes, yo también me preocuparía.

En fin. La cuestión es que la regla no es optativa, aunque a mí me encantaría confirmar de una vez que no me voy a reproducir y extirparme todo el aparato reproductor, en plan "to palante". Pero conservo la esperanza y me resigno. Entonces llegan los problemas de logística. ¿Qué utilizar?
- Compresas: las mujeres que utilizan compresas así como única opción me parecen adorablemente arcaicas. Porque las compresas son incómodas y sucias, aunque los de la tele inventen anuncios con colorines e instrumentos de viento. ¿A qué huelen las cosas que no huelen? ¡A sangre! Y no nos engañemos: la sangre huele.

- Tampones: importantísima mejora, sí, pero no la panacea. Digan lo que digan: los notas. Si los quieres usar de noche en los días de más flujo, te tienes que cambiar o poner compresa adicional. Si te los tienes que cambiar en sitios recónditos, como el campo o sórdidos baños callejeros, puede ser un problema qué hacer con el que ya has usado. Si no calculas bien el tiempo, puedes mancharte. Si te los pones en el agua se producen interesantes efectos en los que los conceptos "mi útero" y "agua salada o con cloro" están preocupantemente cerca.

Y aquí llega, chanchanchan... La Copa Menstrual. El invento del que tu madre nunca te habló porque... bueno, porque no existía. ¿En qué consiste? Es una especie de embudo lógicamente cerrado por abajo y hecho de silicona. Se pliega, se introduce en tu potorro y allí se expande y recoge la sangre. Cuando está lleno se saca, se vacía en el baño, se limpia muy bien con agüita y jabón y se mete de nuevo.

Los básicos sobre la copa los podéis leer muy bien explicados en este post de Pétalo. Para qué vamos a repetir lo que ya se ha dicho. Si escribo este post es para aclarar que ¡ojo! La copa menstrual NO es la panacea sagrada que cambiará tu vida y te convertirá en la chica feliz de los anuncios. Si partimos del concepto sangrar como un cochino durante tres días seguidos, podemos prever que nada lo hará.

Así que, después de seis meses utilizando el artilugio en cuestión (concretamente la talla pequeña de la marca Diva Cup), he aquí una lista de ventajas y desventajas.

Ventajas:

1) Es ecológico. Si me imagino una bolsa llena con todos los tampones y compresas que habría usado en estos últimos seis meses, salen un montón. Si calculamos unos 15 tampones + 5 compresas por regla, nos salen un total de 120 cacharros de celulosa que le he evitado al Amazonas. Viva y bravo. No soy particularmente ecologista, pero creo que sólo con este gesto podemos aportar un granito de arena a la salud del planeta.

2) No te manchas jamás. Esto es fabuloso. Incluso si la cosa se pone chunga y tardas más tiempo del que pensabas en poder cambiarte, la cosa nunca rebosa y empieza a mancharte. Sólo pasa si está mal colocada, lo que es muy muy raro.

3) Es bastante más fácil de usar de lo que parece. No requiere mucho más entrenamiento que los tampones.

4) Hay que cambiarla con mucha menos frecuencia, lo que la vuelve muy cómoda, especialmente en situaciones donde no te puedes cambiar todas las veces que querrías. Excepto el primer día, que normalmente manchas más, los demás días a mí me basta con vaciarla por la mañana y por la noche. Esto es una graaaaan ventaja, sobre todo si pasas el día fuera de casa: en la playa, de viaje, escalando... en lugar de convertirte en un radar humano buscador de baños públicos, puedes vivir tu vida.

5) Es razonablemente cómoda. Insisto: razonablemente. De esto hablaremos más en el capítulo de las desventajas.

6) Si te vas de viaje, no tienes que ir cargando con veinte millones de tampones y compresas por si te baja la regla, o gastarte un dineral en comprarlos en sitios precarios donde te los venden a precio de cocaína. Te llevas tu copa y punto.

7) Te la puedes poner en plan "por si acaso". Por ejemplo, el día que prevés que te va a bajar la regla, si eres muy puntual, o los últimos días, cuando apenas manchas. No es como el tampón, que en teoría es malo malísimo si ya manchas poquito y que por supuesto no puedes ponerte antes de tiempo. Esto también es muy cómodo. Si no te baja la regla o si ya has terminado del todo, la copa no te va a hacer ningún daño.

Y ahora vamos con las DESVENTAJAS

1) La comodidad es relativa. A ver: no deja de ser un cuerpo extraño más o menos grande metido en tu vagina. Yo la noto. Y no sólo la noto: me presiona la vejiga y me da ganas de mear. Los que me conozcáis en persona ya sabréis que tengo un problema con eso, así que ahora imaginadme con un cacharro ahí apretando. El baño y yo somos uno.

2) Los días de más flujo la lías parda cuando te cambias. A ver: es que entre que la pliegas, la sacas y la vacías, si hay mucha sangre pues se esparce a medias entre tus partes pudendas, tu mano y el váter, y aquello puede llegar a parecer la matanza de Texas. Luego tienes que limpiarte muy bien, para lo que recomiendo llevar toallitas y tal, y por supuesto tener un lavabo cerca: no ya por la copa sino por tu propia persona.

3) El tema del lavabo. A mí personalmente me parece un poco asqueroso lavar mi sangre menstrual en un lavabo ajeno. Yo sé que es sangre y ya está, pero si yo supiera que otra lo está haciendo en mi lavabo no me convencería mucho. Intento solventarlo cambiándome en mi casa siempre que es posible y lavándolo todo bien en los baños ajenos, aunque sea con jabón de manos. Aun así, ya os digo: me da un poco de repelús.

4) El tema de qué narices hago si no hay un lavabo cerca. Porque lo que dicen de lavarla con una botellita que puedas llevar en el bolso o, en casos límites, no lavarla, pues yo qué sé... tengo mis reservas. Sobre todo por lo que os decía: porque te manchas al quitarla y ponerla, y esto es una verdad como un templo o yo soy muy torpe.

Y esto es todo. El tema de la incomodidad igual se solucionaría con una más flexible o más blandita. La propia Pétalo probó una de estas características (patrocinada, por cierto... ejem ejem, fabricantes de copas: me ofrezco también a que me patrocinéis), y quizá me iría mejor, porque la Diva Cup es bastante rígida. En general, la verdad es que las ventajas son más numerosas e importantes que las desventajas, pero asumamos que la regla es lo peor de la vida y que ni todo el espidifén del mundo combinado con maravillosas copas menstruales de colores pastel te sacarán de ese embrollo. Al final siempre te encuentras observando cómo la sangre brillante y roja mana de tu cuerpo y preguntándote qué le pasa al útero con el gasto indiscriminado de recursos: ¿no sabe que hay crisis?

En fin. Y después de esta entrada tan pedagógica, me despido hopefully hasta mañana, que es viernes y que intentaré compensar con algo bonito, creativo y profundo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Vacío

Hoy es uno de esos días en los que la vida me supera. Llevo aquí un buen rato intentando escribir algo y la pura verdad es que me duele. Me siento vacía. Hacía mucho, pero mucho que no me pasaba esto. Quiero decir, que en los últimos meses siempre que me he sentado aquí he sido capaz de sacar algo. Bueno o malo, pero algo. Y hoy, sin embargo, es como si hubiera demasiado dolor que se niega a ser expresado. No es grave, no os preocupéis. Tiene que ver con que hoy he pasado con creces la cuota de sufrimiento humano que soy capaz de presenciar. He visto a un hombre con síndrome de cautiverio: ha tenido un infarto cerebral en el troncoencéfalo y ahora está completamente paralizado, pero con la sensibilidad y la conciencia intactas. Cuando digo completamente quiero decir que no puede mover nada. Apenas los ojos, y sólo en dirección vertical. Ese hombre no puede hacer nada ahora mismo: nada. Todo lo que la vida significaba para él se ha venido abajo. Todo. No estoy hablando de correr, caminar, escalar, conducir.... estoy hablando de comer, rascarse, lavarse los dientes, besar, cantar, hablar, bostezar. Todo. Y bueno, una no es de piedra, y a veces cuesta mucho, pero mucho, intentar averiguar qué hacemos en un mundo en el que cabe un sufrimiento tan gigantesco. ¿De qué va esto, en serio? ¿De qué va?

Pero supongo que no sólo se trata de eso. Hoy me duele el corazón como si estuviera lleno de cosas que no pueden ni deben ser expresadas. Hoy me siento extraña y muda como hacía tiempo que no me sentía. Como media Marina. Normalmente, cuando sufro soy capaz de encontrar las razones, de ponerle palabras. Hoy no, y esto que estoy haciendo aquí es apenas un intento para no dejar sin nada el hueco del día. No quería darme por vencida.

Imagino que es un cúmulo de cosas. La regla, el cansancio post-roco, el recuerdo de los ojos del paciente, los demás pacientes de la Unidad que dan vueltas por los pasillos sumidos en su particular locura. La gente que no está en la Unidad y que también vive dentro de locuras particulares que me resultan incomprensibles. En serio, ¿de qué va esto?

Lo voy a dejar aquí. Ya se me pasará. Volverán los días de pensar que todo es taaaaan maravilloso y brilla con tanta luz. Pero hoy no la veo. La luz. Supongo que en el alma, como en el cielo, a veces las nubes lo cubren todo y cuesta recordar que hay un sol brillando por arriba, ahí en algún lugar, en la estratosfera.

lunes, 19 de marzo de 2012

Copenhague


Creo que era en Quédate a dormir donde hablaban, hace mucho tiempo, de esos días en que todo va mal menos tu pelo. Tu mundo físico y emocional se desmorona, pero tu pelo está estupendo. Cuando llego hoy a la parada de autobús, mi reflejo en el escaparate me dice que es uno de esos días: me ha bajado la regla a medianoche, me duele todo el cuerpo y decir que he dormido mal es un eufemismo. Pero mi pelo está precioso.

Es fiesta en Cádiz, que no en Puerto Real y por eso yo sí que curro, así que las calles están desiertas e iluminadas por el sol brillante y claro de la mañana. Un puñado de estudiantes tan resignados como yo esperan el autobús a mi lado. Me debato entre buscar o no el mp3 en el bolso. La parte mala es que para eso tendría que sacar las manos de los bolsillos, y tengo frío; la buena, que una vez que me haya puesto los auriculares tendré las orejas calentitas. Así que me decido y saco el ipod. Pongo Copenhague, de Vetusta Morla; no por nada, sino porque así en esta mañana ventosa y solitaria, con las gaviotas paseando de fondo y mi pelo perfecto agitándose sobre mi abrigo oscuro, pienso que es una canción que pega.

Todo adquiere entonces una cualidad un poco de videoclip, de chica que espera el autobús con banda sonora incluida. Estoy triste hoy. Me da por pensar en los sentimientos inútiles. Esos que son inadecuados, raros. Como el arbolito que crece en una maceta porque alguien tiró un día un hueso. No sirven para nada porque nadie parece querer ese arbolito. Son sentimientos destinados a estar ahí, en el corazón perdido de alguien, debatiéndose entre el escondite y la pereza. Querer a quien no te quiere, odiar a quien te quiere. Querer a quien te quiere pero no puede ser porque es imposible, ser amigo de quien quiere ser más (o menos) que tu amigo.

Llega el bus y Copenhague todavía dura en mis oídos. Esta canción me estruja todas las veces. ¿Qué se hace con esos sentimientos, entonces? Recuerdo una expresión de un libro antiguo que leí hace mucho: "coge ese aire de tragedia, querida, y guárdalo en lavanda". Me imagino empaquetando el amor en papel de seda y rodeándolo de bolitas de naftalina para que no se lo coman las polillas. Cerrando bien algún arcón oculto y despiadado que lo mantenga en un sitio donde no pueda hacerme daño.

Dejarse llevar suena demasiado bien, dice el cabrón demagogo del cantante de Vetusta. Y un carajo, digo yo, que desde que incorporé esa palabra a mi vocabulario la uso mucho, porque te llena la boca. Y un carajo: dejarse llevar es una locura; suena bien, en efecto, y nunca sabes dónde puedes terminar. O empezar. Pero te tiras al muelle de digamos Copenhague, te dejas llevar y te vas a ir a tomar viento. Te arrastrará la marea y te vas a ahogar por gilipollas. Así que hoy no me importa lo bonito que esté mi pelo ni lo mucho que brille la bahía a ambos lados del puente de Carranza. Esta niña de aquí se piensa agarrar al embarcadero con toda la fuerza que le dan sus brazos de guerrera de la roca. Y quizá no sea la decisión más interesante. Ni la más provechosa. Pero ahora mismo parece la única posible.

sábado, 17 de marzo de 2012

Intención

De todos los días que me siento a escribir aquí, los de después de la escalada son los que más me cuestan. No sólo porque están llenos de un cansancio real y casi doloroso, sino porque lo único que me cruza la cabeza es escalar y no me parece que tenga mucho sentido hablar de otras cosas, y después pienso que os aburro y me siento culpable, y al final lo mando todo al carajo y termino por hablar de escalada. Cáracter enfermizo, que diría el Kpot.

Hoy ha sido un día estupendo, con la Veredilla entera para dos cordadas. Hacía sol, pero el airecito fresco permitía trepar a gusto. Qué bien el cambio de tiempo, por cierto: dentro de una semana cambian la hora y vuelven los días largos. Ya puedo ir en moto sin el plumas y al mediodía me sobran los guantes. Cómo me gusta el sol, Señor, si es que me encanta. Cómo me gusta levantarme por las mañanas contando con el buen tiempo por defecto. El día 21 empezará la primavera y yo llevaré a cabo mi ritual de escuchar "La primavera trompetera" en bucle un montón de veces.

El otro día, no sé por qué, hablábamos de que escalar te lleva a un estado mental completamente primitivo. Lo que tú eres sale ahí arriba. El miedo que pasas es real e inmediato: lo único que quieres en este momento es agarrar un canto salvador y chapar la siguiente cinta, y todo lo demás: lo que piensas, lo que temes, lo que te importa... la crisis, la novela, tu ex... todo eso pasa a un segundo plano. De verdad, hay algo de viaje misterioso en el acto de amarrarse el nudo, ponerse los gatos y tirar hacia arriba. Estás solo. Tienes que tomar tus propias decisiones. Desde abajo te pueden echar un cable, pero son tus antebrazos los que tiran de tu cuerpo.

Yo últimamente intento trabajar mi intención y hacerla firme. Si uno observa cuidadosamente el estado que atraviesa la mente mientras escala, se da cuenta de que básicamente están la zona de confort y la de riesgo. Uno tiene que entrar en la de riesgo muchas veces a lo largo de una vía, por lo menos si hablamos de una que nos ofrezca un poco de desafío. No se trata sólo de riesgo amplio, entendido como estar lejos del seguro anterior y tener miedo de pegarse un vuelo. Se trata de que cada vez que apoyas un pie, tocas un agarre con la mano y traccionas hasta el siguiente, vives unos segundos de angustia breve que te pueden dejar bloqueado. Ya os dije que desde que me escoñé el tobillo voy con más miedo, y el miedo es justamente eso: que cuando estás en la zona de confort, en un buen reposo o justo después de chapar, cuesta reunir la energía para exponerse de nuevo.

Así que planteo una intención. Intento visualizar la secuencia. Calibro la posible caída. Después me digo: ahora tira y no te pares hasta que llegues o te caigas. Y de verdad, si no habéis escalado nunca no os podéis hacer una idea de lo difícil que es ser capaz de escalar hasta caerse, al menos al principio. Porque no te quieres caer: no quieres bajo ningún concepto, así que forzar tus límites hasta que tu cuerpo dice "hasta aquí hemos llegado", en lugar de pillarte cómodamente o destrepar hasta una repisa, es una decisión sólo apta para corazones samurais.

Os cuento todo esto porque si uno lo mira así no es tan rara esta enganchada que me ha dado con escalar. Como casi todas las cosas de la vida, si estamos muy muy atentos e intentamos permanecer conscientes nos enseña muchísimo de nosotros mismos. De nuestro miedo, nuestra debilidad; pero también nuestro valor, nuestra decisión. En días como hoy, con el suficiente silencio como para concentrarse y el aire fresco recorriendo los pasillos de roca, escalar no sólo es un deporte: es una manera intensa y reveladora de estar con uno mismo.
Y con esto considero que he cumplido y me dispongo a publicar y dormir, por ese orden.

jueves, 15 de marzo de 2012

La nieve

Le daba pena la cría. Por las mañanas, sobre todo. Porque él... bueno, él ya tenía una edad, debía trabajar para ganarse la vida, pero ¿la cría? Apenas cinco añitos de mocosa rubia y había que sacarla de la cama antes de que amaneciera para llevarla al colegio. Se recordó a sí mismo con su edad. El pelo corto y moreno, las rodillas moradas y cubiertas de costras y una incapacidad patológica para quedarse quieto. El colegio era una especie de cárcel obligatoria que no entendía. Podía enterarse bastante rápido de las cosas cuando le interesaban, pero le parecía que a aquel tormento sentado le sobraban horas.

K. y él se despertaban con la alarma del móvil. Él se levantaba despejado, casi hiperactivo; a veces, de hecho, para cuando sonaba la alarma ya llevaba un rato con los ojos abiertos. K. permanecía quieta y gruñía un poco, así que normalmente era él quien se acercaba al cuarto de Sandra para  despertarla.

A veces se quedaba un rato apoyado en la puerta mirando a la niña. Sandra se movía mucho durante la noche y siempre amanecía con las sábanas en el suelo o el edredón enredado entre las piernas. Apoyaba la cabeza en la almohada con un abandono que él envidiaba: jamás se despertaba antes de tiempo. Se daba cuenta de que ya hacía tiempo desde que había dejado de ser un bebé: al principio los cambios habían sido pequeños, como quitar el pañal de día o dejar definitivamente los biberones, pero ahora podía distinguir perfectamente su cuerpecito espigado de niña debajo de las sábanas. No es mía, pero como si lo fuera, se decía a veces; y, sin embargo, sabía que no era cierto. Sabía que entre K. y Sandra fluía una corriente mucho más poderosa que la que él podría nunca establecer con ninguna de ellas. Casi podía sentirlo ahora: como si incluso desde sus respectivos sueños profundos, cada una en una cama, K. y Sandra se miraran con los ojos cerrados sin ser capaces de torcer la cabeza en otra dirección.

Entonces suspiraba y pensaba en el quicio de la puerta, y se preguntaba a qué habitación pertenece: a la de dentro o a la de fuera. Se decía que es un sitio sin sitio, y que él en realidad estaba bien allí debajo. Después se acercaba y despertaba a Sandra con toda la suavidad de la que era capaz: vamos, pequeña, te espera el mundo. Lo siento, ojalá fuera de otra manera, pero es así como son las cosas.
***

Por la tarde iba a recoger a la cría a casa de su abuela. K. trabajaba hasta tarde, y aunque él también tenía que comer fuera de casa, podía salir antes y hacerse cargo de la niña hasta por la noche. Él también se daba un poco de pena cuando comía fuera de casa, en la escasa hora que le permitían para tragar el tupper que K. le preparaba por las noches. Le había propuesto un par de veces que quedaran para comer: ella tenía más tiempo al mediodía y no tardaba mucho en llegar a la obra en la que él estaba currando. Sabía que K. prefería almorzar con la niña en casa de sus padres porque era más cómodo, pero todos los días le entraba una ilusión estúpida por imaginarse comiendo con ella en un banco cualquiera, en tuppers gemelos con tortilla de patatas o filetes empanados. La escena era mucho más bonita en su mente que en la realidad: K. y él sentados en el respaldo, mirándose a los ojos, charlando, sonriendo. Ajenos a todo, en una especie de burbuja donde no sólo no cabía nadie más, sino que no les hacía la más mínima falta. Pero él sabía perfectamente que en la realidad K. y él siempre acababan estropeándolo todo.

Sandra estaba jugando con el ordenador en la mesa del salón. Estaba entusiasmada, y a él le hizo gracia darse cuenta de la soltura con que movía el cursor del ratón por la pantalla. "Es otra generación", se dijo, y se preguntó si para ellos mover un ratón sería tan intuitivo y básico como para él escribir con un lápiz.
- Vámonos, peque - se acercó por detrás a la niña y la agarró de las axilas, levantándola en volandas. Sandra protestó y comenzó a hacer pucheros.
- ¡No quiero irme!
- Pues nos tenemos que ir.
- ¿Está mamá en casa?
- No, Sandra, mamá no está. Estoy yo.

Se enfadó un poco. Sabía que el llanto no tenía que ver con el ordenador. Sabía que él era la frontera entre la bondad de los abuelos y la bondad de mamá: otra vez el quicio de la puerta. Sabía que Sandra le quería, y también que prefería estar con los demás a estar con él. Intentaba ponerle ciertos límites. Intentaba educar. Pero de alguna forma sabía que no estaba en la posición más adecuada, así que hacía lo que podía. Agarró a la niña prácticamente a la fuerza, se despidió de los padres de K. y se metió en el coche.

De camino a casa, a Sandra se le pasó la llantina. Él le preguntó por el colegio y por sus amigos. La casa estaba lejos, ¿cuánto puede uno estirar una conversación con una niña de cinco años? Echaba mucho de menos a K., aunque supiera que a lo mejor verse poco tiempo al día era el ingrediente principal de la receta que les estaba permitiendo vivir juntos. La niña se quedó callada, y cuando él volvió de sus pensamientos se dio cuenta de que se estaba quedando dormida. Mierda, se dijo. Si había algo peor que Sandra enfadada era Sandra medio dormida: se la podía imaginar llorosa en sus brazos de camino al piso y pataleando luego sin dejar que le pusiera el pijama.
- Sandra.
- Mmm...
- Sandra, no te duermas.
- Tengo sueño...
- ¡Sandra!
- Queeeee...
- Venga, va, no te duermas... ¡Mira, gorda, mira la nieve! - y señaló al exterior con un dedo.
- ¿Dónde, dónde?

Por el retrovisor central podía ver los ojos soñolientos de la cría abriéndose esforzados en dirección al mar.
- ¡No la veo!
- Búscala bien, de verdad, verás como la encuentras.

Sandra estiraba el cuello y oteaba en todas direcciones, mientras él procuraba acelerar un poquito, lo justo, y acortar un poco el tiempo que quedaba para terminar el recorrido. Mientras la miraba buscar pensó que igual lo de educar no se le daba tan mal. Y así a lo mejor llegamos a casa, pensó. Buscando cosas que no existen para mantenernos despiertos.

martes, 13 de marzo de 2012

¿Escribir una novela? Semana I

Queridos todos:

De momento, el Hecho En Sí (escribir una novela) va a ir entre interrogantes, porque quién sabe si al final será una novela, un conjunto de despropósitos o una bella manera de perder el tiempo. Dice mi amigo el Kpot que no lo llame novela: que lo llame libro, que suena mejor. He venido aquí a hablar de mi libro. El otro día estuvimos tomando café con baileys en el Mentidero. Las tardes ya alargan y no pesa tanto quedarse fuera para que él pueda fumar. Me preguntó por la novela el libro. Yo no quería contarle el argumento, porque contado me suena como MUY CUTRE, pero al final lo hice, porque cuando el Kpot quiere embaucarte, te embauca.
- Qué guay, ¿no? Lo de ser escritora. Te imagino así en tu casa, en bata, con una taza de café y un cigarro... deberías fumar para ser escritora, que lo sepas.

Yo a ratos también lo pienso, pero me desanima el cáncer y la disminución de mi ya justita capacidad pulmonar. Aun así, he aquí los cambios fundamentales que he hecho en mi vida desde que estoy escribiendo un libro.

En primer lugar, he aceptado que mi mesa del salón puede convertirse en escritorio sin que sufra su función como mesa del salón, dado que como yo sola un 99% de las veces. Así que he abierto sus alerones laterales, y ahora en vez de un bonito cuadrado es un rectángulo enorme que a J., con su pasión por la madera y los espacios despejados, le fascinaría. En ella he colocado la máquina de escribir rosa, unos cuantos libros sobre escritura creativa (lo siento, M.) una caja con fichas rayadas para ir anotando cosas interesantes y varios bolis. Y el portátil, claro, pero en realidad él ha estado allí siempre y es el epicentro sobre el que gravita mi vida hogareña.

Y ahora viene el núcleo del asunto. Por dónde coño empieza uno un proyecto así. Dice Anne Lamott que la trama surge de los personajes. Estupendo: creemos personajes. Es curioso, porque algunos se me aparecen super claros en mi cerebro: no porque se parezcan a alguien real, sino porque de alguna forma me llega claramente su esencia, el papel que podrían representar en el argumento. Otros me da la sensación de que los estoy construyendo como a Frankenstein: con trocitos absurdos de imaginación oxidada que van a parecer artificiales y fríos cuando les diga que se levanten y anden.

Voy a la biblioteca y releo mis libros favoritos. Intento entender cómo los autores han construido las historias, los recursos que utilizan y, sobre todo, cuál es la fuerza natural que impulsa a una persona a querer seguir leyendo un libro. Eso es lo que me parece más importante. Que sea o no una novela profunda, original, innovadora o de culto me da un poco más igual. Yo aspiro a que quien la empiece no la pueda soltar hasta que acabe. Que mire con pena las páginas que quedan, pensando que cada vez son menos. Que rechace fiestas y salidas para quedarse en casa leyendo el libro. O, por lo menos, que no se desespere en la página treinta y escriba una crítica demoledora en su blog.

Los momentos de ponerme a escribir son como de risa. Porque yo ya tenía controlado el género blog, ¿vale? Es sencillo. Tienes una idea, buscas las imágenes en tu cerebro y buceas a través de ellas hasta que encuentras alguna que te llame. La desarrollas, escribes sin parar, reordenas párrafos, recortas, borras. Buscas un final redondo, le das a "publicar" y te sientas a esperar los comentarios benevolentes.

Ahora lo que hago es más o menos esto. Me digo que me voy a poner a escribir. Me preparo un colacao. Abro el ordenador. Releo lo del día anterior. Pienso que me gusta. Abro el Facebook. Miro mis fotos y pienso que tengo una sonrisa bonita y que no entiendo por qué no me persiguen hordas de hombres guapos; algo como la antianorexia de la que habla Barbijaputa. Cierro el Safari. Ojeo algún libro sobre escritura a ver si me inspira. Escojo una escena aleatoria de mi novela libro. Escribo sobre eso durante un rato esforzado y doloroso con la sensación de que estoy limpiando un váter con un cepillo de dientes. Con suerte, al cabo de un rato encuentro la imagen que me atrapa o saco un par de frases que a mí misma me conmueven y hacen que las palabras "best" y "seller" aleteen delante de mis ojos ensimismados. Lo releo todo. Pienso que esto no es una novela: es una farsa, y cuando la termine, dentro de aproximadamente cinco millones de años, todo el mundo se dará cuenta. Me levanto, friego los platos, me siento. Apunto ideas para mi no-trama. Escribo otra escena. Releo, me frustro, respiro, hago estiramientos y pienso en escalada.

Y así, sin muchos cambios.

El Kpot, sin embargo, está entusiasmado con la idea de mi futura novela. "¿Qué has hecho hoy?", me preguntó ayer por la noche. "Escribir mi libro". "Así me gusta: si no entrenas, escribe". El día del café con Baileys le  propuse pasarle borradores de capítulos a medida que los fuera terminando. "Qué va, qué va, yo quiero esperar a que esté terminada. Y ese día me encenderé un cigarrito, me iré a un sitio tranquilo y disfrutaré de la lectura".

En realidad, si lo pienso bien, es por eso por lo que escribo. Porque algunas personas conocidas y con buen criterio dicen que les hace ilusión leer una novela mía. Y por el karma literario, creo que ya lo dije alguna vez: intentar devolver todo el placer que los libros me han dado. Así que aunque todavía no le he cogido el truco a lo de apuntar cosas en fichas, y aunque escribir una novela se parezca demasiado a estar perdido en la selva con una caja de cerillas y un trozo de chicle, continúo con ello. Pienso en los personajes durante las reuniones de equipo. Sigo sentádome al escritorio a batallar con la incertidumbre. Y bueno, creedme que si sale algo de aquí seréis los primeros en saberlo.

domingo, 11 de marzo de 2012

Material de montaña (como si el post no fuera lo suficientemente friki, a mí no se me ocurre un título más atractivo)

He llegado a casa de finde escalador hace apenas una hora. Si hay algo que no me gusta de mí misma es que soy muy, muy, muy desordenada. Ojalá no lo fuera, de verdad, pero mantener el caos medio controlado me cuesta la misma vida. Así que cuando vuelvo de escalar los domingos, lo que hago normalmente es lo siguiente: lo tiro todo por el suelo de mi dormitorio, me ducho, me pongo a escribir/leer/comer/lo que sea, me acuesto y tardo en deshacer el equipaje toda la semana siguiente. Lo peor.

Así que hoy he decidido que no, que iba a deshacer las mochilas, echar la ropa a lavar, organizar el material y, en fin, convertirme en una persona mejor y más centrada. Por fin he comprado todo el material de escalada, que vaya ruina, por cierto, pero el caso es que ahora me quedo mirando mi cuerda de ochenta metros y mis preciosas cintas exprés Black Diamond con arrobo verdadero. Qué bonitas son, pienso, mientras abro y cierro los mosquetones. Que es un sonido tope de relajante, por cierto, porque te recuerda a cuando pasas la cuerda por el seguro y puedes respirar tranquilo un ratito más.

Desde que no voy a las rebajas y me gasto el dinero en material de montaña, reflexiono sobre el tema. En Madrid estuve en Fisura, una tiende que hay cerca de Bravo Murillo, porque tenía que recogerle unos gatos al Kpot y porque me apetecía olisquear. La atendía un señor calvo con bigote gris que se parecía mucho a Vicente del Bosque. En el tiempo que estuve esperando les vendió a una pareja material para irse a los Himalayas por valor de 500 euros. Luego otro señor se compró unas botas de trekking, y un chaval preguntó por los plumas, aunque al final no se llevó nada.

Es fascinante, ¿no? Hay muchas opciones para cualquier objeto. Hace un tiempo me enteré de que la calidad de un plumas se mide en cuins, que es algo así como el volumen que ocupa la pluma y que tiene que ver con su capacidad de almacenar aire. Y así todo. Miro los mosquetones de mis cintas, que así a priori son mosquetones, punto, pero hay un montón de sutilezas: el peso, el tipo de gatillo, la curvatura o si tienen o no una muesquita la mar de molesta que se engancha en los seguros cuando las quitas.


Cintas exprés, tus mejores amigas en la roca.


Mi mente analítica encuentra cierta belleza en estas diferencias pequeñas e importantes. Me gusta que haya gente que entienda del tema y que sepa aconsejarte. Que sepa cómo te vas a sentir en los Himalayas, qué cantidad de frío puedes tolerar y cuánto puedes sacrificar en otros aspectos (peso, dinero, etc) para estar cómodo. Tienen que conocer bien su trabajo y saber ponerse en el lugar del otro. Miro los piolets y los crampones colgados inocentemente de las repisas de la tienda y pienso en que su destino es clavarse en cascadas de hielo y ayudar a que suban por ellos los extraños y salvajes conquistadores de lo inútil. El desfase entre los estantes de productos con su agradable colorido y la realidad dolorosa de la naturaleza es curioso. Os lo digo desde mis dedos machacados contra la piedra caliza y afilada de las rocas de La Veredilla.

Sé que es un post mortal de friki este que os acabo de soltar. Pobres. Yo aquí actualizando menos que nada y cuando lo hago encima es para hablaros de mosquetones. MOSQUETONES. Cuando yo sé que lo que queréis saber es si ya me he decidido a apuntarme al Badoo para acabar con esta abstinencia sexual que me consume, o si J. de verdad me está roneando otra vez y qué coño pienso hacer al respecto. Pero eso, como dice Michael Ende, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

jueves, 8 de marzo de 2012

El mal laboral

Yo de política no entiendo un carajal. Debería, lo sé. Debería informarme, leer más periódicos, utilizar twitter, cabrearme y demás. Lo que pasa es que me da rabia. Me da rabia porque yo ya me paso siete u ocho horas al día trabajando e intentando convertir el mundo en un sitio mejor. Escucho a mis loquitos y a mis neuróticos, y hay días que mola y otros días que piensas que al próximo que te diga que se quiere tirar de una ventana se la vas a abrir con tus propias manos. Y se supone que hay gente que se dedica a la política porque le gusta, que deberían hacer bien su trabajo y ocuparse de guiar el país para los mejores intereses de sus ciudadanos. Pero no lo hacen porque son, en general, malos y corruptos, así que nosotros, los ciudadanos normales, los que pagamos impuestos e intentamos aportar a la sociedad nuestro granito de arena, también tenemos que echar un ojo a los que nos gobiernan porque no nos podemos fiar de ellos. Y protestar, y participar, y leer periódicos e implicarnos, y reciclar putas montañas de plástico y papel porque a nadie se le ocurre reducir la cantidad de envases. 

En fin.

La cuestión es que no sé quién tiene la culpa de la crisis, pero sé en qué consiste. Para los de más edad, los que tienen hipotecas, hijos, trabajos en la cuerda floja y coches por pagar, consiste en mirar atrás y preguntarse qué cojones han hecho mal y si de verdad estaban viviendo por encima de sus posibilidades. Consiste en tener miedo y en plantearse preguntas que no deberían pensar a una edad en la que deberían estar más concentrados en disfrutar de lo que han ganado, en lugar de preguntarse qué van a hacer cuando lo pierdan todo.

Para mi generación la crisis es el estancamiento. Es una deformación de la realidad que nos hace pensar a todos que no nos van a dejar trabajar jamás. Es decir: tú estudias, te preparas y te esfuerzas, y luego no tienes ni idea de si alguien va a querer pagarte algo por aquello que tú tienes para ofrecer. Y eso es una mierda. El paro es el equivalente socioeconómico a la soltería: es darte cuenta de que estás mostrando lo mejor de ti y nadie lo quiere. Que podrías ser muy bueno si se te diera una oportunidad, pero es que nadie está dispuesto a concedértela.

Creo que trabajar es muy, muy importante. Trabajar así, en general, en algo. A partir de cierto punto, asúmelo: tienes que dejar de estudiar y empezar a intercambiar recursos con el medio. Tú aportas cosas, la sociedad te lo recompensa con dinero. Es la evolución natural de ti mismo como humano. Veo a mis amigos estudiando eternamente, apuntándose eternamente a másters, obteniendo eternamente títulos de idiomas, pidiendo eternamente becas y ayudas; esperando, esperando y esperando, preparándose para un momento que no termina de llegar, y me pregunto cuándo van a poder entrar en el mundo real. 

Yo me siento muy agradecida por poder trabajar. De verdad. Me gusta que el mundo reciba lo que tengo para darle. Es transitorio y lo sé; de aquí a dos años y pico estaré en la calle y a saber qué será de mí si para entonces si lo del best seller sigue estando sólo en mi imaginación. Pero de momento ahí estoy: con mi contrato, mi horario, mis nóminas. Con la sensación de que se me necesita un poco. La verdad es que si ahora tuviera que volver a la facultad, aunque fuera para hacer un master, creo que me pegaría un tiro. Me gusta lo real. Me gustan mis pacientes, cómo hablan, cómo saludan, las historias que tienen para contarme. Me gusta cuando me dan las gracias o hasta cuando se cabrean conmigo. Me gusta tener compañeros, las reuniones de trabajo, el relato de las incidencias que hace enfermería. Preparar los informes y las carpetitas de alta, con sus recetas y sus visados. Todo eso me parece muy real.

Los jóvenes necesitamos trabajar. Darnos cuenta de que la vida es un poco eso: hacer cosas por cojones que a veces te apetecen regular, pero encontrar la manera de amarlas. Seguir normas y horarios, pero también poder ser creativos e innovadores. Encontrar nuestra manera de mejorar las vidas de la gente. Ganar un sueldo fijo, poder hacer planes, acertar a imaginar un futuro. Necesitamos cierta estabilidad, ciertas garantías: saber por dónde empezar a construir una familia y un proyecto de vida. Este presente extraño de no saber por dónde va a salir la cosa nos tiene aturdidos y tristes.

Sigo hablando con J. por el Skype de vez en cuando. Me hace proposiciones indecentes que yo barajo con relativa frialdad por aquello de que está en Alemania. Me cuenta que se siente un poco "inmigrantillo": una mezcla entre solo y pobre. Lo que veo en sus ojos oscuros es la completa incapacidad para imaginarse qué va a ser de él en los próximos años, y por mucho que uno quiera ser ligero, aventurero y adaptativo, esa perspectiva deprime y sobrecoge a partes iguales.

En fin, que yo quería escribir sobre la mujer trabajadora y al final me ha salido esto. Sobre el joven trabajador, o el trabajador en general. Yo estoy agradecida por ser mujer y poder trabajar, claro que sí. Darme cuenta de que la mayoría de las cosas que tengo ahora: mi independencia, mi sueldo y todas las oportunidades que me ofrece la vida, podrían no estar ahí si hubiera nacido hace unas décadas o en otro país, me da un montón de miedo. Pero tal día como hoy creo que es importante darse cuenta de que la lucha se ha extendido y que prácticamente todos somos hoy en día una clase discriminada. Las mujeres, los jóvenes, los enfermos, los discapacitados, los mayores de cuarenta y cinco, los jubilados, los poco cualificados, los demasiado cualificados. Como en el poema de Bertolt Brecht, casi nadie se salva de la quema. Lo peor es que no sé muy bien cómo se lucha contra eso. Pero bueno, como siempre: nombrar las cosas, escribir sobre ellas, es un primer paso y, seguramente, no el más inútil de todos. 

martes, 6 de marzo de 2012

Batalecotal

Batalecotal está enfermita. ¿Quién es Batalecotal?, os preguntaréis. Pues ella antes, en un pasado lejano y feliz, comentaba en este blog como una persona normal, a saber: Cris la que vive en Santiago. O quizá todo junto: Crislaqueviveensantiago. Terminó el PIR el año en que yo empezaba y coincidimos en las jornadas de ANPIR, en Pamplona. Dormimos en la misma habitación sin conocernos de nada, y recuerdo haber pensado que era una chica un poco extraña. Así como seria. Pensé, con mi típico sesgo andaluz: será porque es gallega.

Una de las mañanas me dijo que durante la noche la había asustado. Resulta que el cabecero de mi cama pegaba contra la pared y se había despertado con los golpes. "Pensé que a lo mejor estabas loca y le ibas a prender fuego a la habitación, o algo -, me dijo muy seria -. En realidad, tampoco te conozco de nada". Por aquel entonces yo todavía no le había pillado el truco al sentido del humor de Batalecotal y seguí pensando que era rara.

Más adelante vino a sustituir en verano a la psicóloga del equipo de Cádiz, donde yo estaba rotando. Mis supervisores habían elegido ese mes para que yo empezara a ver pacientes. Estábamos las dos cada una en una consulta y yo pensaba: la madre que me parió, no tengo ni puñetera idea, a ver cómo entrevisto yo a los pacientes. Me olvidaba sistemáticamente de explorar la intención autolítica y tenía terribles fantasías donde los pacientes se suicidaban, el juez revisaba la historia y me señalaba con el dedo, diciendo ¡¡¡¡no le preguntaste si quería suicidarse!!!! Batalecotal me revisaba las historias, me ayudaba en momentos de crisis y me dio algunos consejos muy útiles, como no contar las cosas que te dicen los niños cuando los padres salen de consulta. "Para ti a lo mejor es una tontería, pero para ellos puede ser importante".

Es difícil describirla. Sigue siendo seria y un poco rara, pero es una de esas personas con las que sabes exactamente lo que hay. No tienes miedo de que te oculte nada o de que esté haciendo las cosas sin querer. Es fácil en el buen sentido y muy divertida. Al año siguiente volvimos a ANPIR, esta vez en Toledo, y compartimos cuarto y hasta cama. Ya no tenía miedo de que le matara, lo cual es bueno. Este verano fui a verla a Santiago y me trató todo lo bien que se puede tratar a un huésped. Me entretuvo sin agobiarme, me dejó echar la siesta, no protestó por tener que ir buscando baños por todo Santiago para mi preocupantemente eficaz sistema excretor. Me llevó a comer pulpo riquísimo y me acompañó por todas las tiendas de regalos del mundo para buscar la taza perfecta que regalar a IA. Allí creamos también la palabra "Batalecotal": dícese de la prenda que llevan las mujeres gallegas rurales y que es una mezcla entre bata, chaleco y delantal.


Sé que esta foto le va a animar el día.


No tengo claro si podría ser una amarilla. Porque está ahí y sé que nuestra amistad no depende del tiempo y la distancia, y porque vive Dios que me ha visto dormir y despertar. Porque sé que está lejos y me gustaría verla más a menudo, pero no lo sufro y, además, siempre nos quedará ANPIR. Lo que pasa es que el contacto físico le da un poco de yuyu.
- ¿Por qué me das dos besos cuando me ves fuera del trabajo y allí no? - me preguntó el primer verano, una de las tardes que quedábamos todos para ver pelis frikis sobre psicología.
- No sé, me sale así... ¿quieres que te dé dos besos en el trabajo o que no te los dé fuera?
- Que no me los des fuera.

Y dejé de darle besos fuera del trabajo. Creo que le inquieta que le toquen, así rollo Asperger. Pero el año pasado, cuando estábamos en Toledo, hubo una tarde en que no fui con los demás porque era una reunión de los socios de ANPIR y yo no lo soy.
- ¿Dónde vas? - me preguntó, parpadeando despacio con sus grandes ojos marrones.
- A dar una vuelta, que tenéis la reunión de socios.
- Jo - soltó, compungida. Y me abrazó, así voluntariamente, ejerciendo cierta presión afectuosa -. No se lo digas a Luna - dijo después.

Así que bueno, si eso cuenta, quizá sí que es una amarilla. En cualquier caso, está malita allí lejos en Santiago y le he prometido un post extra en este día de no-post para que se mejore. Y que conste que he currado un buen rato en mi novela y hasta he actualizado psicosupervivencia. El problema es que el tema del post, sugerido por ella, era "por qué los pies de la gente son tan feos". Pero al final me ha salido esto. Espero que me disculpe.

lunes, 5 de marzo de 2012

Los conquistadores de lo inútil

Creo que lo que me mueve a escribir, más que las ideas abstractas como el amor o la justicia, son las imágenes. Porque si estás lo suficientemente atento hay imágenes que te atrapan y no sabes por qué; de alguna forma, intuyes que cuando las pongas sobre el papel te van a enseñar algo. Sobre ti o sobre la vida: alguna forma perversa de verdad. Al fin y al cabo, mi objetivo como escritora no es más que el egocentrismo de intentar que veáis las cosas como yo las veo. Y me pregunto por qué: si al final esas imágenes, esas intuiciones breves, me las podría quedar para mí. Pero me parecen importantes y auténticas, y pienso que compartiéndolas puedo hacer que perduren: propagar la emoción como un lento y literario efecto mariposa.

El tema es que hoy llevaba todo el día queriendo escribir sobre escalada, así que he empezado a describir el fin de semana. Intentaba reflejar el sol que iluminaba los campos de camino a Benaocaz. La ilusión que tenemos todos: esa ilusión tan tonta, ese grupo de personas tan distintas empeñadas en medirse con un trozo de pared. Estudiantes, parados, un militar, un ingeniero; de veintimuchos, de treinta y pocos, precavidos, temerarios, risueños o tímidos. Cruzando bromas, intercambiando barritas de muesli, hablando de vías y asegurando. Y, sobre todo, trepando: porque hay un momento en que te quedas solo aunque haya veinte millones de personas a pie de vía. Estás tú amarrándote el nudo y poniéndote los gatos, sabiendo que te vas de viaje y te vas tú, punto, con tus manos y tus pies, tus cansados músculos y tu mente cobarde.

Desde que me torcí el tobillo a principios de año voy con más miedo. Es curioso, porque se trata de un miedo circular: miedo a escalar y caerme porque si me lesiono no podré escalar. Si estás lo bastante atento puedes sentir cómo fluctúa tu cerebro entre los breves momentos de seguridad (cuando pasas la cuerda por el seguro, cuando pillas un agarre bueno para la mano, cuando puedes reposar sobre tus dos pies) y los de riesgo: desplazas los dedos y los gatos sin tener claro que te vayas a quedar agarrada, mirando de reojo la distancia que separa tu cuerpo de la chapa anterior. Ayer mi cabeza se resistía a salir de la zona de seguridad y cruzar a la de riesgo, y mi débil voluntad intentaba respirar, acallar el pánico y seguir en movimiento.

No trepé mucho; ya había escalado el sábado y me notaba cansada. Al final de la última vía, donde volé unas cuantas veces y pasé un miedo de flipar, decidí que iba a buscar una roca con una inclinación óptima y a echarme una siesta. Me imaginaba al día siguiente exactamente como estoy hoy: cansada, dolorida, masajeándome los brazos en la reunión matutina del trabajo, frotándome blastoestimulina en las yemas despellejadas antes de ponerme los guantes de la moto.

Así que localicé la piedra y me tumbé, con el plumas bajo los riñones y el polar cubriéndome como si fuera una mantita. Mi cuerpo me agradecía el respiro. Tenía una visión perfecta de la placa, la formación rocosa que se ve en la foto. Miradla primero y después imaginadla conmigo. Cerrad los ojos. La temperatura era perfecta: templada pero sin calor, con una brisita fresca que te echaba un cable cuando estabas arriba apretando. La Veredilla tiene una luz especial, que cruza limpia por entre las rocas grises y los matojos andaluces de monte bajo. Y frente a mí, en la placa, tres notas, tres, trepando de primeros como tres leones. Sergi a la derecha del todo en un 6b de treinta y cinco metros. Pablo en medio en un 6c un pelín más corto. El otro Pablo, un físico tranquilo y serio al que le gusta escalar a vista,  en un complicadísimo 7c de placa en el que no se veían los agarres ni con lupa.

Entonces tuve una visión muy clara de lo absurdo que es escalar digamos a nivel cósmico. Aquellos tres chicos dejándose todo ese esfuerzo para subir y después bajar. Se podía ver la placa irguiéndose tan tranquila en medio del campo y tú podías darte cuenta claramente de que ni a la placa ni a Dios les importa un carajo que escales. Y, sin embargo, el esfuerzo de los tres era muy hermoso, muy puro. Subir por subir y bajarte luego; al final, tampoco es que la vida dé para mucho más.

Y esa era mi imagen para hoy. Era lo que quería transmitir. Ese momento de darte cuenta de lo efímero y absurdo que es todo si lo miras con la suficiente distancia. Como escribir aquí: dejarte las yemas en el teclado y que después el tiempo y las actualizaciones vayan borrando tu esfuerzo. Nada le importa a nadie y, sin embargo, nos importa muchísimo. Y, no sé por qué, pero eso me parece precioso.

sábado, 3 de marzo de 2012

Mandaos

Ayer me eché una siesta de viernes. La siesta de viernes es aquella en la que te tumbas en el sofá con tu mantita y tu bolsa de cereales, coges el móvil para poner el despertador y dices: al carajo. Voy a dormir hasta que me duela. Y abres el ojo a la media hora, y lo vuelves a cerrar, y lo abres a la hora y ves que aún es de día y dices: yo hasta que no se haga de noche no me levanto de aquí. Y te despiertas a las siete de la tarde super relajada y a la vez completamente estúpida, con ganas de, por este orden, comerte una tableta de chocolate y morirte luego.

Después de mi siesta de viernes me puse a dar vueltas por mi casa totalmente desorientada, planteándome qué podía hacer con las horas que le quedaban a mi tarde. Me hice un café (descafeinado) y me lo tomé frente al portátil. Al final decidí salir a por lo básico: comprar una alcachofa de ducha y pasarme por el Carrefour a rellenar la nevera. Y me dije: "voy a hacer unos mandaos", que es una expresión que aquí en Cádiz se usa mucho.

Salí a la Viña encendida y ruidosa. Buscar una alcachofa de ducha. ¿Dónde compra uno una alcachofa de ducha? ¿Hay tiendas para eso? ¿Tendrán en un chino? Paseé sin rumbo por las callejuelas bulliciosas hasta encontrar una tienda de electrodomésticos donde me redirigieron a una fontanería. Entonces me entró el frenesí comprador de maruja de barrio y adquirí, por este orden: la alcachofa de ducha, un taco de fichas para anotar ideas para escribir, un flexo para la cama y una plancha rosa.

[Inciso: fragmento de mi conversación con el vendedor de planchas.
Yo: quería una plancha.
Vendedor: ¿De cocina o de planchar?
Yo: de planchar.
Vendedor: pues tenemos ésta, que sale por veinticinco euros, y esta q...
Yo: ¡quiero la rosa!
Vendedor: es una buena opción, pero también tenemos esta de aq...
Yo: ¡¡¡la rosa!! ¿Qué parte de "la rosa" no ha entendido?

Fin del inciso.]

Yo no soy muy de tiendas de barrio; lo compro todo en el Carrefour y no me conflictúo. Pero cuando venzo la pereza y me animo a ir, me gustan las tiendas especializadas en cosas. Me encanta sumergirme en esos pequeños universos regentados por personas que lo saben todo de, por ejemplo, lámparas, o artículos de baño, o lanas de colores. Dan cierta tranquilidad de que está todo controlado. Siempre me entran ganas de hacerles la misma pregunta: ¿le gusta su trabajo? Una vez se lo pregunté a la dependienta de una papelería especializada en Bellas Artes de Málaga, porque pensé que sería genial currar en un sitio tan lleno de colores y posibilidades. La chica me miró un poco extrañada y luego sonrió como si me estuviera contando un secreto, "la verdad es que sí".

Por último, entré en una tienda de congelados. Observé a la tendera mientras me servía un par de rodajas de salmón y un cuarto de gambas peladas. Pensé que el sitio tenía cierto aire de morgue, con todos aquellos alimentos helados y fríos, y concluí que no era muy posible que a la chica le gustara su trabajo. Creo que trabajar allí tiene que configurar de alguna manera tu cabeza. Seguro que esta chica después llegaba a casa y su novio le decía: "cari, qué antipática estás hoy", y ella le miraba con los ojos compungidos, incapaz de derretir su corazón congelado después de un día de frío.

Y me despido por hoy, que estoy cansada de escalar. Por cierto, esto de postear cada dos días al menos me hará practicar más a menudo con la escritura en pasado. Yuju.


jueves, 1 de marzo de 2012

Dormir y despertar

Que le estoy haciendo un montón de publicidad a Albert Espinosa. Pero bueno, él lo vale: ya os he dicho que el libro no es gran cosa, ni siquiera en su género, pero en un par de momentos hace que se te dé la vuelta el cerebro, y esa sola experiencia ya merece la pena.

El caso es que dice que los amarillos te ven dormir y despertar, y que todo el mundo que te quiere de verdad debería verte despertar al menos una vez. Porque despertar es como volver a nacer. Pasar de las tinieblas del inconsciente a la dura realidad de la mañana.

Se puede saber mucho de una persona por cómo se despierta. Yo me despierto al cien por cien. Quiero decir, que suena el despertador, abro los ojos muy rápido y mi mi cerebro va exactamente al mismo ritmo que por ejemplo ahora. No me quedo boqueando como los peces y luchando contra las sábanas. Nunca vuelvo a dormirme, nunca atraso la alarma: digo en voz alta "buenos días, mundo" y me levanto de la cama. No quiero decir que siempre me despierte de buen humor. Mis primeras palabras un día de la semana pasada fueron algo como "me voy a cagar en Dios con el puto frío". Sí, sí, en Cádiz no hace frío: pues os reto a pasar el invierno en un piso sin calefacción donde todo está practicamente mojado de puro húmedo.

Despertares.

Despertar con mis amigas en los campamentos de los scouts. En un iglú de cuatro podíamos dormir siete niños: seis apiñados como espárragos en una latita y uno a los pies. El que se colocaba a los pies era o el paria social, o el más generoso, o el más pequeño o la más dura (la PK). Nos despertaba el silbato de campamento, y las primeras conversaciones siempre giraban en torno a lo que había pasado durante la noche. Yo me había levantado tres veces a mear. La PK se había deslizado hasta tener su cabeza en mi estómago. Caro daba patadas o Metemary hablaba en sueños.  Empezábamos el día riéndonos de lo que habíamos vivido juntas de noche. A lo mejor mis amigas y yo nos queremos tanto por la cantidad de sueños que hemos compartido.

Despertar con MQEN. Dormía boca abajo, tieso como un palo, con los pies asomando por el colchón porque era muy largo. Yo me despierto a cien, ¿no? Pues MQEN se despierta a cinco. Yo le daba miles de besitos y él giraba la cabeza hacia el otro lado para no verme. Al final me levantaba desesperada y me iba a la cocina a preparar el desayuno y a quitarle las pasas al muesli, resignada a que MQEN alcanzara un punto normal de activación fisiológica más o menos a las dos de la tarde.

Despertar con J. J. se despierta a ciento cincuenta. Escuchaba mis párpados al abrirse, lo juro por Dios. Nunca, nunca, jamás he estado yo despierta mirándole dormir. Siempre se despertaba antes que yo o a la vez, y empezaba a charlar y reírse como un maníaco mientras insistía en lo guapísima que estoy por las mañanas "con los ojos hinchaditos". Se despertaba, se vestía, bajaba a por pan, hacía zumo con el exprimidor manual porque le parecía "más auténtico". Era como levantarse junto a una locomotora.

Despertar con Mariana, mi compañera de habitación de Barcelona. Yo me desvelaba exactamente veinte minutos antes de que sonara el despertador para ir al baño, y ella protestaba porque le fastidiaba el final del sueño. Pero después subíamos la persiana y se escuchaba de lejos el tráfico matutino en la enorme autovía que cruzaba el valle, y veíamos asomarse el sol por detrás del campo. Desayunábamos juntas: yo cocía una avena asquerosa porque ya estaba empezando con la ortorexia; ella mezclaba dos mueslis porque le gustaban los dos juntos y se lo echaba al café. El desayuno de los adultos, lo llamaba.

Despertar con el MIR de la siesta o de la noche de guardia. El MIR también se levanta de buen humor, porque el MIR es amor en estado puro. Le escucho atrasar la alarma de la siesta porque no ha podido dormirse, o dar vueltas por la mañana inquieto después de una noche de sueño amenazado por el busca. Me deja pasar al baño primero y se ríe porque sabe que sin lentillas no veo un carajal. Las guardias compartidas tienen cierto ambiente curioso de campamento adulto.

Despertar con la gatusa cuando aún estaba conmigo...


Jo. Era joven y guapa.


Despertar con mis amigas, pero esta vez más adultas, de resaca, compartiendo colchones tirados en el suelo. Escuchar decir a la PK: "Pues a lo mejor no era tan buena idea echarle tequila al mojito", intentar convencer a Arantxa para que vaya a por churros. Estirar las mañanas perezosas riéndonos en horizontal, que como todo el mundo sabe es el momento en que la risa suena mejor y es más fácil compartirla.

Despertar con Irene en su furgo mientras los perros nos caminan por encima y se escucha al Kpot fuera diciendo que a ver si vamos ya a desayunar, que se aburre. Despertar con el Kpot en su furgo y empezar a decir chorradas a primera hora porque él, en un ejercicio solidario de TMS*, también se levanta al cien por cien. Despertar en una tienda helada de frío junto a Ara, que me echa una jarapa por lo alto y se solidariza cuando me quejo de la mierda de saco que me ha dejado el Shindo.

Despertar junto a Marco, el italiano, que dormía con profundidad de cadáver, y sentirme tan ajena y absurda en la esquina de su cama de noventa que no podía respirar. "La tua casa è troppo grande, ma il tuo letto è troppo piccolo", le diría yo luego, complacida de una manera extraña por el simbolismo del asunto. Despertar junto a IA en su furgo, acariciarle la piel lisa y morena casi con miedo y susurrar "te voy a dejar romo, como a un agarre que se usa muchas veces".

"Sentir la pérdida (el sueño) y el despertar (el renacer)", dice Albert. Entrando y saliendo de nuestros mundos paralelos. Cuántos despertares, cuántas mañanas nuevas junto a gente distinta. Ahora me voy a la cama para levantarme mañana conmigo misma. Y la verdad es que a veces pienso que echo mucho más de menos despertar con alguien que dormir acompañada.

*TMS: Telepatía de las mentes sucias. Más sobre el concepto aquí.